« ¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor? »
José Zorrilla
1817–1893Romanticismo legendario español · Don Juan Tenorio y Cantos del trovador
Biografía
Vida
Saltó a la fama de la noche a la mañana con apenas veinte años, cuando leyó un poema estremecedor ante la tumba del suicida Mariano José de Larra. Con ese gesto desafiante conquistó al público madrileño y se convirtió en la mayor estrella del teatro y la poesía romántica española.
Creó al mítico «Don Juan Tenorio», una obra que se representa cada año en Difuntos, pero vendió los derechos por cuatro duros y nunca se hizo rico. Vivió aventuras locas en México y escapó de mil líos económicos antes de ser coronado como poeta nacional entre aplausos unánimes.
Lírica y Versos
11 poemas
Poemas de José Zorrilla
1.
A buen juez, mejor testigo
A buen juez, mejor testigo
Tradición de Toledo I Entre pardos nubarrones pasando la blanca luna con resplandor fugitivo, la baja tierra no alumbra. La brisa con frescas alas juguetona no murmura, y las veletas no giran entre la cruz y la cúpula. Tal vez un pálido rayo la opaca atmósfera cruza, y unas en otras las sombras confundidas se dibujan. Las almenas de las torres un momento se columbran como lanzas de soldados apostados en la altura. Reverberan los cristales la trémula llama turbia, y un instante entre las rocas ríela la fuente oculta. Los álamos de la vega parecen en la espesura de fantasmas apiñados medrosa y gigante turba; y alguna vez desprendida gotea pesada lluvia, que no despierta a quien duerme, ni a quien medita importuna. Yace Toledo en el sueño entre las sombras confusas, y el Tajo a sus pies pasando con pardas ondas la arrulla. El monótono murmullo sonar perdido se escucha, cual si por las hondas calles hirviera del mar la espuma. ¡Qué dulce es dormir en calma cuando a lo lejos susurran los álamos que se mecen, las aguas que se derrumban! Se sueñan bellos fantasmas que el sueño del triste endulzan, y en tanto que sueña el triste, no le aqueja su amargura. Tan en calma y tan sombría como la noche que enluta la esquina en que desemboca una callejuela oculta, se ve de un hombre que aguarda la vigilante figura, y tan a la sombra vela que entre las sombras se ofusca. Frente por frente a sus ojos un balcón a poca altura deja escapar por los vidrios la luz que dentro le alumbra; mas ni en el claro aposento, ni en la callejuela oscura el silencio de la noche rumor sospechoso turba. Pasó así tan largo tiempo que pudiera haberse duda de si es hombre, o solamente mentida ilusión nocturna; pero es hombre, y bien se ve, porque con planta segura ganando el centro a la calle resuelto y audaz pregunta: ",Quién va?", y a corta distancia el igual compás se escucha de un caballo que sacude las sonoras herraduras. -"Quién va?" - repite, y cercana otra voz menos robusta responde : "Un hidalgo, ¡calle!" Y el paso el bruto apresura. -Téngase el hidalgo - el hombre replica, y la espada empuña. -Ved más bien si me haréis calle -repusieron con mesura que hasta hoy a nadie se tuvo Ibán de Vargas y Acuña. -Pase el Acuña y perdone dijo el mozo en faz de fuga, pues teniéndose el embozo sopla un silbato, y se oculta. Paró el jinete a una puerta, y con precaución difusa salió una niña al balcón que llama interior alumbra. "¡Mi padre!", clamó en voz baja y el viejo en la cerradura metió la llave pidiendo a sus gentes que le acudan. Un negro por ambas bridas tomó la cabalgadura, cerróse detrás la puerta y quedó la calle muda. En esto desde el balcón, como quien tal acostumbra, un mancebo por las rejas de la calle se asegura. Asió el brazo al que apostado hizo cara a Ibán de Acuña, y huyeron con el embozo velando la catadura. II Clara, apacible y serena pasa la siguiente tarde, y el sol tocando a su ocaso apaga su luz gigante: se ve la imperial Toledo dorada por los remates como una ciudad de grana coronada de cristales. El Tajo por entre rocas sus anchos cimientos lame, dibujando en las arenas las ondas con que las bate. Y la ciudad se retrata en las ondas desiguales, como en prenda de que el río tan afanoso la bañe. A lo lejos en la vega tiende galán por sus márgenes de sus álamos y huertos el pintoresco ropaje, y porque su altiva gala más que a los ojos halague, la salpica con escombros de castillos y de alcázares. Un recuerdo es cada piedra que toda una historia vale, cada colina un secreto de príncipes o galanes. Aquí se bañó la hermosa por quien dejó un rey culpable amor, fama, reino y vida en manos de musulmanes. Allí recibió Galiana a su receloso amante en esa cuesta que entonces era un plantel Me azahares. Allá por aquella torre que hicieron puerta los árabes subió el Cid sobre Babieca con su gente y su estandarte. Más lejos se ve al castillo de San Servando o Cervantes, donde nada se hizo nunca y nada al presente se hace. A este lado está la almena por do sacó vigilante el conde don Peranzules al rey, que supo una tarde fingir tan tenaz modorra que político y constante, tuvo siempre el brazo quedo las palmas al horadarle. Allí está el circo romano, gran cifra de un pueblo grande, y aquí la antigua basílica de bizantinos pilares, que oyó en el primer concilio las palabras de los padres que velaron por la Iglesia perseguida o vacilante. La sombra en este momento tiende sus turbios cendales por todas esas memorias de las pasadas edades, y del Cambrón y Visagra los caminos desiguales, camino a los toledanos hacia las murallas abren. Los labradores se acercan al fuego de sus hogares, cargados con sus aperos, cansados de sus afanes. Los ricos y sedentarios se tornan con paso grave calado el ancho sombrero, abrochados los gabanes, y los clérigos y monjes y los prelados y abades sacudiendo el leve polvo de capelos y sayales. Quédase solo un mancebo de impetuosos ademanes que se pasea ocultando entre la capa el semblante. Los que pasan le contemplan con decisión de evitarle, y él contempla a los que pasan como si a alguien aguardase. Los tímidos aceleran los pasos al divisarle, cual temiendo de seguro que les proponga un combate ; y los valientes le miran cual si sintieran dejarle sin que libres sus estoques, en riña sonora dancen. Una mujer también sola se viene el llano adelante la luz del rostro escondida en tocas y tafetanes. Mas en lo leve del paso y en lo flexible del talle puede a través de los velos una hermosa adivinarse. Vase derecha al que aguarda y él al encuentro la sale diciendo... cuanto se dicen en las citas los amantes. Mas ella galanterías dejando severa aparte, así al mancebo interrumpe en voz decisiva y grave: -Abreviemos de razones, Diego Martínez ; mi padre, que un hombre ha entrado en su ausencia dentro mi aposento sabe; y así quien mancha mi honra con la suya me la lave ; o dadme mano de esposo, o libre de vos dejadme Miróla Diego Martínez atentamente un instante, y echando a un lado el embozo, repuso palabras tales: -Dentro de un mes, Inés mía, parto a la guerra de Flandes; al año estaré de vuelta y contigo en los altares. Honra que yo te deduzca con honra mía se lave, que por honra vuelven honra hidalgos que en honra nacen. -Júralo - exclamó la niña. -Más que mi palabra. vale no te valdrá un juramento. -Diego, la palabra es aire. -¡Vive Dios que estás tenaz! Dalo por jurado y baste. -No me basta, que olvidar puedes la palabra en Flandes. -¡Voto a Dios!, ¿qué más pretendes? -Que a los pies de aquella imagen lo jures como cristiano del santo Cristo delante. Vaciló un poco Martínez, mas porfiando que jurase llevólo Inés hacia el templo que en medio de la vega yace. Enclavado en un madero, en duro y postrero trance, ceñida la sien de espinas, descolorido el semblante, víase allí un crucifijo teñido de negra sangre, a quien Toledo devota acude hoy en sus azares. Ante sus plantas divinas llegaron ambos amantes, y haciendo Inés que Martínez los sagrados pies tocase, preguntóle -Diego, ¿juras a tu vuelta desposarme? Contestó el mozo -¡ Sí, juro! Y ambos del templo se salen. III Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó y un año pasado había; mas de Flandes no volvía Diego, que a Flandes partió. Lloraba la bella Inés su vuelta aguardando en vano; oraba un mes y otro mes del crucifijo a los pies do puso el galán su mano. Todas las tardes venía después de traspuesto el sol, y a Dios llorando pedía la vuelta del español, y el español no volvía. Y siempre al anochecer, sin dueña y sin escudero, en un manto una mujer el campo salía a ver al alto del Miradero. ¡Ay del triste que consume su existencia en esperar! ¡Ay del triste que presume que el duelo con que él se abrume al ausente ha de pesar! La esperanza es de los cielos precioso y funesto don, pues los amantes desvelos cambian la esperanza en celos, que abrasan el corazón. Si es cierto lo que se espera, es un consuelo en verdad, pero siendo una quimera, en tan frágil realidad quien espera desespera. Así Inés desesperaba sin acabar de esperar, y su tez se marchitaba, y su llanto se secaba para volver a brotar. En vano a su confesor pidió remedio o consejo para aliviar su dolor; que mal se cura el amor con las palabras de un viejo. En vano a Ibán acudía, llorosa y desconsolada, el padre no respondía, que la lengua le tenía su propia deshonra atada. Y ambos maldicen su estrella, callando el padre severo y suspirando la bella, porque nació mujer ella, y el viejo nació altanero. Dos años al fin pasaron en esperar y gemir, y las guerras acabaron, y los de Flandes tornaron a sus tierras a vivir. Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y el tercer año corría; Diego a Flandes se partió, mas de Flandes no volvía. Era una tarde serena; doraba el sol de Occidente del Tajo la vega amena, y apoyada en una almena miraba Inés la corriente. Iban las tranquilas olas las riberas azotando bajo las murallas solas, musgo, espigas y amapolas ligeramente doblando. Algún olmo que escondido creció entre la yerba blanda, sobre las aguas tendido se reflejaba perdido en su cristalina banda. Y algún ruiseñor colgado entre su fresca espesura daba al aire embalsamado su cántico regalado desde la enramada oscura. Y algún pez con cien colores, tornasolada la escama, saltaba a besar las flores que exhalan gratos olores a las puntas de una rama. Y allá en el trémulo fondo el torreón se dibuja como el contorno redondo del hueco sombrío y hondo que habita nocturna bruja. Así la niña lloraba el rigor de su fortuna, y así la tarde pasaba y al horizonte trepaba la consoladora luna. A lo lejos por el llano en confuso remolino, vio de hombres tropel lejano que en pardo polvo liviano dejan envuelto el camino. Bajó Inés del torreón, y llegando recelosa a las puertas del Cambrón, sintió latir zozobrosa, más inquieto el corazón. Tan galán como altanero dejó ver la escasa luz por bajo el arco primero un hidalgo caballero en un caballo andaluz. Jubón negro acuchillado, banda azul, lazo en la hombrera, y sin pluma al diestro lado el sombrero derribado tocando con la gorguera. bombacho gris guarnecido, bota de ante, espuela de oro, hierro al cinto suspendido, y a una cadena prendido, agudo cuchillo moro. Vienen tras este jinete, sobre potros jerezanos, de lanceros hasta siete, y en la adarga y coselete diez peones castellanos. Asióse a su estribo Inés, gritando: "¿Diego, eres tú?" Y él, viéndola de través, dijo: "¡Voto a Belcebú, que no me acuerdo quién es!" Dio la triste un alarido tal respuesta al escuchar, y a poco perdió el sentido sin que más voz ni gemido volviera en tierra a exhalar.. Frunciendo ambas a dos cejas, encomendóla a su gente diciendo: "¡Malditas viejas que a las mozas malamente enloquecen con consejas!" Y aplicando el capitán a su potro las espuelas, el rostro a Toledo dan, y a trote cruzando van las oscuras callejuelas. IV Así por sus altos fines dispone y permite el cielo que puedan mudar al hombre fortuna, poder y tiempo. A Flandes partió Martínez de soldado aventurero, y por su suerte y hazañas allí capitán le hicieron. Según alzaba en honores alzábase en pensamientos, y tanto ayudó en la guerra con su valor y altos hechos, que el mismo rey a su vuelta le armó en Madrid caballero, tomándole a su servicio por capitán de lanceros. Y otro no fue que Martínez, quien ha poco entró en Toledo, tan orgulloso y ufano cual salió humilde y pequeño. Ni es otro a quien se dirige, cobrado el conocimiento, la amorosa Inés de Vargas, que vive por él muriendo. Mas él, que olvidando todo olvidó su nombre mesmo, puesto que Diego Martínez es el capitán don Diego, ni se ablanda a sus caricias, ni cura de sus lamentos, diciendo que son locuras de gente de poco seso; que ni él prometió casarse ni pensó jamás en ello. ¡Tanto mudan a los hombres fortuna, poder y tiempo! En vano porfiaba Inés con amenazas y ruegos; cuanto más ella importuna, está Martínez severo. Abrazada a sus rodillas, enmarañado el cabello, la hermosa niña lloraba prosternada por el suelo. Mas todo empeño es inútil, porque el capitán don Diego no ha de ser Diego Martínez, como lo era en otro tiempo. Y así llamando a su gente, de amor y piedad ajeno mandóles que a Inés llevaran de grado o de valimento. Mas ella antes que la asieran cesando un punto en su duelo, así habló, el rostro lloroso hacia Martínez volviendo: "Contigo se fue mi honra, conmigo tu juramento; pues buenas prendas son ambas en buen fiel las pesaremos." Y la faz descolorida en la mantilla envolviendo a pasos desatentados salióse del aposento. V Era entonces en Toledo por el rey gobernador el justiciero y valiente don Pedro Ruiz de Alarcón. Muchos años por su patria el buen viejo peleó; cercenado tiene un brazo, mas entero el corazón. La mesa tiene delante, los jueces en derredor, los corchetes a la puerta y en la derecha el bastón. Está, como presidente del tribunal superior, entre un dosel y una alfombra reclinado en un sillón, escuchando -con paciencia la casi asmática voz con que un tétrico escribano solfea una apelación. Los asistentes bostezan al murmullo arrullador; los jueces medio dormidos hacen pliegues al ropón; los escribanos repasan sus pergaminos al sol. Los corchetes a una moza guiñan en un corredor, y abajo, en Zocodover, gritan en discorde son los que en el mercado venden lo vendido y el valor. Una mujer en tal punto, en faz de gran aflicción, rojos de llorar los ojos, ronca de gemir la voz, suelto el cabello y el manto, tomó plaza en el salón diciendo a gritos: "¡Justicia, jueces; justicia, señor!" Y a los pies se arroja humilde, de don Pedro de Alarcón, en tanto que los curiosos se agitan alrededor. Alzóla cortés don Pedro calmando la confusión y el tumultuoso murmullo que esta escena ocasionó, diciendo -Mujer, ¿qué quieres? -Quiero justicia, señor. -¿De qué? -De una prenda hurtada. -¿Qué prenda? -Mi corazón. -¿Tú le diste? -Le presté. -¿Y no te le han vuelto? -No. -¿Tienes testigos? -Ninguno. -¿ Y promesa? -¡Sí, por Dios! Que al partirse de Toledo un juramento empeñó. -¿Quién es él? -Diego Martínez. -¿ Noble? -Y capitán, señor. -Presentadme al capitán, que cumplirá si juró. Quedó en silencio la sala, y a poco en el corredor se oyó de botas y espuelas el acompasado son. Un portero, levantando el tapiz, en alta voz dijo: "El capitán don Diego. Y entró luego en el salón Diego Martínez, los ojos llenos de orgullo y furor. ¿Sois el capitán don Diego -díjole don Pedro- vos? Contestó altivo y sereno Diego Martínez: -Yo soy. -¿Conocéis a esta muchacha? -Ha tres años, salvo error. -¿Hicísteisla juramento de ser su marido? -No. -¿Juráis no haberlo jurado? -Sí juro. -Pues id con Dios. -¡Mientes! - clamó Inés llorando( de despecho y de rubor. -Mujer, ¡piensa lo que dices! -Digo que miente: juró. ¿Tienes testigos? -Ninguno. -Capitán, idos con Dios, y dispensad. que acusado, dudara de vuestro honor. Tornó Martínez la espalda con brusca satisfacción, e Inés, que le vio partirse, resuelta y firme gritó: -Llamadle, tengo un testigo. Llamadle otra vez, señor. Volvió el capitán don Diego, sentóse Ruiz de Alarcón, la multitud aquietóse y la de Vargas siguió: -Tengo un testigo a quien nunca faltó verdad ni razón. -¿Quién? -Un hombre que de lejos nuestras palabras oyó mirándonos desde arriba. -¿Estaba en algún balcón? -No, que estaba en un suplicio donde ha tiempo que expiró. -¿Luego es muerto? -No, que vive. -Estáis loca, ¡vive Dios! ¿Quién fue? -El Cristo de la Vega a cuya faz perjuró. Pusiéronse en pie los jueces al nombre del Redentor, escuchando con asombro tan excelsa apelación. Reinó un profundo silencio de sorpresa y de pavor, y Diego bajó los ojos de vergüenza y confusión. Un instante con los jueces don Pedro en secreto habló, y levantóse diciendo con respetuosa voz: "La ley es ley para todos; tu testigo es el mejor, mas para tales testigos no hay más tribunal que Dios. Haremos ... lo que sepamos; escribano: al caer el sol, al Cristo que está en la vega tomaréis declaración." VI Es una tarde serena, cuya luz tornasolada del purpurino horizonte blandamente se derrama. Plácido aroma las flores sus hojas plegando exhalan, y el céfiro entre perfumes mece las trémulas alas. Brillan abajo en el valle con suave rumor las aguas, y las aves en la orilla despidiendo al día cantan. Allá por el Miradero, por el Cambrón y Visagra, confuso tropel de gente del Tajo a la vega baja. Vienen delante don Pedro de Alarcón, Ibán de Vargas, su hija Inés, los escribanos, los corchetes y los guardias; y detrás monjes, hidalgos, mozas, chicos y canalla. Otra turba de curiosos en la vega les aguarda, cada cual comentariando el caso según le cuadra. Entre ellos está Martínez en apostura bizarra, calzadas espuelas de oro, valona de encaje blanca, bigote a la borgoñesa, melena desmelenada, el sombrero guarnecido con cuatro lazos de plata, un pie delante del otro, y el puño en el de la espada. Los plebeyos de reojo le miran de entre las capas: los chicos, al uniforme, y las mozas a la cara. Llegado el gobernador y gente que le acompaña entraron todos al claustro que iglesia y patio separa. Encendieron ante el Cristo cuatro cirios y una lámpara, y de hinojos un momento le rezaron en vox baja. Está el Cristo de la Vega la cruz en tierra posada, los pies alzados del suelo poco menos que una vara; hacia la severa imagen un notario se adelanta, de modo que con el rostro al pecho santo llegaba. A un lado tiene a Martínez, a otro lado a Inés de Vargas, detrás al gobernador con sus jueces y sus guardias. Después de leer dos veces la acusación entablada, el notario a Jesucristo así demandó en voz alta "Jesús, Hijo de María, ante nos esta mañana citado como testigo por boca de Inés de Vargas, ¿juráis ser cierto que un día a vuestras divinas plantas juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?" Asida a un brazo desnudo una mano atarazada vino a posar en los autos la seca y hendida palma, y allá en los aires ¡Sí, juro!, clamó una voz más que humana. Alzó la turba medrosa la vista a la imagen santa... Los labios tenía abiertos y una mano desclavada. Conclusión Las vanidades del mundo renunció allí mismo Inés, y espantado de sí propio Diego Martínez también. Los escribanos temblando dieron de esta escena fe, firmando como testigos cuantos hubieron poder. Fundóse un aniversario y una capilla con él, y don Pedro de Alarcón el altar ordenó hacer donde hasta el tiempo que corre y en cada año una vez, con la mano desclavada el crucifijo se ve.
2.
A mi hija
A mi hija
Por cima de la montaña que nos sirve de frontera, te envía un alma sincera un beso y una canción; tómalos; que desde España han de ir a dar, vida mía, en tu alma mi poesía, mi beso en tu corazón. Tu padre, tras la montaña que para ambos no es frontera, lleva la amistad sincera del autor de esta canción. Recibe, pues, desde España beso y cantar, vida mía, en tu alma la poesía y el beso en el corazón. Si un día de esa montaña paso o pasas la frontera, verás el alma sincera de quien te hace esta canción, que la hidalguía de España es quien sabe, vida mía, dar al alma poesía y besos al corazón.
3.
Aparta de tus ojos la nube perfumada
Aparta de tus ojos la nube perfumada
Aparta de tus ojos la nube perfumada... Aparta de tus ojos la nube perfumada que el resplandor nos vela que tu semblante da, y tiéndenos, María, tu maternal mirada, donde la paz, la vida y el páramo está. Tú, bálsamo de mirra; Tú, cáliz de pureza; Tú, flor de paraíso y de los astros luz, escudo sé y amparo de la mortal flaqueza por la Divina Sangre del que murió en la Cruz. Tú eres, oh María!, un faro de esperanza que brilla de la vida junto al revuelto mar, y hacia tu luz bendita desfallecido avanza el náufrago que anhela en el Edén tocar. Impela, oh Madre augusta!, tu soplo soberano la destrozada vela de mi infeliz batel; enséñale su rumbo con compasiva mano, no dejes que se pierda mi corazón en él.
4.
¡Ay del triste!
¡Ay del triste!
¡Ay del triste que consume su existencia en esperar! ¡Ay del triste que presume que el duelo con que él se abrume al ausente ha de pesar! La esperanza es de los cielos precioso y funesto don, pues los amantes desvelos cambian la esperanza en celos. que abrasan el corazón. Si es cierto lo que se espera, es un consuelo en verdad; pero siendo una quimera, en tan frágil realidad quien espera desespera.
5.
Fragmentos de "don juan tenorio"
Fragmentos de "don juan tenorio"
Fragmentos de "Don Juan Tenorio" Doña Inés: Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!, que no podré resistir mucho tiempo sin morir tan nunca sentido afán. ¡Ah! Callad por compasión, que oyéndoos me parece que mi cerebro enloquece se arde mi corazón. ¡Ah!, me habéis dado a beber un filtro infernal, sin duda, que a rendiros os ayuda la virtud de la mujer. Tal vez poseéis, don Juan, un misterioso amuleto que a vos me atrae en secreto como irresistible imán. Tal vez Satán puso en vos: su vista fascinadora, su palabra seductora, y el amor que negó a Dios. ¡Y qué he de hacer ¡ay de mí! sino caer en vuestros brazos, si el corazón en pedazos me vais robando de aquí? No, don Juan, en poder mío resistirte no está ya: yo voy a ti como va sorbido al mar ese río. Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro. Don Juan: ¿Alma mía! Esa palabra cambia de modo mi ser, que alcanzo que puede hacer hasta que el Edén se me abra. No es, doña Inés, Satanás quien pone este amor en mí; es Dios, que quiere por ti ganarme para él quizás. No, el amor que hoy se atesora en mi corazón mortal no es un amor terrenal como el que sentí hasta ahora; no es esa chispa fugaz que cualquier ráfaga apaga; es incendio que se traga cuanto ve, inmenso, voraz. Desecha, pues, tu inquietud, bellísima doña Inés, porque me siento a tus pies capaz aún de la virtud. Sí, iré mi orgullo a postrar ante el buen Comendador, y o habrá de darme tu amor, o me tendrá que matar. Doña Inés: ¡Don Juan de mi corazón! * * * (...)Don Juan: Culpa mía no fue: delirio insano me enajenó la mente acalorada. Necesitaba víctimas mi mano que inmolar a mi de desesperada, y al verlos en mitad de mi camino presa les hice allí de mi locura. ¡No fui yo, vive Dios! ¡Fue su destino! Sabían mi destreza y mi ventura. Oh! Arrebatado el corazón me siento por vértigo infernal..., mi alma perdida va cruzando el desierto de la vida cual hoja seca que arrebata el viento. Dudo..., temo..., vacilo..., en mi cabeza siento arder un volcán..., muevo la planta sin voluntad, y humilla mi grandeza un no sé qué de grande que me espanta. ... ¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere nada más que el valor...! Que se aniquila el alma con el cuerpo cuando muere creí..., mas hoy mi corazón vacila. ¡Jamás creí en fantasmas...! ¡Desvaríos! Mas del fantasma aquel, pese a mi aliento, los pies de piedra caminando siento por doquiera que voy, tras de los míos. ¡ Oh! Y me trae a este sitio irresistible misterioso poder... * * * (...)Don Juan: ¿Conque hay otra vida más y otro mundo que el de aquí? ¿Conque es verdad, ¡ay de mí!, lo que no creí jamás? ¡Fatal verdad que me hiela la sangre en el corazón! Verdad que mi perdición solamente me revela.
6.
Justicias del rey don pedro
Justicias del rey don pedro
I Cuando su luz y su sombra mezclan la noche y la tarde, y los objetos se sumen en la sombra impenetrable, en un postigo excusado, que a una callejuela sale de una casa, cuya puerta principal da a la otra calle, dos hombres que se despiden se ven, aunque no se sabe n¡ cuál de los dos se queda ni cuál de los dos se parte. Ambos mirándose atentos, ambos un pie hacia adelante, parados en el dintel están, y entrambos iguales. Por fin el más viejo de ellos, hundiendo el mustio semblante entre el sombrero y la capa, en ademán de marcharse, torció la cabeza a un lado, pronunciando un no tan grave, que bien se vio que era el fin de las pláticas de enantes. Sin duda el otro entendido, no encontró qué replicarle, pues bajando la cabeza, callóse por un instante. -Buenas noches -dijo el viejo-. Tartamudeó un "Dios le guarde" el otro; mas, decidiéndose, hizo hacia el viejo un avance. -"Mírelo bien, y cuidado no se arrepienta, compadre. -Nunca eché más de una cuenta. -Piénselo bien, y no pase sin contar lo que va de él a don Juan de Colmenares. -Señor -replicó el anciano-, en tiempos tan deplorables, yo sé que lo pueden todo los ricos y los audaces. -Pues mire lo que le importa; que rica y audaz señales son con que marca la fama a los que en mi casa nacen. Callaron por un momento, y continuando mirándose dijo el viejo tristemente, aunque en tono irrevocable: -Nunca lo esperé de vos; mas tampoco vos ni nadie puede esperar más de mí. -Pues, entonces, adelante idos, buen viejo, con Dios, qué estoy de prisa y es tarde." Cerró la puerta de golpe, a escuchar sin esperarse una respuesta que el viejo tuvo tentación de darle; y acaso por su fortuna quedó a tal punto en la calle para dársela a la puerta, donde la deshizo el aire. Volvió el anciano la espalda, y en dos golpes desiguales, sus pasos descompasados pueden de lejos contarse; porque sus pies impedidos, deben a su edad y achaques una muleta que marcha un pie que los suyos antes. La esquina a espacio traspuso, y a poco otro hombre más ágil, saliendo por el postigo, siguió en silencio su alcance. Túvose al 'volver la esquina; tendió sus ojos sagaces, y enderezó los oídos atento por todas partes; mas, no oyendo ni escuchando de qué poder recelarse, tomando el rastro del viejo, echó por la misma calle. II En un aposento ambiguo, medio portal, medio tienda, que hace asimismo las veces de cocina y de despensa, pues da su entrada a la calle y en confuso ajuar ostenta camas, hormas y un caldero colgado en .la chimenea, hay seis personas distintas, que hacen al pie de la letra (salvo el padre, que está ausente) una raza verdadera. Un mozo de veinte abriles; una muchacha risueña de diez y seis; tres muchachos, y una anciana de sesenta. Y aunque a las veces nos turban engañosas apariencias, zapateros son de oficio, si a espacio se considera, que está la estancia aromada con vapores de pez negra, que ribetea la moza, y que el mozo maja suela. -Mucho tarda -dijo el último padre esta noche, Teresa. -Ya ha tiempo que ha anochecido. -Muchacho, atiza esa vela y deja quieto ese bote. Y esto diciendo en voz recia el mozo, siguió en silencio cada cual en su tarea, el chico sitiando al bote, ribeteando la doncella, majando el mozo a compás, y dormitando la vieja. Con monótonos murmullos arrullaban esta escena el son de la escasa lluvia de un aguacero que empieza, el no interrumpido son con que hierve la caldera, y el tumultuoso chasquido con que la luz chisporrea. -¿Las nueve son? - dijo el mozo. -Eso las ánimas suenan con sus campanas - repuso santiguándose Teresa. -¡Las ánimas, y aún no viene! Y echando atrás la silleta, se puso el mancebo en pie, y encaminóse a la puerta. Al ruido que hizo en el cuarto, despertándose la vieja, dijo: -¿Rezáis a las ánimas? -Sí, señora: estése queda. Asió el mancebo la aldaba, mas la había alzado apenas, cuando un espantoso golpe venció la puerta por fuera. -¡Muerto soy! - dijo una voz; Cayó un embozado en tierra, y viose un hombre que huía al fin de la callejuela. En derredor del caído se agolparon, que aún conserva algún resto de la vida que le arrancan a la fuerza; mas no bien le desenvuelven, por ver piadosos si alienta, un grito descompasado lanzó... la familia entera. Blasfemó el mozo con ira, desmayóse la doncella, y la anciana y los muchachos en llanto a la par revientan. -Padre, ¿quién fue? - preguntaba sosteniendo la cabeza del anciano moribundo el hijo, que llora y tiembla. Echóle triste mirada su padre, como quien lega su razón y su justicia en quien se fija con ella. -Juan ... -¿Qué Juan? -De Colmenares - balbuceó con torpe lengua, y sobre el brazo del hijo dobló la faz macilenta. Reinó un silencio solemne por un instante en la escena, y a reunirse empezaron vecinos de ambas aceras. Llegó la justicia al punto, y mientras justicia ella, partió por la turba el mozo en haz de intención siniestra. -¿Dónde va? - dijo un corchete. -Siendo yo su sangre mesma, ¿adónde sino al culpable? -Soy con vos. -Enhorabuena. -Por si acaso, va seguro... - dijo para sí el de presa, mientras el mozo resuelto, ganó a una esquina la vuelta. III Son treinta días después, y en mismo lugar y hora, la misma vieja y los chicos con mesa, mancebo y moza. Cada cual en su tarea sigue en paz, aunque se nota que todos tienen los ojos del mancebo en la faz torva. él, sin embargo, en silencio prosigue atento su obra, sin levantar la cabeza, que sobre el pecho se apoya. Tan doblada la mantiene, que apenas la llama roja que da la luz, alumbrarle las cejas fruncidas logra; y alguna vez que el reflejo las negras pupilas toca, tan viva luz reverberan, que chispas parecen brotan. La verdad es, que una lágrima que a sus -párpados asoma, viene anunciando un torrente en que el corazón se ahoga. Y el mozo, por no aumentar de los suyos la congoja, a duras penas le tiene dentro el pecho y le sofoca. Largo rato así estuvieron en atención afanosa, todos mirando al mancebo, y éste mirando a sus hormas; hasta que al cabo Teresa, más sentida o más curiosa, le dijo: -¿Estás malo, Blas? Y a su vez limpia y sonora siguió otro largo intervalo de larga atención dudosa. Nada el hermano responde, mas ella su afán redobla, que no hay temor que la tenga, la valla de una vez rota. -¿Cómo estás tan cabizbajo?... Y aquí Blas interrumpióla. -¿Y qué tengo que decir a quien sin padre y sin honra debe vivir para siempre? Y aquí la familia toda rompió en ahogados sollozos a tan infausta memoria. Sosegóse, y siguió Blas en voz lamentable y honda -él rico, y nosotros pobres ; débil la justicia, y poca, y el Rey en caza y en guerra, ¿qué puede alcanzar quien llora? -Qué, ¿por libre se atrevieron? ... -Poco menos, pues sus doblas pudieron más con los jueces que las leyes. -¡Las ignoran! dijo indignada Teresa. -¡No, hermana ; las acogotan ! contestó Blas, sacudiendo su mazo con ciega cólera. Siguió en silencio otro espacio, y otra vez Teresa torna: -Mas la sentencia, ¿cuál fue? - dijo, y calló vergonzosa. -¿La sentencia? -gritó Blas revolviendo por las órbitas los negros y ardientes ojos-. ¿La sentencia pides?, óyela. Todos se echaron de golpe sobre la mesilla coja, que vaciló al recibirles, a oír lo que tanto importa. -Sabéis que el de Colmenares hoy pingüe prebenda goza en la iglesia, y que a Dios gracias y a mi diligencia propia, se le probó que dio muerte a padre (que en paz reposa). Pues bien: no sé por qué diablos de maldita jerigonza de conspiración que dicen que con su muerte malogra, dieron por bien muerto a padre, y al clérigo... -¿Le perdonan? -No, ¡ vive Dios! le condenan. ¡ Mas ved qué dogal le ahoga! Condénanle a que en un año no asista a coro, mas cobra su renta; es decir, le mandan que no trabaje, y que coma. Tornó a su silencio Blas, y a sus sollozos la moza, ella cosiendo sus cintas, y él machacando sus hormas. IV Está la mañana limpia, azul, transparente, clara, y el sol de entre nubes rojas espléndida luz derrama. Toda es tumulto Sevilla, músicas, vivas y danzas; todo movimiento el suelo, toda murmullos el aura. Cruzan literas y payes, monjes, caballeros, guardias, vendedores, alguaciles, penachos, pendones, mangas. Flota el damasco y las plumas en balcones y ventanas, y atraviesan besamanos donde no caben palabras. Descórrense celosías, tapices visten las tapias, los abanicos ondulan y los velos se levantan. Cuantas hermosas encierra Sevilla a su gloria saca, cuantos buenos caballeros en sus fortalezas guarda, ellos porque son galanes, y ellas porque son bizarras; las unas porque la adornen, los otros para admirarlas. Óyense al lejos clarines, y chirimías y cajas, y a lengua suelta repican esquilones y campanas. Mas no vienen los hidalgos armados hasta las barbas, ni el pálido rostro asoman las bellas amedrentadas; que no doblan los tambores en son agudo de alarma, ni las campanas repican a rebato arrebatadas; que es la procesión del Corpus. que ya traspone las gradas del atrio, y el Rey don Pedro acompañándola baja. Padillas y Coroneles y Albuquerques se adelantan, con Osorios y Guzmanes, pompa ostentando sobrada. Y bajo un palio don Pedro, de ocho punzones de plata, descubierta la cabeza y armado hasta el cuello, marcha. En torno suyo el cabildo diez individuos encarga que de escuderos le sirvan en comisión poco santa ; mas tiempos son tan ambiguos los que estos monjes alcanzan, que tanto arrastran ropones como broqueles embrazan. Entre ellos se ve a don Juan de Colmenares y Vargas, que deja por vez primera la reclusión de su casa, no porque el año ha cumplido, sino porque el año paga, y doblas redimen culpas si se confiesan doradas. Rosas deshojan sobre ellos las hermosísimas damas, y toda es flores la calle por donde la corte pasa. Envidia de las más bellas, salió a un balcón del alcázar la hermosísima Padilla, origen de culpas tantas. Hízola venia don Pedro, y al responderle la dama, soltó sin querer un guante, y ojalá no le soltara. Lanzóse a tomar la prenda muchedumbre cortesana muchos llegaron a un tiempo, mas nadie tomar osaba, que fuera acción peligrosa, aparte de lo profana. Partiendo la diferencia, salió de la fila santa el bizarro Colmenares con intención de tomarla. Mas no bien dejó su mano del palio al punzón de plata, y puso desde él al rey cuatro pasos de distancia, cuando un mancebo iracundo, con irresistible audacia, se echó sobre él, y en el pecho le asentó dos puñaladas. Cayó don Juan; quedó el mozo sereno en pie entre los guardias, que le asieron, y don Pedro se halló con él cara a cara. La procesión se deshizo; volvió gigante la fama el caso de boca en boca, y ya prodigios contaban. Juntáronse los soldados recelando una asonada; cercaron al Rey algunos y llenó al punto la plaza la multitud, codiciosa de ver la lucha empezada entre el sacrílego mozo y el sanguinario monarca. Duró un instante el silencio, mientras el Rey devoraba con sus ojos de serpiente los ojos del que le ultraja. -¿Quién eres? - dijo, por fin, dando en tierra una patada. -Blas Pérez - contestó el mozo con voz decidida y clara. Pálido el rey de coraje, asióle por la garganta, y así en voz ronca le dijo, que la cólera le ahogaba "¿Y yendo tu rey aquí, ¡voto a Dios!, por qué no hablaste, si con la ocasión te hallaste para obrar con él así?" Soltóse Blas de la mano con que el rey le sujetaba, y, señalando al difunto, repuso tras breve pausa: -Mató a mi padre, señor; y el tribunal, por su oro, privóle un año del coro, que en vez de pena es favor. -Y si vende el tribunal la justicia encomendada, ¿no es mi- justicia abonada para quien justicia mal? Cuando el miedo o la malicia (dijo Blas) tuercen la ley, nadie se fía en el rey, medido por su justicia. Calló Blas, y calló el rey a respuesta tan osada y los ojos de don Pedro bajo las cejas chispeaban. Tendiólos por todas partes, y al fuego de sus miradas, de aquéllos en quien las puso palidecieron las caras. Temblaron los más audaces, y el pueblo ansioso esperaba una explosión de don Pedro más recia que sus palabras. Rompió el silencio. por fin, y en voz amistosa y blanda, el interrumpido diálogo así con el mozo entabla: -¿Qué es tu oficio? -Zapatero. -No han de decir ¡vive Dios! que a ninguno de los dos en mi sentencia prefiero. Y encarándose don Pedro con los jueces que allí estaban, dando un bolsillo a Blas Pérez, dijo en voz resuelta y alta: "Pesando ambos desacatos, si con no rezar cumple él en un año, cumples fiel no haciendo en otro zapatos." Tornóse don Pedro al punto, y brotó la turba osada murmullos de la nobleza y aplausos de la canalla. Mas viendo el rey que la fiesta mucho en ordenarse tarda, echando mano al estoque, dijo así, ronco de rabia: "¡ La procesión adelante, o meto cuarenta lanzas y acaban ¡voto a los cielos! los salmos a cuchilladas P'. Y como consta a la Iglesia que es hombre el rey de palabra, siguieron calle adelante palio, pendones y mangas.
7.
La orgía
La orgía
La sombra nos cobija con su tapiz de duelo: cansado ya del cielo el sol se hundió en la mar. El mundo duerme imbécil, vacilan las estrellas; en torno a las botellas venid a delirar. Venid niñas sedientas de libertad y amores, que fiestas y licores dan libertad y amor. Húmedos de esperanza traed los ojos bellos, sin trenzas los cabellos, la frente sin rubor. La vida es una farsa hipócrita y demente, y el mundo indiferente se cansa del placer; el mundo se ha dormido; romped vuestros papeles, dejad los oropeles que vano os prestó ayer. Dejad de esa comedia el torpe fingimiento, ahogad el preso aliento con larga libación. La sombra, si ese cielo su luz tiende importuna, envolverá la luna en tocas de crespón. ¡Oh!, lejos de los ojos de la curiosa plebe, la copa en que se bebe nos abre un ancho Edén; el fondo cristalino las luces multiplica, y de vapores rica perfuma nuestra sien. Los labios desfrenados, la lengua desatada, en larga carcajada prorrumpen sin cesar. La lumbre de los ojos inquieta y licenciosa, los ojos de una hermosa se afana en reflejar. Venid a los festines avaras de placeres, que el cielo en las mujeres atesoró el placer. Venid, niñas, sin cuitas desnudo el albo seno, porque quiero el veneno de vuestro amor beber- [...] De cada ardiente beso el lúbrico estallido rasgará el sostenido murmullo bacanal; como reloj deshecho que sin marcar las horas, sacude las sonoras campanas de metal. El mundo duerme, niñas, bebamos y cantemos, que más no sacaremos del mundo engañador; húmedos de esperanza traed los ojos bellos, sin trenzas los cabellos, la frente sin rubor. Venid, y mal prendidos los velos y los chales, prodiguen liberales la luz de vuestra tez: los ondulantes rizos flotando por la espalda, la mal ceñida falda mintiendo desnudez. Y las de negros ojos que ostenten su mirada altiva, enamorada, con infernal pasión, y las rubias ostenten sin máscaras de tules, las pupilas azules, y rojo el corazón. La noche se desliza, su llama el sol enciende, el día nos sorprende, va el mundo a despertar. ¡Cantemos y bebamos, que cuando venga el día el sueño de la orgía le volverá a apagar!
8.
La plegaria
La plegaria
Helos al pie de la cruz En oración reverente; La virtud brilla en su frente Como la primera luz Del sol que alumbra en Oriente. Niños tal vez desvalidos Que pasan desconocidos, Con la inocencia en el alma, Como en desiertos perdidos Con sus racimos la palma. ángeles acaso son Que, el mundo sin conocer, Llevan en el corazón Una sublime oración Y las virtudes de ayer. Sus ojos ven solamente A través del blanco velo Que cerca el alma inocente, Vida en la tierra inclemente, Luz y armonía en el cielo. Ven en el alba colores Y en el llano hierba y flores, Sombra, del valle en la hondura, Y en el aire ruiseñores, Y peñascos en la altura. Para ellos, música el viento Es, si las alas despliega, Si en las secas hojas juega, O entre las flores se pliega Con lascivo movimiento. Y son las flotantes ramas, Del sol a las rojas llamas, Del prado, verdes espumas, De aérea serpiente, escamas, De águila terrestre, plumas. Y son los hombres hermanos, Y oran por ellos contentos, Hasta que los hombres vanos Pongan, leones hambrientos, En su inocencia las manos. Sabe ella que es virgen bella, Y él un ángel hechicero, Porque no dudan él ni ella Que ella es de virtud estrella, Y él de inocencia lucero. Mas ¡ay! que del pedestal A la sombra cobijado, Acaso un ojo carnal Está en la virgen posado Con una idea brutal. Y sobre la tez de rosa La lágrima de dolor Que ella derrama piadosa, El hombre la cree de amor, Y llama al ángel ¡hermosa! Que tal vez pintarse intenta Aquella avara pupila, De torpes formas sedienta, Mil perfecciones que aumenta En esa virgen tranquila. Así incompletas y vanas Las cosas del mundo son, ¡Que a turbar vienen livianas Esa angélica oración Con imágenes mundanas! ¿Por qué, pintor, ideaste Una plegaria tan bella, Si la cruz que levantaste, Luego, pintor, la ultrajaste Pintando al hombre tras ella? ¡No digas quién la creó! culpa no arguya! ¡Que en ambos Tú fuiste quien la pintó, Mas la malicia no es tuya, Que quien la escribe soy yo.
9.
Oriental
Oriental
Dueña de la negra toca, la del morado monjil, por un beso de tu boca diera a Granada Boabdil. Diera la lanza mejor del zenete más bizarro, y con su fresco verdor toda una orilla del Darro. Diera las fiestas de toros, y si fueran en sus manos, con las zambras de los moros el valor de los cristianos. Diera alfombras orientales, y armaduras y pebetes, y diera... ¡que tanto vales!, hasta cuarenta jinetes. Porque tus ojos son bellos, porque la luz de la aurora sube al Oriente desde ellos, y el mundo su lumbre dora. Tus labios son un rubí, partido por gala en dos... Le arrancaron para ti de la corona de Dios. De tus labios, la sonrisa, la paz de tu lengua mana... leve, aérea, como brisa de purpurina mañana. ¡Oh, qué hermosa nazarena para un harén oriental, suelta la negra melena sobre el cuello de cristal: en lecho de terciopelo, entre una nube de aroma, y envuelta en el blanco velo de las hijas de Mahoma! Ven a Córdoba, cristiana, sultana serás allí, y el sultán será, ¡oh sultana!, un esclavo para ti. Te dará tanta riqueza, tanta gala tunecina, que ha de juzgar tu belleza para pagarle, mezquina. Dueña de la negra toca, por un beso de tu boca diera un reino Boabdil; y yo por ello, cristiana, te diera de buena gana mil cielos, si fueran mil.
10.
Para verdades el tiempo y para justicia dios
Para verdades el tiempo y para justicia dios
I Juan Ruiz y Pedro Medina, dos hidalgos sin blasón, tan uno del otro son cual de una zarza una espina. Diz que Pedro salvó a Juan la vida en lance sangriento; prendas de tanto momento amigos por cierto dan. Pasan ambos por valientes y mañeros en la lid, y lo han probado en Madrid en apuros diferentes. Ambos pasan por iguales en valor y en osadía, pero en fama de hidalguía no son lo mismo cabales. Que es Juan Ruiz hombre iracundo, silencioso por demás, que no alzó noble jamás el gesto meditabundo. Ancha espalda, corto cuello, ojo izquierdo, torvas cejas, ambas mejillas bermejas, y claro y rubio el cabello. Y aunque lleva en la cintura largo hierro toledano, dale, brillando en su mano, más villana catadura. Y aunque arrojado y audaz en la ocasión, rara vez carece su intrepidez de son de temeridad. ágil, astuto o traidor, hijo de ignorada cuna, debe acaso a su fortuna mucho más que a su valor. Presentóse ha pocos años de Indias advenedizo, dizque con nombre postizo cubriendo propios amaños. Mas vertió lujo y dinero en festines y placeres, aunque fue con las mujeres más falso que caballero. Hoy pasa, pobre y oscuro, una existencia común, y medra o mengua según los dados le dan seguro. Hombre de quien saben todos que vive de malvivir, mas nadie sabrá decir por cuáles o de qué modos. Modelos en amistad ambos para el vulgo son, mas con Pedro es la opinión menos rígida en verdad. Porque es Pedro, aunque arrogante y orgulloso en demasía, mozo de más cortesía y más bizarro talante. De ojos negros y rasgados con que a quien mira desdeña, nariz corta y aguileña, con bigotes empinados. Entre sombrero y valona colgando la cabellera, y alto el gesto en tal manera, que cuando cede perdona. Mas si sombras de matón tales maneras le dan, tiénela más de galán por su noble condición. Que no hay en Madrid mujer que un agravio recibiera, que a su espada no tuviera satisfacción que deber. Ni hay ronda ni magistrado que en revuelta popular. no le haya visto tomar ayuda y parte a su lado. Tales son Ruiz y Medina, de quienes, por concluir, fáltame sólo decir que amaban a Catalina. Es ella una moza oscura, de talle y de rostro apuesta, mas tan gentil como honesta, y como agraciada pura. ámala Ruiz, pero calla, acaso porque su amor, para mujer de su honor, palabras de amor no halla. él con ansia la contempla al abrigo del embozo, pero el ímpetu de mozo ante su virtud se templa, que es tan dulce su mirar, que su luz por no perder, cuando se quiso atrever sólo se atrevió a callar. Y es tan flexible su acento, que para no interrumpirle, tener es fuerza al oírle con los labios el aliento. Medina, que fue soldado sobre Flandes por Castilla, y a los usos de la villa de más tiempo acostumbrado, suplicóla tan rendido, tan cortés la enamoró, que ella amor le prometió como él fuera su marido. «¡Eso sí!, ¡por San Millán!», dijo Pedro con denuedo; y la calle de Toledo tomó en resuelto ademán. II Contento Pedro Medina con su amorosa ventaja, mas a carreras que a pasos iba cruzando la plaza. Saltábale el corazón a cada paso que daba, y frotándose ambas manos bajo la anchurosa capa. Los labios le sonreían, y los ojos le brillaban al reflejo que en el pecho despide la amante llama. Las gentes le hacían sitio porque cerca no pasara, que, según iba resuelto, que fuese audaz recelaban. Mas él va tan divertida en sus amores el alma, que ni ve donde tropieza, ni cura de los que pasan. Topó al volver una esquina una vieja, y al dejarla derribada en tierra, dijo: «Nos casaremos mañana.» Enredósele el estoque en el manto de una dama, y rasgándole una tercia, echála un voto de a vara. Así dando y recibiendo encontrones y pisadas, dio por fin con la hostería donde su amigo jugaba. Fue a la mesa, y preguntando a Juan si pierde o si gana, pidió vino y añadióle: -Cuando acabes, dos palabras. Recogió Juan sus monedas, y terciándose la capa, sentóse al lado de Pedro diciendo bajo: -¿Qué pasa? -Me caso -dijo Medina. Miróle Juan a la cara, y frunciendo entrambas cejas tosió, sin responder nada. -¿Qué piensas? -preguntó Pedro. -En ti y tu mujer pensaba -contestó Juan suspirando, con voz ronca y apagada. -¿Supondrás que es Catalina? -Y lo siento con el alma. -¡Cómo! -Porque tengo celos. -¡Por San Millán! -Yo la amaba. -¿Y ella? -Nunca se lo dije, pero ocurrióseme... -¡Acaba! -Para decirla mi amor escribirla hoy una carta. Callaron ambos: Medina remedio al caso buscaba, el codo sobre la mesa, sobre la mano la barba. Al fin, como quien resuelve negocio que aflige y cansa, pidió papel y tintero, diciendo a Juan: -¡Por mi alma, que en mi vida en tal apuro vacilar tanto pensaba; y a no serte tú quien eres, metiéralo a cuchilladas; pero escribe, y que responda a cual de nosotros mata! Escribió Juan, más rasgando al mejor tiempo la carta. -Echemos -dijo- los dados, y al que la mayor le caiga, si es a mí, la escribo al punto; si es ti, Pedro, te casas. Tiró Juan, y sacó nueve; y asiendo el vaso con rabia, tiró Pedro, y sacó doce. Con que los dos se levantan, y atravesando la turba que curiosa los cercaba, parten la calle en silencio, dándose entrambos la espalda. III Son, a mi pensar, los celos delirio, pasión o mal a cuyo influjo fatal lloraban los mismos cielos. A manos de tal pasión, el más cuerdo desespera, pues quien con celos espera, atropella su razón. Si con celos esperar es importuna porfía, ceder celoso en un día cuanto se amó, no es amar. De celos verse morir, y en silencio padecer, son celos tan de temer cuanto duros de sufrir. Y así, con celos amar vale casi aborrecer, pero con celos ceder, es igual que delirar. Si otro más favorecido goza el bien que se perdió, se habrá el disfavor sentido, mas perdido el amor, no. Porque en quien goza favor sobra tal vez confianza, y celos sin esperanza suelen guardar más amor. Si favor nunca tuvimos, aún es suerte más cruel, porque vemos ahora en él cuanto bien haber pudimos. Y así pienso que son celos delirio, pasión o mal, a cuyo influjo fatal lloraban los mismos cielos. Por eso llora Juan Ruiz, celoso y desesperado, el bien que Pedro ha ganado más galán o más feliz. Por eso en la soledad se mesa barba y cabellos, sin mirar que no está en ellos su amante fatalidad. ¡Oh, que no fueron antojos sus amorosos desvelos! Que el amor que hoy le da celos entróle ayer por los ojos. «¿Y por qué no me atreví -clama el triste en su aflicción y hoy acaso esta pasión pudiera arrancar de mí? Mas volveré, ¡vive Dios! ¿Pero que he de conseguir si la he dejado elegir marido de entre los dos?» Y a su despecho tornando, semejábase, en su afán, una fiera a quien están dentro la jaula acosando. Sin darse el triste solaz, cruzaba el cuarto sin tino, pero no hallaba camino de dar al ánimo paz. Silbaba al dejar rabioso paso al comprimido aliento, y hollaba con pie violento el pavimento ruinoso. Iba adelante y atrás sin reflexión que le acuda, a la par pidiendo ayuda a Cristo y a Satanás. Túvose un momento al fin, y en el temblor que le aqueja se ve bien que se aconseja con un pensamiento ruin. Volvió a girar otra vez, y otra a tenerse volvió; en esto dobló un reló en una torre las diez. Entonces, quedando fijo, exclamó en la oscuridad: «Hoy se casan, es verdad; hace un mes que me lo dijo.» Ciñó con esto el acero con desdén a la cintura; y salióse a la ventura, la vuelta del Matadero. IV Es una noche sin luna, y un torcido callejón donde hay en un esquinazo agonizando un farol, un balcón abierto a medias, por los vidrios de color arroja al aire en tumulto de danza el confuso son. Se oye el compás fugitivo que llevan con pie veloz los que danzan descuidados dentro de la habitación. Y se ven cruzar sus sombras una a una y dos a dos en fantástica carrera y en monótona ilusión. La casa es la de Medina, que en ella a fiesta juntó sus amigos y parientes después de traspuesto el sol. Allí con franca algazara festeja a la que adoró, de quien aguarda esta noche prendas de cumplido amor. Está la niña galana cual nunca el barrio la vio, suelto en rizos el cabello, que exhala fragante olor; la falda de raso blanco y acuchillado el jubón, con vueltas de terciopelo azul, de cielo el color; con una hebilla de plata ajustado el cinturón, de donde baja en mil pliegues un encaje en derredor; y de un lazo de corales, que Pedro la regaló, lleva en una cruz de oro la imagen del Redentor. Tanta ventura en un día nunca Pedro imaginó, y así, anda desatentado girando en la confusión. A cada vuelta se mira en los ojos de su amor, y en la luz de aquellos soles se le quema el corazón. Y, en fin, para concluir, se cantó, cenó y bailó, como es costumbre en las bodas desde entonces hasta hoy; hasta que, cansados unos del baile, otros del calor, las viejas del tardo sueño, los músicos de su son, los muchachos de la bulla, y los novios del honor que les hacen sus amigos en tan precisa ocasión, despidiéronse uno a uno echando sobre los dos más bendiciones que plagas causó a Egipto Faraón. Quedáronse entrambos solos la amada y el amador, por vez primera en la vida a merced de su pasión. Mirábala embelesado el amoroso español, trémulo el rostro de gozo y de dicha el corazón; mirábale ella anhelante encendida de rubor, húmedos los negros ojos con tiernísima afición. él diciéndola: «¡Alma mía!», diciéndole ella: «¡Mi sol!», entre el son de ardientes besos de regalado sabor. En esto en la estrecha calle temible ruido sonó de voces y cuchilladas en medrosa confusión, y al angustiado lamento de uno que grita: «¡Favor! ¡Ayudadme, que me matan!» Pedro a la calle bajó con el estoque en la diestra y en la siniestra el farol. Asomóse Catalina amedrentada al balcón, llamando a Pedro afanosa, de algún daño por temor. Alzó Medina la cara, y la luz con ella alzó, pero apenas el reflejo dio en el rostro de su amor, una estocada traidora por el costado le entró. Lanzó un grito el desdichado que partía el corazón; lanzó la hermosa un gemido de intensísimo dolor, y el moribundo Medina volviendo el gesto a un rincón, hacia una imagen de Cristo, de quien devoto vivió, dijo expirando: «Soy muerto, ¡acorredme, Santo Dios!» Y quedó tendido en tierra, sin movimiento y sin voz. Alzóse a su lado un hombre, y exclamando con pavor: «¡Maldita sea mi alma!», mató la luz y escapó. V Tuvieron así los años, uno, dos, tres, hasta siete, embozada en el misterio aquella impensada muerte. En vano acudieron pronto vecinos a socorrerle, para vengarle los hombres, para mentir las mujeres. En vano salieron unos casi desnudos a verle, y otros salieron jurando, armados hasta los dientes. Nada sirvieron entonces, ni jubones ni broqueles; Medina quedó sin vida, y sin justicia el aleve. En vano son las pesquisas de los irritados jueces, en vano son los testigos, las citas y los papeles. En vano el caso averiguan una, dos, tres, quince veces; cada vez más se confunden los golillas y corchetes. En vano sobre la rastra anduvieron diligentes olfateando la presa los alanos de las leyes; porque todos son testigos, todos declaran contestes, todos son los agraviados, mas ninguno delincuente. Hubo alborotos por ello, y pendencias más de veinte; mas Pedro, quedó sin vida, y sin justicia el aleve. Catalina le lloraba, desconsolada y doliente, minutos, horas y días, noches, semanas y meses. Un año estuvo en el lecho con accesos de demente, y un año a su cabecera veló Juan Ruiz sin moverse. Dio con la puerta en los ojos a padrinos y parientes, diciendo: «Mientras yo viva, no faltará quien la vele.» Y en vano le murmuraron de tal conducta las gentes; Juan se mantuvo constante a la cabecera siempre, sin que a sondear su alma alcanzara algún viviente a través de la reserva y el misterio que mantiene. Curóse al fin Catalina, y el tiempo, que tanto puede, siendo remedio y sepulcro de los males y los bienes, volvió la luz a sus ojos, y el pudor volvió a su frente, y el talismán de la risa a sus labios transparente; y salió ufana, diciendo a cuantos por verla vienen que la vida con que vive sólo a Juan Ruiz se la debe. éste, a pretexto de amigo del triste que en polvo duerme, no se aparta de su lado hasta que la noche viene. Entonces a lentos pasos la esquina inmediata tuerce, y en las revueltas del barrio como un fantasma se pierde. Mas no faltó en él alguno que a media voz se atreviese a decir que cuando pasa por ante el Cristo se tiene, y el embozo hasta los ojos, el sombrero hasta las sienes, cruza azaroso la calle, como si alguien le siguiese. En estas conversaciones, cada vez menos frecuentes, pasaron al fin los años, uno, dos, tres, hasta siete. VI Pagada la Catalina de amistad tan firme y tierna, de tanto afán y desvelos, de tan rendida fineza, escuchó a Juan una tarde, los ojos fijos en tierra, dulces palabras de amores de la balbuciente lengua. Instó un día y otro día, quedó siempre sin respuesta; volvió a sus ruegos Juan Ruiz volvió a su silencio ella. Pasése un mes y otro mes, y tornó Ruiz a su tema, y tornó a callar la niña entre enojada y risueña. Mas tanto lidió el galán, tanto resistió la bella, que al cabo la linda viuda dijo a Juan de esta manera: -Puesto que es muerto Medina (¡Dios en su gloria le tenga!) y por siete años cumplidos mi fe le he guardado entera, y él ha visto nuestro amor allá en la vida eterna, os daré, Juan Ruiz, mi mano, y mi corazón con ella. Amigo de Pedro fuisteis, y yo os debo la existencia; conque es justo, a mi entender, os cobréis entrambas deudas. Púsose Juan Ruiz de hinojos a los pies de la doncella, y asiéndola las dos manos humildemente la besa. Acordáronse las bodas, mas Catalina aconseja que sean cuando él quisiese, pero que sin ruido sean. Las malas mañas o antojos, o tarde o nunca se dejan, y Juan en su mocedad gustó de bulla y de fiesta. Así, aunque pocos convida para que a las bodas vengan, buscó unos cuantos amigos que le alegraran la mesa. Trajo vinos los mejores, y viandas las más frescas, y apuntó por hora fija de noche las diez y media. Gustaba Juan sobre todo de cabezas de ternera, y asábalas con tal maña, que a cualquier gusto pluguieran. Gozaba en esto gran nombre entre la gente plebeya, de tal modo, que le daban el apodo de Cabezas. Ocurrióle a media tarde darse a luz con tal destreza, y embozándose en la capa, salió en busca de una de ellas. Mataban aquella tarde en el Rastro una becerra; compró el testuz y cubrióle, asido por una oreja. Volvió a doblar el embozo, y contento con la presa, de la calle en que vivía tomó rápida la vuelta. Iba Juan Ruiz con la sangre dejando en pos roja huella, que marcaba su camino sobre las redondas piedras. En esto, entrando en su barrio, al doblar una calleja, dos ministros de justicia le pasaron muy de cerca. él siguió, y pasaron ellos advirtiendo con sorpresa la sangre con que aquel hombre el sitio que anda gotea. él siguió, y tornaron ellos por sobre el rastro que deja, hasta entrar en otra calle oscura, sucia y estrecha. En un rincón, embutida, a la luz de una linterna, de Cristo crucificado se ve la imagen severa. Paróse Juan; los corchetes, que en el mismo punto llegan, viendo que duda y vacila en la faz de preso le cercan. -¡Fuera el embozo! -gritaron-; muestre a la luz lo que lleva. Volvió los ojos al Cristo Juan, y helósele en las venas, a una memoria terrible, cuanta sangre hervía en ellas. -¡Fuera el embozo! -repiten, y él, acongojado, tiembla, sintiendo un cambio espantoso que pasa en su mano mesma. Quiso hablar, y atropellado, un «¡Dejadme!» balbucea. Deshiciéronle el embozo, y mostrando Ruiz la diestra, sacó asida del cabello de Medina la cabeza. -¡Acorredme, Santo Dios! -grita aterrado, y la suelta; mas la cabeza, oscilando, entre los dedos le queda. -¡Yo le maté! -clamó entonces-, hoy ha siete años, por ella. Y sin voz ni movimiento cayó desplomado en tierra. Conclusión Y así fue que aquella noche de sangrienta confusión, en que al ruido de una riña Pedro a la calle bajó con el estoque en la diestra y en la siniestra el farol, no era en ella otro que Ruiz quien llevaba lo mejor. Como un imán a una aguja arrastra constante en pos, como una serpiente a un pájaro, a una paloma un halcón entorpecen y fascinan, sin que ala ni pie veloz para huirles les acudan, a impulsos de su pasión anduvo así Juan vagando de la fiesta en derredor. Y oía por las ventanas de danza el confuso son. Y vía cruzar las sombras, una a una y dos a dos, en fantástica carrera y en monótona ilusión. Así lloraba acosado de sus celos y su amor, cuando oyó de una pendencia vivo y cercano rumor; cerróse en ella a estocadas tan sin acuerdo y razón, que a cuantos hubo a las manos adelante se llevó. En esto acudió Medina, y Catalina al balcón, de la suerte recelando, acelerada salió. Mas al ver cuál afanosa curaba ella de otro amor, cegaron a Ruiz los celos, el despecho le embriagó, y al tiempo que alzaba Pedro el brazo con el farol, matóle a la faz de Cristo, como villano, a traición. De entonces, en los siete años, después del hecho traidor, ni una sola vez, de miedo, por ante el Cristo pasó. Llegó la primera al cabo, y en ella al Cielo ocasión de mostrar que hay infalibles tribunales sólo dos de irrevocable sentencia, sin cotos ni apelación: Para verdades el TIEMPO, y para justicia DIOS.
11.
Una aventura de 1360
Una aventura de 1360
En las frondosas campiñas que con sus ondas serenas fecunda el Guadalquivir antes que en el mar se pierda, sentada está una ciudad que majestuosa ostenta lo atrevido de sus torres, lo antiguo de sus almenas. El río su bella imagen en su corriente refleja pasando enorgullecido por pasar tan junto a ella. Y ella se mira en sus aguas contemplando allí altanera su antigüedad y poder y su proverbial belleza. Espesos muros la ciñen, y frondosísimas huertas, y apiñados olivares, y fertilísimas vegas. Radiante sol la ilumina, y la bordan sus laderas altos y copados árboles y olorosas flores bellas. Alegre gente la vive, que las calurosas siestas y las perfumadas noches pasa al son de la vihuela, ya en sus entoldados patios, entre fuentes y macetas, ya en sus floridos jardines gozando sus auras frescas. Ciudad de hermoso recuerdo, ciudad bella entre las bellas, de los moros es envidia, de los cristianos soberbia. Sevilla, en fin, y esto basta, que todo el nombre lo encierra; y hablando de la hermosura todo es una cosa mesma. En Sevilla, pues, y en una noche azulada de aquéllas en que la luna derrama tranquila claridad trémula, y en lo cóncavo del aire resplandecen las estrellas, y más allá con más brillo los luceros reverberan; en una de aquellas noches en que todo se presenta blanco, pacífico, hermoso, y que la mente embelesa, y los sentidos embriaga y el corazón enajena; noche de aventuras propia en mil trescientos sesenta (edad en que esto pasaba, si mi memoria no yerra), por la calle de la Sierpe, media noche siendo apenas, dos hombres en la ancha plaza con prisa y silencio se entran. Largas capas les envuelven, no porque precisas sean, sino porque bien les cubran de las personas las señas. Por el lado de la sombra, punta a punta la atraviesan de la calle de la Sierpe hasta la calle de Génova, y el bulto de sus espadas, que bajo la capa llevan, las plumas de sus birretes y el rumor de sus espuelas, por hidalgos les acusan, por más que entrambos se empeñan en pasar como personas de común raza plebeya. Al fin cuando ya contaban tomar una callejuela que al alcázar los llevase sin pasar frente a la iglesia, paróse el más alto de ellos, diciendo : "¿Qué sombra es ésa que tras el pilar se oculta, Benavides? Yo dijera que es un hombre". Y Benavides, al que pregunta contesta "Llegad, señor, sin cuidado, que ya imagino quién sea, y hará paso al conocerme, que es hombre que me respeta, porque me debe favores e hicimos juntos la guerra". Siguió andando Benavides; siguió el otro, por respuesta dándole sólo el silencio que satisfacerle muestra, y frente al hombre llegando que junto al pilar espera, mostrándose Benavides, dejó franca la carrera. “Dios te guarde, Andrés", le dijo el que va, pasando cerca. "Buenas noches" dijo el hombre, saludando con llaneza: y pasaron los hidalgos, y siguió el otro en su espera. Y, entre los dos que se van por la oscura callejuela, conversación en voz baja se entabló de esta manera: "¿Quién es ese hombre? -Un soldado que entró poco hace en la regla de San Francisco, cansado del servicio y de la guerra. -¿Y por qué precisamente en tal ocasión lo deja, pudiendo darle fortunas estos tiempos -de revueltas? -Dice que al rey don Alonso sirvió de grado, y por fuerza no quiere servir a nadie. -Ya entiendo. -Señor... -Le lleva la opinión del vulgo necio, que mal de don Pedro piensa. -Ya veis, señor, pues al claustro se acoge, con su conciencia se lo habrá mirado bien. -Y a tales horas, ¿qué espera, solo en mitad de la plaza, sin el traje de su regia? -Señor, es historia larga. -Tal cual es quiero saberla. -Son cosas qué-importan poco. -A mí todo me interesa; decid, pues. -Pues escuchad. Ya sabéis que representan al Rey los monjes franciscos, que habiendo en su casa mesma un manantial necesario para el buen servicio de ella, el derecho a los vecinos se les quite de que puedan servirse de él en su daño, porque sin agua les dejan. Los vecinos, como tienen aquella fuente más cerca, para tomarla a su gusto su viejo derecho alegan. -Y tienen razón, y el Rey se la da. -Por esa muestra de su Real benignidad, de los vecinos se aumenta la osadía, y de los monjes el trabajo y la impaciencia. De aquí nacen las hablillas, las voces y las quimeras; los vecinos a los monjes tal vez obligar intentan a que de noche y de día les tengan franca la puerta. Los monjes quieren cerrarla como lo manda su regla, y esto ocasiona denuestos y escandalosas pendencias. Los vecinos traen soldados, gente de su parentela; los frailes sacan domésticos y deudos que los defiendan; y como ven que su Rey lo que le piden les niega, los del pueblo cobran bríos, y los frailes se exasperan. Esto duró hasta que Andrés, hombre a quien nada amedrenta, hombre que usa de las armas con asombrosa destreza, con sus escrúpulos dando de una sola vez en tierra, asió su espada saliendo de los suyos en defensa. Burlábanse al principio, mas él se ha dado tal priesa en asentar cintarazos con tal fortuna y destreza, que del manantial los monjes son dueños a la hora de ésta. -¿Tan bizarro es ese Andrés? -Tan bizarro y tan a prueba, que él solo guarda la plaza y ninguno se le acerca. -El miedo de los villanos es quien su valor pondera. -De quien queráis informaos; veréis que nadie lo niega. Es hombre que, si le dicen que una calle por apuesta, guarde una noche, es seguro que nadie pasa por ella. -¿Y no hay justicia en Sevilla, un hombre que le contenga? -Ya veis, se acoge a sagrado, y los bravos le respetan." Murmuró el que preguntaba unas palabras inciertas, que expiraron en murmullo cual pronunciadas apenas. Y como a un postigo oculto que da al alcázar se llegan, callaron ambos a dos, llamando a espacio a la puerta. Abrióles un pajecillo, y entrando los dos por ella, quedó el silencio en el aire y en soledad la plazuela. Está la siguiente noche tocando en la misma flora, y desde el cenit vertiendo la luna luz melancólica. Ni una ráfaga de viento la soledad silenciosa interrumpe, ni una nube del cielo el azul entolda. Toda Sevilla es silencio, reposa Sevilla toda, que duerme al son que la arrullan del Guadalquivir las ondas. Apenas de tarde en tarde atraviesa una persona las calles a largos pasos, o en una reja se aposta. Y los grandes edificios que la extensa plaza forman, sobre el suelo de la plaza tienden su gigante sombra. En un pilar apoyado de una callejuela angosta, por do un largo pasadizo en la plaza desemboca, hay un hombre que está en vela, y a quien la noche medrosa presta contornos fantásticos y faz amenazadora. Inmoble en la oscuridad, no parecen que le importan ni el relente de las noches ni el ver que pasan las horas. Si espera a alguien, nadie acude a la cita misteriosa; si aguarda algún hora fija, su venida fue bien pronta. Frente por frente al convento de San Francisco se aposta, cuya puerta se ve franca como abandonada y sola. ¿Es que aquel hombre la guarda, o es que en acecho la ronda? Porque él la guarda o la acecha con una intención incógnita. En esto la plaza adentro, por la calle de la Sierpe un hombre desembocando, a largos pasos se mete. Un solo punto los ojos en su derredor revuelve, y viendo al hombre que aguarda, vase a él rápidamente, el sombrero hasta las cejas y el embozo hasta los dientes. Llegó al que esperaba, y plática entablaron de esta suerte: . -¡Andrés! -¿Quién me llama? -Un hombre. -¿Me conoce? -Sí -¿Qué quiere? -Que tenga por tu aljibe un privilegio mi gente. Me han dicho que tú tan sólo a tu convento defiendes, y que cejan los villanos y la canalla te teme. -Y te han dicho la verdad. -Por eso precisamente he venido aquí esta noche, por si al cabo empacho tienes en dejarme hacer de día lo que de noche no entiende ninguno en el barrio. -Hidalgo, si eso trae, errado viene; todos han de tomar agua, o nadie absolutamente. -¿Conque contra el Rey te opones, que lo contrario te advierte? -Yo contra el Rey no me opongo, mas cuido mis intereses; y pues por ellos no cuidan, siendo inútiles, sus leyes, hombre a hombre, y fuerza a fuerza, aquí has de encontrarme siempre. Será injusticia y escándalo, será cuanto se quisiere; mas, a quien osados cargan, necio es, si no se defiende. -Hazlo, pues. -Enhorabuena, hidalgo, y tened presente que habéis venido a buscarme. -Menos hablar y defiéndete. Y esto diciendo uno y otro a cuchilladas se meten con tanto brío que chispas de las espadas encienden. El caballero le carga tan fiera y bizarramente, que el hacerle cara el otro, hasta milagro parece. Dan, vuelven, paran, reciben; ni uno ceja ni otro cede; Andrés con calma y acierto, el otro como una sierpe: mas es inútil, el monje es tan diestro y es tan fuerte, que aunque es el hidalgo un hombre que como un tigre revuelve, y cuyo brazo muy pocos a resistirle se atreven, de poco o nada le sirven lo que sabe y lo que puede. Al fin, el monje, mirando que el intento con que viene es tal, que mucho peligra si no se concluye en breve, lanzóle tal multitud de tajos y de reveses, que el otro cejó seis pasos, diciendo: -¡Demonio, tente! Túvose Andrés, y el incógnito, la mano franca tendiéndole, dijo: "Lo que quieras pídeme, que todo te lo mereces. -Yo nada de vos espero. ¿Qué podéis vos ofrecerme? -A todo por tu valor, el rey don Pedro se ofrece. -Señor -exclamó el buen monje ante sus plantas rindiéndose-, perdonad si estuve osado... -Andrés, obraste valiente; concédote lo que quieras, para que de mí te acuerdes. -Señor, de nuestra agua os pido la propiedad solamente. -Desde esta noche a los monjes anuncia que la poseen." Y tomando el rey don Pedro por el callejón de enfrente, volvióse al convento el fraile, agradecido y alegre.
Citas Célebres y Pensamientos
6 citas
Frases para reflexionar
José Zorrilla · Don Juan Tenorio
« Un punto de contrición da a un alma la salvación. »
José Zorrilla · Don Juan Tenorio
« La campana de la ermita llora la muerte del día. »
José Zorrilla · Cantos del trovador
« Amistad nunca mudablepor el tiempo ó la distancia,no sujeta a la inconstanciadel capricho ó del azar. »
José Zorrilla · De A Adelaida (despedida)
« Pasó un día y otro díaun mes y otro mes pasó,y un año pasado había,mas de Flandes no volvíaDiego, que a Flandes partió. »
José Zorrilla · De A buen juez mejor testigo menciones en Google Libros
« Don Juan Tenorio. »
José Zorrilla
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