Biografía

Vida

Poemas de Xavier Villaurrutia deslumbró por su portentosa voz lírica y su capacidad única para transformar las emociones más intensas en versos inolvidables. Su vida estuvo consagrada al arte de la palabra, explorando el misterio del amor, el destino y la belleza del mundo con enorme carisma.

Frente a las incertidumbres de su tiempo, defendió con valentía la libertad de creación y la autenticidad del sentimiento más puro. Su obra poética permanece como una joya imperecedera que sigue emocionando a lectores de todas las generaciones por su frescura y hondura humana.

Xavier Villaurrutia

Grupo Contemporáneos de México (1903–1950)

Grupo Contemporáneos de México · Poeta de las sombras, la noche insomne, el espejo y la muerte lúcida

Lírica y Versos

Poemas de Xavier Villaurrutia

7 poemas seleccionados
1.

Mor condusse noi ad una morte

Amor 
		condusse noi ad una morte

		
Amar es una angustia, una pregunta, 
una suspensa y luminosa 
		duda; 
		
es un querer saber todo lo tuyo 
y a la vez un temor de al fin 
		saberlo. 
		

Amar es reconstruir, cuando te alejas, 
tus pasos, tus 
		silencios, tus palabras, 
		
y pretender seguir tu pensamiento 
cuando a mi lado, al fin 
		inmóvil, callas. 
		

Amar es una cólera secreta, 
una helada y diabólica soberbia. 
		

Amar es no dormir cuando en mi lecho 
sueñas entre mis brazos 
		que te ciñen, 
		
y odiar el sueño en que, bajo tu frente, 
acaso en otros brazos 
		te abandonas. 
		

Amar es escuchar sobre tu pecho, 
hasta colmar la oreja 
		codiciosa, 
		
el rumor de tu sangre y la marea 
de tu respiración acompasada. 
		

Amar es absorber tu joven savia 
y juntar nuestras bocas en 
		un cauce 
		
hasta que de la brisa de tu aliento 
se impregnen para siempre 
		mis entrañas. 
		

Amar es una envidia verde y muda, 
una sutil y lúcida 
		avaricia. 
		

Amar es provocar el dulce instante 
en que tu piel busca mi 
		piel despierta; 
		
saciar a un tiempo la avidez nocturna 
y morir otra vez la misma 
		muerte 
		
provisional, desgarradora, oscura. 

Amar es una sed, la de la 
		llaga 
		
que arde sin consumirse ni cerrarse, 
y el hambre de una boca 
		atormentada 
		
que pide más y más y no se sacia. 

Amar es una insólita 
		lujuria 
		
y una gula voraz, siempre desierta. 

Pero amar es también 
		cerrar los ojos, 
		
dejar que el sueño invada nuestro cuerpo 
como un río de olvido y 
		de tinieblas, 
		
y navegar sin rumbo, a la deriva: 
porque amar es, al fin, una 
		indolencia.
2.

Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas...

Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas,
sus puertas invisibles,

		para que el polvo, el humo, la ceniza,
impalpables, oscuros,

		lentos como el trabajo de la muerte
en el cuerpo del niño,
vayan 
		creciendo;
cuando la tarde, al fin, ha recogido
el último destello 
		de luz, la última nube,
el reflejo olvidado y el ruido interrumpido,

		la noche surge silenciosamente
de ranuras secretas,
de rincones 
		ocultos,
de bocas entreabiertas,
de ojos insomnes.

		
La noche surge con el humo denso
del cigarrillo y de la chimenea.

		La noche surge envuelta en su manto de polvo.
El polvo asciende, 
		lento.
Y de un cielo impasible,
cada vez más cercano y más 
		compacto,
llueve ceniza.

		
Cuando la noche de humo, de polvo y de ceniza
envuelve la ciudad, 
		los hombres quedan
suspensos un instante,
porque ha nacido en 
		ellos, con la noche, el deseo.
3.

Décima muerte

¡Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte 
		
de estar viviendo sin verte 
y muriendo en tu presencia!
Esta 
		lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo 
		imprevisto;
este caer sin llegar 
		
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.

Si 
		en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que 
		me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas

		conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento 
		
y en mi sangre confundida
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, 
		fuego, polvo y viento?

		
Si tienes manos, que sean
de un tacto sutil y blando 
apenas 
		sensible cuando
anestesiado me crean;
y que tus ojos me vean

		sin mirarme, de tal suerte
que nada me desconcierte
ni tu vista ni 
		tu roce,
para no sentir un goce
ni un dolor contigo, Muerte.

		
Por caminos ignorados,
por hendiduras secretas,
por las 
		misteriosas vetas
de troncos recién cortados
te ven mis ojos 
		cerrados
entrar en mi alcoba oscura
a convertir mi envoltura

		opaca, febril, cambiante,
luminosa, eterna y pura,
en materia de 
		diamante.

		
No duermo para que al verte
llegar lenta y apagada,
para que 
		al oír pausada
tu voz que silencios vierte,
para que al tocar la 
		nada 
		
que envuelve tu cuerpo yerto,
para que a tu olor desierto

		pueda, sin sombra de sueño,
saber quede ti me adueño,
sentir que 
		muero despierto.

		
La aguja del instantero
recorrerá su cuadrante,
todo cabrá en 
		un instante
del espacio verdadero
que, ancho, profundo y señero,

		será clásico a tu paso
de modo que el tiempo cierto
prolongará 
		nuestro abrazo
y será posible acaso,
vivir después de haber 
		muerto.

		
En el roce, en el contacto,
en la inefable delicia
de la 
		suprema caricia
que desemboca en el acto,
hay el misterioso pacto

		del espasmo delirante 
		
en que un cielo alucinante
y un infierno de agonía 
se funden 
		cuando eres mía
y soy tuyo en un instante.

		
Hasta en la ausencia estás viva:
porque te encuentro en el hueco

		de una forma y en el eco 
		
de una nota fugitiva;
porque en mi propia saliva
fundes tu 
		sabor sombrío,
y a cambio de lo que es mío
me dejas sólo el temor

		de hallar hasta en el sabor
la presencia del vacío.

		
Si te llevo en mí prendida
y te acaricio y escondo;
si te 
		alimento en el fondo
de mi más secreta herida;
si mi muerte te da 
		vida
y goce mi frenesí
¡qué será, Muerte, de ti
cuando al salir 
		yo del mundo,
deshecho el nudo profundo,
tengas que salir de mí?

		
En vano amenazas, Muerte,
cerrar la boca a mi herida
y poner 
		fin a mi vida
con una palabra inerte.
¡Qué puedo pensar al verte,

		si en mi angustia verdadera
tuve que violar la espera;
si en la 
		vista de tu tardanza
para llenar mi esperanza
no hay hora en que 
		yo no muera!
4.

Décimas de nuestro amor

I
A mí mismo me 
		prohibo
revelar nuestro secreto
decir tu nombre completo
o 
		escribirlo cuando escribo.
Prisionero de ti, vivo
buscándote en la 
		sombría
caverna de mi agonía.
Y cuando a solas te invoco,
en la 
		oscura piedra toco
tu impasible compañía.


		II
Si nuestro amor 
		está hecho
de silencios prolongados
que nuestros labios cerrados

		maduran dentro del pecho;
y si el corazón deshecho
sangra como la 
		granada
en su sombra congelada,
¿por qué dolorosa y mustia,
no 
		rompemos esta angustia
para salir de la nada?


		III
Por el temor de 
		quererme
tanto como yo te quiero,
has preferido, primero,
para 
		salvarte, perderme.
Pero está mudo e inerme
tu corazón, de tal 
		suerte
que si no me dejas verte
es por no ver en la mía
la 
		imagen de tu agonía:
porque mi muerte es tu muerte.


		IV
Te alejas de mí 
		pensando
que me hiere tu presencia,
y no sabes que tu ausencia

		es más dolorosa cuando
la soledad se va ahondando,
y en el 
		silencio sombrío,
sin quererlo, a pesar mío,
oigo tu voz en el eco

		y hallo tu forma en el hueco
que has dejado en el vacío.


		V
¿Por qué dejas 
		entrever 
		
una remota esperanza,
si el deseo no te alcanza,
si nada 
		volverá a ser?
Y si no habrá amanecer
en mi noche interminable

		¿de qué sirve que yo hable
en el desierto, y que pida
para 
		reanimar mi vida,
remedio a lo irremediable?


		VI
Esta 
		incertidumbre oscura
que sube en mi cuerpo y que
deja en mi boca 
		no sé
que desolada amargura;
este sabor que perdura
y, como el 
		recuerdo, insiste,
y, como tu olor, persiste
con su penetrante 
		esencia,
es la sola y cruel presencia
tuya, desde que partiste.


		VII
Apenas has 
		vuelto, y ya
en todo mi ser avanza,
verde y turbia, la esperanza

		para decirme: "¡Aquí está!"
Pero su voz se oirá
rodar sin eco en 
		la oscura
soledad de mi clausura
y yo seguiré pensando
que no 
		hay esperanza cuando
la esperanza es la tortura.


		VIII
Ayer te soñé. 
		Temblando
los dos en el goce impuro
y estéril de un sueño oscuro.

		Y sobre tu cuerpo blando
mis labios iban dejando
huellas, señales, 
		heridas...
Y tus palabras transidas
y las mías delirantes
de 
		aquellos breves instantes
prolongaban nuestras vidas.


		IX
Si nada espero, 
		pues nada
tembló en ti cuando me viste
y ante mis ojos pusiste

		la verdad más desolada;
si no brilló en tu mirada
Un destello de 
		emoción,
la sola oscura razón,
la fuerza que a ti me lanza,

		perdida toda esperanza,
es...¡la desesperación!


		X
Mi amor por ti ¡no 
		murió!
Sigue viviendo en la fría,
ignorada galería
que en mi 
		corazón cavó.
Por ella desciendo y no
encontraré la salida,

		pues será toda mi vida
esta angustia de buscarte
a ciegas, con la 
		escondida
certidumbre de no hallarte.
5.

Deseo

Amarte con un fuego 
		duro y frío.
Amarte sin palabras, sin pausas ni silencios.


		Amarte sólo cada vez 
		que quieras,
y sólo con la muda presencia de mis actos.


		Amarte a flor de boca y 
		mientras la mentira
no se distinga en ti de la ternura.


		Amarte cuando finges 
		toda la indiferencia
que tu abandono niega, que funde tu calor.


		Amarte cada vez que tu 
		piel y tu boca
busquen mi piel dormida y mi boca despierta.


		Amarte por la soledad, 
		si en ella me dejas.
Amarte por la ira en que mi razón enciendes.


		Y, más que por el goce 
		y el delirio,
amarte por la angustia y por la duda.
6.

Inventar

la verdad


		Pongo el oído atento al 
		pecho,
como, en la orilla, el caracol al mar.
Oigo mi corazón 
		latir sangrando
y siempre y nunca igual.
Sé por quién late así, 
		pero no puedo
decir por qué será. 
		


		Si empezara a decirlo 
		con fantasmas
de palabras y engaños, al azar,
llegaría, temblando 
		de sorpresa,
a inventar la verdad:
¡Cuando fingí quererte, no 
		sabía
que te quería ya!
7.

Mar

Te 
		acariciaba, mar, en mi desvelo.
Te soñaba en mi sueño, ¡inesperado!

		Te esperaba en la sombra recatado
y te oía en el silencio de mi 
		duelo.


		Eras, para 
		mi cuerpo, cielo y suelo;
símbolo de mi sueño, inexplicado;
olor 
		para mi sombra, iluminado;
rumor en el silencio de mi celo.


		Te tuve 
		ayer hirviendo entre mis manos,
caí despierto en tu profundo río,

		sentí el roce de tus muslos cercanos.


		Y aunque 
		fui tuyo, entre tus brazos frío,
tu calor y tu aliento fueron vanos:

		cada vez más te siento menos mío.

Versos y pensamientos de Xavier Villaurrutia

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Antología de poemas inmortales

Reúne las composiciones poéticas más aclamadas de Poemas de Xavier Villaurrutia, donde la maestría del verso y la hondura del sentimiento alcanzan su máxima expresión.

Sus versos exploran la belleza de la naturaleza, el anhelo del amor verdadero y la búsqueda de sentido ante los enigmas del destino.

Una antología indispensable que demuestra por qué su poesía sigue viva y resonando con fuerza en el corazón de los lectores actuales.

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