« Sobre el papel no parecia nada, un comienzo simple, casi cómico… Una cadencia: fagots, clarinetes… igual que una caja de ruidos. Luego, de repente, imponiéndose… un oboe… una sola nota mantenida en el aire. Hasta que el clarinete toma el relevo, la dulcifica y la convierte en una frase deliciosa. Aquello no lo compuso un simple mono amaestrado. Era una música que yo no había oído… Henchida de anhelo, de un insaciable anhelo… A mí me parecía oír con ella la voz de Dios. »
— Antonio Salieri
Amadeus