« Cualquiera es poderoso para hacer. »
Fray Luis de León
1527–1591Renacimiento y mística española · Oda a la vida retirada
Biografía
Vida
Catedrático brillante y rebelde en la Universidad de Salamanca, se ganó enemigos implacables por defender la traducción de la Biblia al español y polemizar con teólogos rivales. La Inquisición lo detuvo por sorpresa y lo encerró casi cinco largos años en una celda oscura e incomunicada de Valladolid.
Salió finalmente absuelto gracias a su prodigiosa defensa legal y al regresar a su cátedra universitaria soltó su legendaria frase: «Como decíamos ayer...». Autor de la inmortal Oda a la vida retirada, cantó a la paz del campo, la armonía de las estrellas y el rechazo a la fama vacía.
Lírica y Versos
27 poemas
Poemas de Fray Luis de León
1.
Así te quiero
Así te quiero
A Conchita Piquer El día trece de julio yo me tropecé contigo. Las campanas de mi frente, amargas de bronce antiguo, dieron al viento tu nombre en repique de delirio. Mi corazón de madera muerto de flor y de nidos, floreció en un verde nuevo de naranjos y de gritos, y por mi sangre corrió un toro de escalofrío, que me dejó traspasado en la plaza del suspiro. ¡Ay trece, trece de julio, cuando me encontré contigo! ¡Ay, tus ojos de manzana y tus labios de cuchillo y las nueve, nueve letras de tu nombre sobre el mío que borraron diferencias de linaje y apellido! ¡Bendita sea la madre, la madre que te ha parido, porque sólo te parió para darme a mí un jacinto, y se quedó sin jardines porque yo tuviera el mío! ¿Quieres que me abra las venas para ver si doy contigo? ¡Pídemelo y al momento seré un clavel amarillo! ¿Quieres que vaya descalzo llamando por los postigos? ¡Dímelo y no habrá aldabón que no responda a mi brío! ¿Quieres que cuente la arena de los arroyos más finos? Haré lo que se te antoje, lo que mande tu capricho, que es mi corazón cometa y está en tu mano el ovillo; que es mi sinrazón campana y tu voluntad sonido. Nunca quise a nadie así; voy borracho de cariño, desnudo de conveniencias y abroquelado de ritmos como un Quijote de luna con armadura de lirios. Te quiero de madrugada, cuando la noche y el trigo hablan de amor a la sombra morena de los olivos; cuando se callan los niños y las mocitas esperan en los balcones dormidos; te quiero siempre: mañana, tarde, noche... ¡por los siglos, de los siglos! ¡Amén! Te querré constante y sumiso, y cuando ya me haya muerto antes que llegue tu olvido, por la savia de un ciprés subiré delgado y lírico, hecho solamente voz para decirte en un grito: ¡Te quiero! ¡Te quiero muerto igual que te quise vivo!
2.
Auto de fé
Auto de fé
Auto de fe Esta noche de agosto he quemado tus cartas... ¡Ocho años de vida apasionada! Mi corazón ardía en medio de las llamas, rodeado de fechas, ¡cenizas de mi alma! Los abrazos crujían, los besos se quejaban, y los dulces "¡te quiero!" de tinta y de esperanza, en una pirueta de fuego, se rizaban. Como una serpentina, tu nombre se alargaba, y era un puente la firma sobre un río de brasas que, silenciosamente, sin voz, se desplomaba. Esta noche de agosto he quemado tus cartas... ¡Ocho años de vida apasionada!
3.
Centinela de amor
Centinela de amor
Te puse tras la tapia de mi frente para tenerte así mejor guardado, y te velé, ay, amor diariamente con bayoneta y casco de soldado. Te quise tanto, tanto, que la gente me señalaba igual que a un apestado; pero qué feliz era sobre el puente de tu amor, oh mi río desbordado. Un día, me dijiste: - No te quiero...-; y mi tapia de vidrios y de acero a tu voz vino al suelo en un escombro. La saliva en mi boca se hizo nieve, y me morí como un jacinto breve apoyado en la rosa de tu hombro.
4.
Cuatro sonetos de amor
Cuatro sonetos de amor
I Decir "te quiero" con la voz velada y besar otros labios dulcemente, no es tener ser, es encontrar la fuente que nos brinda la boca enamorada. Un beso así no quiere decir nada, es ceniza de amor, no lava hirviente, que en amor hay que estar siempre presente, mañana, tarde, noche y madrugada. Que cariño es más potro que cordero, más espina que flor, sol, no lucero, perro en el corazón, candela viva... Lo nuestro no es así, a qué engañarnos, lo nuestro es navegar sin encontrarnos, a la deriva, amor, a la deriva. II Me avisaron a tiempo: ten cuidado, mira que miente más que parpadea, que no le va a tu modo su ralea, que es de lo peorcito del mercado. Que son muchas las bocas que ha besado y a lo mejor te arrastra en su marea y después no te arriendo la tarea de borrar el presente y el pasado. Pero yo me perdí por tus jardines dejando que ladraran los mastines, y ya bajo la zarpa de tus besos me colgué de tu boca con locura sin miedo de morir en la aventura, y me caló tu amor hasta los huesos. III Otro domingo más sin tu mirada, dejándome morir junto a la gente que pasa y que traspasa indiferente a mi canción de amor desesperada. Una yegua de celos colorada corre llena de furia por mi frente y galopa de oriente hasta occidente en busca de tu falsa coartada... Porque yo sé de más que en esta hora hay alguien que los labios te devora y comparte la cepas de tu vino. Mas, como de perderte tengo miedo, no ahondo en la maraña de tu enredo y comulgo con ruedas de molino. IV Peso poco en tu vida, casi nada, como un leve rumor, como una brisa, como un sorbo de fresca limonada bebido sin calor y a toda prisa. No adelanto el compás de tu pisada, ni distraigo la salve de tu misa, y en tu frente de nardo desvelado no llego ni a recuerdo ni a sonrisa. Y en cambio tú eres todo, mi locura, mi monte, mi canción, mi mar templado, el pulso de mi sangre, la llanura donde duermo sin sueño ni pecado, y el andamio en que apoyo con ternura este amor que nació ya fracasado.
5.
Despedida
Despedida
Se iba el tren, y quedaba, en el aire una mancha no sé si negra o blanca de tu brazo... ¡Ay distancia floridamente amarga! que tajaba y borraba aquella línea larga Y corta y hielo y ascua que era tu brazo... Estaba yo en el andén, sin alma, y una saliva áspera, fiera, me apretujaba la tímida garganta ¡y la brisa borraba tu brazo! ¡Ay fragancia a brazo que se escapa en la noche pintada! Y qué hondo panorama en esta vida ácida de tu brazo... ¡Almohada de mis noches infaustas, y nivel de mi agua, y escaparate para mi pobre vida lacia, y soporte de plata de mi cansancio, y vara de azucenas nevadas en mi mortaja árida!... ¡Ay, tu brazo! ¡La traílla del potro de mis ansias y el estribo que alza mi vida de la charca! Pero se fue... Clamaba un resuello de máquina y un arrastrarse, áspera- mente, desigualmente de madera compacta y de muebles sin alma... Y se perdió tu brazo... ¿Hasta cuándo? ¿Di? ¿Hasta cuándo? Que caiga de esta gran noche alta toda una lluvia blanca de estrellas de esperanza, -¡estación negra y mala reverso de estas ansias! Sí: que caiga y que caiga un estrellón de plata para que mi esperanza espere brava y ancha, tu vuelta. ¡Tú! Mi almohada y mi espuela y mi daga, que hoy te vas, en la marcha de un jardín que se acaba!
6.
Duda
Duda
¿Por qué tienes ojeras esta tarde? ¿Dónde estabas, amor, de madrugada, cuando busqué tu palidez cobarde en la nieve sin sol de la almohada? Tienes la línea de los labios fría, fría por algún beso mal pagado; beso que yo no sé quién te daría, pero que estoy seguro que te han dado. ¿Qué terciopelo negro te amorena el perfil de tus ojos de buen trigo? ¿Qué azul de vena o mapa te condena al látigo de miel de mi castigo? ¿Y por qué me causaste esta pena si sabes, ¡ay amor! que soy tu amigo?
7.
En el estanque del día
En el estanque del día
En el estanque del día... En el estanque del día se han mojado tus palabras. El «no» sin eco posible de tu voz embalsamada, se está muriendo de frío en los cristales del agua. Mis «te quiero», salvavidas inútiles de mis ansias, son ceros siempre a la izquierda de este amor sin esperanza, de este amor, río dormido, entre sombras y entre ramas; de este amor, lirio sin nombre deshojado en la mañana... En la rosa de los vientos clavé, mi amor, tus palabras. Tu «no», payaso de circo, dando la vuelta de campana, al hacer una pirueta cayó de la rosa al agua. De nada sirvió el «te quiero» último de mi garganta; de nada sirvió la luna que te mandé iluminada con jazmines de mi llanto y óleo de almendras amargas. Tu «no», de arroz empolvado, se deshojó sobre el agua...
8.
Encuentro
Encuentro
Me tropecé contigo en primavera, una tarde de sol, delgada y fina, y fuiste en mi espalda enredadera, y en mi cintura, lazo y serpentina. Me diste la blandura de tu cera, y yo te di la sal de mi salina. Y navegamos juntos, sin bandera, por el mar de la rosa y de la espina. Y después, a morir, a ser dos ríos sin adelfas, oscuros y vacíos, para la boca torpe de la gente.... Y por detrás, dos lunas, dos espadas, dos cinturas, dos bocas enlazadas y dos arcos de amor de un mismo puente.
9.
Glosa a la soleá
Glosa a la soleá
¿Te acuerdas de aquella copla que escuchamos aquel día sin saber quién la cantaba ni de qué rincón salía? Pero qué estilo, qué duende, qué sentimiento y qué voz; creo que se nos saltaron las lágrimas a los dos. "Toíto te lo consiento menos faltare a mi mare que a una mare no se encuentra y a ti te encontré en la calle". No vayas a figurarte que esto va con intensión. Tú sabes que por ti tengo clavao en mi corazón el queré más puro y firme que ningún hombre sintiera por la que Dios uno y trino le entregó por compañera. Pero es bonita la copla y entra bien por soleares: "Toíto te lo consiento menos faltare a mi mare..." Y me enterao casualmente de que le fartaste ayé y nadie me lo ha contao, nadie, pero yo lo sé. Yo tengo entre dos amores mi corazón repartío si le encuentro a uno llorando es que el otro le ha ofendío; y mira, nunca me quejo de tus caprichos constantes. ¿Quiere un vestío? ¡catorse! ¿quiere un reló? ¡de brillantes! Ni me importa que la gente vaya de mí murmurando que si soy pa ti un muñeco, que si me has quitao er mando que en la diestra y la siniestra tienes un par de agujeros por donde se va a los baños el río de mis dineros... ¡Y a mí qué...? Con tal de que de mi lao tú nunca te desepares toíto te lo consiento menos faltarle a mi mare. Porque esa mimbre de luto que no levanta la voz que no ha tenío siquiera contigo ni un sí ni un no; que anda como una pavesa, que no gime ni suspira, que se le llenan los ojos de gloria cuando nos mira; que me crió con su sangre; que me llevaba la mano para que me santiguara como todo fiel cristiano y en las candelas del hijo consumió su juventú cuando era cuarenta veses mucho más guapa que tú. Tienes que hacerte a la cuenta que la has visto en los artare y jincarte de rodillas antes de hablarle a mi mare; porque el amó que te tengo se lo debes a su amó, que yo me casé contigo porque ella me lo mandó. Conque a ver si tu consiensia se aprende esta copla mía mu semejante a aquer cante que escuchamos aquer día sin sabé quién lo cantaba ni de qué rincón salía. "A la mare de mi arma la quiero desde la cuna; por Dios, no me la avasalles que mare no hay más que una y a ti te encontré en la calle".
10.
Hora
Hora
Me acordaré de ti todas las noches a las once!... En la plaza sin luna de tu ausencia pronunciaré tu nombre con el mismo temblor del primer día todas las noches, a las once!... Y aunque esté en un café, o en un teatro o en un duelo, sin que nadie me importe, te llamaré -subasta de mi pena- todas las noches a las once... Y si la gente -¡qué importa la gente!- no sabe, no comprende, no conoce lo que es el amor, que aprenda de mis labios todas las noches a las once... Que cariño que no es nube, ni melindre, sino sangre, canción, olvido y monte... Se quiere así, gritándolo a los vientos, todas las noches a las once... Y un día llegará -que Dios me oiga!- que cuando vaya a pronunciar tu nombre, tú estés bajo la lluvia de mis besos a las diez, a las once y a las doce.
11.
Las muertes de sevilla
Las muertes de sevilla
A mis padres De laurel, no de acero, con falda de campanas y cristales, la torre es un arquero cuyos leves puñales aun mojados de rosas son mortales. El primero fue el río, lo mató una magnolia en primavera y se quedó vacío color de nieve y cera bendiciendo la mano que lo hiriera. Más tarde fue la fuente del Alcázar Real la fenecida y cayó blandamente en su taza dormida igual que una paloma en vuelo herida. Después fue la muralla, con su manto morisco y almenado, quien cayó en la batalla sangrando en el costado por un lirio galán y enamorado. Y las rejas floridas y la cruz de la plaza y la cancela, recibieron heridas del arquero que en vela en la Giralda es novio y centinela. En Sevilla se muere con una muerte blanda y deseada, y el dardo que te hiere no es cuchillo ni espada, que es de flor y de sol la puñalada. Yo mismo estoy herido por una rosa nueva y amarilla que del cielo ha caído dejando mi mejilla salpicada con sangre de Sevilla. Sé que no tengo cura y no me quejo a nadie de mi suerte; mi herida es mi ventura y cuando caiga inerte bendeciré al amor que me da muerte.
12.
Lluvia
Lluvia
¡Te quiero!, -me dijiste, y la flor de tu mano puso un arpegio triste sobre el viejo piano. ( En al ventana oscura la lluvia sonreía... Tamboril de dulzura. Gong de melancolía.) -¿Me querrías tú lo mismo?- Y en tu voz apagada hubo un dulce lirismo de magnolia tronchada. ( La lluvia proseguía llorando en los cristales... Cortina de agonía. Guadaña de rosales.) -¡Para toda la vida!-, te dije sonriente. Y una estrella encendida te iluminó la frente. ( La lluvia proseguía llamando en la ventana con una melodía antigua de pavana.) Después, casi llorando, yo te dije: -¡Te quiero!- Y me quedé mirando tus pupilas de acero. -¡Para toda la vida!- dijiste sonriente, y una duda escondida me atravesó la frente. ( En la ventana oscura la lluvia proseguía rimando su amargura con la amargura mía.)
13.
María manuela, ¿Me escuchas?
María manuela, ¿Me escuchas?
María Manuela, me escuchas? Yo de vestíos no entiendo, pero... ¿te gusta de veras ese que te estás poniendo? Tan fino, tan transparente, tan escaso y tan ceñío, que a lo mejor por la calle te vas a morir de frío. Te sienta que eres un cromo, pero cámbiate de ropa, si es un instante, lo justo mientras me tomo esta copa. Ponte el de cuello cerrao que te está de maravilla y que te llega dos cuartas por bajo de la rodilla. Cada vez que te lo pones te encuentro tan elegante que dentro de mí murmuran los duendecillos de un cante. "La rosa que me entregaron al pie del altar mayor lleva las sayas cumplías y nadie le ve el color". Pero antes de que te vistas coge un poco de agua clara y afuera los melinotes que te embadurnan la cara; ni más carmín, ni más cremas, ni más tintes en el pelo; no te aguanto más colores que los que te puso el cielo. Se acabó enseñar las piernas, y los brazos, y el escote, y el rostro no te lo pintes ni aunque te salga bigote; que te hizo Dios tan hermosa como una rosa temprana y se va a enfadar contigo por enmendarle la plana. Y a tu prima le devuelves la pulsera de brillante, son mucho lujo esas piedras pa la mujer de un tratante. Te quiero guapa y sencilla como yo te conocí, no tienes que engalanarte pa nadie más que pa mí. Ni más zapatos de Gilda, Ni más turbantes de raso; para presumir te sobra con cogerte de mi brazo; y como un día te vea que enciendes un cigarrillo vas a echar, entrañas mías, el humo por los tobillos. No quiero que me pregunten "Esa gachona, ¿quién es?, ¿una secretaria de esas que beben champán francés?" Ni tú eres mujer moderna ni quiero que lo aparentes que yo te prefiero antigua y oliendo a mujer decente. Que con el triguito limpio toito er mundo te compare, que por defuera y por dentro te parezcas a mi mare. ¿Te cambiaste ya el vestío? Pues andando p'al teatro, ya verás tú con qué envidia nos contemplan más de cuatro: "¡Vaya un marío con suerte y una mujer bien plantá, es una vara de nardos con la carita lavá!". Y al salir yo te prometo cantarte por alegrías, lo mismo que te cantaba cuando tú eras novia mía: "Mi novia es la más hermosa y no se pinta la cara la tiene como una rosa tan sólo con agua clara". El barco de mis amores no tiene más que una vela remendaita y graciosa igual que María Manuela. Se conforma mi niña con un vestío y le basta y le sobra con un marío. De percal que se ponga, ¡viva el salero!, es mi María Manuela la reina del mundo entero.
14.
Muerto de amor
Muerto de amor
No lo sabe mi brazo, ni mi pierna, ni el hilo de mi voz, ni mi cintura, ni lo sabe la luna que está interna en mi jardín de amor y calentura. Y yo estoy muerto, sí, como una tierna rosa, o una gacela en la llanura, como una agua redonda en la cisterna o un perro de amarilla dentadura. Y hoy que es Corpus, Señor, he paseado mi cadáver, de amor iluminado, como un espantapájaro siniestro. La gente, sin asombro, me ha mirado y ninguno el sombrero se ha quitado para rezarme un triste padrenuestro.
15.
Necesito de ti
Necesito de ti
Necesito de ti, de tu presencia... Necesito de ti, de tu presencia, de tu alegre locura enamorada. No soporto que agobie mi morada la penumbra sin labios de tu ausencia. Necesito de ti, de tu clemencia, de la furia de luz de tu mirada; esa roja y tremenda llamarada que me impones, amor, de penitencia. Necesito tus riendas de cordura y aunque a veces tu orgullo me tortura de mi puesto de amante no dimito. Necesito la miel de tu ternura, el metal de tu voz, tu calentura. Necesito de ti, te necesito.
16.
No
No
¿Cómo quieres que deje mi vida entre tus manos y mi jardín de sueños y mi luna y mi rosa? ¿Cómo quieres ponerle orillas a este río que corre libre y ancho desde que yo naciera? Me brindas una dulce esclavitud antigua, dentro de tu palacio con su escudo y su torre, y lo que necesito es un campo de trigo por sonde se revuelque mi verso desbocado. Quieres que esté pendiente de tu traje de novia, de tu escote redondo y tus manos sin sangre, de las rancias visitas que vienen a tu casa y de la barahúnda de tus antepasados. Y yo estoy con mi nardo, con mi copla y mi vino, con la muchacha alegre que vende las naranjas, con el niño pequeño que pide la limosna, y con el árbol que da sombra a los pájaros libres. Estaría una semana besándote la mano, elogiando marfiles y mirando vitrinas, y de pronto, una noche, llegaría mi viento a romper miniaturas y abanicos de encaje. Mi verso es como un toro colorado y terrible que no aguanta ni el hierro de la ganadería, y que lo mismo baja a beber al arroyo, que anda leguas y leguas hasta encontrar los mares. Yo vivo en una choza de cartón y de nubes, con un pino y un monte y un aljibe de sueños. Cuando quiero un castillo, me vuelvo medio loco y arquitecto de luna, lo construyo en el aire.
17.
Pena y alegría del maor
Pena y alegría del maor
Pena y alegría del amor A José González Marín Mira cómo se me pone la piel, cuando te recuerdo... Por la garganta me sube un río de sangre fresco de la herida que atraviesa de parte a parte mi cuerpo. Tengo clavos en las manos y cuchillos en los dedos y en mi sien una corona hecha de alfileres negros. Mira cómo se me pone la piel cada vez que me acuerdo que soy un hombre casao y sin embargo, te quiero. Entre tu casa y mi casa hay un muro de silencio, de ortigas y de chumberas, de cal, de arena, de viento, de madreselvas oscuras y de vidrios en acecho. Un muro para que nunca lo pueda saltar el pueblo, que está rondando la llave que guarda nuestro secreto. ¡Y yo sé bien que me quieres! ¡Y tú sabes que te quiero! ¡Y lo sabemos los dos y nadie puede saberlo! ¡Ay pena, penita, pena de nuestro amor en silencio! ¡Ay, qué alegría, alegría quererte como te quiero! Cuando por la noche a solas me quedo con tu recuerdo, derribaría la pared que separa nuestro sueño, rompería con mis manos de tu cancela los hierros, con tal de verme a tu vera, tormento de mis tormentos, y te estaría besando hasta quitarte el aliento, y luego, qué se me daba quedarme en tus brazos muerto. ¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero! Nuestro amor es agonía, lucha, angustia, llanto, miedo, muerte, pena, sangre, vida, luna, rosa, sol y viento. Es morirse a cada paso y seguir viviendo luego, con una espada de punta siempre prendida del pecho. Salgo de mi casa al campo solo con tu pensamiento, por acariciar a solas la tela de aquel pañuelo que se te cayó un domingo cuando venías al pueblo y que no te he dicho nunca, mi vida, que yo lo tengo. Y lo estrujo entre mis manos lo mismo que un limón nuevo, y miro tus iniciales y las repito en silencio para que ni el campo sepa lo que yo te estoy queriendo. Ayer, en la Plaza Nueva, - vida, no vuelvas a hacerlo- te vi besar a mi niño, a mi niño, el más pequeño, y cómo lo besarías, ¡ay, Virgen de los Remedios! que fue la primera vez que a mí me distes un beso. Llegué corriendo a mi casa, alcé a mi niño del suelo y sin que nadie me viera, como un ladrón en acecho, en su cara de amapola mordió mi boca tu beso. ¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero! Mira, pase lo que pase, aunque se hunda el firmamento, aunque tu nombre y el mío lo pisoteen por el suelo, aunque la tierra se abra y aun cuando lo sepa el pueblo y ponga nuestra bandera de amor, a los cuatro vientos, sígueme queriendo así, tormento de mis tormentos. ¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
18.
Profecía
Profecía
Me lo contaron ayer las lenguas de doble filo, que te casaste hace un mes y me quedé tan tranquilo... Otro cualquiera en mi caso, se hubiera echao a llorá, yo, cruzándome de brazos dije que me daba igual. Nada de pegarme un tiro ni enredarme en maldiciones ni apedrear con suspiros los vidrios de tus balcones. ¿Que te has casao? -¡Buena suerte! Vive cien años contenta y a la hora de la muerte, Dios no te lo tenga en cuenta. Que si al pie de los altares mi nombre se te borró, por la gloria de mi mare que no te guardo rencor. Porque sin sé tu marío, ni tu novio, ni tu amante, yo fui quien más te ha querío, con eso tengo bastante. Y haciendo un poco de historia, nos volveremos atrás, para recordar la gloria de mis días de chaval. -¿Qué tiene el niño, Malena? Anda como trastornao, le encuentro cara de pena y el colorcillo quebrao. Y ya no juega a la tropa, ni tira piedras al río, ni se destroza la ropa subiéndose a coger níos. ¿No te parece a ti extraño? No es una cosa muy rara que un chaval de doce años lleve tan triste la cara?... Mira que soy perro viejo y estás demasiao tranquila: ¿Quieres que te dé un consejo? Vigila, mujer, ¡vigila! (Y fueron dos centinelas los ojitos de mi mare): -Cuando sale de la escuela se va pa los Olivares. -Y ¿qué es lo que busca allí? -Una niña. Tendrá el mismo tiempo que él. José Miguel, no le riñas, que está empezando a querer. Mi pare encendió un pitillo, se enteró bien de tu nombre, y te compró unos zarcillos y a mí un pantalón de hombre. Yo no te dije ¡te adoro! pero amarré en tu balcón mi lazo de seda y oro de primera comunión. Y tú, fina y orgullosa, me ofreciste en recompensa dos cintas color de rosa que engalanaban tus trenzas. -Voy a misa con mis primos. -Bueno, te veré en la Ermita. Y qué serios nos pusimos al darte el agua bendita. Mas luego en el campanario, cuando rompimos a hablar: -Dice mi tiíta Rosario que la cigüeña es sagrá, y el colorín, y la fuente, y las flores, y el rocío, y el romero de los montes y el bronce de esta campana y aquel torito valiente que está bebiendo en el río, y aquella cinta lejana que la llaman horizonte. ¡Todo es sagrao: cielo y tierra, porque too lo hizo Dios. ¿Qué te gusta más? ¡Tu pelo! ¡Qué bonito le salió! -Pues, ¿y tu boca, y tus brazos, y tus manos redonditas, y tus pies fingiendo el paso de las palomas zuritas? Con la pureza de un copo de nieve te comparé; te revestí de piropos de la cabeza a los pies. A la vuelta te hice un ramo de pitiminí precioso. Y luego nos retratamos en el agüita del pozo. Y hablando de estas pamplinas que se inventan las criaturas, llegamos hasta la esquina cogidos por la cintura. Yo te pregunté: -¿En qué piensas? Tú dijiste: -En darte un beso. Y yo sentí una vergüenza que me caló hasta los huesos. De noche, muertos de luna, nos vimos por la ventana. -¡Chis!... Mi hermanito está en la cuna, le estoy cantando la nana. "Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere ni yo tampoco." Y mientras que tú cantabas yo, inocente me pensé que nos casaba la luna como a marío y mujer. ¡Pamplinas! Figuraciones que se inventan los chavales, después la vía se impone: tanto tienes, -tanto vales. Por eso, yo al enterarme que llevas un mes casá, no dije que iba a matarme, sino que me daba igual. Mas como es rico tu dueño, te vendo esta profecía: Tú, cada noche, entre sueños soñarás que me querías, y recordarás la tarde que mi boca te besó. Y te llamarás ¡Cobarde! como te lo llamo yo, y verás, sueña que sueña, que me morí siendo chico. Y se llevó la cigüeña mi corazón en su pico. Pensarás: no es cierto nada. Yo sé que lo estoy soñando. Pero allá en la madrugada te despertarás llorando, por el que no es tu marío, ni tu novio, ni tu amante, sino el que más te ha querío: con eso tengo bastante. Por lo demás, tó se orvía. Verás cómo Dios te envía un hijo como una estrella. Avísame deseguida, me servirá de alegría cantarle la nana aquella: "Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere ni yo tampoco." Pensarás: Nno es sierto nada. Yo sé que lo estoy soñando". Pero allá en la madrugada te despertarás llorando por el que no es tu marío ni tu novio, ni tu amante, sino el que más te ha querío: con eso tengo bastante.
19.
Pulso de amor
Pulso de amor
Iba convaleciente de una herida de amor en el costado; iba casi inconsciente cuando te vi a mi lado y hasta el pulso por ti se me ha parado... Buscaba mi cintura un brazo que de noche la ciñera, ansiaba con locura, un labio que se uniera a mi boca cansada por la espera... Buscaba un hombro amigo en dónde reposar la madrugada y un tibio olor a trigo, una mano apretada y el divino calor de una mirada. Estaba tan vacía, tan harta de soñar y tan sin sueño, tan lejana y tan fría, tan libre y tan sin dueño, que tan sólo morir era mi empeño... Por lo cual, asombrada, me quedé contemplando al mediodía tu figura delgada, tu süave armonía y tu casi perfecta geometría. Alegres nos miramos en la tarde morada de violetas y después caminamos por plazas recoletas salpicadas de rejas y macetas. Y de noche temblando, perdida entre la niebla de tu viento, me bebí suspirando la menta de tu aliento, en un beso apretado, dulce y lento... ¡Qué espesa la saliva!... ¡Qué lejano el rüido de la calle!... Y el labio cómo iba -mariposa en el valle de la espalda- ...buscando el fino talle... Se desbocó en mi frente el pulso como un perro malherido y paralelamente, te sentí, en un gemido, doblarte en mi garganta sin rüido. Y después... la almohada, pesarosa del rizo y la postura y la sábana helada, -mortaja de blancura- plisándose sin voz a mi cintura.
20.
Romance
Romance
Yo me acerqué hasta tu vera con miedo, ¿por qué negarlo? En las sienes me latían cincuenta y dos desengaños; gris de paisaje en los ojos, risas sin sol en los labios, y el corazón jadeante como un pájaro cansado. Yo me acerqué hasta tu vera con miedo, ¿por qué negarlo? Te reventaba en la boca un clavel de veinte años y en la mejilla un süave melocotón sonrosado. Cuando dijistes: «Te quiero» fue tu voz igual que un caño de agua fresca en una tarde calurosa de verano. Se me echó encima el cariño lo mismo que un toro bravo y quedé sobre la arena muerto de amor y sangrando por cuatro besos lentísimos que me brindaron tus labios. De la sien a la cintura, de la garganta al costado. ¡Qué boda sin requilorios sobre la hierba del campo! ¡Qué marcha nupcial cantaba el viento sobre los álamos! ¡Qué luna grande y redonda iluminó nuestro abrazo, y qué olor el de tu cuerpo a trigo recién cortado! El pueblo, a las dos semanas hizo lengua en los colmados, en las barandas del río, en la azotea, en los patios, en las mesas del casino y en los surcos del arado: «Un hombre que peina canas y que le dobla los años». Es cierto que peino canas pero en cambio, cuando abrazo soy lo mismo que un olivo, igual que un ciprés sonámbulo, Cristobalón de aguas puras que atraviesa el río a nado si ve en la orilla unos ojos o una boca hecha de nardos, para cortarle el suspiro con el calor de mis labios. Que me escupan en la frente, que me pregonen en bandos, que vayan diciendo y digan. Tú conmigo; yo a tu lado respirando de tu aliento, yendo al compás de tus pasos, refrescándome las sientes en la palma de tu mano. Centinela de tus sueños, hombro para tu descanso, Cirineo de tus penas Y San Juan de tu calvario para quererte y tenerte en la noche de mis brazos. ¡Qué importa que haya cumplido cincuenta y pico de años! ¿En qué código de amores, en qué partida de cargos, hay leyes que determinen la edad del enamorado? En cariños no hay fronteras, ni senderos, ni vallados, que el cariño es como un monte con un letrero en lo alto que dice sólo: «Te quiero» Y colorín colorado.
21.
Romance de aquel hijo que no tuve contigo
Romance de aquel hijo que no tuve contigo
Romance de aquel hijo Hubiera podido ser hermoso como un jacinto con tus ojos y tu boca y tu piel color de trigo, pero con un corazón grande y loco como el mío. Hubiera podido ir, las tardes de los domingos, de mi mano y de la tuya, con su traje de marino, luciendo un ancla en el brazo y en la gorra un nombre antiguo. Hubiera salido a ti en lo dulce y en lo vivo, en lo abierto de la risa y en lo claro del instinto, y a mí... tal vez que saliese en lo triste y en lo lírico, y en esta torpe manera de verlo todo distinto. ¡Ay, qué cuarto con juguetes, amor, hubiera tenido!... Tres caballos, dos espadas, un carro verde de pino, un tren con cuatro estaciones, un barco, un pájaro, un nido, y cien soldados de plomo, de plata y oro vestidos. ¡Ay, qué cuarto con juguetes, amor, hubiera tenido!... ¿Te acuerdas de aquella tarde, bajo el verde de los pinos, que me dijiste: -- ¡Qué gloria cuando tengamos un hijo!? Y temblaba tu cintura como un palomo cautivo, y nueve lunas de sombra brillaban en tu delirio. Yo te escuchaba, lejano, entre mis versos perdido, pero sentí por la espalda correr un escalofrío, y repetí como un eco: -¡Cuando tengamos un hijo!... Tú, entre sueños, ya cantabas nanas de sierra y tomillo, e ibas lavando pañales por las orillas de un río. Yo, arquitecto de ilusiones levantaba en equilibrio una torre de esperanzas con un balcón de suspiros. ¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria cuando tengamos un hijo!... En tu cómoda de cedro nuestro ajuar se quedó frío, entre azucena y manzana, entre romero y membrillo. ¡Qué pálidos los encajes! ¡Qué sin gracia los vestidos! ¡Qué sin olor los pañuelos y qué sin sangre el cariño! Tu velo blanco de novia, -por tu olvido y por mi olvido- fue un camino de Santiago, doloroso y amarillo. Tú te has casado con otro, yo con otra hice lo mismo... Juramentos y palabras están secos y marchitos en un antiguo almanaque sin sábados ni domingos. Ahora bajas al paseo, rodeada de tus hijos, dando el brazo a... la levita que se pone tu marido. Te llaman... ¡doña Manuela!; usas guantes y abanico, y tres papadas te cortan en la garganta el suspiro. Nos saludamos de lejos, como dos desconocidos; tu marido sube y baja la chistera; yo me inclino, y tú sonríes sin gana, de un modo triste y ridículo. Pero yo no me hago cargo de que hemos envejecido, porque te sigo queriendo igual o más que al principio, y te veo como entonces, con tu cintura de lirio, un jazmín entre los dientes, y la color como el trigo y aquella voz que decía: -¡Cuando tengamos un hijo!...- Y en esas tardes de lluvia, cuando mueves los bolillos, y yo paso por tu calle con mi pena y con mi libro dices, con miedo, entre sombras, arropada en el visillo: -¡Ay, si yo con ese hombre hubiera tenido un hijo!..."
22.
Romance de "la lirio"
Romance de "la lirio"
Romance de "La Lirio" Por la arena de la playa va con un hombre "la Lirio". La tarde pone en sus ojos un barco de plata y vidrio, mientras que Cádiz se enciende a lo lejos como un cirio, en un altar encalado de torres en equilibrio. -No sé qué sería de mí si me dejaras, mocito-, suspira dulce y lejana y en un sollozo, "la Lirio". El hombre moreno y alto con voz de viento salino le dice mientras su talle aprieta como un jacinto: -Llevo tu nombre en el brazo tatuado desde niño y en el corazón un ancla de juramento perdido. Por la arena de la playa viene cantando un chiquillo: La Lirio, la Lirio tiene, tiene una pena la Liro y se le han puesto las sienes moraítas de martirio. Cádiz, de cal, a lo lejos, huele a guitarra y a vino. "La Bizcocha" es una vaca con sortijas en los dedos, voz de aguardiente de Rute y cintura de brasero. "La Bizcocha" lleva siempre en su labio amarillento una colilla colgada y una blasfemia en acecho. -¿No vino "la Lirio"? -No, responde una voz en eco -¡Mardita sea...! La colilla cae de los labios al suelo, como un sucio equilibrista que cayera de un trapecio. Y por la taberna va un taco de carretero que se clava en la flamenca de un cartel de toros viejo. En una mesa, con sorna, canta un viejo marinero: Se dice si es por un hombre, se dice que si es por do; pero la verdá del cuento ¡Ay, Señó de los tormentos! la saben la Lirio y Dió. Sobre el mostrador, borracha, "La Bizcocha" está durmiendo un sueño de peluconas con "la Lirio" de por medio. -¿Estará el barco en la playa? -Estará al amanecer... -Pos descanse usía tranquilo, que allí se la llevaré. -¿Y si ella no quiere, vieja? -Poco sabe su mersé de las razones que tiene mi "menda" pa convensé... ¡Sincuenta moneas de oro! ¡Vaya rasones, y olé! Y una voz entre la sombra termina el romance aquel: Que fue con un bebediso de menta y ajonjolí; que fue una noche de luna, que fue una tarde de abrí. -¿Dónde está mi blanca novia, dónde está que no la veo? (Un barco en la madrugada se va perdiendo a lo lejos...) -¿Dónde está "la Lirio", dónde, que yo sin verla me muero? (Mocito, busca otra novia porque esa tiene ya dueño y va en un trono de espuma navegando mar adentro...) -Mira su nombre en mi brazo, sobre mis venas latiendo, y en mi pulso y en mi lengua y en la punta de mis dedos. (Para tapar ese nombre ponte un brazalete negro...) -¡Mira que la llevo aquí crucificada en mis centros! (Arráncate las entrañas y da tu dolor al viento...) ¡Mira que de no mirarla me estoy muriendo y muriendo! (Pues encomienda tu alma porque ese amor está muerto...) Amarga, de Puerta Tierra, viene la voz de un flamenco: A la mar maera, y a la Virgen, cirio, y pa duquitas, mare de mi arma, pa duquitas negras, las que tié la Lirio. Caminito de las Indias un barco se va perdiendo. "La Lirio" corta sus trenzas con tijeritas de acero, llenando el mar de suspiros y el aire de juramentos, mientras que, roto, en la playa -veleta de amores muertos-, clavando su desengaño en la Rosa de los Vientos, moreno de sal y luna, llora y llora un marinero.
23.
Romance de la viuda enamorada
Romance de la viuda enamorada
Siempre pegada a tu muro y al filo de tus almenas; siempre rondando el castillo de tu amor; siempre sedienta de una sed mala y amarga de desengaño y arena. Por qué te querré tanto? Por qué viniste a mi senda? Quién hizo brillar tus ojos en la noche de mi pena? Qué lluvia de mal cariño quiso convertirme en yedra, que va creciendo y creciendo pegada a tu primavera? Ay, que montaña de amor tengo sobre mi cabeza! Ay, que río de suspiros pasa y pasa por mi lengua! Yo estaba en mis campos hondos, allí en Castilla la Vieja durmiéndome entre molinos y coplas rubias de siega, y era mi vida una noria monótona y polvorienta. Mis hijos venían del campo, con sus camisas abiertas, y en el pulso de sus hombros reclinaba mi cabeza. Así, un día y otro día, allí en Castilla la Vieja... Una tarde ( por los nardos subía la primavera... ). Una tarde, vi tu sombra que venía por la senda dentro de un traje de pana, tres vueltas de faja negra y una voz dura y redonda lo mismo que una pulsera. -Buenas tardes, ¿hay trabajo? -Sí- te dije toda llena de un escalofrío lento que me sacudió las venas y me quitó de encima diez años de vida muerta, bordando en mi enagua oscura una rosa dulce y tierna. -Está bien- fueron tus gracias, y, doblando la chaqueta te sentaste a mi lado en el borde de la senda. Vive este amor de silencio y entre silencio se quema, en una angustia de horas y en un sigilo de puertas. El pueblo ya lo murmura en una copla que rueda todo el día por el campo y de noche en la taberna. Dicen que si soy viuda y sacan el muerto a cuestas; dicen, que si por mis hijos me debía dar vergüenza... Dicen, tantas cosas, tantas, que las paredes se llenan de vidrios y maldiciones y hasta a veces de blasfemias. Mi hijo el mayor (veinte años, dulce y moreno), con pena, me habló esta mañana: -Madre, ese traje no te sienta, ni esas flores, ni ese pelo, ni ese pañuelo de hierbas... Yo no me atreví a mirarlo, y me sentí muy pequeña, como si fuese mi madre la que hablándome estuviera. -Por nosotros, tu no debes vestirte de esa manera... ¡Ay, por vosotros! Os di todo el trigo de mi era; todavía de vosotros mi cintura tiene huellas. ¡Sangre mía que anda y vive y a mí me va haciendo vieja! ¿Pero es que yo ya no tengo derecho a querer? ¿Qué ciega ley me prohíbe que al sol deje mis rosas abiertas? ¿Y que me mire al espejo, y que me vista de fiesta, y que en mi jardín antiguo florezca la primavera?... ¡Quiero y quiero y quiero y quiero! Están en flor mis macetas; diez ruiseñores heridos cantan amor en mis venas, y me duele la garganta, y está mi voz hecha piedra de tanto decir: "Te quiero como a ninguno quisiera!" ¡Ay, qué montaña de amor tengo sobre la cabeza! ¡Ay, qué río de suspiros pasa y pasa por mi lengua! ¡Canten, hablen, cuenten, digan, pueblo, niños, hombres, viejas... que yo de tanto quererle no sé si estoy viva o muerta!
24.
Romance de la voz en la sangre
Romance de la voz en la sangre
Fue hacia la tercera luna cuando lo sintió en los centros. Estaba sobre la hierba, tumbada de cara al cielo -viendo la tarde morirse sobre sus ojos abiertos- cuando notó en la cintura como un pájaro pequeño, que aleteó por lo oscuro de su vientre unos momentos, y luego vino a pararse sobre su talle, en silencio... Fue hacia la tercera luna cuando lo sintió en los centros... Un ¡ay! de gozo y asombro y otro de duda y recelo salieron de su garganta. Las palomas de su pecho se erizaron de blancura, y un temblor de alumbramiento sacudió de sur a norte todo el mapa de su cuerpo e hizo crujir entre sombras las ramas de su esqueleto... En un brinco de gacela se ha levantado del suelo y ha echado a andar lentamente por la vereda de cedros. Parece tallada en tierra la cara de Sacramento. -Iré a ver a la Jacinta lo mismo que otras lo hicieron... Ella conoce las plantas y sabrá darme el remedio... -¿No te da pena matarme antes de nacer...? ¡Qué miedo le dio al escuchar la voz que le salía al encuentro, envuelta en hilos de sangre cortando su propio aliento! -¿Quién eres que así me hablas...? -Ahora, nadie... casi un sueño; mañana, si tú me dejas, un hombre de cuerpo entero... -¿Y qué voy a hacer, mi niño? -Parirme como un almendro en la mitad de la cama con las entrañas ardiendo. -¿Pero y mi honra? -Tu honra la limpiaré con mis besos: las madres después del parto quedan igual que un espejo... -Pero me faltan seis meses, seis plenilunios completos frente a los ojos que miran y las bocas de veneno. -¿Y a ti qué te importa nadie? Ponte delante del pueblo y escúpele la belleza de llevar un hijo dentro. -¡Temo a las lenguas cobardes! -Y en cambio no te da miedo ir a buscar una planta de sombra -flor de silencio-, para derramar mi vida por el primer sumidero y que no quede del hijo ni una fecha ni un recuerdo... -¡Calla! -No puedo callarme. Una perra no haría eso: me lamería los ojos hasta que los fuera abriendo... Pondría mi piel süave lo mismo que el terciopelo y luego ya, sin saliva, con los dientes en acecho, se tumbaría a mi lado hecha un río dulce y tierno, para que yo la dejara hasta sin cal en los huesos. -¡Por Dios! -Por él, yo te pido que no me dejes sin cielo. Corta sábanas de holanda; borda pañales de céfiro; aprende nanas azules y planta naranjos nuevos..., y cuando me hayas parido como a un torito pequeño, abre puertas y ventanas, que me contemplen durmiendo lo mismo que un patriarca en el valle de tus pechos... La voz se apagó en la sangre; la cara de Sacramento parece como de barro de oscura que se le ha puesto, y con sus manos sin pulso se toca el vientre moreno... ¡Ay qué monte de alegría! ¡Qué rosal al descubierto! ¡Qué luna bajo la falda! ¡Qué lirio de tallo inquieto! -¡Yo te juro, amor -mi niño-, por mis vivos y mis muertos, que te he de parir un día sonámbula de contento, aunque me escupan a una todas las lenguas del pueblo!
25.
Romance de los ojos verdes
Romance de los ojos verdes
-¿De dónde vienes tan tarde? ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? -Vengo de ver unos ojos verdes como el trigo verde. El sueño juega y se esconde en la plaza de mi frente; cabalgo por las ojeras de unos ojos en relieve. El cuarto se va llenando de mar, de barcos y peces, acuarium improvisado sobre el barniz de los muebles, mientras que la media luna de junio roja y solemne se suicida sobre el filo de la mañana que viene. -¿De dónde vienes cantando? ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? -Vengo de ver unos ojos verdes como el limón verde. Por el río de la siesta pasa un pregón hecho nieve persianas atravesando: Chumbos frescos, ¿quién los quiere? La sábana de la cama en silencio se defiende amortajando suspiros bajo la cal de sus pliegues contra dos cuerpos desnudos que su blancura oscurece; muslos de trigo en mis muslos brazos delgados y ardientes que como ríos morenos iluminados de fiebre se precipitan sin pulso por la llanura del vientre en una lucha romana de mirtos y de laureles. -¿Dónde naciste? -En Tarifa, ¿Y tú? -En Sevilla. Mis sienes están preñadas de olivos como tus ojos de verdes. El silencio apuñalado vuelve a sembrar las paredes y un sueño de torres altas y de relojes ausentes sobre la cama cansada echa su capa de nieve. -¿De dónde vienes borracho? ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? -Vengo... vengo de la viña y el olivarito verde. -¿Qué mala hierba pisaste, quién te atravesó las sienes con ese mal fario...? ¡Dime! -Son las cosas de la suerte, unos la encuentran de espaldas, otros la encuentran de frente, y yo me encontré a sus ojos verdes como el trigo verde. -¿Quieres que te haga una taza de hierbabuena caliente? -Quiero su voz, luna y plata diciéndome que me quiere. -¿Quieres que te ate un pañuelo y te lo anude a la frente? -Quiero sus brazos de trigo y su cintura de aceite. -¿Quieres que cante una nana para ver si así te duermes? -Quiero sentirme en el cuello su aliento de flauta breve. -Entonces... mi corazón, dime, ¡por Dios! lo que quieres. -Quiero sus ojos. Sus ojos verdes como el trigo verde, como el limón y la albahaca, como el mar y los cipreses, como las almendras nuevas, el romero y los laureles... Si no me traes sus ojos, ¡dile que venga la muerte!
26.
Soneto
Soneto
Bebiéndome la dulce primavera me sorprendió la tarde junto al río y pude contemplar a mi albedrío el idilio del agua y la palmera. Me zambullí desnudo en la pecera buscando un corazón igual que el mío, y no encontré ni un faro ni un navío que me hiciera señales de bandera. La noche iba saltando por la orilla y puso en mi cabeza despeinada el filo verde-azul de su cuchilla. Mas cuando ya se ahogaba mi fortuna, quiso el viento mandarle a mi jugada el blanco salvavidas de la luna.
27.
Triniá
Triniá
1 Al Museo de Sevilla iba a diario Juan Miguel a copiar la maravillas de Murillo y Rafael. Y por las tardes, como una rosa de los jardines que hay en la entrá, pintaba a Trini, pura y hermosa, como si fuera la Inmaculá. Y decía el chavalillo: «Pa que voy a entrar ahí, si es la Virgen de Murillo la que tengo frente a mí». Triniá, mi Triniá, la de la Puerta Real, carita de nazarena, con la Virgen Macarena yo te tengo compará; algo tu vida envenena, qué tienes en la mirá que no me pareces buena, Triniá, mi Trini, ay... mi Triniá. 2 El Museo sevillano un mal día visitó un banquero americano que de Trini se prendó. Y con el brillo de los diamantes la sevillana quedó cegá y entre los brazos de aquel amante huyó de España la Triniá. Y ante el cuadro no acabao así decía el pintor: «Tú me has hecho desgraciao, sin ti qué voy a hacer yo». Triniá, mi Triniá, la de la Puerta Real, carita de nazarena, con la Virgen Macarena yo te tengo compará; algo tu vida envenena, qué tienes en la mirá que no me pareces buena, Triniá, mi Trini, ¡ay!... mi Triniá.
Citas Célebres y Pensamientos
2 citas
Frases para reflexionar
Fray Luis de León
« ¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido! »
Fray Luis de León
Algunos libros de poesía de Fray Luis de León:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: