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Sylvia Plath
Sylvia Plath es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Sylvia Plath es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Sylvia Plath
1.
Versiones de Jesús
Pardo
Versiones de Jesús Pardo
De "El Coloso" 1960 Versiones de Jesús Pardo
2.
* * * * *
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Canción putesca La blanca helada se acabó, los sueños verdes nada valen, tras un mal día de trabajo llega el momento de la sucia puta: su simple fama llena nuestra calle. Todos los hombres: blancos, rubicundos, negros derivan hacia su forma desmañanada. Fijaos, os pido, en esa boca hecha para bofetadas en ese rostro costuroso sesgado a fuerza de pintarrajos, hondones, marcas, violado por cada hosco año. Ningún hombre se le acerca que sea capaz de concentrar aliento con que corcusir fuego de amor en tan fétida mueca como apuntan mis castísimos ojos saliendo de charco, zanja, trago. * * * * *
3.
Hongos
Hongos
De noche, muy blancos, discretos, muy silenciosos nuestros pies, nuestras narices captan la tierra, el aire. Nadie nos ve, para, traiciona; los granos abren paso, los puños púas apartan y hojas tupidas, incluso alfombras. Mallos, arrietes, sordos y ciegos, del todo mudos, agrandan grietas, sondean huecos. De agua vivimos, de migas de aire, suaves pedimos: o todo o nada. ¡Somos tantísimos! ¡Somos tantísimos! Somos estantes, mesas, muy dóciles y comestibles, entrometidos involuntarios. Somos fecundos: mañana el mundo será ya nuestro: ya os avisamos. * * * * *
4.
Lorelei
Lorelei
No es noche ésta de ahogarse: luna llena, reacio río bajo luz suave, acuosas nieblas bajan tupidas como redes cuyos dueños reposan, traduciéndose en vidrio lúcido mientras flotan las torres del castillo hacia mí hiriendo el rostro del silencio. Ascienden sus miembros poderosos y álgidos, pelo grave más que mármol, y cantan de un mundo más amable que ninguno. Estos cantos, hermanas, sobrepasan al oído gastado que aquí, en el campo, escucha bajo el orden impuesto. La armonía caduca el orden que vosotras sitiáis con vuestras voces. Vivís entre las rocas de oníricas promesas de refugio. De día bajáis de la pereza, de altas ventanas. Peor que vuestro enloquecido canto o mudez. La voz de vuestro fondo llama: embriaguez del abismo. Oh río, veo tu larga y honda línea argentina, esas diosas de paz. Piedra, piedra, me abismas. * * * * *
5.
Metáforas
Metáforas
Adivíname: nueve sílabas tengo, elefante, casa grande, melón con sólo dos tentáculos. ¡Oh fruta, marfil, leño fino! Dinero nuevo en este bolso. Soy medio, escena, vaca grávida. Comí muchas manzanas verdes. Del tren en que voy nadie baja. * * * * *
6.
Solterona
Solterona
Esta chica de quien hablamos en un paseo de abril ceremonioso con su último pretendiente súbitamente se asombró muchísimo del charlar de los pájaros y las hojas caídas. Así, afligida, ella vio que los ademanes de su amante agitaban el aire y se irritó entre el caos de flores y de helechos acres. Juzgó los pétalos confusos, la estación ajada. ¡Cómo deseó el invierno! Austeramente, en orden minucioso de blanco y negro de hielo y roca, todo deslindado, de corazón a fría disciplina sometió, exacto cual copo de nieve. Pero he aquí: un capullo de sus cinco sentidos de gran dama una grosera confusión deduce: traición intolerable. Que el idiota se rinda al caos de la primavera: prefirió retirarse. Y rodeó su casa de alambradas y muros impasables contra el tiempo rebelde tanto que nadie lo rompiera con maldiciones, puños, amenazas, ni con amor tampoco.
7.
Carta
Carta
de amor No es fácil expresar lo que has cambiado. Si ahora estoy viva entonces muerta he estado, aunque, como una piedra, sin saberlo, quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo. No me moviste un ápice, tampoco me dejaste hacia el cielo alzar los ojos en paz, sin esperanza, por supuesto, de asir los astros o el azul con ellos. No fue eso. Dormí: una serpiente como una roca entre las rocas hiende el intervalo del invierno blanco, cual mis vecinos, nunca disfrutando del millón de mejillas cinceladas que a cada instante para fundir se alzan las mías de basalto. Como ángeles que lloran por la gente tonta hacen lágrimas que se congelan. Los muertos tenían yelmos helados. No les creo. Me dormí como un dedo curvo yace. Lo primero que vi fue puro aire y gotas que se alzaban de un rocío límpidas como espíritus. y miro densas y mudas piedras en tomo a mí, sin comprender. Reluzco y me deshojo como mica que a sí misma se escancie, igual que un líquido entre patas de ave, entre tallos de planta. Mas no pienses que me engañaste, eras transparente. Árbol y piedra nítidos, sin sombras. Mi dedo, cual cristal de luz sonora. Yo florecía como rama en marzo: una pierna y un brazo y otro brazo. De piedra a nube iba yo ascendiendo. A una especie de dios ya me asemejo, hiende el aire la veste de mi alma cual pura hoja de hielo. Es una dádiva. * * * * *
8.
Escayola
Escayola
¡Nunca me liberaré de esto! Ahora soy dos personas: ésta, completamente blanca, y la antigua, amarilla, y la blanca es, sin duda, la más importante. No necesita alimentos, es, ciertamente, uno de los santos indudables. Al principio la odiaba, carecía de lógica propia. Se pasaba los días en la cama conmigo, igual que un cadáver, y yo me asustaba, pues su forma era idéntica a la mía, aunque mucho más blanca, e irrompible, y jamás se quejaba. Era tan fría que me tuvo despierta una semana. Yo le echaba la culpa de todo, pero ella jamás respondía. ¡Qué ridícula conducta, yo no la entendía! Pero ella guardaba silencio. La pegaba, pero no se movía, pacifista sincera, y entonces me dije que deseaba mi amor: comenzó a ser más cálida, y vi entonces sus muchas virtudes. Sin mí no existiría, por eso me mostraba cariño. Yo le daba alma, florecía de ella cual rosa florece de un jarrón de porcelana barata, era yo quien brillaba, no ella con su pulcra blancura, como había pensado al principio. Yo entonces la protegía un poco y ella estaba encantada, era claro que su mente de esclava la regía. Yo aceptaba su culto y a ella le encantaba. Matinal, despertábame del sol al reflejo. En su torso sorprendentemente albo lucía su pulcra nitidez, y su calma y su dura paciencia: mimaba mis debilidades como experta enfermera, poniendo mis huesos en su sitio, para que se curasen. Y, así, nuestro vínculo se volvió más firme. Fue dejando de venirme tan justa, empezó a separárseme. Yo notaba sus críticas a pesar de mí misma, como si mis costumbres la ofendiesen de alguna manera. Dejaba pasar las corrientes y volvióse distraída y lejana. Y la piel me escocía y se me iba pedazo a pedazo sólo porque ella me cuidaba con tanto desvío. Vi por fin el misterio: se creía inmortal. Quería dejarme, se pensaba superior a mí en todo. ¡Y yo que la tenía a oscuras, apilando rencores, malgastando sus días al servicio de un semicadáver! En secreto empezó a desearme la muerte. Y entonces podría cubrirme la boca y los ojos, del todo cubrirme, y llevar mi rostro pintado como funda de momia con la faz faraónica, aunque fuera de barro y de agua. Y yo no podía arrojarla de mí, se apoyaba en mí tanto tiempo que me estaba volviendo inmóvil, habiendo olvidado la manera de andar o sentarme, por eso cuidaba yo mucho de nunca ofenderla o jactarme imprudente de mi cierta venganza. Esta convivencia era igual que vivir con mi tumba: yo dependía de ella, aunque muy contra mi voluntad. Solía pensar que podríamos vivir muy bien juntas, tan unidas estábamos que pudieran pensarnos casadas. Pero ahora comprendo que no compatíamos, que ella sería una santa y yo fea e hirsuta, más tarde o temprano tales diferencias caerían inanes, pues yo recobraba mi fuerza y un día podría vivir sin su apoyo y entonces su cáscara huera y muriente lloraría mi ausencia. * * * * *
9.
Espejo
Espejo
Soy de plata y exacto. Sin prejuicios. Y cuanto veo trago sin tardanza tal y como es, intacto de amor u odio. No soy cruel, solamente veraz: ojo cuadrangular de un diosecillo. En la pared opuesta paso el tiempo meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro que es parte de mi corazón. Pero se mueve. Rostros y oscuridad nos separan sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese sobre mí una mujer, busca mi alcance. Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas de la luna. Su espalda veo, fielmente la reflejo. Ella me paga con lágrimas y ademanes. Le importa. Ella va y viene. Su rostro con la noche sustituye las mañanas. Me ahogó niña y vieja * * * * *
Versos y pensamientos de Sylvia Plath
4 citas« Canción putesca / La blanca helada se »
« De noche, muy / blancos, discretos, »
« No es noche ésta de ahogarse: / luna llena, reacio »
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