« Conversación galante / Yo observo: «¡Nuestra amiga sentimental, la luna! »
Thomas Stearns Eliot
Thomas Stearns Eliot es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus prim...
Vida
Thomas Stearns Eliot es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Thomas Stearns Eliot
1.
Conversaciãn
Conversaciãn
Conversación galante
Yo observo: «¡Nuestra amiga sentimental, la luna!
O quizás (es
fantástico, confieso)
puede ser el globo del Preste Juan
o una
vieja y abollada linterna colgada en lo alto
para alumbrar a los
pobres viajeros en su angustia».
Y ella entonces: «¡Cómo divagas!»
Y yo entonces: «Alguien urde en
las teclas
ese exquisito nocturno, con el cual explicamos
la noche y el
claro de luna; música que agarramos
para materializar nuestra propia
vacuidad».
Y ella entonces: «¿Te refieres a mí?»
«Oh no, soy yo quien soy inane».
«Tú, señora, eres la eterna
humorista,
la eterna enemiga de lo absoluto,
¡dando a nuestro vago
humor el más leve giro!,
con tu aire indiferente e imperioso
para
refutar de un golpe nuestra loca poética».
Y «¿Pero es que hablamos tan en serio?»
Versión de Jaime
Tello
2.
El
El
primer coro de la roca Se cierne el águila en la cumbre del cielo, el cazador y la jauría cumplen su círculo. ¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas! ¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas! ¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento! El infinito ciclo de las ideas y de los actos, infinita invención, experimento infinito, trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud; conocimiento del habla, pero no del silencio; conocimiento de las palabras e ignorancia de la palabra. Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia, toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte, pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios. ¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir? ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información? Los ciclos celestiales en veinte siglos nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo. Versión de Jorge Luis Borges
3.
La canción de amor de J. Alfred
Prufrock
La canción de amor de J. Alfred Prufrock
Vamos, tú y yo,
a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo
cual un paciente adormecido sobre la mesa por el éter:
vamos a través
de ciertas calles semisolitarias,
refugios bulliciosos
de noches
de desvelo en hoteluchos para pernoctar
y de mesones con el piso
cubierto de aserrín y conchas de ostra,
calles que acechan cual
debate tedioso
de intención insidiosa
que desemboca en un
interrogante abrumador...
Ay, no preguntes: «¿De qué me hablas?»
Vamos más bien a realizar nuestra visita.
En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Ángel están
hablando.
La neblina amarilla que se rasca la espalda sobre las ventanas,
el humo amarillo que frota el hocico sobre las ventanas,
lamió con su
lengua las esquinas del ocaso,
se deslizó por la terraza, pegó un
salto repentino,
y viendo que era una tarde lánguida de octubre,
dio una vuelta a la casa y se acostó a dormir.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para el humo amarillo que se
arrastra por las calles
rascándose sobre las ventanas.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preparar un rostro que afronte
los rostros que enfrentamos.
Ya habrá tiempo para matar, para crear,
y tiempo para todas las obras y los días de nuestras manos
que elevan las preguntas y las dejan caer sobre tu plato;
tiempo
para ti y tiempo para mí,
tiempo bastante aun para mil indecisiones,
y para mil visiones y otras tantas revisiones,
antes de la hora de
compartir el pan tostado y el té.
En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Ángel están
hablando.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preguntarnos: ¿Me atreveré yo
acaso? ¿Me atreveré?
Tiempo para dar la vuelta y bajar por la escalera
con una
coronilla calva en medio de mi cabellera.
Ellos dirán: «¡Ay, cómo el
pelo se le está cayendo!»
Mi sacoleva, el cuello que apoya firmemente
mi barbilla,
mi corbata, opulenta aunque modesta y bien asegurada
por un sencillo prendedor.
Ellos dirán: «¡Ay, cuán flacos tiene
los brazos y las piernas!
¿Me aventuro yo acaso a perturbar el
universo?
En un minuto hay tiempo suficiente
para decisiones y revisiones
que un minuto rectifica.
Pues ya los he conocido, conocido a todos:
conocido las tardes,
las mañanas, los ocasos;
he medido mi vida con cucharitas de café,
conozco aquellas voces que fallecen en un salto mortal
bajo la música
que llega desde el rincón lejano del salón
Entonces, ¿cómo he de
presumir?
Pues he conocido ya los ojos, conocido a todos,
los ojos que nos
sellan en una mirada formulada
estando yo ya formulado, en un alfiler
esparrancado;
bien clavado retorciéndome sobre la pared.
¿Cómo
comenzar entonces
a escupir las colillas de mis costumbres y mis
días?
Entonces, ¿cómo he de presumir?
Pues he conocido ya los
brazos, conocido a todos,
brazos de pulseras adornados, níveos y
desnudos
(mas al fulgor de la lámpara cubiertos de leve vello de
oro).
¿Será el perfume de un vestido
lo que me hace divagar así?
Brazos sobre una mesa reclinados o envueltos en los
pliegues de un mantón.
Entonces ¿habré de presumir?
¿Y cómo he
de comenzar acaso?
Diré tal vez: he paseado por callejuelas al ocaso
y he visto el
humo que sube de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa,
sobre las
ventanas reclinados.
Hubiera preferido ser un par de recias
tenazas
que corren en el silencio de oceánicas terrazas.
¡Y la
tarde, la incipiente noche, duerme sosegadamente!
Acariciada por unos
dedos largos,
dormida, exhausta... o haciéndose la enferma
sobre
el suelo extendida, junto a ti, junto a mí.
¿Tendré fuerza bastante
después del té y los helados y las tortas,
para forzar la culminación
de nuestro instante?
Aunque he gemido y he ayunado, he gemido y he
rezado,
aunque he visto mi cabeza (algo ya calva) portada en una
fuente,
yo no soy un profeta -y ello en realidad no importa
demasiado-
he visto mi grandeza titubear en un instante,
he
presenciado al Lacayo Eterno, con mi abrigo en sus
manos, reírse con desprecio,
y al fin de cuentas, sentí miedo.
Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
después de las tazas, la
mermelada, el té,
entre las porcelanas, en medio de nuestra charla
baladí,
hubiera valido la pena
morder con sonrisas la materia,
enrollar en una bola al universo
para arrojarla hacia algún
interrogante abrumador.
Poder decir: «Soy Lázaro que regresa de la
muerte
para os revelarlo todo, y así lo voy a hacer»...
Y si al
poner en una almohada la cabeza, una dijera:
«No. No fue esto lo que
quise decir.
No lo fue. De ninguna manera».
Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
sí hubiera valido la
pena,
después de los ocasos, las zaguanes, las callejuelas
salpicadas,
después de las novelas, de las tazas de té y de las
faldas
por los pisos arrastradas.
¿Después de todo esto y algo más?
Me es
imposible decir justamente lo que siento.
Mas cual linterna mágica
que proyecta diseños de nervios
sobre la pantalla,
hubiera valido la pena, si al colocar un almohadón
o
arrancar una bufanda,
volviendo la mirada a la ventana, una hubiese
confesado:
«No. No fue esto lo que quise decir.
No lo fue. De
ninguna manera».
No. No soy el príncipe Hamlet. Ni he debido serlo;
más bien uno
de sus cortesanos acudientes, alguien capaz
de integrar un cortejo,
dar comienzo a un par de escenas,
asesorar al príncipe; en síntesis,
fácil instrumento,
deferente, presto siempre a servir,
político,
cauto y asaz meticuloso.
A veces, en realidad, casi ridículo.
A
veces tonto de capirote.
Me vence la vejez. Me vence la vejez.
Luciré el pantalón con la
manga al revés.
¿Me peinaré hacia atrás? ¿Me arriesgo a comer melocotones?
Me
pondré pantalones de franela blanca
y me iré a pasear a lo largo de
la playa.
He oído allí cómo entre ellas se cantan las sirenas.
Mas no creo
que me vayan a cantar a mí.
Las he visto nadando mar adentro sobre
las crestas de la marejada,
peinando las cabelleras níveas que va
formando el oleaje
cuando de blanco y negro el viento encrespa el
océano.
Nos hemos demorado
demasiado en las cámaras del mar,
junto a ondinas adornadas con
algaseojas y castañas,
hasta que voces humanas nos despiertan, y
perecemos ahogados.
Versión de Luis Zalamea
4.
La
La
tierra baldía
A Ezra Pound il miglior fabbro.
5.
1. El entierro de los muertos
1. El entierro de los muertos
Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta,
mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias
primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra
con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos
secos.
Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el
sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante
una hora.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen,
echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa
del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo.
Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos
lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi
toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos
pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni
adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol
bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la
piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré
algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu
sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en
un puñado de polvo.
Frisch weht der Wind
Der Heimat zu
Mein Irisch Kind,
Wo weilest du?
"Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la
muchacha de los jacintos".
-Pero cuando regresamos, tarde, del jardín
de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo,
no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no
sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.
Oed'und leer das Meer.
Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más
sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí -dijo ella-
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron
sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está ell hombre de los tres bastos, y
aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en
blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No
encuentro
el Ahorcado.Temed la muerte por agua.
Veo una
muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora
Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene
que andar con cuidado en estos días!
Ciudad irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una
muchedumbre fluía sobre el puente de Londres, ¡eran tantos!
Nunca
hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos
y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus
pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo,
hacia
donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al
final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve
gritando: ¡Stetson!
¡tú que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado
a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita
escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú,
hypocrite lecteur! -mon semblable -mon frère!"
* * * * *
6.
2. Una partida de ajedrez
2. Una partida de ajedrez
La silla en que estaba sentada, como un bruñido trono,
se
reflejaba en el mármol, donde el espejo
de soportes labrados con
pámpanos y racimos
entre los cuales un Cupido dorado se asomaba
(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)
copiaba las llamas de los
candelabros de siete brazos
que arrojaban su luz sobre la mesa
mientras
el brillo de sus joyas, desbordando profusamente
de los
estuches de raso, subió a su encuentro.
En redomas de marfil y
cristal policromo,
destapadas, acechaban sus raros perfumes
sintéticos,
ungüentos, en polvo o líquidos -turbando, confundiendo
y ahogando los sentidos en olor; agitados por el aire
fresco que soplaba de la ventana, ascendían,
alimentando las
alargadas llamas de las velas,
proyectando sus humos sobre los
laquearios,
animando los diseños del artesonado techo.
Enormes leños
arrojados por el mar, patinados de cobre,
ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,
y
en su luz mortecina nadaba un delfín tallado.
Sobre la repisa de la chimenea -ventana abierta
a una escena
silvestre- estaba representada
la Metamorfosis de Filomela, tan
rudamente forzada
por el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñor
llenaba todo el desierto con inviolable voz
y todavía ella lloraba, y
aún el mundo persigue
"Tiu Tiu" a oídos sucios.
Y otros tocones
marchitos de tiempo
se alzaban en los muros, donde figuras de ojo abiertos
se
inclinaban, imponiendo silencio a la estancia.
Se oyeron pasos en a escalera.
Al resplandor del fuego, bajo el
cepillo, sus cabellos
se cruzaron en puntos ígneos,
brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente.
"Estoy
nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué
nunca hablas? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé
en qué piensas: Piensas."
Creo que nos hallamos en la calleja de las ratas
donde los
muertos perdieron sus huesos.
"¿Qué ruido es ese?"
El viento bajo la puerta.
"¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?"
Nada, como
siempre. Nada.
"¿No
sabes nada? ¿No ves nada? ¿No
te acuerdas
de nada?"
Recuerdo
que esas perlas fueron sus ojos.
¿Estás viva o no ? ¿No hay nada en tu cabeza?
Pero
O O O O ese aire Shakespeareriano:
es tan elegante
tan
inteligente.
¿Qué haré ahora ? ¿Qué haré?
¿Salir tal como estoy y andar por la
calle
así sin peinar? ¿Qué haremos mañana?
¿Qué haremos siempre?'
Agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando nuestros ojos sin
párpados, esperando que llamen a la puerta.
Cuando licenciaron al
marido de Lil, yo dije
y no pesé mis palabras, lo dije sin ambages,
DENSE PRISA POR
FAVOR YA ES HORA
Ahora Alberto va a regresar, procura lucir mejor.
Él querrá saber qué hiciste con el dinero que te dio
para arreglarte
los dientes. Te lo dio, yo estaba allí:
que te los extraigan todos,
Lil, y que te pongan una buena dentadura,
dijo él , juro que no puedo
soportar mirarte.
Y yo tampoco, dije yo; piensa en el pobre Alberto,
que ha estado en el ejército durante cuatro años, quiere divertirse,
y si no lo hace contigo, ya encontrara otras, dije yo.
Entonces
ya sé a quién agradecérselo, dijo ella, mirándome fijamente.
DENSE
PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Si esto no te gusta, lo mismo da, dije yo.
Otras se aprovecharán
si tú no puedes.
Pero si Alberto se marcha, no podrás decir que no te
han avisado.
Deberías avergonzarte, dije, de parecer tan vieja
(y
no tiene más que treinta y un años)
no es culpa mía, dijo, poniendo
cara triste.
Son esas píldoras que tomé para abortar, dijo.
(Ha
tenido cinco ya, y casi se muere en el parto de Jorge.)
El boticario
me dijo que no sería nada, pero nunca he vuelto a ser la misma.
Eres
una tonta de capirote, dije yo.
Bueno, si Alberto no te suelta, no
puedes quejarte, dije.
Por qué te casaste si no te gustan los niños?
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Bueno, aquel domingo Alberto
estaba en casa, tenían jamón,
me invitaron a cenar para que saboreara el jamón caliente.
DENSE
PRISA POR FAVOR YA ES HORA
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Buenas
noches, Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches,
May. Buenas noches.
Adiós, adiós. Buenas noches. Buenas noches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, adorables señoras,
buenas
noches, buenas noches.
* * * * *
7.
3. El sermón del fuego
3. El sermón del fuego
El dosel del río se ha roto: los últimos dedos de las hojas
se
aferran y se sumen en la húmeda ribera. El viento
cruza,
silenciosamente, la tierra parda. Las ninfas se han
marchado.
Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine
mi canción.
El río no arrastra botellas vacías, papeles de sandwiches,
pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas
y otros testimonios de
noches de estío. Las ninfas se han marchado.
Y sus amigos, los
indolentes herederos de los potentados-
se han marchado sin dejar sus
direcciones.
A orillas del Leman me senté a llorar...
Dulce
Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi canción.
Dulce Támesis, discurre plácidamente, pues no hablaré alto ni extenso.
Pero detrás de mí, en una fría ráfaga, oigo
matraqueos de huesos y risas descarnadas.
Un ratón se deslizó blandamente entre los hierbajos
arrastrando su viscoso vientre por la orilla
mientras yo pescaba en el sombrío canal
en una tarde de invierno detrás del gasómetro
meditando sobre el naufragio de mi hermano rey
y sobre la muerte anterior de mi padre rey.
Cuerpos blancos, cuerpos desnudos sobre la baja tierra húmeda
y huesos arrojados en una guardilla baja y seca,
rozados sólo por la pata del ratón, año tras año.
Pero a mi espalda de vez en cuando oigo
un estrépito de bocinas y motores, que llevarán
a Sweeney en la primavera a casa de la señora Porter
oh, la luna brillaba sobre la señora Porter
y sobre su hija
ambas se lavan los pies con agua gaseosa
et O ces voix d'enfants, chantant dans la coupole!
Tuit tuit tuit
yag yag yag yag yag yag
tan rudamente forzada
Tereo.
Ciudad Irreal
bajo la parda niebla de un mediodía de invierno
el señor Eugenides, comerciante de Esmirna
sin afeitar, con un bolsillo lleno de pasas
C.i.f. Londres: documentos a la vista,
me invitó en francés demótico
a almorzar en el Hotel Cannon Street
y luego a pasar el fin de semana en el Metropole.
A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
se alzan del escritorio, cuando el motor humano espera
como un taxímetro espera palpitando,
yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
viejo con arrugados senos de mujer, puedo ver
a la hora violeta, esa hora del atardecer que nos empuja
hacia el hogar y envía del mar a casa al marinero,
la mecanógrafa, ya en casa a la hora del té, levanta la
mesa del desayuno, enciende
su estufa y prepara su comida de conservas.
Colgadas fuera de la ventana están puestas a secar
sus combinaciones acariciadas por los postreros rayos del sol,
sobre el diván (que por la noche le sirve de cama)
hay apilados medias, zapatillas, camisas y sostenes.
Yo, Tiresias, un viejo de tetas arrugadas
vi la escena, y predije el resto-
yo también esperaba al huésped previsto.
Él, un joven carbuncular, llega,
es un empleadillo cualquiera, de mirada atrevida,
uno de esos sujetos cuyo empaque le sienta
como una chistera sobre un millionario de Bradford.
El momento es propicio, como él esperaba,
La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,
él trata de excitarla con caricias
que aun cuando son irreprochables, no son deseadas.
Sonrojado y decidido, él empieza el asalto;
sus manos exploradoras no encuentran resistencia;
su vanidad no necesita respuesta,
y hasta acoge bien su indiferencia.
(Y yo, Tiresias, preví, sufriendo,
todo lo que ocurrió en este mismo diván o cama;
yo, que estuve sentado bajo los muros de Tebas
y anduve por el infierno de los muertos.)
Él le otorga un final beso protector,
y baja a tientas por la oscura escalera...
Ella se vuelve y se mira un momento en el espejo,
sin advertir que su amante ya no está;
su cerebro formula un vago pensamiento:
«Bueno, el asunto terminó ya, y me alegro que así sea».
Cuando una mujer adorable comete tales locuras
y luego vuelve a pasearse sola por su cuarto,
se alisa el pelo con mano automática
y pone un disco en el gramófono.
«Esta música se deslizó junto a mí sobre las olas»
y a lo largo del Strand, calle Reina Victoria arriba
oh Ciudad Ciudad, a veces puedo escuchar
cerca de un bar de la calle Lower Thames,
el agradable lamento de una mandolina
y la bulla y la charla que sale del interior
donde los vendedores de pescado huelgan al mediodía:
donde los muros
de Magnus Mártir conservan
un inefable esplendor de jónica blancura y oro.
El río suda
aceite y brea
las barcazas derivan
con la cambiante marea
velas rojas
anchas
a sotavento, oscilan en
los mástiles
las barcazas hunden
leños flotantes
al sur de Greenwich
más allá de la Isla de
los Perros
Weialala leia
Wallala leialala
Elizabeth y Leicester
remando
la proa era
un casco dorado
rojo y oro
rizó ambas orillas
el viento del sudoeste
cargó agua abajo
el son de las campanas
torres blancas
Weialala leia
Wallala leialala.
«Tranvías y polvorientos árboles.
Highbury me hizo. Richmond y Kew
me deshicieron. Cerca de Richmond levanté las rodillas
acostada en el fondo de una angosta canoa.»
«Mis pies están en Moorgate y mi corazón
bajo mis pies. Después de lo ocurrido
él lloró. Me prometió "empezar de nuevo"
No contesté nada. ¿Para qué guardarle rencor?»
«En la playa de Margate
no puedo relacionar
nada con nada.
Las uñas rotas de manos sucias.
Mi gente, humilde gente que no espera
nada.»
la la.
Y entonces me marché a Cartago
Quemando quemando quemando quemando
Oh, Señor, Tú me arrancas
Oh, Señor, Tú arrancas
quemando.
* * * * * *
8.
Iv.
Iv.
4. Muerte por agua
Flebas, el Fenicio, que murió hace quince días,
olvidó el chillido de las gaviotas y el hondo mar henchido
y las ganancias y las pérdidas.
Una corriente submarina
recogió sus huesos susurrando. Cayendo y levantándose
remontó hasta los días de su juventud
y entró en el remolino.
Pagano o judío
oh, tú, que das vuelta al timón y miras a barlovento,
piensa en Flebas, que otrora fue bello y tan alto como tú.
* * * * * *
9.
V.
V.
5. Lo que dijo el trueno
Después de la roja luz de las antorchas sobre rostros sudorosos,
después del gélido silencio en los jardines
después de la agonía en lugares pétreos
y el griterío y el lloro
y prisión y palacio y reverberación
de trueno primaveral sobre lejanos montes
aquel que estaba vivo ahora está muerto
nosotros que vivíamos ahora estamos muriendo
con un poco de paciencia.
Aquí no hay agua, sólo roca,
roca y no agua, el camino arenoso
el camino serpentea entre las montañas
que son montañas rocosas sin agua
si hubiese agua nos detendríamos a beber
entre las rocas uno no puede detenerse y pensar
el sudor es seco y los pies se hunden en la arena
si por lo menos hubiera agua entre las rocas
muerta montaña boca de dientes cariados que no puede escupir
aquí no puede uno ni pararse ni acostarse ni sentarse
ni siquiera hay silencio en las montañas
sino el seco trueno estéril sin lluvia
ni siquiera hay soledad en las montañas
sino adustos rostros rojos que escarnecen y rezongan
en los umbrales de casas de fango hendido.
Si hubiese agua
y no rocas
si hubiese rocas
y también agua
y agua
un manantial
una hoya entre las rocas
si sólo se oyera rumor de agua
no la cigarra
ni la hierba seca cantando
sino rumor de agua sobre una roca
allí donde el zorzal canta entre los pinos
drip drop drip drop drop drop drop
pero no hay agua
¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado?
cuando cuento, sólo somos dos, tú y yo, juntos
pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino
siempre hay otro que marcha a tu lado
deslizándose envuelto en una capa parda, encapuchado
no sé si es un hombre o una mujer
-¿pero quién es ése que va a tu lado?
Qué sonido es ése que se oye en la altura
murmullo de lamento maternal
qué hordas encapuchadas son ésas que hormiguean
Por las llanuras infinitas, tropezando en las grietas
de una tierra limitada por el raso horizonte
qué ciudad es ésa sobre las montañas
chasquidos y reformas y llamas en el aire violeta
torres que se derrumban
Jerusalén Atenas Alejandría
Viena Londres
irreales.
Una mujer se soltó la larga cabellera negra
y suscitó una susurrante música con esas cuerdas
y murciélagos de rostros infantiles silbaban
en la luz violeta, y batían sus alas
y con cabeza hacia abajo se deslizaron por el negro muro
y de volteadas torres en el aire
caía un redoblar de campanas reminiscentes, que daban la hora
y se oían cantos dentro de cisternas vacías y agotados pozos.
En esta arruinada cavidad en medio de las montañas
bajo la mortecina claridad de la luna la hierba canta
sobre las desplomadas tumbas alrededor de la capilla
allí esta la desierta capilla donde sólo habita el viento.
No tiene ventanas y la puerta se balancea,
los huesos secos a nadie pueden dañar.
Sólo un gallo se alzaba en la cumbrera
co co rico co co rico
a la claridad de un relámpago. Luego vino una racha húmeda
trayendo lluvia.
Ganga estaba hundido y las hojas frágiles
esperaban la lluvia, mientras las negras nubes
se amontonaban a lo lejos, sobre el Himavant.
La selva se agachó, se encorvó en silencio.
Entonces habló el trueno
DA
Datta: ¿qué hemos dado?
Amigo mío, la sangre que sacude mi corazón
la espantosa audacia de un momento de debilidad
que un siglo de prudencia no puede borrar
por eso y eso sólo es por lo que hemos existido
y ello no se hallará registrado en nuestros obituarios
ni en los recuerdos que cubre la benéfica araña
ni bajo los sellos que rompe el flaco notario
en nuestros vacíos aposentos
DA
Dayadhwam: he oído la llave
voltear en la cerradura una vez y sólo una vez
pensamos en la llave, cada cual en su prisión
pensando en la llave, cada cual confirma una prisión
pero al anochecer, etéreos rumores
reaniman por un momento a un Coriolano roto
DA
Damyata: el barco obedeció
alegremente a la mano hábil para la vela y el remo
el mar estaba tranquilo, tu corazón podía haber respondido
alegremente a la invitación, palpitando obediente
a las diestras manos.
Me senté en la orilla
a pescar, con la árida llanura a mi espalda
¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?
El Puente de Londres está cayendo cayendo cayendo
Poi s'ascose nel foco che gli affina
Quando fiam uti chelidon -Oh, golondrina, golondrina
Le Prince d'Aquitaine à la tour abolie
Estos fragmentos han sostenido mis ruinas
Why then Ile fit you. Hieronymo's mad againe.
Datta. Dayadhwam. Damyata.
Shantih
shantih shantih.
Versión de Agustí Bartra
Versos y pensamientos de Thomas Stearns Eliot
4 citas« primer coro de la roca / Se cierne el águila en la cumbre del cielo, »
« Vamos, tú y yo, / a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo »
« tierra baldía / A Ezra Pound il miglior fabbro. »
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