Poesía Universal

Stéphan Mallarmé

Stéphan Mallarmé es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras...

Biografía lírica

Vida

Stéphan Mallarmé es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Stéphan Mallarmé

6 poemas seleccionados
1.

Angustia

Hoy no vengo a vencer tu cuerpo, oh bestia llena

    	de todos los pecados de un pueblo que te ama,

    	ni a alzar tormentas tristes en tu impura melena

    	bajo el tedio incurable que mi labio derrama.

    

    	Pido a tu lecho el sueño sin sueños ni tormentos

    	con que duermes después de tu engaño, extenuada,

    	tras el telón ignoto de los remordimientos,

    	tú que, más que los muertos, sabes lo que es la nada.

    

    	Porque el Vicio, royendo mi majestad innata,

    	con su esterilidad como a ti me ha marcado;

    	pero mientras tu seno sin compasión recata

    

    	un corazón que nada turba, yo huyo, deshecho,

    	pálido, por el lúgubre sudario obsesionado,

    	¡con terror de morir cuando voy solo al lecho!


    Versión de 
	Andrés Holguín
2.

Aparición

La 
		luna se entristecía. Serafines llorando
sueñan, el arquillo en los 
		dedos, en la calma de las flores
vaporosas, sacaban de las lánguidas 
		violas
blancos sollozos resbalando por el azul de las corolas,

		
Era el día bendito de tu primer beso.
Mi ensueño que se complace 
		en martirizarme
se embriagaba sabiamente con el perfume de tristeza

		Que incluso sin pena y sin disgusto deja
el recoger de su sueño al 
		corazón que lo ha acogido.

		
Vagaba, pues, con la mirada fija en el viejo enlosado,
cuando con 
		el sol en los cabellos, en la calle
y en la tarde, tú te me 
		apareciste sonriente,
y yo creí ver el hada del brillante sombrero,

		que otrora aparecía en mis sueños de niño
mimado, dejando siempre, de 
		sus manos mal cerradas,
cien blancos ramilletes de estrellas 
		perfumadas.


		Versión de L. S.
3.

Brisa marina

Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste.
¡huir, huir muy 
		lejos! Ebrias aves se alejan
entre el cielo y la espuma. Nada de lo 
		que existe,
ni los viejos jardines que los ojos reflejan,
ni la 
		madre que, amante, da leche a su criatura,
ni la luz que en la noche 
		mi lámpara difunde
sobre el papel en blanco que defiende su albura

		retendrá al corazón que ya en el mar se hunde.
¡Yo partiré! ¡Oh, 
		nave, tu velamen despliega
y leva al fin las anclas hacia incógnitos 
		cielos!
Un tedio, desolado por la esperanza ciega,
confía en el 
		supremo adiós de los pañuelos.
Y tal vez, son tus mástiles de los que 
		el viento lanza
sobre perdidos náufragos que no encuentran maderos,

		sin mástiles, sin mástiles, ni islote en lontananza...
Corazón, oye 
		cómo cantan los marineros!

		
Versión de Andrés Holguín
4.

Herodías

(Escena)


		
		La nodriza - Herodías

		
Nodriza
¡Vives! ¿O aquí la sombra miro de una princesa?

		A mis labios tus dedos, sus anillos, y cesa
de andar por ignoradas 
		edades...

		


		Herodías
                                                      
		Detente.

De mis inmaculados cabellos el torrente
rubio, al 
		bañar mi cuerpo solitario, lo hiela
de horror, y mis cabellos, que la 
		luz encarcela,
son inmortales. Un beso me mataría
si la belleza no 
		fuera la muerte...

		
                                                       
		¿Guía
qué imán, y cuál mañana que olvidan los videntes
vuelca su 
		triste luz en ocasos murientes,
lo sé yo? Tú me has visto, mi nodriza 
		invernal,
bajo prisión de piedras y de duro metal
donde arrastran 
		leones viejos siglos arcanos
entrar, mientras venía, fatal, puras las 
		manos
En el desierto aroma de estos reyes vetustos;
¿pero es que 
		viste acaso cuáles fueron mis sustos?

		
Me detengo en exilios soñando; se deshojan
como al pie de una 
		fuente cuyas linfas me acojan-
yertos lirios en mí, mientras, con 
		vivoos ojos
		
que ven cómo descienden los lánguidos despojos,
en silencio, 
		leones mis ensueños turbando
apartan la indolencia de mis ropajes, 
		cuando
miran cómo mis pies pueden calmar el mar.
Tráta tú las 
		angustias seniles de calmar,
ven, y que mis cabellos imiten las 
		maneras
hoscas, que a ti dan miedo, de equinas cabelleras;

		ayúdame, que asi mirarte no te dejo,
a peinarme indolentemente frente 
		a mi espejo.

		
Nodriza
¿Si no la alegre mirra, en redomas guardada,

		de la esencia a vejeces de las rosas raptada
quisieras, hija mia, 
		comprobar la virtud
fúnebre?

		
Herodías
                   
		¡De perfumes basta! ¿No sabes tú
que los odio, nodriza? ¿Buscas luego 
		que sienta
su embriaguez inundar mi frente macilenta?
Quiero que 
		mis cabellos, así no sean flores
para esparcir olvido de humanos 
		sinsabores
sino el oro, por siempre virgen de las fragancias
en 
		sus crueles relámpagos y en sus lívidas ansias
observen el helor 
		estéril del metal,
reflejándoos, gemas del baluarte natal,
armas, 
		vasos de días solos de mi niñez.

		


		Nodriza

		Perdón! Vuestra defensa la edad borró tal vez,
De mi espíritu pálido 
		cual negro libro, o viejo;

		
Herodías
¡Basta! Ten frente a mí este espejo

                                                          
		¡oh espejo!
agua fría que el tedio logró ver congelada,
que a 
		veces, y durante las horas, desolada
de los sueños, buscando mis 
		memorias, lo mismo
que las hojas debajo de su profundo abismo.
En 
		ti me aparecí como sombra lejana,
mas, ¡horror! por las noches en tu 
		adusta fontana
vi del disperso sueño la desnuda beldad.

		
Nodriza, ¿bella soy'?

Nodriza
                                   
		Un astro, a la verdad 
mas esta trenza cae...

Herodías

		Que congelada va mi sangre hacia su fuente,
y esta impiedad famosa 
		del gesto; ¿cuál endriago
seguro te abalanza sobre el siniestro 
		halago?
El beso y los perfumes brindados, corazón,
y la mano, 
		sacrílega siempre, el día son
(conmoverme buscabas sin duda) que no 
		habría
de morir en la torre sin desventura. ¡Oh día,
oh día que 
		Herodías con estupor observa!

		
Nodriza
¡Tiempo extraño, en efecto, de qué el cielo os 
		preserva!
Erráis, oh sombra sola, renovado furor,
y contemplando 
		en vos precoz, y con horror
pero siempre adorable como un sér 
		inmortal,
oh mi niña, y hermosa terriblemente, tal
como...

		
Herodías
                                     
		¿Mas no queréis conmoverme?

Nodriza
                                                                     
		Quería
ser a quien el Destino los secretos confía.


		Herodías
¡Oh, cállate!

		
Nodriza
                             
		¿Vendría quizás?

Herodías
                                                            
		Estrellas puras,
¿No me oís?

Nodriza
                             
		¡Pero cómo, sino en medio de oscuras
amenazas, pensar más implacable, 
		en tanto,
y como al dios pidiendo que el espléndido encanto
de 
		vuestra gracia espera! ¿Para quién, devorada
de angustias, conserváis 
		la elación ignorada
y el misterio que oculta vuestro sér?

		
Herodías
                                                                  
		Para mí.

Nodriza
Triste flor que impasible crecer a 
		solas vi,
vana sombra en el agua vista con atonía.

		
Herodías
Vete, y tu compasión guárda con tu ironía.

		
Nodriza
Sin embargo, explicad: ingenua niña mía,
este 
		triunfal desdén ha de amainar un día.

		
Herodías
¿Mas quién me tocará, de leones temida?

		Además, nada humano deseo, y esculpida,
si al paraíso ve que mi 
		mirada ha errado,
es que recuerdo un día tu leche haber gustado.

		
Nodriza
¡Víctima lamentable que al Destino se ofrece!

		
Herodías
¡Sí, para mí, desierta, mi juventud florece!

		Ya lo sabéis, jardines de amatista, anegados
sin término en sapientes 
		abismos deslumbrados.
Oros ignotos, luz que antigua persevera
bajo 
		el sueño sombrío de una tierra primera,
joyas en que mis ojos, como 
		gemas lustrales,
beben su claridad melodiosa; metales
que un 
		esplendor fatal dáis a mi cabellera
juvenil, y a su torva majestad 
		altanera.
En cuanto a ti, mujer nacida en horas vanas,
y para la 
		maldad de las grutas arcanas,
¡y que hablas de un mortal! Según que, 
		si en mis vestes,
los cálices, aroma de delicias agrestes,
daban a 
		mi desnudo cándida conmoción.
Sibila que, si el tibio azur de la 
		estación,
tras él, nativamente descubre la doncella
me mira en mi 
		pudor titilante de estrella,
¡muero!
       
		
                                
		Gusto el horror de ser virgen; quisiera

vivir entre el terror que 
		da mi cabellera
para, cuando en la noche retirada, serpiente

		inviolada, sentir en la carne impotente

		
tu pálido fulgor, tu mate claridad,
tú, que vives y mueres y 
		ardes de castidad,
¡noche blanca de hielos y de nieve crüel!

		
Tú, solitaria hermana, mi eterna hermana fiel,
Hacia ti volará mi 
		sueño con la rara
Virtud de un corazón que así lo consagrara,
En 
		mi patria monótona sola vedme. En redor
De mí, todo en el culto vive 
		del resplandor
De un cristal que en su calma sabe copiar radiante

		A Herodías de clara mirada de diamante.
¡Sí! Sé que sola estoy, ¡oh 
		encanto postrimer!

		
Nodriza
¿Señora, ansiáis entonces morir?


		Herodías
                                                           
		No, pobre sér,
cálma, y si mi rigor has de olvidar, ¡abur!
Mas 
		antes los postigos ciérra, pues el azur
seráfico sonríe tras las 
		vidrieras hondas,
y yo detesto el bello azur!

		
                                                             
		¿En ondas
que allá se mecen, sabes acaso de un lugar
donde el 
		siniestro espacio tenga el torvo mirar
de Venus, que en las frondas 
		fulgura en el Ocaso? 
		
Allí voy.

                                
		Pero enciénde (pueril lo ves acaso) 

la cera de estas hachas que 
		con llama ligera
llora entre el oro vano su congoja extranjera.

		
Nodriza
¿Y bien?

Herodías
Adiós 
		entonces.

		
                                          
		¡Mientes, desnuda flor
de mis labios!

                                           
		Yo siento venir ignoto amor
o bien, de tus clamores y el misterio 
		ignorante,
un supremo sollozo lanzas, agonizante,
de una infancia 
		que siente cómo, en sus fantasías,
se separan por fin sus yertas 
		pedrerías.


		Versión de Otto de 
		Greiff
5.

La siesta de un fauno

(Égloga)

El Fauno:

Estas ninfas quisiera 
		perpetuar.
                                                   
		Que palpite
su granate ligero, y en el aire dormite
en sopor 
		apretado.
                              
		¿Quizás un sueño amaba?
Mi duda, en oprimida noche remota, acaba

		en más de una sutil rama que bien sería
los bosques mismos, al probar 
		que me ofrecía
como triunfo la falta ideal de las rosas.

		Reflexionemos...
                                 
		¡Si las mujeres que glosas
un deseo figuran de tus locos sentidos!

		Se escapa la ilusión de los ojos dormidos
y azules, cual llorosa 
		fuente, de la más casta;
¡mas, la otra, en suspiros, dices tú que 
		contrasta
como brisa del día cálido en tu toisón!
¡Que no! que por 
		la inmóvil y lasa desazón
-el sol con la frescura matinal en reyerta-

		no murmura agua que mi flauta no revierta
al otero de acordes 
		rociado; sólo el viento
fuera de los dos tubos pronto a exhalar su 
		aliento
en árida llovizna derrame su conjuro;
es, en la línea 
		tersa del horizonte puro,
el hálito visible y artificial, el vuelo

		con que la inspiración ha conquistado el cielo.

		
Sicilianas orillas de charca soporosa
que al rencor de los soles 
		mi vanidad acosa,
tácita bajo flores de centellas, DECID:
                    
      	
                      
		"Que yo cortaba juncos vencidos en la lid
                      
		"por el Talento; al oro glauco de las lejanas
                      
		"verduras consagrando su viña a las fontanas,
                      
		"ondea una blancura animal en la siesta;
                      
		"y que al preludio lento de que nace la fiesta,
                      
		"vuelo de cisnes, ¡No! de náyades, se esquive "
                      
		"o se Sumerja...

                                             
		Fosca, la hora inerte avive
sin decir de qué modo sutil recogerá

		húmenes anhelados por el que busca el LA:
me erguiré firme entonces 
		al inicial fervor,
recto, bajo oleadas antiguas de fulgor,
¡Lis! 
		uno de vosotros para la ingenuidad.

		
Sólo esta nada dócil, oh labios, propalad,
beso que suavemente 
		perfidias asegura.
Mi pecho, virgen antes, muestra una mordedura

		misteriosa, legado de algún augusto diente;
¡Y basta! arcano tal 
		buscó por confidente
junco gemelo y vasto que al sol da su tonada

		que, desviando de sí mejilla conturbada,
sueña, en un solo lento, 
		tramar en ocasiones
la belleza en redor, quizá por confusiones

		falsas entre ella misma y nuestra nota pura;
y de lograr, tan alto 
		como el amor fulgura,
desvanecer del sueño sólito de costado
o 
		dorso puro, por mi vista ciega espiado,
una línea vana, monótona y 
		sonora.

		
¡Quiére, pues, instrumento de fugas, turbadora
siringa, florecer 
		en el lago en que aguardas!
Yo, en mi canto engreído, diré fábulas 
		tardas
de las diosas; y por idólatras pinturas,
a su sombra 
		hurtaré todavía cinturas:
así cuando a las vides la claridad exprimo,

		por desechar la pena que me conturba, mimo
risas, alzo el racimo ya 
		exhausto, al sol, y siento
cuando a las luminosas pieles filtro mi 
		aliento,
mirando a su trasluz un ávida embriaguez.

		
Oh ninfas, los RECUERDOS unamos otra vez.

                    
		"Mis ojos, tras los juncos, hendían cada cuello
                    
		"inmortal, que en las ondas hundía su destello
                    
		"y un airado clamor al cielo desataba;
                    
		"y el espléndido baño de cabellos volaba
                    
		"entre temblor y claridad, ¡oh pedrería!
                    
		"corro; cuando a mis pies alternan (se diría
                    
		"por ser dos, degustando, langorosas, el mal)
                    
		"dormidas sólo en medio de un abrazo fatal:
                    
		"las sorprendo, sin desenlazarlas, y listo
                    
		"vuelo al macizo, de fútil sombra malquisto,
                    
		"de rosas que desecan al sol todo perfume,
                    
		"en que, como la tarde, nuestra lid se resume".

¡Yo te adoro, 
		coraje de vírgenes, oh gala
feroz del sacro fardo desnudo que resbala

		por huír de mi labio fogoso, y como un rayo
zozobra! De la carne 
		misterioso desmayo;
de los pies de la cruel al alma de la buena

		que abandona a la vez una inocencia, llena
de loco llanto y menos 
		atristados vapores.

		
                       
		"Mi crimen es haber, tras de humillar temores
                       
		"traidores, desatado el intrincado nido
                       
		"de besos que los dioses guardaban escondido;
                       
		"pues, yendo apenas a ocultar ardiente risa
                       
		"tras los pliegues felices de una sola (sumisa
                       
		"guardando para que su candidez liviana
                       
		"se tiñera a la fiel emoción de su hermana
                       
		"la pequeñuela, ingenua, sin saber de rubor);
                       
		"ya de mis brazos muertos por incierto temblor,
                       
		"esta presa, por siempre ingrata, se redime
                       
		"sin piedad del sollozo de que embriagado vime".

¡Peor! me 
		arrastrarán otras hacia la vida
por la trenza a los cuernos de mi 
		frente ceñida;
tú sabes, mi pasión, que, púrpura y madura,
toda 
		granada brota y de abejas murmura;
y nuestra sangre loca por quien 
		asirla quiere,
fluye por el enjambre del amor que no muere.
Cuando 
		el bosque de oro y cenizas se tiña,
una fiesta se exalta en la 
		muriente viña:
¡Etna! En medio de ti, de Venus alegrado,
en tu 
		lava imprimiendo su coturno sagrado,
si un sueño triste se oye, si su 
		fulgor se calma,
¡tengo la reina!

		
                            
		Oh cierto castigo...

                                                          
		Pero el alma
de palabras vacante, y este cuerpo sombrío
tarde 
		sucumben al silencio del estío:
sin más, fuerza es dormir, lejano del 
		rencor,
sobre la arena sitibunda, a mi sabor,
¡la boca abierta al 
		astro de vinos eficaces!

		
¡Oh par, abur! La sombra miro en que te deshaces.

Versión 
		de Otto de Greiff
6.

La tumba de Edgar Poe

Tal como al fin el tiempo lo transforma en sí mismo,
el poeta 
		despierta con su desnuda espada
a su edad que no supo descubrir, 
		espantada,
que la muerte inundaba su extraña voz de abismo.

		
Vio la hidra del vulgo, con un vil paroxismo,
que en él la 
		antigua lengua nació purificada,
creyendo que él bebía esa magia 
		encantada
en la onda vergonzosa de un oscuro exorcismo.

		
Si, hostiles alas nubes y al suelo que lo roe,
bajo-relieve suyo 
		no esculpe nuestra mente
para adornar la tumba deslumbrante de Poe,
		

que, como bloque intacto de un cataclismo oscuro,
este 
		granito al menos detenga eternamente
los negros vuelos que alce el 
		Blasfemo futuro.

		
Versión de Andrés Holguín

Versos y pensamientos de Stéphan Mallarmé

4 citas
« Hoy no vengo a vencer tu cuerpo, oh bestia llena / de todos los pecados de un pueblo que te ama, »
Stéphan Mallarmé · Angustia
« La / luna se entristecía. Serafines llorando »
Stéphan Mallarmé · Aparición
« Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste. / ¡huir, huir muy »
Stéphan Mallarmé · Brisa marina
« (Escena) / La nodriza - Herodías »
Stéphan Mallarmé · Herodías
Biblioteca poética

Libros de Stéphan Mallarmé recomendados

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