« Todo pasa: sólo el arte robusto alcanza la eternidad; el busto sobrevive a la ciudad caída. »
Théophile Gautier
Parnasianismo Francés (1811 - 1872)Líder del esteticismo y del principio de «El arte por el arte» (L'art pour l'art), maestro de la perfección escultórica en Esmaltes y camafeos.
Vida
Joven rebelde del París decimonónico, empezó estudiando pintura antes de volcarse por completo en la literatura y el periodismo cultural. En 1830 desató un auténtico escándalo al presentarse en el estreno teatral de Víctor Hugo con un chaleco rojo chillón y una melena desafiante, capitaneando la ruidosa vanguardia de los jóvenes románticos contra los clásicos.
Más adelante, cansado del sentimentalismo exagerado de su tiempo, formuló la influyente doctrina de «el arte por el arte», defendiendo que la belleza no tiene por qué ser útil ni moral. En obras como «Esmaltes y camafeos», talló versos tan perfectos y deslumbrantes que parecían esculturas pulidas en mármol por un orfebre genial.
Poemas de Théophile Gautier
1.
A una joven italiana
A una joven italiana
Aquel mes de febrero tiritaba en su albura de la escarcha y la nieve; azotaba la lluvia con sus rachas el ángulo de los negros tejados; tú decías: ¡Dios mío! ¿Cuándo voy a poder encontrar en los bosques las violetas que quiero? Nuestro cielo es llorón, en las tierras de Francia la estación es friolera como si aún fuera invierno, y se sienta a la lumbre; París vive entre fango cuando en tan bellos meses ya Florencia desgrana sus tesoros que adorna un esmalte de hierba. Mira, el árbol negruzco su esqueleto perfila; se engañó tu alma cálida con su dulce calor; no hay violetas excepto en tus ojos azules, y no hay más primavera que tu rostro encendido. Versión de Carlos Pujol
2.
El arte
El arte
Sí, es más bella la obra trabajada con formas más rebeldes, como el verso, o el ónice o el mármol o el esmalte. ¡Huyamos de postizas sujeciones! Pero acuérdate, oh Musa, de calzar, un estrecho coturno que te apriete. Rehúye siempre cualquier ritmo cómodo como un zapato demasiado grande en el que todo pie puede meterse. Y tú, escultor, rechaza la blandura del barro al que el pulgar puede dar forma, mientras la inspiración flota lejana; es mejor que te midas con carrara o con el paros * duro y exigente, que custodian los más puros contornos; o pídele quizá a Siracusa su bronce en que resalta firmemente el rasgo más altivo y delicioso; con la delicadeza de tu mano descubre dibujando en una veta de ágata el perfil del dios Apolo. Huye, pintor, de la acuarela y fija el color demasiado desvaído en el horno de los esmaltadores. Haz que sean azules las sirenas y retuerzan de cien modos distintos los heráldicos monstruos sus figuras; en el lóbulo triple de su nimbo, la Virgen con el Niño, en cuya mano hay la esfera con una cruz encima. Todo pasa. Tan sólo el arte fuerte posee la eternidad. Únicamente el busto sobrevive a la ciudad. Y la moneda rústica y austera que un labriego ha encontrado bajo tierra, recuerda que existió un emperador. Hasta los mismos dioses al fin mueren. Mas los versos perfectos permanecen y duran más que imágenes de bronce. Artista, esculpe, lima o bien cincela; que se selle tu sueño fluctuante en el bloque que opone resistencia.
3.
El hipopótamo
El hipopótamo
El hipopótamo de vientre enorme suele vivir en selvas como Java, y allí en el fondo de las cuevas hay monstruos que no se pueden ni soñar. La boa que se agita entre silbidos, el tigre que tan bien sabe rugir, el búfalo enfadado que resopla; él sólo duerme o pace siempre en calma. El kris y la azagaya no le asustan, contempla al hombre sin darse a la huida, se ríe del cipayo y de sus balas que no hieren su piel y que rebotan. Por eso yo soy como el hipopótamo; me protege mi fuerte convicción, armadura que me hace invulnerable, y así por el desierto ando sin miedo.
4.
El traje rosa
El traje rosa
Adoro la túnica rosa en que va tu hermosura envuelta; es el tibor de tu garganta; es de tu cuerpo ánfora esbelta. Frágil como una rosa thé, leve como un ala de abeja, toda te ciñe y te circunda con rauda caricia bermeja. A la seda tu piel trasmite sus estremecimientos cálidos: a tu piel la seda devuelve reflejo de carmines pálidos. -¿ Quién urdió la mágica tela con hilos de tu carne misma, en un misterio donde suman luz, seda y piel un móvil prisma? -¿Son los iris de la alborada; o los nácares de Afrodita; o los rubíes de tu seno lo que en tu clámide se agita? -¿Quizá las hebras se tiñeron en tus corales de pudor, cuando desnuda contemplabas de tus líneas el esplendor? Tú, despojada de esos velos -soñada encarnación del arte- ser podrías ante Canova cual otra Venus Bonaparte. No sé si eres urna de ónice donde ávidos goces van presos, o si lo que tu cuerpo ciñe es una túnica de besos. Versión de Carlos López Narváez
5.
Humo
Humo
Bajo los árboles hay una choza corcovada; con el tejado vencido, rotas paredes y musgo en el umbral de la puerta. Ciega está por sus postigos la ventana, pero igual que cuando hace mucho frío se ve como un tibio aliento de la casa que respira. Un tirabuzón de humo gira en hilillos azules y así del alma encerrada en aquel tugurio lleva noticias frescas a Dios.
6.
Las palomas
Las palomas
En el collado aquel de los sepulcros una palmera y su penacho verde se yerguen donde acuden las palomas a anidar por la noche y guarecerse. Con el alba desertan de las ramas: como un collar que se desgrana, vemos -blancas, dispersas, en el aire azul- que algún tejado buscan aún más lejos. Todas las noches es un árbol mi alma donde se posan con las alas trémulas enjambres blancos de visiones locas para echar a volar cuando clarea. Versión de Carlos Pujol
7.
Lied
Lied
Es rosada la tierra en el abril, como la juventud, como el amor; y casi no se atreve, siendo virgen, a enamorarse de la Primavera. En junio, con un pálido semblante y el corazón turbado de deseos, con el Verano de tostada piel se apresura a ocultarse en los trigales. En agosto, bacante color cobre, al Otoño le ofrece sus dos pechos, con su piel atigrada se revuelca y hace brotar la sangre de las vides. En diciembre es la anciana que se encorva, empolvada de blanco por la escarcha; en sus sueños quisiera despertar al Invierno que ronca junto a ella. Versión de Carlos Pujol
8.
Lo que dicen las golondrinas
Lo que dicen las golondrinas
Aquí y allá se ven las secas hojas sobre campos de hierba amarillenta; desde el alba a la noche el viento es fresco, éste es el fin del tiempo de verano. Veo abrirse las flores que conserva el jardín como un último tesoro: quiere lucir la dalia su divisa, la maravilla su dorada toca. La lluvia en el estanque hace burbujas; y tienen conciliábulos extraños las golondrinas sobre los tejados: ¡Ya ha llegado el invierno con sus fríos! Se reúnen por cientos con el fin de llegar a un acuerdo sobre su éxodo. Una dice: «Qué bien se está en Atenas, viéndolo todo desde la muralla. Todos los años voy allí y anido en metopas del mismo Partenón. En los frisos mi nido disimula el hueco de una bala de cañón.» Otra dice: «Yo tengo mi cuartito en Esmirna, en el techo de un café; sus granos de ámbar cuentan los hayíes en el umbral que recalienta el sol. Entro y salgo, avezada como estoy a los rubios vapores de las pipas, y entre mares humosos rozo siempre los turbanes y feces al pasar.» ésta dice: «Yo habito en un triglifo, en el frontón de un templo, allá en Baalbek; allí me poso y me sujeto, encima de mis crías de pico puntiagudo.» Otra dice: «Sabed mi dirección: Rodas, palacio de los caballeros; cada invierno mi tienda se alza allí en capiteles de negros pilares.» Y la quinta: «Yo voy a descansar, pues la edad no permite largos vuelos, en las blancas terrazas que hay en Malta, entre el azul del agua y el del cielo.» La sexta: «¡Hay que ver qué bien se está en El Cairo y sus altos minaretes! Recubro con el barro un ornamento y mi cuartel de invierno ya está listo.» «Pues yo tengo mi nido», dice la última «donde está la segunda catarata; el exacto lugar está indicado en el psen de un monarca de granito». «Mañana cuántas leguas», dicen todas, «nuestra bandada habrá dejado atrás, pardas llanuras, picos blancos, mares azules con bordados espumosos». Entre tanto chillido y aleteo, sobre estrechas cornisas de la altura, conversan entre sí las golondrinas viendo cómo la herrumbre invade el bosque. Comprendo las palabras que se dicen porque al fin el poeta es como un pájaro; pero, ay, está cautivo, y sus impulsos se rompen contra redes invisibles. ¡Alas quiero tener, dadme unas alas!, como dice aquel cántico de Rückert, para volar con ellas hacia el oro del sol, hacia la primavera verde.
9.
Paisaje
Paisaje
No se mueve ni una hoja, no hay ni un pájaro que cante, sobre el rojizo horizonte de vez en cuando un relámpago; a un lado algunos espinos, surcos a medio anegar, lienzos grises de murallas, sauces nudosos plegados; al otro un campo limita una zanja llena de agua, y hay una vieja cargada con un fardo muy pesado; luego el camino se pierde entre colinas azules, y lo mismo que una cinta se alarga en pliegues sinuosos.
10.
Pastel
Pastel
No me canso de veros en los marcos ovales, amarillos retratos de beldades de antaño en la mano unas rosas quizá ya un poco pálidas, como es propio de flores de cien años atrás. El invierno al rozar vuestras frescas mejillas marchitó lo que en ellas era lirio y clavel, ahora sólo lucís algún lunar de barro, y aquí estáis en los muelles, ensuciados, manchados. Aquel dulce reinado de las bellas pasó; tanto la Parabère como la Pompadour * sólo indóciles súbditos hoy tendrían tan sólo, y en sus mismos sepulcros también yace el amor. Pero, oh viejos retratos olvidados, aún os conmueve aspirar vuestra flor sin perfume, y podéis sonreír, melancólicamente recordando a galanes hace un siglo difuntos. Versión de Carlos Pujol
11.
Soneto japonés
Soneto japonés
Por subrayar, glorioso, de tu frente la albura el Japón dio a tus ojos su más límpido añil; la porcelana blanca no tiene la blancura de tu cuello tan suave como terso marfil. En tu rostro sedátil suave lampo fulgura; es tu voz como el eco de las auras de abril, y cuando te levantas, sonriendo, en mi negrura eres luna de nácar que me alumbra sutil. Hay núbiles anhelos en tu mirar de raso; tu boca tiene púrpura de nubes en ocaso y es tu nariz risueña la de gentil musmé. Pareces una frágil sombrilla japonesa y cerca de ti aspiro, mi lánguida princesa, algo tan dulce y raro como el olor del té. Versión de Carlos Pujol
12.
Tristeza en mar
Tristeza en mar
Vuelan como jugando las gaviotas; y los blancos corceles de la mar, encabritados sobre el oleaje, sus despeinadas crines dan al aire. Cae la tarde y una fina lluvia apaga las hogueras de la noche; a su paso el vapor escupe hollín y abate su penacho largo y negro. Más pálido que el cielo sin color, me dirijo a la tierra del carbón, donde reinan la niebla y el suicidio; -Hace un tiempo ideal para matarse. Siento ahogarse mis ávidos deseos en el abismo amargo que blanquea; se arremolina el agua, danza el barco, el viento cada vez se hace más fresco. ¡Está tan dolorida el alma mía! El océano se hincha, suspirando, y su desesperado pecho me parece como un amigo fiel que me comprende. ¡Penas de amor perdidas, adelante, esperanzas truncadas, ilusiones apeadas de alturas ideales, podéis saltar hasta los surcos húmedos! ¡Id al mar, sufrimientos del pasado que volvéis nuevamente para hurgar en vuestras cicatrices mal cerradas intentando otra vez que lloren sangre! Id al mar los fantasmas de mis sueños, congojas de mortales palideces en este corazón con siete espadas como lleva la Madre dolorosa. Cada fantasma se sumerge y lucha durante unos momentos con el agua que lo cubre al final de su voluta y lo engulle lanzando un gran sollozo. ¡Oh, pesado equipaje, lastre de alma, tesoros miserables y queridos hundíos y después de este naufragio yo mismo os seguiré al fondo del mar!
13.
Último deseo
Último deseo
Último deseo Hace ya tanto tiempo que te adoro, dieciocho años atrás son muchos días... eres de color rosa, yo soy pálido, yo soy invierno y tú la primavera. Lilas blancas como en un camposanto en torno de mis sienes florecieron, y pronto invadirán todo el cabello enmarcando la frente ya marchita. Mi sol descolorido que declina al fin se perderá en el horizonte, y en la colina fúnebre, a lo lejos, contemplo la morada que me espera. Deja al menos que caiga de tus labios sobre mis labios un tardío beso, para que así una vez esté en mi tumba, en paz el corazón pueda dormir. Versión de Carlos Pujol
Frases para reflexionar
« El arte no debe servir a nada salvo a la suprema conquista de la belleza. »
« La dificultad vencida con primor es la que confiere valor imperecedero a la obra. »
« Dejar de amar a una mujer es tanto como odiarla violentamente. »
« De todas las ruinas del mundo, la del hombre es, indudablemente, el más triste espectáculo. »
« El amor es como la fortuna; no le gusta que vayan detrás. »
« El corazón es el único instrumento que, aún destrozado, trabaja. »
« El efecto de toda civilización llevada al extremo es la sustitución del espíritu por la materia y de la idea por la cosa. »
« Nada es más bello que lo que no sirve para nada. »
« Siempre han prevalecido los prudentes sobre los audaces. »
« Vistas las cosas en la cámara oscura del recuerdo, toman un relieve singular. o Todo parece más encantador cuando lo vemos a distancia, y las cosas toman un relieve singular cuando se observa en la cámara oscura del recuerdo. »
« Creemos en la autonomía del arte… Todo artista que se propone otra cosa que no sea lo bello no es, a nuestros ojos. un artista; jamás pudimos comprender la separación entre la idea y la forma… Una forma bella es una bella idea, porque , ¿qué sería una forma que no expresara nada? [...] El arte no es en absoluto el fruto de las costumbres. el arte nada tiene que ver con la moral… Yo renunciaría con gusto a mis derechos de francés y de ciudadano por ver un cuadro auténtico de Rafael o una hermosa mujer desnuda... Todo pasa: sólo el arte robusto es eterno. »
« Para Théophile Gautier el arte no es un medio sino un fin, un fin en sí mismo. »
Algunos libros de poesía de Théophile Gautier:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: