Poesía Universal

Traducciones

Traducciones es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...

Biografía lírica

Vida

Traducciones es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Traducciones

32 poemas seleccionados
1.

El consenso público

¿No es más bella la vida de mi corazón
desde que amo? ¿Por 
			qué me distinguíais más
cuando yo era más arrogante y arisco,

			más locuaz y más vacío?

			
¡Ah! La muchedumbre prefiere lo que se cotiza,
las almas 
			serviles sólo respetan lo violento.
Únicamente creen en lo divino

			aquellos que también lo son.

			
Friedrich Holderlin       
			(Alemania, 1770-1843)

			
Versión de Federico Gorbea
2.

En el camarote durante la noche

Tiene el mar perlas, el cielo
astros de ardiente fulgor,

			mi corazón en su anhelo
guarda, fuente de consuelo,
otro 
			tesoro: su amor.
Grande es el cielo rïente,
grande el mar, 
			pero mayor
es mi pecho; y más ardiente
que perlas y astro 
			luciente,
en él fulgura mi amor.
Para ti tan sólo, hermosa,

			es mi corazón entero;
cielo, amor y alma dichosa
en un solo 
			amor sincero
funde la vida gozosa.
Yo quisiera a la bóveda 
			azulada
donde lucen los astros,
un torrente de lágrimas 
			vertiendo,
en un beso de amor unir mis labios;
que son los 
			ojos de mi dulce amada
esos astros serenos
que me saludan 
			dulces y graciosos
desde la inmensa bóveda del cielo.
Hacia 
			los ojos de mi amada hermosa,
hacia el cielo tranquilo,
los 
			flacos brazos suplicante elevo,
y enamorado y anhelante digo:

			-«Dulces ojos, graciosos resplandores,
dad calma a mi angustiado 
			pensamiento
que muera yo, mas que posea al cabo
vuestra serena 
			luz y vuestro cielo.»
-Por las ondas inconstantes
y por mis 
			sueños mecido,
en el camarote angosto
reposo triste y 
			tranquilo.
por la lucana entreabierta
los astros miró en la 
			altura;
¡dulces ojos de mi amada,
hermosa como ninguna!

			Aquellos ojos amantes
mi loco delirio velan,
y en la bóveda 
			azulada
luminosos parpadean.
Y hora tras hora dichoso
miro 
			la serena altura,
hasta que los dulces ojos
me roba un jirón 
			de bruma.
En la pared donde apoyo
mi cerebro fatigado,

			chocan las ondas furiosas,
en mi oído murmurando:
-¡Pobre 
			loco! son muy cortos
tus brazos y está muy alto
el cielo, 
			donde encendidos
y fuertemente clavados
están con clavos de 
			oro
los resplandecientes astros;
mejor harás en dormirte

			calma a tu ansiedad buscando;
¡que tus súplicas son vanas,
y 
			son tus deseos vanos! -Soñé;
era un prado desierto,
era un 
			prado solitario,
de blanca nieve cubierto;
bajo su frío 
			sudario
dormía insensible y yerto,
mas lucían en la altura

			de la bóveda azulada
las estrellas con luz pura.
¡Dulces ojos 
			de mi amada
miraban mi sepultura!
Y aquellos ojos amados

			resplandecían serenos,
victoriosos, extasiados;
mas de amor 
			eterno llenos
y de pasión impregnados.


			
			Heinrich Heine   ( Alemania 1797 - 1856 )
3.

Adán y Eva

1. 
			Tesis
La primavera vino. Y estaba ya madura
la primera manzana 
			que en el mundo se abría.
Durmiendo sobre el hombro de Adán, Eva 
			sentía
subir de sus entrañas inédita ternura.

			
Miróle embelesada... como una rosa pura,
mostraba ya sus 
			pétalos de luz el nuevo día,
y a tono con la música del agua que 
			corría
pasó, nerviosa y ágil una serpiente oscura.

			
La joven tuvo miedo; desnuda y sin abrigo,
buscó el refugio 
			cálido del cuerpo de su amigo,
y entre sus brazos fuertes echóse 
			enternecida.

			
Abrió sus ojos castos Adán; sintió cariño
por ella; y con la 
			tierna simplicidad de un niño
sembró en la tierra virgen el 
			germen de la vida.

			
2. Antítesis
Cuando, pasado el éxtasis, quedó prendido el 
			grano,
Adán, estupefacto, miró a su compañera
tendida sobre el 
			suelo: ¡como la tierra, era
hermosa! -De rodillas le dijo al 
			soberano:

			
-¡Gracias, Señor, por este prodigio sobrehumano!
-¡Gracias 
			por el amor y por la primavera!
-Porque me diste el germen que en 
			Ella prolifera
y de mi propia carne la hiciste, con tu mano!

			
Dios as0mó entre nubes, severo, amargo y triste :
-Has 
			pecado! -le dijo a Adán-, ¿por qué lo hiciste?
-¡Oh, Dios! 
			-repuso el Hombre-: Por Ella vivo y creo;

			
es sangre de mi sangre, hueso de mi costado,
y Tú la hiciste 
			hermosa: si amarla era pecado,
¿por qué me diste entonces  
			la carne y el deseo?


			
3. 
			Síntesis
Siglos, milenios, éras tal vez, habían pasado
desde 
			que Adán y Eva se unieron. No existía
ya en el mundo el amor... 
			Pero a la grey judía
llegó un poeta rubio, dulce y atormentado.

			
Era el Hijo de Dios... Habló contra el pecado
de la lujuria, 
			la sed de oro, la falsía
del mercader que roba y reza, y de la 
			orgía
de un mundo corrompido que a Dios había olvidado.

			
Al pueblo dijo entonces Jesús: -"Seguid mi ejemplo"...
¡y 
			echó a los fariseos a látigo del templo!
Una joven pareja se 
			acercó al Nazareno:

			
-"Señor, Señor" -dijéronle-: "¿amarnos es pecado?"
y Él, 
			sonriente : -"Yo mismo seré crucificado
por el amor: ¡amaos! 
			¡Amar es lo que es bueno!"

			
Ashram El-Kebir,   Arabia
4.

Qasida en nun

Este poema es de Ben Zaydún, uno de los clásicos de la literatura 
			árabe
medieval. Sus poemas inmortalizaron a la princesa Wallada, 
			culta, 
			
elegante y de costumbres libres -una verdadera mujer moderna 
			-que
le amó primero apasionadamente para desdeñarle después.

			Este desgraciado amor le inspiró las más bellas páginas. 
			
«Qasida en Nun» es ritual entre los árabes.


			La 
			aurora del día de la separación que ha de reemplazar
el de 
			nuestra unión, acaba de aparecer; ha llegado el momento 
			
de alejarnos mutuamente de la dulzura de nuestras citas.


			Pues, mientras surgía el alba tras de la noche, 
			
hemos hallado la muerte, y el que se encarga 
de las 
			lamentaciones fúnebres se ha alzado para llorarnos.

			
¿Quién hará saber a aquellos cuyo alejamiento nos impregnó de 
			tristeza 
 -tristeza que no consume el tiempo, pero que nos 
			consume-
que el destino, sonriente cuando estábamos entre ellos 
			
nos hace ahora verter lágrimas?

Nuestros enemigos se 
			irritaron al vernos saciar mutuamente 
			
nuestro amor y desearon vernos agobiados de pena. 
Y la 
			suerte ha dicho: «¡Que así sea!»

			
Entonces, la que estaba atado en nuestras almas, se ha desatado, 
			
y se ha roto la que por nuestras manos fuera unido.

En 
			otro tiempo no temíamos la separación;
henos hoy sin esperanza de 
			reencuentro.

			
¿Puedo yo saber, yo que jamás he dado satisfacción a nuestros 
			enemigos, 
			
si mis enemigos han obtenido de ti algún favor?

Jamás 
			creímos en nuestra separación, más que por nuestra voluntad, 
			
jamás nuestra firmeza se debilitó con otra creencia.


			Pensaba que la desesperación con sus crisis me procuraría el olvido.

			
Estoy desesperado. ¿Por qué, pues, la desesperación 
ha 
			excitado mis recuerdos?

			
Vos os habéis alejado y yo también; mis caderas se ha resecado

			por el violento amor y mis lágrimas no se agostan.

			
Cuando mis íntimos pensamientos vuelan 
para hablaros en 
			secreto al oído, estoy próximo a morir de dolor,
mientras procuro 
			sufrir con paciencia.

			
Al perderos, los días se han transformado, se han vuelto 
			sombríos, 
			
mientras que antes, gracias a vos, 
incluso las noches eran 
			resplandecientes.

Cuando el fin de la vida era desinteresarme 
			de todo
que no fuera nuestro cariño, y la fuente donde abrebaba 
			mi gozo 
			
era pura por la sinceridad de nuestro amor.

Cuando 
			inclinábamos hacia nosotros las ramas de la intimidad, 
			
que nos tendían sus frutos maduros,
frutos que a manos llenas 
			cogíamos.

			
Ojalá pueda mi fidelidad ser regada por la ola primaveral de la 
			dicha! 
			
Pues tú eres para mi alma el perfume que la embalsama.

No 
			pienses que tu ausencia, lejos de mí, cambiará mi corazón, 
			
aunque se prolongue; el alejamiento no cambia el corazón de los 
			que aman.

			
¡Lo juro por Alá! Nada ha buscado mi deseo para reemplazarte; 
			
mis votos no se han alejado de ti.

¡Oh relámpago que 
			surcas la noche, vete de madrugada a palacio; 
			
derrama el aura de la felicidad
sobre la que me daba a beber 
			el vino puro del amor y la pasión!

			
Y allí, si el pensar en mí entristece a la amiga 
cuyo 
			recuerdo esta noche causa mis penas.

			
¡Oh soplo ligero del céfiro!, lleva mi saludo a quien, a pesar 
			de la distancia, 
			
me devolverá la vida, si me saludara.

A quien no ve que 
			el destino me hace morir, el destino a quien ayuda, 
			
cuando por mi parte no ha tenido motivo de queja.

Es de 
			estirpe real y se creería que Dios la ha hecho de almizcle, 
			
mientras a los demás mortales los hizo de limón.

O que la 
			moldeó de plata sin mezcla y la ha coronado 
			
con el más puro oro virgen, al hacerla y adornarla.

Si se 
			inclina, halla pesadas las perlas de su collar, 
			
a causa de su vida de bienestar; 
los anillos ensangrientan 
			su carne delicada.

			
El sol, embelleciéndola, ha sido para ella nodriza llena de 
			ternura; 
			
y sin embargo,
ella no ha ofrecido su bello cuerpo al sol más 
			que algunos instantes.

			
Se diría que el sol ha fijado en medio de sus mejillas 
la 
			brillante marea de los astros, como un talismán benéfico, 
			
como un adorno.

No nos estorbó el no haber sido su igual 
			en nobleza;
pues, en la pasión, el mutuo abandono de amor es 
			suficiente.

			
¡Oh jardín!, hace mucho tiempo que mis miradas
no han 
			acariciado rosas ni englantinas, 
			
arrebatadas por la brisa en pleno frescor.

¡Oh paraíso 
			cuyos resplandores me han inundado con sus reflejos; 
			
innúmeros deseos, infinitas delicias.

¡Oh mansión de 
			felicidad! Viví en su bienestar, 
			
bajo el manto de los favores cuyos pliegues sostuve 
durante 
			algún tiempo.

			
No te he nombrado por tu nombre; es por respeto a ti; porque te 
			honor. 
			
Tu alta situación me impide nombrarte.

Pues tú eres sin 
			igual; no tienes par en cualquiera de tus cualidades. 
			
Me basta con describirte clara y sencillamente.

¡Oh, Edén 
			de la eterna felicidad!, en el que yo he cambiado 
			
el agua de las fuentes y del río del paraíso, tan agradable, 

			por el fruto del árbol del infierno y el alimento de los condenados.

			
Pudiera decirse que no hemos pasado juntos una noche, 
sin 
			que nuestra unión haya estado de tercera, mientras nuestra dicha 
			
hacía desviar los ojos de nuestros detractores.


			Escondidos entre las benévolas tinieblas nocturnas,
que nos 
			ocultaban hasta que el alba, al apuntar, amenazaba descubrirnos.

			
No es sorprendente que pregone la tristeza, 
ya que se me ha 
			obligado a alejarme de la amiga, 
			
ni que haya olvidado la paciencia.

Ya recité mi dolor, 
			como suras escritas, el día de la separación, 
			
y tomé como norma la paciencia.

Pero tu amor... no, yo no 
			puedo, con justicia, compararlo a un brebaje, 
			
aunque cuando él me abrevaba me llenaba de alteración.

No 
			he tratado con desprecio la morada de bellezas
en la que tú eres 
			la estrella; 
			
para consolarme del olvido no lo he rehuido por despecho.

			
No me he alejado voluntariamente de tu lado: las vicisitudes 
		
de mi destino me han hecho partir en contra de mi voluntad.


			Estoy triste por ti. Cuando el vino joven me excita,
al inundarme 
			con sus reflejos; cuando hacemos cantar a los cantores,

			
ni las copas de vino calman mi espíritu, ni las cuerdas 
de 
			los instrumentos consiguen distraerme.

			
Sé fiel al pacto, puesto que yo continúo observándolo;
el ser 
			bien nacido es aquel que trata con equidad tal como es tratado.

			
No he buscado compañía que pueda saciarme en tu lugar, 
no me 
			he servido de nadie para reemplazarte.

			
Aun cuando la misma luna llena, que ilumina las tinieblas, 

			descendiera por mi amor de los lugares por donde sigue mi curso, 
			
no podría cautivarme como tú.

Cumple el pacto; mas si no 
			me concedes el don de volver a reunirnos 
			
me satisfaré con la ilusión y con el recuerdo.

Tu 
			respuesta me será de gran provecho si aumentas con ella 
			
los beneficios que no has cesado de prodigarme.


			Que 
			Dios, por mis súplicas, te conceda salud,
mientras dure en ti un 
			ardiente amor.
Escóndelo a las miradas y no descubras mi retiro.


			
			Ben Zaydún  Arabia, siglo XI


			
			Versión de L. S.
5.

Los deseos

Te deseo primero 
			que ames y que,
amando, también seas amado. 
			


			Y que, de no ser 
			así, seas breve en olvidar 
y que después de olvidar, no guardes 
			rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es, 
			
sepas ser sin desesperar. 


			Te deseo también 
			que tengas amigos, y que, 
incluso malos e inconsecuentes, sean 
			valientes y fieles, 
y que por lo menos haya uno en quien puedas 
			confiar sin dudar.


			Y porque la vida es 
			así, te deseo también que tengas
enemigos. Ni muchos ni pocos, en 
			la medida exacta, para que, 
			
algunas veces, te cuestiones tus propias certezas. 
Y que 
			entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo, 
			
para que no te sientas demasiado seguro.


			Te deseo además que 
			seas útil, más no insustituible,
y que en los momentos malos, 
			cuando no quede más nada, 
			
esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.


			Igualmente, te 
			deseo que seas tolerante; 
			
no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, 
sino 
			con los que se equivocan mucho e irremediablemente, 
			
y que haciendo buen uso de esa tolerancia, 
sirvas de ejemplo 
			a otros. 
			


			Te deseo que siendo 
			joven no madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas 
			en rejuvenecer, 
y que siendo viejo no te dediques al desespero. 
			
Porque cada edad tiene su placer y su dolor 
y es necesario 
			dejar que fluyan entre nosotros. 
			


			Te deseo de paso 
			que seas triste, 
			
no todo el año, sino apenas un día; 
pero que en ese día 
			descubras que la risa diaria es buena, 
			
que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana. 
			


			Te deseo que 
			descubras, con urgencia máxima, 
por encima y a pesar de todo, 
			que existen, 
y que te rodean, seres oprimidos, 
			
tratados con injusticia y personas infelices. 


			Te deseo que 
			acaricies un gato, alimentes a un pájaro 
y oigas a un jilguero 
			erguir triunfante su canto matinal, 
			
porque de esta manera, te sentirás bien por nada. 


			Deseo también que 
			plantes una semilla, 
			
por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, 

			para que descubras de cuántas vidas está hecha un árbol. 
			


			Te deseo, además, 
			que tengas dinero, 
			
porque es necesario ser práctico, 
y que por lo menos una vez 
			por año pongas algo 
			
de ese dinero enfrente a ti y digas:«Esto es mío»,
sólo para 
			que quede claro quién es el dueño de quién. 
			


			Te deseo también 
			que ninguno de tus afectos muera, 
pero que si muere alguno, 
			puedas llorar sin lamentarte
y sufrir sin sentirte culpable. 
			


			Te deseo por fin 
			que, siendo hombre, tengas una buena mujer,
y que siendo mujer, 
			tengas un buen hombre, mañana  y al día siguiente, 
			
y que cuando estén exhaustos y sonrientes, aún sobre amor para 
			recomenzar.    
Si todas estas cosas llegaran a pasar, 
			
no tengo más nada que desearte.

Sergio Jockymann    
			(Brasil, 1930)
6.

El gran masturbador (fragmento)

A pesar de la oscuridad reinante
la noche estaba en sus comienzos

			en los bordes de las grandes escalinatas de ágata
donde

			fatigado por la luz del día
que duraba desde la salida del sol

			el gran Masturbador
su inmensa nariz apoyada sobre el piso de 
			ónix
sus enormes párpados cerrados
la frente corroída por 
			horribles arrugas
y el cuello hinchado por el célebre forúnculo 
			que bulle de hormigas
se inmoviliza
extático en ese instante 
			del crepúsculo todavía demasiado luminoso
mientras la membrana 
			que recubre enteramente su boca
se endurece a lo largo de la 
			angustiosa de la enorme langosta
aferrada inmóvil y apretada 
			contra ella
desde hace cuatro días y cinco noches.
Todo el 
			amor
y toda la embriaguez
del gran Masturbador
residía

			en los crueles ornamentos de oro falso
que recubren sus sienes 
			delicadas y blandas
e imitan
la forma de una corona imperial

			cuyas finas hojas de acanto bronceado
se prolongan
hasta las 
			mejillas rosadas e imberbes
y continúan sus fibras duras
hasta 
			fundirlas
en el alabastro claro de su nuca.


			
			Salvador Dalí         (1904 
			- 1989)


			De 
			"Femme visible"


			
			Versión de Aldo Pellegrini
7.

Mañana

Has 
			salido del sueño como el mar. Tu boca,
húmeda aún, sonríe 
			dulcemente a los sueños.
Brilla el sol en la hierba, pero tú ves 
			la plata
de la luna, en el agua adormecida.


			Una 
			luz esmeralda casi nubla tus ojos;
guarda el perfume de aquel mar 
			tu fina arcilla;
y una gran perla pálida llevas bajo los bucles,

			ondulados como alga tranquila.


			Marià 
			Manent    Barcelona 1898 -1998

Versión de 
			José Corredor Matheos
8.

Estados Unidos

De la antología "Poemas del desierto":
(Escritos por miembros 
			del Octavo ejército durante
la campaña del África Occidental, 
			Dic. 1942 a Feb. de 1943)
9.

Al partir

No, amor mío: que el radiante gozo
de esos ojos -remansos de 
			dulzura-
no lo empañen las nieblas del sollozo.

			
Verdad: la ausencia -lenta sierpe oscura-
va a cruzar por el 
			tiempo detenido;
y la muerte impasible, su figura
cada 
			instante ha de erguir en la pavura
de un desvelado corazón 
			transido.

			
Pero tus ojos claros y profundos
saben hablar de amor y de 
			ventura
cual un mensaje de ignorados mundos.

			
Recordarlos será mirarte cerca;
su solitaria cercanía de 
			encanto
será para mi sed piadosa alberca:
no vayas a 
			enturbiarla con el llanto.

			
W. Jones, soldado del Octavo ejército II guerra mundial

			Versión de: Carlos López Narváez
10.

Cenizas

En 
			adelante -pues te he perdido-
todo tu ser esparciré en el viento,

			y serás, al dejar mi pensamiento,
por el resto del mundo 
			recogido.

			
Ahora que un sol pálido de invierno
va deshojando su sonrisa 
			triste,
¿quién no habrá de sentir el goce tierno
de hallar 
			entre la escarcha lo que fuiste?


			La 
			lluvia cantará con voz más leve; 
más leve aún su cristalino 
			traje;
más blanca y suave caerá la nieve;
grises más puros 
			vestirá el follaje.


			
			¡Adiós! Bajo la sombra estremecida
me embriagaré de tu color de 
			vino,
dulce pavesa que arrebata el sino,
centella de mi sangre 
			desprendida.


			
			Elinor Wylie     ( EE.UU, 1885 - 1928 )

			Versión de: Carlos López Narváez
11.

Chipre

Todo el azul del Mar Mediterráneo
ondula en mi redor;
y 
			mientras lentamente voy remando
me acaricia el relumbro
de su 
			tórrido sol.

			
El flácido velamen, sin premura,
camino a la ensenada
por 
			la bahía cruza.
Persiguiendo sus sombras,
las nubes blancas 
			del confín
sobre el distante promontorio flotan
como raída 
			colcha, parda y gris.

			
La quilla chapotea;
por entre el agua de verdura
viene 
			sorbiendo una marsopa,
y como sombra rauda,
con impulso de 
			aletas y de cola
bajo el bote se clava.

			
Remo hasta que suspira
la hendida arena
con el pausado 
			embate de la quilla.
La barca entrega
sobre la playa su 
			fatiga;
y mientras vago en los palmares
contemplo cómo en 
			opalinas nieblas
se envuelven los remotos litorales.

			
Isla de los Lotófagos, te siento...
De tus grises montañas

			brotan los manantiales del Letheo.
Aquel vapor tan sólo es el 
			olvido,
velo que nubla la visión lejana.

			
N. Boodson, sargento del Octavo ejército II guerra mundial

			Versión de: Carlos López Narváez


			

			* * * * * * * *
12.

Amor

Divino

			

			Un LABIO que había permanecido estólido, ahora se mueve

			Gradual en torno al lado de la cabeza

			Como ojo

			El ojo se torció en la punta del dedo de alguien, y gira

			Alrededor del sol, su oreja,

			Y el cerebro arriba sobre el lago del rostro-

			Cerca de la catarata del cuerpo-

			Como cúmulo agrandado antes de una tormenta:

			Un sonido 

			Que crece gradualmente en el Este

			Conduciéndolo todo antes de esto: ganado y arco iris y amantes

			Barridos

			A la mesa del cuerpo a la que cinco hombres y dos mujeres

			Se han sentado casualmente a comer


			
			Michael Benedikt    EE.UU. 1935

			Versión de Pedro Gandía
13.

El

amante de las flores

			
En las montañas de Valkeri 
entre los pavos reales que se 
			pavonean 
			
encontré una flor 
tan grande como mi cabeza 
y cuando me 
			estiré 
			
para olerla 
perdí el lóbulo de la oreja 
parte de la 
			nariz 
			
un ojo 
y la mitad de la cajetilla 
de cigarrillos 

			
regresé 
		
al siguiente día 
con la intención de cortar 
aquella maldita 
			cosa 
			
pero la encontré 
tan hermosa 
que en cambio 
maté un 
			
pavo real. 
		


			
			Charles Bukowski, Estados Unidos  1920-1994
14.

In

excelsis


			¡OH, tú!
Tu sombra es luz de sol en una bandeja de plata;
tus 
			pisadas, un lugar para plantar lirios;
tus manos, al moverse, son 
			un doblar de campanas 
			
                                                                      
			en el aire inmóvil.
El movimiento de tus manos es la larga y 
			dorada luz del
                                                                                    
			sol naciente,
el revoloteo de los pájaros en el sendero de un 
			jardín.
Avanzas por la mañana como un perfume de junquillos.

			Los potros son menos raudos que tu pensamiento,
tus palabras son 
			abejas alrededor de un peral,
tus sueños son avispas veteadas de 
			oro y negro zumbando
                                                            
			entre manzanas rojas.
Bebo en tus labios,
como el albor de tus 
			manos y tus pies.
Abro la boca:
semejante a una jarra nueva 
			estoy abierta y vacía.
como el agua clara eres tú, que llenas la 
			copa de mi boca.
Eres como un riachuelo sembrado de lirios.

			
Eres helado como las nubes,
lejano y dulce como las altas 
			nubes.
Me atrevo a alcanzarte,
me atrevo a tocar tu orilla 
			brillante.
Salto más allá de los vientos,
grito y chillo,

			porque mi garganta es fina como una espada
afilada con una muela 
			de marfil.
Mi garganta canta la alegría de mis ojos,
la 
			turbulenta alegría de mi amor.
¿Cómo cayó el arco iris sobre mi 
			corazón?
¿Cómo se enredó el mar entre mis dedos
y cómo cubrió 
			mi cabeza con el cielo?
¿Cómo viniste a habitar en mí,

			asediándome con los cuatro círculos de tu mística luz,
hasta que, 
			inclinándome ante ti, como si fueras un altar,
grité: "¡Gloria! 
			¡Gloria!"?

			
Habré de torturante pensando en el hoy y en el mañana?
He de 
			creer que el aire es un favor, 
			
la tierra una cortesía
y el cielo un regalo que hay que 
			agradecer?
Tú eres... aire... tierra... cielo...
Pero no te lo 
			agradezco.
Te tomo,
y vivo.
Y las palabras que diga después

			son como rubíes engastados en una puerta de piedra.


			
			Amy Lowell, EE.UU. 1874 - 1925
Versión de Agustí Bartra
15.

Plegaria de un soldado

Asísteme, ¡Señor! Tiniebla y frío
la noche esparce. Lumbre 
			macilenta,
se muere mi valor. La noche es lenta.
Fortaléceme, 
			asísteme, Dios mío.

			
Amo el gozo, la lucha enardecida;
odio la sombra; amo la 
			primavera,
al hijo y a la buena compañera;
yo no soy un 
			cobarde: amo la vida.

			
La amo con su niebla y su ventura.
Es preciso vivir. No tengo 
			miedo.
De mí lo mío separar no puedo.
Señor, mi corazón busca 
			Tu altura.

			
Tú nos diste en Dunkerque mar en calma
para salvarnos. Tu 
			poder divino
nos iba abriendo el hórrido camino.
Tus obras son 
			milagro, Dios del alma.

			
Solos mientras huía la esperanza,
la Patria amamos, y la 
			misma muerte;
sin oprobio cayéramos, y fuerte
el ánimo cruzó 
			por la matanza.

			
Ruta de pesadilla. Mar de espanto.
Llegamos... Renacíamos... 
			Después,
tras un velo de sangre hasta los pies,
el alma 
			-alondra- levantó su canto.

			
Supe así que la muerte es un escape,
y el por qué de estos 
			pávidos siniestros:
porque otra vez el mundo de los nuestros,

			por Tu Bondad, de Libertad se empape.

			
Sólo soy un nacido de mujer:
pero siendo no más que Tu 
			criatura,
Dios de la Fortaleza y la Dulzura,
no permitas que 
			menos pueda ser.

			
Sosténme, oh Dios, cuando la faz horrenda
de ojos vacíos y de 
			yerta boca
me haga su mueca... Y si caer me toca,
a Ti mi alma 
			desde el polvo ascienda-

			
Anónimo
Durante un intenso bombardeo, el viento llevó

			este poema hasta una agrietada trinchera de 
			
El-Agheila -Campaña de África, diciembre de 1942
a febrero de 
			1943. 
			
Versión de: Carlos López Narváez
16.

Retrato de una muchacha

Esta 
			es la forma de una hoja, y esta la de una flor,
y éste es el 
			pálido tronco de un árbol
que contempla sus ramas en un charco de 
			agua estancada
en una tierra que nunca veremos.

			
El tonto en la rama, silencioso, suave cae el rocío,
en el 
			atardecer casi no hay sonidos...
Y las tres hermosas peregrinas 
			que llegan juntas
tocan ligeramente el polvo del suelo.

			
Lo tocan con pies que apenas turban el polvo, como alas,

			tímidas, aparecen juntas, silenciosas,
como bailarinas aguardando 
			en una pausa de la música, la música
que llene el exquisito 
			silencio...

			
Este es el pensamiento de la primera, y éste el de la segunda,

			y éste el grave pensamiento de la tercera:
"Nos demoraremos así 
			por un instante, pálidamente expectante, 
			
y el silencio terminará, y el pájaro

cantará la pura, 
			dulce, clara frase del crepúsculo
hasta llenar la campana azul 
			del mundo;

			
y nosotras, a quienes la música reunió como a hojas,
como 
			hojas seremos arrastradas.

			
¿Hacia qué sino la belleza del silencio, perpetuo silencio?,,," 
			
esta es la forma del árbol,
y la flor y la hoja, y las tres 
			hermosas peregrinas pálidas:
eso eres para mí.

			
Conrad Aiken,   1889 - 1973
17.

Yace tranquilo, duerme en paz, tu que sufres...

Yace tranquilo, duerme en paz, tu que sufres 
la herida que 
			arde y se agita en tu garganta. 
			
A flote sobre el mar silencioso la noche entera hemos oído 

			el rumor de la herida envuelta en una sábana de sal. 
			

Bajo la luna, tantas millas lejanas, hemos temblado al 
			escuchar 
			
el sonido del mar flotando como la sangre de la sonora herida 
			
y cuando la sábana salobre rompió en una tormenta de canciones 
			
las voces de todos los ahogados nadaron sobre el viento. 

			
Abre un sendero a través de la lenta vela triste, 
		
arroja lejos hacia el viento los portales del errabundo bote 

			para empezar el viaje al final de mi herida, 
			
oímos que cantaba el sonido del mar, vimos como hablaba la 

			sábana salobre. 
			

Yace tranquilo, duerme en paz, oculta la boca en la 
			garganta, 
			
o hemos de obedecer y cabalgar contigo por entre los ahogados.


			
			Dylan Thomas, Estados Unidos 1914-1953
18.

Yerba

Haced la pila de cadáveres
en Austerlitz, en Waterloo;

			echad encima tierra, tierra;
después... Yo soy la hierba:

			dejadlo todo a mi verdor.
Haced también la pila en Gettisburgo

			en Ipres, en Verdun;
después... vendrá mi turno
sobre la 
			lúgubre quietud.
Y cuando pasen años, décadas,
los viajeros 
			dirán al conductor:
-¿Qué colinas son esas?
-¿Dónde estamos, 
			señor?
Yo soy la hierba:
dejadlo todo a mi verdor.


			
			Carl Sandburg,    Estados Unidos,  1878 - 1967

			Versión de: Carlos López Narváez
19.

Arrullo

Suave 
			la lluvia entre las hojas
es un rumor amado y lento,
y tú en 
			mi pecho te abandonas
con silencioso encantamiento.


			Se 
			trenza el viento con la lluvia...
vibras... ¡Oh que blando 
			momento
para morir con la dulzura
del agua que evapora el 
			viento!


			-¿Oyes 
			la lluvia que solloza?
-¿Oyes el viento plañidero?
Herida mía 
			dulce y honda,
sólo tú ignoras de qué muero.


			
			Francis Carco    (Francia, 1886 - 1958 )
Versión 
			de: Carlos López Narváez
20.

Dilección

Adoro lo indeciso: rumor, tintes brumales:
lo que tiembla y 
			ondula, lo que se tornasola;
agua, ojos, cabellos; seda, follaje, 
			ola,
y el ingrávido ritmo de las formas juncales.

			
El humo que al ensueño presta sus espirales;
del nido los 
			arrullos que el silencio acrisola;
la noche confidente que su 
			perfil inmola,
y la sabia dulzura de sus manos astrales.

			
Y las horas sin término de una lenta caricia;
y el alma que 
			se agobia con su propia delicia
como rosa que muere vertiendo su 
			nectario.

			
Alma de casta sombra que mudamente clama,
donde, como el rubí 
			de la votiva llama,
un amor arde insomne, místico y solitario.


			
			Albert Samain  ( Francia, 1858 - 1900 )
Versión de: Carlos 
			López Narváez
21.

El desconocido

Él decía Mis labios son racimos monstruosos
panteras que 
			cantan
más dulces que los pájaros tan dulces de la colina
y 
			los toros sangrantes de las grandes nubes oscuras
El decía
Yo 
			llevo en mi pecho
olas inmensas y ásperas
en medio de las 
			flores tan bellas de los días solemnes
Llamaba María
a una 
			pequeña que llevaba legumbres
Él decía, él decía además
Yo soy 
			una amapola
que despierta por la mañana el azul pálido de las 
			bestias


			
			Jacques Baron  (1905 - ?)
Versión de Aldo Pellegrini
22.

El legado

Este 
			poema es tuyo, mi Amada Inaccesible;
tu mirada, tu voz y tu 
			sonrisa guarde;
cante aquí tu hermosura su victoria impasible.

			
El es casi tu obra, y tú lo sabes tarde,
-estos versos 
			nacieron tan lejos de tu oído-
mas, es la flor -¡recógela!- de mi 
			tardío alarde.

			
Cuando ya no me escuches, anciana y en olvido,
el te 
			devolverá la abolida belleza
y el capitoso efluvio de tu rosal 
			vencido.

			
No morirás: mi mente ya forjó tu firmeza;
y porque solo el 
			verbo triunfa sobre las horas,
sobre mi pensamiento tu eternidad 
			empieza.

			
Desfilarán los siglos -rachas devastadoras-
y colmarán de 
			sombra los ámbitos del día,
y aún dará el ensueño sus diáfanas 
			auroras.

			
Fuera del tiempo el verbo es sagrada armonía
que eterniza la 
			carne si en alma la convierte
-dón que hice a tus ojos, 
			¡Inalcanzable Mía!

			
Yo encendí los fulgores de tu blancura inerte,
la noche en 
			tus cabellos y el rumor de tu paso:
ya rescatada fuiste del poder 
			de la muerte.

			
Edmond Haraucourt ( Francia, 1856 - 1941 )
Versión de: 
			Carlos López Narváez
23.

Es necesario amarse

Amémonos sin misterio,
aquí, en la tierra, triunfantes.
No se 
			ama en el cementerio.
¡Debemos amarnos antes!
Mi ceniza y tu 
			ceniza las esparcirá la brisa.


			
			Paul Fort            
			(Francia 1872-1960)
24.

Estancias

galantes

			
Deja que te desvele Amor ahora.
Con mis suspiros déjate 
			inflamar.
No duermas más, criatura seductora,
Pues es dormir 
			la vida sin amar.

			
No temas. En la fábula amorosa
se hace más mal del mal que se 
			padece.
Cuando hay amor y el coraz6n solloza,
el propio mal 
			sus penas embellece.

			
El mal de amor consiste en esconderlo;
para evitarlo, habla 
			en mi favor.
Te da miedo este dios, tiemblas al verlo...
Mas 
			no hagas un misterio del amor.

			
¿Hay más dulce penar que estar amando?
¿Puede sufrirse una 
			más tierna ley?
Que en todo coraz6n siempre reinando,
reine 
			amor en el tuyo como rey.

			
Ríndete, pues, oh, celestial criatura;
cede mandato del Amr 
			fugaz.
¡Ama mientras perdure tu hermosura,
que el tiempo Pasa 
			y no regresa más!


			
			Jean-Baptiste Poquelin   "Molière"   ( 1622 - 
			1673 )
Versión de: Andrés Holguín
25.

Lámpara

Ilumina la alcoba nocturna, sofocante,
tu cuerpo rosa y lácteo, 
			tibio de interna lumbre;
disperso en la tormenta su efluvio 
			sofocante,
para mi amor se envuelve de tórrido perfume.


			el oro 
			taciturno de la lámpara en torno
menos fulgor difunde que tu 
			blancura laxa;
el otro-yo, cautivo de tu quietud en torno,
con 
			manos deslizantes tus lindes puros palpa.


			Sin 
			voces que despierten al ángel que nos odia,
sé mía sordamente, 
			con inmóviles brazos;
la gruta del deliquio, sin la luz que nos 
			odia,
tu desnudez tranquila constelará de lampos.


			
			François Mauriac ( 1885 - 1970 )
Versión de: Carlos López Narváez
26.

Ojos

Ojos negros o azules, ojos amados, bellos;
ojos innumerables 
			que iluminó la aurora,
yacen hoy en las tumbas, extintos, sin 
			destellos.
Y aún asciende el sol que los cielos enflora.

			
Noches de más dulzura que los días más rubios
de aquellos 
			infinitos ojos se constelaron...
Aún dan los luceros sus dorados 
			efluvios;
y ha tiempo aquellos ojos de sombra se colmaron.

			
¡Oh Dios! ¿Cómo pudieron morir esas pupilas,
de toda 
			dulcedumbre vívidos manantiales?
¿Espejo de qué rostros son sus 
			ondas tranquilas?
¿A qué mundos ignotos se vuelven sus fanales?


			Lo 
			mismo que de astros ha tiempo fenecidos
pervive el alma lumbre 
			por el éter cruzando
los ojos adorados, en la muerte sumidos

			siguen desde su sombra lanuestra iluminando.


			R. 
			F.A. Sully Prudhomme   ( 1839 - 1907 )
Versión de: 
			Carlos López Narváez
27.

Sofía 2

¿Cuál era tu sueño
cuando dejaste esta orilla?
¿Soñabas 
			con una balsa de estrellas a la deriva,
soñabas con abismos de 
			candor?

			
Separaste las esferas intransigentes
para tomar una flor.

			Eras el eco de un mundo de luz.

			
Las mariposas representan una escena de tu vida
que muestra 
			el despertar de la aurora en tus labios.
Una estrella se forma 
			siguiendo tu diseño.

			
La cortina del día cae para ocultar los sueños.
Eres una 
			estrella que se transforma en flor
La luz se desliza bajo tus 
			pies
y alas radiantes te rodean como un cerco.

			
La flor se balancea en sus alas.
Ostenta una joya de rocío.

			Sueña con una lágrima de sutileza.
Sus besos son perlas.

			
Ella desaparece, desaparece
en su propia luz.
Ella 
			desaparece, desaparece
en su pureza, en su dulzura.

			
Soñaste sobre el índice del cielo
entre los últimos copos de 
			la noche.
La tierra se cubrió de lágrimas de gozo.
El día se 
			despertó en una mano de cristal.

			
Jean Arp                  
			(Francia, 1887-1966)
28.

Ya no esperaré más...

ya no esperaré más
el placer se ha alejado como un mito

			hacia el estanque atormentado
donde los juncos nacientes se 
			pudren

			
ya no esperaré más
pues el goce sonoro
se ha vuelto voz 
			sorda
y suspiro
y muere bajo tierra

			
el placer acompasado
la dicha resplandeciente
la cornamusa 
			voluptuosa
todos los sones argentinos
huyen
todo se 
			adormece y
muere
indecisiones susurradas
últimos secretos 
			del viento
voces de los muertos avergonzadas y profundas

			
ya nada esperaré del ritmo mágico
he perdido la sangre del 
			sacrificio


			Henri 
			Pastoureau      (Francia, 1912 - 1996)


			De "Le corps  trop grand pour un cercueil"


			
			Versión de Aldo Pellegrini
29.

A una doncella

Hace tiempo, la hija de Tántalo
se convirtió en piedra,

			junto a las riberas frigias.
Y asimismo, la hija de Pandion

			atravesó el espacio, transformada en golondrina.
¡Si pudiera yo 
			convertirme en espejo,
para que siempre tuvieras
en mí fija tu 
			mirada!
¡Que no sea yo túnica
y siempre me llevarías encima!

			Quisiera volverme agua límpida
para bañar tu hermoso cuerpo.
O 
			esencia, dueña mía, para perfumarte;

			cintilla de tu garganta
y perla para tu cuello;
o 
			sandalia para que así, al menos,
siempre estuviera tu pie sobre 
			mí.


			
			Anacreonte de Teos (Grecia, 540 antes de J. C.)
Versión de: 
			Marcelino Menéndez y Pelayo
30.

Obrero

del verbo

			
Trabajó durante toda su vida,
sin reposo, ardiente y 
			exaltado, casi seguro
de la inmortalidad,
-la suya, por 
			supuesto, en primer término.
Hasta que una noche
el viento 
			sopla de repente.
La puerta se cierra con estrépito.
Él ve las 
			estatuas caer
y golpearse las narices contra el suelo, y 
			comprende.
Las palabras que él había escrito con tanto celo por 
			años
y por años,
se habían endurecido.
Las sentía bajo sus 
			dedos
como la pelambre seca y neutra de una bestia muerta. Sin

			embargo, continuó su trabajo como de costumbre,
hasta confundir 
			la muerte y la inmortalidad,
la embriaguez y el olvido.
Pero 
			llegó a poner en claro
lo que es exactamente el trabajo entre la 
			futilidad
y el orgullo.
El sonoro vaivén del péndulo
tenía 
			la resonancia de un tambor en la noche,
como si ritmara una 
			marcha de soldados somnolientos
entre dos batallas.

			
Yannis Ritsos    (Grecia, 1909 - 1990)
31.

Oda a Afrodita

¡Tú que te sientas en trono resplandeciente, 
		
   inmortal Afrodita!
¡Hija de Zeus, sabia en las artes 
			de amor, te suplico,
   augusta diosa, no consientas 
			que, en el dolor, 
			
   perezca mi alma!
Desciende a mis plegarias, como 
			viniste otra vez, 
			
   dejando el palacio paterno, en tu carro de áureos 
			atalajes. 
			
Tus lindos gorriones te bajaron desde el cielo,
   
			a través de los aires agitados por el precipitado batir de sus alas. 
			
Una vez junto a mí, ¡oh diosa!, sonrientes tus labios 
			inmortales, 
			
   preguntaste por qué te llamaba, qué pena tenía, 
   
			qué nuevo deseo agitaba mi pecho, 
			
   y a quién pretendía sujetar con los lazos de mi 
			amor.
Safo, me dijiste, ¿quién se atreve a injuriarte?
   
			Si te rehuye, pronto te ha de buscar;
   si rehúsa tus 
			obsequios, pronto te los ofrecerá él mismo.
Si ahora no te ama, 
			te amará hasta cuando no lo desees.
¡Ven a mí ahora también, 
			líbrame de mis crueles tormentos!
¡Cumple los deseos de mi 
			corazón, no me rehuses tu
   ayuda todopoderosa! 
			

Lamento:
Dulce madre mía, no puedo trabajar,
el huso 
			se me cae de entre los dedos
Afrodita ha llenado mi corazón
de 
			amor a un bello adolescente
y yo sucumbo a ese amor.


			
			SAFO DE LESBOS  ( Grecia, 600 a.c )
Versión de: L. S.
32.

A la luna

¡Oh tímida viajera, cándida peregrina!
¡Oh sílfide nocturna, 
			luna casta y divina!
Tan triste y soñadora, perdida en el celaje,

			¿cuál es tu rumbo intérmine, tu sempiterno viaje?

			
Qué lentos son tus pasos, qué pálida tu frente,
cuando asoma 
			en la noche tu faz opalescente,
y desde los collados, a la lumbre 
			indecisa
de tus rayos se esparcen aromas en la brisa.

			
Tú que llevas por halo tánta melancolía;
Tú la que de mi 
			pecho recibe idolatría,
dime si eres el mundo o el alma de la 
			muerte
donde en flor o en arbusto la vida se convierte

			
Allá sobre tus montes, astro de la esperanza,
allá sobre tus 
			valles de clara lontananza,
orilla a tus balsámicos arroyos 
			argentinos,
o bajo sus follajes sedantes y opalinos,

			
¿otra vez hallaremos madre, hermanos, amadas,
todos los que 
			partieron en horas desoladas,
y los mismos amores, deliquios y 
			embriagueces
que nuestros corazones cambiaron tántas veces?

			
Ignace Nau     (Haití, 1808 - 1839 )

			Versión de: Carlos López Narváez

Versos y pensamientos de Traducciones

4 citas
« ¿No es más bella la vida de mi corazón / desde que amo? ¿Por »
Traducciones · El consenso público
« Tiene el mar perlas, el cielo / astros de ardiente fulgor, »
Traducciones · En el camarote durante la noche
« Tesis / La primavera vino. Y estaba ya madura »
Traducciones · Adán y Eva
« Este poema es de Ben Zaydún, uno de los clásicos de la literatura / árabe »
Traducciones · Qasida en nun
Biblioteca poética

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