« En la bruma del norte cabalgan las valkirias buscando a los héroes caídos con honra. »
Ricardo Jaimes Freyre
1868–1933Modernismo boliviano · Castalia bárbara y mitología nórdica
Vida
Hijo de diplomáticos bolivianos, nació en el mar y vivió una existencia cosmopolita marcada por viajes continuos, cátedras universitarias y misiones políticas en Sudamérica. Junto a Rubén Darío fundó en Buenos Aires la histórica Revista de América, trinchera clave que encendió la revolución modernista en la lengua castellana.
Su poesía sorprendió a todos al sustituir los tópicos exóticos habituales por sombríos mitos nórdicos, poblando sus versos con guerreros vikingos, lobos feroces y el martillo del dios Thor. Creó un mundo gélido y misterioso con un ritmo hipnótico que rompió para siempre los moldes de la métrica tradicional.
Poemas de Ricardo Jaimes Freyre
1.
Aeternum vale
Aeternum vale
Un dios misterioso y extraño visita la selva. Es un dios silencioso que tiene los brazos abiertos. Cuando la hija de Thor espoleaba su negro caballo, le vio erguirse, de pronto, a la sombra de un añoso fresno. Y sintió que se helaba su sangre ante el dios silencioso que tiene los brazos abiertos. De la fuente de Imer, en los bordes sagrados, más tarde, la Noche a los dioses absortos reveló el secreto; El águila negra y los Cuervos de Odín escuchaban, y los Cisnes que esperan la hora del canto postrero; y a los dioses mordía el espanto de ese dios silencioso que tiene los brazos abiertos. En la selva agitada se oían extrañas salmodias; mecía la encina y el sauce quejumbroso viento; el bisonte y el alce rompían las ramas espesas, y a través de las ramas espesas huían mugiendo. En la lengua sagrada de Orga despertaban del canto divino los divinos versos. Thor, el rudo, terrible guerrero que blande la maza, -en sus manos es arma la negra montaña de hierro,- va a aplastar, en la selva, a la sombra del árbol sagrado, a ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos. Y los Dioses contemplan la maza rugiente, que gira en los aires y nubla la lumbre del cielo. Ya en la selva sagrada no se oyen las viejas salmodias, ni la voz amorosa de Freya cantando a lo lejos; agonizan los Dioses que pueblan la selva sagrada, y en la lengua de Orga se extinguen los divinos versos. Solo, erguido a la sombra de un árbol, hay un Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
2.
Amor de otoño
Amor de otoño
(fragmento) ¡Un sol de otoño, señora mía Un sol de otoño que envidiaría la primavera del Mediodía. También los valles visten de fiesta cuando sus rayos doran la cresta de la cercana colina enhiesta; cuando se esparcen por la campiña, sobre las ramas en donde apiña su ardiente fruto la fresca viña; cuando en las frondas el viento ruge, gime y jadea, y al rudo empuje la frágil rama vacila y cruje. A nuestras plantas, que van inciertas y al azar cruzan calles desiertas, se precipitan las hojas muertas. Pasó la suave melancolía de la mañana. ¡Ved qué alegría flota en el aire, señora mía! ¡Naturaleza tres veces santa ¡Himno de fuego que el sol levanta y amor que en todas las cosas canta: Amor... ¿Oísteis...? Amor. ¿Acaso no véis cómo arde todo a su paso? Amor de otoño que huye el ocaso. Dejad, señora, que un breve instante pose mis labios, como un amante, en el extremo de vuestro guante. Como un amante que ve de hinojos la maravilla de vuestros ojos, de vuestros labios frescos y rojos; como un amante que fuera un niño que pide, en premio de su cariño, la flor que adorna vuestro corpiño. ¡Si me la diérais...! ¡Quién sabe...! Un día tal vez formase la gloria mía, pues como un niño la guardaría. ¿Dudáis? No en vano mi labio jura, júroos, señora, que mi ventura fue una caricia fugaz y pura. Tan fugaz, tanto, que no soy dueño de su memoria, y es grave empeño saber si todo no ha sido un sueño. Y nada, acaso, más hondamente que ese recuerdo turba mi mente, hiere mis ojos, nubla mi frente... (Ved ese palio de enredaderas: sus blancas flores son las postreras y en ellas viven las primaveras; bajo sus hojas el sol no brilla; ofrece un tronco rústica silla. Cerrad, si os place, vuestra sombrilla.) Caricia..., sueño... La historia es breve... Mas, ¡quien a hablaros de amor se atreve si en él es fuego y en vos es nieveI Frío de nieve pasa por esos labios inmóviles, nido de besos por repentinos desdenes presos... Jamás, señora, la ley se infringe; pasión, desvíos o celos finge, pero su enigma guarda la Esfinge. Y hasta hoy la clave no he descubierto, y ya mi barca se acerca al puerto... las playas solas... el mar desierto...
3.
El alba
El alba
Las auroras pálidas, que nacen entre penumbras misteriosas, y enredados en las orlas de sus mantos llevan jirones de sombra, iluminan las montañas, las crestas de las montañas rojas; bañan las torres erguidas, que saludan su aparición silenciosa, con la voz de sus campanas soñolienta y ronca; ríen en las calles dormidas de la ciudad populosa, y se esparcen en los campos donde el invierno respeta las amarillentas hojas. Tienen perfumes de Oriente las auroras; los recogieron al paso, de las florestas ocultas de una extraña Flora. Tienen ritmos y músicas armoniosas, porque oyeron los gorjeos y los trinos de las aves exóticas. Su luz fría, que conserva los jirones de la sombra, enredóse, vacilante, de los lotos en las anchas hojas. Chispeó en las aguas dormidas, las aguas del viejo Ganges, dormidas y silenciosas; y las tribus de los árabes desiertos, saludaron con plegarias a las pálidas auroras. Los rostros de los errantes beduinos se bañaron con arenas ardorosas, y murmuraron las suras del Profeta voces roncas. Tendieron las suaves alas sobre los mares de Jonia y vieron surgir a Venus de las suspirantes olas. En las cimas, donde las tinieblas eternas sobre las nieves se posan vieron monstruos espantables entre las rocas, y las crines de los búfalos que huían por la selva tenebrosa. Reflejaron en la espada simbólica, que a la sombra de una encina yacía olvidada y polvorosa. Hay ensueños, hay ensueños en las pálidas auroras... Hay ensueños, que se envuelven en sus jirones de sombra... Sorprenden los amorosos secretos de las nupciales alcobas, y ponen pálidos tintes en los labios donde el beso dejó huellas voluptuosas... Y el Sol eleva su disco fulgurante sobre la tierra, los aires y las suspirantes olas.
4.
El himno
El himno
Bebe ¡oh Dios! Entre los bosques, al través de la espesura, los feroces jabalíes han huido, y en la mitad de su carrera puso término a su insólita pavura rayo ardiente y luminoso, de mi aljaba desprendido. Bebe ¡oh Dios! Para tu copa dieron mieles las abejas de los huertos del Palacio blanco y oro; ya del Lobo y la Serpiente la medrosa vista alejas y vierte la lengua de Orga su sacro raudal sonoro. Cuando tu aliento se cierne sobre el campo de batalla, ríe el guerrero a la Muerte que le acecha; si en el espacio infinito, con el trueno, tu potente voz estalla se hunde en el cuello la lanza y en el corazón la flecha.
5.
Entre la fronda
Entre la fronda
Entre la fronda Junto a la clara linfa, bajo la luz radiosa del sol, como un prodigio de viviente escultura, nieve y rosa su cuerpo, su rostro nieve y rosa y sobre rosa y nieve su cabellera oscura. No altera una sonrisa su majestad de diosa, ni la mancha el deseo con su mirada impura; en el lago profundo de sus ojos reposa su espíritu que aguarda la dicha y la amargura. Sueño del mármol. Sueño del arte excelso, digno de Escopas o de Fidias, que sorprende en un signo, una actitud, un gesto, la suprema hermosura. Y la ve destacarse, soberbia y armoniosa, junto a la clara linfa, bajo la luz radiosa del sol, como un prodigio de viviente escultura.
6.
Eros
Eros
Lluvia de azahares sobre un rostro níveo. Lluvia de azahares frescos de rocío, que dicen historias de amores y nidos. Lluvia de azahares sobre un blanco lirio y un alma que tiene candidez de armiño. Con alegres risas Eros ha traído una cesta llena de rosas y mirtos, y las dulces Gracias -amoroso símbolo- lluvia de azahares para un blanco lirio.
7.
Las hadas
Las hadas
Con sus rubias cabelleras luminosas, en la sombra se aproximan. Son las Hadas. A su paso los abetos de la selva, como ofrenda tienden las crujientes ramas. Con sus rubias cabelleras luminosas se acercan las Hadas. Bajo un árbol, en la orilla del pantano, yace el cuerpo de la virgen. Su faz blanca, su faz blanca, como un lirio de la selva; dormida en sus labios la postrer plegaria. Con sus rubias cabelleras luminosas se acercan las Hadas. A lo lejos por los claros de los bosques, pasa huyendo tenebrosa cabalgata, y hay ardientes resoplidos de jaurías y sonidos broncos de trompas de caza. Con sus rubias cabelleras luminosas se acercan las Hadas. Bajo el árbol en la orilla del pantano, sobre el cuerpo de la virgen inclinadas, posan, suaves como flores que se besan, sus labios purpúreos en la frente blanca. Y en los ojos apagados de la muerta brilla la mirada. Con sus rubias cabelleras luminosas se alejan las Hadas. A su paso, los abetos de la selva, como ofrenda tienden las crujientes ramas. Con su rubia cabellera luminosa va la virgen blanca.
8.
Las voces tristes
Las voces tristes
Por las blancas estepas se desliza el trineo; los lejanos aullidos de los lobos se unen al jadeante resoplar de los perros. Nieva. Parece que el espacio se envolviera en un velo, tachonado de lirios por las olas del cierzo. El infinito blanco... sobre el vasto desierto flota una vaga sensación de angustia, de supremo abandono, de profundo y sombrío desaliento. Un pino solitario dibújase a lo lejos, en un fondo de brumas y de nieve, como un largo esqueleto. Entre los dos sudarios de la tierra y el cielo avanza en el Naciente el helado crepúsculo de invierno...
9.
Lo fugaz
Lo fugaz
La rosa temblorosa se desprendió del tallo, y la arrastró la brisa sobre las aguas turbias del pantano. Una onda fugitiva le abrió su seno amargo y estrechando a la rosa temblorosa la deshizo en sus brazos. Flotaron sobre el agua las hojas como miembros mutilados y confundidas con el lodo negro negras, aún más que el lodo, se tornaron, pero en las noches puras y serenas se sentía vagar en el espacio un leve olor de rosa sobre las aguas turbias del pantano.
10.
Los antepasados
Los antepasados
II Bajo la luminosa, nocturna estela y entre la polvareda de los caminos, en busca de Santiago de Compostela pasan, cantando salmos, los peregrinos. Mientras en la penumbra de la mezquita, donde con sus muezines rezaba el moro, junto al abad severo que ora y medita, los frailes soñolientos rezan en coro. A los bardos errantes piden ternezas mujeres de ojos garzos y tez de armiño, y oyen trovas de amores y de tristezas en la lengua armoniosa de allende el Miño. Que el habla, ruda y grave, del castellano sólo dice combates y desafíos y la fe del insigne mártir cristiano que floreció entre moros o entre judíos. Ocultando su gozo con gesto arisco, de pajes y estudiantes gloriosa presa, al compás de un sonoro rabel morisco danza provocativa la juglaresa. Y el juglar, que ha aprendido los romanceros, cuenta, del viejo alcázar bajo los arcos, cercado de hombres de armas y de escuderos, la historia lamentable del conde Alarcos. De pie, junto a la puerta de la abadía, fascinando a la turba que escucha ansiosa, mientras suspira el ángelus y muere el día, el preste de Berceo dice una prosa. Con hilo de romances teje su historia, sigue la vía oculta de las estrellas, y va perdiendo todo, menos la gloria, el rey de las Partidas y las Querellas. Entre halagos, promesas y juramentos, que entrelazan con votos de amor celeste, en alcobas y celdas «Trotaconventos» desliza los mensajes del Archipreste. El galán nocherniego pasa embozado frente a la negra torre que al vulgo asombra, y al fulgor de una lámpara mira espantado del marqués hechicero vagar la sombra. Librado a los destinos y a los azares, de espaldas a la vida, de frente al cielo, tiende Colón sus alas sobre los mares, como un ave gigante que emprende el vuelo.
11.
Los cuervos
Los cuervos
Sobre el himno del combate y el clamor de los guerreros, pasa un lento batir de alas; se oye un lúgubre graznido, y penetran los dos Cuervos, los divinos, tenebrosos mensajeros, y se posan en los hombros del Dios y hablan a su oído.
12.
Lustral
Lustral
Llamé una vez a la visión y vino. Y era pálida y triste, y sus pupilas ardían como hogueras de martirios. Y era su boca como una ave negra, de negras alas. En sus largos rizos había espinas. En su frente arrugas. Tiritaba. Y me dijo: -¿Me amas aún? Sobre sus negros labios posé los labios míos, en sus ojos de fuego hundí mis ojos y acaricié la zarza de sus rizos. Y uní mi pecho al suyo, y en su frente apoyé mi cabeza. Y sentí frío que me llegaba al corazón. Y el fuego en los ojos. Entonces se emblanqueció mi vida como un lirio.
13.
Paloma imaginaria
Paloma imaginaria
Peregrina paloma imaginaria que enardeces los últimos amores; alma de luz, de música y de flores peregrina paloma imaginaria. Vuela sobre la roca solitaria que baña el mar glacial de los dolores; haya, a tu peso, un haz de resplandores, sobre la adusta roca solitaria... Vuela sobre la roca solitaria peregrina paloma, ala de nieve como divina hostia, ala tan leve... Como un copo de nieve; ala divina, copo de nieve, lirio, hostia, neblina, peregrina paloma imaginaria...
14.
Rosa ideal
Rosa ideal
Eres la rosa ideal que fue la princesa-rosa, en la querella amorosa de un menestral provenzal. Si tú sus trovas quisieras, llegarían, como un ruego, los serventesios de fuego en armoniosas hogueras. Darías al vencedor los simbólicos trofeos, en los galantes torneos de la ciencia del amor. Incensado por el aura de la dulce poesía en tus manos dejaría su cetro Clemencia Isaura. * Serías el lirio humano que halló un rey bajo su tienda, en la brumosa leyenda de un minnesinger riniano. En ti vería el guerrero perlas y rocío, como en el tesoro del gnomo que descubrió un hechicero. Tendrías un camarín por las hadas adornado, en un palacio encantado de las márgenes del Rin. Y en las noches de las citas, bajo el rayo de la luna, envidiaran tu fortuna Loreleys y Margaritas. * Mientras pensativo y triste, junto a la cruz de un sendero, estrechara un caballero la banda azul que le diste, en tu ventana ojival dulcemente reclinada, oirías la balada del ardido Parsifal. Y de un juglar, que ha traído su arpa cubierta de flores, la historia de los amores, de Crimilda y de Sigfrido. En tu blanco camarín por las hadas adornado, resonaría el sagrado cántico de Lohengrín... Ya mi pálida quimera se ha enredado, como una ave en la onda, crespa y suave, de tu blonda cabellera.
15.
Siempre
Siempre
¡Tú no sabes cuánto sufro! ¡Tú que has puesto mis tinieblas en mi noche, y amargura más profunda en mi dolor! Tú has dejado, como el hierro que se deja en una herida, en mi oído la caricia dolorosa de tu voz. Palpitante como un beso; voluptuosa como un beso; voz que halaga y que se queja; voz de ensueño y de dolor... Como sigue el ritmo oculto de los astros el Océano‚ mi ser todo sigue el ritmo misterioso de tu voz. ¡Oh, me llamas y me hieres! Voy a ti como un sonámbulo con los brazos extendidos en la sombra y el dolor... ¡Tú no sabes cuánto sufro! Cómo aumenta mi martirio temblorosa y desolada, la caricia de tu voz. ¡Oh, el olvido! El fondo oscuro de la noche del olvido, donde guardan los cipreses el sepulcro del Dolor! Yo he buscado el fondo oscuro de la noche del olvido, y la noche se poblaba con los ecos de tu voz...
Frases para reflexionar
« El ritmo es la ley suprema del universo y del verso humano. »
Algunos libros de poesía de Ricardo Jaimes Freyre:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: