« Me llegaré al altar del hombre / en ofrenda de huída y rebeldía. »
Yolanda Bedregal · Al hombre sin nombre la mujer eterna
Biografía y amplia selección de poemas de Yolanda Bedregal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Yolanda Bedregal. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Me llegaré al altar del hombre en ofrenda de huída y rebeldía. Hombre de ahora y de siempre, abre tu mano a recibirme y levántame al cielo como una hostia aunque soy sólo pétalo de lágrima. Hombre nuevo y eterno, escúchame. Sobre tu pecho roto llamo y clamo. Mi palabra golpea -obsesionante ala obsesionada- contra las sienes. Mi palabra del grito te taladra la frente, sangre de luz de la herida bautizará por un instante, hombre frágil, a la mujer eterna. Eterna como el sueño fugaz. Yo te miro sin ojos desde siempre. tú me llevas en ti desde que existes. Si antes no lo sabías, ahora ya no lo puedes olvidar. Yo he crecido en el mar sobre una ola que se alargó para volverse tallo. En ese tallo de agua limpia he subido a mirar a los ojos de Dios. Ahora me inclina un hálito a tu mano, y estoy en ti como la mujer muerta por la que todos los hombres han llorado. Tú también has llorado por tu hija, por tu madre, por la mujer eterna de cuya muerte vives. Ya no lo puedes olvidar. Cuando tus ojos caminen en la sombra, sentirás todavía por el cuerpo una dulzura amarga y tibia: beso en las palmas juntas y una paloma que huye de tus dedos. Con mi cara de piedra yo estoy en la otra orilla. Existo para ti en este momento; y para mí no existo porque soy más que eterna en cinco letras. En el altar de Hombre fuerte como la vida, hombre de hierro y hielo, metal, sangre y espíritu, cae la ofrenda íntegra de la mujer lejana. Mujer de canto y llanto eterna como el sueño.
inútil Cada día tenemos más salobre la saliva. La migaja se crispa ante la entornada puerta del perdón. Cada día se saltan a las uñas los dos niños morenos de los ojos que fueron ángeles despiertos a celestes honduras. ¿Con qué habrá de rematar el alegato que está y en el tope del sollozo? Cada hora se ha hecho voraz como engranaje de colmillos; los pasos se han desacostumbrado a la caricia de la grama húmeda; el aire avanza granizado de saetas. Conduélete, Señor, a ti clamamos. ¡Así tu mundo tambalea! No somos Job, oh Padre; ¡no te tornes padrastro! ¿Acaso estás enfermo, o te pudres con este vaho que te sube desde nos? No te tornes padrastro, buen Dios. Sonríe una vez sobre tu Hechura. Regresa a tu niñez de Primer Día cuando soplabas burbujas de color y te brotaba de las sienes boscaje y pleamar. Eras entonces sin arrugas, y era tu barba de cristal lira entre los dedos de la luz. Sonríe, Padre, sobre el Libro mancillado, y todos en Tu nombre escribiremos PAZ. La simple trinidad de una palabra: bandera universal para soñar; hostia de comunión para construir; extramaunción para vivir. Perdona, Dios, esta mi turbia arena...
Canción de la esperanza en el camino inútil de mi vida, tus manos cruzan como dos alas cargadas de ternura
Un auto ha arrollado a la vieja sirvienta ¡La pisó como una hoja! Era una flor del campo, toronjil, yerbabuena. En la casa hubo duelo por su muerte de plata. Esta mujer oscura de noble cepa aymara endulzaba la vida de seres y de cosas. Llena está nuestra infancia de su imagen de Mamita Copacabana; debajo de su manta de castilla siempre traía la sorpresa de frutas, empanadas o juguetes. ¡Ay dulce abuela nuestra de las macetas y del canario! Tendida en su mortaja, con unción le besamos las santas manos toscas quietas por fin del cotidiano afán. Parecían avergonzadas del reposo; dos angelitos blancos bajaron a cubrirlas. Su nombre era Mama-Usta, y nada más. Las hadas humildes sólo tienen un nombre pero es varita mágica de gracia y bendición. De la mano llevaba a mi padre a la misa; la conocieron los abuelos y bisabuelos. Era lazo entre el ahora y lo perdido. Todo lo daba, todo, su bondad y su alegría, el cobre de la dádiva, el óleo del consuelo. Cual sombra milagrosa colmaba de manjares la olla de cada día, y con agua y con sol daba celajes a los visillos y manteles. Ella prendía el fuego del hogar. Un auto la ha matado. ¡Ay, Dios mío! Su frente estaba herida y su cuerpo, nunca tocado, salpicado de barro. Cuando llegaba al cielo, con un solo zapato, la falda desgarrada un coro de jilgueros le cantaba aleluyas. Con humilde inocencia, debió de imaginar que era fiesta pascual para nosotros. -¿Como para ella el aleluya? ¿Como para ella nuestro llanto?- Sencilla y limpia entró en la gloria cuidando todavía la canasta para la cena de hoy. Nuestra Mama Usta ha muerto. ¡Ay canario, ay macetas, patio y agua!
(Fragmento) Ansiosa, ansiosa, ansiosa como los cuerpos jóvenes, allí donde quiebra la inquietud de los hombres, allí donde diluyen su anhelo las mujeres, en ese mismo límite yo soy la curva flecha que se lanza a sí misma. Salí del duro sueño que se rompió la quilla contra la fina arista de mi primer naufragio. Era mi nave nueva, era mi sueño intacto. Eras tú, marinero, un marinero abstracto que me echaba en sus hombros -San Cristóbal enorme- y yo un rosado peso: pétalo sin historia. ¿Ahora qué? Yo me digo. El amor sólo existe en el borde del beso. ¿Y después? En el borde del sueño. ¿Y después? En el borde del mundo, donde los hombres trizan su propia vida trunca y donde las mujeres se alegran con las lágrimas. En ese mismo borde me detuve de súbito. Me desnudaba el aire. Por mis piernas subían suaves hilos rosados, los senos me brotaron como pequeñas lunas. Mi voz era la muda rugiente voz de todas las mujeres del mundo. Tres pinceladas ágiles escribieron tres puntos en cruz sobre mi cuerpo. En ese mismo borde se me quedaron quietos los breves pies errantes. Mis brazos levantados hacían señas largas a los astros maduros. Nieblas, nubes en polvo y líquidos arcoiris, sangre de estrellas rotas, harapos de los mares todo estaba caído en mis ojos cerrados porque unos raros pájaros me arrancaron los ojos. Ahora qué ¡Yo me dije! Amor para mis quietos pequeños pies clavados. Amor para mis ojos en el pico de un ave. Para aquellos que saben desenterrar un sueño. Los hombres están tristes porque el amor es eso. Ya no te llamo ahora. Ahora mi carne joven tiene pequeñas lunas y es más fácil hundirse en el mar que en la tierra.
Oh Cristo, yo quisiera de tu augusta cabeza desclavar los espinos; endulzar tu martirio; darte mi adolescencia como incienso en delirio; alabándose en salmos, restañar tu tristeza. Te volcaría en mi alma con la dulce certeza de corporal expolio a cabezal de lirio. Me inmolaría entera como ala sobre cirio. El humo, en holocausto de mi cuerpo ofrendado empapada en perfume la esponja de la hiel y, unida entre llaga, mi vida en tu costado. La culpa redimida y el mundo sin pecado a la ultima palabra de Dios crucificado, urgiría con rosa de amor tu humana piel.
Gert Mi sueño se hizo dulcemente cal. La bóveda perfecta de tu cráneo enclavada en la mariposa de mis huesos es frágil tulipán coronando las alas abiertas de la pelvis. Sacas el molde al mundo en mi cintura breve; recogido y devoto como un rezo, hilas con mi sangre el Universo, hijo mío. Creces dentro de mí como en vaso ritual. Por ti conozco la humildad de ser la tierra fértil, por ti el orgullo del vital milagro; por ti soy urna bíblica, por ti soy comunión y penitencia. Por ti la muerte en su medalla acuna perfil de piedra en querubín de niebla. El vivo tulipán de tu cabeza saca de nuevo el molde al Universo.
« Me llegaré al altar del hombre / en ofrenda de huída y rebeldía. »
« inútil / Cada día tenemos más salobre la saliva. »
« Canción de la esperanza / en el camino inútil »
« Un auto ha arrollado a la vieja sirvienta / ¡La pisó como una hoja! »
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