« Eres como una joven / una blanca gallina. »
Umberto Saba
Umberto Saba es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Umberto Saba es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Umberto Saba
1.
A mi mujer
A mi mujer
Eres como una joven una blanca gallina. Se le ahuecan las plumas al viento, el cuello inclina para beber, rasca en la tierra; pero al andar tiene el lento paso tuyo de reina, va marcando la hierba, opulenta y soberbia. Ella es mejor que el macho. Ella es como todas las hembras de todos los serenos animales que acercan a Dios. Así, si mi mirada o si mi juicio no me engañan, tu igual está entre ellas y no en otra mujer. Cuando la noche duerme, las polluelas producen voces que recuerdan esas dulcísimas con las que de tus penas te quejas, sin saber que tu voz tiene la misma suave y triste música del gallinero. Eres como una grávida ternera, libre todavía y sin pesadumbre, incluso alegre; si la acaricias, el cuello vuelve, donde un rosa tierno tiñe su carne. Si la encuentras y mugir la oyes, es tan quejoso ese sonido, que hierba arrancas para hacerle un don. Es así como te ofrezco mi don cuando eres triste. Eres como una perra buena, que tiene siempre tanta dulzura en los ojos y crueldad en el alma. A tus pies, una santa, parece que arde en un indomable fervor, y así te contempla como a su Dios y Señor. Cuando en casa o por la calle te sigue, a quien sólo intente acercársete, los dientes cándidos le enseña y entonces su amor sufre de celos. Eres como la pávida coneja. Dentro de la estrecha jaula, al verte se levanta rígida, y hacia ti sus orejas altas y firmes extiende; si las sobras y los rábanos le llevas, sobre ellos se acurruca y busca los ángulos oscuros. ¿Quién podría ese alimento arrebatarle? ¿Quién, el pelo que se arranca del dorso para añadirlo al nido donde ha de parir? ¿Quién hacerte sufrir? Eres como la golondrina que vuelve en primavera. Pero en el otoño parte; y tú no tienes este arte. Tú tienes esto de la golondrina: ademanes ligeros; esto que a mí, que me sentía y era viejo, me anunciaba otra primavera. Eres como la prudente hormiga. De ella, cuando salen al campo, habla la abuela al niño que la acompaña. Y también en la abeja te encuentro, y en todas las hembras de todos los serenos animales que acercan a Dios; y en ninguna otra mujer. Versión de Jesús López Pacheco
2.
Amé
Amé
Amé manidas palabras que ninguno arriesgaba. La rima flor amor; la más antigua y difícil del mundo, me encantó. Amé la verdad que yace al fondo, casi un sueño olvidado, que el dolor revela amiga. Con temor el corazón se le acerca, que ya no la abandona. Te amo a ti que me escuchas y a mi buena carta dejada al término de mi juego. Versión de Javier Sologuren
3.
El deseo
El deseo
A la venerada memoria del pintor
Giuseppe Bolaffio.
¡Oh, entre la antigua carne
del hombre este clavado,
antiguo
deseo!
Ilusión y mentira,
vanidad de las cosa,
que no lo son o
para
no parecerse a él visten diversas
formas, y sin embargo
tienen una
donde toda dulzura de lo creado
la carne aúna.
¡Cuánto el hombre ha soñado
por ti, feroz deseo!
En silencio
nocturno lo reclama
tu voz que primero es una caricia
y entre los
sueños y cuidados, brisa
en la tarde sin viento después, trueno
de
pronto que ensordece dominante.
Te reconoce aquél que por la noche,
con lucha y pena, de la vida llega,
te reconoce y, por huirte,
invoca
la muerte; ¡ay de aquél
que en ti quiera alcanzar su
muerte, antiguo
deseo! Y de su lecho,
ya profanado, hacia el
hastío salta
y hacia el horror de sí mismo, el fiero
joven, en
cuyo pecho una vergüenza
oprimirá después -¡qué largo el día!-
y
un remordimiento.
Pero sigues celando en él tu curso
subterráneo,
preparas tu retorno
fatal hacia la antigua
carne del hombre, ¡oh
sin esperanza, clavado,
antiguo deseo!
Con él nacido, ¿qué vale
que de sí te sacuda,
la más móvil tú,
tú la más inmóvil
entre las cosas del mundo, antiguo deseo?
Omnipresente, asumes raras formas,
y ya te velas o te impones en
desnuda
forma impúdica.
¿De qué si no de ti he hablado
en los
moldes del arte? ¿A qué he escondido
o desvelado, sino a ti?
Lo que sin ti hubiera a mis sentidos
parecido ingrato, y a mi
alto espíritu
odioso, lo que hubiera abandonado
como indigno de
mí, lo he buscado
por ti, oscuro deseo.
Ni aun maldecirte podría,
pues eres
demasiado yo mismo, eres los padres de mis padres
y los
hijos de mis hijos.
Ay, que querría en vano
renegar de la vida
el que en suaves abrazos
dijo, sólo una vez dijo,
el "sí" al que
persuades
tú con grave dulzura, ¡oh en la antigua
carne del
hombre, demasiado adentro clavado,
antiguo deseo!
Cuando el otoño
a cada hoja da
su rojo de sangre, el coraz6n
oprimes
como un aviso extremo, antiguo deseo.
Pones nostalgia de
perdidos días,
empresas dejadas,
cosas que hubieran podido
ser
y que no son,
y en el hombre, caduco
como las hojas,
pones una
confusa voluntad
de vencer a la tumba, ¡oh creador
deseo! Y por
qué caminos,
a través de qué hallazgos
a esto llegas, o causa,
tú, de mi mal, y, a la vez,
sí, de mi bien: que por ti veo ahora
gente ir y venir,
altas
naves partir,
del vasto mundo haciendo
por ti una sola cosa, ¡oh
en la antigua
carne del hombre desde el principio clavado,
antiguo
deseo!
Cuando retorna
la primavera que al aire
suaviza, el corazón de
ansia me aprietas,
de ti lo enfermas al hacerse la noche.
En el
invierno
incubas lascivias, en sueños
monstruosos el cálido estío
estancas.
Y a veces te lamentas
piadosamente en miradas y en
palabras,
como hace el niño grácil y angustiado
que un beso
implora.
Así te acogió alguien
en sus jóvenes años, y ahora tan
distinto en sí te siente,
que querría, para sacudírsete
de encima
de una vez,
haberse quitado la tiniebla
y no la luz, el día que a
la luz
vino con en la nueva
carne, tú, antiguo deseo
tan
adentro clavado.
A veces, con amigos,
me burlo de ti, asiduo deseo.
Y entre
ellos, uno más querido, triste
entre los tristes y con un aire
más
dócil a la vida.
No tiene, que yo sepa, tus placeres,
sino luto de
hombre.
Devotamente él la mano tiende,
que tiembla de ansia al
colorear sus telas.
En ellas pinta velas
al sol, fuertes
contrastes
de formas, y crepúsculos a orillas
del mar, y a bordo,
en cada cosa luces
de santidad que de su alma viene
y en otros se
reflejan.
De ti no pone nada
en su arte adolescente,
pareciendo
de ti siempre inocente.
Sino que él, en largas horas de insomnio
en inviernos enteros,
sin que su mano ni una pincelada
ose, no
viejo aún, sino curvado
como un viejo, para ti sueña cosas
que
después espantosas
le serían de oír, ¡oh en la antigua
carne del
hombre para su dolor clavado,
antiguo deseo!
Versión de Jesús
López Pacheco
4.
Florencia
Florencia
Para abrazar al poeta Montale -es generosa su tristeza- he venido a la ciudad que tanto quise. Es como si cada piedra que el pie pisa fuese mi corazón, mi mal de un tiempo. Mas no lo lamento. Nace -otra constelación- la nueva edad. Versión de Jesús López Pacheco
5.
Invierno
Invierno
Es noche, invierno ruinoso. Tú alzas
un poco los visillos, miras. Vibran
tus cabellos salvajes, la alegría
te dilata de pronto el ojo negro;
pues lo que tú has visto
-era una imagen del fin del mundo-
te conforta y hace
cálida y suave tu alma más hundida.
Un hombre se aventura por un lago
de hielo, bajo una lámpara torcida.
Versión de Jesús López Pacheco
Versos y pensamientos de Umberto Saba
4 citas« Amé manidas palabras que ninguno / arriesgaba. La rima flor »
« A la venerada memoria del pintor / Giuseppe Bolaffio. »
« Para abrazar al poeta Montale / -es generosa su tristeza- he venido »
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