« He pensado a menudo en un verso de Eliot; / aquel en que una dama »
Vicente Núñez · Carta de una dama
Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Núñez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Núñez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
He pensado a menudo en un verso de Eliot; aquel en que una dama persuasiva y ajada sirve el té a sus amigos entre efímeras lilas. Yo la hubiese querido porque, igual que la suya, mi vida es una inútil e inacabable espera. Pero he aquí que es tarde, y ella murió hace tiempo, y de una vieja carta banalmente perfecta su recuerdo difunde perenne y raro aroma. «Londres, mil novecientos siete. Querido amigo: Siempre estuve segura, lo sabes, de que un día... Mas trata de excusarme si divago; es invierno y no ignoras cuán poco me ocupo de mí misma. Te espero. Los enebros han crecido y las tardes culminan hacia el río y los rojos islotes. Soy triste y, si no llegas, un tema de suspiros hundirá al gabinete, de un raso ajedrezado, en el inmundo estiércol del tedio y la derrota. Para ti habrá una torre, un jardín afligido y unas campanas graves húmedas de armonía; y no habrá té ni libros ni amigos ni advertencias, pues yo no seré joven ni querré que te vayas...» Y esta dama de Eliot, tan dúctil y serena, se habrá desvanecido también entre las lilas, y el banderín siniestro del suicidio ardería un instante en la estancia con su opaco alarido. * * *
Al volver de las rocas, donde sopla la brisa y estrella el mar el agrio navío de su aroma, la prolongada queja de un tren lejano abate mi corazón rendido de pañuelos y adioses. Y si amo el instante que de ti me separa y cedo a la delicia de su ingrata hermosura, que expirará mañana entre humo y abrazos; si de nuevo renuncio a quedarme contigo en la vida que oprimen con su broche los días y convierte al amor en una estatuilla de sal que se derrumba en un jardín estéril; si elijo el gallardete de la pena, y el mundo continúa lo mismo de bello porque es triste con sus nubes sombrías y sus húmedos bosques, es sólo porque debo perderme totalmente y arrojar la amargura tan dentro de mí mismo que por ella, algún día, sepa al fin que he vivido. * * *
¿Y cómo te diré, amor, que ya es otoño desde esta lejanía que hace bello al deseo, si la lluvia que moja mis hombros es lo mismo que todos los recuerdos dulces y las promesas, y las nubes tan grises no son como tus ojos? ¿Qué tristeza que sabe a una antigua alegría tiene el parque alfombrado de crujientes serojas, si tú vives lejísimos y mi vida no tiene, cual las oblicuas tubas de los talados árboles. otro destino ahora que la desnuda espera? ¿Es algo quizás nuevo o es solamente el tiempo que otra vez de improviso vierte sus caravanas de humedades y olores de papeles y tierras, de viejos palomares y de tejas oscuras, el tiempo que regresa como un joven desnudo, mojado y casi ebrio de un viaje larguísimo? Pero yo sólo sé, amor, que ya es otoño, que tu recuerdo este día triste me empuja al final de los parques donde estuvimos juntos, los parques de otras tardes claras en que el perfume de los tilos en flor era igual que un abrazo, y una caja de música morada las Descalzas, cuando los barrenderos lentamente volvían. Y también sé, amor mío, que desde mi tristeza vanas serán las rosas que prepara la tierra, que nunca la melisa silvestre volveremos a coger por las lomas leves de los ejidos, que indiferente a este pecho que se me muere sus flores el ciclamen volverá a dar tan bellas. Y por eso, quisiera expirar junto a esas húmedas avenidas de alerces solitarios, porque una vez jugamos donde una fuente ahora con la ilusión de mayo contentísima gime. De "Los días terrestres" 1957
Homenaje a J. R. J.
Meeting at night
Antes de que se cierre la cancela y el faro
rasgue con su guadaña
el estor de la tarde,
hay un jazmín sombrío que aguarda unas pisadas
entre la celosía otoñal de una cita.
Los muchachos que vuelven de la playa, la ronda
última de los
novios que atenúa la niebla,
la red de los silencios y su copo
doliente
rozan por un instante esa amarga clausura.
Pasan como vencidos del rigor de los besos,
tú que esperaste en
vano de una noche a otra noche,
y dejan en la agreste baranda de la arena
el áspero geranio de un
sollozo votivo.
La barca en que un arráez se pierde entre las rocas
es sólo un
vago indicio, bajo la luna llena.
Tras el balcón abierto hay un
libro, unas flores...
Un timbre casi anuncia la ausencia de sus
manos.
Y el amor, que salvaba la verja y los rosales,
lejos de la corola
de su ser se evadía;
y en los acantilados su sangre decoraba
la
ruda y pavorosa soledad de las olas.
Y una noche, a las doce... La terraza era un friso
de espaldas y
organdíes que agitaba la música.
Y el mar siguió vacío, y la playa
desierta,
y no se oyeron pasos, y no vino a la cita.
* * *
En tanto que de rosas
hacemos una piña...
San Juan de la Cruz
La cueva sin nadie que conocía el agua
y las espátulas de pizarra del mar contra las rocas
no eran una
música más arriba,
o que provocasen siquiera frente a barcas de palo.
El frío del Altísimo,
tras la solar hoguera de los montes,
un
silbido espeso derramó y palpitábamos.
«Ángeles son, y no contadas
naves».
Y cuando lo decías,
sin ese esfuerzo que inutiliza el
recuerdo,
un pecho tierno me brotó de repente:
ángeles son,
dejados a su avío;
en tanto que de gozo se me apiñó la dicha.
* * *
Homenaje a Pablo García Baena I Cuan largas, tortuosas, miserables e inútiles son siempre las congojas del amante obstinado. Su pensamiento yerra aunque acierte su instinto, su corazón se aprieta de agresivos venablos sin objeto, a no serlo de su propio veneno. Pero es tanta su cómplice alianza con todo, es tan fuerte su abrazo solitario al hastío que se inmolan ligeros en fragmentos de gloria, desnudos, en la hoguera de una pasión sin nombre. Oh, qué yerta corona de pavesas altivas, qué confín tan oscuro de heroicas cintas mustias. Todo se prometía tan risueño, tan dulce... Fueron tantos aquellos vehementes deseos... Como raros y ajados estandartes de escarnio flamean. Son beodos de elegantes maneras, sordos a la ternura que ya no reconocen. II Cuando ayer me pediste que escribiera unos versos de amor, para regal0 de quien tú tanto amas, sentí que no debía negarme a tu deseo, pues con él me brindabas la ocasión, tal vez única de revelarte todo el que por ti yo escondo. Y así, cuando en el pecho de tu dulce criatura mis palabras estallen como encendidas rosas, yo no estaré del todo ausente a ese perfume. Yo vibraré un instante tan cerca de vosotros como de ti lo está, mientras viva, mi alma. III Esta hermosa sortija, cuyas piedras un día fueron entre tus dedos mortecinos jacintos, hoy me ciñe del vago recuerdo de tu carne, del intenso y oscuro aroma de tu alma. Quién, entonces, podía imaginarlo, amor mío: alma y cuerpo en un solo y unísono destello. De "Poemas ancestrales" 1980
Amarte no fue un ramo de rosas en la tarde. ¿Dejarte cualquier día para siempre y no verte...? Todavía me queda otro infierno más grande. Esperar a que vuelvas más allá de la muerte. * * *
¡Si a víctima me alzaras en la cruz de tus brazos...! Pero yerras y aún vivo y execro esa victoria * * *
El que pasa ignorado por los arcos del mundo. El que extiende en el suelo su clámide de oro. El que aspira en el bosque el rumor de la lluvia y olvida su cuidado debajo de los sauces. El que besa tus brazos y tiembla y se transforma a pesar del embate de todo y de sí mismo. El que a tu sombra gime como trémula gema. El que pasa, el que extiende, el que aspira y olvida. El que besa, el que tiembla y se transforma. El que gime. * * *
I Más palabras no engendres en mí, torvas criaturas que envilecen y editan su métrica satánica. Yo te amaba y por eso te inventaba besándote. La vida no era un verso. ¡Y la encontré contigo! II Te amaba con locura. De la vida. ¿qué tuve? Sólo una inmensa pira que ardía inextinguible. Pero ni la traspuse ni me abrasé con ella. ¿Más allá de nosotros? Fama de la ceniza. III Oh límpido y amado don de tus ojos de oro qie se atribuló mi vida de martirios dulcísimos. De aquel trance, dos lágrimas hoy sangran resbalando y doliendo, acosándonos de ternura y de dicha. * * *
¡El amor le resbalaba! Hoy vendo heridas de ayer... ¿Quién es quien amaba, quién? * * *
La limosna Una noche de invierno, de tantas en la vida, sintiéndome el más pobre de los pobres del mundo, me arrojé por las calles en busca de sustento mientras la lluvia hería mi rostro como un látigo. Como pude, arrastrándome en aquel torbellino de vértigo y de frío, logré alcanzar su casa. Llamé con la ternura que precede a la muerte; besé, con el helor que en mis labios traía, aquellos aldabones que yo soñé imposibles. Salieron a la puerta tus hijos, como rosas en el trono encendido del hogar que vibraba. Yo no sé qué limosna pedí ni con qué harapos quise ocultar mi fiebre, mi amor y mi miseria. Del fondo de la casa, del fondo de la vida, sentí su voz decirme, mientras agonizaba mi corazón: perdone. Por Dios, perdone, hermano. * * *
En el gabinete de Walter Wartburg En el frío papiro de turbios editores volqué yo aquellas ansias de una pasión sin límite. ¿Era eso mi vida? Asco me dio de ella. Con qué clarividencia sentí que estaba muerto. * * *
¿No fue mía la noche? No era mía. Sus lágrimas ¿no fueron en mi vida murallas como llantos? ¿Qué hacía la hermosura, la burda; allí, qué hacía? ¿No eran mías las lóbregas noches suyas? Ah, nunca fueron mías. ¿Y aquellos ojos rojos que ardieron como extáticas lámparas de amor, en la apacible e infinita tersura de una noche de estío? Pavesas para tiempo de miseria y memoria. * * *
Si la tarde no altera la divina hermosura de tus oscuros ojos fijos en el declive de la luz que sucumbe. Si no empaña mi alma la secreta delicia de tus rocas hundidas. Si nadie nos advierte. Si en nosotros se apaga toda estéril memoria que amengüe o que diluya este amor que nos salva más allá de los astros, no hablemos ya, bien mío. Y arrástrame hacia el hondo corazón de tus brazos latiendo bajo el cielo. * * *
Lo que de amor yo supe lo aprendí desamándote. Por eso te idolatro mejor que si te amara. * * *
Decías que querías llevarme entre tus manos -yo besé esa locura, yo la lloré y la quise-, como a un frágil lucero de amor alucinado; casta palma y abierta que irradiase en tu noche. Y vi cómo la alzabas, cómo su luz se erguía frente a los farallones férreos del mundo, contra las turbias embestidas de lo oscuro y lo incierto, ante esa furia cárdena que rugía en tu ergástula... Pero el mal fue más hondo. No dimos la batalla por falta de enemigo. Todo está consumado. * * *
Todo en tu amor dolíame como un puñal ardiendo; un revólver sonoro, una tortura de instrumentos. Las rosas, el champán..., -¿te duele?-, el gesto tuyo, como de alondra que me abrasaba de tu aliento. Dispara ya, y abrázame, que estoy dispuesto a todo, y se hace tarde para morir. Soy lento. * * *
¿Un poema es un beso y por eso es tan hondo? Un poema -¿me quieres?- se aposenta -no hables- en mis labios que abdican del canto si me besas. ¿Un poema se escribe, se malversa, se abraza? Oh dulce laberinto de luz, oh tenebrosa, oh altísima y secreta confusión, amor mío. * * *
Una carta, un poema, una música, un llanto... ¿Cómo te apreso, cómo te amo o me consumo? ¿Nuevas muertes u otras vidas? Restituidme a los gélidos féretros del verbo y de la carne. * * *
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« Al volver de las rocas, donde sopla la brisa / y estrella el mar el »
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