« En los ojos de los humildes habita una dignidad que los poderosos no comprenden. »
Evaristo Carriego
Lírica del Suburbio Porteño (1883 - 1912)El poeta de los arrabales y organitos de Buenos Aires, cantor de los humildes y las costureritas, venerado por Jorge Luis Borges.
Vida
Bohemio elegante del barrio obrero de Palermo en Buenos Aires, pasaba las noches conversando en los cafés con compadritos de navaja, malevos y cantantes callejeros. Pese a pertenecer a una familia acomodada, eligió retratar en sus versos la vida humilde de los conventillos, los patios con aljibes y los amores difíciles.
Se convirtió en el creador de la mitología del arrabal porteño y de las letras sentimentales de tango, cantando a las costureritas pobres y a los organilleros solitarios. Una tuberculosis fulminante segó su vida con solo veintinueve años, y el mismísimo Jorge Luis Borges escribió su primer libro entero fascinado por su figura legendaria.
Poemas de Evaristo Carriego
1.
Aquella vez que vino tu recuerdo
Aquella vez que vino tu recuerdo
La mesa estaba alegre como nunca. Bebíamos el té: mamá reía recordando, entre otros, no sé qué antiguo chisme de familia; una de nuestras primas comentaba -recordando con gracia los modales, de un testigo irritado- el incidente que presenció en la calle; los niños se empeñaban, chacoteando, en continuar el juego interrumpido, y los demás hablábamos de todas las cosas de que se habla con cariño. Estábamos así, contentos, cuando alguno te nombró, y el doloroso silencio que de pronto ahogó las risas, con pesadez de plomo, persistió largo rato. Lo recuerdo como si fuera ahora: nos quedamos mudos, fríos. Pasaban los minutos, pasaban y seguíamos callados. Nadie decía nada, pero todos pensábamos lo mismo. Como siempre que la conmueve una emoción penosa, mamá disimulaba ingenuamente queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre! ¡Bien que la conocemos!... Las muchachas fingían ocuparse del vestido que una de ellas llevaba: los niños, asombrados de un silencio tan extraño, salían de la pieza. Y los demás seguíamos callados sin mirarnos siquiera.
2.
«caperucita roja» que se nos fue
«caperucita roja» que se nos fue
«Caperucita roja» que se nos fue ¡Ah, si volvieras!... ¡Cómo te extrañan mis hermanos! La casa es un desquicio: ya no está la hacendosa muchacha de otros tiempos. ¡Eras la habilidosa que todo lo sabías hacer con esas manos...! El menor de los chicos, ¡pobrecito!, te llama recordándote siempre lo que le prometieras, para que le des algo... Y a veces -¡si lo oyeras!- para que como entonces le prepares la cama. ¡Como entonces! ¿Entiendes? ¡Ah, desde que te fuiste, en la casita nuestra todo el mundo anda triste! y temo que los viejos enfermen, ¡pobres viejos! Mi madre disimula, pero a escondidas llora con el supersticioso temor de verte lejos... Caperucita roja, ¿dónde estarás ahora?
3.
Como aquella otra
Como aquella otra
Sí, vecina: te puedes dar la mano, esa mano que un día fuera hermosa, con aquella otra eterna silenciosa «que se cansara de aguardar en vano». Tú también, como ella, acaso fuiste la bondadosa amante, la primera, de un estudiante pobre, aquel que era un poco chacotón y un poco triste. O no faltó el muchacho periodista que allá en tus buenos tiempos de modista en ocios melancólicos te amó y que una fría noche ya lejana, te dijo, como siempre: «Hasta mañana...» pero que no volvió.
4.
Como un deslumbramiento
Como un deslumbramiento
Como un deslumbramiento de rubias primaveras... Como un deslumbramiento de rubias primaveras irradian y perfuman las dichas prisioneras de todos tus encantos ¡Oh, poemas paganos! Heroína y señora de rondeles galanos: Para que siempre puedas orquestar tus mañanas calandrias y zorzales mis selvas entrerrianas te ofrecen en mis trovas. Que en todos los momentos te den las grandes liras sus más nobles acentos, y revienten las yemas donde el placer anida, en las exaltaciones gloriosas de la vida que surgen en el cálido floreal de tus horas, como un carmen de auroras, ¡eternamente auroras!
