« ¡Cuántos hay que ríen con el labio y lloran con el corazón! »
Juan de Dios Peza
Romanticismo Mexicano (1852 - 1910)El poeta del hogar y de la ternura mexicana, célebre por su conmovedor poema Reír llorando sobre el payaso Garrik.
Vida
Conocido en todo México como el poeta de los niños y de la ternura familiar, su vida personal escondía una amarga soledad. Su esposa lo abandonó sin previo aviso, dejándolo solo al cuidado de sus pequeños hijos, a los que crio con un amor conmovedor que plasmó en versos inolvidables.
Alcanzó la gloria con su célebre poema «Reír llorando», donde un hombre deprimido acude al médico y este le aconseja ver al payaso Garrick; el paciente confiesa entre lágrimas: «¡Yo soy Garrick!». Aquella conmovedora historia sobre esconder el dolor tras la sonrisa emocionó a millones de lectores en todo el continente.
Poemas de Juan de Dios Peza
1.
Adúltera
Adúltera
Tienes como Luzbel, formas tan bellas e el hombre olvida al verte, enamorado, que son tus ojos negros dos estrellas veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita el reposo el Pobre hogar con que tu falta escudas, porque a besar te atreves al esposo, como besara a Jesucristo Judas. ¡Aún sus flores te da la primavera y ya tienes el alma envilecida!... Ya llegarás a ver, aunque no quieras, el horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos del casto hogar de la mujer honrada; y audaz ostentas el vender tus besos las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa y manchas lo que tocas con la mano; te dio Lucrecia Borgia su sonrisa y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; se aparta la virtud de tu presencia; porque más negras, más negra que tus ojos, tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas; mármol de Paros, tu ondulante seno; más... ¡ay!, que tan excelsas maravillas son del barro nomás del cieno. Reina del mal: tú tienes por diadema la infamia, que con nada se redime; el pudor es un ascua que te quema, el deber es un yugo que te oprime. Tienen las gracias con que al mundo halagas precio vil en mercancías repugnantes, y te envaneces de cubrir tus llagas con seda recamada de brillantes. En este siglo en que el honor campea no te ha de perdonar ni el vulgo necio; hieren más que las piedras de Judea los dardos de la burla y el desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, de la mundana compasión proscrita, el honor, cuando mueras humillada, sobre tu fosa escribirá... «¡Maldita!...»
2.
C a r t a
C a r t a
Carta Con letras ya borradas por los años, en un papel que el tiempo ha carcomido, símbolo de pasados desengaños, guardo una carta que selló el olvido. La escribió una mujer joven y bella. ¿Descubriré su nombre? ¡ No, no quiero! pues siempre he sido, por mi buena estrella, para todas las damas caballero. ¿Qué ser alguna vez no esperó en vano algo que, si se frustra, mortifica? Misterios que al papel lleva la mano, El tiempo los descubre y los publica, Aquellos que juzgáronme felices en amores; que halagan mi amor propio, aprendan de memoria lo que dice la triste historia que a la letra copio: “Dicen que las mujeres sólo lloran cuando quieren fingir hondos pesares, los que tan falsa máxima atesoran, muy torpes deben ser o muy vulgares. Si cayera mi llanto hasta las hojas donde temblando está la mano mía, para poder decirte mis congojas, con lágrimas mi carta escribiría. Mas si el llanto es tan claro que no pinta, y hay que usar de otra tinta más obscura, la negra escogeré, porque es la tinta donde más se refleja mi amargura. Aunque no soy para soñar esquiva sé que para soñar nací despierta. Me he sentido morir, y aún estoy viva; Tengo ansias de vivir, y ya estoy muerta. Me acosan del dolor fieros vestigios. ¡Qué amargas son las lágrimas primeras! Pesan sobre mi vida veinte siglos, y apenas cumplo veinte primaveras. En esta horrible lucha en que batallo, aun cuando débil tu consuelo imploro, quiero decir que lloro y me lo callo, y más risueña estoy cuando más lloro. ¿Por qué te conocí? Cuando temblando de pasión, sólo entonces no mentida, me llegaste a decir: ¡ te estoy amando con un amor que es vida de mi vida! ¿Qué te respondí yo? Bajé la frente; triste y convulsa, te estreché la mano, porque un amor que nace tan vehemente, es natural que muera muy temprano. Tus versos para mí conmovedores los juzgué flores puras y divinas, olvidando, insensata, que las flores todo lo pierden, menos las espinas. Yo, que como mujer, soy vanidosa, me vi feliz creyéndome adorada, sin ver que la ilusión es una rosa que vive solamente una alborada. ¡Cuántos de los crepúsculos que admiras, pasamos entre dulces vaguedades, las verdades juzgándolas mentiras, las mentiras creyéndolas verdades! Me hablabas de tu amor, y absorta y loca, me imaginaba estar dentro de un cielo, y al contemplar tus ojos y tu boca tu misma sombra me causaba celo. Al verme embelesada al escucharte, clamaste,-aprovechando mi embeleso-, “Déjame arrodillar para adorarte”, y al verte de rodillas te di un beso. Te besé con arrojo, no se asombre un alma escrupulosa o timorata: la insensatez no es culpa. Besé a un hombre, porque toda pasión es insensata. Debo aquí confesar que un beso ardiente, aunque robe la dicha y el sosiego, es el placer más grande que se siente cuando se tiene un corazón de fuego. Cuando toqué tus labios fue preciso soñar que aquel placer se hiciera eterno. Mujeres: es el beso un paraíso por donde entramos muchas al infierno. Después de aquella vez, en otras muchas, apasionado tú, yo enternecida, quedaste vencedor en esas luchas tan dulces en la aurora de la vida. ¡Cuántas promesas, cuántos devaneos! El grande amor con el desdén se paga; toda llama que avivan los deseos, pronto encuentra la nieve que la apaga. Te quisiera culpar y no me atrevo; es, después de gozar, justo el hastío; yo, que soy un cadáver que me muevo, del amor de mi madre desconfío. Me engañaste, y no te hago ni un reproche, era tu voluntad y fue mi anhelo; reza, dice mi madre, en cada noche; y tengo miedo de invocar al cielo. Pronto voy a morir; esa es mi suerte. ¿Quién se opone a las leyes del destino? Aunque es camino obscuro el de la muerte, ¿quién no llega a cruzar, ese camino? En él te encontraré; todo derrumba el tiempo, y tú caerás bajo su peso: tengo que devolverte en ultratumba todo el mal que me diste con tu beso. ¿Mañana he de vivir en tu memoria? En aquella región quizá sombría mostrar a Dios podremos nuestra historia. Adiós... Adiós... hasta el terrible día. Leí estas líneas y en eterna ausencia esa cita fatal vivo esperando... Y sintiendo la noche en mi conciencia, guardé la carta y me quedé llorando.
3.
El callejón del beso
El callejón del beso
Una noche invernal, de las más bellas con que engalana enero sus rigores y en que asoman la luna y las estrellas calmando penas e inspirando amores; noche en que están galanes y doncellas olvidados de amargos sinsabores, al casto fuego de pasión secreta parodiando a Romeo y a Julieta. En una de esas noches sosegadas, en que ni el viento a susurrar se atreve, ni al cruzar por las tristes enramadas las mustias hojas de los fresnos mueve en que se ven las cimas argentadas que natura vistió de eterna nieve, y en la distancia se dibujan vagos copiando el cielo azul los quietos lagos; llegó al pie de una angosta celosía, embozado y discreto un caballero, cuya mirada hipócrita escondía con la anchurosa falda del sombrero. Señal de previsión o de hidalguía dejaba ver la punta de su acero y en pie quedó junto a vetusta puerta, como quien va a una cita y está alerta. En gran silencio la ciudad dormida, tan sólo turba su quietud serena, del Santo Oficio como voz temida débil campana que distante suena, o de amor juvenil nota perdida alguna apasionada cantilena o el rumor que entre pálidos reflejos suelen alzar las rondas a lo lejos. De pronto, aquel galán desconocido levanta el rostro en actitud violenta y cual del alto cielo desprendido un ángel a su vista se presenta -¡Oh Manrique! ¿Eres tú? ¡Tarde has venido! -¿Tarde dices, Leonor? Las horas cuenta. Y el tiempo que contesta a tal reproche daba el reloj las doce de la noche. Y dijo la doncella: - "Debo hablarte con todo el corazón; yo necesito la causa de mis celos explicarte. Mi amor, lo sabes bien, es infinito, tal vez ni muerta dejaré de amarte pero este amor lo juzgan un delito porque no lo unirán sagrados lazos, puesto que vives en ajenos brazos. "Mi padre, ayer, mirándome enfadada me preguntó, con duda, si era cierto que me llegaste a hablar enamorado, y al ver mi confusión, él tan experto, sin preguntarme más, agregó airado: prefiero verlo por mi mano muerto a dejar que con torpe alevosía mancille el limpio honor de la hija mía. "Y alguien que estaba allí dijo imprudente: ¡Ah! yo a Manrique conocí en Sevilla, es guapo, decidor, inteligente, donde quiera que está resalta y brilla, mas conozco también a una inocente mujer de alta familia de Castilla, en cuyo hogar, cual áspid, se introdujo y la mintió pasión y la sedujo. Entonces yo celosa y consternada le pregunté con rabia y amargura, sintiendo en mi cerebro desbordada la fiebre del dolor y la locura: -¿Esa inocente víctima inmolada hoy llora en el olvido su ternura? Y el delator me respondió con saña: -¡No! La trajo Manrique a Nueva España. "Si es la mujer por condición curiosa y en inquirir concentra sus anhelos, es más cuando ofendida y rencorosa siente en su pecho el dardo de los celos y yo, sin contenerme, loca, ansiosa, sin demandar alivios ni consuelos, le pregunté por víctima tan bella y en calma respondió: -Vive con ella. "Después de tal respuesta que ha dejado dudando entre lo efímero y lo cierto a un corazón que siempre te ha adorado y sólo para ti late despierto, tal como deja un filtro envenenado al que lo apura, sin color y yerto: no te sorprenda que a tu cita acuda para que tú me aclares esta duda". Pasó un gran rato de silencio y luego Manrique dijo con la voz serena -"Desde que yo te vi te adoro ciego por ti tengo de amor el alma llena; no sé si esta pasión ni si este fuego me ennoblece, me salva o me condena, pero escucha, Leonor idolatrada, a nadie temo ni me importa nada. "Muy joven era yo y en cierto día libre de desengaños y dolores, llegué de capitán a Andalucía, la tierra de la gracia y los amores. Ni la maldad ni el mundo conocía, vagaba como tantos soñadores que en pos de algún amor dulce y profundo ven como eterno carnaval el mundo. "Encontré a una mujer joven y pura, y no sé qué la dije de improviso, la aseguré quererla con ternura y no puedo negártelo: me quiso. Bien pronto, tomó creces la aventura; soñé tener con ella un paraíso porque ya en mis abuelos era fama: antes Dios, luego el Rey, después mi dama. "Y la llevé conmigo; fue su anhelo seguirme y fue mi voluntad entera; surgió un rival y le maté en un duelo, y después de tal lance, aunque quisiera pintar no puedo el ansia y el desvelo que de aquella Sevilla, dentro y fuera, me dio el amor como tenaz castigo del rapto que me pesa y que maldigo. "A noticias llegó del Soberano esta amorosa y juvenil hazaña y por salvarme me tendió su mano, y para hacerme diestro en la campaña me mandó con un jefe veterano a esta bella región de Nueva España... ¿Abandonaba a la mujer aquella? soy hidalgo, Leonor, ¡vine con ella! "Te conocí y te amé, nada te importe la causa del amor que me devora; la brújula, mi bien, siempre va al norte; la alondra siempre cantará a la aurora. ¿No me amas ya? pues deja que soporte a solas mi dolor hora tras hora; no demando tu amor como un tesoro, ¡bástame con saber que yo te adoro! "No adoro a esa mujer; jamás acudo a mentirle pasión, pero tú piensa que soy su amparo, su constante escudo, de tanto sacrificio en recompensa. Tú, azucena gentil, yo cardo rudo, si ofrecerte mi mano es una ofensa nada exijo de ti, nada reclamo, me puedes despreciar, pero te amo". Después de tal relato, que en franqueza ninguno le excedió, calló el amante, inclinó tristemente la cabeza; cerró los ojos mudo y anhelante ira, celos, dolor, miedo y tristeza hiriendo a la doncella en tal instante parecían decirle con voz ruda: la verdad es más negra que la duda. Quiere alejarse y su medrosa planta de aquel sitio querido no se mueve, quiere encontrar disculpa, mas le espanta de su adorado la conducta aleve; quiere hablar y se anuda su garganta, y helada en interior como la nieve mira con rabia a quien rendida adora y calla, gime, se estremece y llora. ¡Es el humano corazón un cielo! Cuando el sol de la dicha lo ilumina parece azul y vaporoso velo que en todo cuanto flota nos fascina: si lo ennegrece con su sombra el duelo, noche eterna el que sufre lo imagina, y si en nubes lo envuelve el desencanto ruge la tempestad y llueve el llanto. ¡Ah! cuán triste es mirar marchita y rota la flor de la esperanza y la ventura, cuando sobre sus restos solo flota el negro manto de la noche obscura; cuando vierte en el alma gota a gota su ponzoñosa esencia la amargura y que ya para siempre en nuestra vida la primera ilusión está perdida. Leonor oyendo la vulgar historia del hombre que encontrara en su camino, miró eclipsarse la brillante gloria de su primer amor, casto y divino; su más dulce esperanza fue ilusoria, culpaba, no a Manrique, a su destino y al fin le dijo a su galán callado: -"Bien; después de lo dicho, ¿qué has pensado? "Tanta pasión por ti mi pecho encierra que el dolor que me causas lo bendigo; voy a vivir sin alma y no me aterra, pues mi culpa merece tal castigo. Como a nadie amaré sobre la tierra llorando y de rodillas te lo digo, haz en mi nombre a esa mujer dichosa, porque yo quiero ser de Dios esposa. Calló la dama y el galán, temblando, dijo con tenue y apagado acento: -"Haré lo que me pidas; te estoy dando pruebas de mi lealtad, y ya presiento que lo mismo que yo te siga amando me amarás tú también en el Convento; y si es verdad, Leonor, que me has querido dame una última prueba que te pido. "No tu limpia pureza escandalices con este testimonio de ternura no hay errores, ni culpas, ni deslice entre un hombre de honor y un alma pura; si vamos a ser ambos infelices y si eterna ha de ser nuestra amargura, que mi postrer adiós que tu alma invoca lo selles con un beso de mi boca". Con rabia, ciega, airada y ofendida, -"No me hables más, -repuso la doncella- sólo pretendes verme envilecida y mancillarme tanto como a aquélla. Te adoro con el alma y con la vida y maldigo este amor, pese a mi estrella, si hidalgo no eres ya ni caballero ni debo amarte, ni escucharte quiero". Manrique, entonces la cabeza inclina, siente que se estremece aquel recinto, y sacando una daga florentina, que llevaba escondida bajo el cinto como un tributo a la beldad divina que amó con un amor jamás extinto, altivo, fiero y de dolor deshecho diciendo : -"Adiós, Leonor", la hundió en su pecho. La dama, al contemplar el cuerpo inerte en el dintel de su mansión caído, maldiciendo lo negro de la suerte, pretende dar el beso apetecido. Llora, solloza, grita ante la muerte del hombre por su pecho tan querido, y antes de que bajara hasta la puerta la gente amedrentada se despierta. Leonor, a todos sollozando invoca y les pide la lleven al convento junto a Manrique, en cuya helada boca un beso puede renovar su aliento. Todos claman oyéndola: "¡Está loca!" y ella, fija en un solo pensamiento convulsa, inquieta, lívida y turbada cae, al ver a su padre, desmayada. Y no cuentan las crónicas añejas de aquesta triste y amorosa hazaña, si halló asilo Leonor tras de las rejas de algún convento de la Nueva España. Tan fútil como todas las consejas, si ésta que narro a mi le lector extraña, sepa que a la mansión de tal suceso, llama la gente: "El Callejón del Beso".
4.
El cuento de margot
El cuento de margot
Vamos Margot, repíteme esa historia Que estabas refiriéndole á María, Ya vi que te la sabes de memoria y debes de enseñármela, hija mía. -La sé porque yo misma la compuse. -¿Y así no me la dices ? Anda, ingrata. -¡Tengo compuestas diez! -¡Cómo! repuse, ¿Te has vuelto á los seis años literata? -¡No, literata no! pero hago cuentos... -No temas que tal gusto te reproche. -Al ver á mis hermanos tan contentos yo les compongo un cuento en cada noche. -¿Y cómo dice el que contando estabas? -Es muy triste, papá, ¿que no lo oíste? -Sólo oí que lloraban y llorabas. -¡Ah! si, todos lloramos; ¡es muy triste! Imagínate un niño abandonado de grandes ojos de viveza llenos, rubio, risueño, gordo y colorado: Como mi hermano Juan, ni más ni menos Figúrate una noche larga y fría, de muda soledad, sin luz alguna, y ese niño muriendo, en agonía, encima de la acera, no en la cuna. -¿En las heladas losas ? -Si, en la acera, Es decir, en la calle... -¡Qué amargura! -Hubo alguien que pasando lo creyera un olvidado cesto de basura. Yo pasaba, lo vi, bajé mis brazos Queriendo darle maternal abrigo y envuelto en un pañal hecho pedazos lo alcé á mi pecho y lo llevé conmigo. Lloraba tanto y tanto el angelito que ya estaban sus párpados muy rojos.. Y a cada nueva queja, a cada grito el alma me sacaba por los ojos. Me lo llevé á mi cama: entre plumones Lo hice dormir caliente y sosegado... ¡Cómo hubo en este mundo corazones capaces de dejarlo abandonado! ¡Ay! yo sé por mi libro de lectura que estudio en mis mayores regocijos, que ni los tigres en la selva oscura dejan abandonados a sus hijos. ¡Pobrecito! Yo sé su mal profundo, Le curo como madre toda pena: Parece que este niño en este mundo no es hijo de mujer sino de hiena. De mi colchón en el caliente hueco duerme para que en lágrimas no estalle; y llorando Margot, mostró el muñeco que en cierta noche se encontró en la calle.
5.
«este era un rey...»
«este era un rey...»
«Este era un rey...» Ven mi Juan, y toma asiento en la mejor de tus sillas; siéntate aquí, en mis rodillas, y presta atención a un cuento. Así estás bien, eso es, muy cómodo, muy ufano, pero ten quieta esa mano, vamos, sosiega esos pies. éste era un rey... me maltrata el bigote ese cariño. éste era un rey... vamos niño. que me rompes la corbata. Si vieras con qué placer ese rey... ¡Jesús! ¡qué has hecho! ¿Lo ves? en medio del pecho me has clavado un alfiler! ¿Y mi dolor te da risa? Escucha y tenme respeto: éste era un rey... deja quieto el cuello de mi camisa. Oír atento es la ley Que a cumplir aquí te obligo. Deja mi reloj... prosigo. Atención: éste era un rey... Me da tormentos crueles tu movilidad chicuelo, ¿ves? has regado en el suelo mi dinero y mis papeles. Responde: ¿me has de escuchar? éste era un rey... ¡qué locura! Me tiene en grande tortura que te muevas sin parar. Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí, al fin cesa mi tormento... éste era un rey, oye el cuento inventado para ti... Y agrega el niño, que es ducho en tramar cuentos a fe : «éste era un rey»... ya lo sé porque lo repites mucho. -Y me gusta el cuentecito -y mira, ya lo aprendí: «éste era un rey», ¿no es así? -Qué bonito! ¡Qué bonito! Y de besos me da un ciento. y pienso al ver sus cariños: Los cuentos para los niños no requieren argumento. Basta con entretener su espíritu de tal modo que nos puedan hacer todo lo que nos quieran hacer. Con lenguaje grato ó rudo un niño, sin hacer caso, va dejando paso á paso a su narrador desnudo. Infeliz del que se escama con esas dulces locuras; ¡Si estriba en sus travesuras el argumento del drama! ¡Oh Juan! me alegra y me agrada tu movilidad tan terca; te cuento por verte cerca y no por contarte nada. Y bendigo mi fortuna, y oye el cuento y lo sabrás: «Era un rey a quien jamás le sucedió cosa alguna».
6.
Fusiles y muñecas
Fusiles y muñecas
Juan y Margot, dos ángeles hermanos que embellecen mi hogar con sus cariños, se entretienen en juegos tan humanos que parecen personas desde niños. Mientras Juan, de tres años, es soldado y monta en una caña endeble y hueca, besa Margot con labios de granado, los labios de cartón de su muñeca. Lucen los dos sus inocentes galas y alegres sueñan en tan dulces lazos; él, que cruza sereno entre las balas; ella, que arrulla a un niño entre sus brazos. Puesto al hombro el fusil de hoja de lata, el kepis de papel sobre la frente, alienta el niño en su inocencia grata el orgullo viril de ser valiente. Quizá piensa, en sus juegos infantiles, que en este mundo que su afán recrea, son como el suyo todos los fusiles con que la torpe humanidad pelea. Que pesan poco, que sin odios lucen, que es igual el más débil al más fuerte, y que, si se disparan, no producen humo, fragor, consternación y muerte. ¡Oh, misteriosa condición humana! Siempre lo opuesto buscas en la tierra; ya delira Margot por ser anciana, y Juan, que vive en paz, ama la guerra. Mirándoles jugar, me aflijo y callo; ¿cual será en el mundo su fortuna? Sueña el niño con armas y caballo, la niña con velar junto a la cuna. El uno corre de entusiasmo ciego, la niña arrulla a su muñeca inerme, y mientras grita el uno: Fuego, Fuego, la otra murmura triste: Duerme, Duerme. A mi lado ante juegos tan extraños, Concha, la primogénita, me mira: ¡es toda una persona de seis años que charla, que comenta y que suspira! ¿Por qué inclina su lánguida cabeza mientras deshoja inquieta algunas flores? ¿Será la que ha heredado mi tristeza? ¿será la que comprende mis dolores? Cuando me rindo del dolor al peso, cuando la negra duda me avasalla, se me cuelga del cuello, me da un beso, se le saltan las lágrimas, y calla. Sueltas sus trenzas claras y sedosas, y oprimiendo mi mano entre sus manos parece que medita muchas cosas al mirar como juegan sus hermanos. Margot que canta en madre transformada, y arrulla a un niño que jamás se queja, ni tiene que llorar desengañada, ni el hijo crece, ni se vuelve vieja. Y este guerrero audaz de tres abriles que ya se finge apuesto caballero, no logra en sus campañas infantiles manchar con sangre y lágrimas su acero. ¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! Amo tus goces, busco tus cariños; como han de ser los juegos de los hombres, más dulces que los juegos de los niños. ¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna turbar jamás vuestra inocente calma, no dejéis esa espada y esa cuna; cuando son de verdad, matan el alma.
7.
Juegos del alma
Juegos del alma
Mientras yo á carcajadas me reía, en otra habitación Margot lloraba; ¡Qué contraste formó con mi alegría la pena que su llanto revelaba! Corro al instante a verla y la pregunto: ¿Por qué con tal dolor estás llorando? Di... ¿por qué gritas? y responde al punto es porque estoy a lágrimas jugando. ¿Cómo? ¡Jugar a lágrimas! ¡Ignoras lo que dices Margot! ¡Vives de prisa! Mientras tú alegre juegas a que lloras yo estoy con mi dolor jugando a risa.
8.
Las bodas
Las bodas
¡Dos sillones sirviéndoles de altares! Los dos niños cogidos de la mano, de blanco y coronada de azahares se va a casar Margot con Juan su hermano. Por infantil y extraña anomalía que no sé si a los teólogos asombre, en cura de almas se cambió María y oficia el acto convertida en hombre. Es graciosa la novia; su vestido, entiéndase mejor, el nupcial traje, es un chal de burato desteñido cuyos rasgones suplen al encaje. Las flores que le adornan en la frente, más que corona semejando venda, han crecido en los bordes de la fuente que tiene el jardincillo de la hacienda. El traje del galán no tiene pero, es un frac de papel, por mí cortado; usa en la ceremonia mi sombrero, bastón de borla y pañolón bordado. Ni curiosos ni amigos imprudentes asisten á la boda de que os hablo, no hay suegros, ni padrinos, ni parientes, ni la epístola citan de san Pablo. Con suma sencillez el cura dice: «Tú serás el marido y tú la esposa.» Los junta, los contempla, los bendice, y concluye la fiesta religiosa. Después, cediendo al poderoso lazo, con el grave ademán de los señores, la dama y el galán que le da el brazo se alejan por los anchos corredores. -Oigan, les grita el cura femenino, que no vuelva a mirarlos enfadados y ellos dicen siguiendo su camino, ¿Enfadarnos? jamás; ¡somos casados! Espectador que al verlos se enajena era yo aquella vez, y me entrometo y pregunto á los héroes de esta escena sin miedo a que me falten al respeto. -Ya vi lo que habéis hecho, y necesito que aquí sin engañarme ni engañarse, me digan, tú, Margot, o tú, Juanito, lo que habéis entendido por casarse. Y en seguida el varón contesta ufano sin temor á un regaño ni una riña: -Casarse, ¿no lo ves? es dar la mano cada vez que se quiere a alguna niña. Nunca enfadarse ni reñir por nada, sentarse juntos y jugar contentos, ir á correr los dos por la calzada y contarse en la noche muchos cuentos. -¿Y es la primera vez que te has casado? y me responde Juan con ironía: -No, papá; van tres veces, y he pensado en casarme esta tarde con María! Al oír esta frase sentenciosa de la boca infantil de aquel marido, quedéme enfrente de la humana prosa en hondas reflexiones sumergido. El pecado, pensé, vive en lo impuro de una alma enferma, desgarrada ó seca. ¿Por qué peca el polígamo maduro? ¿Por qué el niño polígamo no peca?
9.
Nieve de estío
Nieve de estío
Como la historia del amor me aparta de las sombras que empañan mi fortuna, yo de esa historia recogí esta carta que he leído a los rayos de la luna. Yo soy una mujer muy caprichosa y que me juzgue a tu conciencia dejo, para poder saber si estoy hermosa recurro a la franqueza de mi espejo. Hoy, después que te vi por la mañana, al consultar mi espejo alegremente, como un hilo de plata vi una cana perdida entre los rizos de mi frente. Abrí para arrancarla mis cabellos sintiendo en mi alma dolorosas luchas, y cuál fue mi sorpresa, al ver en ellos esa cana crecer con otras muchas. ¿Por qué se pone mi cabello cano? ¿Por qué está mi cabeza envejecida? ¿Por qué cubro mis flores tan temprano con las primeras nieves de la vida? No lo sé. Yo soy tuya, yo te adoro, con fe sagrada, con el alma entera; pero sin esperanza sufro y lloro; ¿tiene también el llanto primavera? Cada noche soñando un nuevo encanto vuelvo a la realidad desesperada; soy joven, en verdad, mas sufro tanto que siento ya mi juventud cansada. Cuando pienso en lo mucho que te quiero y llego a imaginar que no me quieres, tiemblo de celos y de orgullo muero; (Perdóname, así somos las mujeres). He cortado con mano cuidadosa esos cabellos blancos que te envío; son las primeras nieves de una rosa que imaginabas llena de rocío. Tú me has dicho: "De todos tus hechizos, lo que más me cautiva y enajena, es la negra cascada de tus rizos cayendo en torno a tu faz morena". Y yo, que aprendo todo lo que dices, puesto que me haces tan feliz con ello, he pasado mis horas más felices mirando cuán rizado es mi cabello. Mas hoy, no elevo dolorosa queja, porque de ti no temo desengaños; mis canas te dirán que ya está vieja una mujer que cuenta veintiún años. ¿Serán para tu amor mis canas nieve? Ni a suponerlo en mis delirios llego. ¿Quién a negarme sin piedad se atreve que es una nieve que brotó del fuego? ¿Lo niegan los principios de la ciencia y una antítesis loca se parece? pues es una verdad de la experiencia: cabeza que se quema se emblanquece. Amar con fuego y existir sin calma; soñar sin esperanza de ventura, dar todo el corazón, dar toda el alma en un amor que es germen de amargura. Buscar la dicha llena de tristeza sin dejar que sea tuyo el hado impío, llena de blancas hebras mi cabeza y trae una vejez: la del hastío. Enemiga de necias presunciones cada cana que brota me la arranco, y aunque empañe tus gratas ilusiones te mando, ya lo ves, un rizo blanco. ¿Lo guardarás? Es prenda de alta estima y es volcán este amor a que me entrego; tiene el volcán sus nieves en la cima, pero circula en sus entrañas fuego.
10.
Post-Umbra
Post-Umbra
Con letras ya borradas por los años, en un papel que el tiempo ha carcomido, símbolo de pasados desengaños, guardo una carta que selló el olvido. La escribió una mujer joven y bella. ¿Descubriré su nombre? ¡No!, ¡no quiero! pues siempre he sido, por mi buena estrella, para todas las damas, caballero. ¿Qué ser alguna vez no esperó en vano algo que si se frustra, mortifica? Misterios que al papel lleva la mano, el tiempo los descubre y los publica. Aquellos que juzgáronme felice, en amores que halagan mi amor propio, aprendan de memoria lo que dice la triste historia que a la letra copio: “Dicen que las mujeres sólo lloran cuando quieren fingir hondos pesares”; los que tan falsa máxima atesoran, muy torpes deben ser, o muy vulgares. Si cayera mi llanto hasta las hojas donde temblando está la mano mía, para poder decirte mis congojas con lágrimas mi carta escribiría. Mas si el llanto es tan claro que no pinta, y hay que usar otra tinta más oscura, la negra escogeré, porque es la tinta donde más se refleja mi amargura. Aunque no soy para soñar esquiva, sé que para soñar nací despierta. Me he sentido morir y aún estoy viva; tengo ansias de vivir y ya estoy muerta. Me acosan de dolor fieros vestigios, ¡qué amargas son las lágrimas primeras! Pesan sobre mi vida veinte siglos, y apenas cumplo veinte primaveras. En esta horrible lucha en que batallo, aun cuando débil, tu consuelo imploro, quiero decir que lloro y me lo callo, y más risueña estoy cuanto más lloro. ¿Por qué te conocí? Cuando temblando de pasión, sólo entonces no mentida, me llegaste a decir: “Te estoy amando con un amor que es vida de mi vida”. ¿Qué te respondí yo? Bajé la frente, triste y convulsa te estreché la mano, porque un amor que nace tan vehemente es natural que muere muy temprano. Tus versos para mi conmovedores, los juzgué flores puras y divinas, olvidando, insensata, que las flores todo lo pierden menos las espinas. Yo, que como mujer, soy vanidosa, me vi feliz creyéndome adorada, sin ver que la ilusión es una rosa, que vive solamente una alborada. ¡Cuántos de los crepúsculos que admiras pasamos entre dulces vaguedades; las verdades juzgándolas mentiras, las mentiras creyéndolas verdades! Me hablabas de tu amor, y absorta y loca, me imaginaba estar dentro de un cielo, y al contemplar mis ojos y mi boca, tu misma sombra me causaba celo. Al verme embelesada, al escucharte, clamaste, aprovechando mi embeleso: “déjame arrodillar para adorarte"; y al verte de rodillas te di un beso. Te besé con arrojo, no se asombre un alma escrupulosa y timorata: la insensatez no es culpa. Besé a un hombre porque toda pasión es insensata. Debo aquí confesar que un beso ardiente, aunque robe la dicha y el sosiego, es el placer más grande que se siente cuando se tiene un corazón de fuego. Cuando toqué tus labios fue preciso soñar que aquel placer se hiciera eterno. Mujeres: es el beso un paraíso por donde entramos muchas al infierno. Después de aquella vez, en otras muchas, apasionado tú, yo enternecida, quedaste vencedor en esas luchas tan dulces en la aurora de la vida. ¡Cuántas promesas, cuántos devaneos! El grande amor con el desdén se paga: toda llama que avivan los deseos pronto encuentra la nieve que la apaga. Te quisiera culpar y no me atrevo, es, después de gozar, justo el hastío: yo que soy un cadáver que me muevo, del amor de mi madre desconfío. Me engañaste y no te hago ni un reproche, era tu voluntad y fue mi anhelo; reza, dice mi madre cada noche; y tengo miedo de invocar al cielo. Pronto voy a morir; esa es mi suerte; ¿quién se opone a las leyes del destino? Aunque es camino oscuro el de la muerte, ¿quién no llega a cruzar ese camino? En él te encontraré; todo derrumba el tiempo, y tú caerás bajo su peso; tengo que devolverte en ultratumba todo el mal que me diste con un beso. Mostrar a Dios podremos nuestra historia en aquella región quizá sombría. ¿Mañana he de vivir en tu memoria...? Adiós... adiós... hasta el terrible día. Leí las líneas y en eterna ausencia esa cita fatal vivo esperando... Y sintiendo la noche en mi conciencia, guardé la carta y me quedé llorando.
11.
Reír llorando
Reír llorando
Viendo a Garrik -actor de la Inglaterra- el pueblo al aplaudirlo le decía: "Eres el más gracioso de la tierra, y más feliz..." y el cómico reía. Víctimas del spleen, los altos lores en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores, y cambiaban su spleen en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío. Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte; en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única pasión la de la muerte. -Viajad y os distraeréis. -¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad. -¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer. -¡Si soy amado! -Un título adquirid. -¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas. -¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho! -¿Qué tenéis de familia? -Mis tristezas. -¿Vais a los cementerios? -Mucho... mucho. -De vuestra vida actual ¿tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos: yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos, mis verdugos. Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal, y no debe acobardaros; tomad hoy por receta este consejo "Sólo viendo a Garrik podréis curaros". -¿A Garrik? -Sí, a Garrik... La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquel que lo ve muere de risa; ¡Tiene una gracia artística asombrosa! -¿Y a mí me hará reír? -¡Ah! sí, os lo juro; él sí; nada más él; más... ¿qué os inquieta? -Así -dijo el enfermo-, no me curo: ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta. ¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio! ¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora el alma llora cuando el rostro ríe! Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma un relámpago triste: la sonrisa. El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto, y también a llorar con carcajadas.
Frases para reflexionar
« El verdadero dolor es silencioso y no busca el aplauso del teatro. »
« En el regazo de la madre descansa la única paz verdadera de este mundo. »
Algunos libros de poesía de Juan de Dios Peza:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: