« ¿Serás, amor, un largo adiós que / no se acaba? »
Victoriano Crémer · Amor
Biografía y amplia selección de poemas de Victoriano Crémer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Victoriano Crémer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
¿Serás, amor, un largo adiós que
no se acaba?
Pedro Salinas
Extenso mar, o renovado
velo;
cuna del sueño, en la que el ser madura;
alondra vertical
ganando altura
en la flotante música del vuelo.
Si látigo, te ciñes con
anhelo.
Si beso, resplandece tu blancura
y la tierra redime su
clausura
en la pradera extática del cielo.
De la raíz del hombre te
alimentas,
de sus juegos más nobles, y le dejas
como una negra tierra
fecundada.
¡Mírame ciego, Amor,
buscando a tientas,
en un mundo de adioses y de rejas,
la salvadora
luz de tu mirada!
Aquí contemplo vida, me hago llama de esta hoguera de manos que levanta sus negras lenguas a lo alto, siento que soy un hombre más entre los hombres, y un vestido de angustias me abandona sencillamente, así la noche deja desnuda el alba y libre, aunque con frío, cuando lejanos sones la presienten, frío tengo en el alma, pero canto, ahora que estoy aquí de nuevo y veo tanto gozo y dolor, tanta miseria y tan clara esperanza compartida.
Canción para la guitarra
Y canto para adentro
porque no tengo afueras...
Me aprieto la guitarra
y siento la madera.
Se me llenan de música
las oscuras cavernas...
Yo soy yo, limitado
por carne sorda y venas.
Si alguna vez levanto
los ojos de las
cuerdas,
me siento fugitivo
de lo que vale y cuenta.
Y no me reconozco,
y me doy tanta pena
que enmudezco y me duele
la raíz de la lengua
Por eso cuento y canto
para adentro las
penas:
Porque me sueno a hombre
y me duelo
de veras...
Y puedo decir: Hambres,
en plural; Vida Perra;
o
simplemente Amor;
y escupir a la Tierra...
Canciones que me arranco
de las furiosas piedras
del montón de la
sangre
que llevo siempre a cuestas.
Palabras con sentido,
efectivas vivencias.
No, Sol, Luna, Nenúfar
o Arcángel sin Fronteras.
Me escucho y no me importa
que los demás entiendan;
me basta con
sentirme
el alma en la madera.
Que canto para adentro,
porque no tengo
afueras.
Un día puro, alegre, libre quiero.
Fray Luis de León
No me dejéis así:
Sorbido por la tierra
hondísima y vibrante como el clamor penúltimo;
con este olor maduro de soles y horizontes
abriéndome en el pecho un
surco luminoso.
No es que el cuerpo me suene a cristal derramado
ni que diez
corazones me alanceen las yemas,
ni que cielos redondos agolpen sus
rebaños
a mis ojos mastines, ladradores de cimas.
Es que un mar fugitivo rinde velas y senos
y pétalos y espumas en la
gozosa playa
donde el rumor se atreve a mancillar la sombra.
¡Y se me
ciegan labios y gritos y pupilas!
Es que siento que el aire es de carne dulcísima
y la luz sólo luz.
Que el contorno me huye
a bandadas blanquísimas de palomas y lirios
y
me abandonan manos y dientes y melenas.
¡No! ¡No me dejéis así! Moriría desnudo
sin sentirme morir.
Y
mi pobre vestido, con su sangre caliente,
se hundiría, esperando mi
imposible retorno.
A tu embate me rindo. Ya no lucho por conseguir tu beso. Estoy cansado, y a través de la carne luminosa he conseguido ver. Saber de ti. Tú, tan remota, tan alejada siempre del caudal de esta sangre, te has entrado como un viento en las venas y tu furia desordenó la gracia de mis trigos. Me llegan las palabras, de ti misma, y en ti, cuajada, queda la mirada. Soy un ajeno mármol que rechaza tus calientes caricias de pantera. Perseguías girar en mis hogueras, azotarte en mis llamas, reclinarte sumisa entre mis cardos violentos, mientras la sangre choca y se devela. Pero ya no es posible. Estoy cansado; seco como una estrella. Ya no lucho. Sonrío, contemplando hombres de sueño, buscándote en callejas temerarias.
¿Cómo no amar la rosa? Pero falta descubrirla entre tanta incertidumbre, entre tanta apariencia. ¿Quién no ama la música si acierta a despojarse del grito, rebotado por la sangre...? Conozco su existencia, la sostengo inevitablemente, como el peso tranquilo de la luz, belleza ausente pero cierta, que al hombre corresponde si busca su caricia en la esperanza. Esperamos, con hierros, más feroces que los hambrientos tigres, y tan densos como dormidas aguas de pantano. Esperamos: vivimos esperando el reino de la tierra libertada. De la tierra evidente, sudorosa en su preñez de muertos y metales; fecunda y triste tierra inacabable, que el hombre enreja, hasta cavar en ella una profunda cárcel sin estrellas. Encerrados vivimos. La costumbre levanta muros, aprisiona cielos, esparce sones, crucifica rosas, limita los caminos y reduce el verbo a pensamiento atormentado. ¡Pensar! ¡Oh triste sino de lo humano! La altiva fuente de energía se hace pozo seco de horror, sima del odio; Porque sin viento, la agresiva nave se pudre, quieta, sobre el mar inmenso. Mar de sargazo, omnipotente calma que en prisiones azules nos retiene, en tanto el alto cielo transparece y una paloma bíblica, en el pico transporta del olivo su mensaje. ¿Cómo no amar la rosa...? Pero falta descubrirla entre tanta incertidumbre.
Las cosas suceden así, sencillamente: Vuelven del trabajo con sabor de cal viva entre los dientes. la esposa les contempla con costumbre. -¿Quién dice amor, si la palabra estalla?-. Y cogen del pan, como si fuera barro y arena, un puñado tan sólo. (Es pan de pobres, desalado y negro y triste como el silencio de la casa toda.) Y se marchan. (La esposa les oye cerrar la puerta, pero no dice nada. ¡Está tan cansada! Prefiere aquella fría soledad con olor de abandono. Pudiera recordar su juventud y dormir, pero ¿quién sueña o duerme? Los pobres no recuerdan; mueren como las piedras roídas de las murallas. Ellos, en tanto, beben un agrio vino con sabor de azufre; y si ríen y gritan y golpean, es porque -¡Dios, qué vida!- da rabia beber sin alegría. Acaso entonces lleguen hombres de esos que velan por la paz de las familias, y les hablen del dulce amor de las esposas y del descanso junto al fuego, escuchando, por la radio, una dulce canción, mientras los niños buscan en el atlas países coronados de yedras o corales... Si esto sucede, gritan con más fuerza y beben más vino agrio con sabor de azufre, hasta que ya no saben dónde tienen los ojos, ni por qué les duele el corazón. Les arrojan con prisa. La calle es larga, y en el firmamento las estrellas relucen. Regresan a la casa -¡oh dulce hogar!- llorando. La esposa les contempla con costumbre. -¿Quién dice amor, si la palabra estalla?-.
«Borradle. Labraremos la paz, la paz, la paz,
a fuerza de caricias, a puñetazos puros...»
Blas de Otero
El amor sube por la sangre. Quema
la ortiga del
recuerdo y reconquista
el ancho campo abierto, la ceniza
fundadora,
que la brasa sostiene.
El amor es herencia de la sangre,
como el odio, su amante, y se
mantienen
íntimos, besándose, nutriéndose
de sus dobles sustancias
transmitidas.
Nada podrá arrancarles de su abrazo:
La espada, el hielo, el tiempo,
con sus filos
mezclarán sangres, que, lluviosamente,
germinarán odios,
amor o nuevas sangres.
¿Cómo decir:
-«Aquéllos, que nunca conocieron
la sangre derramada, que separen
el
odio del amor y reconstruyan
las viejas catedrales de la dicha...»
¿«Aquéllos»?, ¿son acaso otros que los murientes
trasvasados, hechos
de sangre antigua?
No es posible lavarse el alma ni las manos
cuando
fluye hacia ellas sangre y olor a sangre.
Si ha de hacerse el amor, será con sangre
trepadora, quemante,
conocida,
pura sangre del odio, amante impávido
que el amor fecundiza.
Si ha de hacerse la paz...
-¡Callad, campanas!,
¡Ved la tierra, la tierra, que resume
su tempero
sangriento y le convierte
en paz, en paz, a puñetazos puros...!
« ¿Serás, amor, un largo adiós que / no se acaba? »
« Aquí contemplo vida, me / hago llama »
« Canción para la guitarra / Y canto para adentro »
« Un día puro, alegre, libre quiero. / Fray Luis de León »
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