Poesía Universal

Thomas Stearns Eliot

Thomas Stearns Eliot es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus prim...

Biografía lírica

Vida

Thomas Stearns Eliot es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Thomas Stearns Eliot

9 poemas seleccionados
1.

Conversaciã“n

Conversación galante


		Yo observo: «¡Nuestra amiga sentimental, la luna!
O quizás (es 
		fantástico, confieso)
puede ser el globo del Preste Juan
o una 
		vieja y abollada linterna colgada en lo alto
para alumbrar a los 
		pobres viajeros en su angustia».
               
		Y ella entonces: «¡Cómo divagas!»

Y yo entonces: «Alguien urde en 
		las teclas 
		
ese exquisito nocturno, con el cual explicamos 
la noche y el 
		claro de luna; música que agarramos
para materializar nuestra propia 
		vacuidad». 
		
                
		Y ella entonces: «¿Te refieres a mí?»
                
		«Oh no, soy yo quien soy inane».

«Tú, señora, eres la eterna 
		humorista,
la eterna enemiga de lo absoluto,
¡dando a nuestro vago 
		humor el más leve giro!,
con tu aire indiferente e imperioso
para 
		refutar de un golpe nuestra loca poética».
                 
		Y «¿Pero es que hablamos tan en serio?»


		Versión de Jaime 
		Tello
2.

El

primer coro de la roca


		Se cierne el águila en la cumbre del cielo,
el cazador y la jauría 
		cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas 
		estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh 
		mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito 
		ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento 
		infinito,
trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;

		conocimiento del habla, pero no del silencio;
conocimiento de las 
		palabras e ignorancia de la palabra.
Todo nuestro conocimiento nos 
		acerca a nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la 
		muerte,
pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde 
		está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que 
		hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos 
		perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos

		nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

		
Versión de Jorge Luis Borges
3.

La canción de amor de J. Alfred Prufrock

Vamos, tú y yo,
a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo

		cual un paciente adormecido sobre la mesa por el éter:
vamos a través 
		de ciertas calles semisolitarias,
refugios bulliciosos
de noches 
		de desvelo en hoteluchos para pernoctar
y de mesones con el piso 
		cubierto de aserrín y conchas de ostra,
calles que acechan cual 
		debate tedioso
de intención insidiosa
que desemboca en un 
		interrogante abrumador...
Ay, no preguntes: «¿De qué me hablas?»

		Vamos más bien a realizar nuestra visita.

		
En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Ángel están 
		hablando.

		
La neblina amarilla que se rasca la espalda sobre las ventanas,

		el humo amarillo que frota el hocico sobre las ventanas,
lamió con su 
		lengua las esquinas del ocaso,
se deslizó por la terraza, pegó un 
		salto repentino,
y viendo que era una tarde lánguida de octubre,

		dio una vuelta a la casa y se acostó a dormir.

		
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para el humo amarillo que se 
		arrastra por las calles
rascándose sobre las ventanas. 
		
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preparar un rostro que afronte 
		los rostros que enfrentamos.
Ya habrá tiempo para matar, para crear, 

		y tiempo para todas las obras y los días de nuestras manos 
		
que elevan las preguntas y las dejan caer sobre tu plato;
tiempo 
		para ti y tiempo para mí,
tiempo bastante aun para mil indecisiones,

		y para mil visiones y otras tantas revisiones,
antes de la hora de 
		compartir el pan tostado y el té.

		
En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Ángel están 
		hablando.

		
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá. 
Para preguntarnos: ¿Me atreveré yo 
		acaso? ¿Me atreveré? 
		
Tiempo para dar la vuelta y bajar por la escalera
con una 
		coronilla calva en medio de mi cabellera.
Ellos dirán: «¡Ay, cómo el 
		pelo se le está cayendo!»
Mi sacoleva, el cuello que apoya firmemente 
		mi barbilla,
mi corbata, opulenta aunque modesta y bien asegurada
                                                         
		por un sencillo prendedor.

Ellos dirán: «¡Ay, cuán flacos tiene 
		los brazos y las piernas!
¿Me aventuro yo acaso a perturbar el 
		universo? 
		
En un minuto hay tiempo suficiente
para decisiones y revisiones 
		que un minuto rectifica.

		
Pues ya los he conocido, conocido a todos:
conocido las tardes, 
		las mañanas, los ocasos;
he medido mi vida con cucharitas de café,

		conozco aquellas voces que fallecen en un salto mortal
bajo la música 
		que llega desde el rincón lejano del salón
Entonces, ¿cómo he de 
		presumir?

		
Pues he conocido ya los ojos, conocido a todos,
los ojos que nos 
		sellan en una mirada formulada
estando yo ya formulado, en un alfiler 
		esparrancado;
bien clavado retorciéndome sobre la pared.
¿Cómo 
		comenzar entonces
a escupir las colillas de mis costumbres y mis 
		días?
Entonces, ¿cómo he de presumir?
Pues he conocido ya los 
		brazos, conocido a todos,
brazos de pulseras adornados, níveos y 
		desnudos
(mas al fulgor de la lámpara cubiertos de leve vello de 
		oro).

		
¿Será el perfume de un vestido
lo que me hace divagar así?

		Brazos sobre una mesa reclinados o envueltos en los
                                                             
		pliegues de un mantón.

Entonces ¿habré de presumir?
¿Y cómo he 
		de comenzar acaso?

		
Diré tal vez: he paseado por callejuelas al ocaso
y he visto el 
		humo que sube de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa, 
		sobre las
                                                                   
		ventanas reclinados.

Hubiera preferido ser un par de recias 
		tenazas
que corren en el silencio de oceánicas terrazas.
¡Y la 
		tarde, la incipiente noche, duerme sosegadamente!
Acariciada por unos 
		dedos largos,
dormida, exhausta... o haciéndose la enferma
sobre 
		el suelo extendida, junto a ti, junto a mí.
¿Tendré fuerza bastante 
		después del té y los helados y las tortas,
para forzar la culminación 
		de nuestro instante?
Aunque he gemido y he ayunado, he gemido y he 
		rezado,
aunque he visto mi cabeza (algo ya calva) portada en una
                                                                                          
		fuente,
yo no soy un profeta -y ello en realidad no importa
                                                                                
		demasiado-
he visto mi grandeza titubear en un instante,
he 
		presenciado al Lacayo Eterno, con mi abrigo en sus
                                                        
		manos, reírse con desprecio,
y al fin de cuentas, sentí miedo.


		Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
después de las tazas, la 
		mermelada, el té,
entre las porcelanas, en medio de nuestra charla 
		baladí,
hubiera valido la pena
morder con sonrisas la materia,

		enrollar en una bola al universo
para arrojarla hacia algún 
		interrogante abrumador.
Poder decir: «Soy Lázaro que regresa de la 
		muerte
para os revelarlo todo, y así lo voy a hacer»...
Y si al 
		poner en una almohada la cabeza, una dijera:
«No. No fue esto lo que 
		quise decir.
No lo fue. De ninguna manera».

		
Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
sí hubiera valido la 
		pena,
después de los ocasos, las zaguanes, las callejuelas
                                                                          
		salpicadas,
después de las novelas, de las tazas de té y de las 
		faldas
                                                     
		por los pisos arrastradas.
¿Después de todo esto y algo más?
Me es 
		imposible decir justamente lo que siento.
Mas cual linterna mágica 
		que proyecta diseños de nervios
                                                                  
		sobre la pantalla,
hubiera valido la pena, si al colocar un almohadón 
		o
                                                          
		arrancar una bufanda,
volviendo la mirada a la ventana, una hubiese 
		confesado:
«No. No fue esto lo que quise decir.
No lo fue. De 
		ninguna manera».

		
No. No soy el príncipe Hamlet. Ni he debido serlo;
más bien uno 
		de sus cortesanos acudientes, alguien capaz
de integrar un cortejo, 
		dar comienzo a un par de escenas,
asesorar al príncipe; en síntesis, 
		fácil instrumento,
deferente, presto siempre a servir,
político, 
		cauto y asaz meticuloso.
A veces, en realidad, casi ridículo.
A 
		veces tonto de capirote.

		
Me vence la vejez. Me vence la vejez.
Luciré el pantalón con la 
		manga al revés.

		
¿Me peinaré hacia atrás? ¿Me arriesgo a comer melocotones?
Me 
		pondré pantalones de franela blanca
y me iré a pasear a lo largo de 
		la playa.

		
He oído allí cómo entre ellas se cantan las sirenas.
Mas no creo 
		que me vayan a cantar a mí.
Las he visto nadando mar adentro sobre 
		las crestas de la marejada,
peinando las cabelleras níveas que va 
		formando el oleaje
cuando de blanco y negro el viento encrespa el 
		océano.


		Nos hemos demorado 
		demasiado en las cámaras del mar,
junto a ondinas adornadas con 
		algaseojas y castañas,
hasta que voces humanas nos despiertan, y 
		perecemos ahogados.

Versión de Luis Zalamea
4.

La

tierra baldía

                                                
		A Ezra Pound il miglior fabbro.
5.

1. El entierro de los muertos

Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, 
		mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias 
		primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra 
		con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos 
		secos.
Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbersee

		con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el 
		sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante 
		una hora.

		                
		Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, 
                
		echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa 
		del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. 
		Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos 
		lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi 
		toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

		
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos 
		pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni 
		adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol 
		bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la 
		piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja

		(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré 
		algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu 
		sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en 
		un puñado de polvo.

		
                     
		Frisch weht der Wind
                    
		Der Heimat zu
                    
		Mein Irisch Kind,
                    
		Wo weilest du?

		
"Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la 
		muchacha de los jacintos".
-Pero cuando regresamos, tarde, del jardín 
		de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, 
		no pude 
		
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no 
		sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.

		                     
      	
                            
		Oed'und leer das Meer.

Madame Sosostris, famosa pitonisa,

		tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más 
		sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí -dijo ella-

		está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron 
		sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,

		la dama de las peripecias.
Aquí está ell hombre de los tres bastos, y 
		aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en 
		blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No 
		encuentro
el Ahorcado.Temed la muerte por agua.
Veo una 
		muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora 
		Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene 
		que andar con cuidado en estos días!

		
Ciudad irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una 
		muchedumbre fluía sobre el puente de Londres, ¡eran tantos!
Nunca 
		hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos 
		y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus 
		pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo,
hacia 
		donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al 
		final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve 
		gritando: ¡Stetson!
¡tú que estuviste contigo en los barcos de Mylae!

		¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado 
		a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita 
		escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,

		pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú, 
		hypocrite lecteur! -mon semblable -mon frère!"


		

		* * * * *
6.

2. Una partida de ajedrez

La silla en que estaba sentada, como un bruñido trono,
se 
		reflejaba en el mármol, donde el espejo
de soportes labrados con 
		pámpanos y racimos
entre los cuales un Cupido dorado se asomaba

		(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)
copiaba las llamas de los 
		candelabros de siete brazos
que arrojaban su luz sobre la mesa 
		mientras
el brillo de sus joyas, desbordando profusamente
de los 
		estuches de raso, subió a su encuentro.
En redomas de marfil y 
		cristal policromo,
destapadas, acechaban sus raros perfumes 
		sintéticos,
ungüentos, en polvo o líquidos -turbando, confundiendo

		y ahogando los sentidos en olor; agitados por el aire 
		
fresco que soplaba de la ventana, ascendían,
alimentando las 
		alargadas llamas de las velas,
proyectando sus humos sobre los 
		laquearios, 
		
animando los diseños del artesonado techo.
Enormes leños 
		arrojados por el mar, patinados de cobre, 
		
ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,
y 
		en su luz mortecina nadaba un delfín tallado. 
		
Sobre la repisa de la chimenea -ventana abierta 
a una escena 
		silvestre- estaba representada
la Metamorfosis de Filomela, tan 
		rudamente forzada
por el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñor

		llenaba todo el desierto con inviolable voz
y todavía ella lloraba, y 
		aún el mundo persigue
"Tiu Tiu" a oídos sucios.
Y otros tocones 
		marchitos de tiempo 
		
se alzaban en los muros, donde figuras de ojo abiertos
se 
		inclinaban, imponiendo silencio a la estancia. 
		
Se oyeron pasos en a escalera. 
Al resplandor del fuego, bajo el 
		cepillo, sus cabellos
se cruzaron en puntos ígneos, 
		
brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente. 

"Estoy 
		nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué 
		nunca hablas? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé 
		en qué piensas: Piensas."

		
Creo que nos hallamos en la calleja de las ratas 
donde los 
		muertos perdieron sus huesos.

		

		"¿Qué ruido es ese?"
                      
		El viento bajo la puerta. 
		
"¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?"
Nada, como 
		siempre. Nada. 
		
                                                                   
		"¿No
sabes nada? ¿No ves nada? ¿No
te acuerdas
de nada?"

		

		Recuerdo
que esas perlas fueron sus ojos. 
		
¿Estás viva o no ? ¿No hay nada en tu cabeza?
                                                                      
		Pero
O O O O ese aire Shakespeareriano:
es tan elegante
tan 
		inteligente.

		
¿Qué haré ahora ? ¿Qué haré?
¿Salir tal como estoy y andar por la 
		calle
así sin peinar? ¿Qué haremos mañana?
¿Qué haremos siempre?'
                                
		Agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.

		Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando nuestros ojos sin 
		párpados, esperando que llamen a la puerta.

Cuando licenciaron al 
		marido de Lil, yo dije 
		
y no pesé mis palabras, lo dije sin ambages,
DENSE PRISA POR 
		FAVOR YA ES HORA
Ahora Alberto va a regresar, procura lucir mejor.

		Él querrá saber qué hiciste con el dinero que te dio
para arreglarte 
		los dientes. Te lo dio, yo estaba allí:
que te los extraigan todos, 
		Lil, y que te pongan una buena dentadura,
dijo él , juro que no puedo 
		soportar mirarte.
Y yo tampoco, dije yo; piensa en el pobre Alberto,

		que ha estado en el ejército durante cuatro años, quiere divertirse, 
		
y si no lo hace contigo, ya encontrara otras, dije yo.
Entonces 
		ya sé a quién agradecérselo, dijo ella, mirándome fijamente.
DENSE 
		PRISA POR FAVOR YA ES HORA 
		
Si esto no te gusta, lo mismo da, dije yo. 
Otras se aprovecharán 
		si tú no puedes.
Pero si Alberto se marcha, no podrás decir que no te 
		han avisado.
Deberías avergonzarte, dije, de parecer tan vieja
(y 
		no tiene más que treinta y un años)
no es culpa mía, dijo, poniendo 
		cara triste.
Son esas píldoras que tomé para abortar, dijo.
(Ha 
		tenido cinco ya, y casi se muere en el parto de Jorge.)
El boticario 
		me dijo que no sería nada, pero nunca he vuelto a ser la misma.
Eres 
		una tonta de capirote, dije yo.
Bueno, si Alberto no te suelta, no 
		puedes quejarte, dije.
Por qué te casaste si no te gustan los niños?

		
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Bueno, aquel domingo Alberto 
		estaba en casa, tenían jamón, 
		
me invitaron a cenar para que saboreara el jamón caliente.
DENSE 
		PRISA POR FAVOR YA ES HORA
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Buenas 
		noches, Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches,
May. Buenas noches.

		Adiós, adiós. Buenas noches. Buenas noches. 
		
Buenas noches, señoras, buenas noches, adorables señoras,
buenas 
		noches, buenas noches.


		

		* * * * *
7.

3. El sermón del fuego

El dosel del río se ha roto: los últimos dedos de las hojas
se 
		aferran y se sumen en la húmeda ribera. El viento
cruza, 
		silenciosamente, la tierra parda. Las ninfas se han
marchado.

		Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine 
mi canción. 
		
El río no arrastra botellas vacías, papeles de sandwiches, 

		pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas
y otros testimonios de 
		noches de estío. Las ninfas se han marchado.
Y sus amigos, los 
		indolentes herederos de los potentados-
se han marchado sin dejar sus 
		direcciones.
A orillas del Leman me senté a llorar...
Dulce 
		Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi canción.

		Dulce Támesis, discurre plácidamente, pues no hablaré alto ni extenso.

		Pero detrás de mí, en una fría ráfaga, oigo

		matraqueos de huesos y risas descarnadas.

		

		Un ratón se deslizó blandamente entre los hierbajos

		arrastrando su viscoso vientre por la orilla

		mientras yo pescaba en el sombrío canal

		en una tarde de invierno detrás del gasómetro

		meditando sobre el naufragio de mi hermano rey

		y sobre la muerte anterior de mi padre rey.

		Cuerpos blancos, cuerpos desnudos sobre la baja tierra húmeda

		y huesos arrojados en una guardilla baja y seca,

		rozados sólo por la pata del ratón, año tras año.

		Pero a mi espalda de vez en cuando oigo

		un estrépito de bocinas y motores, que llevarán

		a Sweeney en la primavera a casa de la señora Porter

		oh, la luna brillaba sobre la señora Porter

		y sobre su hija

		ambas se lavan los pies con agua gaseosa

		et O ces voix d'enfants, chantant dans la coupole!

		

		Tuit tuit tuit

		yag yag yag yag yag yag

		tan rudamente forzada

		Tereo.

		

		Ciudad Irreal

		bajo la parda niebla de un mediodía de invierno

		el señor Eugenides, comerciante de Esmirna

		sin afeitar, con un bolsillo lleno de pasas

		C.i.f. Londres: documentos a la vista,

		me invitó en francés demótico

		a almorzar en el Hotel Cannon Street

		y luego a pasar el fin de semana en el Metropole.

		

		A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda

		se alzan del escritorio, cuando el motor humano espera

		como un taxímetro espera palpitando,

		yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,

		viejo con arrugados senos de mujer, puedo ver

		a la hora violeta, esa hora del atardecer que nos empuja

		hacia el hogar y envía del mar a casa al marinero,

		la mecanógrafa, ya en casa a la hora del té, levanta la

		mesa del desayuno, enciende

		su estufa y prepara su comida de conservas.

		Colgadas fuera de la ventana están puestas a secar

		sus combinaciones acariciadas por los postreros rayos del sol,

		sobre el diván (que por la noche le sirve de cama)

		hay apilados medias, zapatillas, camisas y sostenes.

		Yo, Tiresias, un viejo de tetas arrugadas

		vi la escena, y predije el resto-

		yo también esperaba al huésped previsto.

		Él, un joven carbuncular, llega,

		es un empleadillo cualquiera, de mirada atrevida,

		uno de esos sujetos cuyo empaque le sienta

		como una chistera sobre un millionario de Bradford.

		El momento es propicio, como él esperaba,

		La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,

		él trata de excitarla con caricias

		que aun cuando son irreprochables, no son deseadas.

		Sonrojado y decidido, él empieza el asalto;

		sus manos exploradoras no encuentran resistencia;

		su vanidad no necesita respuesta,

		y hasta acoge bien su indiferencia.

		(Y yo, Tiresias, preví, sufriendo,

		todo lo que ocurrió en este mismo diván o cama;

		yo, que estuve sentado bajo los muros de Tebas

		y anduve por el infierno de los muertos.)

		Él le otorga un final beso protector,

		y baja a tientas por la oscura escalera...

		

		Ella se vuelve y se mira un momento en el espejo,

		sin advertir que su amante ya no está;

		su cerebro formula un vago pensamiento:

		«Bueno, el asunto terminó ya, y me alegro que así sea».

		Cuando una mujer adorable comete tales locuras

		y luego vuelve a pasearse sola por su cuarto,

		se alisa el pelo con mano automática

		y pone un disco en el gramófono.

		

		«Esta música se deslizó junto a mí sobre las olas»

		y a lo largo del Strand, calle Reina Victoria arriba

		oh Ciudad Ciudad, a veces puedo escuchar

		cerca de un bar de la calle Lower Thames,

		el agradable lamento de una mandolina

		y la bulla y la charla que sale del interior

		donde los vendedores de pescado huelgan al mediodía:

		donde los muros

		de Magnus Mártir conservan

		un inefable esplendor de jónica blancura y oro.

		

          El río suda

          aceite y brea

          las barcazas derivan

          con la cambiante marea

          velas rojas

          anchas

          a sotavento, oscilan en 
		los mástiles

          las barcazas hunden

          leños flotantes

          al sur de Greenwich

          más allá de la Isla de 
		los Perros

                           
		Weialala leia

                            
		Wallala leialala

		

		

		Elizabeth y Leicester

		remando

		la proa era

		un casco dorado

		rojo y oro

		rizó ambas orillas

		el viento del sudoeste

		cargó agua abajo

		el son de las campanas

		torres blancas

                     
		Weialala leia

                      
		Wallala leialala.

		

		«Tranvías y polvorientos árboles.

		Highbury me hizo. Richmond y Kew

		me deshicieron. Cerca de Richmond levanté las rodillas

		acostada en el fondo de una angosta canoa.»

		

		«Mis pies están en Moorgate y mi corazón

		bajo mis pies. Después de lo ocurrido

		él lloró. Me prometió "empezar de nuevo"

		No contesté nada. ¿Para qué guardarle rencor?»

		

		«En la playa de Margate

		no puedo relacionar

		nada con nada.

		Las uñas rotas de manos sucias.

		Mi gente, humilde gente que no espera

		nada.»

              
		la   la.

		

		Y entonces me marché a Cartago

		

		Quemando quemando quemando quemando

		

		Oh, Señor, Tú me arrancas

		Oh, Señor, Tú arrancas

		quemando.


		

		* * * * * *
8.

Iv.

4. Muerte por agua

		

		Flebas, el Fenicio, que murió hace quince días,

		olvidó el chillido de las gaviotas y el hondo mar henchido

		y las ganancias y las pérdidas.

                               
		Una corriente submarina

		recogió sus huesos susurrando. Cayendo y levantándose

		remontó hasta los días de su juventud

		y entró en el remolino.

                               
		Pagano o judío

		oh, tú, que das vuelta al timón y miras a barlovento,

		piensa en Flebas, que otrora fue bello y tan alto como tú.


		

		* * * * * *
9.

V.

5. Lo que dijo el trueno

		

		Después de la roja luz de las antorchas sobre rostros sudorosos,

		después del gélido silencio en los jardines

		después de la agonía en lugares pétreos

		y el griterío y el lloro

		y prisión y palacio y reverberación

		de trueno primaveral sobre lejanos montes

		aquel que estaba vivo ahora está muerto

		nosotros que vivíamos ahora estamos muriendo

		con un poco de paciencia.

		

		Aquí no hay agua, sólo roca,

		roca y no agua, el camino arenoso

		el camino serpentea entre las montañas

		que son montañas rocosas sin agua

		si hubiese agua nos detendríamos a beber

		entre las rocas uno no puede detenerse y pensar

		el sudor es seco y los pies se hunden en la arena

		si por lo menos hubiera agua entre las rocas

		muerta montaña boca de dientes cariados que no puede escupir

		aquí no puede uno ni pararse ni acostarse ni sentarse

		ni siquiera hay silencio en las montañas

		sino el seco trueno estéril sin lluvia

		ni siquiera hay soledad en las montañas

		sino adustos rostros rojos que escarnecen y rezongan

		en los umbrales de casas de fango hendido.

                                                                      
		Si hubiese agua

		

		y no rocas

		si hubiese rocas

		y también agua

		y agua

		un manantial

		una hoya entre las rocas

		si sólo se oyera rumor de agua

		no la cigarra

		ni la hierba seca cantando

		sino rumor de agua sobre una roca

		allí donde el zorzal canta entre los pinos

		drip drop drip drop drop drop drop

		pero no hay agua

		

		¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado?

		cuando cuento, sólo somos dos, tú y yo, juntos

		pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino

		siempre hay otro que marcha a tu lado

		deslizándose envuelto en una capa parda, encapuchado

		no sé si es un hombre o una mujer

		-¿pero quién es ése que va a tu lado?

		

		Qué sonido es ése que se oye en la altura

		murmullo de lamento maternal

		qué hordas encapuchadas son ésas que hormiguean

		Por las llanuras infinitas, tropezando en las grietas

		de una tierra limitada por el raso horizonte

		qué ciudad es ésa sobre las montañas

		chasquidos y reformas y llamas en el aire violeta

		torres que se derrumban

		Jerusalén Atenas Alejandría

		Viena Londres

		irreales.

		

		Una mujer se soltó la larga cabellera negra

		y suscitó una susurrante música con esas cuerdas

		y murciélagos de rostros infantiles silbaban

		en la luz violeta, y batían sus alas

		y con cabeza hacia abajo se deslizaron por el negro muro

		y de volteadas torres en el aire

		caía un redoblar de campanas reminiscentes, que daban la hora

		y se oían cantos dentro de cisternas vacías y agotados pozos.

		

		En esta arruinada cavidad en medio de las montañas

		bajo la mortecina claridad de la luna la hierba canta

		sobre las desplomadas tumbas alrededor de la capilla

		allí esta la desierta capilla donde sólo habita el viento.

		No tiene ventanas y la puerta se balancea,

		los huesos secos a nadie pueden dañar.

		Sólo un gallo se alzaba en la cumbrera

		co co rico co co rico

		a la claridad de un relámpago. Luego vino una racha húmeda

		trayendo lluvia.

		

		Ganga estaba hundido y las hojas frágiles

		esperaban la lluvia, mientras las negras nubes

		se amontonaban a lo lejos, sobre el Himavant.

		La selva se agachó, se encorvó en silencio.

		Entonces habló el trueno

		DA

		Datta: ¿qué hemos dado?

		Amigo mío, la sangre que sacude mi corazón

		la espantosa audacia de un momento de debilidad

		que un siglo de prudencia no puede borrar

		por eso y eso sólo es por lo que hemos existido

		y ello no se hallará registrado en nuestros obituarios

		ni en los recuerdos que cubre la benéfica araña

		ni bajo los sellos que rompe el flaco notario

		en nuestros vacíos aposentos

		DA

		Dayadhwam: he oído la llave

		voltear en la cerradura una vez y sólo una vez

		pensamos en la llave, cada cual en su prisión

		pensando en la llave, cada cual confirma una prisión

		pero al anochecer, etéreos rumores

		reaniman por un momento a un Coriolano roto

		DA

		Damyata: el barco obedeció

		alegremente a la mano hábil para la vela y el remo

		el mar estaba tranquilo, tu corazón podía haber respondido

		alegremente a la invitación, palpitando obediente

		a las diestras manos.

		

                                                                     
		Me senté en la orilla

		a pescar, con la árida llanura a mi espalda

		¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?

		El Puente de Londres está cayendo cayendo cayendo

		Poi s'ascose nel foco che gli affina

		Quando fiam uti chelidon -Oh, golondrina, golondrina

		Le Prince d'Aquitaine à la tour abolie

		Estos fragmentos han sostenido mis ruinas

		Why then Ile fit you. Hieronymo's mad againe.

		Datta. Dayadhwam. Damyata.

             Shantih 
		shantih shantih.

		

		Versión de Agustí Bartra

Versos y pensamientos de Thomas Stearns Eliot

4 citas
« Conversación galante / Yo observo: «¡Nuestra amiga sentimental, la luna! »
Thomas Stearns Eliot · Conversaciã“n
« primer coro de la roca / Se cierne el águila en la cumbre del cielo, »
Thomas Stearns Eliot · El
« Vamos, tú y yo, / a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo »
Thomas Stearns Eliot · La canción de amor de J. Alfred Prufrock
« tierra baldía / A Ezra Pound il miglior fabbro. »
Thomas Stearns Eliot · La
Biblioteca poética

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