« El arte debe recuperar la nobleza y la virilidad de los antiguos contra el sentimentalismo enfermizo. »
Giosuè Carducci
Clasicismo y Positivismo Italiano (1835 - 1907)Primer italiano galardonado con el Premio Nobel de Literatura, restaurador del metro clásico latino en las monumentales Odas bárbaras.
Vida
Rebelde, apasionado y con un temperamento volcánico, Carducci creció en la salvaje campiña toscana. Desde muy joven luchó con la pluma por la unificación de Italia, provocando grandes escándalos políticos por sus ataques furibundos contra la Iglesia y su célebre «Himno a Satanás», símbolo del progreso.
Como profesor universitario no tenía pelos en la lengua y sus clases levantaban pasiones. Resucitó con maestría los ritmos métricos de los antiguos romanos y su enorme energía poética lo coronó en 1906 como el primer escritor italiano en ganar el codiciado Premio Nobel de Literatura.
Poemas de Giosuè Carducci
1.
El buey
El buey
¡Piadoso buey! Al verte mi corazón se llena de un grato sentimiento de paz y de ternura, y te amo cuando miras inmóvil la llanura que debe a tus vigores ser más fecunda y buena. Bajo el pesado yugo tú no sientes la pena y así ayudas al hombre que tu paso apresura, y a su voz y a su hierro contesta la dulzura doliente con que gira tu mirada serena. De tu ancha nariz brota como un vaho tu aliento y tu afable mugido lentamente en el viento vibrando como un salmo de alegría, se pierde... Y en su austera dulzura, tus dos verdes pupilas reflejan cual si fuesen dos lagunas tranquilas, el divino silencio de la llanura verde. Versión de Carlos López Narváez
2.
El soneto
El soneto
Dante le dio del serafín el vuelo circundado de azules y de oros; en manantial de rimas y de lloros diole Petrarca el corazón en duelo. Del venosino y del mantuano suelo, la musa tiburtina los decoros diole al Tasso; yen déspotas desdoros Alfieri lo clavó como escalpelo. Fóscolo, el trino de los ruiseñores y del nativo acanto los primores le dio bajo los jónicos cipreses. Último yo -no sexto- vuelo y llanto, arte, hálitos, iras, en él canto, y lo elevo a los Manes como preces. Versión de Carlos López Narváez
3.
La niebla de cuellos rizados
La niebla de cuellos rizados
La niebla de cuellos rizados... La niebla de cuellos rizados se levanta como la lluvia. El mar aúlla y palidece bajo el efecto del mistral. Pero en los caminos de la aldea, unas cubas en fermentación el áspero olor de los vinos regocija el corazón. Sobre los leños candentes, el asador gira crepitando, el cazador silba y desde el umbral de su puerta, observa entre las nubes plomizas el vuelo de unos pájaros oscuros que migran en el crepúsculo, como pensamientos desterrados.
4.
La princesa de lamballe
La princesa de lamballe
Por la natal Saboya, enhiesta y fría, ríos que lloran, gemebundo viento; de hierros y furores sordo acento: Madame de Lamballe en la Abadía. Los cabellos, nó más -oro y argento- cubren su desnudez sobre la vía; y el cuerpo, tibio aún, palpa y espía feroz sicario de mirar sangriento. Fina la piel, del lirio la blancura tiene el cuello, y una risa que perdura agoniza en la dulce boca inerte. Ojos marinos, bucles que despeina el viento: Id al Temple y a la Reina dadle los buenos-días de la muerte. Versión de Carlos López Narváez
5.
Mediodía alpino
Mediodía alpino
En el círculo de los Alpes sobre el granítico retorcido y desangrado entre las nieves candescentes reina parado intenso e infinito en su amplio silencio el mediodía. Pinos y abetos blancos sin el aliento de los vientos se elevan al sol que sereno los mira y un pájaro canta con frágiles sonidos de lira el agua que lentamente entre las rocas camina. Versión de María Dolores Sartorio
6.
Mors
Mors
Cuando a nuestros hogares la diosa severa desciende, se oye de lejos el rumor de sus alas. La sombra que proyecta cuando gélida, avanza, difunde en torno lúgubres silencios. Su cabeza los hombres inclinan cuando ella ha llegado; los femeninos pechos tiemblan de anhelo. Así en los altos bosques, cuando julio condensa huracanes, ni un soplo corre por las verdosas cumbres; como inmóviles, yertos, deja el escalofrío a los bosques; sólo se escucha al río que gime ronco. Entra ella, y pasa, y toca; sin volverse siquiera, derriba los arbolitos, de su frescor gozosos; siega la rubia espiga, y arranca también los agraces; llévase esposas, llévase las doncellas galanas y los niños; éstos tienden sus brazos de rosa hacia el sol, bajo el ala negra, y sonríen. ¡Triste el hogar en donde, frente a rostros de padres dolientes, pálida diosa, vidas nuevas apagas! Dentro de sus paredes, risas y voces festivas no se oyen, ni bisbiseos, como en nidos de mayo. No se oyen los rumores de los años que crecen alegres, ni de amor cuitas, ni las danzas de boda. Allí los que perviven, en la sombra envejecen, atentos siempre a tus pasos; siempre, ¡oh diosa!, esperándote. Versión de Amando Lázaro
7.
Odio la poesía al uso
Odio la poesía al uso
Odio la poesía al uso... "Odio la poesía al uso; brinda, fácil, al vulgo sus costados lacios; alárgase entre abrazos rutinarios, lánguida, y duerme. Viva la estrofa quiero yo, que al ritmo de pies y palmas en los coros salte; su ala yo atrapo al vuelo, y ella, indómita, niégase y lucha". Versión de Carlos López Narváez
8.
Panteismo
Panteismo
No os lo diré jamás, claras estrellas; ni a ti lo diré nunca, sol fulgente. Su nombre, hermosa flor de cosas bellas, en mi pecho ha sonado solamente. Las estrellas no obstante, en sus reflejos, mi secreto se cuentan, una a una; por eso, puesto el sol, sonríen lejos en todos sus coloquios con la luna. Y una flor a otra flor con voz secreta lo murmura en los cármenes risueños; las aves cantan al pasar: «Poeta, el amor te ha enseñado dulces sueños». Nunca dije el secreto de mi vida, mas divino fragor el hombre clama; y entre efluvios de acacia florecida el gran todo murmura: «Ella te ama». Versión de Ismael Enrique Arciniegas
9.
Preludio
Preludio
Odio la usada poesía: al vulgo los flancos cede, y sin temblor de anhelo, y sin vibrar bajo habitual abrazo tiéndese y duerme. Dame la estrofa que el aplauso excite, rítmico el pie con el compás del coro; le cojo el ala cuando rauda vuela, vuélvese y lucha. Tal entre brazos de amador silvano ninfa se tuerce en el Edón nevoso: bellos encantos de su pecho entonces saltan opresos. Besos y gritos en la ardiente boca mézclanse; ríe la marmórea frente al sol, y en ondas los cabellos libres tiemblan al aire. Versión de Ismael Enrique Arciniegas
Frases para reflexionar
« En la contemplación de la historia patria el ciudadano aprende el deber del sacrificio. »
« La nieve silenciosa apaga los vanos ruidos del mundo y prepara el lecho de la paz. »
Algunos libros de poesía de Giosuè Carducci:
Edición física recomendada para disfrutar de su obra lírica: