Poesía Universal

Yevgueni Yevtushenko

Yevgueni Yevtushenko es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus prim...

Biografía lírica

Vida

Yevgueni Yevtushenko es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Yevgueni Yevtushenko

5 poemas seleccionados
1.

Versión de Heberto Padilla

Aún todas sus lágrimas

		

		El sauce no ha llorado aún todas sus lágrimas.

		A su sombra, en la orilla me quedé pensativo:

		¿cómo hacer feliz a mi amada? 

		¿Es que acaso no pueda hacer más?

		

		No le bastan los hijos, la abundancia,

		lo poco que nos damos al cine, a los amigos.

		Me necesita enteramente, sin reservas.

		Mas, estoy hecho de sobras. Yo soy diamante en bruto.

		

		Entregué mis hombros a las causas de nuestra época,

		a toda su dura carga,

		no dejé espacio a la ira de mi amada

		y privé su llanto de mis brazos, de mi regazo.

		

		Hoy, la amada ya no recibe flores de su hombre.

		Arrugas, sí. Faenas domésticas.

		El hombre engaña por placer,

		la mujer traiciona por dolor.

		

		¿Cómo puedo hacer feliz a mi amada?

		¿Qué puedo ofrendarle esta noche

		si la manzana que le da la vida

		ya está rancia y agusanada?

		

		¿Por qué a la bienamada se le ofende

		tan sin razón como tan a menudo?

		Cómo hacerla infeliz, todos sabemos.

		De cómo hacerla feliz, no tenemos memoria.


		Versión de Heberto 
		Padilla
2.

Babi

Yar*

		

		I

		No existe monumento en Babi Yar;

		sólo la agria ladera. Y tengo miedo.

		Hoy me siento un judío en el desierto

		que de Egipto escapó. Me crucifican

		y mis manos conservan los estigmas.

		Me parece ser Dreyfus, condenado,

		al que juzgan, escupen, encarcelan;

		pero de pie resiste la calumnia

		y el grito filisteo. Con la punta

		de sus sombrillas en mi rostro vejan

		mi indefensión mujeres que se acercan

		con vestidos de encaje de Bruselas.

		

		O también soy un niño en Bielostok.

		De pronto estalla el pogromo.

		La sangre derramada cubre el suelo.

		Los que huelen a vodka y a cebolla

		salen de la taberna y gritan todos:

		

		"Mata judíos: salvarás a Rusia".

		Un tendero se ensaña con mi madre.

		Otro hombre me patea. En vano rezo

		plegarias que se pierden en la nada.

		

		Me siento dentro

		de la piel de Anna Frank que es transparente

		como un ramo de abril.

		No hacen falta palabras. Siento amor

		y sólo necesito que uno a otra

		nos miremos de frente.

		Separados del cielo y el follaje.

		

		Solamente podemos abrazarnos

		en este cuarto a oscuras.

		Quiero besarte una vez más, acércate.

		Ya vienen. Nada temas: el rumor

		es de la primavera que se anuncia

		y del témpano roto en el deshielo.

		

		Y en torno a Babi Yar suena la hierba

		que ha crecido salvaje desde entonces.

		Los árboles nos juzgan. Todo grita

		pero el grito está hecho de silencio.

		Al descubrirme observo mi cabello.

		También ha encanecido. También grito

		por los miles de muertos inocentes

		masacrados aquí. En cada anciano

		y en cada niño al que mataron muero.

		

		Pueblo ruso, mi pueblo: te conozco.

		Tú no odias ni razas ni naciones.

		Manos viles trataron de infamarte

		al usurpar tu nombre y al llamarse

		"Unión del Pueblo Ruso".** No perdono.

		Que La Internacional llene los aires

		cuando el último

		antisemita yazga bajo la tierra.

		No soy judío. Como si lo fuera,

		me odian todos aquéllos.

		Por su odio

		soy y seré un verdadero ruso.


		*Babi Yar o Baby Yar 
		es un barranco en las proximidades de Kiev. En dos días de septiembre de

		1941 más de treinta y cinco mil judíos fueron asesinados allí por las 
		tropas nazis.

		En esta versión de 1997, tomada del libro "Adiós bandera roja" 
		(Selección de poesía y prosa de 1953 a 1996) 

		se tomaron en cuenta los cambios introducidos por el propio Yevtushenko 
		de la traducción inglesa de Robert Milner.

		

		**La Unión del Pueblo Ruso fue el grupo antisemita que actuó en Rusia 
		entre el asesinato del zar

		Alejandro II y el comienzo de la primera Guerra Mundial. Sus miembros 
		organizaron pogromos

		-linchamientos de judíos rusos y destrucción y robo de sus propiedades- 
		e, infiltrados en la policía secreta zarista, 

		fabricaron los apócrifos
		Protocolos de los sabios de Sión.


		Versión de Heberto 
		Padilla
3.

Cae

la nieve pura

		                                               
		          para A.W. 
		Bouis

		

		Cae la nieve pura como

		si resbalara por hilos.

		Quisiera vivir, vivir

		pero sé que no es posible.

		

		Algunas almas se pierden

		sin huella en la lejanía,

		suben, suben hacia el cielo

		como hace la nieve pura.

		

		La nieve pura se disuelve...

		yo también desapareceré...

		No me preocupa la muerte,

		nadie vive eternamente.

		

		No creo en esos milagros.

		No soy ni nieve ni estrella,

		yo jamás volveré a ser

		jamás, jamás, nunca más.

		

		Y pienso yo, pecador:

		¿Qué hiciste con tu existencia?

		En su torbellino, ¿qué

		amaste más que la vida?

		

		Quise con mi sangre a Rusia

		como el tuétano de mis huesos,

		quise sus ríos creciendo

		y debajo de los hielos.

		

		Quise el humo de sus casas,

		el aire de sus pinares,

		amé a Chejov, Pushkin

		y a sus gloriosos ancianos.

		

		Si tuve mis contratiempos,

		fue sin lamentarlos mucho.

		Qué importa si viví locamente,

		por Rusia fue que viví.

		

		Dolorido de esperanzas

		(lleno de oculta inquietud),

		creo que tal vez un poco

		también yo he ayudado a Rusia.

		

		Aunque a mí Rusia me olvide

		cuando el tiempo se devane,

		el caso es que Rusia viva

		para siempre, eternamente.

		

		Cae la nieve pura, cae

		como caía en los tiempos

		de Pushkin, de Chejov,

		como caerá cuando muera...

		

		Cae la nieve, cae la nieve

		con cegadora blancura,

		borrando todas las huellas,

		las que yo dejo y las otras...

		

		Nadie vive eternamente,

		pero tengo una esperanza:

		si Rusia vive, es decir

		que yo también viviré.

		

		Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
4.

Ciudadanos,

oídme

		

                                                                             
		Para John Updike

		

		Estoy a bordo del barco Friedrich Engels,

		pero en mi mente hay tal herejía

		de pensamientos que rompen las puertas.

		No comprendo, ¿qué oigo?,

		llena de confusión y de dolor, la invocación:

		"Ciudadanos, oídme".

		

		La cubierta se inclina y se lamenta,

		mezcla de concertina y charlestón,

		pero en el puente, queda, suplicante,

		intenta abrirse paso con violencia

		la imponente canción:

		"Ciudadanos, oídme".

		

		Sentado en un tonel hay un soldado.

		Su pelo cuelga sobre su guitarra 

		mientras rasguea despacioso.

		Y enardecido como su guitarra 

		de sus labios escapa con tormento:

		"Ciudadanos, oídme". 

		

		No nos quieren oír los ciudadanos.

		Preferirían comer, beber, bailar.

		Y no les interesa lo demás.

		Sin embargo, dormir es importante.

		

		¿Y por qué ese estribillo interminable?

		"Ciudadanos, oídme".

		

		Alguien echa sal a un tomate,

		otro tira unas cartas grasientas,

		otro golpea el suelo con las botas,

		otro despliega ansioso el acordeón;

		mas, cuántas veces a cualquiera de ellos

		el grito o el susurro, le brotó:

		"Ciudadanos oídme".

		

		Y cuántas veces nadie lo escuchó.

		Hinchando el pecho y retorciéndose,

		no pudieron decir lo que sentían.

		Reaccionando con alma indiferente,

		oyen a los demás con dificultad:

		"Ciudadanos, oídme".

		

		Mira, soldado encaramado en un tonel:

		Yo soy igual que tú, mas sin guitarra,

		sobre ríos, montes, mares,

		soy un vagabundo de manos extendidas,

		la voz ya ronca repite sin cesar:

		"Ciudadanos, oídme".

		

		Terrible si no quieren escuchar.

		Terrible si comienzan a oír.

		¿Y si al final la canción no valiera la pena?

		¿Y si nada en ella tuviera sentido

		salvo el tormentoso y sangrante estribillo:

		"Ciudadanos, oídme"?

		

		Versión de Heberto Padilla
5.

Duérmete,

Duérmete, amada mía

		

		Gotas salobres

		brillan sobre los hierros de la verja.

		La puerta del jardín quedó cerrada.

		Y el mar,

		en torbellinos encrespados

		que golpean los muelles,

		ha estrechado en su seno el sol salado.

		¡Duérmete, amada mía,

		no atormentes mi alma!

		Van cayendo en su sueño la estepa y las montañas,

		y nuestro perro cojo

		dormita arrebujado en la maraña

		de su pelo y lame su cadena salada.

		Y las ramas murmuran

		y las olas trepidan

		y apagando la antorcha de su vieja experiencia,

		el perro se ha dormido atado a su cadena.

		Susurrando palabras, apenas cuchicheando,

		después con mi silencio, te pido que te duermas.

		¡Amada mía, duerme...!

		Olvida que reñirnos.

		Imagina mejor que paseamos

		y la tierra está fresca.

		Tendidos sobre el heno aún tenemos sueño.

		Parte de nuestro sueño,

		el aroma de la agria crema

		que llega desde allá, de la bodega.

		¿Cómo hacer que imagines todo esto,

		cómo lograrlo si en nada crees?

		Amada mía, duerme...

		Deja tu llanto y con sonrisa leve,

		sueña que juntas flores

		y tratas de encontrar dónde ponerlas

		con tu rostro oculto entre ellas.

		¿Algo dices durmiendo? Palabras sin sentido.

		¡Es porque estás cansada

		de moverte y moverte mientras duermes!

		Envuélvete en tus sueños como si fuera un manto

		en que buscas abrigo.

		Cuando se quiere puede hacerse en sueños

		todo aquello que a medias

		admite la vigilia.

		Una culpa secreta que clama en lo profundo

		nos atormenta el sueño.

		Hay cansancio en tus ojos y hay en ellos

		inmensa multitud de gente extraña.

		Cúbrelos con tus párpados

		y sentirás alivio.

		Duérmete, amada mía.

		¿Qué te causa este insomnio? ¿El mar rugiente?

		¿El ruego de los árboles al viento?

		¿Algún presentimiento?

		¿El mal que alguien te ha hecho?

		¿Y si ese alguien fuese yo?

		Duérmete, amada mía...

		Yo nada puedo remediar,

		pero sabrás un día

		que no he sido culpable de este mal.

		Perdóname, ¿me escuchas? ¡Aunque sea en tus sueños!

		¡Aunque sea soñando!

		Duérmete, amada mía...

		No olvides que viajamos encima de esta tierra

		que enloquecida vuela

		y amenaza saltar convulsionada

		de su impasible ruta

		y tenemos que abrazarnos para no caer.

		Y si hemos de caer, caeremos juntos.

		Duérmete, amada mía...

		No alimentes la ofensa

		que vengan en silencio

		los tiernos sueños a poblar tus ojos.

		¡Cuesta tanto dormir sobre esta tierra!

		A pesar de todo, amada mía, ¿me oyes?

		Duérmete al fin, duerme, amada mía...

		Y las ramas murmuran

		y trepidan las olas

		y apagando la antorcha de su vieja experiencia

		el perro se ha dormido atado a su cadena.

		Cuchicheando palabras, después medias palabras,

		después con mi silencio, te pido que te duermas.

Versos y pensamientos de Yevgueni Yevtushenko

4 citas
« Aún todas sus lágrimas / El sauce no ha llorado aún todas sus lágrimas. »
Yevgueni Yevtushenko · Versión de Heberto Padilla
« I / No existe monumento en Babi Yar; »
Yevgueni Yevtushenko · Babi
« Cae la nieve pura como / si resbalara por hilos. »
Yevgueni Yevtushenko · Cae
« Para John Updike / Estoy a bordo del barco Friedrich Engels, »
Yevgueni Yevtushenko · Ciudadanos,
Biblioteca poética

Libros de Yevgueni Yevtushenko recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: