« El ave canta aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas. »
Salvador Díaz Mirón
1853–1928Precursor del modernismo mexicano · Lascas
Vida
Este poeta mexicano tuvo una existencia tan volcánica como apasionada, combinando su talento literario con una puntería letal. Hombre de temperamento explosivo e indomable, se batió en sonados duelos a pistola, mató a un rival en una trifulca callejera y pasó varios años encarcelado en la temida prisión de San Juan de Ulúa.
Entre los barrotes de la celda no se rindió: pulió obsesivamente cada uno de sus versos hasta conseguir una perfección técnica deslumbrante en su obra cumbre, «Lascas». Su carácter rebelde y su estilo enérgico fascinaron a poetas jóvenes como Rubén Darío, quien vio en él a uno de los grandes pioneros del Modernismo.
Poemas de Salvador Díaz Mirón
1.
A berta
A berta
Ya que eres grata como el cariño ya que eres bella como el querub, ya que eres blanca como el armiño, ¡sé siempre ingenua, sé siempre tú! El torpe engaño que el vicio fragua nunca se aviene con la virtud. ¡Sé transparente como es el agua, como es el aire, como es la luz Que tu palabra -dulce armonía que tu alma exhala como un laúd, como una alondra que anuncia el día presa en la sombra que flota aún- sea un arroyo sereno y puro do, al inclinarme como un saúz, mire las guijas del fondo oscuro y las estrellas del cielo azul.
2.
A blanca
A blanca
¡Tu belleza mirífica no asoma y en éxtasis escucho tu voz clara, que llega del jardín cual un aroma, pero cual un aroma que cantara! ¡Endulzas con tu acento un mar de acíbar y en éxtasis escucho tu voz clara, que viene de un amor, cual un almíbar, pero cual un almíbar que cantara!
3.
A déltima
A déltima
Vuelve a mí la odorífera corola y acoge la oblación de mis gorjeos, ¡oh tú, la rosa mística, la sola flor viva del jardín de mis deseos! Tu esencia, en que mi anhelo se sacia, es tu cáliz nítido, que adoro, gota de miel en ánfora de gracia, grano de mirra en incensario de oro. A ti van los suspiros y las quejas del nostálgico mal que me consume. Las ansias de mi afán son las abejas y tú eres la dulzura y el perfume. * * * Mas estas notas que mi angustia exhala son las últimas ¡ay! que habré de darte... Son los batidos lúgubres del ala de la ilusión que se despide y parte. ¡Mujer, entre mi afecto y tu cariño hay un abismo que mi orgullo ensancha, y sé que tu virtud es un armiño que no consiente ni soporta mancha! ¡Altivez infernal! ¡Deber penoso! ¡Escollos de dolor en nuestra vía...! ¡Yo no puedo sin mengua ser tu esposo y tú no puedes con honor ser mía! * * * ¡Oh memoria... gloriosa infortunada, llévame hacia el edén que mi alma quiso! ¡Oh mi pobre pasión... Eva enlutada, toma con el recuerdo al paraíso! ¡Anda! ¡Riega y evoca con tu llanto tus agostadas primaveras puras, ángel apocalíptico en el santo valle de Josafat de las venturas! ¡Después... oh triste mártir que palpitas de nuevo bajo el paño de la muerte! ¡Noble Cristo interior que resucitas, huye del cautiverio de la suerte! ¡Rocío abrasador, quema mis ojos! ¡Lluvia de tempestad, inunda el suelo! ¡Plegaria funeral, ponte de hinojos! ¡Volcán, arroja tu erupción al cielo! ¡Oh, mi amor...! ¡Sal del féretro en que yaces! ¡Brota del corazón que has hecho trizas! ¡Sube a Dios, fénix ígneo que renaces cantando de tus mágicas cenizas!
4.
A ella
A ella
Semejas esculpida en el más fino hielo de cumbre sonrojado al beso del sol, y tienes ánimo travieso, y eres embriagadora como el vino. Y mientras: no imitaste al peregrino que cruza un monte de penoso acceso, y párase a escuchar con embeleso un pájaro que canta en el camino. Obrando tú como rapaz avieso, correspondiste con la trampa del trino, por ver mi pluma y torturarme preso. No así al viandante que se vuelve a un pino y párase a escuchar con embeleso un pájaro que canta en el camino.
5.
A gloria
A gloria
¡No intentes convencerme de torpeza con los delirios de tu mente loca! ¡Mi razón es al par luz y firmeza, firmeza y luz como el cristal de roca! ¡Semejante al nocturno peregrino mi esperanza inmortal no mira el suelo: no viendo más que sombra en el camino, sólo contempla el esplendor del cielo! ¡Vanas son las imágenes que entraña tu espíritu infantil, santuario oscuro! ¡Tu numen, como el oro en la montaña, es virginal y por lo mismo impuro! ¡A través de este vórtice que crispa, y ávido de brillar, vuelo o me arrastro, oruga enamorada de una chispa o águila seducida por un astro! ¡Inútil es que con tenaz murmullo exageres el lance en que me enredo: yo soy altivo, y el que alienta orgullo lleva un broquel impenetrable al miedo! Fiado en el instinto que me empuja desprecio los peligros que señalas. «¡El ave canta aunque la rama cruja: como que sabe lo que son sus alas!» Erguido bajo el golpe en la porfía me siento superior a la victoria. ¡Tengo fe en mí: la adversidad podría quitarme el triunfo pero no la gloria! ¡Deja que me persigan los abyectos! ¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume! ¡La flor en que se posan los insectos es rica de matiz y de perfume! ¡El mal es el teatro en cuyo foro la virtud, esa trágica, descuella: es la sibila de palabra de oro; la sombra que hace resaltar la estrella! ¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido será el fuego voraz que me consuma! ¡La perla brota del molusco herido y Venus nace de la amarga espuma1 Los claros timbres de que estoy ufano han de salir de la calumnia ilesos. Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan... ¡Mi plumaje es de ésos! ¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma crece en la orilla que el oleaje azota. ¡El mérito es el náufrago del alma: vivo se hunde, pero muerto, flota! ¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle! ¡Consuela el corazón del que te ama! Dios dijo al agua del torrente: ¡bulle!, y al lirio de la margen: ¡embalsama! ¡Confórmate, mujer! ¡Hemos venido a este valle de lágrimas que abate, tú como la paloma para el nido, y yo, como el león, para el combate1
6.
A m
A m
A M... ¿Detenerme? ¿Cejar? ¡Vana congoja! La cabeza no manda al corazón. Prohibe al aquilón que alce la hoja, no a la hoja que ceda al aquilón! ¡Cuando el torrente por los campos halla de pronto un dique que le dice: atrás, podrá saltar o desquiciar la valla pero pararse o recular... jamás! ¿Por qué te adoro y a tus pies me arrastro? ¿Por qué se obstinan en volverse así la aguja al norte, el heliotropo al astro, la llama al cielo y mi esperanza a ti?
7.
A margarita
A margarita
¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila bajo el dosel de tu melena blonda! ¡Qué abismo tan profundo tu pupila, pérfida y azulada como la onda! El fulgor soñoliento que destella en tus ojos donde hay siempre un reproche, viene cual la mirada de la estrella, de un cielo ennegrecido por la noche. ¡Tu rojo labio en que la abeja sacia su sed de miel, de aroma y embeleso, ha sido modelada por la gracia más para la oración que para el beso! ¡Tu voz que ora es aguda y ora grave, llena de gratitud suena en mi oído como el saludo arrullador del ave al sol naciente que despierta el nido! ¡La palabra mordaz y libertina, en tu boca, que el ósculo consume, es una flor de punzadora espina, pero que tiene un mágico perfume! ¡Tu discurso es amargo, licencioso y repugnante, pero extraño ejemplo!- tu acento es dulce, arrobador y uncioso, como el canto del órgano en el templo! ¡Tu lenguaje, a cuyo eco me emociono, lastima al mismo tiempo que recrea: es el salmo de un ángel por el tono y el alma de un demonio por la idea! ¡Tu mano esconde un cetro: el albo lirio, y fue tallada con primor no escaso más para la limosna y para el cirio que para la caricia y para el vaso! ¡Tu cuerpo...! ¡Qué a menudo la locura rasgó ante mí tus hábitos discretos, y tu estatuaria y lúbrica hermosura me reveló sus íntimos secretos! ¡Cuántas veces a la hora del tocado penetré hasta tu estancia encantadora! Y en un tibio misterio plateado por una claridad como de aurora, te hallé al salir del agua derramando un rocío de líquidos cambiantes -escultura de nieve, comenzando a deshelarse ya verter diamantes-. Y vi a la sierva que te adorna y peina ajustar con destreza cuidadosa tu magnífica túnica de reina a tu soberbia desnudez de diosa! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Qué miseria o qué afán o qué flaqueza te arrojó del Edén, Eva proscrita? ¿Qué Fausto asió tu virginal belleza y la acostó en el fango, Margarita? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Inexplicable suerte, buena y mala, la que a ti me llevó y a mí te trajo! ¡Nuestro insensato amor es una escala y por ella tú asciendes y yo bajo! ¡Oculta y sola, mi pasión huraña crece en mi corazón herido y yerto; oculta, como el cáncer en la entraña; sola, como la palma en el desierto!
8.
A piedad
A piedad
Llegas a mí con garbo presumido, tierna y gentil. ¡Cuán vario es el orgullo! Ostenta en el león crin y rugido, y en la paloma tornasol y arrullo. Brillas y triunfas, y a carnal deseo cierras la veste con seguro alarde, y en el fulgor de tu mirada veo sonreír al lucero de la tarde. Hay minutos de gracia, que suspenden el dolor con alivio soberano, que de la paz divina se desprenden para cruzar el infortunio humano. Virtud celeste a la miseria mía viene contigo, y en el antro asoma y entra y cunde como una melodía, como una claridad, como un aroma. Al triste impartes, como buena maga, tregua feliz, y en dulce desconcierto, bendigo por el bálsamo la llaga y amo por el oasis el desierto. Y me vuelvo a mi cítara y la enfloro y la pulso, y el son que arranco a ella se va, tinto en la púrpura y el oro del puesto sol, a la primera estrella.
9.
A ti
A ti
Portas al cuello la gentil nobleza del heráldico lirio; y en la mano el puro corte del cincel pagano; y en los ojos abismos de belleza. Hay en tus rasgos acritud y alteza, orgullo encrudecido en un arcano, y resulto en mi prez un vil gusano que a un astro empina la bestial cabeza. Quiero pugnar con el amor, y en vano mi voluntad se agita y endereza, como la grama tras el pie tirano. Humillas mi elación y mi fiereza; y resulto en mi prez un vil gusano que a un astro empina la bestial cabeza.
10.
A una dama
A una dama
Bailas por antojo que al mancebo engríe; y "escotada" luces dos hechizos fuera, y en el rubio monte de tu cabellera una flor de grana bruscamente ríe. ¡Pasas, huyes, tornas y el placer deslíe fósforo combusto que te pinta ojera, y tu maridazo mira errar la hoguera y nada barrunta que le contraríe! ¡Y en el rubio monte de tu cabellera una flor de grana bruscamente ríe!
11.
Al separarnos
Al separarnos
Nuestras dos almas se han confundido en la existencia de un ser común, como dos notas en un sonido, como dos llamas en una luz. Fueron esencias que alzó un exceso, que alzó un exceso de juventud, y se mezclaron, al darse un beso, en una estrella del cielo azul. Y hoy que nos hiere la suerte impía, nos preguntamos con inquietud: ¿cuál es la tuya? ¿cuál es la mía? Y yo no acierto ni aciertas tú.
12.
Canción medioeval
Canción medioeval
¡Oh tú la de crin rubia, luenga y rizada, que caída en torrente barre las losas, y que volando incita las mariposas, porque así luce aspecto de llamarada! Linajuda Regina que, por taimada, finges al viejo duque modelo a esposas, y de sus canas dices honestas cosas, más dignas de la espuma de una cascada. Ven y place al que tiene la voz dorada, y perennes ortigas y eternas rosas, y en el talón espuela y al cinto espada. No ignores que los himnos hacen las diosas. ¡Oh tú la de crin rubia, luenga y rizada, que caída en torrente barre las losas!
13.
Cleopatra
Cleopatra
La vi tendida de espaldas entre púrpura revuelta. Estaba toda desnuda, aspirando humo de esencias en largo tubo, escarchado de diamantes y de perlas. Sobre la siniestra mano apoyada la cabeza; y como un ojo de tigre, un ópalo daba en ella vislumbres de fuego y sangre el oro de su ancha trenza. Tenía un pie sobre el otro y los dos como azucenas; y cerca de los tobillos argollas de finas piedras, y en el vientre un denso triángulo de rizada y rubia seda. En un brazo se torcía como cinta de centellas, un áspid de filigrana salpicado de turquesas, con dos carbunclos por ojos y un dardo de oro en la lengua. A menudo suspiraba; y sus altos pechos eran cual blanca leche, cuajada dentro de dos copas griegas, y en alabastro vertida, sólida ya, pero aún trémula. ¡Oh! Yo hubiera dado entonces todos mis lauros de Atenas, por entrar en esa alcoba coronado de violetas, dejando ante los eunucos mis coturnos a la puerta.
14.
Con qué dolor
Con qué dolor
Con qué dolor, y válgame ser franco... ¡Con qué dolor, y válgame ser franco, trazo los versos que a mi lado impetras! Esta cuartilla de papel en blanco me parece una lápida sin letras. Tristísimo recuerdo me acongoja y pienso, visionario como un zafio, que escribo, no una endecha en una hoja, sino sobre un sepulcro un epitafio. No extrañes, no, que mi razón sucumba a esta ilusión que envuelve algo de cierto porque, ay, tu corazón es una tumba desde el instante en que tu amor fue un muerto. ¡Tu amor! Ve el mío que cual ámbar de oro paréceme que nunca se consume, que ni siquiera sufre deterioro aunque despida sin cesar perfume. Mas ¿a dónde me lleva mi extravío? Perdona a mi amargura ese reproche. Por ti puedo decir como el judío: ¡un ángel ha pasado por mi noche! Por ti en el molde general no cupe; quise ovaciones, codicié oropeles y en la tribuna y con la lira supe ganar aplausos y obtener laureles. Después... ¡mi gloria huyó con mi ventura y, como nube tenebrosa, el duelo ha cerrado en mi alma la abertura que daba grande y esplendente al cielo! Adiós. Dejo a tus plantas un gemido y retorno a la sombra más espesa pues vuelvo a la que reina en el olvido, y no hay otra tan negra como ésa.
15.
Confidencias
Confidencias
Una flor por el suelo, un cielo de hojas empapado en lloro y encima de ese cielo, el otro cielo lleno de luna y de brillantes y oro... Un arroyo que el aura acariciaba; un banco... sobre el banco así, como quien flota, se sentaba; y vestida de blanco, bella como un arcángel, me esperaba. Aún flotan en mis noches de desvelo con la luz de una luna como aquélla, el verde y el azul de cielo y cielo, y aura y arroyo y flor y banco y ella. ¿No te acuerdas, mujer, cuántos delirios yo me forjaba, junto a ti de hinojos, al resplandor de los celestes cirios, al resplandor de tus celestes ojos? ¿Te acuerdas, alma mía? ¡Entonces inocente me jurabas amor y yo podía besar tu corazón sobre tu frente! ¡Ayer, unos tras otros, mil delirios así pude fingirme; hoy no puede haber nada entre nosotros, hoy tú vas a casarte... y yo a morirme! ¡Y tanto sol y porvenir dorado, tanto cielo soñado, en una inmensa noche se derrumba! ¡Hoy me dijiste tú: no hay esperanza; hoy te digo: en paz goza; y, en mi tumba, mañana me dirás: en paz descansa! Nueva York, 1876
16.
Consonancias
Consonancias
A M...* Tu traición justifica mi falsía aunque lo niegues con tu voz de arrullo; mi amor era muy grande, pero había algo más grande que mi amor, mi orgullo. Calla, pues. Ocultemos nuestro duelo, la queja es infecunda y nada alcanza; agonicemos contemplando el cielo ya que el cielo es nuestra única esperanza. No creas que este mal decrezca y huya: cada vez menos parco y más despierto imperará en mi vida y en la tuya «como reina el león en el desierto». Los años rodarán en el abismo sin que recobres la perdida calma. ¡Tú siempre llevarás, como yo mismo, un cadáver en lo íntimo del alma! El tiempo no es el médico discreto que, por medio del fórceps del olvido, saca del fondo de la entraña el feto muerto allí como el pájaro en su nido. *Matilde Saulnier
17.
Copo de nieve
Copo de nieve
Para endulzar un poco tus desvíos fijas en mí tu angelical mirada y hundes tus dedos pálidos y fríos en mi oscura melena alborotada. ¡Pero en vano, mujer! No me consuelas. Estamos separados por un mundo. ¿Por qué, si eres la nieve, no me hielas? ¿Por qué, si soy el fuego, no te fundo? Tu mano espiritual y transparente, cuando acaricia mi cabeza esclava, es el copo glacial sobre el ardiente volcán cubierto de ceniza y lava.
18.
Date lilia
Date lilia
¡Clava en mí tu pupila centellante en donde el toque de la luz impresa brilla como una chispa de diamante engastada en una húmeda turquesa! ¡Tal fulgura una perla de rocío en el esmalte azul de una corola! ¡Tal radia en el crepúsculo sombrío la estrella del amor, pálida y sola! Deja que ruede libre tu cabello como la linfa que desborda el cauce, para que caiga en torno de tu cuello como el follaje alrededor del sauce; para que flote, resplandor de aurora sobre tu rostro que el sonrojo empaña como esas tintas con que el sol colora la nieve que circunda la montaña; para que al soplo de mi aliento vuele y tu ígneo labio, cuya esencia adoro, ría a través cual la amapola suele, roja y vivaz, en el trigal de oro. ¡Habla! ¡Mas sólo de placer! Exhala el arrullo nupcial de la paloma! ¡Fuera el temor! ¡La rosa de Bengala no tiene espinas, mas tampoco aroma! Tu acento de sirena me embelesa... Tu palabra es miel híblea derramada... Tu boca, que cerrada es una fresa, se abre como se parte una granada. Pero guardas silencio y te estremeces. ¿Por qué te aflige la mundana insidia? ¡Consuélate pensando que los jueces que nos condenen, nos tendrán envidia! ¿No me oyes? ¿Cuál ha sido nuestra falta? ¿Es culpable la sed que apura el vaso? ¿Comete un crimen el raudal que salta cuando halla un dique que le corta el paso? ¿Por qué triste y glacial como la muda estatua del dolor bajas la vista, mientras tu mano anuda y desanuda las puntas del pañuelo de batista? ¿Por que esa gota en que expiró un reproche corre por tu mejilla ruborosa corno un hilo de aljófar de la noche por un tímido pétalo de rosa? ¿Por qué tu pecho en que el candor anida tiembla con ansia cual batiendo el vuelo palpita el ala de la garza herida que pugna en vano por alzarse al cielo? ¡Ya está, vamos! ¡Que cese tu quebranto! ¡Alza tu bella cabecita rubia, quiero ver tu sonrisa entre tu llanto como un rayo de sol entre la lluvia! La palma vuelve su cogollo espeso a aspirar aire con gentil donaire y ebria de amor en el festín del beso, estalla en flores, perfumando el aire. ¡Imita al árbol del desierto! ¡Sacia tu afán de dicha y que tu canto vibre! ¡Ave María, en plenitud de gracia: joven, hermosa, idolatrada y libre!
19.
Dedicatoria
Dedicatoria
Cuanto en mí vierte luz y armonía ha nacido a tus besos de miel; yo soy bardo y tribuno, alma mía, porque tú eres aliento y laurel. Si he lanzado una piedra a los cielos, si fui cruel, no me guardes rencor; confesando que ha sido por celos, harto digo que fue por amor. No te aflijas si el nauta suspira tanto nombre en las noches del mar; si son muchos los astros que mira, uno solo es la Estrella Polar. La esperanza, luchando y venciendo, me promete sin par galardón; ¡a ti vaya, sangrando y gimiendo, este libro, que es un corazón! Cuanto en mí vierte luz y armonía ha nacido a tus besos de miel; yo soy bardo y tribuno, alma mía, porque tú eres aliento y laurel.
20.
Dentro de una esmeralda
Dentro de una esmeralda
Junto al plátano sueltas, en congoja de doncella insegura, el broche al sayo. La fuente ríe, y en el borde gayo atisbo el tumbo de la veste floja. Y allá, por cima de tus crenchas, hoja que de vidrio parece al sol de mayo, toma verde la luz del vivo rayo, y en una gema colosal te aloja. Recatos en la virgen son escudos; y echas en tus encantos, por desnudos, cauto y rico llover de resplandores. Despeñas rizos desatando nudos; y melena sin par cubre primores y acaricia con puntas pies cual flores.
21.
Deseos
Deseos
¡Yo quisiera salvar esa distancia, ese abismo fatal que nos divide, y embriagarme de amor con la fragancia mística y pura que tu ser despide! ¡Yo quisiera ser uno de los lazos con que decoras tus radiantes sienes! ¡Yo quisiera, en el cielo de tus brazos, beber la gloria que en tus labios tienes! ¡Yo quisiera ser agua y que en mis olas, que en mis olas vinieras a bañarte, para poder, como lo sueño a solas, a un mismo tiempo por doquier besarte! ¡Yo quisiera ser lino, y en tu pecho, allá en las sombras, con ardor cubrirte, temblar con los temblores de tu pecho y morir del placer de comprimirte1 ¡Oh, yo quisiera mucho más! ¡Quisiera llevar en mí, como la nube, el fuego; mas no, como la nube en su carrera, para estallar y separarnos luego! ¡Yo quisiera en mí mismo confundirte, confundirte en mí mismo y entrañarte; yo quisiera en perfume convertirte, convertirte en perfume y aspirarte! ¡Aspirarte en un soplo como esencia, y unir a mis latidos tus latidos, y unir a mi existencia tu existencia, y unir a mis sentidos tus sentidos1 ¡Aspirarte en un soplo del ambiente, y así verter sobre mi vida en calma, toda la llama de tu pecho ardiente y todo el éter de lo azul de tu alma! ¡Aspirarte mujer... de ti llenarme, y en ciego y sordo y mudo constituirme, y ciego, y sordo y mudo, consagrarme al deleite supremo de sentirte y a la suprema dicha de adorarte!
22.
Despedida al piano
Despedida al piano
Tristes los ojos, pálido el semblante, de opaca luz al resplandor incierto, una joven con paso vacilante su sombra traza en el salón incierto. Se sienta al piano: su mirada grave fija en el lago de marfil que un día aguardó el beso de su mano suave para rizarse en olas de armonía. Agitada, febril, con insistencia evoca al borde del teclado mismo, a las hadas que en rítmica cadencia se alzaron otra vez desde el abismo. Ya de Mozart divino ensaya el estro, de Palestrina el numen religioso, de Weber triste el suspirar siniestro y de Schubert el canto melodioso. -¡Es vano! -exclamó la joven bella, y apagó en el teclado repentino su último son, porque sabía ella que era inútil luchar contra el destino. -Adiós -le dice-, eterno confidente de mis sueños de amor que el tiempo agota, tú que guardabas en mi edad riente para cada ilusión alguna nota; hoy mudo estás cuando tu amiga llega, y al ver mi triste corazón herido, no puedes darme lo que Dios me niega: ¡la nota del amor o del olvido!
23.
El arroyo
El arroyo
No descansas jamás... y alegre y puro, murmurador y manso, corriendo vas sobre tu cauce duro... ¡Yo también como tú corro y murmuro, yo también como tú jamás descanso! ¡Yo camino al vaivén de mis dolores, tú con ala de céfiro caminas, tú feliz más que yo, por entre flores, yo helado más que tú, por entre espinas! Tú pasas como sombra por el suelo, siempre en eterno viaje; vas a la mar con incesante anhelo, vienes del cielo en volador celaje y en un rayo de sol vuelves al cielo. ¡Yo voy... ¿dónde? No sé... voy arrastrando mi fe perdida y mi esperanza trunca, sombra de un alma entre la luz temblando y sin poder iluminarse nunca! Tú cumples con pasar... Yo, si te imito, no cumplo con vivir... por eso lloro, y en el infierno de mi afán me agito cuando ilumina con visiones de oro las sombras de mi lecho, el infinito. ¡En mi delirio ardiente sueño a mis pies el pedestal: la gloria me envuelve con su luz, y mi alma siente el fuego del aplauso en la memoria y la frialdad del túmulo en la frente! ¡Y luego, al despertar de mi locura, al volver de mi ardiente desvarío, desesperado en realidad oscura y agonizante de dolor, me río! Mas ¿qué importa? Sigamos, arroyuelo; el aura guarda para ti su anhelo si la borrasca en mi cerebro zumba... ¡Tú eres surco de cielo y yo surco de tumba! ¡A veces me imagino que en tu arrullo la voz de un ángel invisible canta; a veces me imagino que en mi orgullo la eternidad del genio se levanta! Delirios, ilusión de mis querellas, el último eco morirá en mi lira. ¡Yo paso como tú, fingiendo estrellas, átomo pensador que a todo aspira! Nacer, pensar, morir. ¡Oh suerte! ¡Oh suerte! ¡Para qué tanto afán, si en ese abismo de tinieblas polares, en la muerte, se ha de abismar el pensamiento mismo! ¡Nacer, pensar, morir! ¡Y en la existencia divinizada la impotente duda, y en el labio entreabierto de la ciencia una palabra muda! ¡Oh gentil arroyuelo cristalino! Quisiera, en tu camino, ser una flor abandonada y sola; rambla de arena en tu brillante cauce, sombra de un cisne, atravesar en tu ola, o en tu orilla temblar, sombra de un sauce; y0 quisiera ser tu brisa lisonjera, ser no más una gota de tu lodo, un eco de tu voz... porque quisiera, menos alma que piensa, serlo todo!
24.
En el álbum de la señorita ana markoe
En el álbum de la señorita ana markoe
Espléndida rosa de mágico prado que entreabre sus hojas al sol del amor, eso eres, Anita. Yo soy, a tu lado, la espina en la rosa, la nube en el sol. Dejé mis riberas, mi nido de palma, colgado de un árbol dejé mi rabel; tendí en el espacio las alas de mi alma y llego y murmuro mi nombre a tus pies. Es flor de los cielos la pálida estrella, es flor de las ondas la espuma del mar, es flor del recuerdo mi dulce querella, es flor que se muere si en tu alma no está.
25.
En el álbum de la señorita luz landero
En el álbum de la señorita luz landero
¡Tus trovas dejan profundos rastros... Son arroyuelos y ruiseñores: aves que trinan entre los astros y ondas que cantan entre las flores! ¡Nada conozco que inspire tanto como tus versos blondos y suaves, en que producen divino encanto flores y astros, ondas y aves! Pero la perla yace en las simas y la violeta bajo las frondas... ¡Cuán pocos saben que hay en tus rimas astros y flores, aves y ondas! ¡Rompe las nieblas que te circundan y sé la envidia de tus cantores, y en tierra y cielo vibren y cundan aves y astros, ondas y flores! ¡Muestre tu numen, cual luz disuelta, todos sus tonos: ya no lo escondas! ¡Canse los ecos tu voz, que suelta astros y aves, flores y ondas! ¡Llena estas hojas como alabastros, con tus arpegios arrolladores: aves que trinan entre los astros y ondas que cantan entre las flores!
26.
En el álbum de matilde
En el álbum de matilde
¡Si yo tuviera aliento como el águila que se remonta a la región azul, me elevaría a la mansión espléndida donde se sienta el Padre de la luz! Y postrado a sus pies como los ángeles que bendicen su altísima bondad, le pidiera la música del céfiro y el murmullo pacífico del mar; le pidiera la voz dulce y monótona del viento en la desierta soledad, y el gemido del aura melancólica cuando calma la ronca tempestad. Y le pidiera más: la voz magnífica y el arpa melodiosa de David; y mucho más: la inspiración profética, ¡y todo, todo, por cantarte a ti! Sí, por cantarte a ti, beldad seráfica, por cantarte, dulcísima mujer, aunque dejaras mi plegaria trémula en alas de la brisa perecer. Cuando tus ojos de paloma tímida se humedecen al tacto del dolor, y se desprende de ellos una lágrima que pasa y moja tu mejilla cándida, ¡me pareces un ángel del Señor! Y cuando miro tu cabello undívago de tus blancas espaldas en redor, cayendo como leve manto de ébano y sombreando tu semblante lánguido, ¡me pareces un ángel del Señor! Cuando te veo que la frente humillas balbuceando una mística oración, y empapadas en llanto tus mejillas, ¡me pareces un ángel de rodillas demandando con lágrimas perdón! ¿Lloras? ¿Acaso entre tu pecho gime tu leal e inocente corazón, o algún recuerdo de dolor le oprime? ¡Llora, sí, que llorando eres sublime, y aún eres más sublime en la oración!
27.
En un álbum
En un álbum
Dicen que el nauta que frecuenta el hielo del yermo boreal, venciendo el frío, recibe a veces de ignorado cielo una olorosa ráfaga de estío. ¡Qué beso el de tal hálito de paso! ¡Qué fruición! ¡Qué delicia! ¡Qué embeleso! ¡Sólo un beso de amor produce acaso mayor placer que semejante beso! Pues bien, yo experimento a tus miradas lo que en el polo el peregrino siente, cuando una de esas brisas perfumadas va de otro clima a acariciar su frente. En mi noche invernal, Dios ha querido que el resplandor de tus pupilas fuera un efluvio de rosas difundido en un rayo de sol de primavera.
28.
Engarce
Engarce
El misterio nocturno era divino. Eudora estaba como nunca bella, y tenía en los ojos la centella, la luz de un gozo conquistado al vino. De alto balcón apostrofóme a tino; y rostro al cielo departí con ella tierno y audaz, como con una estrella... !Oh qué timbre de voz trémulo y fino! ¡Y aquel fruto vedado e indiscreto se puso el manto, se quitó el decoro, y fue conmigo a responder a un reto! ¡Aventura feliz! La rememoro con inútil afán; y en un soneto monto un suspiro como perla en oro.
29.
Epístola
Epístola
A Déltima * Me hallo solo y estoy triste. Tu viaje -que no maldigo porque tú lo decidiste-, me hundió en la sombra. ¡Partiste, y la luz se fue contigo! ¡Somos, en este momento en que el afán nos consume, dos flores de sentimiento separadas por el viento y unidas por el perfume! ¡Ay de los enamorados que están en diversos puntos y viven -¡infortunados!- con los cuerpos apartados y los espíritus juntos! Pero el mal de que adolece nuestra pasión, que Dios veda, en ti mengua y en mí crece. ¡Aquél que se va padece menos que aquél que se queda! Sufres, pero no ha de ser cual tu ternura me avisa. Tu dolor ha de tener a menudo una sonrisa: ¡lo nuevo causa placer! Mas yo, pobre abandonado, no encuentro paz ni consuelo. Desde que te has alejado estoy ausente del cielo. ¡Sin duda te lo has llevado! Extrañarás que hable así, pero ¡qué quieres! te juro que no miento. Para mí, cuanto es halagüeño y puro empieza y termina en ti. Y fuera de ti, bien mío, la infinita creación no es más que un inmenso hastío: ¡el espantoso vacío del alma y del corazón! Tú resucitaste a un muerto. Yo era -¡recuerdo importuno!- algo monótono y yerto, tal como un campo desierto y sin accidente alguno. ¡Era un ente sin historia, una conciencia en asomo, cuando -¡esplendente memoria!- tu presencia hizo en mí como un cataclismo de gloria! Derramaste en mi existencia -en una mística esencia-, la desgracia y la ventura, el deleite y la tortura, la razón y la demencia. El ideal canta y gime: es un abrazo que oprime. Lo dichoso y lo funesto constituyen lo sublime. El amor está compuesto de todas las agonías, de todas las inquietudes, de todas las armonías, de todas las poesías y de todas las virtudes. Es el fanal y es la tea; es el hálito que orea y es el soplo que alborota; es la calma que recrea y es la tormenta que azota. Es un galvánico efecto; es lo rudo y es lo suave; es lo noble y es lo abyecto; es la flor y es el insecto; es el reptil y es el ave. Semejante al aluvión resulta de la fusión de la rastra y de la pluma, de la hez y de la espuma, del pétalo y del peñón. Tu belleza seductora dio un destello a mi ansia negra, como el rayo que colora pone en la nube que llora el arcoiris que alegra. Tu imagen grata y radiante fue un rápido meteoro: una hermosa estrella errante que abrió en mi noche incesante un ardiente surco de oro. ¡Lúgubre suerte me cabe, contemplar un ígneo rastro! ¡Infeliz de mí! ¡Quién sabe, si cuando el eclipse acabe, veré como antes el astro! *Déltima, anagrama de Matilde, amor del poeta por muchos años.
30.
Estrofas varias
Estrofas varias
A ti la de radiante y angélica hermosura, la rubia de ojos negros que lleva el traje azul, la del lunar lascivo junto a la boca pura, mujer hecha de aroma, música y de luz. * * * A la Sra. Sofía de González Llorca Voz que adoras me ruega que escriba aquí en esta hoja mi nombre manchado: ¡el atraiga y reciba de tus ojos el lustre dorado! * * * hurgo el arte que admiro y reverencio, y así doy con exégesis gloriosas que unir a la hermosura y el silencio de las calladas y divinas cosas. * * * El odio que alimentas no me extraña, sólo pagas rindiendo cual valiente el sentimiento indómito y ardiente que se retuerce en mi convulsa entraña. Por eso... en medio de mis odios te venero, por firme, por valiente, por sincero. * * * San Antonio y Cantoche son dos puntas que se presentan en la mente mía como dos manos que estuvieron juntas y se siguen buscando todavía. * * * Bendita tú, la del cantar que admiro, la que muestra una fe libre de peste, y en la pública fuente echa el zafiro, la gota azul, el talismán celeste. * * * En tu recado encontré ortográficos excesos; y no me explico por qué, al pedirme veinte besos, pusiste besos con pe.
31.
Idilio
Idilio
Idilio ( Fragmentos ) A tres leguas de un puerto bullente que a desbordes y grescas anima, y al que un tiempo la gloria y el clima adornan de palmas la frente, hay un agrio breñal, y en la cima de un alcor un casucho acubado, que de lejos diviso a menudo, y riéndose apoya un costado en el tronco de un mango copudo. Distante, la choza resulta montera con borla y al sesgo sobre una mollera. El sitio es ingrato, por fétido y hosco. El cardón, el nopal y la ortiga prosperan; y el aire trasciende a boñiga, a marisco y a cieno; y el mosco pulula y hostiga. La flora es enérgica para que indemne y pujante soporte la furia del soplo del Norte, que de octubre a febrero no es rara, y la pródiga lumbre febea, que de marzo a septiembre caldea. El Oriente se inflama y colora, como un ópalo inmenso en un lampo, y difunde sus tintes de aurora por piélago y campo. y en la magia que irisa y corusca, una perla de plata se ofusca. (...) * * * Y a la puerta del viejo bohío que oblicuando su ruina en la loma se recuesta en el árbol sombrío, una rústica grácil asoma, como una paloma. ¡Infantil por edad y estatura, sorprende ostentando sazón prematura; elásticos bultos de tetas opimas; y a juzgar por la equívoca traza, no semeja sino una rapaza que reserva en el seno dos limas! Blondo y grifo e inculto el cabello, y los labios turgentes y rojos, y de tórtola el garbo del cuello, y el azul de zafiro en los ojos. Dientes albos, parejos, enanos, que apagado coral prende y liga, que recuerdan, en curvas de granos, el maíz cuando tierno en la espiga. La nariz es impura, y atesta una carne sensual e impetuosa; y en la faz, a rigores expuesta, la nieve da en ámbar, la púrpura en rosa, y el júbilo es gracia sin velo, y en cada carrillo produce un hoyuelo. La payita se llama Sidonia; llegó a México en una barriga: en el vientre de infecta mendiga que, del fango sacada en Bolonia, formó parte de cierta colonia, y acabó de miseria y fatiga.(...) (...) La luz torna las aguas espejos; y en el mar sin arrugas ni ruidos reverbera con tales reflejos, que ciega, causando vahídos. El ambiente sofoca y escalda; y encendida y sudando, la chica se despega y sacude la falda, y así se abanica. Los guiñapos revuelan en hondas... La grey pace y trisca y holgando se tarda... y al amparo de umbráticas frondas la palurda se acoge y resguarda. Y un borrego con gran cornamenta y pardos mechones de lana mugrienta, y una oveja con bucles de armiño -la mejor en figura y aliño- se copulan con ansia que tienta. La zagala se turba y empina... y alocada en la fiebre del celo, lanza un grito de gusto y de anhelo... ¡Un cambujo patán se avecina! Y en la excelsa y magnífica fiesta, y cual mácula errante y funesta, un vil zopilote resbala tendido e inmóvil el ala.
32.
Infeliz el Cónyuge, ¡Ay del que se fíe!
Infeliz el Cónyuge, ¡Ay del que se fíe!
Infeliz el cónyuge, ¡ay del que se fíe de joven hermosa, dulce y hechicera en brazos de un mozo que apriete y porfíe! Ella dulcemente mueve la cadera, y él no mira cosa que la contraríe, y en los pardos bucles de la cabellera una flor de fuego bruscamente ríe. Y la esposa baila con los senos fuera y él no mira cosa que la contraríe, y en los pardos bucles de la cabellera una flor de fuego bruscamente ríe.
33.
La canción del paje
La canción del paje
Tan abierta de brazos como de piernas, tocas el arpa y ludes madera y oro. Dejo al mueble la plaza por el decoro y contemplo caricias a hurgarme tiernas. A tu ardor me figuras y subalternas en la intención del alma que bien exploro, y en el roce del cuerpo con el sonoro y opulento artefacto que mal gobiernas. Y tanto me convidas, que ya me infiernas; y refrenado y mudo finjo que ignoro, para que si hay ultraje no lo disciernas. Por fiel a un noble amigo pierdo un tesoro... Tan abierta de brazos como de piernas, tocas el arpa y ludes madera y oro.
34.
La cita
La cita
¡Adiós, amigo, adiós! ¡El sol se esconde, la luna sale de la nube rota, y Eva me aguarda en el estanque, donde el cisne nada y el nelombo flota! Voy a estrechar a la mujer que adoro. ¡Cuál me fascina mi delirio extraño! ¡Es el minuto del ensueño de oro de la cita del ósculo en el baño! ¡Es la hora en que los juncos oscilantes de la verde ribera perfumada se inclinan a besar los palpitantes pechos desnudos de mi dulce amada! ¡Es el momento azul en que la linfa tornasolada, transparente y pura, sube hasta el blanco seno de la ninfa como una luminosa vestidura! ¡Es el instante en que la hermosa estrella crepuscular se asoma con anhelo para ver a otra venus que descuella sobre el húmedo esmalte de otro cielo! ¡Es ya cuando las tórtolas se paran y se acarician en los mirtos rojos, y los ángeles castos se preparan a ponerse las manos en los ojos!
35.
La estrella mensajera
La estrella mensajera
Al fin te asomas entre las nubes, al fin te asomas y a verte voy... Estrella mía que a oriente subes ¿qué tal te ha ido de ayer a hoy? Toda la tarde lloviendo estuvo, toda la tarde, para mi mal, por las regiones del aire anduvo rodando nieblas el vendaval. ¡Ah, no es posible que yo te diga cuánto he sufrido, cuánto temí que no pudieras, mi dulce amiga, con este tiempo brillar aquí! Tú eres el solo consuelo mío, tú me recuerdas mi grato ayer, tú eres mi sueño, mi desvarío... Cuando me faltas no sé qué hacer. A tu destello se alzan dos frentes y se coronan de resplandor, tú eres la cita de los ausentes... ¡Yo te bendigo, cita de amor! Cuando no vienes, estrella, gimo; tú eres mi solo, mi solo bien, tú eres el beso que yo le imprimo todas las noches sobre la sien. Tu luz, calmando mi amargo duelo, dentro de mi alma se hace canción; tu luz, efluvio de flor de cielo, trasciende a esencia de corazón. * * * Dime, Lucero, tú que la viste, si la encontraste pensando en mí, si estaba alegre o estaba triste... Habla, Lucero... contesta, di. Habla, Lucero; tu voz escucho. ¿Acaso estaba durmiendo ya? ¿Acaso estaba soñando mucho? ¿Leyendo un libro de amor quizá? ¿Quizá en un claro del bosque umbrío cogiendo rosas para el placer o en la ventana mirando el río, mirando el río correr, correr? ¿Siguiendo la ola que en las riberas, que en las riberas parece hablar, y en las neblinas de las quimeras dejando su alma volar, volar? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cuando distantes los dos estemos y eche la sombra su gran capuz, allá en el éter nos juntaremos al par mirando la misma luz. Eso juramos cuando partiste, cuando el destino nos separó. Y hoy he sabido que no cumpliste... La misma estrella me lo contó.
36.
La giganta
La giganta
II ¡Cuáles piernas! Dos columnas de capricho, bien labradas, que de púas amarillas resplandecen espinosas, en un pórfido que finge la vergüenza de las rosas, por estar desnudo a trechos ante lúbricas miradas. Albos pies, que con eximias apariencias azuladas tienen corte fino y puro. ¡Merecieran dignas cosas! ¡En la Hélade soberbia las envidias de las diosas, o a los templos de Afrodita engreír mesas y gradas! ¡Qué primores! Me seducen; y al encéfalo prendidos, me los llevo en una imagen, con la luz que los proyecta y el designio de guardarlos de accidentes y de olvidos. Y con métrica hipertrofia, no al azar del gusto electa, marco y fijo en un apunte la impresión de mis sentidos, a presencia de la torre mujeril que los afecta.
37.
La nube
La nube
¿Qué te acongoja mientras que sube del horizonte del mar la nube, negro capuz? Tendrán por ella frescura el cielo, pureza el aire. verdor el suelo, matiz la luna. No tiembles. Deja que el viento amague y el trueno asorde y el rayo estrague campo y ciudad; tales rigores no han de ser vanos... ¡Los pueblos hacen con rojas manos la Libertad!
38.
Los parias
Los parias
¿Queréis que entre el arrullo de mis brazos tiemble el dormido corazón de Helena como entre sus asiáticas murallas y el vulnerable hijo de Peleo otra vez en su lecho halle al amigo por el que rugió hermoso? ¡Ay, quién pudiera con su soplo alentar tales prodigios y devolver la vida con su canto a quienes se mostraron por la tierra con tal deseo espléndido! Una aurora puedo mecer en vuestros corazones despertando la rosa en las mejillas de aquellos hechos, dando a sus miradas glaucos ojos y finas como liebres piernas aventureras que recorran con pasmo el verde mundo y, al regreso de sus trabajos, bellos cual conquistas de extraños soles, darles el acanto como fresco cojín de sus placeres. ¿Mas debe el hombre transmitir el culto de sus demencias? ¿Debe en sus delirios arrancar de la nada los secretos del caudaloso manantial antiguo sobre el cual las voraces primaveras desfilaron cual mármoles de sueño su gentil pubertad? Aquellos seres, aquellas enigmáticas hazañas, aquel juego de dioses sometidos Allá en el claro, cerca del monte bajo una higuera como un dosel, hubo una choza donde habitaba una familia que ya no es. El padre, muerto; la madre, muerta; los cuatro niños muertos también: él, de fatiga; ella de angustia; ¡ellos de frío, de hambre y de sed! Ha mucho tiempo que fui al bohío y me parece que ha sido ayer. ¡Desventurados! Allí sufrían ansia sin tregua, tortura cruel. Y en vano alzando los turbios ojos, te preguntaban, Señor, ¿por qué? ¡Y recurrían a tu alta gracia dispensadora de todo bien! ¡Oh Dios! Las gentes sencillas rinden culto a tu nombre y a tu poder: a ti demandan favores lo pobres, a ti los tristes piden merced; mas como el ruego resulta inútil pienso que un día, pronto tal vez no habrá miserias que se arrodillen, ¡no habrá dolores que tengan fe! Rota la brida, tenaz la fusta, libre el espacio ¿qué hará el corcel? La inopia vive sin un halago, sin un consuelo, sin un placer. ¡Sobre los fangos y los abrojos en que revuelca su desnudez, cría querubes para el presidio y serafines para el burdel! El proletario levanta el muro, practica el túnel, mueve el taller; cultiva el campo, calienta el horno, paga el tributo, carga el broquel; y en la batalla sangrienta y grande, blandiendo el hierro por patria o rey, enseña al prócer con noble orgullo ¡cómo se cumple con el deber! Mas, ¡ay! ¿qué logra con su heroísmo? ¿Cuál es el premio, cuál su laurel? El desdichado recoge ortigas y apura el cáliz hasta la hez. Leproso, mustio, deforme, airado soporta apenas la dura ley, y cuando pasa sin ver al cielo ¡la tierra tiembla bajo sus pies!
39.
Mística
Mística
Si en tus jardines, cuando yo muera, cuando yo muera, brota una flor; si en un celaje ves un lucero, ves un lucero que nadie vio; y llega un ave que te murmura, que te murmura con dulce voz, abriendo el pico sobre tus labios, lo que en tu tiempo te dije yo: aquel celaje y el ave aquella, y aquel lucero y aquella flor serán mi vida que ha transformado, que ha transformado la ley de Dios. Serán mis fibras con otro aspecto, ala y corola y ascua y vapor; mis pensamientos transfigurados: perfume y éter y arrullo y sol. Soy un cadáver, ¿cuándo me entierran? Soy un viajero, ¿cuándo me voy? Soy una larva que se transforma. ¿Cuándo se cumple la ley de Dios, y soy, entonces, mi blanca niña, celaje y ave, lucero y flor? Nueva York, 1876
40.
Mudanza
Mudanza
Ayer, el cielo azul, la mar en calma y el sol ignipotente y cremesino, y muchas ilusiones en mi alma y flores por doquier en mi camino. Mi vida toda júbilos y encantos, mi pecho rebosando de pureza, mi carmen pleno de perfume y cantos y muy lejos, muy lejos, la tristeza. Ayer, la inspiración rica y galana llenando mi cerebro de fulgores; y tú, sonriente y dulce en tu ventana, hablándome de dichas y de amores. Ayer, cuanto era luz y poesía, las albas puras y las tardes bellas henchidas de sutil melancolía, y las noches pletóricas de estrellas... Y hoy... la sombra y el ansia y el desierto, perdida la esperanza, y la creencia, y el amor en tu espíritu ya muerto, y sembrada de espinas la existencia.
41.
Música de schubert
Música de schubert
Crin que al aire te vuela, rizada y bruna, parece a mis ahogos humo en fogata; y del arpa desprendes la serenata divinamente triste, como la luna. Y del celo ardoroso despides una fragancia de resina; y él te dilata ojo que resplandece con luz de plata, como en la sombra el vidrio de la laguna. Mas tu marido llega, con su fortuna, nos dice dos lisonjas, va por su bata, y al dormido chicuelo besa en la cuna. Y mientras que te tiñes en escarlata, crin que al aire te vuela, rizada y bruna, parece a mis ahogos humo en fogata.
42.
Nox
Nox
Noy hay almíbar ni aroma como tu charla... ¿Qué pastilla olorosa y azucarada disolverá en tu boca su miel y su ámbar, cuando conmigo a solas ¡oh virgen! hablas? La fiesta de tu boda será mañana. A la nocturna gloria vuelves la cara, linda más que las rosas de la ventana; y tu guedeja blonda vuela en el aura y por azar me toca la faz turbada... La fiesta de tu boda será mañana. Un cometa en la sombra prende una cábala. Es emblema que llora, signo que canta. El astro tiene forma de punto y raya: representa una nota, pinta una lágrima. La fiesta de tu boda será mañana. En invisible tropa las grullas pasan, batiendo en alta zona potentes alas; y lúgubres y roncas gritan y espantan... ¡Parece que deploran una desgracia! La fiesta de tu boda será mañana. Nubecilla que flota, que asciende o baja, languidecida y floja, solemne y blanca, muestra señal simbólica de doble traza: ¡finge un velo de novia y una mortaja! La fiesta de tu boda será mañana. Junto al cendal que toma figura mágica, Escorpión interroga, mientras que su alfa es carmesí que brota, nuncio que sangra... ¡Y Amor y Duelo aprontan distintas armas! La fiesta de tu boda será mañana. ¡Ah! Si la tierra sórdida que por las vastas oquedades enrolla su curva esclava, diese fin a sus rondas y resultara desvanecida en borlas de tenue gasa... La fiesta de tu boda será mañana. El mar con débil ola tiembla en la playa, y no inunda ni ahoga pueblos, ni nada. Del fuego de Sodoma no miro brasa, y la centella es rota flecha en aljaba. La fiesta de tu boda será mañana. ¡Oh, Tirsa! Ya es la hora. Valor me falta; y en un trino de alondra me dejo el alma. Un comienzo de aurora tiende su nácar, y Lucifer asoma su perla pálida.
43.
Pepilla
Pepilla
Como viste ropaje tan leve me da pesadumbres, pues él filtra y enseña vislumbres de la carne de rosa y de nieve. ¡Y qué andar! La mocita se mueve con garbo de chula. Viene y va, y en la marcha modula un canto de líneas, y en las formas, apenas virgíneas, una gracia de sierpe le undula. Como el sándalo emite una esencia, la chica reboza acre aroma de opima y jugosa pubertad en febril abstinencia. Se revuelve con mucha violencia y a veces me humilla. Bien aprecia su gran pantorrilla y así, no le importa que propulse la falda ya corta y eche a vuelo por alto la orilla. Con sus ojos de ardiente demonio que ven al soslayo, quebrantara de un golpe de rayo la virtud de cualquier San Antonio. En la espuma del mar sacro al jonio deidad menos bella sacudió, remedando una estrella, el suelto y profuso y dorado borlón cuando impuso con el iris al nácar la huella. Si en celoso y colérico ensayo increpo y rezongo por traer al misterio del hongo flor triunfal en su pompa de mayo, la doncella me tira del sayo y a besos me aguisa; pero no sin mostrarse insumisa y osada y segura; y con timbre de plata murmura entre granas y perlas de risa: «Hembra linda no pierde la gloria por macho importuno: debe ser a los más y no a uno, esplendor y delicia y memoria. La hermosura inhonesta y notoria contenta el Destino, que quien hace con mágico tino labor esmerada, no la tiene para una mirada y un placer en el breve camino».
44.
¿Por qué?
¿Por qué?
Cuando a mis ojos tristes la alegre mariposa, como una flor errante discurre en el vergel, ¿por qué se me figura que es tu alma caprichosa que flota en la mañana y va de rosa en rosa bebiendo hasta saciarse rocío, esencia y miel? Cuando la tarde cae, cendal de color lila, y Véspero aparece en el etéreo tul, ¿por qué pienso en el nácar que irradia tu pupila y que es como una perla preciosa que cintila, expuesta en un destello sobre una concha azul? Cuando la noche llega y en sus tinieblas lloro, llamando a mí una dicha que para siempre huyó, ¿por qué miro en la sombra, blanca ilusión que adoro, tu cabecita alada, tu cabecita de oro, como uno de esos ángeles que Rafael soñó? Cuando entre la penumbra de las acacias veo cómo los fuegos fatuos saltan aquí y allí, ¿por qué, presa insensata de mi tenaz deseo, los sigo ansiosamente de tumba en tumba y creo que son tus pies de sílfide que danzan ante mí? Si la pasión que abrigo, doliente y sin consuelo, no ha de salvar la sima que media entre los dos, ¿por qué a ti se dirige mi inextinguible anhelo como la aguja al norte, como la llama al cielo, como la espira de humo del incensario a Dios?
45.
Rimas
Rimas
Al ver mi honda aflicción por tus desvíos, fijas en mi tu angelical mirada y hundes tus dedos pálidos y fríos en mi oscura melena alborotada. ¡Pero en vano, mujer! No me consuelas. Estamos separados por un mundo. ¿Por qué, si eres la nieve, no me hielas? ¿Por qué, si soy el fuego, no te fundo? Me aproximo... y te tiñes de escarlata y huyes... ¡oh niña pudorosa y bella! ¡Sensitiva que tiembla y se recata hasta de sospechar que pienso en ella! Te llamo, abro los brazos... y no vienes... inútilmente solicito y lloro. ¡Tú no alientas pasión! por eso tienes ojos de cielo y cabellera de oro. Tu mano espiritual y transparente, cuando acaricia mi cabeza esclava, es el copo glacial sobre el ardiente volcán cubierto de ceniza y lava. ¡Tu mano espiritual y transparente cuando acaricia mi cabeza esclava, es el copo glacial sobre el ardiente volcán cubierto de ceniza y lava.
46.
Vigilia y sueño
Vigilia y sueño
La moza lucha con el mancebo -su prometido y hermoso efebo- y vence a costa de un traje nuevo. Y huye sin mancha ni deterioro en la pureza y en el decoro, y es un gran lirio de nieve y oro. Y entre la sombra solemne y bruna, yerra en el mate jardín, cual una visión compuesta de aroma y luna. Y gana el cuarto, y ante un espejo, y con orgullo de amargo dejo, cambia sonrisas con un reflejo. Y echa cerrojos, y se desnuda, y al catre asciende blanca y velluda, y aún desvestida se quema y suda. Y a mal pabilo, tras corto ruego, sopla y apaga la flor de fuego, y a la negrura pide sosiego. Y duerme a poco. Y en un espanto, y en una lumbre, y en un encanto, forja un suceso digno de un canto. ¡Sueña que yace sujeta y sola en un celaje que se arrebola, y que un querube llega y la viola!
Frases para reflexionar
« Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos! »
Algunos libros de poesía de Salvador Díaz Mirón:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: