¿Quién que tenga vida y sentidos no ama por encima de todas
las maravillas del espacio desplegado a su alrededor
a la luz bienhechora con sus colores, sus rayos y sus ondas,
su dulce omnipresencia como el alba que despierta?
Mas yo me vuelvo hacia la santa, indecible,
misteriosa Noche.
Lejos yace el mundo, sepultado en una fosa profunda;
¡qué desierto y solitario es su paraje!
Por las cuerdas del pecho sopla una honda tristeza.
En gotas de rocío quiero hundirme hasta la ceniza.
¿No sientes tú también agitarse nuestro corazón, Noche infinita?
Tú abres para nosotros el cielo invisible
y nos devuelves a la patria del amor inmortal.