« Yo os amaba con tanta ternura, como Dios os conceda que seáis amada por otro: la suprema generosidad del amor. »
Aleksandr Pushkin
Siglo de Oro de la Poesía Rusa (1799 - 1837)El sol de la poesía rusa y padre de su literatura moderna, autor de Eugenio Oneguin, El jinete de bronce y poemas líricos de insuperable belleza.
Vida
Con sangre aristocrática y un bisabuelo príncipe de origen africano, Aleksandr Pushkin fue el rebelde supremo de las letras rusas. Sus versos satíricos contra la tiranía enfurecieron tanto a los zares que sufrió destierros, vigilancia policial y la censura personal del mismísimo emperador.
De carácter volcánico y orgullo indomable, participó en casi treinta duelos de honor por apuestas y asuntos amorosos. Lamentablemente, esa temeridad le costó la vida a los 37 años, al caer mortalmente herido en un tiroteo en la nieve defendiendo la reputación de su esposa.
Poemas de Aleksandr Pushkin
1.
A
A
A... (Kern)* Recuerdo aquel instante prodigioso en el que apareciste frente a mí, lo mismo que una efímera visión igual que un genio de belleza pura. En mi languidecer sin esperanza, en las zozobras del ruidoso afán, tu tierna voz se oyó en mi largo tiempo y soñaba con tus divinos rasgos. Transcurrieron los años. La agitada tormenta dispersó los viejos sueños y al olvido entregué tu tierna voz así como tus rasgos celestiales. En cautiverio oscuro y tenebroso mis días en silencio se arrastraban, sin la deidad y sin la inspiración, sin lágrimas, sin vida, sin amor. Mas ahora que el despertar llegó a mi alma, y de nuevo apareces ante mí, lo mismo que una efímera visión igual que un genio de belleza pura. Y el corazón me late arrebatado porque en él nuevamente resucitan La inspiración y la divinidad y la vida, y el llanto y el amor. *Anna Pyetróvna Kem (1800-1879) Versión de Eduardo Alonso Duengo
2.
¡Adiós mujer oriental amada!
¡Adiós mujer oriental amada!
¡Adiós mujer oriental amada! Poco faltó y contra mi extravagancia, el hábito que me dicta todo o nada casi me arrastra a las estepas, a la errancia detrás de las huellas de tu carreta. Tienes rasgados los ojos, la naricita rara, la frente amplia, no balbuceas en francés tus antojos, los pies no aprietas con seda, y junto al samovar, a la inglesa, no sirves el té, ni las galletas, no suspiras por poetas de moda, Shakespeare no te inquieta, no te abrumas de melancolía cuando la cabeza se queda vacía, no tarareas ma dov' é, el baile último no conoces... Algo ocurrió conmigo, apenas media hora, mientras alistaban los caballos, la mente y el corazón los llenaba tu belleza agreste, tus ojos. ¿No es igual amigo mío: extraviar al alma, ociosa entre espejos brillantes, en un teatro que huir por la estepa, nómada? 1829 Versión de Rubén Flórez Arcila
3.
Apuro sediento tu tierno gemido
Apuro sediento tu tierno gemido
Apuro sediento tu tierno gemido... Apuro sediento tu tierno gemido, tu intimidad que me embriaga y ardiente, la lengua del dulce deseo, pasión cuyo vino no sacia. Pero corta con ese relato, oculta, calla tu sueño: su llama que quema yo temo, tengo miedo de saber tu secreto. 1828 Versión de Rubén Flórez Arcila
4.
Bajo el cielo de azul de su tierra nativa
Bajo el cielo de azul de su tierra nativa
Bajo el cielo de azul de su tierra nativa... Bajo el cielo azul de su tierra nativa languidecía ella, se agostaba...* Al fin se marchitó, y ya de seguro su joven sombra sobre mí volaba; Nos separa una línea infranqueable. En vano el sentimiento desperté. Su muerte oí de un labio indiferente y con indiferencia la escuché. ¡Y mi alma la amó con tanto fuego, con una turbación tan dolorosa, con tanto sufrimiento y extravío, con tortura tan tierna y angustiosa! ¿Qué se hicieron la pena y el cariño? Ni reproches me quedan ya ni llanto para rememorar su sombra crédula ni la dulce memoria de los días pasados. *El poema se refiere a Arnalia Riznich, muerta en Italia en 1825 y destinataria de algunos de los más hermosos poemas pushkinianos. Versión de Eduardo Alonso Duengo
5.
Como fui en otro tiempo, así soy ahora
Como fui en otro tiempo, así soy ahora
Como fui en otro tiempo, así soy ahora... Tel j'étais autrefois et el je suis encore André Chenier Como fui en otro tiempo, así soy ahora, descuidado, amoroso. Bien sabéis, mis amigos, si puedo una belleza mirar sin conmoverme, sin tímida ternura, sin emoción secreta. ¿Jugó poco el amor, acaso, en mi existencia? ¿Bastante no luché cual joven gerifalte en la red traicionera tendida por la Cipria?* Pero aún no escarmentado por centenas de ofensas, ante otros nuevos ídolos elevo mis plegarias... *Afrodita Versión de Eduardo Alonso Duengo
6.
Del Céfiro nocturno
Del Céfiro nocturno
Del céfiro nocturno... Del céfiro nocturno éter fluye. Bulle, huye el Guadalquivir. Salió la luna dorada, ¡silen...! ¡chis!... guitarra al son. La española enamorada se ha asomado a su balcón. Del céfiro nocturno éter fluye. Bulle, huye el Guadalquivir. ¡Quítate, ángel, la mantilla! ¡Cual claro día muéstrate! ¡Por la férrea barandilla enseña el divino pie! Del céfiro nocturno éter fluye. Bulle, huye el Guadalquivir. Versión de Eduardo Alonso Duengo
7.
El cantor
El cantor
¿Echasteis la voz nocturna junto al soto del cantor del amor, del cantor de su pena? en la hora matutina, cuando callan los campos y el son triste y sencillo de la zampoña suena, ¿no la habéis escuchado? ¿Hallasteis en la yerma oscuridad boscosa al cantor del amor, al cantor de su pena? ¿Notasteis su sonrisa, la huella de su llanto, su apacible mirada, de melancolía llena? ¿No lo habéis encontrado? ¿Suspirasteis atentos a la voz apacible del cantor del amor, del cantor de su pena? Cuando visteis al joven en medio de los bosques, al cruzar su mirada sin brillo con la vuestra, ¿no habéis suspirado? Versión de Eduardo Alonso Duengo
8.
El prisionero
El prisionero
Estoy entre rejas en húmeda celda. Criada en cautiverio, un águila joven, mi triste compaña, batiendo sus alas, junto a la ventana su pitanza pica. La pica, la arroja, mira la ventana, como si pensara lo mismo que yo. Sus ojos me llaman y su griterío, y proferir quiere: ¡Alcemos el vuelo! ¡Tú y yo somos libres como el viento, hermana! Huyamos, es hora, do blanquea entre nubes la montaña y brilla de azul la marina, donde paseemos sólo el viento. ..¡y yo! Versión de Eduardo Alonso Duengo
9.
Fue en su patria, bajo aquel cielo azul
Fue en su patria, bajo aquel cielo azul
Fue en su patria, bajo aquel cielo azul... Fue en su patria, bajo aquel cielo azul ella, la marchita rosa... Al fin murió, un hálito eras tú, sombra adolescente que nadie toca; pero una línea hay entre nosotros, es un abismo. Intenté, en vano, avivar mi sentimiento: la muerte dijeron los labios con oscuro cinismo, y, yo la atendí indiferente. A quién amé entonces con alma fervorosa, a quién le di mi amor en vilo, con tanta infinita, amante tristeza, con callado martirio, con delirio. ¿Qué fue del amor y la pena? Ay en el alma mía para la ingenua, la pobre sombra, para el feliz recuerdo de los perdidos días, no tengo lágrimas, ni música que la nombra. 1826 Versión de Rubén Flórez Arcila
10.
Se apagó el astro del día
Se apagó el astro del día
Se apagó el astro del día... Se apagó el astro del día; el mar azul cubrió la niebla de la tarde. ¡Restallad, restallad, dóciles velas! ¡Encréspate a mis pies, lúgubre océano! Contemplo las orillas apartadas, el mágico confín del mediodía; Voy hacia él con emoción y angustia, embelesado por recuerdos tantos... siento que afloran lágrimas de nuevo hasta los ojos, y me hierve el alma y deja de alentar; en torno mío Un sueño familiar revolotea. Recuerdo mi amor loco del pasado, todo cuando sufrí y cuanto fue bueno, torturador engaño de esperanza y deseo... ¡Restallad, restallad, dóciles velas! ¡Encréspate a mis pies, lúgubre océano! Vuela, bajel, condúceme a lejanos parajes, al capricho de los mares, engañosos, mas no a las tristes costas de mi brumosa patria, de mi tierra donde por vez primera mis sentidos ardieron inflamados de pasión, donde las tiernas musas me sonrieron en secreto, donde entre tempestades Se marchitó temprano mi perdida juventud, donde alígera alegría me traicionó, y el corazón helado entregó al sufrimiento. En búsqueda de nuevas sensaciones de vosotros huí, paternos lares, de vosotros, alumnos del deleite, efímeros amigos de mi efímera juventud; y vosotras, confidentes de mis pecaminosos extravíos, a quienes sin amor sacrificara reposo, gloria, libertad y alma, y vosotras, a quienes he olvidado, jóvenes traicioneras, misteriosas amigas de mi áurea primavera, y vosotras, a quienes he olvidado... Pero del corazón la antigua herida, la honda llaga de amor, nada curó... ¡Restallad, restallad, dóciles velas! ¡Encréspate a mis pies, lúgubre océano! Versión de Eduardo Alonso Duengo
11.
Terminó el día lluvioso; de la lluviosa noche
Terminó el día lluvioso; de la lluviosa noche
Terminó el día lluvioso; de la lluviosa noche... Terminó el día lluvioso; de la lluviosa noche la sombra el cielo cubre con plomizo vestido. Lo mismo que un espectro, detrás de la pineda, la luna, rodeada de niebla, ha aparecido. Todo inspira en mi alma una angustia sombría. Allá lejos la luna brilla en pleno fulgor; allá el aire rezuma tibieza vespertina, allá la mar agita su manto de esplendor bajo el azul del cielo. Es el momento: ahora va ella por el monte a las costas hundidas por las ruidosas olas. Allá, bajo unas peñas escondidas, ahora está ella sentada, entristecida y sola. Sola... delante de ella ninguno llora o sufre, sus rodillas de besos nadie en éxtasis cubre. Sola... sin que a los labios de amante alguno entregue ni hombros, ni húmedos labios, ni sus senos de nieve. De su amor celestial ninguno es digno. ¿No es Cierto? Sola estás... lloras... yo estoy tranquilo. Pero si... Versión de Eduardo Alonso Duengo
12.
Todo lo sacrifico a tu memoria
Todo lo sacrifico a tu memoria
Todo lo sacrifico a tu memoria... Todo lo sacrifico a tu memoria: los acentos de la lira inspirada, el llanto de una joven abrasada, el temblor de mis celos. De la gloria el brillo, y mi destierro tenebroso, lo bello de mis claros pensamientos y la venganza, sueño tormentoso de mis encarnizados sufrimientos. Versión de Eduardo Alonso Duengo
13.
Ya vague por las calles bulliciosas
Ya vague por las calles bulliciosas
Ya vague por las calles bulliciosas... Ya vague por las calles bulliciosas, ya penetre en el templo populoso, ya me rodeen alocados jóvenes, en mis ensueños sigo estando absorto. Me digo: pasarán raudos los años y por muchos que aquí nos encontremos, todos iremos a la eterna fosa y para alguno ya llegó su tiempo. Cuando contemplo el roble solitario, este patriarca de los bosques -pienso- sobrevivió al cruel siglo de mis padres y sobrevivirá a este siglo nuestro. Cuando acaricio a una tierna criatura pienso que es hora ya de despedirme: te cedo el puesto, florecer te toca, y para mí ya es hora de pudrirme. Cada día que pasa, cada hora, me he acostumbrado a ejercitar la mente, e intento adivinar cuál de entre ellos será el aniversario de mi muerte. Y ¿dónde me enviará la muerte el Hado? ¿En la guerra, en la mar, como viajero? ¿O si acaso será, el valle vecino el que reciba mis helados restos? Y aunque para mi cuerpo inanimado dónde se descomponga igual le sea, yo, más cercano a mi solar querido, de ser posible, reposar quisiera. Y que a la entrada misma de mi tumba una juvenil vida jugar pueda, y que Naturaleza indiferente con su eterna hermosura resplandezca. Versión de Eduardo Alonso Duengo
14.
Yo la amé
Yo la amé
Yo la amé... Yo la amé, y ese amor tal vez, está en mi alma todavía, quema mi pecho. Pero confundirla más, no quiero. Que no le traiga pena este amor mío. Yola amé. Sin esperanza, con locura. Sin voz, por los celos consumido; la amé, sin engaño, con ternura, tanto, que ojalá lo quiera Dios, y que otro, amor le tenga como el mío. 1829 Versión de Rubén Flórez Arcila
Frases para reflexionar
« Las ilusiones de la juventud son como el rocío que el sol de mediodía evapora. »
« La poesía es la patria inmortal de la libertad cuando las cárceles callan al pueblo. »
Algunos libros de poesía de Aleksandr Pushkin:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: