« La educación es la base fundamental sobre la que descansa la libertad de los pueblos. »
Andrés Bello
Neoclasicismo y Humanismo Americano (1781 - 1865)El más insigne sabio humanista de América Latina, gramático, jurista y poeta venezolano autor de la monumental Silvas americanas.
Vida
Nacido en Caracas, Andrés Bello fue el maestro particular del joven Simón Bolívar antes de cruzar el Atlántico rumbo a Londres. En la capital británica sobrevivió durante casi dos décadas en condiciones económicas muy duras, investigando sin descanso en los fondos de la Biblioteca Británica.
Más tarde se instaló en Chile, donde fundó la prestigiosa Universidad de Chile y redactó el Código Civil que modernizó el país. Con su monumental 'Silva a la agricultura de la zona tórrida', celebró la exuberante naturaleza americana combinando rigor científico con una lírica magistral.
Poemas de Andrés Bello
1.
A la nave
A la nave
¿Qué nuevas esperanzas al mar te llevan? Torna, torna, atrevida nave, a la nativa costa. Aún ves de la pasada tormenta mil memorias, ¿y ya a correr fortuna segunda vez te arrojas? Sembrada está de sirtes aleves tu derrota, do tarde los peligros avisará la sonda. ¡Ah! Vuelve, que aún es tiempo, mientras el mar las conchas de la ribera halaga con apacibles olas. Presto erizando cerros vendrá a batir las rocas, y náufragas reliquias hará a Neptuno alfombra. De flámulas de seda la presumida pompa no arredra los insultos de tempestad sonora. ¿Qué valen contra el Euro, tirano de las ondas, las barras y leones de tu dorada popa? ¿Qué tu nombre, famoso en reinos de la aurora, y donde al sol recibe su cristalina alcoba? Ayer por estas aguas, segura de sí propia, desafiaba al viento otra arrogante proa; Y ya, padrón infausto que al navegante asombra, en un desnudo escollo está cubierta de ovas. ¡Qué! ¿No me oyes? ¿El rumbo no tuerces? ¿Orgullosa descoges nuevas velas, y sin pavor te engolfas? ¿No ves, ¡oh malhadada! que ya el cielo se entolda, y las nubes bramando relámpagos abortan? ¿No ves la espuma cana, que hinchada se alborota, ni el vendaval te asusta, que silba en las maromas? ¡Vuelve, objeto querido de mi inquietud ansiosa; vuelve a la amiga playa, antes que el sol se esconda!
2.
A moisés
A moisés
¿Qué son las fuentes en que el oro brilla, y el mármol de colores, a par del Nilo, y de esta verde orilla esmaltada de flores? No es tan grato el incienso que consume en el altar la llama, como entre los aromos el perfume que el céfiro derrama. Ni en el festín real me gozo tanto, como en oír la orquesta alada, que, esparciendo dulce canto, anima la floresta. ¿Véis cuál se pinta en la corriente clara el puro azul del cielo? El cinto desatadme, y la tïara, y el importuno velo. ¿Véis en aquel remanso trasparente zabullirse la garza? Las ropas deponed; y al blando ambiente, el cabello se esparza.
3.
Alocución a la poesía
Alocución a la poesía
Fragmento del poema «América» Divina poesía, tú, de la soledad habitadora, a consultar tus cantos enseñada con el silencio de la selva umbría; tú, a quien la verde gruta fue morada, y el eco de los montes compañía; tiempo es que dejes ya la culta Europa, que tu nativa rustiquez desama, y dirijas el vuelo adonde te abre el mundo de Colón su grande escena. También propicio allí respeta el cielo la simple verde rama con que al valor coronas; también allí la florecida vega, el bosque enmarañado, el sesgo río, colores mil a tus pinceles brinda; y céfiro revuelto entre las rosas; y fúlgidas estrellas tachonan la carroza de la noche; y el Rey del cielo, entre cortinas bellas de nacaradas nubes, se levanta, y la avecilla en no aprendidos tonos con dulce pico endechas de amor canta. ¿Qué a ti, silvestre ninfa, son las pompas de dorados alcázares reales? ¿A tributar también irás con ellos, en medio de la turba cortesana, el torpe incienso de servil lisonja? No tal te vieron tus más bellos días cuando en la infancia de la gente humana, maestra de los pueblos y los reyes, cantaste al mundo las primeras leyes. No te detenga, ¡oh diosa!, esta región de luz y de miseria, en donde tu ambiciosa rival Filosofía, que la virtud a cálculo somete, de los mortales te ha usurpado el culto; donde la coronada hidra amenaza traer de nuevo al pensamiento esclavo la antigua noche de barbarie y crimen; donde la libertad, vano delirio, fe la servilidad, grandeza el fasto, la corrupción cultura se apellida: descuelga de la encina carcomida tu dulce lira de oro, con que un tiempo los prados y las flores, el susurro de la floresta opaca, el apacible murmurar del arroyo transparente, las gracias atractivas de natura inocente a los hombres cantaste embelesados; y sobre el vasto Atlántico tendiendo las vigorosas alas, a otro cielo, a otro mundo, a otras gentes te encamina, do viste aún su primitivo traje la tierra, al hombre sometida apenas; y las riquezas de los climas todos, América, del sol joven esposa, del antiguo oceano hija postrera en su seno feraz cría y esmera.
4.
El anauco
El anauco
Irrite la codicia por rumbos ignorados a la sonante Tetis y bramadores austros; el pino que habitaba del Betis fortunado las márgenes amenas vestidas de amaranto, impunemente admire los deliciosos campos del Ganges caudaloso, de aromas coronado. Tú, verde y apacible ribera del Anauco, para mí más alegre, que los bosques idalios y las vegas hermosas de la plácida Pafos, resonarás continuo con mis humildes cantos; y cuando ya mi sombra sobre el funesto barco visite del Erebo los valles solitarios, en tus umbrías selvas y retirados antros erraré cual un día, tal vez abandonando la silenciosa margen de los estigios lagos. La turba dolorida de los pueblos cercanos evocará mis manes con lastimero llanto; y ante la triste tumba, de funerales ramos vestida, y olorosa con perfumes indianos, dirá llorando Filis: «Aquí descansa Fabio» . ¡Mil veces venturoso! Pero, tú, desdichado, por bárbaras naciones lejos del clima patrio débilmente vaciles al peso de los años. Devoren tu cadáver los canes sanguinarios que apacienta Caribdis en sus rudos peñascos; ni aplaque tus cenizas con ayes lastimados la pérfida consorte ceñida de otros brazos.
5.
La oración por todos
La oración por todos
I Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora de la conciencia y del pensar profundo: cesó el trabajo afanador y al mundo la sombra va a colgar su pabellón. Sacude el polvo el árbol del camino, al soplo de la noche; y en el suelto manto de la sutil neblina envuelto, se ve temblar el viejo torreón. ¡Mira su ruedo de cambiante nácar el occidente más y más angosta; y enciende sobre el cerro de la costa el astro de la tarde su fanal. Para la pobre cena aderezado, brilla el albergue rústico; y la tarda vuelta del labrador la esposa aguarda con su tierna familia en el umbral. Brota del seno de la azul esfera uno tras otro fúlgido diamante; y ya apenas de un carro vacilante se oye a distancia el desigual rumor. Todo se hunde en la sombra; el monte, el valle, y la iglesia, y la choza, y la alquería; y a los destellos últimos del día, se orienta en el desierto el viajador. Naturaleza toda gime: el viento en la arboleda, el pájaro en el nido, y la oveja en su trémulo balido, y el arroyuelo en su correr fugaz. El día es para el mal y los afanes. ¡He aquí la noche plácida y serena! El hombre, tras la cuita y la faena, quiere descanso y oración y paz. Sonó en la torre la señal: los niños conversan los niños conversan con espíritus alados; y los ojos al cielo levantados, invocan de rodillas al Señor. Las manos juntas, y los pies desnudos, fe en el pecho, alegría en el semblante, con una misma voz, a un mismo instante, al Padre Universal piden amor. Y luego dormirán; y en leda tropa, sobre su cuna volarán ensueños, ensueños de oro, diáfanos, risueños, visiones que imitar no osó el pincel. Y ya sobre la tersa frente posan, ya beben el aliento a las bermejas bocas, como lo chupan las abejas a la fresca azucena y al clavel. Como para dormirse, bajo el ala esconde su cabeza la avecilla, tal la niñez en su oración sencilla adormece su mente virginal. ¡Oh dulce devoción que reza y ríe! ¡De natural piedad primer aviso! ¡Fragancia de la flor del paraíso! ¡Preludio del concierto celestial! II Ve a rezar, hija mía. Y ante todo, ruega a Dios por tu madre: por aquella que te dio el ser, y la mitad más bella de su existencia ha vinculado en él; que en su seno hospedó tu joven alma, de una llama celeste desprendida; y haciendo dos porciones de la vida, tomó el acíbar y te dio la miel. Ruega después por mí, más que tu madre lo necesito yo... Sencilla, buena, modesta como tú, sufre la pena, y devora en silencio su dolor. A muchos compasión, a nadie envidia, la vi tener en mi fortuna escasa. Como sobre el cristal la sombra, pasa sobre su alma el ejemplo corruptor. No le son conocidos...¡ni lo sean a ti jamás! ... los frívolos azares de la vana fortuna, los pesares ceñudos que anticipan la vejez; de oculto oprobio el torcedor, la espina que punza a la conciencia delincuente, la honda fiebre del alma, que la frente tiñe con enfermiza palidez. Mas yo la vida por mi mal conozco, conozco el mundo, y sé su alevosía; y tal vez de mi boca oirás un día lo que valen las dichas que nos da. Y sabrás lo que guarda a los que rifan riquezas y poder, la urna aleatoria, y que tal vez la senda que a la gloria guiar parece, a la miseria va. Viviendo, su pureza empaña el alma, y cada instante alguna culpa nueva arrastra en la corriente que la lleva con rápido descenso al ataúd. La tentación seduce; el juicio engaña; en los zarzales del camino, deja alguna cosa cada cual: la oveja su blanca lana, el hombre su virtud. Ve, hija mía, a rezar por mí, al cielo pocas palabras dirigir te baste; "Piedad, Señor, al hombre que criaste; eres Grandeza; eres Bondad; ¡perdón! Y Dios te oirá que cuál del ara santa sube el humo a la cúpula eminente, sube del pecho cándido, inocente, al trono del Eterno la oración. Todo tiende a su fin: a la luz pura del sol, la planta; el cervatillo atado, a cervatillo atado, a la libre montaña; el desterrado, al caro suelo que lo vió nacer; y la abejilla en el frondoso valle, de los nuevos tomillos al aroma; y la oración en alas de paloma a la morada del Supremo Ser. Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego, soy como el fatigado peregrino, que su carga a la orilla del camino deposita y se sienta a respirar; porque de tu plegaria el dulce canto alivia el peso a mi existencia amarga, y quita de mis hombros esta carga, que me agobia de culpa y de pesar. Ruega por mí, y alcánzame que vea, en esta noche de pavor, el vuelo de un ángel compasivo, que del cielo traiga a mis ojos la perdida luz. Y pura finalmente, como el mármol que se lava en el templo cada día, arda en sagrado fuego el alma mía, como arde el incensario ante la cruz. III Ruega, hija, por tus hermanos, los que contigo crecieron, y en un mismo seno exprimieron, y un mismo techo abrigó. Ni por los que te amen sólo el favor del cielo implores; por justos y pecadores, Cristo en la cruz expiró. Ruega por el orgulloso que ufano se pavonea, y en su dorada librea, funda insensata altivez; y por el mendigo humilde que sufre el ceño mezquino de los que beben el vino porque le dejen la hez. Por el que de torpes vicios sumido en profundo cieno, hace aullar el canto obsceno de nocturna bacanal. Y por la velada virgen que en su solitario lecho con la mano hiriendo el pecho, reza el himno sepulcral. Por el hombre sin entrañas, en cuyo pecho no vibra una simpática fibra al pesar y a la aflicción. Que no da sustento al hambre, ni a la desnudez vestido, ni da la mano al caído, ni da a la injuria perdón. Por el que en mirar se goza su puñal de sangre rojo, buscando el rico despojo, o la venganza cruel. Y por el que en vil libelo destroza una fama pura, y en la aleve mordedura escupe asquerosa hiel. Por el que surca animoso la mar de peligros, llena; por el que arrastra cadena, y por su duro señor. Por la razón que leyendo, en el gran libro, vigila; por la razón que vacila: por la que abraza el error. Acuérdate en fin, de todos los que penan y trabajan; y de todos los que viajan por esa vida mortal. Acuérdate aun del malvado que a Dios blasfemando irrita. La oración es infinita: nada agota su caudal. IV ¡Hija! reza también por los que cubre la soporosa piedra de la tumba, profunda sima adonde se derrumba la turba de los hombres mil a mil: abismo en que se mezcla polvo a polvo, y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja de que el añoso bosque Abril despoja, mezclar la suya otro y otro Abril. Arrodilla, arrodíllate en la tierra donde segada en flor yace mi Lola, coronada de angélica aureola; do helado duerme cuanto fue mortal; donde cautivas almas piden preces que las restauren a su ser primero, y purguen las reliquias del grosero vaso, que las contuvo, terrenal. ¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes, y cien apariciones peregrinas, sacuden retozando tus cortinas: travieso enjambre, alegre, volador. Y otra vez a la luz abres los ojos, al mismo tiempo que la aurora hermosa abre también sus párpados de rosa, y da a la tierra el deseado albor. ¡Pero esas pobres almas!...¡si supieras que sueño duermen!... su almohada es fría; duro su lecho; angélica armonía no regocija nunca su prisión. No es reposo el sopor que las abruma; para su noche no hay albor temprano; y la conciencia, velador gusano, les roe inexorable el corazón. Una plegaria, un solo acento tuyo, hará que gocen pasajero alivio, y de que luz celeste un rayo tibio logre a su oscura estancia penetrar; que el atormentador remordimiento una tregua a sus víctimas conceda, y del aire, y el agua, y la arboleda, oigan el apacible susurrar. Cuando en el campo con pavor secreto la sombra ves, que de los cielos baja, la nieve que las cumbres amortaja, y del ocaso el tinte carmesí: en las quejas de aura y de la fuente ¿no te parece que una voz retiña? una doliente retiña? una doliente voz que dice: "Niña, cuándo tú reces, ¿rezarás por mí?" Es la voz de las almas. A los muertos que oraciones alcanzan, no escarnece el rebelado arcángel, y florece sobre su tumba perennal tapiz. Más ¡ay! los que yacen olvidados cubren perpetuo horror, hierbas extrañas ciegan su sepultura; a sus entrañas ¡árbol funesto enreda la raíz! Y yo también, (no dista mucho el día) huésped seré de la morada oscura, y el ruego invocaré de un alma pura, que a mi largo penar consuelo dé. Y dulce entonces me será que vengas, y para mí la eterna paz implores, y en la desnuda loza esparzas flores, simple tributo de amorosa fe. ¿Perdonarás a mi enemiga estrella, si disipadas fueron una a una las que mecieron tu mullida cuna esperanzas de alegre porvenir? Sí, le perdonarás; y mi memoria te arrancará una lágrima, un suspiro que llegue hasta mi lóbrego retiro, y haga mi helado polvo rebullir.
6.
Las ovejas
Las ovejas
«¿Líbranos de la fiera tiranía de los humanos, Jove omnipotente ¡una oveja decía, entregando el vellón a la tijera? que en nuestra pobre gente hace el pastor más daño en la semana, que en el mes o el año la garra de los tigres nos hiciera. Vengan, padre común de los vivientes, los veranos ardientes; venga el invierno frío, y danos por albergue el bosque umbrío, dejándonos vivir independientes, donde jamás oigamos la zampoña aborrecida, que nos da la roña, ni veamos armado del maldito cayado al hombre destructor que nos maltrata, y nos trasquila, y ciento a ciento mata. Suelta la liebre pace de lo que gusta, y va donde le place, sin zagal, sin redil y sin cencerro; y las tristes ovejas ¡duro caso! si hemos de dar un paso, tenemos que pedir licencia al perro. Viste y abriga al hombre nuestra lana; el carnero es su vianda cuotidiana; y cuando airado envías a la tierra, por sus delitos, hambre, peste o guerra, ¿quién ha visto que corra sangre humana? en tus altares? No: la oveja sola para aplacar tu cólera se inmola. él lo peca, y nosotras lo pagamos. ¿Y es razón que sujetas al gobierno de esta malvada raza, Dios eterno, para siempre vivamos? ¿Qué te costaba darnos, si ordenabas que fuésemos esclavas, menos crüeles amos? Que matanza a matanza y robo a robo, harto más fiera es el pastor que el lobo» . Mientras que así se queja la sin ventura oveja la monda piel fregándose en la grama, y el vulgo de inocentes baladores ¡vivan los lobos! clama y ¡mueran los pastores! y en súbito rebato cunde el pronunciamiento de hato en hato el senado ovejuno «¡ah!» dice, «todo es uno».
7.
Miserere
Miserere
¡Piedad, piedad, Dios mío! ¡Que tu misericordia me socorra! Según la muchedumbre de tus clemencias, mis delitos borra. De mis iniquidades lávame más y más; mi depravado corazón quede limpio de la horrorosa mancha del pecado. Porque, Señor, conozco toda la fealdad de mi delito, y mi conciencia propia me acusa y contra mí levanta el grito. Pequé contra Ti solo; a tu vista obré mal; para que brille tu justicia, y vencido, el que te juzgue tiemble y se arrodille. Objeto de tus iras nací, de iniquidades mancillado, y en el materno seno cubrió mi ser la sombra del pecado. En la verdad te gozas y para más rubor y más afrenta, tesoros me mostraste de oculta celestial sabiduría. Pero con el hisopo me rociarán, y ni una mancha leve tendré ya; lavárasme, y quedaré más blanco que la nieve. Sonarán tus acentos de consuelo y de paz en mis oídos, y celeste alegría conmoverá mis huesos. Aparta, pues, aparta tu faz, ¡oh, Dios!, de mi maldad horrenda rastro de culpa por tu enojo encienda. En mis entrañas cría un corazón que con ardiente afecto te busque; un alma pura, enamorada de lo justo y recto. De tu dulce presencia, en que al lloroso pecador recibes, no me arrojes airado ni de tu santa inspiración me prives. Restáurame en tu gracia, que es del alma salud, vida y contento; y al débil pecho infunde de un ánimo real el noble aliento: haré que el hombre injusto de su razón conozca el extravío; le mostraré tu senda, y a tu ley santa volverá al impío. Mas líbrame de sangre, ¡mi Dios, mi Salvador! ¡Inmensa fuente de piedad! Y mi lengua loará tu justicia eternamente. Desatarás mis labios, si santo un pecador que llora alcanza, y gozosa a las gentes anunciará mi lengua tu alabanza. Que si víctima fueran gratas a Ti, las inmolará luego; pero no es sacrificio que te deleita el que consume el fuego. Un corazón doliente es la expiación que a tu justicia agrada: la víctima que aceptas es un alma contrita y humillada. Vuelve a Sión tu benigno rostro primero y tu piedad amante y sus muros humilde Jerusalén, Señor, al fin levante. Y de puras ofrendas se colmarán tus aras y propicio recibirás un día el grande inmaculado sacrificio.
8.
Rubia
Rubia
¿Sabes, rubia, qué gracia solicito cuando de ofrendas cubro los altares? No ricos muebles, no soberbios lares, ni una mesa que adule al apetito. De Aragua a las orillas un distrito que me tribute fáciles manjares, do vecino a mis rústicos hogares entre peñascos corra un arroyito. Para acogerme en el calor estivo, que tenga una arboleda también quiero, do crezca junto al sauce el coco altivo. ¡Felice yo si en este albergue muero; y al exhalar mi aliento fugitivo, sello en tus labios el adiós postrero!
Frases para reflexionar
« El campo da al hombre la salud del cuerpo y la paz del alma. »
« Cuidar la lengua común es defender el vínculo sagrado de nuestros pueblos. »
Algunos libros de poesía de Andrés Bello:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: