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Vicente Gaos · A la cintura de una muchacha
Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Gaos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Gaos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros..
Oh, delgado contorno de la vida. El fluir de la sangre en él acaba. Oh, columna de luz y ansia de lava. Volcán para mi mano estremecida. Límite de la tarde preferida, bajo un torso de niebla enajenada. No hay tránsito a la noche enamorada, pájaro sometido y sin salida. Oh, ese cerrado cielo en que se unen el poderoso mare y el labio suave de la tierra: horizonte atormentado. Cómo acecha la muerte ese volumen hermoso, tan levísimo e ingrave. Oh, la flecha de Dios en tu costado.
¿Adónde vas, cruzada por veloces nubes, celada en vaporoso encaje de nubes, resbalando entre un celaje de nubes blancas, por las hondas hoces de la distante noche? ¿Qué almos roces de Dios ordenan tu impasible viaje por el inmenso azul? ¿Tras qué ramaje de estrellas bogas? ¿Qué silentes voces altísimas escuchas? ¿Por qué tienes el rostro virginal tan encendido, tan dulce y triste, oh sí, tan dulce y triste? ¿Adónde vas? ¿De qué regiones vienes? ¿ Quién da a tu rostro ese celeste olvido? ¿Qué Dios sin fuego con su luz te viste?
Si no fuera por ti... si no fuera por ti, que cada tarde tuyo me haces cuando el sol declina, cuando todo es tan bello porque es triste, y hundes más mis raíces de hombre en la tierra... de hombre inmensamente solo bajo el poniente en que Dios huye. ¿Qué sería de todo, qué sería de nosotros? Ah, nunca nunca hubiéramos visto el secreto misterio de las cosas. Oh, tú, tristeza, madre de toda la hermosura que ha creado el hombre en el dolor que da tu mano con su dulce castigo... No te apartes de mí, ven cada día a hacerme triste, a hacerme hombre, hijo tuyo... Visítame.
¡Qué profundo es mi sueño! ¡Qué profundo y qué claro, qué transparente es, ahora, el universo! Si pensando en ti, siempre, si, soñado contigo, me desvelo, y te miro por dentro, con mis ojos, si te miro por dentro... veo la oscura entrada de mi vida, tu sorda luz de fuego, y ya no sé si a ti te estoy mirando, o si contemplo el cielo: el último transfondo del poniente, sin nubes y sin velos, más arriba de todas las estrellas, donde está dios, despierto. O el inicial trasfondo de la noche donde estás tú, durmiendo. Y yo sobre la tierra, oscurecido por tanta luz, yo, ciego, soñando en dios, soñando en ti, soñando lo mucho que te quiero.
La tarde pastoral, de alterno cielo rayos de tu tormenta desatados, mas luego azul total, cielo amados, me llena de pasión o de desvelo. Asciendo así del tormentoso anhelo a una paz de reposos entregados, mas desciendo otra vez a los estados mismos de que partí para mi vuelo. Ay, esta indócil pleamar me inunda, esta tarde frenética y liviana. Déjame, pues, sí, deja que me hunda en este frenesí de lluvia vana. Luego me elevaré hasta ti, profunda. Luego serás mi primavera humana.
-¿Hacia dónde vamos? -Vamos hacia el sueño. .. -¿De dónde venimos? -Venimos del sueño... Como las olas, como los vientos... (En vida, despiertos. En vida, serenos sobre el fuego.) -¿Hacia dónde vamos? -Vamos a la noche... -¿De dónde venimos? -También de la noche... (En la vida, brote la luz, que el sol nos conforte.) -¿Hacia dónde vamos? -No vamos, no vamos... -¿De dónde venimos? -¿Por qué preguntamos? Después lo veremos si al fin vemos algo.
Hay un reguero dulce y encendido de sol sobre los álamos dorados. Y, a lo lejos, los montes ya nevados encalman el paisaje atardecido. Si ahora tuviera el corazón dormido, los ríos de la sangre no encrespados, y ojos para mirar enamorados los chopos dónde aún tiembla el sol huido... Si ahora como esa luna ser pudiera que boga virginal, tan lentamente, tan alma pura en el azul... Si fuera un álamo, una luna, un dios luciente... Más sólo soy un hombre en la ladera, un hombre sólo, apasionadamente.
Ojos verdes de Marta de Nevares. Ojos -¿negros tal vez?- de Dorotea. Ojos azules, clara luz febea de Camila Lucinda. ¡Qué avatares de amor sin contención! Gozos, pesares, gozos... Esto es amor. Quien no lo crea, mírese en unos ojos, que se vea en unos ojos de mujer. (Cantares: Esos ojos que vemos no son ojos porque nosotros los veamos, son ojos porque nos ven.) Mas la ceguera de marta, y el olvido, los despojos de tanta lumbre extinta... Tu canción se eleva al fin hacia la luz primera.
Sella tú con tus labios, éstos míos. Pon tu mano en mi mano. O deja que acaricie tu cabello, tus mejillas, tu frente, mientras hundo mis ojos en tus ojos, en la insondable luz de tu mirada. Deja que, así, te exprese, cuando huyen las palabras -ay, expresión del tacto, única voz precisa-, deja que, así, te exprese mi ternura.
Arcángel derribado, el más hermoso de todos tú, el más bello, el que quisiste ser como Dios, ser Dios, mi arcángel triste, sueño mío rebelde y ambicioso. Dios eres en tu cielo tenebroso, señor de la tiniebla en que te hundiste y de este corazón en que encendiste un fuego oscuramente luminoso. Demonio, señor mío, haz que en mi entraña cante siempre su música el deseo y el insaciable amor de la hermosura, te dije un día a ti, ebrio de saña mortal. Y, luego a Dios también: No creo. Pero velaba Dios desde la altura.
¿De dónde llegas tú, ilusión de un día porvenir, tú, esperanza de un pasado nunca cumplido, pero que yo ahora evoco entre marchitas profecías o anticipo en nostalgia? De recuerdos y paciencias me nutro. Los ayeres y los mañanas dóciles acuden a congregárseme en el hoy, un punto que se dilata ilimitado en ondas concéntricas, amor, amor sin tregua. Y todo es por tu mágico conjuro, diosa de pies ligeros, madre mía. Déjame que te diga apasionado mi amor por ti, mi luz en la honda noche, mi amparo, mi sostén en el vacío, tan adherida a mí como mi carne, tan enraizada en mí como mis huesos, yo mismo, pues ¿qué soy yo, que sería sin ti, a quien debo lo único que tengo, mi fugitiva eternidad de hombre? Por tu amorosa previsión ordeno mis días y mis noches. Yo soy sólo una memoria y un deseo, un agua que estremecidamente fluye inmóvil. Tú conoces mi vida, me recuerdas fechas: murió en Valencia, veintiuno marzo, mil novecientos diecinueve. Nació... Dejemos el espacio en blanco y Dios lo llenará cuando me llame para ingresar -completo ya- en su Nada. Porque otros son, mi amor, nuestros caminos. Igual que al vagabundo de Manhattan, a mí que me preocupan tantas cosas, no me preocupa Dios, no me preocupa la muerte. Me deslizo de tu brazo por el tiempo (no un río que termina en el mar del morir, sino el mar mismo siempre consigo. ensimismado, libre en su flujo y reflujo), por el tiempo, ajeno al gran pecado del olvido. Mediada está mi vida. Estoy inmerso en aguas tan profundas que no tienen fondo o lo desconocen. En el pecho me late el corazón, una campana sorda, callada, pero jubilosa en su entrañado grito de alegría. Sea la vida sueño, sombra, nube, viaje, ilusión o luna mortecina. No me preocupa Dios cuando la sangre su música musita misteriosa. La rosa, el chopo grácil de la orilla, el río rumoroso y solitario, el monasterio al pie de la montaña y la cima nevada, aquellos ojos que un segundo brillaron ofreciendo amor, las rachas frescas de la lluvia y el viento en los adioses del verano, todo conlleva tiempo y acongoja el corazón con mano delicada, fábula y mito de los años muertos. Pero guiado de tu mano avanzo hacia el futuro, avaro me demoro en el sueño, potencio a mi albedrío el instante presente, me hago dueño de su fugaz y fina consistencia, vuelvo la vida del revés, aplaco su curso, llego a un éxtasis tan quieto y tan seguro que en la noche brilla llena la luna, y ya no escucho el río que huye ni sus consejas sibilinas. Soy tuyo, madre mía, tú me dices constante lo que soy, lo que no he sido, lo que he de ser o no he de ser, tú eres a la vez mi pasado y mi futuro, mi ya y mi todavía, me preservas de olvido, en esperanza cada día me salvas, me das vida a millares, mundo en relieve -bosques, mares, cielos-, me das, entre las horas huidizas, partes de eternidad, vences la muerte. Sí, deja que te diga apasionado mi amor por ti, luz mía y madre mía, memoria mía en mí, puro deseo de ser memoria en otros. Sea sueño la vida. ¿No es también sueño la muerte? Gracias, gracias te doy por endiosarme mágica, humilde, breve, inmortalmente en mi unidad dramática de hombre bajo el cielo estrellado. Nunca cese mi corazón de dar su sí a la vida.
No, corazón, no te hundas.
Y vosotros, ojos, no queráis cerraros en
llanto.
La vida es mucho más larga, mucho más grande de lo que ahora
supones, mucho más magnánima.
¿Te atreverás
a decirle que te debe algo?
Eres tú quien se lo debes todo.
Y aún
tendrás que deberle muchas cosas hasta que mueras,
y la muerte misma es
un deber que tienes hacia la vida.
Agradece al tiempo que, mucho más
sabio que tú, no apresure tus
horas de dolor ni se demore en tus momentos de
dicha,
sino que te los mida con la misma igualdad, con la misma
ecuanimidad
generosa.
Agradece al sol que
siga saliendo puntualmente, ajeno por completo a
ponerse
al compás febril de tu pulso.
Te quejas. Dices que sufres.
Dices que no puedes más.
Aún volverás a sufrir, y a amar, y a sufrir de
nuevo,
y a gozar otra vez y otra y otra.
Sólo morirás una vez, eso es
lo único que no podrá repetirse,
pero la vida es una continua repetición.
Te ha de dar todavía muchas ocasiones de equivocarte,
y tú has de llegar
aún a acertar con el buen momento,
que el mundo te ha de volver a brindar
como te lo ha brindado
ya tantas veces.
¿Dices que estás solo?
No es mirándote al espejo como encontrarás compañía.
Coge el primer
objeto que esté a tu alcance,
un vaso, una flor o simplemente el
periódico.
Acarícialos, acarícialos.
Levanta la vista, tiéndela
alrededor tuyo.
Sí, es verdad que no puedes ver los ojos que tú amas
tanto.
Por hermosos que sean no podrán compararse nunca con las estrellas
(a pesar de los poetas románticos).
Habla, habla, pero no contigo.
Déjate de soliloquios y silogismos y sentimentales monólogos.
Habla con
el cartero, con el conductor del tranvía
(aunque esté prohibido);
habla con el niño
que está jugando en la acera,
vete a beber unas copas con el primer
borracho de la esquina.
¿Creías que el mundo termina donde tú acabas?
Tú eres ya no fin, pero ni siquiera comienzo de ninguna cosa.
No eres
comienzo ni de ti mismo.
¿Recuerdas a tu madre?
No la compadezcas: ya
murió, ya vivió, ya sufrió y gozó todo aquello
que le tocó en suerte.
Tú tienes todavía la
de vivir, la de seguir vivo.
No tengas ninguna prisa en morirte.
No te
esfuerces en buscar lo único que posees seguro.
« Oh, delgado contorno de la / vida. »
« ¿Adónde vas, cruzada por veloces / nubes, celada en vaporoso encaje »
« si no fuera por ti, que cada tarde / tuyo me haces »
« ¡Qué profundo es mi sueño! / ¡Qué profundo y qué claro, »
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