Wystan Hugh Auden

Selección antológica de la obra poética y versos inolvidables de Wystan Hugh Auden.

Antología lírica (7 poemas seleccionados)

Asilo de ancianos

Todos poseen un límite: cada uno

Tiene un matiz de daño muy distinto. La élite

Es capaz de arreglarse por sí misma,

Caminar apoyada en un bastón,

Leer completo un libro, interpretar

Movimientos de fáciles sonatas.

(Pero acaso la libertad carnal

Es el veneno del espíritu:

Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué

Abominan su tristeza sin lágrimas.)

Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio

Que soporta la tele

Y guiado por amables terapeutas

Canta en comunidad.

Después los solitarios que musitan

Palabras en el limbo, y al final

Los que ya son del todo incompetentes

Y como una parodia de las plantas

(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).

No obstante, hay algo que los une:

Todos aparecieron cuando el mundo,

A pesar de sus males,

Era más habitable y más vistoso

Y los viejos tenían auditorio

Y un lugar en la tierra.

(El niño reprendido por su madre

Podía refugiarse con la abuela para ser consolado

Y escuchar algún cuento.)

Hoy ya todos sabemos qué esperar,

Mas su generación es la primera

Que se ha desvanecido de este modo:

No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada

Como se arrumban fardos indeseables.

Mientras voy en el Metro para estar

Media hora con una del asilo,

Recuerdo quién fue ella en su esplendor.

Entonces visitarla era un orgullo

Y no una caridad.

¿Seré tan frío como para esperar

Un somnífero rápido, indoloro;

O bien para rogar, como ella ruega,

Que Dios o la naturaleza precipiten

Su función terrenal?

1970

Versión de José Emilio Pacheco

Wystan Hugh Auden

Canción de cuna

El estrépito del trabajo queda mitigado,

otro día ha llegado a su ocaso

y se ha cernido el manto de la oscuridad.

¡Paz! ¡Paz! Desprovee tu retrato

de sus vejaciones y descansa.

Tu ronda diaria ha concluido,

has sacado la basura,

respondido algunas cartas aburridas

y pagado una factura a vuelta de correo,

todo ello frettolosamente.

Ahora tienes permiso para yacer,

desnudo, aovillado cual quisquilla,

recostado en la cama, y disfrutar

de su acogedor microclima:

canta, Grandullón, canta arrorró.

Los antiguos griegos se equivocaban:

Narciso es un vejete,

domado por el tiempo, liberado al fin

de la lujuria de otros cuerpos,

racional y reconciliado.

Durante muchos años envidiaste

al hirsuto, el tipo machote.

Ya no: ahora acaricias

tu carne casi femenina

con enorgullecida satisfacción,

imaginando que eres

inmaculado e independiente,

calentito en la madriguera de ti mismo,

madonna y bambino:

canta, Grandullón, canta arrorró.

Deja que tus últimos pensamientos sean todo agradecimiento:

ensalza a tus padres que te dieron

un Super Ego de fuerza

que te ahorra tantas molestias,

llama a amigos y seres queridos por doquier,

luego rinde justo tributo

a tu edad, a haber

nacido cuando naciste. En la adolescencia

se te permitió conocer

hermosas antiguallas

que pronto desaparecerían de la faz de la tierra,

locomotoras de caldera venical, motores de balancín

y ruedas hidráulicas de admisión superior.

Sí, amor mío, has tenido suene:

canta, Grandullón, canta arrorró.

Ahora a caer en el olvido: que

la mente del vientre se apropie

por debajo del diafragma,

del dominio de las Madres,

quienes vigilan las Puertas Sagradas,

sin cuyas mudas advertencias

el yo verbalizador pronto

se conviene en un déspota despiadado,

lascivo, incapaz de amar,

desdeñoso, hambriento de estatus.

Si te acecharan los sueños, no les hagas caso,

pues todos ellos, tanto los dulces como los horrendos,

Son bromas de dudoso buen gusto,

demasiado insípidas para hacerles caso.

canta, Grandullón, canta arrorró.

Abril de 1972

Versión de Eduardo
Iriarte

"Canción de cuna y otros poemas"

Wystan Hugh Auden

Dichtung und wahrheit

(fragmento)

L

Este poema que deseaba escribir debería haber expresado exactamente lo
que quiero decir cuando pienso

las palabras Te amo, pero no puedo saber exactamente qué quiero
decir;

debería haberme resultado manifiestamente verdadero, pero las palabras
no pueden

verificarse a sí mismas. Así que este poema quedará sin escribir. Eso no
importa.

Llegas mañana; si estuviera escribiendo una novela en la que ambos
fuéramos personajes,

sé exactamente cómo te recibiría en la estación: adoración en la
mirada; en la lengua

guasa y lascivia.

Pero ¿quién sabe cómo te recibiré exactamente? ¿La Dama Bondad?

Vaya, esa sí que es una idea. ¿Se podría escribir un poema (un tanto
desagradable, quizá)

sobre Ella?

1959

Versión de Eduardo
Iriarte

"Canción de cuna y otros poemas"

Wystan Hugh Auden

Epílogo

Los mundos ficticios e intemporales

de significado manifiesto

no deleitarían,

uno fuera el nuestro

uno temporal donde nada

eslo que parece.

. . .

Un poema; un cuento:

pero cualquiera bueno

nos empuja a querer saber.

. . .

Sólo los pájaros poco melodiosos,

guerreros inarticulados,

necesitan un plumaje llamativo.

. . .

En una casa de citas,
tanto

las damas como los caballeros

tienen motes únicamente.

. . .

El Mal enmudecido

tomó prestado el lenguaje del Bien

y a ruido lo redujo.

. . .

Un día triste y árido.

¿Qué falsedad pirata

ha decapitado tu raudal de Verdad?

. . .

En momentos afortunados parecemos a punto

de decir de veras lo que creemos que creemos: r

pero, incluso entonces, el ojo honrado debería guiñar.

. . .

La Naturaleza, consecuente y augusta,

no puede enseñarnos qué escribir o hacer:

con Ella lo real siempre es cierto,

y lo que es cierto también es justo.

. . .

El tiempo te ha enseñado

cuanta inspiración

te aportaron tus vicios,

la deuda de la imaginación

con la tentación

a la que cediste,

que más de un hermoso

verso expresivo

no habría existido,

si hubieras ofrecido resistencia:

como poeta, tú

sabes que es cierto,

y aunque en la Iglesia

a veces rezas

para sentirte contrito,

no funciona.

felix culpa, dices:

igual tienes razón.

Esperas, sí,

que tus libros te justifiquen,

te salven del infierno:

aun así,

sin parecer triste,

sin que en modo alguno

dé la impresión de que te culpa

(no le hace falta,

bien sabe

a qué hace caso

un enamorado del arte como tú),

Dios puede hacer

el Día del Juicio,

que te deshagas en lágrimas de vergüenza,

recitando de memoria

los poemas que

habrías escrito, si

hubiera sido digna tu vida.

Versión de Eduardo
Iriarte

"Canción de cuna y otros poemas"

Wystan Hugh Auden

Versión de Luis S.

Funeral blues

(De "Dos canciones para Hedli Anderson)

Paren todos los relojes, descuelguen el teléfono,

Eviten que el perro ladre dándole un hueso jugoso,

Silencien los pianos, y con un apagado timbal,

Saquen el ataúd, dejen pasar a los deudos.

Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos

garabateando en el cielo el mensaje Él ha muerto,

Pongan un crespón alrededor de los cuellos blancos de las palomas,

Que los policías de tráfico usen guantes negros de algodón.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,

Mi semana de trabajo y mi descanso dominical,

Mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción;

Creí que el amor sería eterno, pero me equivoqué.

Ya no deseo las estrellas: apáguenlas todas;

Llévense la luna y desmantelen el sol;

Vacíen el océano y talen los bosques,

Porque ya nada puede volver a ser como antes.

Versión de Luis S.

Wystan Hugh Auden

La historia de la verdad

En aquellos tiempos en que ser era creer,

la Verdad era el súmmum de muchos creíbles,

más previa, más perpetua, que un león con alas de murciélago,

un perro con cola de pez o un pez con cabeza de águila,

en absoluto como los mortales, en tela de juicio por sus muertes.

La Verdad era su modelo mientras se afanaban en construir

un mundo de objetos perdurables en los que creer,

sin creer que la loza de barro y la leyenda,

el pórtico y la canción, eran veraces o embusteros:

la Verdad ya existía para ser cierta.

Esto ahora que, práctica como los platos de cartón,

la Verdad es convertible en kilovatios,

lo último por lo que nos regimos es un antimodelo,

alguna falsedad que cualquiera puede desmentir,

una nada en cuya existencia nadie tiene por qué creer.

1958 ¿?

Versión de Eduardo
Iriarte

"Canción de cuna y otros poemas"

Wystan Hugh Auden

La ley como el amor

La Ley, dicen los jardineros, es el sol,

la Ley es aquello

que todos los jardineros obedecen

mañana, ayer, hoy.

La Leyes la sabiduría de los viejos,

rezongan lánguidos los abuelos impotentes;

los nietos sacan una lengua atiplada,

la Ley es la razón de la juventud.

La Ley, dice el sacerdote con mirada piadosa,

explicándose ante una congregación impía,

la Leyes las palabras en mi piadoso libro,

la Ley es mi púlpito y mi campanario.

La Ley, dice el juez con su mirada de menosprecio,

hablando con claridad y suma dureza,

la Ley es como ya os dije,

la Ley es como, supongo, sabéis es

la Ley, pero dejadme que os lo explique otra vez,

la Ley es La Ley.

Sin embargo, los eruditos cumplidores de la ley escriben:

la Ley no acierta ni se equivoca,

la Ley no es más que crímenes

castigados por lugares y épocas,

la Ley es la ropa que llevan los hombres

en cualquier momento, en cualquier lugar,

la ley es Buenos Días y Buenas Noches.

Otros dicen, la Ley es
nuestro Destino;

otros dicen, la Leyes nuestro Estado;

otros dicen, otros dicen

la Ley ya no existe,

la Ley ha desaparecido.

Y siempre la muchedumbre furiosa y vociferante,

muy furiosa y muy vociferante,

la Ley somos nosotros,

y siempre el débil idiota débilmente Yo.

Si nosotros, cariño, sabemos que no sabemos más

que ellos sobre la Ley,

si yo no sé más que tú

qué deberíamos y no deberíamos hacer

salvo que todos aceptamos

de buen grado o por fuerza

que la Ley es

y que todos lo sabemos,

si por tanto pensando que es absurdo

identificar la Ley con otra palabra,

a diferencia de tantos hombres

no puedo decir que la Ley es otra vez,

no más que ellos podemos sofocar

el deseo universal de descubrir

o zafarnos de nuestra propia situación

hacia una condición indiferente.

Aunque al menos puedo limitar

tu vanidad y la mía

a expresar tímidamente

una tímida similitud,

alardearemos de todos modos:

como el amor, digo yo.

Como el amor que no
sabemos dónde o por qué,

como el amor que no podemos imponer ni abandonar,

como el amor que a menudo lloramos,

como el amor que rara vez conservamos.

Septiembre de 1939

Versión de Eduardo
Iriarte

"Canción de cuna y otros poemas"

Wystan Hugh Auden

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