« En el pasadizo nebuloso, cual mágico sueño de Estambul, su perfil presenta destelloso la niña de la lámpara azul. »
José María Eguren
1874–1942Simbolismo peruano · Simbólicas y La canción de las figuras
Biografía
Vida
De salud frágil y carácter tímido, pasó su infancia en una hacienda costeña refugiado en la fantasía y los cuentos de hadas. Ya adulto, se instaló en el balneario de Barranco, viviendo modestamente rodeado de cuadros en miniatura que él mismo pintaba y tocando el piano.
Construía diminutas cámaras fotográficas caseras con cajas de fósforos para capturar sombras y detalles invisibles para la gente común. En sus versos creó un mundo mágico poblado de torres medievales, muñecas vivientes y reyes misteriosos, convirtiéndose en el padre del Simbolismo lírico en el Perú.
Lírica y Versos
24 poemas
Poemas de José María Eguren
1.
El bote viejo
El bote viejo
Bajo brillante niebla, de saladas actinias cubierto, amaneció en la playa, un bote viejo. Con arena, se mira la banda de sus bateleros, y en la quilla verdosos calafateos. Bote triste, yacente, por los moluscos horadado; ha venido de ignotos muelles amargos. Apareció en la bruma y en la armonía de la aurora; trajo de los rompientes doradas conchas. A sus bancos remeros, a sus amarillentas sogas, vienen los cormoranes y las gaviotas. Los pintorescos niños, cuando dormita la marea lo llenan de cordajes y de banderas. Los novios, en la tarde, en su alta quilla se recuestan; y a los vientos marinos, de amor se besan. Mas el bote ruinoso de las arenas del estuario, ansía los distantes muelles dorados. Y en la profunda noche, en fino tumbo abrillantado, partió el bote muriente a los puertos lejanos.
2.
El caballo
El caballo
Viene por las calles, a la luna parva, un caballo muerto en antigua batalla. Sus cascos sombríos... trepida, resbala; da un hosco relincho, con sus voces lejanas. En la plúmbea esquina de la barricada, con ojos vacíos y con horror, se para. Más tarde se escuchan sus lentas pisadas, por vías desiertas y por ruinosas plazas.
3.
El cuarto cerrado
El cuarto cerrado
Mis ojos han visto el cuarto cerrado; cual inmóviles labios su puerta... está silenciado!... Su oblonga ventana, como un ojo abierto, vidrioso me mira; como un ojo triste, con mirada que nunca retira como un ojo muerto. Por la grieta salen las emanaciones frías y morbosas; ¡ay, las humedades como pesarosas fluyen a la acera: como si de lágrimas, el cuarto cerrado un pozo tuviera! Los hechos fatales nos oculta en su frío reposo... ¡cuarto enmudecido! ¡cuarto tenebroso con sus penas habrá atardecido cuántas juventudes! ¡oh, cuántas bellezas habrá despedido! ¡cuántas agonías! ¡cuántos ataúdes! Su camino siguieron los años, los días; galantes engaños y placenterías...; en el cuarto fatal, aterido, todo ha terminado; hoy sus sombras el ánima oprimen: ¡y está como un crimen el cuarto cerrado!
4.
El dolor de la noche
El dolor de la noche
Cuando tiembla la noche tardía en los arenales y los campos negros, se oyen voces dolientes, lejanas, detrás de los cerros. ¡Es el canto del bosque perdido, con la gama antigua de silvestres notas, o el gemir del turbón ignorado, por vegas y sombras! ¡O el distante clamor de las fieras que en las pampas brunas y en las lomas y campos eriales envían al hombre sus iras nocturnas! ¡El coro que sube remoto a los cielos será de la muerte la roja palabra o el clamor de ciudad brilladora que se hunde, se apaga! ¡El rondó que triste las pendientes dormidas circunda: el grito del odio será de los montes, será de las tumbas! Cuando se obscurecen las bromas erguidas en los arenales y los campos negros, cómo suena el dolor de la noche ¡detrás de los cerros!
5.
El dominó
El dominó
Alumbraron en la mesa los candiles, moviéronse solos los aguamaniles, y un dominó vacío, pero animado, mientras ríe por la calle la verbena, se sienta, iluminado, y principia la cena. Su claro antifaz de un amarillo frío da los espantos en derredor sombrío esta noche de insondables maravillas, y tiende vagas, lucífugas señales a los vasos, las sillas de ausentes comensales. Y luego en horror que nacarado flota, por la alta noche de voluptad ignota, en la luz olvida manjares dorados, ronronea una oración culpable, llena de acentos desolados y abandona la cena.
6.
El estanque
El estanque
¡El verde estanque de la hacienda, rey del jardín amable, está en olvido miserable! En las lejanas, bellas horas eran sus linfas cantadoras, eran granates y auroras, a campánulas y jazmines iban insectos mandarines con lamparillas purpuradas, insectos cantarines con las músicas coloreadas; mas, del jardín, en la belleza mora siempre arcana tristeza: como la noche impenetrable, como la ruina miserable. Temblaba Vésper en los cielos, gemían búhos paralelos y, de tarde, la enramada tenía vieja luz dorada; era la hora entristecida como planta por nieve herida; como el insecto agonizante sobre hojas secas navegante. Clara, la niña bullidora, corrió a bañarse en linfa mora, para ir luego a la fiesta de la heredad vecina; ya a su oído llegaba orquesta de violín, piano y ocarina. Brilló un momento, anaranjada, entre la sombra perfumada, con las primeras sensaciones del sarao de orquestaciones. ¡Oh! en la linfa funesta y honda fue a bañarse la virgen blonda; de los amores encendida, la mirada llena de vida. .. ¡EI verde estanque de la hacienda, rey del jardín amable, hoyes derrumbe miserable!
7.
La dama I
La dama I
La dama i, vagarosa en la niebla del lago, canta las finas trovas. Va en su góndola encantada de papel, a la misa verde de la mañana. Y en su ruta va cogiendo las dormidas umbelas y los papiros muertos. Los sueños rubios de aroma despierta blandamente su sardana en las hojas. Y parte dulce, adormida, a la borrosa iglesia de la luz amarilla.
8.
La muerta de marfil
La muerta de marfil
Contemplé, en la mañana, la tumba de una niña; en el sauce lloroso gemía tramontana, desolando la amena, brilladora campiña. Desde el túmulo frío, de verdes oquedades, volaba el pensamiento hacia la núbil áurea, bella de otras edades, ceñida de contento. Al ver oscuras flores, libélulas moradas, junto a la losa abierta, pensé en el jardín claro, en el jardín de amores, de la beldad despierta. Como sombría nube, al ver la tumba rara, de un fluvión mortecino en la arena y el hielo, pensé en la rubia aurora de juventud que amara la niña, flor de cielo. Por el lloroso sauce, lilial música de ella, modula el aura sola en el panteón de olvido. Murió canora y bella; y están sus restos blancos como el marfil pulido.
9.
La niña de la Lámpara azul
La niña de la Lámpara azul
En el pasadizo nebuloso cual mágico sueño de Estambul, su perfil presenta destelloso la niña de la lámpara azul. ágil y risueña se insinúa, y su llama seductora brilla, tiembla en su cabello la garúa de la playa de la maravilla. Con voz infantil y melodiosa en fresco aroma de abedul, habla de una vida milagrosa la niña de la lámpara azul. Con cálidos ojos de dulzura y besos de amor matutino, me ofrece la bella criatura un mágico y celeste camino. De encantación en un derroche, hiende leda, vaporoso tul; y me guía a través de la noche la niña de la lámpara azul.
10.
La pensativa
La pensativa
En los jardines otoñales, bajo palmeras virginales, miré pasar muda y esquiva la Pensativa. La vi en azul de la mañana, Con su mirada tan lejana; Que en el misterio se perdía De la borrosa celestía. La vi en rosados barandales Donde lucía sus briales; Y su faz bella vespertina Era un pesar en la neblina... Luego marchaba silenciosa A la penumbra candorosa; Y un triste orgullo la encendía, ¿Qué pensaría? ¡Oh su semblante nacarado Con la inocencia y el pecado! ¡oh, sus miradas peregrinas de las llanuras mortecinas! Era beldad hechizadora; Era el dolor que nunca llora; ¿Sin la virtud y la ironía Qué sentiría? En la serena madrugada, La vi volver apesarada, Rumbo al poniente, muda, esquiva ¡La Pensativa!
11.
La ronda de espadas
La ronda de espadas
Por las avenidas de miedo cercadas, brilla en la noche de azules oscuros, la ronda de espadas. Duermen los postigos, las viejas aldabas; y se escuchan borrosas de canes las músicas bravas. Ya los extramuros y las arruinadas callejuelas, vibrante ha pasado la ronda de espadas. Y en los cafetines que el humo amortaja, al sentirla el tahúr de la noche, cierra la baraja. Por las avenidas morunas, talladas, viene lenta, sonora, creciente la ronda de espadas. Tras las celosías, esperan las damas, paladines que traigan de amores las puntas de llamas. Bajo los balcones do están encantadas, se detiene con súbito ruido la ronda de espadas. Tristísima noche de nubes extrañas: jay, de acero las hojas lucientes se toman guadañas! ¡Tristísima noche de las encantadas!
12.
La sangre
La sangre
El mustio peregrino vio en el monte una huella de sangre: la sigue pensativo en los recuerdos claros de su tarde. El triste, paso a paso, la ve en la ciudad, dormida, blanca, junto a los cadalsos, y al morir de ciegas atalayas. El curvo peregrino transita por bosques adorantes y los reinos malditos, y siempre mira las rojas señales.
13.
Las torres
Las torres
Brunas lejanías...; batallan las torres presentando siluetas enormes. áureas lejanías...; las torres monarcas se confunden en sus iras llamas. Rojas lejanías...; se hieren las torres; purpurados se oyen sus clamores. Negras lejanías...; horas cenicientas se obscurecen ¡ay, las torres muertas!
14.
Lied I
Lied I
Era el alba, cuando las gotas de sangre en el olmo exhalaban tristísima luz. Los amores de la chinesca tarde fenecieron nublados en la música azul. Vagas rosas ocultan en ensueño blanquecino señales de muriente dolor. Y tus ojos el fantasma de la noche olvidaron, abiertos a la joven canción. Es el alba; hay una sangre bermeja en el olmo y un rencor doliente en el jardín. Gime el bosque, y en la bruma hay rostros desconocidos que contemplan el árbol morir.
15.
Lied III
Lied III
En la costa brava Suena la campana, Llamando a los antiguos Bajales sumergidos. Y como tamiz celeste Y el luminar de hielo, Pasan tristemente Los bajales muertos. Carcomidos, flavos, Se acercan bajando... Y por las luces dejan Oscuras estelas. Con su lenguaje incierto, Parece que sollozan, A la voz de invierno, Preterida historia. En la costa brava Suena la campana Y se vuelven las naves Al panteón de los mares.
16.
Lied IV
Lied IV
La noche pasaba, , y al terror de las nébulas, sus ojos inefables reían de tristeza. La muda palabra en la mansión culpable se veía, como del Dios antiguo la sentencia. La funesta falta descubrieron los canes, olfareando en el viento la sombra de la muerta. La bella cantaba, y el florete durmióse en la armería sangrando la piedad de la inocencia.
17.
Lied V
Lied V
La canción del adormido cielo Dejó dulces pesares; yo quisiera dar vida a esa canción que tiene tanto de ti. Ha caído la tarde sobre el musgo del cerco inglés, con aire de otro tiempo musical. El murmurio de la última fiesta ha dejado colores tristes y suaves cual de primaveras oscuras y listones perlinos. Y las dolidas notas han traído la melancolía de las sombras galantes al dar sus adioses sobre la playa. La celestía de tus ojos dulces tiene un pesar de canto, que el alma nunca olvidará. El ángel de los sueños te ha besado para dejarte amor sentido y musical y cuyos sones de tristeza llegan al alma mía, como celestes miradas en esta niebla de profunda soledad. ¡Es la canción simbólica como un jazmín de sueño, que tuviera tus ojos y tu corazón! ¡Yo quisiera dar vida a esta canción!
18.
Los ángeles tranquilos
Los ángeles tranquilos
Pasó el vendaval; ahora, con perlas y berilos, cantan la soledad aurora los ángeles tranquilos. Modulan canciones santas en dulces bandolines; viendo caídas las hojosas plantas de campos y jardines. Mientras sol en la neblina vibra sus oropeles, besan la muerte blanquecina en los Saharas crueles. Se alejan de madrugada, con perlas y berilos, y con la luz del cielo en la mirada los ángeles tranquilos.
19.
Los delfines
Los delfines
Es la noche de la triste remembranza; en amplio salón cuadrado, de amarillo iluminado, a la hora de maitines principia la angustiosa contradanza de los difuntos delfines. Tienen ricos medallones terciopelos y listones; por nobleza, por tersura son cual de Van Dyck pintura; mas, conservan un esbozo, una llama de tristura como el primo, como el último sollozo. Es profunda la agonía de su eterna simetría; ora avanzan en las fugas y compases como péndulos tenaces de la última alegría. Un Saber innominado, abatidor de la infancia, sufrir los hace, sufrir por el pecado de la nativa elegancia. y por misteriosos fines, dentro del salón de la desdicha nocturna, se enajenan los delfines en su danza taciturna.
20.
Los muertos
Los muertos
Los nevados muertos, bajo triste cielo, van por la avenida doliente que nunca termina. Van con mustias formas entre las auras silenciosas: y de la muerte dan el frío a sauces y lirios. Lentos brillan blancos por el camino desolado; y añoran las fiestas del día y los amores de la vida. Al caminar, los muertos una esperanza buscan: y miran sólo la guadaña, la triste sombra ensimismada. En yerma noche de las brumas y en el penar y la pavura, van los lejanos caminantes por la avenida interminable.
21.
Los reyes rojos
Los reyes rojos
Desde la aurora combaten dos reyes rojos, con lanza de oro. Por verde bosque y en los purpurinos cerros vibra su ceño. Falcones reyes batallan en lejanías de oro azulinas. Por la luz cadmio airadas se ven pequeñas sus formas negras. Viene la noche y firmes combaten foscos los reyes rojos.
22.
Marcha fúnebre de una marionette
Marcha fúnebre de una marionette
Suena trompa del infante con aguda melodía... la farándula ha llegado de la reina Fantasía; y en las luces otoñales se levanta plañidera la carroza delantera. Pasan luego, a la sordina, peregrinos y lacayos y con sus caparazones los acéfalos caballos; va en azul melancolía la muñeca. ¡No hagáis ruido!; se diría, se diría que la pobre se ha dormido. Vienen túmidos y erguidos palaciegos borgoñones y los siguen arlequines con estrechos pantalones. Ya monótona en litera va la reina de madera; y Paquita siente anhelo de reír y de bailar, flotó breve la cadencia de la murria y la añoranza; suena el pífano campestre con los aires de la danza. ¡Pobre, pobre marionette que la van a sepultar! Con silente poesía va un grotesco Rey de Hungría y lo siguen los alanos; así toda la jauría con los viejos cortesanos. Y en tristor a la distancia vuelan goces de la infancia, los amores incipientes, los que nunca han de durar. ¡Pobrecita la muñeca que la van a sepultar! Melancólico un zorcico se prolonga en la mañana, la penumbra se difunde por el monte y la llanura, marionette deliciosa va a llegar a la temprana sepultura. En la trocha aúlla el lobo cuando gime el melodioso paro bobo. Tembló el cuerno de la infancia con aguda melodía y la dicha tempranera a la tumba llega ahora con funesta poesía y Paquita danza y llora.
23.
Nocturno
Nocturno
De Occidente la luz matizada Se borra, se borra; En el fondo del valle se inclina La pálido sombra. Los insectos que pasan la bruma se mecen y flotan, y en su largo mareo golpean las húmedas hojas. Por el tronco ya sube, ya sube La nítida tropa De las larvas que, en ramas desnudas, Se acuestan medrosas. En las ramas de fusca alameda Que ciñen las rocas, Bengalíes se mecen dormidos, Soñando sus trovas. Ya descansan los rubios silvanos Que en punas y costas, Con sus besos las blancas mejillas Abrazan y doran. En el lecho mullido la inquieta Fanciulla reposa, y muy grave su dulce, risueño semblante se torna. Que así viene la noche trayendo Sus causas ignotas; Así envuelve con mística niebla Las ánimas todas. Y las cosas, los hombres domina La parda señora, De brumosos cabellos flotantes Y negra corona.
24.
Reverie
Reverie
Y soñé, de un templete bajaban dos dulces bellezas matinales; y oí melancólicas hablaban de las nobles dichas forestales. Las vi. en el blasón de la poterna azulinas y casi borradas despierto años después, la cisterna las mecía medio retratadas. Y al fin las divisé. lastimosas por los caminos y por las abras; y hablaban las bellas melodiosas; pero no se oían sus palabras. Así, su memoria me traía las baladas de Mendelssohn claras; pero ni Beethoven poseía la tristísima luz de esas caras.
Citas Célebres y Pensamientos
2 citas
Frases para reflexionar
José María Eguren · La niña de la lámpara azul
« Vienen los duendes de la tarde cantando canciones que nadie oyó jamás. »
José María Eguren · Simbólicas
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