Poesía Universal

Yolanda Bedregal

Biografía y amplia selección de poemas de Yolanda Bedregal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Yolanda Bedregal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Yolanda Bedregal

7 poemas seleccionados
1.

Al hombre sin nombre la mujer eterna

Me llegaré al altar del hombre 
en ofrenda de huída y rebeldía. 

	
Hombre de ahora y de siempre, 
abre tu mano a recibirme 
y 
	levántame al cielo como una hostia 
	
aunque soy sólo pétalo de lágrima. 

Hombre nuevo y eterno, 

	escúchame. 
	
Sobre tu pecho roto 
llamo y clamo. 

Mi palabra golpea 

	-obsesionante ala obsesionada- 
	
contra las sienes. 

Mi palabra del grito 
te taladra la 
	frente, 
	
sangre de luz de la herida 
bautizará por un instante, 
hombre 
	frágil, 
	
a la mujer eterna. 

Eterna como el sueño fugaz. 

Yo te 
	miro sin ojos desde siempre. 
	
tú me llevas en ti desde que existes. 
Si antes no lo sabías, 

	ahora 
	
ya no lo puedes olvidar. 

Yo he crecido en el mar 
sobre una 
	ola que se alargó 
	
para volverse tallo. 
En ese tallo de agua limpia 
he subido a 
	mirar a los ojos de Dios. 
	

Ahora me inclina un hálito a tu mano, 
y estoy en ti como la 
	mujer muerta 
	
por la que todos los hombres han llorado. 

Tú también has llorado 
	
por tu hija, por tu madre, 
por la mujer eterna de cuya muerte vives. 
	

Ya no lo puedes olvidar. 

Cuando tus ojos caminen en la 
	sombra, 
	
sentirás todavía por el cuerpo 
una dulzura amarga y tibia: 
beso 
	en las palmas juntas 
	
y una paloma que huye de tus dedos. 

Con mi cara de piedra 
yo 
	estoy en la otra orilla. 
	

Existo para ti en este momento; 
y para mí no existo 
porque 
	soy más que eterna en cinco letras. 
	

En el altar de Hombre fuerte como la vida, 
hombre de hierro y 
	hielo, 
	
metal, sangre y espíritu, 
cae la ofrenda íntegra 
de la mujer 
	lejana. 
	

Mujer de canto y llanto 
eterna como el sueño.
2.

Alegato

inútil


	Cada día tenemos más salobre la saliva. 
	
La migaja se crispa 
ante la entornada puerta del perdón. 
Cada 
	día se saltan a las uñas 
	
los dos niños morenos de los ojos 
que fueron ángeles despiertos 

	a celestes honduras. 
	

¿Con qué habrá de rematar el alegato 
que está y en el tope del 
	sollozo? 
	
Cada hora se ha hecho voraz 
como engranaje de colmillos; 
los 
	pasos se han desacostumbrado 
	
a la caricia de la grama húmeda; 
el aire avanza granizado de saetas. 
	

Conduélete, Señor, a ti clamamos. 
¡Así tu mundo tambalea! 
No 
	somos Job, oh Padre; ¡no te tornes padrastro! 
	

¿Acaso estás enfermo, o te pudres 
con este vaho que te sube 
	desde nos? 
	
No te tornes padrastro, buen Dios. 

Sonríe una vez sobre tu 
	Hechura. 
	
Regresa a tu niñez de Primer Día 
cuando soplabas burbujas de color 
	
y te brotaba de las sienes 
boscaje y pleamar. 
Eras entonces sin 
	arrugas, 
	
y era tu barba de cristal 
lira entre los dedos de la luz. 


	Sonríe, Padre, sobre el Libro mancillado, 
	
y todos en Tu nombre 
escribiremos PAZ. 

La simple trinidad de 
	una palabra: 
	
bandera universal para soñar; 
hostia de comunión para construir; 

	extramaunción para vivir. 
	

Perdona, Dios, esta mi turbia arena...
3.

Canción de la esperanza

Canción de la esperanza 
	
en el camino inútil 
de mi vida, tus manos 
cruzan como dos alas 
	
cargadas de ternura
4.

Elegía humilde

Un auto ha arrollado a la vieja sirvienta
¡La pisó como una hoja!
Era 
	una flor del campo, toronjil, yerbabuena.

	
En la casa hubo duelo
por su muerte de plata.

Esta mujer 
	oscura de noble cepa aymara
endulzaba la vida de seres y de cosas.

	
Llena está nuestra infancia de su imagen
de Mamita Copacabana;

	debajo de su manta de castilla
siempre traía la sorpresa
de frutas, 
	empanadas o juguetes.

	
¡Ay dulce abuela nuestra
de las macetas y del canario!

Tendida 
	en su mortaja,
con unción le besamos las santas manos toscas
quietas 
	por fin del cotidiano afán.
Parecían avergonzadas del reposo;
dos 
	angelitos blancos bajaron a cubrirlas.

	
Su nombre era Mama-Usta, y nada más.
Las hadas humildes sólo tienen 
	un nombre
pero es varita mágica de gracia y bendición.

	
De la mano llevaba a mi padre a la misa;
la conocieron los abuelos y 
	bisabuelos.
Era lazo entre el ahora y lo perdido.

	
Todo lo daba, todo, su bondad y su alegría,
el cobre de la dádiva, el 
	óleo del consuelo.

	
Cual sombra milagrosa
colmaba de manjares la olla de cada día, 
y 
	con agua y con sol daba celajes
a los visillos y manteles.
Ella 
	prendía el fuego del hogar.

	
Un auto la ha matado. ¡Ay, Dios mío!
Su frente estaba herida
y su 
	cuerpo, nunca tocado,
salpicado de barro.

	
Cuando llegaba al cielo,
con un solo zapato, la falda desgarrada

	un coro de jilgueros le cantaba aleluyas.

	
Con humilde inocencia, debió de imaginar 
que era fiesta pascual para 
	nosotros.
-¿Como para ella el aleluya?
¿Como para ella nuestro 
	llanto?- 
	

Sencilla y limpia entró en la gloria
cuidando todavía la canasta 
	
para la cena de hoy.

Nuestra Mama Usta ha muerto.

¡Ay 
	canario, ay macetas, patio y agua!
5.

Final

(Fragmento)


	Ansiosa, 
	ansiosa, ansiosa

	como los cuerpos jóvenes,

	allí donde quiebra la inquietud de los hombres,

	allí donde diluyen su anhelo las mujeres,

	en ese mismo límite

	yo soy la curva flecha

	que se lanza a sí misma.

	Salí del duro sueño

	que se rompió la quilla

	contra la fina arista de mi primer naufragio.

	

	Era mi nave nueva,

	era mi sueño intacto.

	Eras tú, marinero, un marinero abstracto

	que me echaba en sus hombros -San Cristóbal enorme-

	y yo un rosado peso: pétalo sin historia.


	¿Ahora qué? Yo 
	me digo.

	El amor sólo existe en el borde del beso.

	¿Y después? En el borde del sueño.

	¿Y después? En el borde del mundo,

	donde los hombres trizan su propia vida trunca

	y donde las mujeres se alegran con las lágrimas.

	En ese mismo borde

	me detuve de súbito.

	Me desnudaba el aire.

	Por mis piernas subían suaves hilos rosados,

	los senos me brotaron como pequeñas lunas.

	Mi voz era la muda

	rugiente voz de todas las mujeres del mundo.

	Tres pinceladas ágiles

	escribieron tres puntos en cruz sobre mi cuerpo.

	

	En ese mismo borde

	se me quedaron quietos

	los breves pies errantes.

	Mis brazos levantados

	hacían señas largas

	a los astros maduros.

	

	Nieblas, nubes en polvo y líquidos arcoiris,

	sangre de estrellas rotas, harapos de los mares

	todo estaba caído en mis ojos cerrados

	porque unos raros pájaros me arrancaron los ojos.

	

	Ahora qué ¡Yo me dije!

	Amor para mis quietos pequeños pies clavados.

	Amor para mis ojos en el pico de un ave.

	Para aquellos que saben desenterrar un sueño.

	

	Los hombres están tristes porque el amor es eso.

	Ya no te llamo ahora.

	Ahora mi carne joven

	tiene pequeñas lunas

	y es más fácil hundirse

	en el mar que en la tierra.
6.

Holocausto

Oh Cristo, yo 
	quisiera de tu augusta cabeza 
	
desclavar los espinos; endulzar tu martirio; 
darte mi adolescencia 
	como incienso en delirio; 
	
alabándose en salmos, restañar tu tristeza. 

Te volcaría en mi 
	alma con la dulce certeza 
	
de corporal expolio a cabezal de lirio. 
Me inmolaría entera como ala 
	sobre cirio. 
	

El humo, en holocausto de mi cuerpo ofrendado 
empapada en 
	perfume la esponja de la hiel 
	
y, unida entre llaga, mi vida en tu costado. 

La culpa redimida y 
	el mundo sin pecado 
	
a la ultima palabra de Dios crucificado, 
urgiría con rosa de amor tu 
	humana piel.
7.

Juan

Gert


	Mi sueño se hizo dulcemente cal. 
	
La bóveda perfecta de tu cráneo 
enclavada en la mariposa de mis 
	huesos 
	
es frágil tulipán 
coronando las alas abiertas de la pelvis. 


	Sacas el molde al mundo 
	
en mi cintura breve; 
recogido y devoto como un rezo, 
hilas con 
	mi sangre el Universo, 
	
hijo mío. 
Creces dentro de mí 
como en vaso ritual. 

Por 
	ti conozco 
	
la humildad de ser la tierra fértil, 
por ti el orgullo del vital 
	milagro; 
	
por ti soy urna bíblica, 
por ti soy comunión y penitencia. 


	Por ti la muerte en su medalla acuna 
	
perfil de piedra en querubín de niebla. 
El vivo tulipán de tu cabeza 
	
saca de nuevo el molde al Universo.

Versos y pensamientos de Yolanda Bedregal

4 citas
« Me llegaré al altar del hombre / en ofrenda de huída y rebeldía. »
Yolanda Bedregal · Al hombre sin nombre la mujer eterna
« inútil / Cada día tenemos más salobre la saliva. »
Yolanda Bedregal · Alegato
« Canción de la esperanza / en el camino inútil »
Yolanda Bedregal · Canción de la esperanza
« Un auto ha arrollado a la vieja sirvienta / ¡La pisó como una hoja! »
Yolanda Bedregal · Elegía humilde
Biblioteca poética

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