« Siento llegar el día como un rumor de animales, / a la orilla del »
Vicente Gerbasi · Amanecer
Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Gerbasi. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Gerbasi. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Siento llegar el día como un rumor de animales, a la orilla del pantano, de la fiebre, del junco, más allá, entre las colinas de viento oscuro, donde la luz se levanta con desgarradas banderas, como resplandor lejano de una montaña de cuarzo. He aquí la sombra en torno a mi existencia, el búho, el río que arrastra oro, la serpiente de coral, el esqueleto del explorador, el fango de mis pies. La noche ha quemado el maíz, ha apagado los metales, ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la sangre, ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja. Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón: eco en el abismo, piedra que rueda por el monte, brillo en la puerta de la cueva, fosforescencia del hueso. En la infancia, al pie del arco iris o del relámpago, junto al cabrito que saltaba en torno a la madre, jugaba con un pequeño tigre de cálida voz ronca, de suave pelambre estrellada, como un signo del zodíaco, de rabia lenta y tensa, como el despertar de la furia. Ahora siento en el aire límpido del bambú y el helecho, surgir las formas de las doncellas, bajo la fronda, en la selva de árboles aromáticos, coronadas de orquídeas descendiendo al río, a la cascada de transparente curva, que resuena en sus diamantes como una leyenda. Formas de la gracia, sus perfiles abandonan sus melenas a la brisa; formas de la vida y de la muerte, sus senos tiemblan en las penumbras de los juncos; formas del oscuro delirio, sus muslos se suavizan como una fruta partida; formas del tiempo humano, sus pies hacen temblar las flores silvestres. Como el venado tras de su compañera en la colina, persigo a una joven diosa desnuda, bajo el sol. Viene el olor agrio de los árboles destrozados por la ira de la noche; viene el olor de la sangre, del animal devorado, el olor de los minerales, el olor del río entre las raíces y las flexibles lianas. El día derrama su transparente maravilla, como un vuelo, como el color innumerable, como la crisálida de herméticos destellos, como el insecto plateado, como el hechizo en las formas relucientes, como el vuelo de mariposas que salen de una gruta incendiada y comienzan a temblar en el ardiente cristal. Acerco mis labios al claro manantial de íntima música, junto a la sardina y a la piedra limpia y pulida como una joya; mientras la nube pasa y el ave sale de su nido, y la serpiente muestra su lengua maldita, y se enrosca, y espera o avanza por la espalda sudorosa del día. Me hundo en las palpitaciones reverberantes, en las ondas, en el temblor divino, donde se abre la rosa de montaña, en los brillos fugaces, en la imagen insondable de Dios, que ha creado los cielos y la tierra, con esta geografía de fuego, y ha dado a mi corazón la forma del día y de la noche, mientras oigo correr los animales, persiguiéndose, amándose, devorándose, ensangrentando las yerbas, las flores y las peñas. Soy el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma.
Aquí he llegado... Aquí he llegado para imponerme el conocimiento de la eternidad, para ver rodar mi cabeza tiempo abajo, arena abajo, alucinación abajo, hacia el metálico redoble de los truenos que confunden las montañas en negros ámbitos azules. Se detuvieron aquí las tribus, se detuvieron aquí los profetas, se detuvieron aquí los santos. Venían las mujeres y los niños. Vestían pieles de animales de los montes, rudimentarios paños a franjas de colores, todos iluminados en fuegos rituales. Quisiera dejar un canto para la eternidad, enterrado en una vasija de barro, un canto junto a mis huesos, un salmo para oír a Dios en la música de un arpa, para verlo en un fuego de nubes sobre los pueblos siempre nuevos edificando con la arena del desierto, y para ver el desierto que lleva su silencio del día a la noche como continuación del firmamento.
Mi ser fluye en tu música, bosque dormido en el tiempo, rendido a la nostalgia de los lagos del cielo. ¿cómo olvidar que soy oculta melodía y tu adusta penumbra voz de los misterios? He interrogado los aires que besan la sombra, he oído en el silencio tristes fuentes perdidas, y todo eleva mis sueños a músicas celestes. Voy con las primaveras que te visitan de noche, que dan vida a las flores en tus sombras azules y me revelan el vago sufrir de tus secretos. Tu sopor de luciérnagas es lenta astronomía que gira en mi susurro de follaje en el viento y alas da a los suspiros de las almas que escondes. ¿Murió aquí el cazador, al pie de las orquídeas, el cazador nostálgico por tu magia embriagado? Oh, bosque: tú que sabes vivir de soledades ¿adonde va en la noche el hondo suspirar?
El acto simple de la araña que teje una estrella en la penumbra, el paso elástico del gato hacia la mariposa, la mano que resbala por la espalda tibia del caballo, el olor sideral de la flor del café, el sabor azul de la vainilla, me detienen en el fondo del día. Hay un resplandor cóncavo de helechos, una resonancia de insectos, una presencia cambiante del agua en los rincones pétreos. Reconozco aquí mi edad hecha de sonidos silvestres, de lumbre de orquídea, de cálido espacio forestal, donde el pájaro carpintero hace sonar el tiempo. Aquí el atardecer inventa una roja pedrería, una constelación de luciérnagas, una caída de hojas lúcidas hacia los sentidos, hacia el fondo del día, donde se encantan mis huesos agrestes.
En el valle que rodean montañas de la infancia encontramos escritos en la piedra, serpientes cinceladas, astros, en un verano de negras termiteras. En el silencio del tiempo vuelan los gavilanes, cantan cigarras de tristeza como en una apartada tarde de domingo. Con el verano se desnudan los árboles, se seca la tierra con sus calabazas. Pero volverán las lluvias y de nuevo nacerán las hojas y los pequeños grillos de las praderas bajo el soplo de una misteriosa nostalgia del mundo. Y así para siempre en torno a estos escritos en la piedra, que recuerdan una raza antigua y tal vez hablan de Dios.
No quiero explicarme por qué mis ojos pueden ver este castillo cubierto de hiedras de verde muy oscuro y solitario bajo los astros de los búhos, ni por qué mis ojos pueden detenerse a ver caer la nieve durante tanto tiempo, hasta que arropa todos los muertos y los deja allí con sus vestiduras de diferentes colores en el hielo. Mi padre fue enterrado en el trópico, en Canoabo, y sus ojos, por tanto, no se helaron, pero sí, tal vez, tuvieron que ver con otras cosas muy distintas al frío, sin duda, con culebras que perforan la tierra y silban a orilla de los muertos como a la margen de un lago de juncales remotos y relámpagos. Hay diferentes maneras de estar muerto, aun estando vivo en medio de los planetas, con nuestra cara semejante a la tierra fotografiada desde Géminis 13, viendo nuestros propios ojos rodeados de huesos, un poco más arriba de los dientes; ensimismados en los ojos de los pescados que nos miran en las pescaderías iluminadas. Hay muchas maneras de estar muerto y siempre nos es dado tomar nuestro cráneo y ponerlo a reposar al borde de la tumba o llevarlo al gran salón de baile, como tal vez lo hizo Hamlet, mientras Ofelia s ponía un velo de luna nevada, ay, de luna nevada entre los abedules.
enamorados Los rostros de los enamorados, en el césped, se vuelven indiferentes, hacia el trueno, hasta que brillen en la lluvia que hace temblar las flores. Entre durazneros y almendros, que al giro de las estaciones se cubren de abejas, los enamorados son un infinito instante, el sueño del tiempo estremecido en su propia tempestad. El relámpago va huyendo entre rosas y gallos. El tiempo se hunde con ramas y nubes en las charcas que de la lluvia cerca de los enamorados que eternamente olvidan su propia historia, abandonados al relámpago y a un sabor de mieles silvestres.
"Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema,
nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno,
y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste
comarca del Estado Carabobo".
Vicente Gerbasi
I Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, donde vive el almendro, el niño y el leopardo. Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, con volcanes adustos, con selvas hechizadas donde moran las sombras azules del espanto. Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses, solos en la tristeza de lejanas estrellas. Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan ráfagas seculares. Atrás quedan las puertas quejándose en el viento. Atrás queda la angustia con espejos celestes. Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: engendrador de vida, engendrador de muerte. El tiempo que levanta y desgasta columnas, y murmura en las olas milenarias del mar. Atrás queda la luz bañando las montañas, los parques de los niños y los blancos altares. Pero también la noche con ciudades dolientes, la noche cotidiana, la que no es noche aún, sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas o pasa por las almas con golpes de agonía. La noche que desciende de nuevo hacia la luz, despertando las flores en valles taciturnos, refrescando el regazo del agua en las montañas, lanzando los caballos hacia azules riberas, mientras la eternidad, entre luces de oro, avanza silenciosa por prados siderales.
II Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre, el sudor de la frente, la mano sobre el hombro, el llanto en la memoria, todo queda cerrado por anillos de sombra. Con címbalos antiguos el tiempo nos levanta. Con címbalos, con vino, con ramos de laureles. Mas en el alma caen acordes penumbrosos. La pesadumbre cava con pezuñas de lobo. Escuchad hacia adentro los ecos infinitos, los cornos del enigma en vuestras lejanías. En el hierro oxidado hay brillos en que el alma desesperada cae, y piedras que han pasado por la mano del hombre, y arenas solitarias, y lamentos del agua en cauces penumbrosos. ¡Reclamad, gritando hacia el abismo, el mirar interior que hacia la muerte avanza! En nuestras horas yacen reflejos de heliotropos, manos apasionadas, relámpagos del sueño. ¡Venid a los desiertos y escuchad vuestra voz! ¡Venid a los desiertos y gritad a los cielos! El corazón es una secreta soledad. Sólo el amor descansa entre dos manos, y baja en la simiente con un rumor oscuro, como torrente negro, como aerolito azul, con temblor de luciérnagas volando en un espejo, o con gritos de bestias que se rompen las venas en las calientes noches de insomnes soledades. Mas la simiente trae a la visible e invisible muerte. ¡Llamad, llamad, llamad vuestro rostro perdido a orillas de la gran sombra!
III Relámpago extasiado entre dos noches, pez que nada entre nubes vespertinas, palpitación del brillo, memoria aprisionada, tembloroso nenúfar sobre la oscura nada, sueño frente a la sombra: eso somos. Por el agua estancada va taciturno el día, doblegando los juncos hacia barcas de olvido. El alma silenciosa en las violetas tiembla. ¿No somos un secreto guardado por las horas? Mirad cómo en el césped de la tarde la mirada es un brillo de azahares, cómo se esconde el ser en el suspiro leve de las frondas. Algo se cierra siempre en torno a nuestra frente. El frío de las piedras corre por nuestra sangre. Un susurrar de nardo desciende por los valles. Y siempre el hombre solo, bajo el sol y los truenos, perseguido por voces y látigos y dientes. El hombre siempre solo, con su mirada, suya, con sus recuerdos, suyos, y con sus manos, suyas. El hombre interrogando a sus calladas sombras. Escucha: yo te llamo desde mis soledades, desde mis suspirantes comarcas de palmeras, abiertas a los signos luminosos del cielo. El viento se te enreda con nieblas siderales, y te detiene al pie de negros abedules. Venados de la luna van corriendo por la antigua memoria, y en tu silencio caen llamas del corazón.
IV Lo que siento en mi sangre como un reloj de arena, cerca de algún retrato, del hilo y del salero; lo que escucho en mi sangre como un rumor del día, cuando una mariposa de la noche viene a besar la sombra de nuestro corazón; lo que escucho en mi sangre como acordes de luto, cuando todo se apaga y todo es un ayer, con rostros, con cenizas y manos en la sombra; lo que escucho en mi sangre como grano que cae en la penumbra de los aposentos, donde el espejo de hundida confidencia destruye vanamente las máscaras del hombre: lo que escucho en mi sangre como flautas del sol, cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia como en una lejana colina de vendimias; cuando el pensamiento transforma mis secretos en abismos de yedras, y reclino mi frente sobre el vino nocturno; cuando siento mis pasos en la tierra, y cuando digo: tierra, y sé que estoy aquí iluminándome, amándola y oyendo su mandato, que es el existir, es lo que desciende en secreto hacia mi muerte: rumor que me sostiene y me dibuja en mi retrato antiguo, con un halcón sobre el hombro, en la penumbra de tus olivares: marco de la conciencia, enigma de viejos muros, caída de la luz en la tristeza, heno en la tarde, nubes de soledad, higueras de la noche en forma de esqueletos, mirada hacia la sombra del jaguar. No somos habitantes de la luz. Hay lenguas de tiniebla y signos ardorosos danzando en torno nuestro. Se nos cae la mirada en anillos de luto, en juncales de miedo, en estrellas de plata. La frente va perdida, como ráfaga fría por la humedad nocturna de los espantapájaros. ¿Cuándo sale de ti mi oscuro andar? Atrás quedan abismos en que mis ojos caen. El hombre es de la noche que lo sigue, sueño que el sol defiende, paréntesis de incierta maravilla, imagen que derriba la tiniebla. Aún mi madre contempla tu retrato y en su cabello blanco se hace un lejano resplandor. Aquí en la tierra estoy, aquí en la tierra, y en tu muerte, disperso en mis sentidos. Y persisten los ojos, las brasas del peligro y el hábito de andar por los sonidos, por la humedad, la risa, las tinieblas, donde las lumbres danzan como reminiscencias de muertos familiares. Y todo avanza en mí y todo cae, y todo es un rumor, un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado, y un llevarlo todo al sueño y hacer de la tierra un sueño. Y es lo que viene ardiendo, sonando como un trueno sobre un niño, desde tu vida dura, desde tu muerte sola, tu muerte semejante a una llanura, donde curva la noche su lentitud de estrellas, con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos, con guitarras caídas junto al corazón, con una copla del diablo, con el azufre del Tirano Aguirre danzando en las colinas, y lejanos relámpagos antiguos en un denso horizonte con sombras de diluvio, y el viento que resuena sobre el sordo tambor de la tierra caliente, del agua del caimán y el venenoso diente. Padre mío, padre de mi huracán. Y de mi poesía.
V A veces caigo en mí, como viniendo de ti, y me recojo en una tristeza inmóvil; como una bandera que ha olvidado el viento. Por mis sentidos pasan ángeles del crepúsculo y lentos me aprisionan los círculos nocturnos. Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Escucha. Yo te llamo desde un reloj de piedra, donde caen las sombras, donde el silencio cae.
VI El velero lustroso de la muerte pasea tu silencio por mis mares sombríos, entre brillos de un agua negra en ondas, donde cantan marinos de otro tiempo, ahogados en la noche, rendidos a las algas que transportan las sombras. Y siempre vienes a mí desde el olvido, aventurero terrestre de barbas seculares. Tus zapatos aún suenan sobre los ladrillos y sobre las arenas de bahías desiertas, con baúles desenterrados y monedas, y con rocas lejanas donde los astros caen, donde avanzan temblando las auroras, en medio de las sombras de los fríos, y de pinos del mar, y signos y colores espectrales, y las sombras de madres de barqueros, llamando entre sus paños y sus cabellos, y sus voces confundidas, y sus lágrimas perdiéndose en la arena, y gaviotas en fila, volando hacia otro mundo, hacia distancias cárdenas y negras, hacia un día del misterio, donde grita el hombre a su muerte. Te sigue un perro grande, el perro fiel y lento de nuestra lejanía. En tu penumbra brillan barcas abandonadas. Con las ráfagas gimen tus hondas soledades y entre las algas tiembla el grave amanecer. Te alejas en tu viaje como llovizna leve, como el rumor del finar en los caracoles. En mi soledad guardo tus hondas soledades. De ti vienen los días sonando en las guitarras del olvido. Por ti yo soy el hombre, el portador del fuego. Por ti mi mano levanta el espejo que refleja la montaña. Hacia mí venían tus huellas, tu fábula y tu clima, y aún te veo llegar desde la muerte, padre del remo, padre del pesado saco, padre de la cólera y el canto.
VII Tu aldea en la colina redonda bajo el aire del trigo, frente al mar con pescadores en la aurora, levantaba torres y olivos plateados. Bajaban por el césped los almendros de la primavera, el labrador como un profeta joven, y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo. Y subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas. Era una pobreza alegre bajo el azul eterno, con los pequeños vendedores de cerezas en las plazoletas, con las doncellas en torno a las fuentes movidas rumorosamente por la brisa de los castaños, en la penumbra con chispas del herrero, entre las canciones del carpintero, entre los fuertes zapatos claveteados, y en las callejuelas de gastadas piedras, donde deambulan sombras del purgatorio. Tu aldea iba sola bajo la luz del día, con nogales antiguos de sombra taciturna, a orillas del cerezo, del olmo y de la higuera. En sus muros de piedra las horas detenían sus secretos reflejos vespertinos, y al alma se acercaban las flautas del poniente. Entre el sol y sus techos volaban las palomas. Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza. Tu aldea estaba sola como en la luz de un cuento, con puentes, con gitanos y hogueras en las noches de silenciosa nieve. Desde el azul sereno llamaban las estrellas, y al fuego familiar, rodeado de leyendas, venían las navidades, con pan y miel y vino, con fuertes montañeses, cabreros, leñadores. Tu aldea se acercaba a los coros del cielo, y sus campanas iban hacia las soledades, donde gimen los pinos en el viento del hielo, y el tren silbaba en lontananza, hacia los túneles, hacia las llanuras con búfalos, hacia las ciudades olorosas a frutas, hacia los puertos, mientras el mar daba sus brillos lunares, irás allá de las mandolinas, donde comienzan a perderse las aves migratorias. Y el mundo palpitaba en tu corazón. Tú venías de una colina de la Biblia, desde las ovejas, desde las vendimias, padre mío, padre del trigo, padre de la pobreza. Y de mi poesía.
VIII Cuando tú venías, venías hacia la muerte, porque así son nuestros pasos en los días: hacia las montañas detenidas en los crepúsculos; hacia las ciudades que esperan la noche con luto y alegría, tostando el pan, preparando dramas en los aposentos, derramando rojo vino en las penumbras; hacia los puertos donde las barcas dan descanso a los vagabundos; hacia los pequeños caminos rojos, donde nos duele el cuerpo del asno, donde nos duelen los pies del mendigo, donde nos duele el canto de la triste quinquina; hacia nuestra futura vivienda, con el susurro leve del naranjo a cuya sombra estaremos en la mirada del hijo, como en una hora del cielo, del presentimiento y de la angustia. Tú venías, y el mundo estaba debajo de tus pasos, y debajo de tus noches, y debajo de tus soledades. Sí, tu existencia había creado sus cielos huracanados sus aguas tumultuosas, sus nubladas lejanías, y las tempestades agitaban los mares de tu corazón con truenos y estrellas caídas en las oscuras soledades del alma, con naufragios y voces de mujeres perdidas en la extensión de las olas y los países. Soñabas con fantasmales buques en la sombra, esos que llevan banderas de luto y viajan hacia los puertos de podridos aceites y antiguos desperdicios. Y la furia levantaba ondas en la oscuridad de tu muerte, perseguida por brillos lunares, como una oleaginosa superficie negra con vuelos de lentas aves relucientes, ahí donde los astros gotean sus azules licores, en ese espacio del misterio devorador, con islas iluminadas en nuestra soledad. Tu juventud llamaba a las ciudades del mundo, a los vientos que soplan contra viejas murallas, a la gente que vive en las oscuras minas, a marinos que yacen bajo cruces del mar. Tú, el viajero, el insomne, el descontento, el que levantaba las manos hacia los relámpagos, el que veía pasar las bahías como la orilla serena y brumosa de la tristeza. Sabías soportar las lejanías, siempre tan del corazón. Sabías llegar. Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado, tendido en las noches calientes, como los sacos, como los barriles, a la orilla de los grandes navíos. Un campesino te daba una copa de aguardiente. Y aún era la noche oscura como un tambor, salvaje como las patas, las mías y los dientes del tigre. La noche, la noche llena de rumores de tamarindos, de cocoteros movidos por una brisa que te devolvía a otro tiempo, al tiempo de tu aldea con campanas, de tus mares del verano con barcarolas cerca del amanecer. Tú estabas dormido bajo las estrellas de otro mundo. Padre mío, padre de mi universal angustia. Y de mi poesía.
IX Dejaste en mi existencia la nostalgia del mundo. Adoro las ventanas que tiñen los crepúsculos, contemplo las estampas de algún campo del norte, elevo las aldeas a nevadas del cielo y un reno silencioso se yergue en mi silencio. Muero contra los pinos por ráfagas heladas, a mis manos se acercan pájaros del invierno, y un aire de mendigos difunde coros tristes. No sé si alguna hora de copos solitarios, esos que a veces caen en grises cementerios, sobre harapientas sombras, en plazas vespertinas, me espera en algún sitio lejano de la tierra. Por ti, que caminabas con tus ropas pesadas, entre los esqueletos vegetales del frío, yo vago por la orilla de un lago taciturno, oyendo una campana de antiguos molineros.
X ¿Qué fuego de tiniebla, qué círculo de trueno, cayó sobre tu frente cuando viste esta tierra? Pasaron costas negras, arbustos inflamados, barcas con piñas, cocos, bananas, chirimoyas, sobre un mar tenebroso con medusas y anémonas. Y pasaron caminos, zamuros, caseríos, y viste un asno ciego atado a tina ventana, y un niño sin parientes pasar por la llanura, y un vaquero llamando la sombra del ganado. Una puerta caliente se abrió para tu vida. Te llamaron las aguas con sus lenguas oscuras, los pájaros con gritos, y animales dolientes que lloran largamente en el alto follaje. Y llegaste a la puerta de la casa del brujo, de cuyo tecleo cuelgan gruesas hojas moradas, semillas venenosas, corazones de pájaros. Y viste la melaza correr en los trapiches. Y el toro que en la tarde avanza hacia la muerte, atado a dos caballos. Y viste la serpiente de agua, retorcida, que en la penumbra ahoga a la vaca sedienta. Y anduviste de noche entre las mariposas de luto, que visitan los ranchos tenebrosos, donde habita la fiebre de labios amarillos. Y viste danzar llamas, las llamas del Tirano, seguido por el canto del aguaitacamino, que avanza, misterioso, junto al paso del hombre. Y dormiste entre hormigas, arañas y escorpiones. Y grandes flores lilas, con brillos siderales, se abrieron en tu sueño de encendidos diamantes.
XI Por ti sé que el remo que regresa del horizonte, y el hacha que al contacto del árbol llena de resonancia el día, y el martillo que aplasta el hierro y lo moldea como una llama densa, 5 y la mano que amasa el barro para la vivienda, y amasa la harina para los hijos, y para los hijos de nuestros hijos, y el escalpelo que transmite sangre a la piedra, elevando su suave gesto en la penumbra, y la frente inclinada sobre la maravilla, hacen la conclusión de la jornada. Por ti sé que el paso de cada uno es solitario, como un recuerdo, como un instante, como la muerte de cada uno. Por ti sé que el amigo es sagrado, y que más vale un árbol con frutos que brillantes monedas de oro. Pero aquí estoy debatiéndome con sangre, imagen y lamento, recogido en mi gesto como habitante que sale de la noche. Por ti me alejo de las ruedas del lujo, de la serpiente de oro, de la araña de cristal pulido, de la cortina de azules mariposas. La tierra nos reclama más cerca de sí misma, más cerca del sueño en que la vemos. Ráfagas solitarias se acercan a mi frente, donde la noche mora temblando en los jazmines. Fugaces resplandores pasan entre mis huesos, mientras voy escuchando mis pasos en el polvo. Avanzo, clamo, caigo, y yo mismo levanto mi cuerpo abandonado. Agítanse las sombras al golpe de la sangre, con el trueno que enluta barrancos y montañas, y en la humedad enciende cuchillos, ojos, cuerpos y manos que socavan la soledad oscura. Camino por escombros, recojo un niño herido que interminablemente llama hacia las paredes. Busco un pan, me persiguen y mis rodillas sangran por largas madrugadas. Padre de mis huellas, padre de mi tristeza nocturna. Y de mi poesía.
XII Siempre te encuentro, oigo tu voz, en mi hora más secreta, cuando refulgen las gemas del alma, como heridas por la luz de los sentidos, cuando el tiempo me convoca a los acordes del día, y enciende en torno a mi ser flores silvestres; cuando la noche viene impulsando colores densos por el cielo, como batallas del paraíso o anunciaciones sagradas; cuando el campo se lamenta en sus animales; cuando la madre llora y sobre su cabeza la noche derrama su pesadumbre y el querer estar a solas; cuando siento entrar por la ventana, a la quieta soledad de la tristeza, el aire de los árboles cercanos. Tu vida y tu muerte, tuyas para siempre, como es para sí el niño que se ahoga en un pozo perdido, en mí se juntan y me difunden en la tierra, en ese instante que se detiene iluminando la memoria, igual al relámpago que enciende un horizonte sagrado, en el momento en que el día y la noche se juntan, plenos de profundidades de lo eterno, en una densa agitación de oscuros caballos celestes que se agigantan para el engendro de un poderoso enigma, sobre las montañas, sobre las ciudades y las frentes pensativas. Padre de mi soledad. Y de mi poesía.
XIII ¿Quién me llama, quién me enciende ojos de leopardos en la noche de los tamarindos? Callan las guitarras al soplo misterioso de la muerte, y las voces callan, y sólo los niños aún no pueden descansar. Ellos son los habitantes de la noche, cuando el silencio se difunde en las estrellas, y el animal doméstico se mueve por los corredores, y los pájaros nocturnos visitan la iglesia de la aldea, por donde pasan todos los muertos, donde moran santos ensangrentados. Por las sombras corren caballos sin cabeza, y las arenas de la calle van hasta el confín, donde el espanto reúne sus animales de fuego. Y es la noche que ampara la existencia a solas, en el niño insomne, en el buey cansado, en el insecto que se defiende en la hojarasca, en la curva de las colinas, en los resplandores de las rocas y los helechos frente a los astros, en el misterio en que te escucho como una vasta soledad de mi corazón. Padre mío, padre de mis sombras. Y de mi poesía.
« Siento llegar el día como un rumor de animales, / a la orilla del »
« Aquí he llegado / para imponerme el conocimiento de la eternidad, »
« Mi ser fluye en tu música, / bosque dormido en el tiempo, »
« El acto simple de la araña que teje una estrella / en la penumbra, »
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