5.
Conversando
Conversando
El libro sin abrir y el vaso lleno. -Con esto, para mí, nada hay ausente-. Podemos conversar tranquilamente: la excelencia del vino me hace bueno. Hermano, ya lo ves, ni una exigencia me reprocha la vida..., así me agrada; de lo demás no quiero saber nada... Practico una virtud: la indiferencia. Me disgusta tener preocupaciones que hayan de conmoverme. En mis rincones vivo la vida a la manera eximia del que es feliz, porque en verdad te digo: la esposa del señor de la vendimia se ha fugado conmigo...
6.
Cuando llega el viejo
Cuando llega el viejo
Todos están callados ahora. El desaliento que repentinamente siguiera al comentario de esa duda, persiste como un presentimiento. El hermano recorre las noticias del diario que está sobre la mesa. La abuela se ha dormido los demás aguardan con el oído alerta a los ruidos de afuera, y apenas se oye un ruido las miradas ansiosas se clavan en la puerta. El silencio se vuelve cada vez más molesto: una frase que empieza se traduce en un gesto de impaciencia. ¡La espina de esa preocupación... Y cuando llega el viejo, que salió hace un instante, en todas las miradas fijas en su semblante hay una temerosa larga interrogación.
7.
Después del olvido
Después del olvido
Porque hoy has venido, lo mismo que antes, con tus adorables gracias exquisitas, alguien ha llenado de rosas mi cuarto como en los instantes de pasadas citas. ¿Te acuerdas?... Recuerdo de noches lejanas, aun guardo, entre otras, aquella novela con la que soñabas imitar, a ratos, no sé si a Lucía no sé si a Graziela. Y aquel abanico, que sentir parece la inquieta, la tibia presión de tu mano; aquel abanico ¿te acuerdas? trasunto de aquel apacible, distante verano... Y aquellas memorias que escribiste un día! -un libro risueño de celos y quejas-. ¡Rincón asoleado! Rincón pensativo de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!... Pero no hay los versos: ¡Qué quieres!... ¡Te fuiste! -¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!- La nieve incesante del bárbaro hastío ¿no ves? ha quemado mis líricas alas. ...¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos como las ausencias sus hoscos asedios... Prefiero las rosas, prefiero tu risa que pone un rayito de sol en mis tedios. Y porque al fin vuelves, después del olvido, en hora de angustias, en hora oportuna, alegre como antes, es hoy mi cabeza una pobre loca borracha de luna!
8.
Detrás del mostrador
Detrás del mostrador
Ayer la vi, al pasar, en la taberna, detrás del mostrador, como una estatua... Vaso de carne juvenil que atrae a los borrachos con su hermosa cara. Azucena regada con ajenjo, surgida en el ambiente de la crápula, florece como muchas en el vicio perfumado ese búcaro de miasmas. ¡Canción de esclavitud! Belleza triste, belleza de hospital ya disecada quién sabe por qué mano que la empuja casi siempre hasta el sitio de la infamia... Y pasa sin dolor así inconsciente su vida material de carne esclava: ¡copa de invitaciones y de olvido sobre el hastiado bebedor volcada!
9.
El camino de nuestra casa
El camino de nuestra casa
El camino de nuestra casa... Nos eres familiar como una cosa que fuera nuestra, solamente nuestra; familiar en las calles, en los árboles que bordean ]a acera, en la alegría bulliciosa y loca de los muchachos, en las caras de los viejos amigos, en las historias íntimas que andan de boca en boca por el barrio y en la monotonía dolorida del quejoso organillo que tanto gusta oír nuestra vecina, la de los ojos tristes... Te queremos con un cariño antiguo y silencioso, ¡caminito de nuestra casa! ¡Vieras con qué cariño te queremos! ¡Todo lo que nos haces recordar! Tus piedras parece que guardasen en secreto el rumor de los pasos familiares que se apagaron hace tiempo... Aquellos que ya no escucharemos a la hora habitual del regreso. Caminito de nuestra casa, eres como un rostro querido que hubiéramos besado muchas veces: ¡tanto te conocemos! Todas las tardes, por la misma calle, miramos con mirar sereno, la misma escena alegre o melancólica, la misma gente... Y siempre la muchacha modesta y pensativa que hemos visto envejecer sin novio... resignada! De cuando en cuando, caras nuevas, desconocidas, serias o sonrientes, que nos miran pasar desde la puerta. Y aquellas otras que desaparecen poco a poco, en silencio, las que se van del barrio o de la vida sin despedirse. ¡Oh, los vecinos que no nos darán más los buenos días! Pensar que alguna vez nosotros también por nuestro lado nos iremos, quién sabe dónde, silenciosamente como se fueron ellos...
10.
El clavel
El clavel
Fue al surgir de una duda insinuativa hirió tu severa aristocracia, como un símbolo rojo de mi audacia, un clavel que tu mano no cultiva. Quizás hubo una frase sugestiva, o viera una intención tu perspicacia, pues tu serenidad llena de gracia fingió una rebelión despreciativa... Y, así, en tu vanidad, por la impaciente condena de un orgullo intransigente, mi rojo heraldo de amatorios credos Mereció, por su símbolo atrevido, como un apóstol o como un bandido la guillotina de tus nobles dedos.
11.
En el patio
En el patio
Me gusta verte así, bajo la parra, resguardada del sol del mediodía, risueñamente audaz, gentil, bizarra, como una evocación de Andalucía. Con olor a salud en tu belleza, que envuelves en exóticos vestidos, roja de clavelones la cabeza y leyendo novelas de bandidos. -¡Un carmen andaluz, donde florecen, en los viejos rincones solitarios, los rosales que ocultan y ensombrecen la jaula y el calor de tus canarios!- ¡Cuántas veces no creo al acercarme, todo como en un patio de Sevilla, que tus más frescas flores vas a darme, y a ofrecerme después miel con vainilla! O me doy a pensar que he saboreado, mientras se oye una alegre castañuela, un rico arroz con leche, polvoreado de una cálida gloria de canela. ¡Cómo me gusta verte así, graciosa, llena de inquietos, caprichosos mimos, rodeada de macetas, y, golosa, desgranando pletóricos racimos! Y mojarse tus manos delincuentes, al reventar las uvas arrancadas, como en sangre de vidas inocentes a tu voracidad sacrificadas!... Y ver vagar, cruelmente seductora, en esos labios finos y burlones, tu sonrisa de Esfinge, turbadora de mis calladas interrogaciones. Y desear para mí, las exquisitas torturas de tus dedos sonrosados, que oprimen las doradas cabecitas de los dulces racimos degollados!
12.
En silencio
En silencio
Que este verso, que has pedido, vaya hacia ti, como enviado de algún recuerdo volcado en una tierra de olvido... para insinuarte al oído su agonía más secreta, cuando en tus noches, inquieta por las memorias, tal vez, leas, siquiera una vez, las estrofas del poeta. ¿Yo?... Vivo con la pasión de aquel ensueño remoto, que he guardado como un voto, ya viejo, del corazón. ¡Y sé, en mi amarga obsesión, que mi cabeza cansada, de la prisión de ese ensueño caerá, recién, libertada ¡cuando duerma el postrer sueño sobre la postrer almohada!
13.
Envíos
Envíos
A Doña Sylla Silva De Mas y Pi En su álbum Si de estas cuerdas mías, de tonos más que rudos, te resultasen ásperos sus rendidos saludos, y quieres blandos ritmos de credos idealistas, aguarda delicados poemas modernistas que alabarán en oro tus posibles desdenes, coronando de antorchas tan olímpicas sienes, devotos de la blanca lis de tu aristocracia, con que ilustro los rojos claveles de mi audacia, o espera, seductora, decadentes orfebres que graben tus blasones en sus creadoras fiebres: Yo trabajo el acero de temples soberanos: los sonantes cristales se rompen en mis manos. Palmera brasileña, que al caminante herido ofrendarás tus dátiles de Pasión y de Olvido, en el Desierto Único: tú eres la apoteosis que nimbando de incendios sus fecundas neurosis, cruzas por los vaivenes de sus hondos desvelos como si fueras Luna de sus noches de duelos. Yo traigo a tu floresta la Alondra moribunda que, en el violín del Bosque, preludió la errabundo sinfonía terrena de aquel Ardor eterno que ahuyenta suavemente las aves del Invierno, y en las horas tranquilas descubre su cabeza como un símbolo vago de Amor y de Belleza. Y pasas, y no sola, presintiendo dorados orientes, los propicios a los enamorados, como una novia enferma que evoca espirituales promesas en las largas noches sentimentales, o esperas al amado, sonriente, como algunas heroínas que aguardan al amor de las lunas hojeando florilegios alegres de la Galia, con manos de Giocondas poéticas de Italia. ¡Oh, las divinas magas que comulgan misterios en los ratos fugaces de indecibles imperios cuyos tiernos mandatos y ansiadas tiranías de las claudicaciones saben las agonías! Quiero brindarte versos porque te finjo buena, con no sé qué bondades y porque eres morena como la inspiradora de mis lejanos votos perspectivas azules de paisajes remotos. Generosa que amparas de los fríos crueles, como un fruto viviente de tus sanos vergeles, las rosas inviolables que tus labios oprimen. (¡Oh, las instigadoras del ensueño y del crimen!) Paloma fugitiva de la Ciudad vedada, donde el dolor muriera bajo la enamorada caricia del Consuelo: ¡Ciudad donde las risas suenan como campanas de las futuras Misas! Ya sobre los hastíos de tus meditaciones, como en fugas radiantes escucharás canciones de músicas heráldicas, de las músicas locas que enardecen las ansias y enrojecen las bocas en besos fecundantes, cual rocíos de mieles que hasta en el yermo hicieron florecer los laureles. Yo, a tu rostro moreno consagraré violetas, las nerviosas amadas tristes de los poetas, y allá en las tibias tardes, serenas de optimismos, cuando al disipar todos tus más graves mutismos mis estrofas de hierro torturen tu garganta, has de pensar, acaso ¡Si es un hierro que canta! Como un deslumbramiento de rubias primaveras irradian y perfuman las dichas prisioneras de todos tus encantos. ¡Oh, poemas paganos! Heroína y señora de rondeles galanos: para que siempre puedas orquestar tus mañanas calandrias y zorzales mis selvas entrerrianas te ofrecen en mis trovas. ¡Que en todos los momentos te den las grandes liras sus más nobles acentos, y revienten las yemas donde el Placer anida, en las exaltaciones gloriosas de la Vida que surgen en el cálido Floreal de tus horas como un carmen de auroras, eternamente auroras!
14.
Filtro rojo
Filtro rojo
Porque hasta mí llegaste silenciosa, la ardiente exaltación de mi elocuencia derrotó la glacial indiferencia que mostrabas, altiva y desdeñosa. Volviste a ser la de antes. Misteriosa, como un rojo clavel tu confidencia reventó en una amable delincuencia con no sé qué pasión pecaminosa. Claudicó gentilmente tu arrogancia, y al beber el locuaz vino de Francia, ¡oh, las uvas doradas y fecundas! Una aurora tiñó tu faz de armiño, ¡y hubo en la jaula azul de tu corpiño un temblor de palomas moribundas!
15.
Has vuelto
Has vuelto
Has vuelto, organillo. En la acera hay risas. Has vuelto llorón y cansado como antes. El ciego te espera las más de las noches sentado a la puerta. Calla y escucha. Borrosas memorias de cosas lejanas evoca en silencio, de cosas de cuando sus ojos tenían mañanas, de cuando era joven... la novia... ¡quién sabe Alegrías, penas, vividas en horas distantes. ¡Qué suave se le pone el rostro cada vez que suenas algún aire antiguo! ¡Recuerda y suspiro! Has vuelto, organillo. La gente modesta te mira pasar, melancólicamente. Pianito que cruzas la calle cansado moliendo el eterno familiar motivo que el año pasado gemía a la luna de invierno: con tu voz gangosa dirás en la esquina la canción ingenua, la de siempre, acaso esa preferida de nuestra vecina la costurerita que dio aquel mal paso. Y luego de un valse te irás como una tristeza que cruza la calle desierta, y habrá quien se quede mirando la luna desde alguna puerta. ¡Adiós, alma nuestra! parece que dicen las gentes en cuanto te alejas. ¡Pianito del dulce motivo que mece memorias queridas y viejas! Anoche, después que te fuiste, cuando todo el barrio volvía al sosiego -qué triste- lloraban los ojos del ciego.
16.
Invitación
Invitación
Amada, estoy alegre: ya no siento la angustiosa opresión de la tristeza: el pájaro fatal del desaliento graznando se alejó de mi cabeza. Amada, amada: ya, de nuevo, el canto vuelve a vibrar en mí, como otras veces; ¡y el canto es hombre, porque puede tanto, que hasta sabe domar las altiveces! Ven a oír: abandona la ventana... Deja al mendigo en paz. ¡Son tus ternuras para el dolor, como las de una hermana, y sólo para mí suelen ser duras! ¡Manos de siempre compasiva y buena, yo tengo todo un sol para que alumbres ese olímpico rostro de azucena hecho de palidez y pesadumbres! Hoy soy así. Soy un poeta loco que ve su dicha de tus tedios presa ... ¡Ven y siéntate al piano: bebe un poco de champaña en la música francesa! No quiero verte triste. De tu cara borra ese esguince de pesar cansino... ¡Hoy yo quiero vivir!... ¡Qué cosa rara, hoy tengo el corazón lleno de vino!
17.
La dulce voz que oímos todos los días
La dulce voz que oímos todos los días
¡Tienes una voz tan dulce!... Yo no sé por qué será, te oímos y nos dan muchas ganas de quererte más. Tienes una voz tan dulce y una manera de hablar, que aunque a veces tú también estés triste de verdad haces reír a abuelita cuando ella quiere llorar. ¡Y ninguno sabe en dónde encuentras tanta bondad para poder decir unas cosas que nos gustan más¡... ¡Si vieras cómo nos gusta! No te habrás de imaginar lo mucho que sufriremos si tú nos dejas... Mamá dice que cuando te cases nos tendrás que abandonar, y eso es mentira: ¿no es cierto que nunca te casarás? Nunca nos dejarás solos, porque eres buena, ¿verdad? ¿Alguna vez has pensado qué haremos si te nos vas? ¿No lo has pensado? Nosotros no lo queremos pensar. Si tú te nos vas, ¿entonces qué voz extraña vendrá a decirnos esas cosas que tú ya no nos dirás? ¿Nos hará olvidar tu voz la voz que vendrá? ¿Lo hará? ¿Hará reír a abuelita cuando ella quiera llorar?
18.
La muerte del cisne
La muerte del cisne
En un largo alarido de tristeza los heraldos, sombríos, la anunciaron, y las faunas errantes se aprontaron a dejar el amor de la aspereza. Con el Genio del bosque a la cabeza, una noche y un día galoparon, y cual corceles épicos llegaron en un tropel de bárbara grandeza. Y ahí están. Ya salvajes emociones, rugen coros de líricos leones cuando allá en los remansos de lo Inerte, como surgiendo de una pesadilla, ¡Grazna un ganso alejado de la orilla la bondad provechosa de la Muerte!
19.
La múslca lejana que nos llega
La múslca lejana que nos llega
La música lejana que nos llega Accede, te lo ruego así... Dejemos -mientras se enfría el té que has preparado- de leer el capítulo empezado: amada, cierra el libro y escuchemos... Y calla, por favor...Guarda tus finas burlas: ten la vergüenza, no imposible, de que tu dulce voz halle insensible, rebelde corazón que aún dominas. ¿Ves? Llega como un breve pensamiento que pone en fuga el arrepentimiento... Bebe toda la onda, hermana mía, no dejes en la copa nada, nada... Emborráchate, amada: la música es el vino hecho armonía.
20.
La que hoy pasó muy agitada
La que hoy pasó muy agitada
¡Qué tarde regresas!... ¿Serán las benditas locuaces amigas que te han detenido? Vas tan agitada!... ¿Te habrán sorprendido dejando, hace un rato, las casas de citas? ¡Adiós, morochita!... Ya verás, muchacha, cuando andes en todas las charlas caseras: sospecho las risas de tus compañeras diciendo que pronto mostraste la hilacha... Y si esto ha ocurrido, que en verdad no es poco, si diste el mal paso, si no me equivoco y encontré el secreto de esa agitación... ¿Quién sabrá si llevas en este momento una duda amarga sobre el pensamiento y un ensueño muerto sobre el corazón?
21.
La vuelta de «caperucita»
La vuelta de «caperucita»
La vuelta de «Caperucita» Entra sin miedo, hermana: no te diremos nada. ¡Qué cambiado está todo, qué cambiado! ¿No es cierto? ¡Si supieras la vida que llevamos pasada! Mamá ha caído enferma y el pobre viejo ha muerto... Los menores te extrañan todavía, y los otros verán en ti a la hermana perdida que regresa: puedes quedarte, siempre tendrás entre nosotros, con el cariño de antes, un lugar en la mesa. Quédate con nosotros. Sufres y vienes pobre. Ni un reproche te haremos: ni una palabra sobre el oculto motivo de tu distanciamiento; ya demasiado sabes cuánto te hemos querido: aquel día, ¿recuerdas? tuve un presentimiento... ¡Si no te hubieras ido!
22.
Las manos
Las manos
A todas las evoco. Pensativas, cual si tuvieran alma, yo las veo pasar, como teorías que viniesen en las estancias líricas de un verso. Las buenas, las cordiales, generosas madrecitas de olvidos en los duelos, las buenas, las cordiales, que ya nunca las volvimos a ver, ni en el recuerdo. Las manos enigmáticas, las manos con vagos exotismos de misterio, que ocultan, como en libros invisibles, las fórmulas vedadas del secreto. Las manos que coronan los designios, las manos vencedoras del silencio, en las que sueña, a veces, derrotado, un tardío laurel de luz el genio. Las pálidas, con sangre de azucenas, violadas por los duendes de los besos, que vi una vez, nerviosas, deslizarse sobre la gama azul de un florilegio. Las manos graves de las novias muertas, rígidas desposadas de los féretros, leves hostias de ritos amatorios que ya nunca jamás comulgaremos; Esas manos inmóviles y extrañas, que se petrificaron en el pecho como una interrogante dolorosa de la inmensa ansiedad del postrer gesto. Las crüeles que saben el encanto del fugaz abandono de un momento. Las exangües, las castas como vírgenes, severas domadoras del deseo. Las santas, inefables, las ungidas con mirras de perdón y de consuelo: amadas melancólicas y breves de los poetas y de los enfermos. Las románticas manos de las tísicas, que, en la voz moribunda de un arpegio, como conjuro agónico angustiado, llamaron a Chopin, desfalleciendo... Las manos que derraman por la noche los filtros germinales en el lecho: las que escriben las cláusulas fecundas sobre las carnes que violó el invierno. Las manos sin amor de las amadas, más frías y más blancas que el pañuelo que se esfuma en las largas despedidas como paloma del adiós supremo. ¡Las únicas, las fieles, las anónimas, las manos que en los ojos de algún muerto pusieron, al cerrarlos, la postrera temblorosa caricia de sus dedos! Las manos de bellezas irreales, las manos como lirios de recuerdos, de aquellas que se fueron a la luna, en la piedad del éxtasis eterno. Las místicas, fervientes como exvotos, inmaterializadas en el rezo, las manos que humanizan las imágenes de los blondos y tristes nazarenos. Y las manos que triunfan del olvido, ¡esas, blancas como el remordimiento de no haberlas besado, ni siquiera con el beso intangible del ensueño!
23.
¿No te veremos más?
¿No te veremos más?
...¿Conque estás decidida? ¿No te detiene nada? ¿Ni siquiera el anuncio de este presentimiento? ¡No puedes negar que eres una desamorada: te vas así, tranquila, sin un remordimiento! ¡Has sido tanto tiempo nuestra hermanita! Mira si no te desearemos buen viaje y mejor suerte, ...tu decisión de anoche la creíamos mentira: ¡que tan acostumbrados estábamos a verte! Nos quedaremos solos. ¡Y cómo quedaremos...! De más fuera decirte cuánto te extrañaremos; y tú, también, ¿es cierto que nos extrañarás ? ¡Pensar que entre nosotros ya no estarás mañana, Caperucita roja que fuiste nuestra hermana, Caperucita roja, ¿no te veremos más?
24.
Palmera brasileña
Palmera brasileña
Palmera brasileña, que al caminante herido ofrendaras tus dátiles de pasión y de olvido, en el desierto único: tu eres la apoteosis que, nimbando de incendios sus fecundas neurosis, cruzas por los vaivenes de su hondos desvelos como si fueras luna de sus noches de duelos. Yo traigo a tu floresta la alondra moribunda que, en el violín del bosque, preludió la errabunda sinfonía terrena de aquel ardor eterno, que ahuyenta suavemente las aves del invierno, y en las horas tranquilas descubre su cabeza como un símbolo vago de amor y de belleza.
25.
Quiero brindarte besos
Quiero brindarte besos
Quiero brindarte versos porque te finjo buena... Quiero brindarte versos porque te finjo buena, con no sé que bondades, y porque eres morena como la inspiradora de mis lejanos votos... -perspectivas azules de paisajes remotos- . Generosa que amparas de los fríos crüeles, como un fruto viviente de tus sanos vergeles, las rosas inviolables que tus labios oprimen. ¡Oh las instigadoras del ensueño y del crimen! Paloma fugitiva de la ciudad vedada, donde el dolor muriera bajo la enamorada caricia del consuelo: ciudad donde las risas suenan como campanas de las futuras misas!
26.
Ratos buenos
Ratos buenos
Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos reviven en las noches de verano!... Se queja una guitarra allá a lo lejos y mi vecina hace reír al piano. Escucho, fumo y bebo en tanto el fino teclado da otra vez su sinfonía: el cigarro, la música y el vino familiar, generosa trilogía... ...¡Tengo unas ganas de vivir la riente vida de placidez que me rodea! Y por eso quizás, inútilmente, en el cerebro un cisne me aletea... ¡Qué bien se está cuando el ensueño, en una tranquila plenitud, se ve tan vago!... ¡Oh, quién pudiera diluir la luna y beberla en la copa, trago a trago! Todo viene apacible del olvido en una caridad de cosas bellas, así como si Dios, arrepentido, se hubiese puesto a regalar estrellas. ¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme, sin un solo recuerdo, malo o bueno, que, importuno, se acerque a conturbarme! Y me siento feliz, porque hoy tampoco ha soñado imposibles mi cabeza; en el fondo del vaso, poco a poco, se ha dormido, borracha, la tristeza...
27.
Revelación
Revelación
Lujosamente bella y exquisita, con aire de gitana tentadora, llegaste, adelantándote a la hora, rodeada de misterios a la cita. El salón reservado oyó la cuita de una cálida noche pecadora, y al amor de tu carne ofrendadora reventaron las yemas de Afrodita. Fue en esa breve noche de locuras, propicia al floreal de tus ternuras, que, cual glóbulos de ansias pasionales, tu sangre delictuosa de bohemia infiltró en el cansancio de mi anemia ¡el ardor de los fuertes ideales!
28.
Sarmiento
Sarmiento
Una luz familiar; una sencilla bondadosa verdad en el sendero; un estoico fervor de misionero que traía por biblia una cartilla. Cuando en la hora aciaga, en el oscuro ámbito de la sangre, su mirada de inefable visión fue vislumbrada y levantó su voz, a su conjuro, en medio de las trágicas derrotas y entre un sordo rumor de lanzas rotas, sobre las pampas, sobre el suelo herido, se hizo cada vez menos profundo el salvaje ulular, el alarido de las épicas hordas de Facundo.
29.
Si de estas cuerdas mías
Si de estas cuerdas mías
Si de estas cuerdas mías, de tonos más que rudos... A Doña Sylla da Silva Si de estas cuerdas mías, de tonos más que rudos, te resultan en ásperos sus rendidos saludos, y quieres blandos ritmos de credos idealistas, aguarda delicados poetas modernistas que alabarán en oro tus posibles desdenes, coronando de antorchas tus olímpicas sienes, devotos de la blanca lis de tu aristocracia, con que ilustro los rojos claveles de mi audacia, o espera, seductora, decadentes orfebres que graben tus blasones en sus creadoras fiebres: trabajo el acero de temples soberanos: los sonantes cristales se rompen en mis manos.
30.
Te vas
Te vas
Ya lo sabemos. No nos digas nada. Lo sabemos: ahórrate la pena de contarnos sonriendo lo que sufres desde que estás enferma. ¡Ah!, te vas sin remedio, te vas, y, sin embargo, no te quejas: jamás te hemos oído una palabra que no fuera serena, serena como tú, como el cariño de hermanita mayor que por nosotros Se olvidó de ser novia... No te quejas, no quieres afligirnos, pero lloras cuando nadie te mira, y tu tristeza silenciosa no tiene una amargura... ¿Por qué serás tan buena?
31.
Tu secreto
Tu secreto
¡De todo te olvidas! Anoche dejaste aquí, sobre el piano que ya jamás tocas, un poco de tu alma de muchacha enferma: un libro, vedado, de tiernas memorias. íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido, y supe, sonriendo, tu pena más honda, el dulce secreto que no diré a nadie: a nadie interesa saber que me nombras. ...Ven, llévate el libro, distraída, llena de luz y de ensueño. Romántica loca... ¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!... De todo te olvidas, ¡cabeza de novia!
32.
Tus manos
Tus manos
Me obsedan tus manos exangües y finas, ¡tus manos! puñales de heridas ajenas, cuando en el teclado predicen, en notas, las inapelables deseadas condenas... Tus manos, amores de nardos y rosas, cuya histeria tiene sangre de pasiones, como aquellas suaves que guardan ocultas en venas azules sombrías traiciones. Como las nerviosas manos de mi amada, que, en largas teorías de gestos cordiales, devotas del dulce crimen amatorio, ¡degüellan mis mansos corderos pascuales!
33.
Una sorpresa
Una sorpresa
Hoy recibí tu carta. La he leído con asombro, pues dices que regresas, y aún de la sorpresa no he salido... ¡Hace tanto que vivo sin sorpresas! «Que por fin vas a verme..., que tan larga fue la separación...» Te lo aconsejo, no vengas, sufrirías una amarga desilusión: me encontrarías viejo. Y como un viejo, ahora, me he llamado a quietud, y a excepción -¡siempre e! pasado! de uno que otro recuerdo que en la frente me pone alguna arruga de tristeza, no me puedo quejar: tranquilamente fumo mi pipa y bebo mi cerveza.
34.
Y pasa y no sola
Y pasa y no sola
Y pasas, y no sola, presintiendo dorados... Y pasas, y no sola, presintiendo dorados orientes, los propicios a los enamorados, como una novia enferma que evoca espirituales promesas en las largas noches sentimentales; o esperas al amado, sonriente, como algunas heroínas que aguardan al amor de las lunas hojeando florilegios alegres de la Galia, con manos de Giocondas poéticas de Italia. ¡Oh, las divinas magas que comulgan misterios en los ratos fugaces de indecibles imperios... cuyos tiernos mandatos y ansiadas tiranías de las claudicaciones saben las agonías!
35.
Ya sobre los hastíos
Ya sobre los hastíos
Ya sobre los hastíos de tus meditaciones... Ya sobre los hastíos de tus meditaciones, como en fugas radiantes escucharás canciones de músicas heráldicas, de las músicas locas que enardecen las ansias y enrojecen las bocas en besos fecundantes, cual rocíos de mieles que hasta en el yermo hicieron florecer los laureles. Yo, a tu rostro moreno consagraré violetas, las nerviosas amadas tristes de los poetas, y allá en las tibias tardes, serenas de optimismos, cuando al disipar todos tus más graves mutismos mis estrofas de hierro torturen tu garganta, has de pensar, acaso, si es un hierro que canta!
Frases para reflexionar
« El tango viejo no es baile, es el llanto cantado del desterrado en su propia tierra. »
« El arrabal guarda las leyendas que la ciudad soberbia olvida. »
Algunos libros de poesía de Evaristo Carriego:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: