Filósofo
David Hume (1711–1776)
Siglo XVIII
David Hume nació en Edimburgo en 1711. El Tratado de la naturaleza humana, escrito joven, «nació muerto de la imprenta»; él lo reescribió más claro en las Investigaciones.
Fue bibliotecario, diplomático y amigo de la Ilustración. En París lo querían; en Escocia, algunos púlpitos lo temían. Nunca dejó de ser cortés con quien lo atacaba.
Murió en 1776, en paz, sin convertirse en el último minuto. Adam Smith escribió que se acercaba tanto a la idea de un hombre sabio y virtuoso como cabe en lo humano.
Ideas
Cada línea es una rama. Ábrela para leer la teoría en tres pasos.
Teoría del conocimiento
Todo contenido de la mente es impresión o idea. Las impresiones son vivas: ver, sentir, doler. Las ideas son copias pálidas. Si una idea no se remonta a una impresión, es sospechosa.
Por eso «causa», «yo» y «milagro» se examinan con lupa. No tenemos impresión de una conexión necesaria entre dos hechos: vemos que el fuego ha quemado siempre, y la costumbre nos hace esperar que queme otra vez.
La costumbre no es un defecto menor. Es la guía de la vida. Hume no niega que el sol saldrá mañana: niega que la razón lo demuestre como se demuestra un teorema. Sabemos menos de lo que presumimos, y aun así vivimos.
Metafísica
La crítica a la causalidad tumba buena parte de la metafísica. No hay espectáculo de la «fuerza» que une causa y efecto. Hay regularidad y un hábito de la mente. Quien construye a Dios o al alma sobre esa fuerza edifica en el aire.
El yo no es una sustancia que encontremos dentro. Al mirarnos, hallamos un haz de percepciones que se suceden. El «yo» es un nombre cómodo para ese teatro, no un actor eterno detrás del telón.
Los milagros, como prueba de religión, no resisten el cálculo: es más probable el error o el engaño que la ruptura de las leyes que hemos visto siempre. Hume no grita ateísmo: recorta lo que se puede afirmar.
Ética
La razón sola no mueve a obrar. Es esclava de las pasiones, dice con frase célebre: calcula medios, no pone fines. El bien y el mal se sienten. La simpatía —ponernos en el lugar del otro— es el fondo de la moral.
De un «es» no se saca un «debe» sin un salto. La ciencia describe; la moral valora. Confundirlos es un truco que Hume señaló y que sigue cometiendo quien viste de hecho una preferencia.
Las virtudes son útiles o agradables, para uno o para los demás. No hace falta un mandato celestial para explicar por qué alabamos la justicia y la bondad. Basta una naturaleza humana compartida y una vida en común.
Obras
- Tratado de la naturaleza humana
- Investigación sobre el entendimiento humano
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