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Traducciones es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Traducciones es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Traducciones
1.
El consenso público
El consenso público
¿No es más bella la vida de mi corazón desde que amo? ¿Por qué me distinguíais más cuando yo era más arrogante y arisco, más locuaz y más vacío? ¡Ah! La muchedumbre prefiere lo que se cotiza, las almas serviles sólo respetan lo violento. Ãnicamente creen en lo divino aquellos que también lo son. Friedrich Holderlin (Alemania, 1770-1843) Versión de Federico Gorbea
2.
En el camarote durante la noche
En el camarote durante la noche
Tiene el mar perlas, el cielo astros de ardiente fulgor, mi corazón en su anhelo guarda, fuente de consuelo, otro tesoro: su amor. Grande es el cielo rïente, grande el mar, pero mayor es mi pecho; y más ardiente que perlas y astro luciente, en él fulgura mi amor. Para ti tan sólo, hermosa, es mi corazón entero; cielo, amor y alma dichosa en un solo amor sincero funde la vida gozosa. Yo quisiera a la bóveda azulada donde lucen los astros, un torrente de lágrimas vertiendo, en un beso de amor unir mis labios; que son los ojos de mi dulce amada esos astros serenos que me saludan dulces y graciosos desde la inmensa bóveda del cielo. Hacia los ojos de mi amada hermosa, hacia el cielo tranquilo, los flacos brazos suplicante elevo, y enamorado y anhelante digo: -«Dulces ojos, graciosos resplandores, dad calma a mi angustiado pensamiento que muera yo, mas que posea al cabo vuestra serena luz y vuestro cielo.» -Por las ondas inconstantes y por mis sueños mecido, en el camarote angosto reposo triste y tranquilo. por la lucana entreabierta los astros miró en la altura; ¡dulces ojos de mi amada, hermosa como ninguna! Aquellos ojos amantes mi loco delirio velan, y en la bóveda azulada luminosos parpadean. Y hora tras hora dichoso miro la serena altura, hasta que los dulces ojos me roba un jirón de bruma. En la pared donde apoyo mi cerebro fatigado, chocan las ondas furiosas, en mi oído murmurando: -¡Pobre loco! son muy cortos tus brazos y está muy alto el cielo, donde encendidos y fuertemente clavados están con clavos de oro los resplandecientes astros; mejor harás en dormirte calma a tu ansiedad buscando; ¡que tus súplicas son vanas, y son tus deseos vanos! -Soñé; era un prado desierto, era un prado solitario, de blanca nieve cubierto; bajo su frío sudario dormía insensible y yerto, mas lucían en la altura de la bóveda azulada las estrellas con luz pura. ¡Dulces ojos de mi amada miraban mi sepultura! Y aquellos ojos amados resplandecían serenos, victoriosos, extasiados; mas de amor eterno llenos y de pasión impregnados. Heinrich Heine ( Alemania 1797 - 1856 )
3.
Adán y Eva
Adán y Eva
1. Tesis La primavera vino. Y estaba ya madura la primera manzana que en el mundo se abría. Durmiendo sobre el hombro de Adán, Eva sentía subir de sus entrañas inédita ternura. Miróle embelesada... como una rosa pura, mostraba ya sus pétalos de luz el nuevo día, y a tono con la música del agua que corría pasó, nerviosa y ágil una serpiente oscura. La joven tuvo miedo; desnuda y sin abrigo, buscó el refugio cálido del cuerpo de su amigo, y entre sus brazos fuertes echóse enternecida. Abrió sus ojos castos Adán; sintió cariño por ella; y con la tierna simplicidad de un niño sembró en la tierra virgen el germen de la vida. 2. Antítesis Cuando, pasado el éxtasis, quedó prendido el grano, Adán, estupefacto, miró a su compañera tendida sobre el suelo: ¡como la tierra, era hermosa! -De rodillas le dijo al soberano: -¡Gracias, Señor, por este prodigio sobrehumano! -¡Gracias por el amor y por la primavera! -Porque me diste el germen que en Ella prolifera y de mi propia carne la hiciste, con tu mano! Dios as0mó entre nubes, severo, amargo y triste : -Has pecado! -le dijo a Adán-, ¿por qué lo hiciste? -¡Oh, Dios! -repuso el Hombre-: Por Ella vivo y creo; es sangre de mi sangre, hueso de mi costado, y Tú la hiciste hermosa: si amarla era pecado, ¿por qué me diste entonces la carne y el deseo? 3. Síntesis Siglos, milenios, éras tal vez, habían pasado desde que Adán y Eva se unieron. No existía ya en el mundo el amor... Pero a la grey judía llegó un poeta rubio, dulce y atormentado. Era el Hijo de Dios... Habló contra el pecado de la lujuria, la sed de oro, la falsía del mercader que roba y reza, y de la orgía de un mundo corrompido que a Dios había olvidado. Al pueblo dijo entonces Jesús: -"Seguid mi ejemplo"... ¡y echó a los fariseos a látigo del templo! Una joven pareja se acercó al Nazareno: -"Señor, Señor" -dijéronle-: "¿amarnos es pecado?" y Él, sonriente : -"Yo mismo seré crucificado por el amor: ¡amaos! ¡Amar es lo que es bueno!" Ashram El-Kebir, Arabia
4.
Qasida en nun
Qasida en nun
Este poema es de Ben Zaydún, uno de los clásicos de la literatura árabe medieval. Sus poemas inmortalizaron a la princesa Wallada, culta, elegante y de costumbres libres -una verdadera mujer moderna -que le amó primero apasionadamente para desdeñarle después. Este desgraciado amor le inspiró las más bellas páginas. «Qasida en Nun» es ritual entre los árabes. La aurora del día de la separación que ha de reemplazar el de nuestra unión, acaba de aparecer; ha llegado el momento de alejarnos mutuamente de la dulzura de nuestras citas. Pues, mientras surgía el alba tras de la noche, hemos hallado la muerte, y el que se encarga de las lamentaciones fúnebres se ha alzado para llorarnos. ¿Quién hará saber a aquellos cuyo alejamiento nos impregnó de tristeza -tristeza que no consume el tiempo, pero que nos consume- que el destino, sonriente cuando estábamos entre ellos nos hace ahora verter lágrimas? Nuestros enemigos se irritaron al vernos saciar mutuamente nuestro amor y desearon vernos agobiados de pena. Y la suerte ha dicho: «¡Que así sea!» Entonces, la que estaba atado en nuestras almas, se ha desatado, y se ha roto la que por nuestras manos fuera unido. En otro tiempo no temíamos la separación; henos hoy sin esperanza de reencuentro. ¿Puedo yo saber, yo que jamás he dado satisfacción a nuestros enemigos, si mis enemigos han obtenido de ti algún favor? Jamás creímos en nuestra separación, más que por nuestra voluntad, jamás nuestra firmeza se debilitó con otra creencia. Pensaba que la desesperación con sus crisis me procuraría el olvido. Estoy desesperado. ¿Por qué, pues, la desesperación ha excitado mis recuerdos? Vos os habéis alejado y yo también; mis caderas se ha resecado por el violento amor y mis lágrimas no se agostan. Cuando mis íntimos pensamientos vuelan para hablaros en secreto al oído, estoy próximo a morir de dolor, mientras procuro sufrir con paciencia. Al perderos, los días se han transformado, se han vuelto sombríos, mientras que antes, gracias a vos, incluso las noches eran resplandecientes. Cuando el fin de la vida era desinteresarme de todo que no fuera nuestro cariño, y la fuente donde abrebaba mi gozo era pura por la sinceridad de nuestro amor. Cuando inclinábamos hacia nosotros las ramas de la intimidad, que nos tendían sus frutos maduros, frutos que a manos llenas cogíamos. Ojalá pueda mi fidelidad ser regada por la ola primaveral de la dicha! Pues tú eres para mi alma el perfume que la embalsama. No pienses que tu ausencia, lejos de mí, cambiará mi corazón, aunque se prolongue; el alejamiento no cambia el corazón de los que aman. ¡Lo juro por Alá! Nada ha buscado mi deseo para reemplazarte; mis votos no se han alejado de ti. ¡Oh relámpago que surcas la noche, vete de madrugada a palacio; derrama el aura de la felicidad sobre la que me daba a beber el vino puro del amor y la pasión! Y allí, si el pensar en mí entristece a la amiga cuyo recuerdo esta noche causa mis penas. ¡Oh soplo ligero del céfiro!, lleva mi saludo a quien, a pesar de la distancia, me devolverá la vida, si me saludara. A quien no ve que el destino me hace morir, el destino a quien ayuda, cuando por mi parte no ha tenido motivo de queja. Es de estirpe real y se creería que Dios la ha hecho de almizcle, mientras a los demás mortales los hizo de limón. O que la moldeó de plata sin mezcla y la ha coronado con el más puro oro virgen, al hacerla y adornarla. Si se inclina, halla pesadas las perlas de su collar, a causa de su vida de bienestar; los anillos ensangrientan su carne delicada. El sol, embelleciéndola, ha sido para ella nodriza llena de ternura; y sin embargo, ella no ha ofrecido su bello cuerpo al sol más que algunos instantes. Se diría que el sol ha fijado en medio de sus mejillas la brillante marea de los astros, como un talismán benéfico, como un adorno. No nos estorbó el no haber sido su igual en nobleza; pues, en la pasión, el mutuo abandono de amor es suficiente. ¡Oh jardín!, hace mucho tiempo que mis miradas no han acariciado rosas ni englantinas, arrebatadas por la brisa en pleno frescor. ¡Oh paraíso cuyos resplandores me han inundado con sus reflejos; innúmeros deseos, infinitas delicias. ¡Oh mansión de felicidad! Viví en su bienestar, bajo el manto de los favores cuyos pliegues sostuve durante algún tiempo. No te he nombrado por tu nombre; es por respeto a ti; porque te honor. Tu alta situación me impide nombrarte. Pues tú eres sin igual; no tienes par en cualquiera de tus cualidades. Me basta con describirte clara y sencillamente. ¡Oh, Edén de la eterna felicidad!, en el que yo he cambiado el agua de las fuentes y del río del paraíso, tan agradable, por el fruto del árbol del infierno y el alimento de los condenados. Pudiera decirse que no hemos pasado juntos una noche, sin que nuestra unión haya estado de tercera, mientras nuestra dicha hacía desviar los ojos de nuestros detractores. Escondidos entre las benévolas tinieblas nocturnas, que nos ocultaban hasta que el alba, al apuntar, amenazaba descubrirnos. No es sorprendente que pregone la tristeza, ya que se me ha obligado a alejarme de la amiga, ni que haya olvidado la paciencia. Ya recité mi dolor, como suras escritas, el día de la separación, y tomé como norma la paciencia. Pero tu amor... no, yo no puedo, con justicia, compararlo a un brebaje, aunque cuando él me abrevaba me llenaba de alteración. No he tratado con desprecio la morada de bellezas en la que tú eres la estrella; para consolarme del olvido no lo he rehuido por despecho. No me he alejado voluntariamente de tu lado: las vicisitudes de mi destino me han hecho partir en contra de mi voluntad. Estoy triste por ti. Cuando el vino joven me excita, al inundarme con sus reflejos; cuando hacemos cantar a los cantores, ni las copas de vino calman mi espíritu, ni las cuerdas de los instrumentos consiguen distraerme. Sé fiel al pacto, puesto que yo continúo observándolo; el ser bien nacido es aquel que trata con equidad tal como es tratado. No he buscado compañía que pueda saciarme en tu lugar, no me he servido de nadie para reemplazarte. Aun cuando la misma luna llena, que ilumina las tinieblas, descendiera por mi amor de los lugares por donde sigue mi curso, no podría cautivarme como tú. Cumple el pacto; mas si no me concedes el don de volver a reunirnos me satisfaré con la ilusión y con el recuerdo. Tu respuesta me será de gran provecho si aumentas con ella los beneficios que no has cesado de prodigarme. Que Dios, por mis súplicas, te conceda salud, mientras dure en ti un ardiente amor. Escóndelo a las miradas y no descubras mi retiro. Ben Zaydún Arabia, siglo XI Versión de L. S.
5.
Los deseos
Los deseos
Te deseo primero que ames y que, amando, también seas amado. Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores. Deseo, pues, que no sea así, pero que si es, sepas ser sin desesperar. Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar. Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas. Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo, para que no te sientas demasiado seguro. Te deseo además que seas útil, más no insustituible, y que en los momentos malos, cuando no quede más nada, esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie. Igualmente, te deseo que seas tolerante; no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente, y que haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros. Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa, y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero. Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que fluyan entre nosotros. Te deseo de paso que seas triste, no todo el año, sino apenas un día; pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena, que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana. Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo, que existen, y que te rodean, seres oprimidos, tratados con injusticia y personas infelices. Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal, porque de esta manera, te sentirás bien por nada. Deseo también que plantes una semilla, por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, para que descubras de cuántas vidas está hecha un árbol. Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico, y que por lo menos una vez por año pongas algo de ese dinero enfrente a ti y digas:«Esto es mío», sólo para que quede claro quién es el dueño de quién. Te deseo también que ninguno de tus afectos muera, pero que si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable. Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer, y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente, y que cuando estén exhaustos y sonrientes, aún sobre amor para recomenzar. Si todas estas cosas llegaran a pasar, no tengo más nada que desearte. Sergio Jockymann (Brasil, 1930)
6.
El gran masturbador (fragmento)
El gran masturbador (fragmento)
A pesar de la oscuridad reinante la noche estaba en sus comienzos en los bordes de las grandes escalinatas de ágata donde fatigado por la luz del día que duraba desde la salida del sol el gran Masturbador su inmensa nariz apoyada sobre el piso de ónix sus enormes párpados cerrados la frente corroída por horribles arrugas y el cuello hinchado por el célebre forúnculo que bulle de hormigas se inmoviliza extático en ese instante del crepúsculo todavía demasiado luminoso mientras la membrana que recubre enteramente su boca se endurece a lo largo de la angustiosa de la enorme langosta aferrada inmóvil y apretada contra ella desde hace cuatro días y cinco noches. Todo el amor y toda la embriaguez del gran Masturbador residía en los crueles ornamentos de oro falso que recubren sus sienes delicadas y blandas e imitan la forma de una corona imperial cuyas finas hojas de acanto bronceado se prolongan hasta las mejillas rosadas e imberbes y continúan sus fibras duras hasta fundirlas en el alabastro claro de su nuca. Salvador Dalí (1904 - 1989) De "Femme visible" Versión de Aldo Pellegrini
7.
Mañana
Mañana
Has salido del sueño como el mar. Tu boca, húmeda aún, sonríe dulcemente a los sueños. Brilla el sol en la hierba, pero tú ves la plata de la luna, en el agua adormecida. Una luz esmeralda casi nubla tus ojos; guarda el perfume de aquel mar tu fina arcilla; y una gran perla pálida llevas bajo los bucles, ondulados como alga tranquila. Marià Manent Barcelona 1898 -1998 Versión de José Corredor Matheos
8.
Estados Unidos
Estados Unidos
De la antología "Poemas del desierto": (Escritos por miembros del Octavo ejército durante la campaña del África Occidental, Dic. 1942 a Feb. de 1943)
9.
Al partir
Al partir
No, amor mío: que el radiante gozo de esos ojos -remansos de dulzura- no lo empañen las nieblas del sollozo. Verdad: la ausencia -lenta sierpe oscura- va a cruzar por el tiempo detenido; y la muerte impasible, su figura cada instante ha de erguir en la pavura de un desvelado corazón transido. Pero tus ojos claros y profundos saben hablar de amor y de ventura cual un mensaje de ignorados mundos. Recordarlos será mirarte cerca; su solitaria cercanía de encanto será para mi sed piadosa alberca: no vayas a enturbiarla con el llanto. W. Jones, soldado del Octavo ejército II guerra mundial Versión de: Carlos López Narváez
10.
Cenizas
Cenizas
En adelante -pues te he perdido- todo tu ser esparciré en el viento, y serás, al dejar mi pensamiento, por el resto del mundo recogido. Ahora que un sol pálido de invierno va deshojando su sonrisa triste, ¿quién no habrá de sentir el goce tierno de hallar entre la escarcha lo que fuiste? La lluvia cantará con voz más leve; más leve aún su cristalino traje; más blanca y suave caerá la nieve; grises más puros vestirá el follaje. ¡Adiós! Bajo la sombra estremecida me embriagaré de tu color de vino, dulce pavesa que arrebata el sino, centella de mi sangre desprendida. Elinor Wylie ( EE.UU, 1885 - 1928 ) Versión de: Carlos López Narváez
11.
Chipre
Chipre
Todo el azul del Mar Mediterráneo ondula en mi redor; y mientras lentamente voy remando me acaricia el relumbro de su tórrido sol. El flácido velamen, sin premura, camino a la ensenada por la bahía cruza. Persiguiendo sus sombras, las nubes blancas del confín sobre el distante promontorio flotan como raída colcha, parda y gris. La quilla chapotea; por entre el agua de verdura viene sorbiendo una marsopa, y como sombra rauda, con impulso de aletas y de cola bajo el bote se clava. Remo hasta que suspira la hendida arena con el pausado embate de la quilla. La barca entrega sobre la playa su fatiga; y mientras vago en los palmares contemplo cómo en opalinas nieblas se envuelven los remotos litorales. Isla de los Lotófagos, te siento... De tus grises montañas brotan los manantiales del Letheo. Aquel vapor tan sólo es el olvido, velo que nubla la visión lejana. N. Boodson, sargento del Octavo ejército II guerra mundial Versión de: Carlos López Narváez * * * * * * * *
12.
Amor
Amor
Divino Un LABIO que había permanecido estólido, ahora se mueve Gradual en torno al lado de la cabeza Como ojo El ojo se torció en la punta del dedo de alguien, y gira Alrededor del sol, su oreja, Y el cerebro arriba sobre el lago del rostro- Cerca de la catarata del cuerpo- Como cúmulo agrandado antes de una tormenta: Un sonido Que crece gradualmente en el Este Conduciéndolo todo antes de esto: ganado y arco iris y amantes Barridos A la mesa del cuerpo a la que cinco hombres y dos mujeres Se han sentado casualmente a comer Michael Benedikt EE.UU. 1935 Versión de Pedro Gandía
13.
El
El
amante de las flores En las montañas de Valkeri entre los pavos reales que se pavonean encontré una flor tan grande como mi cabeza y cuando me estiré para olerla perdí el lóbulo de la oreja parte de la nariz un ojo y la mitad de la cajetilla de cigarrillos regresé al siguiente día con la intención de cortar aquella maldita cosa pero la encontré tan hermosa que en cambio maté un pavo real. Charles Bukowski, Estados Unidos 1920-1994
14.
In
In
excelsis
¡OH, tú!
Tu sombra es luz de sol en una bandeja de plata;
tus
pisadas, un lugar para plantar lirios;
tus manos, al moverse, son
un doblar de campanas
en el aire inmóvil.
El movimiento de tus manos es la larga y
dorada luz del
sol naciente,
el revoloteo de los pájaros en el sendero de un
jardín.
Avanzas por la mañana como un perfume de junquillos.
Los potros son menos raudos que tu pensamiento,
tus palabras son
abejas alrededor de un peral,
tus sueños son avispas veteadas de
oro y negro zumbando
entre manzanas rojas.
Bebo en tus labios,
como el albor de tus
manos y tus pies.
Abro la boca:
semejante a una jarra nueva
estoy abierta y vacía.
como el agua clara eres tú, que llenas la
copa de mi boca.
Eres como un riachuelo sembrado de lirios.
Eres helado como las nubes,
lejano y dulce como las altas
nubes.
Me atrevo a alcanzarte,
me atrevo a tocar tu orilla
brillante.
Salto más allá de los vientos,
grito y chillo,
porque mi garganta es fina como una espada
afilada con una muela
de marfil.
Mi garganta canta la alegría de mis ojos,
la
turbulenta alegría de mi amor.
¿Cómo cayó el arco iris sobre mi
corazón?
¿Cómo se enredó el mar entre mis dedos
y cómo cubrió
mi cabeza con el cielo?
¿Cómo viniste a habitar en mí,
asediándome con los cuatro círculos de tu mística luz,
hasta que,
inclinándome ante ti, como si fueras un altar,
grité: "¡Gloria!
¡Gloria!"?
Habré de torturante pensando en el hoy y en el mañana?
He de
creer que el aire es un favor,
la tierra una cortesía
y el cielo un regalo que hay que
agradecer?
Tú eres... aire... tierra... cielo...
Pero no te lo
agradezco.
Te tomo,
y vivo.
Y las palabras que diga después
son como rubíes engastados en una puerta de piedra.
Amy Lowell, EE.UU. 1874 - 1925
Versión de Agustí Bartra
15.
Plegaria de un soldado
Plegaria de un soldado
Asísteme, ¡Señor! Tiniebla y frío la noche esparce. Lumbre macilenta, se muere mi valor. La noche es lenta. Fortaléceme, asísteme, Dios mío. Amo el gozo, la lucha enardecida; odio la sombra; amo la primavera, al hijo y a la buena compañera; yo no soy un cobarde: amo la vida. La amo con su niebla y su ventura. Es preciso vivir. No tengo miedo. De mí lo mío separar no puedo. Señor, mi corazón busca Tu altura. Tú nos diste en Dunkerque mar en calma para salvarnos. Tu poder divino nos iba abriendo el hórrido camino. Tus obras son milagro, Dios del alma. Solos mientras huía la esperanza, la Patria amamos, y la misma muerte; sin oprobio cayéramos, y fuerte el ánimo cruzó por la matanza. Ruta de pesadilla. Mar de espanto. Llegamos... Renacíamos... Después, tras un velo de sangre hasta los pies, el alma -alondra- levantó su canto. Supe así que la muerte es un escape, y el por qué de estos pávidos siniestros: porque otra vez el mundo de los nuestros, por Tu Bondad, de Libertad se empape. Sólo soy un nacido de mujer: pero siendo no más que Tu criatura, Dios de la Fortaleza y la Dulzura, no permitas que menos pueda ser. Sosténme, oh Dios, cuando la faz horrenda de ojos vacíos y de yerta boca me haga su mueca... Y si caer me toca, a Ti mi alma desde el polvo ascienda- Anónimo Durante un intenso bombardeo, el viento llevó este poema hasta una agrietada trinchera de El-Agheila -Campaña de África, diciembre de 1942 a febrero de 1943. Versión de: Carlos López Narváez
16.
Retrato de una muchacha
Retrato de una muchacha
Esta es la forma de una hoja, y esta la de una flor, y éste es el pálido tronco de un árbol que contempla sus ramas en un charco de agua estancada en una tierra que nunca veremos. El tonto en la rama, silencioso, suave cae el rocío, en el atardecer casi no hay sonidos... Y las tres hermosas peregrinas que llegan juntas tocan ligeramente el polvo del suelo. Lo tocan con pies que apenas turban el polvo, como alas, tímidas, aparecen juntas, silenciosas, como bailarinas aguardando en una pausa de la música, la música que llene el exquisito silencio... Este es el pensamiento de la primera, y éste el de la segunda, y éste el grave pensamiento de la tercera: "Nos demoraremos así por un instante, pálidamente expectante, y el silencio terminará, y el pájaro cantará la pura, dulce, clara frase del crepúsculo hasta llenar la campana azul del mundo; y nosotras, a quienes la música reunió como a hojas, como hojas seremos arrastradas. ¿Hacia qué sino la belleza del silencio, perpetuo silencio?,,," esta es la forma del árbol, y la flor y la hoja, y las tres hermosas peregrinas pálidas: eso eres para mí. Conrad Aiken, 1889 - 1973
17.
Yace tranquilo, duerme en paz,
tu que sufres...
Yace tranquilo, duerme en paz, tu que sufres...
Yace tranquilo, duerme en paz, tu que sufres la herida que arde y se agita en tu garganta. A flote sobre el mar silencioso la noche entera hemos oído el rumor de la herida envuelta en una sábana de sal. Bajo la luna, tantas millas lejanas, hemos temblado al escuchar el sonido del mar flotando como la sangre de la sonora herida y cuando la sábana salobre rompió en una tormenta de canciones las voces de todos los ahogados nadaron sobre el viento. Abre un sendero a través de la lenta vela triste, arroja lejos hacia el viento los portales del errabundo bote para empezar el viaje al final de mi herida, oímos que cantaba el sonido del mar, vimos como hablaba la sábana salobre. Yace tranquilo, duerme en paz, oculta la boca en la garganta, o hemos de obedecer y cabalgar contigo por entre los ahogados. Dylan Thomas, Estados Unidos 1914-1953
18.
Yerba
Yerba
Haced la pila de cadáveres en Austerlitz, en Waterloo; echad encima tierra, tierra; después... Yo soy la hierba: dejadlo todo a mi verdor. Haced también la pila en Gettisburgo en Ipres, en Verdun; después... vendrá mi turno sobre la lúgubre quietud. Y cuando pasen años, décadas, los viajeros dirán al conductor: -¿Qué colinas son esas? -¿Dónde estamos, señor? Yo soy la hierba: dejadlo todo a mi verdor. Carl Sandburg, Estados Unidos, 1878 - 1967 Versión de: Carlos López Narváez
19.
Arrullo
Arrullo
Suave la lluvia entre las hojas es un rumor amado y lento, y tú en mi pecho te abandonas con silencioso encantamiento. Se trenza el viento con la lluvia... vibras... ¡Oh que blando momento para morir con la dulzura del agua que evapora el viento! -¿Oyes la lluvia que solloza? -¿Oyes el viento plañidero? Herida mía dulce y honda, sólo tú ignoras de qué muero. Francis Carco (Francia, 1886 - 1958 ) Versión de: Carlos López Narváez
20.
Dilección
Dilección
Adoro lo indeciso: rumor, tintes brumales: lo que tiembla y ondula, lo que se tornasola; agua, ojos, cabellos; seda, follaje, ola, y el ingrávido ritmo de las formas juncales. El humo que al ensueño presta sus espirales; del nido los arrullos que el silencio acrisola; la noche confidente que su perfil inmola, y la sabia dulzura de sus manos astrales. Y las horas sin término de una lenta caricia; y el alma que se agobia con su propia delicia como rosa que muere vertiendo su nectario. Alma de casta sombra que mudamente clama, donde, como el rubí de la votiva llama, un amor arde insomne, místico y solitario. Albert Samain ( Francia, 1858 - 1900 ) Versión de: Carlos López Narváez
21.
El desconocido
El desconocido
Él decía Mis labios son racimos monstruosos panteras que cantan más dulces que los pájaros tan dulces de la colina y los toros sangrantes de las grandes nubes oscuras El decía Yo llevo en mi pecho olas inmensas y ásperas en medio de las flores tan bellas de los días solemnes Llamaba María a una pequeña que llevaba legumbres Él decía, él decía además Yo soy una amapola que despierta por la mañana el azul pálido de las bestias Jacques Baron (1905 - ?) Versión de Aldo Pellegrini
22.
El legado
El legado
Este poema es tuyo, mi Amada Inaccesible; tu mirada, tu voz y tu sonrisa guarde; cante aquí tu hermosura su victoria impasible. El es casi tu obra, y tú lo sabes tarde, -estos versos nacieron tan lejos de tu oído- mas, es la flor -¡recógela!- de mi tardío alarde. Cuando ya no me escuches, anciana y en olvido, el te devolverá la abolida belleza y el capitoso efluvio de tu rosal vencido. No morirás: mi mente ya forjó tu firmeza; y porque solo el verbo triunfa sobre las horas, sobre mi pensamiento tu eternidad empieza. Desfilarán los siglos -rachas devastadoras- y colmarán de sombra los ámbitos del día, y aún dará el ensueño sus diáfanas auroras. Fuera del tiempo el verbo es sagrada armonía que eterniza la carne si en alma la convierte -dón que hice a tus ojos, ¡Inalcanzable Mía! Yo encendí los fulgores de tu blancura inerte, la noche en tus cabellos y el rumor de tu paso: ya rescatada fuiste del poder de la muerte. Edmond Haraucourt ( Francia, 1856 - 1941 ) Versión de: Carlos López Narváez
23.
Es necesario amarse
Es necesario amarse
Amémonos sin misterio, aquí, en la tierra, triunfantes. No se ama en el cementerio. ¡Debemos amarnos antes! Mi ceniza y tu ceniza las esparcirá la brisa. Paul Fort (Francia 1872-1960)
24.
Estancias
Estancias
galantes Deja que te desvele Amor ahora. Con mis suspiros déjate inflamar. No duermas más, criatura seductora, Pues es dormir la vida sin amar. No temas. En la fábula amorosa se hace más mal del mal que se padece. Cuando hay amor y el coraz6n solloza, el propio mal sus penas embellece. El mal de amor consiste en esconderlo; para evitarlo, habla en mi favor. Te da miedo este dios, tiemblas al verlo... Mas no hagas un misterio del amor. ¿Hay más dulce penar que estar amando? ¿Puede sufrirse una más tierna ley? Que en todo coraz6n siempre reinando, reine amor en el tuyo como rey. Ríndete, pues, oh, celestial criatura; cede mandato del Amr fugaz. ¡Ama mientras perdure tu hermosura, que el tiempo Pasa y no regresa más! Jean-Baptiste Poquelin "Molière" ( 1622 - 1673 ) Versión de: Andrés Holguín
25.
Lámpara
Lámpara
Ilumina la alcoba nocturna, sofocante, tu cuerpo rosa y lácteo, tibio de interna lumbre; disperso en la tormenta su efluvio sofocante, para mi amor se envuelve de tórrido perfume. el oro taciturno de la lámpara en torno menos fulgor difunde que tu blancura laxa; el otro-yo, cautivo de tu quietud en torno, con manos deslizantes tus lindes puros palpa. Sin voces que despierten al ángel que nos odia, sé mía sordamente, con inmóviles brazos; la gruta del deliquio, sin la luz que nos odia, tu desnudez tranquila constelará de lampos. François Mauriac ( 1885 - 1970 ) Versión de: Carlos López Narváez
26.
Ojos
Ojos
Ojos negros o azules, ojos amados, bellos; ojos innumerables que iluminó la aurora, yacen hoy en las tumbas, extintos, sin destellos. Y aún asciende el sol que los cielos enflora. Noches de más dulzura que los días más rubios de aquellos infinitos ojos se constelaron... Aún dan los luceros sus dorados efluvios; y ha tiempo aquellos ojos de sombra se colmaron. ¡Oh Dios! ¿Cómo pudieron morir esas pupilas, de toda dulcedumbre vívidos manantiales? ¿Espejo de qué rostros son sus ondas tranquilas? ¿A qué mundos ignotos se vuelven sus fanales? Lo mismo que de astros ha tiempo fenecidos pervive el alma lumbre por el éter cruzando los ojos adorados, en la muerte sumidos siguen desde su sombra lanuestra iluminando. R. F.A. Sully Prudhomme ( 1839 - 1907 ) Versión de: Carlos López Narváez
27.
Sofía 2
Sofía 2
¿Cuál era tu sueño cuando dejaste esta orilla? ¿Soñabas con una balsa de estrellas a la deriva, soñabas con abismos de candor? Separaste las esferas intransigentes para tomar una flor. Eras el eco de un mundo de luz. Las mariposas representan una escena de tu vida que muestra el despertar de la aurora en tus labios. Una estrella se forma siguiendo tu diseño. La cortina del día cae para ocultar los sueños. Eres una estrella que se transforma en flor La luz se desliza bajo tus pies y alas radiantes te rodean como un cerco. La flor se balancea en sus alas. Ostenta una joya de rocío. Sueña con una lágrima de sutileza. Sus besos son perlas. Ella desaparece, desaparece en su propia luz. Ella desaparece, desaparece en su pureza, en su dulzura. Soñaste sobre el índice del cielo entre los últimos copos de la noche. La tierra se cubrió de lágrimas de gozo. El día se despertó en una mano de cristal. Jean Arp (Francia, 1887-1966)
28.
Ya no esperaré más...
Ya no esperaré más...
ya no esperaré más el placer se ha alejado como un mito hacia el estanque atormentado donde los juncos nacientes se pudren ya no esperaré más pues el goce sonoro se ha vuelto voz sorda y suspiro y muere bajo tierra el placer acompasado la dicha resplandeciente la cornamusa voluptuosa todos los sones argentinos huyen todo se adormece y muere indecisiones susurradas últimos secretos del viento voces de los muertos avergonzadas y profundas ya nada esperaré del ritmo mágico he perdido la sangre del sacrificio Henri Pastoureau (Francia, 1912 - 1996) De "Le corps trop grand pour un cercueil" Versión de Aldo Pellegrini
29.
A una doncella
A una doncella
Hace tiempo, la hija de Tántalo se convirtió en piedra, junto a las riberas frigias. Y asimismo, la hija de Pandion atravesó el espacio, transformada en golondrina. ¡Si pudiera yo convertirme en espejo, para que siempre tuvieras en mí fija tu mirada! ¡Que no sea yo túnica y siempre me llevarías encima! Quisiera volverme agua límpida para bañar tu hermoso cuerpo. O esencia, dueña mía, para perfumarte; cintilla de tu garganta y perla para tu cuello; o sandalia para que así, al menos, siempre estuviera tu pie sobre mí. Anacreonte de Teos (Grecia, 540 antes de J. C.) Versión de: Marcelino Menéndez y Pelayo
30.
Obrero
Obrero
del verbo Trabajó durante toda su vida, sin reposo, ardiente y exaltado, casi seguro de la inmortalidad, -la suya, por supuesto, en primer término. Hasta que una noche el viento sopla de repente. La puerta se cierra con estrépito. Él ve las estatuas caer y golpearse las narices contra el suelo, y comprende. Las palabras que él había escrito con tanto celo por años y por años, se habían endurecido. Las sentía bajo sus dedos como la pelambre seca y neutra de una bestia muerta. Sin embargo, continuó su trabajo como de costumbre, hasta confundir la muerte y la inmortalidad, la embriaguez y el olvido. Pero llegó a poner en claro lo que es exactamente el trabajo entre la futilidad y el orgullo. El sonoro vaivén del péndulo tenía la resonancia de un tambor en la noche, como si ritmara una marcha de soldados somnolientos entre dos batallas. Yannis Ritsos (Grecia, 1909 - 1990)
31.
Oda a Afrodita
Oda a Afrodita
¡Tú que te sientas en trono resplandeciente, inmortal Afrodita! ¡Hija de Zeus, sabia en las artes de amor, te suplico, augusta diosa, no consientas que, en el dolor, perezca mi alma! Desciende a mis plegarias, como viniste otra vez, dejando el palacio paterno, en tu carro de áureos atalajes. Tus lindos gorriones te bajaron desde el cielo, a través de los aires agitados por el precipitado batir de sus alas. Una vez junto a mí, ¡oh diosa!, sonrientes tus labios inmortales, preguntaste por qué te llamaba, qué pena tenía, qué nuevo deseo agitaba mi pecho, y a quién pretendía sujetar con los lazos de mi amor. Safo, me dijiste, ¿quién se atreve a injuriarte? Si te rehuye, pronto te ha de buscar; si rehúsa tus obsequios, pronto te los ofrecerá él mismo. Si ahora no te ama, te amará hasta cuando no lo desees. ¡Ven a mí ahora también, líbrame de mis crueles tormentos! ¡Cumple los deseos de mi corazón, no me rehuses tu ayuda todopoderosa! Lamento: Dulce madre mía, no puedo trabajar, el huso se me cae de entre los dedos Afrodita ha llenado mi corazón de amor a un bello adolescente y yo sucumbo a ese amor. SAFO DE LESBOS ( Grecia, 600 a.c ) Versión de: L. S.
32.
A la luna
A la luna
¡Oh tímida viajera, cándida peregrina! ¡Oh sílfide nocturna, luna casta y divina! Tan triste y soñadora, perdida en el celaje, ¿cuál es tu rumbo intérmine, tu sempiterno viaje? Qué lentos son tus pasos, qué pálida tu frente, cuando asoma en la noche tu faz opalescente, y desde los collados, a la lumbre indecisa de tus rayos se esparcen aromas en la brisa. Tú que llevas por halo tánta melancolía; Tú la que de mi pecho recibe idolatría, dime si eres el mundo o el alma de la muerte donde en flor o en arbusto la vida se convierte Allá sobre tus montes, astro de la esperanza, allá sobre tus valles de clara lontananza, orilla a tus balsámicos arroyos argentinos, o bajo sus follajes sedantes y opalinos, ¿otra vez hallaremos madre, hermanos, amadas, todos los que partieron en horas desoladas, y los mismos amores, deliquios y embriagueces que nuestros corazones cambiaron tántas veces? Ignace Nau (Haití, 1808 - 1839 ) Versión de: Carlos López Narváez
Versos y pensamientos de Traducciones
4 citas« Tiene el mar perlas, el cielo / astros de ardiente fulgor, »
« Tesis / La primavera vino. Y estaba ya madura »
« Este poema es de Ben Zaydún, uno de los clásicos de la literatura / árabe »
Libros de Traducciones recomendados
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