« En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen, sin más pulso ni voz que el latido de un reloj indiferente, en este silencio sin ecos, siento el frío de la nada deslizarse en mis sienes. »
Xavier Villaurrutia
Grupo Contemporáneos de México (1903–1950)Grupo Contemporáneos de México · Poeta de las sombras, la noche insomne, el espejo y la muerte lúcida
Poemas de Xavier Villaurrutia
1.
Mor
condusse noi ad una morte
Mor condusse noi ad una morte
Amor condusse noi ad una morte Amar es una angustia, una pregunta, una suspensa y luminosa duda; es un querer saber todo lo tuyo y a la vez un temor de al fin saberlo. Amar es reconstruir, cuando te alejas, tus pasos, tus silencios, tus palabras, y pretender seguir tu pensamiento cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas. Amar es una cólera secreta, una helada y diabólica soberbia. Amar es no dormir cuando en mi lecho sueñas entre mis brazos que te ciñen, y odiar el sueño en que, bajo tu frente, acaso en otros brazos te abandonas. Amar es escuchar sobre tu pecho, hasta colmar la oreja codiciosa, el rumor de tu sangre y la marea de tu respiración acompasada. Amar es absorber tu joven savia y juntar nuestras bocas en un cauce hasta que de la brisa de tu aliento se impregnen para siempre mis entrañas. Amar es una envidia verde y muda, una sutil y lúcida avaricia. Amar es provocar el dulce instante en que tu piel busca mi piel despierta; saciar a un tiempo la avidez nocturna y morir otra vez la misma muerte provisional, desgarradora, oscura. Amar es una sed, la de la llaga que arde sin consumirse ni cerrarse, y el hambre de una boca atormentada que pide más y más y no se sacia. Amar es una insólita lujuria y una gula voraz, siempre desierta. Pero amar es también cerrar los ojos, dejar que el sueño invada nuestro cuerpo como un río de olvido y de tinieblas, y navegar sin rumbo, a la deriva: porque amar es, al fin, una indolencia.
2.
Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas...
Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas...
Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas, sus puertas invisibles, para que el polvo, el humo, la ceniza, impalpables, oscuros, lentos como el trabajo de la muerte en el cuerpo del niño, vayan creciendo; cuando la tarde, al fin, ha recogido el último destello de luz, la última nube, el reflejo olvidado y el ruido interrumpido, la noche surge silenciosamente de ranuras secretas, de rincones ocultos, de bocas entreabiertas, de ojos insomnes. La noche surge con el humo denso del cigarrillo y de la chimenea. La noche surge envuelta en su manto de polvo. El polvo asciende, lento. Y de un cielo impasible, cada vez más cercano y más compacto, llueve ceniza. Cuando la noche de humo, de polvo y de ceniza envuelve la ciudad, los hombres quedan suspensos un instante, porque ha nacido en ellos, con la noche, el deseo.
3.
Décima muerte
Décima muerte
¡Qué prueba de la existencia habrá mayor que la suerte de estar viviendo sin verte y muriendo en tu presencia! Esta lúcida conciencia de amar a lo nunca visto y de esperar lo imprevisto; este caer sin llegar es la angustia de pensar que puesto que muero existo. Si en todas partes estás, en el agua y en la tierra, en el aire que me encierra y en el incendio voraz; y si a todas partes vas conmigo en el pensamiento, en el soplo de mi aliento y en mi sangre confundida ¿no serás, Muerte, en mi vida, agua, fuego, polvo y viento? Si tienes manos, que sean de un tacto sutil y blando apenas sensible cuando anestesiado me crean; y que tus ojos me vean sin mirarme, de tal suerte que nada me desconcierte ni tu vista ni tu roce, para no sentir un goce ni un dolor contigo, Muerte. Por caminos ignorados, por hendiduras secretas, por las misteriosas vetas de troncos recién cortados te ven mis ojos cerrados entrar en mi alcoba oscura a convertir mi envoltura opaca, febril, cambiante, luminosa, eterna y pura, en materia de diamante. No duermo para que al verte llegar lenta y apagada, para que al oír pausada tu voz que silencios vierte, para que al tocar la nada que envuelve tu cuerpo yerto, para que a tu olor desierto pueda, sin sombra de sueño, saber quede ti me adueño, sentir que muero despierto. La aguja del instantero recorrerá su cuadrante, todo cabrá en un instante del espacio verdadero que, ancho, profundo y señero, será clásico a tu paso de modo que el tiempo cierto prolongará nuestro abrazo y será posible acaso, vivir después de haber muerto. En el roce, en el contacto, en la inefable delicia de la suprema caricia que desemboca en el acto, hay el misterioso pacto del espasmo delirante en que un cielo alucinante y un infierno de agonía se funden cuando eres mía y soy tuyo en un instante. Hasta en la ausencia estás viva: porque te encuentro en el hueco de una forma y en el eco de una nota fugitiva; porque en mi propia saliva fundes tu sabor sombrío, y a cambio de lo que es mío me dejas sólo el temor de hallar hasta en el sabor la presencia del vacío. Si te llevo en mí prendida y te acaricio y escondo; si te alimento en el fondo de mi más secreta herida; si mi muerte te da vida y goce mi frenesí ¡qué será, Muerte, de ti cuando al salir yo del mundo, deshecho el nudo profundo, tengas que salir de mí? En vano amenazas, Muerte, cerrar la boca a mi herida y poner fin a mi vida con una palabra inerte. ¡Qué puedo pensar al verte, si en mi angustia verdadera tuve que violar la espera; si en la vista de tu tardanza para llenar mi esperanza no hay hora en que yo no muera!
4.
Décimas de nuestro amor
Décimas de nuestro amor
I A mí mismo me prohibo revelar nuestro secreto decir tu nombre completo o escribirlo cuando escribo. Prisionero de ti, vivo buscándote en la sombría caverna de mi agonía. Y cuando a solas te invoco, en la oscura piedra toco tu impasible compañía. II Si nuestro amor está hecho de silencios prolongados que nuestros labios cerrados maduran dentro del pecho; y si el corazón deshecho sangra como la granada en su sombra congelada, ¿por qué dolorosa y mustia, no rompemos esta angustia para salir de la nada? III Por el temor de quererme tanto como yo te quiero, has preferido, primero, para salvarte, perderme. Pero está mudo e inerme tu corazón, de tal suerte que si no me dejas verte es por no ver en la mía la imagen de tu agonía: porque mi muerte es tu muerte. IV Te alejas de mí pensando que me hiere tu presencia, y no sabes que tu ausencia es más dolorosa cuando la soledad se va ahondando, y en el silencio sombrío, sin quererlo, a pesar mío, oigo tu voz en el eco y hallo tu forma en el hueco que has dejado en el vacío. V ¿Por qué dejas entrever una remota esperanza, si el deseo no te alcanza, si nada volverá a ser? Y si no habrá amanecer en mi noche interminable ¿de qué sirve que yo hable en el desierto, y que pida para reanimar mi vida, remedio a lo irremediable? VI Esta incertidumbre oscura que sube en mi cuerpo y que deja en mi boca no sé que desolada amargura; este sabor que perdura y, como el recuerdo, insiste, y, como tu olor, persiste con su penetrante esencia, es la sola y cruel presencia tuya, desde que partiste. VII Apenas has vuelto, y ya en todo mi ser avanza, verde y turbia, la esperanza para decirme: "¡Aquí está!" Pero su voz se oirá rodar sin eco en la oscura soledad de mi clausura y yo seguiré pensando que no hay esperanza cuando la esperanza es la tortura. VIII Ayer te soñé. Temblando los dos en el goce impuro y estéril de un sueño oscuro. Y sobre tu cuerpo blando mis labios iban dejando huellas, señales, heridas... Y tus palabras transidas y las mías delirantes de aquellos breves instantes prolongaban nuestras vidas. IX Si nada espero, pues nada tembló en ti cuando me viste y ante mis ojos pusiste la verdad más desolada; si no brilló en tu mirada Un destello de emoción, la sola oscura razón, la fuerza que a ti me lanza, perdida toda esperanza, es...¡la desesperación! X Mi amor por ti ¡no murió! Sigue viviendo en la fría, ignorada galería que en mi corazón cavó. Por ella desciendo y no encontraré la salida, pues será toda mi vida esta angustia de buscarte a ciegas, con la escondida certidumbre de no hallarte.
5.
Deseo
Deseo
Amarte con un fuego duro y frío. Amarte sin palabras, sin pausas ni silencios. Amarte sólo cada vez que quieras, y sólo con la muda presencia de mis actos. Amarte a flor de boca y mientras la mentira no se distinga en ti de la ternura. Amarte cuando finges toda la indiferencia que tu abandono niega, que funde tu calor. Amarte cada vez que tu piel y tu boca busquen mi piel dormida y mi boca despierta. Amarte por la soledad, si en ella me dejas. Amarte por la ira en que mi razón enciendes. Y, más que por el goce y el delirio, amarte por la angustia y por la duda.
6.
Inventar
Inventar
la verdad Pongo el oído atento al pecho, como, en la orilla, el caracol al mar. Oigo mi corazón latir sangrando y siempre y nunca igual. Sé por quién late así, pero no puedo decir por qué será. Si empezara a decirlo con fantasmas de palabras y engaños, al azar, llegaría, temblando de sorpresa, a inventar la verdad: ¡Cuando fingí quererte, no sabía que te quería ya!
7.
Mar
Mar
Te acariciaba, mar, en mi desvelo. Te soñaba en mi sueño, ¡inesperado! Te esperaba en la sombra recatado y te oía en el silencio de mi duelo. Eras, para mi cuerpo, cielo y suelo; símbolo de mi sueño, inexplicado; olor para mi sombra, iluminado; rumor en el silencio de mi celo. Te tuve ayer hirviendo entre mis manos, caí despierto en tu profundo río, sentí el roce de tus muslos cercanos. Y aunque fui tuyo, entre tus brazos frío, tu calor y tu aliento fueron vanos: cada vez más te siento menos mío.
Versos y pensamientos de Xavier Villaurrutia
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