« Me dolerás todavía muchas / veces. »
Susana March · Amor
Biografía y amplia selección de poemas de Susana March. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Susana March. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Me dolerás todavía muchas veces. Iré apartando sueños y tú estarás al fondo de todos mis paisajes. Tú con tu misterio y tu extraña victoria. Amor, ¿quién te ha dado esa fuerza de pájaro, esa libre arrogancia de mirar las estrellas por encima del hombro? ¿Quién eres que destruyes mi corazón y puedo, sin embargo, existir? ¿Se vive en la muerte? Se vive con el alma en desorden y la carne desmoronándose en el vacío? Nunca te tuve miedo y, sin embargo, ahora te rehuyo porque eres como un dios que me hace daño cada vez que me mira. Abandonaré todo lo que me estorba, todo lo que dificulta la huida y escaparé por la noche adelante, temerosa de ti, temerosa de esta grandeza que intuyo, de este fulgor, de este cielo que palpita en tus manos abiertas. Me dolerás todavía muchas veces y cada vez me extasiaré en mi daño.
Salvar este gran abismo del sexo y luego, todo será sencillo. Yo podré decirte que soy feliz o desdichada, que amo todavía irrealizables cosas. Tú me dirás tus secretos de hombre, tu orfandad ante la vida, tu miserable grandeza. Seremos dos hermanos, dos amigos, dos almas que alientan por una misma causa. Hace tiempo que dejé la coquetería olvidada en el rincón oscuro y polvoriento de mi primera, balbuciente feminidad. ¡Ahora sólo quiero que me des la mano con la fraternal melancolía de todos los seres que padecen el mismo destino! No afiles, porque soy mujer, tu desdén o tu galantería, no me des la limosna de tu caballerosidad insalvable y amarga.
¿Me reconocéis? Hace poco, apenas ayer mismo, yo era una muchacha con una grave voz de adolescente, un cándido amor por la vida, una crédula fe. ¿Me reconocéis? Apenas ayer mismo, yo llevaba un traje de colegiala, un lazo azul celeste sobre el pecho, una cartera de cuero bajo el brazo, me sabía de memoria todos los cuentos de hadas, tenía amigas con calcetines blancos... ¿Me reconocéis? Apenas ayer mismo, yo acunaba a un niño pequeño entre mis brazos, besaba a un hombre por primera vez, obedecía las órdenes de mi madre, dibujaba anagramas en las sábanas de boda. ¿Me reconocéis? Apenas ayer mismo, yo era una mujer joven...
.. Cada vez que levante los ojos beberé toda el agua del cielo. Su agua azul, temblorosa de pájaros, se me irá derramando por dentro. Y allá donde las sombras mezquinas me despierten un mal pensamiento, allá donde se agiten las alas nocturnas y vagas de tristes deseos, formará el claro río una charca de profundo y tersísimo espejo, zodiacales los signos en torno, y la estrella de Sur en el centro. Y si un día me siento agobiada de tener tanto cielo en el pecho me hundiré en una charca clarísima con un rayo de sol en el cuello. Suicida de azules riberas, yaceré sobre un lodo arcangélico. Un reposo de miles de años me estará acariciando los huesos...
"...Mal vestido y triste,
voy caminando por la calle vieja".
A. Machado
Y yo te acompaño. Voy
contigo. Hablamos.
No nos separa nada: ni distancia, ni sexos.
Vamos
del brazo juntos, caminando
como dos compañeros.
A veces te detienes.
Levantas la cabeza.
Miras, sin ver, el cielo.
Y es como una cascada
de luz sobre mis hombros tu silencio.
Sonríes contemplando
la inmensa
soledad del campo abierto,
y dices algo hermoso
sobre el río, los
álamos, el pueblo...
Después de todo, tú no me haces falta. Al fin, ¿quién eres tú? Nervios y sangre, carne que ha de podrirse en el sepulcro; un puñado de polvo solamente. Si he de morir después de haberte amado ¿la muerte me será más llevadera? ¿Qué haré en la tumba con tus dulces besos temblándome en la boca descarnada? ¿Podré seguir soñando? ¿Habrás de darme nueva vida quizá? ¡Eres tan poco! Nada importa que alientes si algún día has de dejar de ser. Hoy eres fuerte. Mañana jugará un niño en el campo con tus huesos antiguos, destruidos. ¿Para qué un alma que no tienes, que no tendrás jamás? ¡No me haces falta! Voy recogiendo pálidas estrellas, hierba estelar con que formar mi tumba. Allá, en las sombras, tú estarás inmóvil. ¡Mas yo me agitaré en las margaritas!
Ayúdame. Estoy ciega. Mi sed me ciega. Cúbreme. Estoy desnuda. Abre las puertas de mi reino. Esclavo mío, asume tu importancia, dame tu ley. Exijo tu fuerza. ¡Ámame! La tierra, el viento, el fuego, el mar con su oleaje.... ¿Qué importa, di, qué importa? Me bebo el Universo en tus labios, amante.
Si tú eres la montaña, yo soy la flor, el aire, la llanura, la fuente limpia y pura, el río que te baña, la hondonada, la cubre y el paisaje; el zafiro del cielo y la nube de encaje. Todo y nada. Tú eres lo duradero, lo que persiste y queda, la verdad de las cosas. Yo soy como las rosas. Doy mi perfume y muero. Tú eres el titán que a fuerza de constancia perforaste las rocas. Yo soy una de esas vírgenes locas que nunca saben donde van. Inconstante y alada, tan pronto rozo estrellas como me mancha el lodo. Lo quiero siempre todo, y nunca tengo nada. Sí; tú eres el más fuerte y el más bueno quizás. Tú sabes dónde vas. Yo sólo voy donde quiere la suerte. Nos encontramos un extraño día. Tú el hierro; y la luz. y nos unimos en una misma cruz de poesía. Si tú eres la montaña que aguarda sin temor el vendaval, yo soy la fuente de cristal que florece en su extraña. Y no puedes conmigo, valeroso y profundo monte del Himalaya. Para no sucumbir, necesitas que vaya a sembrar en ti mi trigo.
Si un día rompo a cantar, todo cantará conmigo. Esta mudez de los campos se rasgará con mi grito. Las nubes vagan sin prisa desnudándome el camino. ¡Qué desolado horizonte en este mes de los fríos! Hay un revuelo de escarcha sobre los jóvenes pinos. Diciembre levanta un cáliz de pájaros en exilio. Yo dormida, voy soñando dulces lares encendidos...
hijo ¿Quién eras antes, dime? ¿Un ángel? ¿Un príncipe de cuento? ¿Tal vez un dios? ¿O un pájaro? ¿O un álamo esbelto? ¿Quién eras? ¿Un claro arroyo cruzando un verde bosque de abetos? ¿El capullo de un jardín?¿ Un pedazo de viento? ¿Quién eras antes, dime? ¿Por qué diste a mi vida tanto deslumbramiento? Me basta con tocarte para que se me apacigüe el pensamiento. Y me basta con verte para sentirme a gusto con mi cuerpo. ¿Quién eras, dime?¡Oh mago de mi ser descontento! Con tu varita mágica me vas cambiando los sueños, me vas cambiando la vida... ¡Ya no me quejo!
Hiéreme. No me importa. Duéleme en todo lo mío; en mi sangre y mi alma, en mi corazón y en mis pensamientos. Dame un hondo dolor si no puedes darme un perdurable gozo. ¡Está en mí como sea! Mi vida va bordeando tus orillas como un río profundo, como un río sin nacimiento y sin muerte, dilatado en tus márgenes, sujeto al cauce que le des...
Yo sé que estaba entonces cuando nada existía... Estaba allí, en las sombras de un valle solitario donde aún no fluía la música del agua. Mi desnudez se alzaba sobre el vago paisaje como un grito de auxilio en el mortal vacío. Fueron mis senos las primeras flores, y mi vientre la almohada de la vida; nacieron de mis ojos las estrellas y mi mano encendió la viva antorcha de la continuidad. Bestias y plantas latían a la vez en mis arterias. Avanzaba insegura entre las sombras y a mi paso las tierras florecían.... ¡Ya ves si es vieja el alma que te busca! ¡Qué corte de milenios la acompaña! Presencié la erupción de los volcanes, el duro nacimiento de los montes; vi marchitarse inmensos vegetales que ya no conocieron los humanos. Y hundida en las tinieblas inauditas, escuché los aullidos de los monstruos que mataban la luz a cuchilladas. Heme aquí, tan antigua como el mundo, con este amor nacido de mi frente, con esta enorme sed que no he saciado. No me exijas virginidad alguna. Allá, en aquel silencio pavoroso, la Vida me violó bárbaramente... Manchada estoy por la humedad del musgo, por la tierra y el fuego y la lascivia milagrosa del aire. Si me quieres, tómame fecundada por los sueños, preñada por la gracia de los siglos.
mucho tiempo...
A Carmen Conde
Hace mucho tiempo: ayer.
-¡Qué palabra, ayer, más lejana!-
Ayer
había pájaros por todos los rincones del cielo,
era primavera en las
calles,
y también era primavera aquí, en mi piel,
debajo del vestido,
debajo de los encajes
de mi enagua.
Sí, yo sentía la primavera
como
se siente el primer dolor del parto,
el primer beso en la boca,
la
primera deserción de un amigo.
Pero luego todo eso pasó.
Me acostumbré
a ser dañada y poseída,
a renunciar y a equivocarme.
Me acostumbré a
ser una mujer indiferente
y discreta,
que apenas permite que le suban
a los labios
los tumultos del corazón.
Digo: «Buenos días», sonrío al
vecino,
tengo amigos plácidos que no me comprenden,
y envejezco un
poco
todas las mañanas...
Me miro al espejo,
me encojo de hombros.
¿Soy yo? ¡Qué me importa! Va la primavera
lejana
por valles,
por
montes azules...
Va la primavera -¡quién lo sabe!- lejos.
Yo ya no la
siento.
Yo estoy como muerta.
He cambiado todas mis rosas por un lugar cerca del fuego, por el sosiego de mi alma la negra seda de mi pelo, he vendido mis esperanzas por un puñado de recuerdos, mi corazón por un reloj que sólo cuenta el tiempo muerto, mi última moneda de oro se la di de limosna al viento, ahora ya no me queda nada, desnuda estoy como el desierto, un oasis de mansedumbre está brotándome en el pecho.
« Me dolerás todavía muchas / veces. »
« Salvar este gran abismo del sexo / y luego, todo será sencillo. »
« ¿Me reconocéis? / Hace poco, apenas ayer mismo, »
« Cada vez que levante los / ojos »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: