Vicente Aleixandre

Biografía y amplia selección de poemas de Vicente Aleixandre. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica. Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Antología lírica (22 poemas seleccionados)

A ti viva

Es tocar el cielo, poner el dedo

sobre un cuerpo humano.

Novalis

Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río
que nunca acaba de pasar,
como un claro espejo donde cantan las aves,

donde es un gozo sentir el día cómo amanece.

cuando miro a tus ojos, profunda muerte o vida

que me llama,
canción de un fondo que sólo sospecho;
cuando veo tu
forma, tu frente serena,
piedra luciente en que mis besos destellan,

como esas rocas que reflejan un sol que nunca se hunde.

Cuando acerco mis labios a esa música incierta,
a ese rumor de
los siempre juvenil,
del ardor de la tierra que canta entre lo verde,

cuerpo que húmedo siempre resbalaría
como un amor feliz que escapa y
vuelve...

Siento el mundo rodar
bajo mis pies,
rodar ligero con siempre capacidad de estrella,
con
esa alegre generosidad del lucero
que ni siquiera pide un mar en que
doblarse.

Todo es sorpresa. El mundo destellando
siente que un mar de
pronto está desnudo, trémulo,
que es ese pecho enfebrecido y ávido

que sólo pide el brillo de Id luz.

La creación riela. La dicha sosegada
transcurre como un placer
que nunca llega al colmo,
como esa rápida ascensión del amor
donde
el viento se ciñe a las frentes más ciegas.

Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya,
que esa cercana música
que concierta a las aves,
a las aguas, al bosque, a ese ligado latido

de este mundo absoluto que siento ahora en los labios.

Vicente Aleixandre

Adolescencia

Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro
camino. Verte,

y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
-El
pie breve,

la luz vencida alegre-.

Muchacho que sería yo mirando
aguas
abajo la corriente,

y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.

Vicente Aleixandre

Al cielo

El puro azul ennoblece
mi corazón. Sólo tú, ámbito altísimo

inaccesible a mis labios, das paz y calma plenas
al agitado corazón
con que estos años vivo.
Reciente la historia de mi juventud, alegre
todavía
y dolorosa ya, mi sangre se agita, recorre su cárcel
y,
roja de oscura hermosura, asalta el muro
débil del pecho, pidiendo tu
vista,
cielo feliz que en la mañana rutilas,
que asciendes entero
y majestuoso presides
mi frente clara, donde mis ojos te besan.

Luego declinas, ¡oh sereno, oh puro don de la altura!,
cielo
intocable que siempre me pides, sin cansancio, mis besos,
como de
cada mortal, virginal, solicitas.

Sólo por ti mi frente pervive al sucio embate de la sangre.

Interiormente combatido de la presencia dolorida y feroz,
recuerdo
impío de tanto amor y de tanta belleza,
una larga espada tendida como
sangre recorre
mis venas, y sólo tú, cielo agreste, intocado,

das calma a este acero sin tregua que me yergue en el mundo.

Baja, baja dulce para mí y da paz a mi vida.
Hazte blando a mi frente
como una mano tangible
y oiga yo como un trueno que sea dulce una voz

que, azul, sin celajes, clame largamente en mi cabellera.
Hundido en
ti, besado del azul poderoso y materno,
mis labios sumidos en tu
celeste luz apurada
sientan tu roce meridiano, y mis ojos
ebrios
de tu estelar pensamiento te amen,
mientras así peinado suavemente
por el soplo de los astros,
mis oídos escuchan al único amor que no
muere.

Vicente Aleixandre

Canción a una muchacha muerta

Dime, dime el secreto de tu
corazón virgen,
dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,
quiero saber
por qué ahora eres un agua,
esas orillas frescas donde unos pies desnudos

se bañan con espuma.

Dime por qué sobre tu pelo
suelto,
sobre tu dulce hierba acariciada,
cae, resbala, acaricia, se
va
un sol ardiente o reposado que te toca
como un viento que lleva
sólo un pájaro o mano.

Dime por qué tu corazón
como una selva diminuta
espera bajo tierra los imposibles pájaros,
esa
canción total que por encima de los ojos
hacen los sueños cuando pasan
sin ruido.

Oh tú, canción que a un
cuerpo muerto o vivo,
que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,

cantas color de piedra, color de beso o labio,
cantas como si el nácar
durmiera o respirara.

Esa cintura, ese débil
volumen de un pecho triste,
ese rizo voluble que ignora el viento,

esos ojos por donde sólo boga el silencio,
esos dientes que son de marfil
resguardado,
ese aire que no mueve unas hojas no verdes.

¡Oh tú, cielo riente que
pasas como nube;
oh pájaro feliz que sobre un hombro ríes;
fuente que,
chorro fresco, te enredas con la luna;
césped blando que pisan unos pies
adorados!

Vicente Aleixandre

Ciudad

del paraíso

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.

Colgada del imponente monte, apenas detenida

en tu vertical caída a las ondas azules,

pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,

intermedia en los aires, como si una mano dichosa

te hubiera retenido, un momento de gloria,

antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira

o brama por ti, ciudad de mis días alegres,

ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,

angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines

donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.

Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,

merecen el brillo de la brisa y suspenden

por un instante labios celestiales que cruzan

con destino a las islas remotísimas, mágicas,

que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.

Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,

y donde las rutilantes paredes besan siempre

a quienes siempre cruzan, hervidores de brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.

Acaso de una reja florida una guitarra triste

cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;

quieta la noche, más quieto el amante,

bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,

ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.

Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,

eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela

a la ciudad voladora entre monte y abismo,

blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso

que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero

por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.

Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.

Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.

Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

De "Sombra del paraíso" 1939

Vicente Aleixandre

Como la mar, los besos

No importan los emblemas

ni las vanas palabras que son un soplo sólo.
Importa el eco de lo que oí
y escucho.
Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar
aquí aún te
hablo.

Eras más consistente,

más duradera, no porque te besase,
ni porque en ti asiera firme a la
existencia.
Sino porque como la mar
después que arena invade temerosa
se ahonda.
En verdes o en espumas la mar, se aleja.
Como ella fue y
volvió tú nunca vuelves.

Quizá porque, rodada
sobre playa sin fin, no pude hallarte.
La
huella de tu espuma,
cuando el agua se va, queda en los bordes.

Sólo bordes encuentro. Sólo el filo de voz que
en mí quedara.
Como
un alga tus besos.
Mágicos en la luz, pues muertos tornan.

Vicente Aleixandre

Criaturas en la aurora

Vosotros conocisteis la
generosa luz de la inocencia.
Entre las flores silvestres recogisteis
cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.
Bebisteis
ese cristalino fulgor,
que con una mano purísima
dice adiós a los
hombres detrás de la fantástica

presencia montañosa.
Bajo el azul naciente,
entre las luces nuevas,
entre los puros céfiros primeros,
que vencían a fuerza de -candor a la
noche,
amanecisteis cada día, porque cada día la túnica casi

húmeda
se desgarraba virginalmente para amaros,
desnuda, pura,
inviolada.
Aparecisteis entre la suavidad de las laderas,
donde la
hierba apacible ha recibido eternamente el

beso instantáneo de la luna.
Ojo dulce, mirada repentina para un mundo
estremecido
que se siente inefable más allá de su misma apariencia.
La
música de los ríos, la quietud de las alas,
esas plumas que todavía con
el recuerdo del día se

plegaron para el amor como para el sueño,
entonaban su quietísimo éxtasis

bajo el mágico soplo de la luz,
luna ferviente que aparecida en el cielo

parece ignorar su efímero destino transparente.
La melancólica
inclinación de los montes
no significaba el arrepentimiento terreno

ante la inevitable mutación de las horas:
era más bien la tersura, la
mórbida superficie del mundo
que ofrecía su curva como un seno hechizado.

Allí vivisteis. Allí cada día presenciasteis la tierra,
la luz, el calor,
el sondear lentísimo
de los rayos celestes que adivinaban las formas,

que palpaban tiernamente las laderas, los valles,
los ríos con su ya casi
brillante espada solar,
acero vívido que guarda aún, sin lágrimas, la
amarillez

tan íntima,
la plateada faz de la luna retenida en sus ondas.
Allí
nacían cada mañana los pájaros,
sorprendentes, novísimos, vividores,
celestes.
Las lenguas de la inocencia
no decían palabras:
entre las
ramas de los altos álamos blancos
sonaban casi también vegetales, como el
soplo en las

frondas.

¡Pájaros de la dicha inicial, que se abrían
estrenando
sus alas, sin perder la gota virginal del rocío!
Las flores salpicadas,
las apenas brillantes florecillas del

soto,
eran blandas, sin grito, a vuestras plantas desnudas.
Yo os vi,
os presentí, cuando el perfume invisible
besaba vuestros pies,
insensibles al beso.
¡No crueles: dichosos! En las cabezas desnudas

brillaban acaso las hojas iluminadas del alba.
Vuestra frente se hería,
ella misma, contra los rayos

dorados, recientes, de la vida,
del sol, del amor, del silencio
bellísimo.
No había lluvia, pero unos dulces brazos
parecían presidir
a los aires,
y vuestros cabellos sentían su hechicera presencia,

mientras decíais palabras a las que el sol naciente daba

magia de plumas.
No, no es ahora, cuando la noche va cayendo,
también
con la misma dulzura pero con un levísimo

vapor de ceniza,
cuando yo correré tras vuestras sombras amadas.
Lejos
están las inmarchitas horas matinales,
imagen feliz de la aurora
impaciente,
tierno nacimiento de la dicha en los labios,
en los seres
vivísimos que yo amé en vuestras márgenes.
El placer no tomaba el
temeroso nombre de placer,
ni el turbio espesor de los bosques hendidos,

sino la embriagadora nitidez de las cañadas abiertas
donde la luz se
desliza con sencillez de pájaro.
Por eso os amo, inocentes, amorosos
seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando
la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires
y los hombres.

Vicente Aleixandre

Después

Después del amor

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda
después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo

hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano
repaso las lindes delicadas de tu vivir

retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace

un instante, en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la
masa que perdió por el amor su

forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de

la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites

se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,

delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.

Momentánea destrucción el amor, combustión que

amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo
cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos
perfecta, cuajada, reciente la

vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad

nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento
de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su
redondo muslo, su acabado

pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la
mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa

nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro

amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la
tarde amarilla

caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh
temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos
dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera
apagada.

Vicente Aleixandre

Diosa

Dormida sobre el tigre,

su leve trenza yace.
Mirad su bulto. Alienta
sobre la piel hermosa,

tranquila, soberana.
¿Quién puede osar, quién sólo
sus labios hoy
pondría
sobre la luz dichosa
que, humana apenas, sueña?
Miradla
allí. ¡Cuán sola!
¡Cuán intacta! ¿Tangible?
Casi divina, leve
el
seno se alza, cesa,
se yergue, abate; gime
como el amor. Y un tigre

soberbio la sostiene
como la mar hircana,
donde flotase extensa,

feliz, nunca ofrecida.
¡Ah, mortales! No, nunca;
desnuda, nunca
vuestra.
Sobre la piel hoy ígnea
miradla, exenta: es diosa.

Vicente Aleixandre

El alma

El día ha amanecido.
Anoche te he tenido en mis brazos.
Qué
misterioso es el color de la carne.
Anoche, más suave que nunca:
Carne
casi soñada.
Lo mismo que si el alma al fin fuera tangible.
Alma mía,
tus bordes,
tu casi luz, tu tibieza conforme.

Repasaba tu pecho, tu garganta,
tu cintura: lo terso,
lo
misterioso, lo maravillosamente expresado.
Tocaba despacio, despacísimo,
lento,
el inoíble rumor del alma pura, del alma manifestada.
Esa
noche, abarcable; cada día, cada minuto, abarcable.
El alma con su olor a
azucena.
Oh, no: con su sima,
con su irrupción misteriosa de bulto
vivo.
El alma por donde navegar no es preciso
porque a mi lado
extendida, arribada, se muestra
como una inmensa flor; oh, no: como un
cuerpo

maravillosamente investido.
Ondas de alma..., alma reconocible.

Mirando, tentando su brillo conforme,
su limitado brillo que mi mano
somete,
creo,
creo, amor mío, realidad, mi destino,
alma olorosa,
espíritu que se realiza,
maravilloso misterio que lentamente se teje,

hasta hacerse ya como un cuerpo,
comunicación que bajo mis ojos miro
formarse,
organizarse,
y conformemente brillar,
trasminar ,

trascender,
en su dibujo bellísimo,
en su sola verdad de cuerpo
advenido;
oh dulce realidad que yo aprieto, con mi mano, que por

una manifestada suavidad se desliza.

Así, amada mía,
cuando
desnuda te rozo,
cuando muy lento, despacísimo, regaladamente te toco.

en la maravillosa noche de nuestro amor.
Con luz, para mirarte.
Con
bella luz porque es para ti.
Para engolfarme en mi dicha.
Para olerte,
adorarte,
para, ceñida, trastornarme con tu emanación.
Para amasarte
con estos brazos que sin cansancio se

ahorman.
Para sentir contra mi pecho todos los brillos,
contagiándome
de ti,
que, alma, como una niña sonríes
cuando te digo: « Alma mía...
»

Vicente Aleixandre

El olvido

No es tu final como una copa vana
que hay que apurar. Arroja el casco, y
muere.

Por eso lentamente levantas en tu mano
un brillo o su mención, y
arden tus dedos,

como una nieve súbita.
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
El
frío quema y en tus ojos nace

su memoria. Recordar es obsceno,
peor: es triste. Olvidar es morir.

Con dignidad murió. Su sombra cruza.

Vicente Aleixandre

El poeta se acuerda de su vida

Perdonadme: he dormido.
Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.

Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.
¿Vivir en
ellas? Las palabras mueren.
Bellas son al sonar, mas nunca duran.
Así
esta noche clara. Ayer cuando la aurora
o cuando el día cumplido estira
el rayo
final, ya en tu rostro acaso.
Con tu pincel de luz cierra tus
ojos.
Duerme.
La noche es larga, pero ya ha pasado.

Vicente Aleixandre

El sexo

I
¡Pendiente de ese tronco
el fruto consta en vida.
Su
materia consiente
una verdad durable.
En la sombra él madura,

si por siglos, finito,
y no cae sino cuando
el árbol rueda en
tierra.
Fruto de carne o masa
de vida congruente,
pálido en su
corteza,
nudosa nuez compacta.
La sangre rueda y pasa,
y
ardiente sigue y vase,
mientras el viento pone
la vida en llamas y
arde
doble tiniebla absorta.
Eje del sol que un rayo
descargará
sin duelo
y estallará en la liza
dentro en la sombra exacta.

Oh, conjunción del fuego
con su materia idónea.
Fuego del sol, o
fruto
que al estallar se siembra.

II
Entre las piernas suaves pasa un río,
lecho insinuado para
el agua viva;
entre la fresca sombra o un humo quedo
que en el
terso crepúsculo está inmóvil.
Entre los muslos, sólo el tiempo
quieto,
el tiempo que no pasa, eternamente,
inmortal, sin nacer,
entre las sombras.
Entre las piernas bellas sólo un río
en el
fondo se siente cruzar único.
Agua oscura sin tiempo que no nace
y
que sobre la tierra desemboca.

Oh, hermosa conjunción de sangre y flor,
botón secreto que en la
luz perfuma
el nacimiento de la luz creciendo
de entre los muslos
de la bella echada.
Ruda moneda o sol que exhala el día
naciendo
de ese cuerpo dolorido,
presto al amor cuando el cenit empuje
al
adversario que agresivo avanza.
Misterio entonces del ocaso ardiente

cuando como en caricia el rayo ingrese
en la sima voraz y se haga
noche :
noche perfecta de los dos amantes.

Vicente Aleixandre

El

último amor

I
Amor mío, amor mío.
Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.

Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de salir. Acabamos de oír
cerrarse la puerta.
Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz se
queja en la garganta.
Amor mío...
Cállate. Vuelve sobre tus pasos.
Cierra despacio la puerta, si es que

no quedó bien cerrada.
Regrésate.
Siéntate ahí, y descansa.
No, no
oigas el ruido de la calle. No vuelve. No puede volver.
Se ha marchado, y
estás solo.
No levantes los ojos para mirarlo todo, como si en todo aún
estuviera.
Se está haciendo de noche.
Ponte así: tu rostro en tu mano.

Apóyate. Descansa.
Te envuelve dulcemente la oscuridad, y lentamente te
borra.
Todavía respiras. Duerme.
Duerme si puedes. Duerme poquito a
poco, deshaciéndote, desliéndote

en la noche que poco a poco te anega.
¿No oyes? No, ya no oyes. El puro

silencio eres tú, oh dormido, oh abandonado,
oh solitario.

¡Oh, si yo pudiera hacer que nunca más despertases!

II
Las palabras del abandono. Las de la amargura.
Yo mismo, sí, yo y
no otro.
Yo las oí. Sonaban como las demás. Daban el mismo sonido.
Las
decían los mismos labios, que hacían el mismo movimiento.
Pero no se las
podía oír igual. Porque significan: las palabras
significan. Ay, si las
palabras fuesen sólo un suave sonido,
y cerrando los ojos se las pudiese
escuchar en el sueño...

Yo las oí. Y su sonido final fue como el de una llave que se cierra.

Como un portazo.
Las oí, y quedé mudo.
Y oí los pasos que se alejaron.

Volví, y me senté.
Silenciosamente cerré la puerta yo mismo.
Sin
ruido. Y me senté. Sin sollozo.
Sereno, mientras la noche empezaba.
La
noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.
Y dije...
Pero no dije
nada. Moví mis labios. Suavemente, suavísimamente.
Y dibujé todavía
el
último gesto, ese
que yo ya nunca repetiría.

Vicente Aleixandre

Hija de la mar

Muchacha, corazón o sonrisa,
caliente nudo de presencia en el día,

irresponsable belleza que a sí misma se ignora,
ojos de azul radiante
que estremece.

Tu inocencia como un mar en que vives-
qué pena a ti alcanzarte,
tú sola isla aún intacta;
qué pecho el tuyo, playa o arena amada

que escurre entre los dedos aún sin forma.

Generosa presencia la de una niña que amar,
derribado o tendido
cuerpo o playa a una brisa,
a unos ojos templados que te miran,

oreando un desnudo dócil a su tacto.

No mientas nunca, conserva siempre
tu inerte y armoniosa fiebre
que no resiste,
playa o cuerpo dorado, muchacha que en la orilla

es siempre alguna concha que unas ondas dejaron.

Vive, vive como el mismo rumor de que has nacido;
escucha el son
de tu madre imperiosa;
sé tú espuma que queda después de aquel amor,

después de que, agua o madre, la orilla se retira.

Vicente Aleixandre

Humana

voz

Duele la cicatriz de la luz,

duele en el suelo la misma sombra de los dientes,

duele todo,

hasta el zapato triste que se lo llevó el río.

Duelen las plumas del gallo,

de tantos colores

que la frente no sabe qué postura tomar

ante el rojo cruel del poniente.

Duele el alma amarilla o una avellana lenta,

la que rodó mejilla abajo cuando estábamos dentro del agua

y las lágrimas no se sentían más que al tacto.

Duele la avispa fraudulenta

que a veces bajo la tetilla izquierda

imita un corazón o un latido,

amarilla como el azufre no tocado

o las manos del muerto a quien queríamos.

Duele la habitación como la caja del pecho,

donde las palomas blancas como sangre

pasan bajo la piel sin pararse en los labios

a hundirse en las entrañas con sus alas cerradas.

Duele el día, la noche,

duele el viento gemido,

duele la ira o espada seca,

aquello que se besa cuando es de noche.

Tristeza. Duele el candor, la ciencia,

el hierro, la cintura,

los límites y esos brazos abiertos, horizonte

como corona contra las sienes.

Duele el dolor. Te amo.

Duele, duele. Te amo.

Duele la tierra o uña,

espejo en que estas letras se reflejan.

Vicente Aleixandre

La

noche

Fresco sonido extinto o sombra, el día me encuentra.

Sí, como muerte, quizá como suspiro,

quizá como un solo corazón que tiene bordes,

acaso como límite de un pecho que respira;

como un agua que rodea suavemente una forma

y convierte a ese cuerpo en estrella en el agua.

Quizá como el viaje de un ser que se siente arrastrado

a la final desembocadura en que a nadie se conoce,

en que la fría sonrisa se hace sólo con los dientes,

más dolorosa cuanto que todavía las manos están tibias.

Sí . Como ser que, vivo, porque vivir es eso,

llega en el aire, en el generoso transporte

que consiste en tenderse en la tierra y esperar,

esperar que la vida sea una fresca rosa.

Sí, como la muerte que renace en el viento.

Vida, vida batiente que con forma de brisa,

con forma de huracán que sale de un aliento,

mece las hojas, mece la dicha o el color de los pétalos,

la fresca flor sensible en que alguien se ha trocado.

Como joven silencio, como verde o laurel;

como la sombra de un tigre hermoso que surte de la selva;

como alegre retención de los rayos del sol en el plano del agua;

como la viva burbuja que un pez dorado inscribe en el azul del cielo.

Como la imposible rama en que una golondrina no detiene su vuelo...

El día me encuentra.

Vicente Aleixandre

Las manos

Mira tu mano, que despacio
se mueve,

transparente, tangible, atravesada por la luz,
hermosa, viva,
casi humana en la noche.

Con reflejo de luna, con dolor de mejilla,
con vaguedad de
sueño,

mírala así crecer, mientras
alzas el brazo,
búsqueda inútil de una noche perdida,
ala de luz que
cruzando en silencio

toca carnal esa bóveda oscura.

No fosforece tu pesar, no
ha atrapado

ese caliente palpitar de otro vuelo.
Mano volante perseguida:
pareja.

Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.

Sois las amantes
vocaciones, los signos

que en la tiniebla sin sonido se apelan.
Cielo extinguido de
luceros que, tibios,

campo a los vuelos silenciosos te brindas.

Manos de amantes que
murieron, recientes,

manos con vida que volantes se buscan
y cuando chocan y se
estrechan encienden

sobre los hombres una luna instantánea.

Vicente Aleixandre

Los besos

No te olvides, temprana, de
los besos un día.
De los besos alados que a tu boca llegaron.
Un
instante pusieron su plumaje encendido

sobre el puro dibujo que se rinde entreabierto.

Te rozaron los dientes. Tú
sentiste su bulto,
en tu boca latiendo su celeste plumaje.
Ah,
redondo tu labio palpitaba de dicha.

¿Quién no besa esos pájaros cuando llegan, escapan?

Entreabierta tu boca vi tus
dientes blanquísimos.
Ah, los picos delgados entre labios se hunden.

Ah, picaron celestes, mientras dulce sentiste

que tu cuerpo ligero, muy ligero, se erguía.

¡Cuán graciosa, cuán fina,
cuán esbelta reinabas!
Luz o pájaros llegan, besos puros, plumajes.

Y oscurecen tu rostro con sus alas calientes,

que te rozan, revuelan, mientras ciega tú brillas.

No lo olvides. Felices,
mira, van, ahora escapan.
Mira: vuelan, ascienden, el azul los adopta.

Suben altos, dorados. Van calientes, ardiendo.

Gimen, cantan, esplenden. En el cielo deliran.

Vicente Aleixandre

Mano entregada

Pero otro día toco tu mano.
Mano tibia...
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y
toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su
estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el
triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí empapa
del amor hermoso.

Es por la piel secreta,
secretamente abierta,
invisiblemente entreabierta,
por donde el calor
tibio propaga su voz, su afán dulce;
para rodar por ellas en tu escondida
sangre,
como otra sangre que sonara oscura,
que dulcemente oscura te
besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo
que resuena mío, mío poblado de mis

voces profundas
¡oh resonado cuerpo de mi amor!, ¡oh poseído cuerpo!,

¡oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole!

Por eso, cuando acaricio tu
mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso
del hombre-.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu
carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de
ese lento contacto

de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano
silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,

hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto
completo entre tu carne.

Vicente Aleixandre

Mar

del paraíso

Heme aquí frente a ti, mar,
todavía...

Con el polvo de la tierra en mis hombros,

impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,

heme aquí, luz eterna,

vasto mar sin cansancio,

última expresión de un amor que no acaba,

rosa del mundo ardiente.

Eras tú, cuando niño,

la sandalia fresquísima para mi pie desnudo.

Un albo crecimiento de espumas por mi pierna

me engañara en aquella remota infancia de delicias.

Un sol, una promesa

de dicha, una felicidad humana, una cándida correlación de luz

con mis ojos nativos, de ti, mar, de ti, cielo,

imperaba generosa sobre mi frente deslumbrada

y extendía sobre mis ojos su inmaterial palma alcanzable,

abanico de amor o resplandor continuo

que imitaba unos labios para mi piel sin nubes.

Lejos el rumor pedregoso de los caminos oscuros

donde hombres ignoraban tu fulgor aún virgíneo.

Niño grácil, para mí la sombra de la nube en la playa

no era el torvo presentimiento de mi vida en su polvo,

no era el contorno bien preciso donde la sangre un día

acabaría coagulada, sin destello y sin numen.

Más bien, con mi dedo pequeño, mientras la nube detenía su paso,

yo tracé sobre la fina arena dorada su perfil estremecido,

y apliqué mi mejilla sobre su tierna luz transitoria,

mientras mis labios decían los primeros nombres amorosos:

cielo, arena, mar...

El lejano crujir de los aceros, el eco al fondo de los bosques partidos por
los hombres,

era allí para mí un monte oscuro, pero también hermoso.

Y mis oídos confundían el contacto heridor del labio crudo

del hacha en las encinas

con un beso implacable, cierto de amor, en ramas.

La presencia de peces por las orillas, su plata núbil,

el oro no manchado por los dedos de nadie,

la resbalosa escama de la luz, era un brillo en los míos.

No apresé nunca esa forma huidiza de un pez en su hermosura,

la esplendente libertad de los seres,

ni amenacé una vida, porque amé mucho: amaba

sin conocer el amor; sólo vivía...

Las barcas que a lo lejos

confundían sus velas con las crujientes alas

de las gaviotas 0 dejaban espuma como suspiros leves,

hallaban en mi pecho confiado un envío,

un grito, un nombre de amor, un deseo para mis labios húmedos,

y si las vi pasar, mis manos menudas se alzaron

y gimieron de dicha a su secreta presencia,

ante el azul telón que mis ojos adivinaron,

viaje hacia un mundo prometido, entrevisto,

al que mi destino me convocaba con muy dulce certeza.

Por mis labios de niño cantó la tierra; el mar

cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes.

La luz, tenuemente mordida por mis dientes blanquísimos,

cantó; cantó la sangre de la aurora en mi lengua.

Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba por dentro.

Toda la asunción de la vida embriagó mis sentidos.

Y los rumorosos bosques me desearon entre sus verdes frondas,

porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha.

Por eso hoy, mar,

con el polvo de la tierra en mis hombros,

impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,

heme aquí, luz eterna,

vasto mar sin cansancio,

rosa del mundo ardiente.

Heme aquí frente a ti, mar, todavía...

Vicente Aleixandre

Mudo de noche

Las ventanas abiertas.

Voy a cantar doblando.

Canto con todo el cuerpo,

moviendo músculos de bronce

y sostenido el cielo derrumbado como un sollozo retenido.

Con mis puños de cristal lúcido quiero ignorar las luces,

quiero ignorar tu nombre, oh belleza diminuta.

Entretenido en amanecer,

en expulsar esta clarividencia que me rebosa,

siento por corazón un recuerdo, acaso una pluma,

acaso ese navío frágil olvidado entre dos ríos.

Voy a virar en redondo.

¿Cómo era sonreír, cómo era?

Era una historia sencilla, fácil de narrar, olvidada

mientras la luz se hacía cuerpo y se la llevaban las sangres.

Que fácil confundir un beso y un coágulo.

Oh, no torzáis los rostros como si un viento los doblase,

acordaos que el alba es una punta no afilada

y que su suavidad de pluma es propicia a los sueños.

Un candor, una blancura, una almohada ignorante de las cabezas,

reposa en otros valles donde el calor está quieto,

donde ha descendido sin tomar cuerpo

porque ignora todavía el bulto de las letras,

esos lingotes de carne que no pueden envolverse con nada.

esta constancia, esta vigencia, este saber que existe,

que no sirve cerrar los ojos y hundir el brazo en el río,

que los peces de escamas frágiles no destellan como manos,

que resbalan todas las dudas al tiempo que la garganta se obstruye.

Pero no existen lágrimas.

Vellones, lana vivida, límites bien tangibles

descienden por las laderas para recordarme los brazos.

¡Oh, sí!, la tierra es abarcable y los dedos lo saben.

Ellos ciegos de noche se buscan por los antípodas,

sin más guía que la fiebre que reina por otros cielos,

sin más norte, oh caricia, que sus labios cruzados.

Vicente Aleixandre

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