« La luna, como un lirio de plata, abre sus pétalos sobre la soledad de las aguas. »
Leopoldo Lugones
1874–1938Modernismo argentino · Las montañas del oro y Lunario sentimental
Vida
Fue el titán de las letras argentinas y un personaje lleno de contradicciones explosivas: comenzó como un joven poeta anarquista y terminó abrazando posturas ultraconservadoras autoritarias. Con su obra «Lunario sentimental» dinamitó la poesía tradicional mediante metáforas lunares futuristas e innovó también como pionero de la ciencia ficción fantástica.
En su vejez se enamoró apasionadamente de una estudiante universitaria mucho más joven, pero su propio hijo —un policía implacable— amenazó con encerrarlo en un manicomio para frenar el romance. Acorralado por la vergüenza familiar y la depresión, se suicidó ingiriendo cianuro mezclado con whisky en una solitaria posada isleña.
Poemas de Leopoldo Lugones
1.
A ti única
A ti única
Un poco de cielo y un poco de lago donde pesca estrellas el grácil bambú, y al fondo del parque, con íntimo halago, la noche que mira como miras tú. Florece en los lirios de tu poesía, la cándida luna que sale del mar. Y en flébil delirio de azul melodía, te infunde una vaga congoja de amar. Los dulces suspiros que tu alma perfuman, te dan, como a ella, celeste ascensión. La noche...tus ojos...un poco de Schumann... y mis manos llenas de tu corazón.
2.
Alma venturosa
Alma venturosa
Al promediar la tarde de aquel día, cuando iba mi habitual adiós a darte, fue una vaga congoja de dejarte lo que me hizo saber que te quería. Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía... Con tu rubor me iluminó al hablarte, y al separarnos te pusiste aparte del grupo, amedrentada todavía. Fue silencio y temblor nuestra sorpresa; mas ya la plenitud de la promesa nos infundía un júbilo tan blando, que nuestros labios suspiraron quedos... Y tu alma estremecíase en tus dedos como si se estuviera deshojando.
3.
Amor
Amor
Amor que en una soledad de perla veló el misterio de su aristocracia, donde, sino el encanto de tu gracia, no hay otro que estar triste de no verla. Dichosa angustia de buscar tus manos, como si en la tristeza incomprendida de tus ojos profundos y lejanos, hubiera ya un comienzo de partida. Trémula adoración que es el sustento de aquella aroma que tu amor resume: levedad generosa del perfume cuya vida es un desvanecimiento. Ligero llanto en que la dicha emana su oscura plenitud de noche bella. Inquietud de mirarte tan lejana y tan azul, que te me has vuelto estrella.
4.
Amor eterno
Amor eterno
Deja caer las rosas y los días una vez más, segura de mi huerto. Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto, mejor perfuman cuando son tardías. Al deshojarse en tus melancolías, cuando parezca más desnudo y yerto, ha de guardarte bajo su oro muerto violetas más nobles y sombrías. No temas al otoño, si ha venido. Aunque caiga la flor, queda la rama. La rama queda para hacer el nido. Y como ahora al florecer se inflama, leño seco, a tus plantas encendido, ardientes rosas te echará en la llama.
5.
Ausencia
Ausencia
Leopoldo a su Aglaura Todo, amada, en tu ausencia siempre larga te llora: El silencio y la estrella, la sombra y la canción, Lo que duda en la dicha, la que en la duda implora. Y luego... este profundo sangrar del corazón. Como no ha de llorarte todo lo que es hermoso Y todo cuanto es triste porque es capaz de amar, Si tu ausencia ¡tan larga! se parece al reposo De la luna suicida que se ahoga en el mar. Con tu ausencia anochecen la alegría y la aurora. La esperanza es angustia, sinsabor el placer. Y hasta en la misma perla del rocío te llora Lo que tiene de lágrima toda gota al caer.
6.
Balada del fino amor
Balada del fino amor
"Voi che sapete ragionar d'amore, udite la ballata mia pietosa". Dante Bajo el remoto azul de un cielo en calma, y al susurrar de la alameda umbría, para tu elogio he de contar un día cómo fue que el amor nos llegó al alma. Cómo fue...¿Pero acaso, no es sabido el modo de venir que tiene el ave, cuando recobra, peregrina y suave, la solitaria intimidad del nido? O alguien ignora lo que pasa, cuando la luna de las flébiles congojas, a través de las almas y las hojas, derrama sombra y luz, como llorando? Y habrá quien no haya visto en un inerte crepúsculo, de gélidos candores, caer las violetas ulteriores, de las lánguidas manos de la muerte?
7.
Claro fue nuestro maor
Claro fue nuestro maor
Claro fue nuestro amor; y al fresco halago... Claro fue nuestro amor; y al fresco halago plenilunar, con música indecisa, el arco vagaroso de la brisa trémulas cuerdas despertó en el lago. En la evidencia de sin par fortuna, dieron senda de luz a mis afanes tus ojos de pasión, ojos sultanes, ojos que amaban húmedos de luna. Con dorado de joya nunca vista, tu mirada agravaba su desmayo. y removía su ascua en aquel rayo la inquietud de león de mi conquista.
8.
Conjunción
Conjunción
Sahumáronte los pétalos de acacia que para adorno de tu frente arranco, y tu nervioso zapatito blanco llenó toda la tarde con su gracia. Abrióse con erótica eficacia tu enagua de surá, y el viejo banco sintió gemir sobre tu activo flanco el vigor de mi torva aristocracia. Una resurrección de primaveras, llenó la tarde gris, y tus ojeras, que avivó la caricia fatigada, que fantasearon en penumbra fina, las alas de una leve golondrina suspensa en la inquietud de tu mirada.
9.
Contrabajo
Contrabajo
Dulce luna del mar que alargas la hora de los sueños del amor; plácida perla que el corazón en lágrimas atesora y no quiere llorar por no perderla. Así el fiel corazón se queda grave, y por eso el amor, áspero o blando, trae un deseo de llorar, tan suave, que sólo amarás bien si amas llorando.
10.
Delectación amorosa
Delectación amorosa
La tarde, con ligera pincelada que iluminó la paz de nuestro asilo, apuntó en su matiz crisoberilo una sutil decoración morada. Surgió enorme la luna en la enramada; las hojas agravaban su sigilo, y una araña, en la punta de su hilo, tejía sobre el astro, hipnotizada. Poblose de murciélagos el combo cielo, a manera de chinoso biombo. Tus rodillas exangües sobre el plinto manifestaban la delicia inerte, y a nuestros pies un río de jacinto corría sin rumor hacia la muerte.
11.
Divagación lunar
Divagación lunar
Si tengo la fortuna De que con tu alma mi dolor se integre, Te diré entre melancólico y alegre Las singulares cosas de la luna. Mientras el menguante exiguo A cuyo noble encanto ayer amaste Aumenta su desgaste De cequín antiguo, Quiero mezclar a tu champaña, Como un buen astrónomo teórico, Su luz, en sensación extraña De jarabe hidroclórico. Y cuando te envenene La pálida mixtura, Como a cualquier romántica Eloísa o Irene, Tu espíritu de amable criatura Buscará una secreta higiene En la pureza de mi desventura. Amarilla y flacucha, La luna cruza el azul pleno, Como una trucha Por un estanque sereno. Y su luz ligera, Indefiniendo asaz tristes arcanos, Pone una mortuoria traslucidez de cera En la gemela nieve de tus manos. Cuando aún no estaba la luna, y afuera Como un corazón poético y sombrío Palpitaba el cielo de primavera, La noche, sin ti, no era Más que un oscuro frío. Perdida toda forma, entre tanta Obscuridad, era sólo un aroma; y el arrullo amoroso ponía en tu garganta Una ronca dulzura de paloma. En una puerilidad de tactos quedos, La mirada perdida en una estrella, Me extravié en el roce de tus dedos. Tu virtud fulminaba como una centella... Mas el conjuro de los ruegos vanos Te llevó al lance dulcemente inicuo, Y el coraje se te fue por las manos Como un poco de agua por un mármol oblicuo. La luna fraternal, con su secreta Intimidad de encanto femenino, Al definirte hermosa te ha vuelto coqueta, Sutiliza tus maneras un complicado tino; En la lunar presencia, No hay ya ósculo que el labio al labio suelde; Y sólo tu seno de audaz incipiencia, Con generosidad rebelde, Continúa el ritmo de la dulce violencia. Entre un recuerdo de Suiza Y la anécdota de un oportuno primo, Tu crueldad virginal se sutiliza; Y con sumisión postiza Te acurrucas en pérfido mimo, Como un gato que se hace una bola En la cabal redondez de su cola. Es tu ilusión suprema De joven soñadora, Ser la joven mora De un antiguo poema. La joven cautiva que llora Llena de luna, de amor y de sistema. La luna enemiga Que te sugiere tanta mala cosa, Y de mi brazo cordial te desliga, Pone un detalle trágico en tu intriga De pequeño mamífero rosa. Mas, al amoroso reclamo De la tentación, en tu jardín alerta, Tu grácil juventud despierta Golosa de caricia y de «Yoteamo». En el albaricoque Un tanto marchito de tu mejilla, Pone el amor un leve toque De carmín, como una lucecilla. Lucecilla que a medias con la luna Th rostro excava en escultura inerte, y con sugestión oportuna De pronto nos advierte No sé qué próximo estrago, Como el rizo anacrónico de un lago Anuncia a veces el soplo de la muerte.
12.
El astro propicio
El astro propicio
Al rendirse tu intacta adolescencia, emergió, con ingenuo desaliño, tu delicado cuello, del corpiño anchamente floreado. En la opulencia, del salón solitario, mi cariño te brindaba su equívoca indulgencia sintiendo muy cercana la presencia del duende familiar, rosa y armiño. Como una cinta de cambiante falla, tendía su color sobre la playa la tarde. Disolvía tus sonrojos, en insidiosas mieles mi sofisma, y desde el cielo fraternal, la misma estrella se miraba en nuestros ojos.
13.
El canto de la angustia
El canto de la angustia
Yo andaba solo y callado Porque tú te hallabas lejos; y aquella noche Te estaba escribiendo, Cuando por la casa desolada Arrastró el horror su trapo siniestro. Brotó la idea, ciertamente, De los sombríos objetos: El piano, El tintero, La borra de café en la taza, y mi traje negro. Sutil como las alas del perfume Vino tu recuerdo. lbs ojos de joven cordial y triste, Tus cabellos, Como un largo y suave pájaro De silencio. (Los cabellos que resisten a la muerte Con la vida de la seda, en tanto misterio.) Tu boca donde suspira La sombra interior habitada por los sueños. Tu garganta, Donde veo Palpitar como un sollozo de sangre, La lenta vida en que te mece durmiendo. Un vientecillo desolado, Más que soplar, tiritaba en soplo ligero. Y entre tanto, El silencio, Como una blanda y suspirante lluvia Caía lento. Caía de la inmensidad, Inmemorial y eterno. Adivinábase afuera Un cielo, Peor que oscuro: Un angustioso cielo ceniciento. Y de pronto, desde la puerta cerrada Me dio en la nuca un soplo trémulo, y conocí que era la cosa mala De las cosas solas, y miré el blanco techo. Diciéndome: «Es una absurda Superstición, un ridículo miedo.» Y miré la pared impávida. Y noté que afuera había parado el viento. ¡Oh aquel desamparo exterior y enorme Del silencio! Aquel egoísmo de puertas cerradas Que sentía en todo el pueblo. Solamente no me atrevía A mirar hacia atrás, Aunque estaba cierto De que no había nadie; Pero nunca, ¡Oh, nunca habría mirado de miedo! Del miedo horroroso De quedarme muerto. Poco a poco, en vegetante Pululación de escalofrío eléctrico, Erizáronse en mi cabeza Los cabellos. Uno a uno los sentía, y aquella vida extraña era otro tormento. Y contemplaba mis manos Sobre la mesa, qué extraordinarios miembros; Mis manos tan pálidas, Manos de muerto. y noté que no sentía Mi corazón desde hacía mucho tiempo. Y sentí que te perdía para siempre, Con la horrible certidumbre de estar despierto. y grité tu nombre Con un grito interno, Con una voz extraña Que no era la mía y que estaba muy lejos. Y entonces, en aquel grito, Sentí que mi corazón muy adentro, Como un racimo de lágrimas, Se deshacía en un llanto benéfico.
14.
El color exótico
El color exótico
Con tu pantalla oval de anea rara, tus largos alfileres y tus flores, parecías, cargada de primores una ambigua musmé del Yoshivara. Hería en los musgosos surtidores su cristalina tecla el agua clara, y el tilo que a mis ojos te ocultara gemía con eglógicos rumores. Tal como una bandera derrotada se ajó la tarde, hundiéndose en la nada. A la sombra del tálamo enemigo se apagó en tu collar la última gema. Y sobre el broche de tu liga crema crucifiqué mi corazón mendigo.
15.
El éxtasis
El éxtasis
Dormía la arboleda; las ventanas llenábanse de luz como pupilas; las sendas grises se tornaban lilas; cuajábanse la luz en densas granas. La estrella que conoce por hermanas desde el cielo tus lágrimas tranquilas, brotó, evocando al son de las esquilas, el rústico Belén de las aldeanas. Mientras en las espumas del torrente deshojaba tu amor sus primaveras de muselina, relevó el ambiente la armoniosa amplitud de tus caderas, y una vaca mugió sonoramente allá, por las sonámbulas praderas.
16.
Emoción aldeana
Emoción aldeana
Nunca gocé ternura más extraña, Que una tarde entre las manos prolijas Del barbero de campaña, Furtivo carbonario que tenía dos hijas. Yo venía de la montaña En mi claudicante jardinera, Con timidez urbana y ebrio de primavera. Aristas de mis parvas, Tupían la fortaleza silvestre De mi semestre De barbas. Recliné la cabeza Sobre la fatigada almohadilla, Con una plenitud sencilla De docilidad y de limpieza; y en ademán cristiano presenté la mejilla... El desonchado espejo, Protegido por marchitos tules, Absorbiendo el paisaje en su reflejo, Era un óleo enorme de sol bermejo, Praderas pálidas y cielos azules. y ante el mórbido gozo De la tarde vibrada en pastorelas, Flameaba como un soberbio trozo Que glorificara un orgullo de escuelas. La brocha, en tanto, Nevaba su sedosa espuma Con el encanto De una caricia de pluma. De algún redil cabrío, que en tibiezas amigas Aprontaba al rebaño su familiar sosiego, Exhalaban un perfume labriego De polen almizclado las boñigas. Con sonora mordedura Raía mi fértil mejilla la navaja. Mientras sonriendo anécdotas en voz baja, El liberal barbero me hablaba mal del cura. A la plática ajeno, Preguntábale yo, superior y sereno (Bien que con cierta inquietud de celibato), Por sus dos hijas, Filiberta y Antonia; Cuando de pronto deleitó mi olfato Una ráfaga de agua de colonia. Era la primogénita, doncella preclara, Chisporroteada en pecas bajo rulos de cobre. Mas en ese momento, con presteza avara, Rociábame el maestro su vinagre a la cara, En insípido aroma de pradera pobre. Harto esponjada en sus percales, La joven apareció, un tanto incierta, A pesar de las lisonjas locales. Por la puerta, Asomaron racimos de glicinas, y llegó de la huerta Un maternal escándalo de gallinas. Cuando, con fútil prisa, Hacia la bella volví mi faz más grata, Su púdico saludo respondió a mi sonrisa. y ante el sufragio de mi amor pirata, y la flamante lozanía de mis carrillos, Vi abrirse enormemente sus ojos de gata, Fritos en rubor como dos huevecillos. Sobre el espejo, la tarde lila Improvisaba un lánguido miraje, En un ligero vértigo de agua tranquila. y aquella joven con su blanco traje Al borde de esa visionaria cuenca, Daba al fugaz paisaje Un aire de antigua ingenuidad flamenca.
17.
Historia de mi muerte
Historia de mi muerte
Soñé la muerte y era muy sencillo: Una hebra de seda me envolvía, y a cada beso tuyo con una vuelta menos me ceñía. Y cada beso tuyo era un día. Y el tiempo que mediaba entre dos besos una noche. La muerte es muy sencilla. Y poco a poco fue desenvolviéndose la hebra fatal. Ya no la retenía sino por un sólo cabo entre los dedos... Cuando de pronto te pusiste fría, y ya no me besaste... Y solté el cabo, y se me fue la vida.
18.
Holocausto
Holocausto
Llenábanse de noche las montañas, y a la vera del bosque aparecía la estridente carreta que volvía de un viaje espectral por las campañas. Compungíase el viento entre las cañas, y asumiendo la astral melancolía, las horas prolongaban su agonía paso a paso a través de tus pestañas. La sombra pecadora a cuyo intenso influjo arde tu amor como el incienso en apacible combustión de aromas, miró desde los sauces lastimeros, en mi alma un extravío de corderos y en tu seno un degüello de palomas.
19.
La alcoba solitaria
La alcoba solitaria
El diván dormitaba; las sortijas brillaban frente a la oxidada aguja, y un antiguo silencio de Cartuja bostezaba en las lúgubres rendijas. Sentía el violín entre prolijas sugestiones, cual lánguida burbuja, flotar su extraña anímula de bruja ahorcada en las unánimes clavijas. No quedaba de ti más que una gota de sangre pectoral, sobre la rota almohada. El espejo opalescente estaba ciego. Y en el fino vaso, como un corsé de inviolable raso se abría una magnolia dulcemente.
20.
Bajo la blanca soledad
Bajo la blanca soledad
La blanca soledad Bajo la calma del sueño, Calma lunar de luminosa seda, La noche Como si fuera El blanco cuerpo del silencio, Dulcemente en la inmensidad se acuesta... Y desata Su cabellera, En prodigioso follaje De alamedas. Nada vive sino el ojo Del reloj en la torre tétrica, Profundizando inútilmente el infinito Como un agujero abierto en la arena. El infinito, Rodado por las ruedas De los relojes, Como un carro que nunca llega. La luna cava un blanco abismo De quietud, en cuya cuenca Las cosas son cadáveres y las sombras viven como ideas, y uno se pasma de lo próxima Que está la muerte en la blancura aquella. De lo bello que es el mundo Poseído por la antigüedad de la luna llena. y el ansia tristísima de ser amado, En el corazón doloroso tiembla. Hay una ciudad en el aire, Una ciudad casi invisible suspensa, Cuyos vagos perfiles Sobre la clara noche transparentan. Como las rayas de agua en un pliego, Su cristalización poliédrica. Una ciudad tan lejana, Que angustia con su absurda presencia. ¿Es una ciudad o un buque En el que fuésemos abandonando la tierra. Callados y felices, y con tal pureza, Que sólo nuestras almas En la blancura plenilunar vivieran?... Y de pronto cruza un vago Estremecimiento por la luz serena. Las líneas se desvanecen, La inmensidad cámbiase en blanca piedra, y sólo permanece en la noche aciaga La certidumbre de tu ausencia.
21.
Las manos entregadas
Las manos entregadas
El insinuante almizcle de las bramas se esparcía en el viento, y la oportuna selva estaba olorosa como una mujer. De los extraños panoramas surgiste en tu cendal de gasa bruna, encajes negros y argentinas lamas, con tus brazos desnudos que las ramas lamían, al pasar, ebrias de luna. La noche se mezcló con tus cabellos, tus ojos anegáronse en destellos de sacro amor; la brisa de las lomas te envolvió en el frescor de los lejanos manantiales, y todos los aromas de mi jardín sintetizó en tus manos.
22.
Los celos del sacerdote
Los celos del sacerdote
Obsta con densa máscara de seda el cruel carmín de tu inviolada boca, y la gran noche azul de tus pupilas, y el cielo de tu fuente luminosa. Destrenza tus cabellos como un duelo sobre tu nuca artística, oh Theóclea! (tus largas trenzas peinadas por los besos de mi boca). Y reviste la túnica de luto, que cuando en torno de tus flancos flota, parece que la noche se desprende de tus hombros. Yo quiero, con la loca ansiedad de mis celos exclusivos, sólo para mis manos, esa heroica desnudez de tu seno, que aparece como el orto de un astro; y esa gloria de tu garganta que triunfal emerge, como una copa de acero, que los técnicos cinceles labraron; y esa curva vencedora de tu ebúrnea cadera que realza la orquestal armonía de tus formas bajo la gran caricia de la seda. Cuando cruces (fantasmas.,luz, estrofa), por las ruinas que pueblan mi cerebro, como la triste luna que corona la trunca arquitectura de las nubes; yo quiero verte envuelta por la sombra de la máscara negra y tus cabellos, y la fúnebre seda de tus ropas, como la estatua Libertad que velan cuando la patria está en peligro. Sola en mi templo de amor, dame tus brazos, que anegarán mi cuerpo cual dos ondas, en turbulenta confluencia unidas, y el beso que en los sabios sacrilegios me dejas en los labios como hostia, y el albor de tu seno en que culmina, bajo una tibia irrealidad de blondas, el orgullo ducal de un palpitante pezón de rosa; y la gracia triunfal de tu cintura, como una ánfora llena de magnolias, y el hermético lirio de tu sexo, lirio lleno de sangre y de congojas. Y que sólo tus manos se destaquen en la noche de seda de tus ropas, cuando estés en mis brazos victimarios (¡deseado crucifijo de las bodas!). Y que sólo tus manos sean vistas por extrañas pupilas, cual dos tórtolas que se aman blancamente, consagradas por los besos exhaustos de mi boca... Y que gocen los hombres del delito de tus manos desnudas: ¡oh Theóclea!
23.
Los doce gozos
Los doce gozos
Cabe una rama en flor busqué tu arrimo. La dorada serpiente de mis males circuló por tus púdicos cendales con la invasora suavidad de un mimo. Sutil vapor alzábase del limo sulfurando las tintas otoñales del Poniente, y brillaba en los parrales la transparencia ustoria del racimo. sintiendo que el azul nos impelía algo de Dios, tu boca con la mía se unieron en la tarde luminosa bajo el caduco sátiro de yeso. Y como de una cinta milagrosa ascendí suspendido de tu beso.
24.
Luna de los amores
Luna de los amores
Desde que el horizonte suburbano, El plenilunio crepuscular destella, En el desierto comedor, un lejano Reflejo, que apenas insinúa su huella. Hay una mesa grande y un anaquel mediano. Un viejo reloj de espíritu luterano. Una gota de luna en una botella. Y sobre el ébano sonoro del piano, Resalta una clara doncella. Arrojando al hastío de las cosas iguales Su palabra bisílaba y abstrusa, En lento brillo el péndulo, como una larga fusa, Anota el silencio con tiempos inmemoriales. El piano está mudo, con una tecla hundida Bajo un dedo inerte. El encerado nuevo Huele a droga desvanecida. La joven está pensando en la vida. Por allá dentro, la criada bate un huevo. Llena ahora de luna y de discreta Poesía, dijérase que esa joven brilla En su corola de Cambray, fina y sencilla, Como la flor del peral. ¡Pobre énriqueta! La familia, en el otro aposento, Manifiéstame, en tanto, una alarma furtiva. Por el tenaz aislamiento De esa primogénita delgada y pensativa. «No Prueba bocado. Antes le gustaba el jamón.» «Reza mucho y se cree un cero a la izquierda. » «A veces siente una puntada en el pulmón.» -Algún amor, quizá, murmura mi cuerda Opinión... En la obscuridad, a tientas halla Mi caricia habitual la cabeza del nene... Hay una pausa. Pero si aquí nadie viene Fuera de usted», dice la madre. El padre calla. El aire huele a fresia; de no sé qué espesuras Viene, ya anacrónico, el gorjeo de un mirlo Clarificado por silvestres ternuras. La niña sigue inmóvil, y ¿por qué no decirlo? Mi corazón se preña de lágrimas obscuras. No; es inútil que alimente un dulce engaño; Pues cuando la regaño Por su lección de inglés, o cuando llévola Al piano con mano benévola, Su dócil sonrisa nada tiene de extraño. «Mamá, ¿qué toco?», dice con su voz más llana; «Forget me not?...». y lejos de toda idea injusta: Buenamente añade: «Al señor Lugones le gusta.» Y me mira de frente delante de su hermana. Sin idea alguna De lo que pueda causar aquella congoja -En cuya languidez parece que se deshoja- Decidimos que tenga mal de luna. La hermana, una limpia, joven de batista, Nos refiere una cosa que le ha dicho. A veces querría ser, por capricho, La larga damisela de un cartel modernista Eso es todo lo que ella sabe; pero eso Es poca cosa Para un diagnóstico sentimental. ¡Escabrosa Cuestión la de estas almas en trance de beso! Pues el «mal de luna», como dije más arriba, No es sino el dolor de amar, sin ser amada. Lo indefinible: una Inmaculada Concepción, de la pena más cruel que se conciba. La luna, abollada Como el fondo de una cacerola Enlozada. Visiblemente turba a la joven sola. Al hechizo pálido que le insufla, Lentamente gira el giratorio banco; y mientras el virginal ruedo blanco Se crispa sobre el moño rosa de la pantufla. Rodeando la rodilla con sus manos, unidas Como dos palomas en un beso embebecidas, Con actitud que consagra Un ideal quizá algo fotográfico, La joven tiende su cuello seráfico En un noble arcaísmo de Tanagra. Conozco esa mirada que ahora Remonta al ensueño mis humanas miserias. Es la de algunas veladas dulces y serias En que un grato silencio de amistad nos mejora. Una pura mirada, Suspensa de hito en hito. Entre su costura inacabada y el infinito...
25.
Nocturno
Nocturno
Grave fue nuestro amor, y más callada aquella noche frescamente umbría, polvorosa de estrellas se ponía cual la profundidad de una cascada. Con la íntima dulzura del suceso que abandonó mis labios tus sonrojos, delirados de sombra ví tus ojos en la embebida asiduidad del beso. Y lo que en ellos se asomó a mi vida, fue tu alma, hermana de mi desventura, avecilla poética y oscura que aleteaba en tus párpados rendida.
26.
Oceanida
Oceanida
El mar, lleno de urgencias masculinas, bramaba alrededor de tu cintura, y como un brazo colosal, la oscura ribera te amparaba. En tus retinas, y en tus cabellos, y en tu astral blancura, rieló con decadencias opalinas, esa luz de las tardes mortecinas que en el agua pacífica perdura. Palpitando a los ritmos de tu seno, hinchóse en una ola el mar sereno; para hundirte en sus vértigos felinos su voz te dijo una caricia vaga, y al penetrar entre tus muslos finos, la onda se aguzó como una daga.
27.
Oda a la desnudez
Oda a la desnudez
Oda a la denudez ¡Qué hermosas las mujeres de mis noches! En sus carnes, que el látigo flagela, pongo mi beso adolescente y torpe, como el rocío de las noches negras que restaña las llagas de las flores. Pan dice los maitines de la vida en su rústico pífano de roble, y Canidia compone en su redoma los filtros del pecado, con el polen de rosas ultrajadas, con el zumo de fogosas cantáridas. El cobre de un címbalo repica en las tinieblas, reencarnan en sus mármoles los dioses, y las pálidas nupcias de la fiebre florecen como crímenes; la noche, su negra desnudez de virgen cafre enseña engalanada de fulgores de estrellas, que acribillan como heridas su enorme cuerpo tenebroso. Rompe el seno de una nube y aparece crisálida de plata, sobre el bosque, la media luna, como blanca uña, apuñaleando un seno; y en la torre donde brilla un científico astrolabio, con su mano hierática, está un monje moliendo junto al fuego la divina pirita azul en su almirez de bronce. Surgida de los velos aparece ( ensueño astral ) mi pálida consorte, temblando en su emoción como un sollozo, rosada por el ansia de los goces como divina brasa de incensario. Y los besos estallan como golpes. Y el rocío que baña sus cabellos moja mi beso adolescente y torpe; y gimiendo de amor bajo las torvas virilidades de mi barba, sobre las violetas que la ungen, exprimiendo su sangre azul en sus cabellos nobles, palidece de amor como una grande azucena desnuda ante la noche. ¡Ah! muerde con tus dientes luminosos, muerde en el corazón las prohibidas manzanas del Edén; dame tus pechos, cálices del ritual de nuestra misa de amor; dame tus uñas, dagas de oro, para sufrir tu posesión maldita; el agua de sus lágrimas culpables; tu beso en cuyo fondo hay una espina. Mira la desnudez de las estrellas; la noble desnudez de las bravías panteras de Nepal, la carne pura de los recién nacidos; tu divina desnudez que da luz como una lámpara de ópalo, y cuyas vírgenes primicias disputaré al gusano que te busca, para morderte con su helada encía el panal perfumado de tu lengua, tu boca, con frescuras de piscina. Que mis brazos rodeen tu cintura como dos llamas pálidas, unidas alrededor de una ánfora de plata en el incendio de una iglesia antigua. Que debajo mis párpados vigilen la sombra de tus sueños mis pupilas cual dos fieras leonas de basalto en los portales de una sala egipcia. Quiero que ciña una corona de oro tu corazón, y que en tu frente lilia caigan mis besos como muchas rosas, y que brille tu frente de Sibila en la gloria cirial de los altares, como una hostia de sagrada harina; y que triunfes, desnuda como una hostia, en la pascua ideal de mis delicias. ¡Entrégate! La noche bajo su amplia cabellera flotante nos cobija. Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche tu cuerpo pecador será una lira.
28.
Olas grises
Olas grises
Llueve en el mar con un murmullo lento. La brisa gime tanto, que da pena. El día es largo y triste. El elemento duerme el sueño pesado de la arena. Llueve. La lluvia lánguida trasciende Su olor de flor helada y desabrida. El día es largo y triste. Uno comprende Que la muerte es así..., que así es la vida. Sigue lloviendo. El día es triste y largo. En el remoto gris se abisma el ser. Llueve... Y uno quisiera, sin embargo, Que no acabara nunca de llover.
29.
Paradisíaca
Paradisíaca
Cabe una rama en flor busqué tu arrimo. La dorada serpiente de mis males circuló por tus púdicos cendales con la invasora suavidad de un mimo. Sutil vapor alzábase del limo sulfurando las tintas otoñales del Poniente, y brillaba en los parrales la transparencia ustoria del racimo. Sintiendo que el azul nos impelía algo de Dios, tu boca con la mía se unieron en la tarde luminosa, bajo el caduco sátiro de yeso. y como de una cinta milagrosa ascendí suspendido de tu beso.
30.
Paseo sentimental
Paseo sentimental
Íbamos por el pálido sendero hacia aquella quimérica comarca, donde la tarde, al rayo del lucero, se pierde en la extensión como una barca Deshojaba tu amor su blanca rosa en la melancolía de la estrella, cuya luz palpitaba temerosa como la desnudez de una doncella. El paisaje gozaba su reposo en frescura de acequia y de albahaca Retardando su andar, ya misterioso, lenta y oscura atravesó la vaca. La feliz soledad de la pradera te abandonaba en égloga exquisita y el vibrante silencio sólo era la pausa de una música infinita. Púsose la romántica laguna sombríamente azul, más que de cielo, de serenidad grave, como una larga quejumbre de «violoncello», La ilusión se aclaró con indecisa debilidad de tarde en tu mirada, y blandamente perfumó la brisa, como una cabellera desatada. La emoción del amor que con su angustia de dulce enfermedad nos desacerba, era el silencio de la tarde mustia y la piedad humilde de la hierba. Humildad olorosa y solitaria que hacia el lívido ocaso decaía, cual si la tierra, en lúgubre plegaria, se postrase ante el cielo en agonía. Al sentir más cordial tu brazo tierno, te murmuré, besándote en la frente, esas palabras de lenguaje eterno, que hacen cerrar los ojos dulcemente. Tus labios, en callada sutileza, rimaron con los míos ese idioma, y así, en mi barba de leal rudeza, fuiste la salomónica paloma. Ante la demisión de aquella calma que tantos desvaríos encapricha, sentí en el beso estremecerse tu alma, al borde del abismo de la dicha. Mas en la misma atónita imprudencia de aquel frágil temblor de porcelana, a mi altivez confiaste tu inocencia con una fiel seguridad de hermana, y de mi propio triunfo prisionero, me ennobleció la legendaria intriga que sufre tanto aciago caballero portante el mal de rigorosa amiga. Sonaba aquel cantar de los rediles tan dulce que parece que te nombra, y florecía estrellas pastoriles el inmenso ramaje de la sombra. La noche armonizábase oportuna con la emoción del cántico errabundo, y la voz religiosa de la luna iba encantando suavemente al mundo. Sol del ensueño, a cuya magia blanca conservas, perpetuado por mi afecto, el azahar que inmarcesible arranca la novia eterna del amor perfecto. Tonada montañesa que atestigua una quejosa intimidad de amores, apalabrando con su letra antigua «El dulce lamentar de dos pastores». Y vino el llanto a tu alma taciturna, en esa plenitud de amor sombríos con que deja correr la flor nocturna su venturoso exceso de rocío; desvanecida de tristeza, cuando pues, ¡quién no sentirá la paz agreste un plenilunio lánguido y celeste cifre el idilio en que se muere amando! Bajo esa calma en que el deseo abdica, yo fui aquel que asombró a la desventura, ilustre de dolor como el pelícano en la fiera embriaguez de su amargura. Así purificados de infortunio, en ilusión de cándida novela, bogamos el divino plenilunio como debajo de una blanca vela. íbamos por el pálido camino hacia aquella quimérica comarca, donde la luna, al dejo vespertino, vuelve de la extensión como una barca. Y ante el favor sin par de la fortuna que te entregaba a mi pasión rendida, con qué desgaire comulgué en la luna la rueda de molino de la vida. Difluía a lo lejos la inconclusa flauta del agua, musical delirio; y en él embebecida mi alma ilusa, fue simple como el asno y como el lirio. Sonora noche, en que como un cordaje la sombra azul nos dio su melodía. Claro de luna que, al nupcial viaje, alas de cisne en su blancura abría... Aunque la verdad grave de la pena bien sé que pronto los ensueños trunca, cada vez que te beso me enajena la ilusión de que no hemos vuelto nunca. Porque esa dulce ausencia sin regreso, y ese embeleso en victorioso alarde, glorificaban el favor de un beso, una tarde de amor... Como esa tarde...
31.
Piano
Piano
Un poco de cielo y un poco de lago donde pesca estrellas el glácil bambú, y al fondo del parque, como íntimo halago, la noche que mira como miras tú. Florece en los lirios de tu poesía la cándida luna que sale del mar, y en flébil de azul melodía, te infunde una vaga congoja de amar. Los dulces suspiros que tu alma perfuman te dan, como a ella, celeste ascensión, la noche..., tus ojos..., un poco de Schuman... y mis manos llenas de tu corazón.
32.
Primer violín
Primer violín
Largamente, hasta tu pie se azula el mar ya desierto, y la luna es de oro muerto en la tarde rosa té. Al soslayo de la luna recio el gigante trabaja, susurrándote en voz baja los ensueños de la luna. Y en la lenta palpitación, más grave ya con la sombra, viene a tenderte la alfombra su melena de león.
33.
Romance del perfecto amor
Romance del perfecto amor
Oye, Amada, la noche. Qué serena la luna se levanta sobre la mar y sobre tu hermosura. La noche canta. Oye, Amada, la fuente. En lo profundo de la calma sonora, con música más dulce que ese canto, la fuente llora. Oye, amada, el silencio. Qué reposo de pasión, de congoja y de batalla. Reina la perfección sobre los lirios. La dicha calla.
34.
Rosa de otoño
Rosa de otoño
Abandonada al lánguido embeleso que alarga la otoñal melancolía, tiembla la última rosa que por eso es más hermosa cuanto más tardía. Tiembla... un pétalo cae... y en la leve imperfección que su belleza trunca, se malogra algo de íntimo que debe llegar acaso y que no llega nunca. La flor, a cada pétalo caído, como si lo llorara, se doblega bajo el fatal rigor que no ha debido llegar jamás, pero que siempre llega. Y en una blanda lentitud, dichosa con la honda calma que la tarde vierte, pasa el deshojamiento de la rosa por las manos tranquilas de la muerte.
35.
Rosa marchita
Rosa marchita
Rosa marchita que el amante guarda entre viejos y pálidos papeles que a ese recuerdo vagamente fieles siente pasar bajo su mano tarda. Quizá recuerda un algo de la vida de aquel amor, tras tantos desengaños, y por eso parece que, a los años, no está muerta la flor, sino dormida.
36.
Salmo pluvial
Salmo pluvial
Tormenta: érase una caverna de agua sombría el cielo; El trueno, a la distancia, rodaba su peñón; Y una remota brisa de conturbado vuelo, Se acidulaba en tenue frescura de limón. Como caliente polen exhaló el campo seco Un relente de trébol lo que empezó a llover. Bajo la lenta sombra, colgada en denso fleco, Se vio el cardal con vívidos azules florecer. Una fulmínea verga rompió el aire al soslayo; Sobre la tierra atónita cruzó un pavor mortal, y el firmamento entero se derrumbó en un rayo, Como un inmenso techo de hierro y de cristal. Lluvia: Y un mimbreral vibrante fue el chubasco resuelto Que plantaba sus líquidas varillas al trasluz, O en pajonales de agua se espesaba revuelto, Descerrajando al paso su pródigo arcabuz. Saltó la alegre lluvia por taludes y cauces; Descolgó del tejado sonoro caracol; y luego, allá a lo lejos, se desnudó en los sauces. Transparente y dorada bajo un rayo de sol. Calma: Delicias de los árboles que abrevó el aguacero. Delicia de los gárrulos raudales en desliz. Cristalina delicia del trino del jilguero. Delicia serenísima de la tarde feliz. Plenitud: El cerro azul estaba fragante de romero, y en los profundos campos silbaba la perdiz.
37.
Segundo violín
Segundo violín
La luna te desampara y hunde en le confín remoto su punto de huevo roto que vierte en el mar su clara. Medianoche van a dar, y al gemido de la ola te angustias, trémula y sola, entre mi alma y el mar.
38.
Tentación
Tentación
Calló por fin el mar, y así fue el caso: En un largo suspiro violeta, se extenuaba de amor la tarde quieta con la ducal decrepitud del raso. Dios callaba también; una secreta inquietud expresábase en tu paso; la palidez dorada del Ocaso recogía tu lánguida silueta. El campo en cuyo trebolar maduro la siembra palpitó como una esposa, contemplaba con éxtasis impuro tu media negra; y una silenciosa golondrina rayaba el cielo rosa, como un pequeño pensamiento oscuro.
39.
Venus victa
Venus victa
Pidiéndome la muerte, tus collares desprendiste con trágica alegría y en su pompa fluvial la pedrería se ensangrentó de púrpuras solares. Sobre tus bizantinos alamares gusté infinitamente tu agonía, a la hora en que el crepúsculo surgía como un vago jardín tras de los mares. Cincelada por mi estro, fuiste bloque sepulcral, en tu lecho de difunta; y cuando por tu seno entró el estoque con argucia feroz su hilo de hielo, brotó un clavel bajo su fina punta en tu negro jubón de terciopelo.
40.
Violonchelo
Violonchelo
Divina calma del mar donde la luna dilata largo reguero de plata que induce a peregrinar. En la pureza infinita en que se ha abismado el cielo, un ilusorio pañuelo tus adioses solicita. y ante la excelsa quietud, cuando en mis brazos te estrecho es tu alma, sobre mi pecho, melancólico laúd.
Frases para reflexionar
« Cantar a la patria no es ensalzar sus vanidades, sino despertar su conciencia inmortal. »
Algunos libros de poesía de Leopoldo Lugones:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: