Poesía Universal

Vicente Gerbasi

Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Gerbasi. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Gerbasi. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Vicente Gerbasi

21 poemas seleccionados
1.

Amanecer

Siento llegar el día como un rumor de animales,
a la orilla del 
		pantano, de la fiebre, del junco,

		más allá, entre las colinas de viento oscuro,
donde la luz se levanta 
		con desgarradas banderas,
como resplandor lejano de una montaña de 
		cuarzo.
He aquí la sombra en torno a mi existencia, el búho,
el 
		río que arrastra oro, la serpiente de coral,
el esqueleto del 
		explorador, el fango de mis pies.
La noche ha quemado el maíz, ha 
		apagado los metales,
ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la 
		sangre,
ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja.

		Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón:
eco en el 
		abismo, piedra que rueda por el monte,
brillo en la puerta de la 
		cueva, fosforescencia del hueso.
En la infancia, al pie del arco iris 
		o del relámpago,
junto al cabrito que saltaba en torno a la madre,

		jugaba con un pequeño tigre de cálida voz ronca,
de suave pelambre 
		estrellada, como un signo del zodíaco,
de rabia lenta y tensa, como 
		el despertar de la furia.
Ahora siento en el aire límpido del bambú y 
		el helecho,
surgir las formas de las doncellas, bajo la fronda,
en 
		la selva de árboles aromáticos, coronadas de orquídeas
descendiendo 
		al río, a la cascada de transparente curva,
que resuena en sus 
		diamantes como una leyenda.
Formas de la gracia, sus perfiles 
		abandonan sus melenas
a la brisa; formas de la vida y de la muerte,

		sus senos tiemblan en las penumbras de los juncos;
formas del oscuro 
		delirio, sus muslos se suavizan
como una fruta partida; formas del 
		tiempo humano,
sus pies hacen temblar las flores silvestres.
Como 
		el venado tras de su compañera en la colina,
persigo a una joven 
		diosa desnuda, bajo el sol.
Viene el olor agrio de los árboles 
		destrozados
por la ira de la noche; viene el olor de la sangre,

		del animal devorado, el olor de los minerales,
el olor del río entre 
		las raíces y las flexibles lianas.
El día derrama su transparente 
		maravilla, como un vuelo,
como el color innumerable, como la 
		crisálida
de herméticos destellos, como el insecto plateado,
como 
		el hechizo en las formas relucientes,
como el vuelo de mariposas que 
		salen de una gruta incendiada
y comienzan a temblar en el ardiente 
		cristal.
Acerco mis labios al claro manantial de íntima música,

		junto a la sardina y a la piedra limpia y pulida como una joya;

		mientras la nube pasa y el ave sale de su nido,
y la serpiente 
		muestra su lengua maldita, y se enrosca,
y espera o avanza por la 
		espalda sudorosa del día.
Me hundo en las palpitaciones 
		reverberantes, en las ondas,
en el temblor divino, donde se abre la 
		rosa de montaña,
en los brillos fugaces, en la imagen insondable de 
		Dios,
que ha creado los cielos y la tierra, con esta geografía de 
		fuego,
y ha dado a mi corazón la forma del día y de la noche,

		mientras oigo correr los animales, persiguiéndose, amándose,

		devorándose, ensangrentando las yerbas, las flores y las peñas.
Soy 
		el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma.
2.

Aquí

Aquí he llegado...

		

		Aquí he llegado

		para imponerme el conocimiento de la eternidad,

		para ver rodar mi cabeza

		tiempo abajo,

		arena abajo,

		alucinación abajo,

		hacia el metálico redoble de los truenos

		que confunden las montañas 

		en negros ámbitos azules.

		

		Se detuvieron aquí las tribus,

		se detuvieron aquí los profetas,

		se detuvieron aquí los santos.

		

		Venían las mujeres

		y los niños.

		Vestían pieles

		de animales de los montes,

		rudimentarios paños

		a franjas de colores,

		todos iluminados

		en fuegos rituales.

		

		Quisiera dejar un canto

		para la eternidad,

		enterrado en una vasija de barro,

		un canto junto a mis huesos,

		un salmo

		para oír a Dios

		en la música de un arpa,

		para verlo en un fuego de nubes

		sobre los pueblos siempre nuevos

		edificando con la arena del desierto,

		y para ver el desierto

		que lleva su silencio

		del día a la noche

		como continuación del firmamento.
3.

Bosque de música

Mi ser fluye en tu música, 
bosque dormido en el tiempo, 

		rendido a la nostalgia de los lagos del cielo. 
		
¿cómo olvidar que soy oculta melodía 
y tu adusta penumbra voz de 
		los misterios? 
		
He interrogado los aires que besan la sombra, 
he oído en el 
		silencio tristes fuentes perdidas, 
		
y todo eleva mis sueños a músicas celestes. 
Voy con las 
		primaveras que te visitan de noche, 
		
que dan vida a las flores en tus sombras azules 
y me revelan el 
		vago sufrir de tus secretos. 
		
Tu sopor de luciérnagas es lenta astronomía 
que gira en mi 
		susurro de follaje en el viento 
		
y alas da a los suspiros de las almas que escondes. 
¿Murió aquí 
		el cazador, al pie de las orquídeas, 
		
el cazador nostálgico por tu magia embriagado? 
Oh, bosque: tú 
		que sabes vivir de soledades
		
¿adonde va en la noche el hondo suspirar?
4.

En el fondo forestal del día

El acto simple de la araña que teje una estrella 
en la penumbra, 
		
el paso elástico del gato hacia la mariposa, 
la mano que resbala 
		por la espalda tibia del caballo, 
		
el olor sideral de la flor del café, 
el sabor azul de la 
		vainilla, 
		
me detienen en el fondo del día. 

Hay un resplandor cóncavo 
		de helechos, 
		
una resonancia de insectos, 
una presencia cambiante del agua en 
		los rincones pétreos. 
		

Reconozco aquí mi edad hecha de sonidos silvestres, 
de 
		lumbre de orquídea, 
		
de cálido espacio forestal, 
donde el pájaro carpintero hace 
		sonar el tiempo. 
		
Aquí el atardecer inventa una roja pedrería, 
una constelación de 
		luciérnagas, 
		
una caída de hojas lúcidas hacia los sentidos, 
hacia el fondo 
		del día, 
		
donde se encantan mis huesos agrestes.
5.

Escritos en la piedra

En el valle que rodean montañas de la infancia 
encontramos 
		escritos en la piedra, 
		
serpientes cinceladas, astros, 
en un verano de negras 
		termiteras.
		
En el silencio del tiempo vuelan los gavilanes, 
cantan cigarras 
		de tristeza 
		
como en una apartada tarde de domingo. 
Con el verano se desnudan 
		los árboles, 
		
se seca la tierra con sus calabazas. 
Pero volverán las lluvias 
		
y de nuevo nacerán las hojas 
y los pequeños grillos de las 
		praderas 
		
bajo el soplo de una misteriosa nostalgia del mundo. 

Y así 
		para siempre 
		
en torno a estos escritos en la piedra, 
que recuerdan una raza 
		antigua 
		
y tal vez hablan de Dios.
6.

Hay muchas maneras de estar muerto

No quiero explicarme por qué mis ojos
pueden ver este castillo 
		cubierto de hiedras
de verde muy oscuro y solitario
bajo los 
		astros de los búhos,
ni por qué mis ojos pueden detenerse
a ver 
		caer la nieve durante tanto tiempo,
hasta que arropa todos los 
		muertos
y los deja allí con sus vestiduras
de diferentes colores 
		en el hielo.
Mi padre fue enterrado en el trópico,
en Canoabo, y 
		sus ojos, por tanto, no se helaron,
pero sí, tal vez, tuvieron que 
		ver con otras cosas 
		
muy distintas al frío,
sin duda, con culebras que perforan la 
		tierra
y silban a orilla de los muertos
como a la margen de un 
		lago
de juncales remotos y relámpagos.
Hay diferentes maneras de 
		estar muerto,
aun estando vivo en medio de los planetas,
con 
		nuestra cara semejante a la tierra
fotografiada desde Géminis 13,

		viendo nuestros propios ojos
rodeados de huesos,
un poco más 
		arriba de los dientes;
ensimismados en los ojos de los pescados

		que nos miran en las pescaderías iluminadas.
Hay muchas maneras de 
		estar muerto
y siempre nos es dado tomar nuestro cráneo
y ponerlo 
		a reposar al borde de la tumba
o llevarlo al gran salón de baile,

		como tal vez lo hizo Hamlet,
mientras Ofelia s ponía un velo de luna 
		nevada,
ay, de luna nevada entre los abedules.
7.

Los

enamorados

		

		Los rostros de los enamorados, en el césped,

		se vuelven indiferentes, hacia el trueno,

		hasta que brillen en la lluvia

		que hace temblar las flores.

		

		Entre durazneros y almendros,

		que al giro de las estaciones

		se cubren de abejas,

		los enamorados

		son un infinito instante,

		el sueño del tiempo

		estremecido en su propia tempestad.

		

		El relámpago va huyendo

		entre rosas y gallos.

		

		El tiempo se hunde con ramas y nubes

		en las charcas que de la lluvia

		cerca de los enamorados

		que eternamente olvidan

		su propia historia,

		abandonados al relámpago

		y a un sabor de mieles silvestres.
8.

Mi padre el inmigrante

"Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, 
		

                                                        
		nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, 

                              
		y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste

                                                                                                                         
		comarca del Estado Carabobo".


		                                                                                                                                                           
		Vicente Gerbasi
9.

I.

I 
Venimos de la 
		noche y hacia la noche vamos. 
		
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, 
donde vive el 
		almendro, el niño y el leopardo. 
		
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, 
con volcanes 
		adustos, con selvas hechizadas 
		
donde moran las sombras azules del espanto. 
Atrás quedan las 
		tumbas al pie de los cipreses, 
		
solos en la tristeza de lejanas estrellas. 
Atrás quedan las 
		glorias como antorchas que apagan 
		
ráfagas seculares. 
Atrás quedan las puertas quejándose en el 
		viento. 
		
Atrás queda la angustia con espejos celestes. 
Atrás el tiempo 
		queda como drama en el hombre: 
		
engendrador de vida, engendrador de muerte. 
El tiempo que 
		levanta y desgasta columnas, 
		
y murmura en las olas milenarias del mar. 
Atrás queda la luz 
		bañando las montañas, 
		
los parques de los niños y los blancos altares. 
Pero también la 
		noche con ciudades dolientes, 
		
la noche cotidiana, la que no es noche aún, 
sino descanso breve 
		que tiembla en las luciérnagas 
		
o pasa por las almas con golpes de agonía. 
La noche que 
		desciende de nuevo hacia la luz, 
		
despertando las flores en valles taciturnos, 
refrescando el 
		regazo del agua en las montañas, 
		
lanzando los caballos hacia azules riberas, 
mientras la 
		eternidad, entre luces de oro, 
		
avanza silenciosa por prados siderales.
10.

Ii.

II 
Venimos de la noche y 
		hacia la noche vamos. 
		
Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre, 
el sudor de la 
		frente, la mano sobre el hombro, 
		
el llanto en la memoria, 
todo queda cerrado por anillos de 
		sombra. 
		
Con címbalos antiguos el tiempo nos levanta. 
Con címbalos, con 
		vino, con ramos de laureles. 
		
Mas en el alma caen acordes penumbrosos. 
La pesadumbre cava con 
		pezuñas de lobo. 
		
Escuchad hacia adentro los ecos infinitos, 
los cornos del enigma 
		en vuestras lejanías. 
		
En el hierro oxidado hay brillos en que el alma 
desesperada cae, 
		
y piedras que han pasado por la mano del hombre, 
y arenas 
		solitarias, 
		
y lamentos del agua en cauces penumbrosos. 
¡Reclamad, gritando 
		hacia el abismo, 
		
el mirar interior que hacia la muerte avanza! 
En nuestras horas 
		yacen reflejos de heliotropos, 
		
manos apasionadas, relámpagos del sueño.
¡Venid a los desiertos y 
		escuchad vuestra voz! 
		
¡Venid a los desiertos y gritad a los cielos! 
El corazón es una 
		secreta soledad. 
		
Sólo el amor descansa entre dos manos, 
y baja en la simiente con 
		un rumor oscuro, 
		
como torrente negro, como aerolito azul, 
con temblor de 
		luciérnagas volando en un espejo, 
		
o con gritos de bestias que se rompen las venas 
en las calientes 
		noches de insomnes soledades. 
		
Mas la simiente trae a la visible e invisible muerte. 
¡Llamad, 
		llamad, llamad vuestro rostro perdido 
		
a orillas de la gran sombra!
11.

Iii.

III 
Relámpago extasiado 
		entre dos noches, 
		
pez que nada entre nubes vespertinas, 
palpitación del brillo, 
		memoria aprisionada, 
		
tembloroso nenúfar sobre la oscura nada, 
sueño frente a la 
		sombra: eso somos. 
		
Por el agua estancada va taciturno el día, 
doblegando los juncos 
		hacia barcas de olvido. 
		
El alma silenciosa en las violetas tiembla. 
¿No somos un secreto 
		guardado por las horas? 
		
Mirad cómo en el césped de la tarde 
la mirada es un brillo de 
		azahares, 
		
cómo se esconde el ser 
en el suspiro leve de las frondas. 

		Algo se cierra siempre en torno a nuestra frente. 
		
El frío de las piedras corre por nuestra sangre.
Un susurrar de 
		nardo desciende por los valles. 
		
Y siempre el hombre solo, bajo el sol y los truenos, 
perseguido 
		por voces y látigos y dientes. 
		
El hombre siempre solo, con su mirada, suya, 
con sus recuerdos, 
		suyos, y con sus manos, suyas. 
		
El hombre interrogando a sus calladas sombras. 
Escucha: yo te 
		llamo desde mis soledades, 
		
desde mis suspirantes comarcas de palmeras, 
abiertas a los 
		signos luminosos del cielo. 
		
El viento se te enreda con nieblas siderales, 
y te detiene al 
		pie de negros abedules. 
		
Venados de la luna van corriendo 
por la antigua memoria, 
y 
		en tu silencio caen llamas del corazón.
12.

Iv.

IV 
Lo 
		que siento en mi sangre como un reloj de arena, 
		
cerca de algún retrato, del hilo y del salero; 
lo que escucho en 
		mi sangre como un rumor del día, 
		
cuando una mariposa de la noche 
viene a besar la sombra de 
		nuestro corazón; 
		
lo que escucho en mi sangre como acordes de luto, 
cuando todo se 
		apaga y todo es un ayer, 
		
con rostros, con cenizas y manos en la sombra; 
lo que escucho en 
		mi sangre como grano que cae 
		
en la penumbra de los aposentos, 
donde el espejo de hundida 
		confidencia 
		
destruye vanamente las máscaras del hombre: 
lo que escucho en mi 
		sangre como flautas del sol, 
		
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia 
como en una 
		lejana colina de vendimias;
cuando el pensamiento transforma mis 
		secretos 
		
en abismos de yedras, 
y reclino mi frente sobre el vino 
		nocturno; 
		
cuando siento mis pasos en la tierra, 
y cuando digo: tierra, 

		y sé que estoy aquí iluminándome, 
		
amándola y oyendo su mandato, que es el existir, 
es lo que 
		desciende en secreto hacia mi muerte: 
		
rumor que me sostiene y me dibuja 
en mi retrato antiguo, 
con 
		un halcón sobre el hombro, 
		
en la penumbra de tus olivares: 
marco de la conciencia, 

		enigma de viejos muros, 
		
caída de la luz en la tristeza, 
heno en la tarde, nubes de 
		soledad, 
		
higueras de la noche en forma de esqueletos, 
mirada hacia la 
		sombra del jaguar. 
		
No somos habitantes de la luz. 
Hay lenguas de tiniebla y signos 
		ardorosos 
		
danzando en torno nuestro.
Se nos cae la mirada en anillos de 
		luto, 
		
en juncales de miedo, en estrellas de plata. 
La frente va 
		perdida, como ráfaga fría 
		
por la humedad nocturna de los espantapájaros. 
¿Cuándo sale de 
		ti mi oscuro andar? 
		
Atrás quedan abismos en que mis ojos caen. 
El hombre es de la 
		noche que lo sigue, 
		
sueño que el sol defiende, 
paréntesis de incierta maravilla, 

		imagen que derriba la tiniebla. 
		
Aún mi madre contempla tu retrato 
y en su cabello blanco se hace 
		un lejano resplandor. 
		
Aquí en la tierra estoy, aquí en la tierra, 
y en tu muerte, 
		disperso en mis sentidos. 
		
Y persisten los ojos, las brasas del peligro 
y el hábito de 
		andar por los sonidos, 
		
por la humedad, la risa, las tinieblas, 
donde las lumbres danzan 
		
como reminiscencias de muertos familiares. 
Y todo avanza en mí y 
		todo cae, y todo es un rumor, 
		
un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado, 
y un llevarlo 
		todo al sueño 
		
y hacer de la tierra un sueño. 
Y es lo que viene ardiendo, 
		sonando como un trueno 
		
sobre un niño, 
desde tu vida dura, desde tu muerte sola, 
tu 
		muerte semejante a una llanura,
donde curva la noche su lentitud de 
		estrellas, 
		
con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos, 
con guitarras 
		caídas junto al corazón, 
		
con una copla del diablo, 
con el azufre del Tirano Aguirre 

		danzando en las colinas, 
		
y lejanos relámpagos antiguos 
en un denso horizonte con sombras 
		de diluvio, 
		
y el viento que resuena sobre el sordo tambor 
de la tierra 
		caliente, 
		
del agua del caimán y el venenoso diente. 
Padre mío, padre de mi 
		huracán. Y de mi poesía.
13.

V.

V 
A veces caigo 
		en mí, como viniendo de ti, 
		
y me recojo en una tristeza inmóvil; 
como una bandera que ha 
		olvidado el viento. 
		
Por mis sentidos pasan ángeles del crepúsculo 
y lentos me 
		aprisionan los círculos nocturnos. 
		
Venimos de la noche y hacia la noche vamos. 
Escucha. Yo te llamo 
		desde un reloj de piedra, 
		
donde caen las sombras, donde el silencio cae.
14.

Vi.

VI 
El velero 
		lustroso de la muerte 
		
pasea tu silencio por mis mares sombríos, 
entre brillos de un 
		agua negra en ondas, 
		
donde cantan marinos de otro tiempo, 
ahogados en la noche, 
		rendidos a las algas 
		
que transportan las sombras. 
Y siempre vienes a mí desde el 
		olvido, 
		
aventurero terrestre de barbas seculares. 
Tus zapatos aún suenan 
		sobre los ladrillos 
		
y sobre las arenas de bahías desiertas, 
con baúles desenterrados 
		y monedas, 
		
y con rocas lejanas donde los astros caen, 
donde avanzan 
		temblando las auroras, 
		
en medio de las sombras de los fríos, 
y de pinos del mar, 
y 
		signos y colores espectrales, 
		
y las sombras de madres de barqueros, 
llamando entre sus paños y 
		sus cabellos, 
		
y sus voces confundidas, 
y sus lágrimas perdiéndose en la arena, 
		
y gaviotas en fila, volando hacia otro mundo, 
hacia distancias 
		cárdenas y negras, 
		
hacia un día del misterio, 
donde grita el hombre a su muerte. 
		
Te sigue un perro grande, 
el perro fiel y lento de nuestra 
		lejanía. 
		
En tu penumbra brillan barcas abandonadas. 
Con las ráfagas gimen 
		tus hondas soledades 
		
y entre las algas tiembla el grave amanecer. 
Te alejas en tu 
		viaje como llovizna leve, 
		
como el rumor del finar en los caracoles. 
En mi soledad guardo 
		tus hondas soledades. 
		
De ti vienen los días 
sonando en las guitarras del olvido. 

		Por ti yo soy el hombre, el portador del fuego. 
		
Por ti mi mano levanta el espejo que refleja la montaña. 
Hacia 
		mí venían tus huellas, tu fábula y tu clima, 
		
y aún te veo llegar desde la muerte, 
padre del remo, padre del 
		pesado saco, 
		
padre de la cólera y el canto.
15.

Vii.

VII
Tu aldea en la colina 
		redonda bajo el aire del trigo, 
		
frente al mar con pescadores en la aurora, 
levantaba torres y 
		olivos plateados. 
		
Bajaban por el césped los almendros de la primavera, 
el labrador 
		como un profeta joven, 
		
y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo. 
Y 
		subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas. 
		
Era una pobreza alegre bajo el azul eterno, 
con los pequeños 
		vendedores de cerezas en las plazoletas, 
		
con las doncellas en torno a las fuentes
movidas rumorosamente 
		por la brisa de los castaños,
		
en la penumbra con chispas del herrero, 
entre las canciones del 
		carpintero, 
		
entre los fuertes zapatos claveteados, 
y en las callejuelas de 
		gastadas piedras, 
		
donde deambulan sombras del purgatorio. 
Tu aldea iba sola bajo 
		la luz del día, 
		
con nogales antiguos de sombra taciturna, 
a orillas del cerezo, 
		del olmo y de la higuera. 
		
En sus muros de piedra las horas detenían
sus secretos reflejos 
		vespertinos, 
		
y al alma se acercaban las flautas del poniente. 
Entre el sol y 
		sus techos volaban las palomas. 
		
Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza. 
Tu aldea estaba sola 
		como en la luz de un cuento, 
		
con puentes, con gitanos y hogueras en las noches 
de silenciosa 
		nieve. 
		
Desde el azul sereno llamaban las estrellas, 
y al fuego 
		familiar, rodeado de leyendas, 
		
venían las navidades, 
con pan y miel y vino, 
con fuertes 
		montañeses, cabreros, leñadores. 
		
Tu aldea se acercaba a los coros del cielo, 
y sus campanas iban 
		hacia las soledades, 
		
donde gimen los pinos en el viento del hielo, 
y el tren silbaba 
		en lontananza, hacia los túneles, 
		
hacia las llanuras con búfalos, 
hacia las ciudades olorosas a 
		frutas, hacia los puertos, 
		
mientras el mar daba sus brillos lunares, 
irás allá de las 
		mandolinas, 
		
donde comienzan a perderse las aves migratorias. 
Y el mundo 
		palpitaba en tu corazón. 
		
Tú venías de una colina de la Biblia, 
desde las ovejas, desde 
		las vendimias, 
		
padre mío, padre del trigo, padre de la pobreza. 
Y de mi poesía.
16.

Viii.

VIII 
Cuando tú venías, 
		venías hacia la muerte, 
		
porque así son nuestros pasos en los días: 
hacia las montañas 
		detenidas en los crepúsculos; 
		
hacia las ciudades que esperan la noche con luto y alegría, 

		tostando el pan, preparando dramas en los aposentos, 
		
derramando rojo vino en las penumbras; 
hacia los puertos donde 
		las barcas dan descanso a los vagabundos; 
		
hacia los pequeños caminos rojos, 
donde nos duele el cuerpo del 
		asno, 
		
donde nos duelen los pies del mendigo, 
donde nos duele el canto 
		de la triste quinquina; 
		
hacia nuestra futura vivienda, 
con el susurro leve del naranjo 
		
a cuya sombra estaremos en la mirada del hijo, 
como en una hora 
		del cielo, 
		
del presentimiento y de la angustia. 
Tú venías, y el mundo 
		estaba debajo de tus pasos, 
		
y debajo de tus noches, y debajo de tus soledades. 
Sí, tu 
		existencia había creado sus cielos huracanados 
		
sus aguas tumultuosas, sus nubladas lejanías,
y las tempestades 
		agitaban los mares de tu corazón 
		
con truenos y estrellas caídas 
en las oscuras soledades del 
		alma, 
		
con naufragios y voces de mujeres 
perdidas en la extensión de 
		las olas y los países. 
		
Soñabas con fantasmales buques en la sombra, 
esos que llevan 
		banderas de luto 
		
y viajan hacia los puertos de podridos aceites 
y antiguos 
		desperdicios. 
		
Y la furia levantaba ondas en la oscuridad de tu muerte, 

		perseguida por brillos lunares, 
		
como una oleaginosa superficie negra 
con vuelos de lentas aves 
		relucientes, 
		
ahí donde los astros gotean sus azules licores, 
en ese espacio 
		del misterio devorador, 
		
con islas iluminadas en nuestra soledad. 
Tu juventud llamaba a 
		las ciudades del mundo, 
		
a los vientos que soplan contra viejas murallas, 
a la gente que 
		vive en las oscuras minas, 
		
a marinos que yacen bajo cruces del mar.
Tú, el viajero, el 
		insomne, el descontento, 
		
el que levantaba las manos hacia los relámpagos, 
el que veía 
		pasar las bahías 
		
como la orilla serena y brumosa de la tristeza. 
Sabías soportar 
		las lejanías, siempre tan del corazón. 
		
Sabías llegar. 
Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado, 
		
tendido en las noches calientes, 
como los sacos, como los 
		barriles, 
		
a la orilla de los grandes navíos.
Un campesino te daba una copa 
		de aguardiente. 
		
Y aún era la noche oscura como un tambor, 
salvaje como las 
		patas, las mías y los dientes del tigre. 
		
La noche, la noche llena de rumores de tamarindos, 
de cocoteros 
		movidos por una brisa 
		
que te devolvía a otro tiempo, 
al tiempo de tu aldea con 
		campanas, 
		
de tus mares del verano 
con barcarolas cerca del amanecer. 

		Tú estabas dormido bajo las estrellas de otro mundo. 
		
Padre mío, padre de mi universal angustia. 
Y de mi poesía.
17.

Ix.

IX
Dejaste en mi 
		existencia la nostalgia del mundo. 
		
Adoro las ventanas que tiñen los crepúsculos, 
contemplo las 
		estampas de algún campo del norte, 
		
elevo las aldeas a nevadas del cielo 
y un reno silencioso se 
		yergue en mi silencio. 
		
Muero contra los pinos por ráfagas heladas, 
a mis manos se 
		acercan pájaros del invierno, 
		
y un aire de mendigos difunde coros tristes. 
No sé si alguna 
		hora de copos solitarios, 
		
esos que a veces caen en grises cementerios, 
sobre harapientas 
		sombras, en plazas vespertinas, 
		
me espera en algún sitio lejano de la tierra. 
Por ti, que 
		caminabas con tus ropas pesadas, 
		
entre los esqueletos vegetales del frío, 
yo vago por la orilla 
		de un lago taciturno,
oyendo una campana de antiguos molineros.
18.

X.

X
¿Qué fuego 
		de tiniebla, qué círculo de trueno, 
		
cayó sobre tu frente cuando viste esta tierra? 
Pasaron costas 
		negras, arbustos inflamados, 
		
barcas con piñas, cocos, bananas, chirimoyas, 
sobre un mar 
		tenebroso con medusas y anémonas. 
		
Y pasaron caminos, zamuros, caseríos, 
y viste un asno ciego 
		atado a tina ventana, 
		
y un niño sin parientes pasar por la llanura, 
y un vaquero 
		llamando la sombra del ganado. 
		
Una puerta caliente se abrió para tu vida. 
Te llamaron las aguas 
		con sus lenguas oscuras, 
		
los pájaros con gritos, y animales dolientes 
que lloran 
		largamente en el alto follaje. 
		
Y llegaste a la puerta de la casa del brujo, 
de cuyo tecleo 
		cuelgan gruesas hojas moradas,
semillas venenosas, corazones de 
		pájaros. 
		
Y viste la melaza correr en los trapiches. 
Y el toro que en la 
		tarde avanza hacia la muerte, 
		
atado a dos caballos. 
Y viste la serpiente de agua, retorcida, 
		
que en la penumbra ahoga a la vaca sedienta. 
Y anduviste de 
		noche entre las mariposas 
		
de luto, que visitan los ranchos tenebrosos, 
donde habita la 
		fiebre de labios amarillos. 
		
Y viste danzar llamas, las llamas del Tirano, 
seguido por el 
		canto del aguaitacamino, 
		
que avanza, misterioso, junto al paso del hombre. 
Y dormiste 
		entre hormigas, arañas y escorpiones. 
		
Y grandes flores lilas, con brillos siderales, 
se abrieron en tu 
		sueño de encendidos diamantes.
19.

Xi.

XI 
Por ti sé que el remo que 
		regresa del horizonte, 
		
y el hacha que al contacto del árbol 
llena de resonancia el día, 
		
y el martillo que aplasta el hierro 
y lo moldea como una llama 
		densa, 5 
		
y la mano que amasa el barro para la vivienda, 
y amasa la harina 
		para los hijos, 
		
y para los hijos de nuestros hijos, 
y el escalpelo que transmite 
		sangre a la piedra, 
		
elevando su suave gesto en la penumbra, 
y la frente inclinada 
		sobre la maravilla, 
		
hacen la conclusión de la jornada. 
Por ti sé que el paso de cada 
		uno es solitario, 
		
como un recuerdo, como un instante, 
como la muerte de cada uno. 
		
Por ti sé que el amigo es sagrado, 
y que más vale un árbol con 
		frutos 
		
que brillantes monedas de oro. 
Pero aquí estoy debatiéndome con 
		sangre, imagen y lamento, 
		
recogido en mi gesto como habitante que sale de la noche. 
Por ti 
		me alejo de las ruedas del lujo, 
		
de la serpiente de oro, de la araña de cristal pulido, 
de la 
		cortina de azules mariposas. 
		
La tierra nos reclama más cerca de sí misma, 
más cerca del sueño 
		en que la vemos. 
		
Ráfagas solitarias se acercan a mi frente, 
donde la noche mora 
		temblando en los jazmines. 
		
Fugaces resplandores pasan entre mis huesos, 
mientras voy 
		escuchando mis pasos en el polvo. 
		
Avanzo, clamo, caigo, y yo mismo levanto 
mi cuerpo abandonado. 
		
Agítanse las sombras al golpe de la sangre, 
con el trueno que 
		enluta barrancos y montañas, 
		
y en la humedad enciende cuchillos, ojos, cuerpos 
y manos que 
		socavan la soledad oscura.
Camino por escombros, recojo un niño 
		herido 
		
que interminablemente llama hacia las paredes. 
Busco un pan, me 
		persiguen 
		
y mis rodillas sangran por largas madrugadas. 
Padre de mis 
		huellas, 
		
padre de mi tristeza nocturna. 
Y de mi poesía.
20.

Xii.

XII 
Siempre te 
		encuentro, oigo tu voz, 
		
en mi hora más secreta, cuando refulgen las gemas del alma, 
como 
		heridas por la luz de los sentidos, 
		
cuando el tiempo me convoca a los acordes del día, 
y enciende en 
		torno a mi ser flores silvestres; 
		
cuando la noche viene impulsando colores densos por el cielo, 

		como batallas del paraíso o anunciaciones sagradas; 
		
cuando el campo se lamenta en sus animales; 
cuando la madre 
		llora y sobre su cabeza 
		
la noche derrama su pesadumbre y el querer estar a solas; 
cuando 
		siento entrar por la ventana, 
		
a la quieta soledad de la tristeza, 
el aire de los árboles 
		cercanos. 
		
Tu vida y tu muerte, tuyas para siempre, 
como es para sí el niño 
		que se ahoga en un pozo perdido, 
		
en mí se juntan y me difunden en la tierra, 
en ese instante que 
		se detiene iluminando la memoria, 
		
igual al relámpago que enciende un horizonte sagrado, 
en el 
		momento en que el día y la noche se juntan, 
		
plenos de profundidades de lo eterno, 
en una densa agitación de 
		oscuros caballos celestes 
		
que se agigantan para el engendro de un poderoso enigma, 
sobre 
		las montañas, sobre las ciudades 
		
y las frentes pensativas. 
Padre de mi soledad. 
Y de mi 
		poesía.
21.

Xiii.

XIII 
¿Quién me llama, 
		quién me enciende ojos de leopardos 
		
en la noche de los tamarindos? 
Callan las guitarras al soplo 
		misterioso de la muerte, 
		
y las voces callan, y sólo los niños aún no pueden descansar. 

		Ellos son los habitantes de la noche, 
		
cuando el silencio se difunde en las estrellas, 
y el animal 
		doméstico se mueve por los corredores, 
		
y los pájaros nocturnos visitan la iglesia de la aldea, 
por 
		donde pasan todos los muertos,
donde moran santos ensangrentados. 
		
Por las sombras corren caballos sin cabeza, 
y las arenas de la 
		calle van hasta el confín, 
		
donde el espanto reúne sus animales de fuego. 
Y es la noche que 
		ampara la existencia a solas, 
		
en el niño insomne, en el buey cansado, 
en el insecto que se 
		defiende en la hojarasca, 
		
en la curva de las colinas, en los resplandores 
de las rocas y 
		los helechos frente a los astros, 
		
en el misterio en que te escucho 
como una vasta soledad de mi 
		corazón. 
		
Padre mío, padre de mis sombras. 
Y de mi poesía.

Versos y pensamientos de Vicente Gerbasi

4 citas
« Siento llegar el día como un rumor de animales, / a la orilla del »
Vicente Gerbasi · Amanecer
« Aquí he llegado / para imponerme el conocimiento de la eternidad, »
Vicente Gerbasi · Aquí
« Mi ser fluye en tu música, / bosque dormido en el tiempo, »
Vicente Gerbasi · Bosque de música
« El acto simple de la araña que teje una estrella / en la penumbra, »
Vicente Gerbasi · En el fondo forestal del día
Biblioteca poética

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