« Ven, dulce pajarillo, no temas la mano de quien te adora; canta a la primavera que renace en el prado. »
Juan Meléndez Valdés
1754–1817Ilustración española · Poesías anacreónticas y filosóficas
Biografía
Vida
Fue el poeta más brillante de la Ilustración española y un juez que soñaba con modernizar la justicia para hacerla más humana. Al principio cantaba al amor y a las fiestas campestres con una delicadeza exquisita, pero las ideas ilustradas de su gran amigo Jovellanos lo empujaron a la política activa.
Durante la invasión napoleónica apoyó el gobierno reformista francés, lo que el pueblo consideró una traición imperdonable y casi le cuesta el fusilamiento. Salvó la vida de milagro frente a una multitud enfurecida, pero tuvo que huir al exilio en Francia, donde murió en la miseria y el olvido.
Lírica y Versos
10 poemas
Poemas de Juan Meléndez Valdés
1.
El despecho
El despecho
Los ojos tristes, de llorar cansados, Alzando al cielo su clemencia imploro; Mas vuelven luego al encendido lloro, Que el grave peso no los sufre alzados. Mil dolorosos ayes desdeñados Son ¡ay! tras esto de la luz que adoro; Y ni me alivia el día, ni mejoro Con la callada noche mis cuidados. Huyo a la soledad, y va conmigo Oculto el mal y nada me recrea; En la ciudad en lágrimas me anego. Aborrezco mi ser y aunque maldigo La vida, temo que la muerte aún sea Remedio débil para tanto fuego.
2.
El pronóstico
El pronóstico
No en vano, desdeñosa, su luz pura Ha el cielo a tus ojuelos trasladado, Y ornó de oro el cabello ensortijado, Y dio a tu frente gracia. y hermosura. Esa encendida boca con ternura Suspirará: tu seno regalado De blando fuego bullirá agitado, Y el rostro volverás con más dulzura. Tirsi, el felice Tirsi tus favores Cogerá, altiva Clori, su deseo Coronando en el tálamo dichoso, Los Cupidillos verterán mil flores, Llamando en suaves himnos a Himeneo, Y Amor su beso le dará gozoso.
3.
La noche de invierno
La noche de invierno
¡O! ¡quan hórridos chocan Los vientos! ¡o que silbos, Que cielo y tierra turban Con soplo embravecido! Las nubes concitadas Despiden largos ríos, Y aumentan pavorosas El miedo y el conflicto. La luna en su albo trono Con desmayado brillo Preside a las tinieblas, En medio de su giro; Y las menores lumbres, El resplandor perdido, Se esconden a los ojos Que observan sus caminos. Del Tormes suena lejos El desigual ruido, Que forman las corrientes Batiendo con los riscos. ¡O invierno! ¡o noche triste! ¡Quan grato a mi tranquilo Pecho es tu horror! ¡tu estruendo Quan plácido a mi oído! Así en el alta roca Cantando el pastorcillo, Del mar alborotado, Contempla los peligros. Tu confusión medrosa Me eleva hasta el divino Ser, adorando humilde Su inmenso poderío; Y ante él absorto y ciego Me anego en los abismos De gloria, que circundan Su solio en el empíreo. Su solio desde donde Señala los lucidos Pasos al sol, y encierra La mar en sus dominios. ¡O ser inmenso! ¡o causa Primera! ¿dónde altivo Con vuelo temerario Me lleva mi delirio? ¡Señor! ¿quien sois? ¿quien puso Sobre un eterno quicio Con mano omnipotente Los orbes de zafiro? ¿Quién dixo a las tinieblas: Tened en señorío La noche; y vistió al alba De rosa el manto rico? ¿Quién suelta de los vientos La furia, o llevar quiso Las aguas en sus hombros Del ayre al gran vacío? ¡O providencia! ¡o mano Suave! ¡o Dios benigno! ¡O padre! ¡do no llegan Tus ansias con tus hijos! Yo veo en estas aguas La mies del blondo estío, De abril las gayas flores, De octubre los racimos. Yo veo de los seres En número infinito La vida y el sustento En ellas escondido. Yo veo... no sé como, Dios bueno, los prodigios De tu saber explique Mi pecho enternecido. Qual concha nacarada, Que abierta al matutino Albor, convierte en perlas El cándido rocío; La tierra el ancho gremio Prestando al cristalino Humor, con él fecunda Sus gérmenes activos. Y un día el hombre ingrato Con dulce regocijo Las gotas de estas aguas Trocadas verá en trigo. Verá el pastor que el prado Da yerbas al aprisco, Saltando en pos sus madres Los sueltos corderillos Y en las labradas vegas Tenderse manso el río, Los surcos fecundando Con paso retorcido. Los vientos en sus alas, Qual ave que en el pico El grano a sus polluelos Alegre lleva al nido; Tal próvidos extienden A términos distintos Las fértiles semillas Con soplo repetido. Las plantas fortifican En recio torbellino, Del ayre desterrando Los hálitos nocivos, Y en la cansada tierra Renuevan el perdido Vigor, porque tributo Nos rinda más opimo. ¡O de Dios inefable Bondad! ¡o altos designios, Que inmensos bienes causan Por medios no sabidos! Do quiera que los ojos Vuelvo, Señor, yo admiro Tu mano derramando Perenes beneficios. ¡Ay! siéntalos mi pecho Por siempre; y embebido, En ellos te tribute Mi labio alegres himnos.
4.
La partida
La partida
En fin, voy a partir, bárbara amiga, voy a partir, y me abandono ciego a tu imperiosa voluntad. Lo mandas; ni sé, ni puedo resistir; adoro la mano que me hiere, y beso humilde el dogal inhumano que me ahoga. No temas ya las sombras que te asustan, las vanas sombras que te abulta el miedo cual fantasmas horribles, a la clara luz de tu honor y tu virtud opuestas, que nacer sólo hicieron... En mi labio la queja bien no está; gime y suspira; no a culpar tu rigor de los instantes del más ardiente amor tal vez postreros. ¡Qué proyectos formábamos!... Mi vida, mi delicia, mi amor, mi bien, señora, amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara otro nombre aun más dulce!, ¿qué pretendes? ¿Sabes do quieres despeñarme? Espera, aguarda pocos días; no me ahogues; después yo mismo partiré; tú nada tendrás que hacer ni que mandar; humilde correré a mi destierro y resignado. Mas ora, ¡irme!, ¡dejarte! Si me amas, ¿por qué me echas de ti, bárbara amiga? ya lo veo, te canso; cuidadosa conmigo evitas el secreto; me huyes; sola te asustas y de todo tiemblas. tu lengua se tropieza balbuciente, y embarazada estás cuando me miras. Si yo te miro, desmayada tornas la faz y alguna lágrima..., ¡oh martirio! Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos otros, ¡ay!, otros eran; me buscaban, y en su mirar y regaladas burlas alentaban mis tímidos deseos. ¿Te has olvidado de la selva hojosa, do huyendo veces tantas del bullicio, en sus oscuras solitarias calles buscamos un asilo misterioso, de alentar libres de mordaz censura? ¡Qué sitio no halló allí nuestras ternezas! ¿No ardió con nuestra llama? Al lugar corre do reposar solíamos y escucha tu blando corazón: si él mis suspiros se atreve a condenar, dócil al punto cedo a tu imperio y parto. Pero en vano, te reconvengo, yo te canso; acaba de arrojarme de ti, cruel,,, Perdona, perdona a mi delirio; de rodillas tus pies abrazo y tu piedad imploro. ¡Yo acusar tu fineza!... Yo cansarte, a ti, que me idolatras...no: la pluma se deslizó; mis lágrimas lo borren. ¡Oh Dios!, yo la he ultrajado; esto restaba a mi inmenso dolor. Mi bien, señora, dispón, ordena, manda: te obedezco; sé que me adoras; no lo dudo; humilde me resigno a tu arbitrio... El coche se oye, y del sonante látigo el chasquido, el ronco estruendo, el retiñir agudo, viene a colmar la turbación horrible de mi agitado corazón... Se acerca veloz y para; te obedezco y parto. Adión, amada, adiós... El llanto acabe, que el débil pecho en su dolor se ahoga.
5.
Los besos de amor
Los besos de amor
Cuando mi blanda Nise lasciva me rodea con sus nevados brazos, y mil veces me besa; cuando a mi ardiente boca su dulce labio aprieta tan del placer rendida que casi a hablar no acierta; y yo por alentarla corro con mano inquieta de su nevado vientre las partes más secretas; y ella entre dulces ayes se mueve más, y alterna ternuras y suspiros con balbuciente lengua; ora hijito me llama, ya que cese me ruega, ya al besarme me muerde, y moviéndose anhela. Entonces ¡ay! si alguno contó del mar la arena, cuente, cuente, las glorias en que el amor me anega.
6.
Oda III
Oda III
Cuando mi blanda Nise lasciva me rodea con sus nevados brazos y mil veces me besa, cuando a mi ardiente boca su dulce labio aprieta, tan del placer rendida que casi a hablar no acierta, y yo por alentarla corro con mano inquieta de su nevado vientre las partes más secretas, y ella entre dulces ayes se mueve más y alterna ternuras y suspiros con balbuciente lengua, ora hijito me llama, ya que cese me ruega, ya al besarme me muerde, y moviéndose anhela, entonces, ¡ay!, si alguno contó del mar la arena, cuente, cuente, las glorias en que el amor me anega.
7.
Oda VI
Oda VI
¡Cómo se van las horas, y tras ellas los días y los floridos años de nuestra frágil vida! La vejez luego viene, del amor enemiga, y entre fúnebres sombras la muerte se avecina, que escuálida y temblando, fea, informe, amarilla, nos aterra, y apaga nuestros fuegos y dichas. El cuerpo se entorpece, los ayes nos fatigan, nos huyen los placeres y deja la alegría. Si esto, pues, nos aguarda, ¿para qué, mi Dorila, son los floridos años de nuestra frágil vida? Para juegos y bailes y cantares y risas nos los dieron los cielos, las Gracias los destinan. Ven ¡ay! ¿qué te detiene? Ven, ven, paloma mía, debajo de estas parras do leve el viento aspira; y entre brindis süaves y mimosas delicias de la niñez gocemos, pues vuela tan aprisa.
8.
Oda VII
Oda VII
¡Qué ardor hierve en mis venas! ¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia! ¡Y en qué fragante aroma se inunda el alma mía! éste es de Amor un templo: doquier torno la vista mil gratas muestras hallo del numen que lo habita. Aquí el luciente espejo y el tocador, do unidas con el placer las Gracias se esmeran en servirla, y do esmaltada de oro la porcelana rica del lujo preparados perfumes mil le brinda, coronando su adorno dos fieles tortolitas, que entreabiertos los picos se besan y acarician. Allí plumas y flores, el prendido y la cinta que del cabello y frente vistosa en torno gira, y el velo que los rayos con que sus ojos brillan, doblándoles la gracia, emboza y debilita. Del cuello allí las perlas, y allá el corsé se mira y en él de su albo seno la huella peregrina. ¡Besadla, amantes labios...! ¡besadla...! Mas tendida la gasa que lo cubre mis ojos allí fija. ¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...! El piano...Ven, querida, ven, llega, corre, vuela, y mi impaciencia alivia. ¡Oh! ¡cuánto en la tardanza padezco! ¡Cuál palpita mi seno! ¡En qué zozobras mi espíritu vacila! En todo, en todo te halla mi ardor... Tu voz divina oigo feliz... Mi boca tu suave aliento aspira; y el aura que te halaga con ala fugitiva, de tus encantos llena, me abraza y regocija. Mas... ¿si serán sus pasos...? Sí, sí; la melodía ya de su labio oyendo, todo mi ser se agita. Sigue en tus cantos, sigue; vuelve a sonar de Armida los amenazantes gritos, las mágicas caricias. Trine armonioso el piano; y a mi rogar benigna, cual ella por su amante, tú así por mí delira. Clama, amenaza, gime; y en quiebros y ansias rica, haz que ardan nuestros pechos en sus pasiones mismas, que tú cual ella anheles ciega de amor y de ira y yo rendido y dócil tu altiva planta siga. Y tú sosténme, ¡oh Venus! sosténme, que la vida entre éxtasis tan gratos débil sin ti peligra.
9.
Oda IX
Oda IX
Oda IX ( fragmento) ¿Qué espalda tan airosa! ¡Qué cuello! ¡Qué expresiva volverlo un tanto sabe si el rostro afable inclina! ¡Ay! ¡Qué voluptuosos sus pasos! ¡Como animan al más cobarde amante, y al más helado irritan! Al premio, al dulce premio parece que le brindan, de amor, cuando le ostentan un seno que palpita. ¡Cuán dócil es la planta! ¡Qué acorde a la medida va el compás! Las Gracias la aplauden y la guían; y ella, de frescas rosas la blonda sien ceñida, su ropa libra al viento, que un manso soplo agita. Con timidez donosa de Cloe simplecilla por los floridos labios vaga una afable risa. A su zagal, incauta, con blandas carrerillas se llega, y vergonzosa al punto se retira. Mas ved, ved el delirio de Anarda en su atrevida soltura: ¡Sus pasiones cuán bien con él nos pinta! Sus ojos son centellas, con cuya llama activa arde en placer el pecho de cuantos, ¡ay!, la miran. Los pies cual torbellino de rapidez no vista, por todas partes vagan, y a Lícidas fatigan. ¡Qué dédalo amoroso! ¡Qué lazo aquel que, unidas las manos con Menalca, formó amorosa Lidia! ¡cuál andan! ¡cuál se enredan! ¡Cuán vivamente explican su fuego en los halagos, su calma en las delicias! ¡Oh pechos inocentes! ¡Oh unión! ¡Oh paz sencilla, que huyendo las ciudades, el campo solo habitas! ¡Ah! ¡Reina entre nosotros por siempre, amable hija del Cielo, acompañada del gozo y la alegría!
10.
Oda XV
Oda XV
De mis niñeces Siendo yo niño tierno, con la niña Dorila me andaba por la selva cogiendo florecillas, de que alegres guirnaldas con gracia peregrina, para ambos coronarnos, su mano disponía. Así en niñeces tales de juegos y delicias pasábamos felices las horas y los días. Con ellos poco a poco la edad corrió de prisa, y fue de la inocencia saltando la malicia. Yo no sé; mas al verme Dorila se reía, ya mí de sólo hablarla también me daba risa. Luego al darle las flores el pecho me latía, y al ella coronarme quedábase embebida. Una tarde tras esto vimos dos tortolitas, que con trémulos picos se halagaban amigas y de gozo y deleite, cola y alas caídas, centellantes sus ojos, desmayadas gemían. Alentónos su ejemplo, y entre honestas caricias nos contamos turbados nuestras dulces fatigas; y en un punto cual sombra voló de nuestra vista la niñez, mas en torno nos dio el Amor sus dichas...
Citas Célebres y Pensamientos
2 citas
Frases para reflexionar
Juan Meléndez Valdés · La paloma de Fílis
« Dichoso aquel que en humilde retiro goza de la paz de su conciencia y de la verdad sin engaños. »
Juan Meléndez Valdés · Odas filosóficas
Algunos libros de poesía de Juan Meléndez Valdés:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: