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Silvina Ocampo · A veces te contemplo en una rama...
Biografía y amplia selección de poemas de Silvina Ocampo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Silvina Ocampo. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A veces te contemplo en una rama, en una forma, a veces horrorosa, en la noche, en el barro, en cualquier cosa, mi corazón entero arde en tu llama. Y sé que el cielo entre tus labios me ama, que el aire forma tu perfil de diosa de oro y de piedra, sola y orgullosa, que nadie existirá si no te llama. Entre tus manos quedaré indefensa, no viviré si no es para buscarte y cruzaré el dolor para adorarte, pues siempre me darás tu recompensa, que es mucho más de lo que te he pedido y casi todo lo que habré querido.
No vengas, te conjuro, con tus piedras; con tu vetusto horror con tu consejo; con tu escudo brillante con tu espejo; con tu verdor insólito de hiedras. En aquel árbol la torcaza es mía; no cubras con tus gritos su canción; me conmueve, me llega al corazón, repudia el mármol de tu mano fría. Te reconozco siempre. No, no vengas. Prometí no mirar tu aviesa cara cada vez que lloré sola en tu avara desolación. Y si de mí te vengas, que épica sea al menos tu venganza y no cobarde, oscura, impenitente, agazapada en cada sombra ausente, fingiendo que jamás hiere tu lanza. Entre rosas, jazmines que envenenas, ¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida? Haz brotar sangre al menos de mi herida, que estoy cansada de morir apenas.
perdida vago entre sombrías... Cuando perdida vago entre sombrías piedras sin luz y sin admiración llego arrepentida a tu mansión, a tus secretas y hondas galerías donde me espera lo que me ofrecías. Allí encuentro tu luz y tu pasión, allí comprendo sin superstición que me llenas de dicha y de agonías. Quien no me sigue allí me perderá... Quien no me busca allí no arrancará. una sola respuesta de mis labios. En tus rosales de oro, está el futuro, lo que veneraré, lo que es más puro porque tus pensamientos son los sabios.
Te hablaba del jarrón azul de loza, de un libro que me habían regalado, de las Islas Niponas, de un ahorcado, te hablaba, qué sé yo, de cualquier cosa. Me hablabas de los pampas grass con plumas, de un pueblo donde no quedaba gente, de las vías cruzadas por un puente, de la crueldad de los que matan pumas. Te hablaba de una larga cabalgata, de los baños de mar, de las alturas, de alguna flor, de algunas escrituras, de un ojo en un exvoto de hojalata. Me hablabas de una fábrica de espejos, de las calles más íntimas de Almagro, de muertes, de la muerte de Meleagro. No sé por qué nos íbamos tan lejos. Temíamos caer violentamente en el silencio como en un abismo y nos mirábamos con laconismo como armados guerreros frente a frente. Y mientras proseguían los catálogos de largas, toscas enumeraciones, hablábamos con muchas perfecciones no sé en qué aviesos, simultáneos diálogos.
A Sei Shonagon
(que vivió en el siglo XI A.C)
Él, que paseaba un
día coronado
de flores de durazno y de cerezo,
el triste Okinamaro
como un preso
a la isla de los perros fue expulsado.
Cuando volvió
al palacio oscuro, herido,
lo llamaste, pero él no te miró,
y
nadie, nadie lo reconoció,
mas era él mismo, él mismo destituido.
Y lo reconociste en el momento
en que lloró a tus pies y que lo viste
desfigurado, sucio, hinchado y triste,
y lloraste con él su
sentimiento.
Llego como llegué, solitaria, asustada, a la puerta de calle de madera encerada. Abro la puerta y entro, silenciosa, entre alfombras. Los muros y los muebles me asustan con sus sombras. Subo los escalones de mármol amarillo, con reflejos rosados. Penetro en un pasillo. No hay nadie, pero hay alguien escondido en las puertas. Las persianas oscuras están todas abiertas. Los cielos rasos altos en el día parecen un cielo con estrellas apagadas que crecen. El recuerdo conserva una antigua retórica, se eleva como un árbol o una columna dórica, habitualmente duerme dentro de nuestros sueños y somos en secreto sus exclusivos dueños.
En tu jardín secreto hay mercenarias dulzuras, ávidas proclamaciones, crueldades con sutiles corazones, hay ladrones, sirenas legendarias. Hay bondades en tu aire, solitarias multiplican arcanas perfecciones. Se ahondan en angostos callejones, tus árboles con ramas arbitrarias. Alguna vez oí el chirrido frío de un portón que al cerrarse me dejaba prisionera, perdida, siempre esclava de tu felicidad que junto a un río bajaba entre las frondas a un abismo de intermitente luz, con tu exorcismo.
Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día; es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva que en lugar de disminuir los detalles los agranda. Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida. Envejecer transforma a una víctima en victimario. Siempre pensé que las edades son todas crueles, y que se compensan o tendrían que compensarse las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo? Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse sólo con los despojos de la juventud. Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios, una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón. Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez es un disfraz con aditamentos inútiles. Si los viejos parecen disfrazados, los niños también. Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta ser viejo porque nadie sabe serlo, como un árbol o como una piedra preciosa. Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas. No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente. Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar, porque todo lo que hago lo hago doblemente. El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece que lo que quedó atrás tiene más realidad para reducir el presente a un interesante precipicio.
La luz de su cuarto me habla de él cuando no está, me acompaña cuando tengo miedo, y siempre tengo miedo porque soy valiente; oye su paso sobre los mosaicos de la entrada va a su encuentro cuando abre la puerta lentamente cuando lo espero, y siempre lo espero; lo mismo es para la luz eléctrica que para la luz del sol, lo mismo para el sol que la luna o la estrella. Un tapiz forma la luz complicada es la vida y siempre la vida. Si me quedara ciega la vería con mis patas o tal vez con mi frente cuando llega. El tapiz no lo forma la luz sino su llegada, el sonido que cambia de oscuro en claro. El tablero de la luz tiene varias llaves pero una gobierna el resto: se llama la llave maestra. Del mismo modo el tablero de mi luz tiene una sola llave que gobierna las otras la llave que está en sus manos. Apagaría todas las luces si quisiera pero yo cierro los ojos para no ver la oscuridad que podría ser luz para no herirlo.
vida infinita A veces me pregunto, al escuchar como un recuerdo ya, el zorzal cantar en los fondos más dóciles del sueño, qué persigue la vida en su diseño y en qué nos tornaremos cuando nada nos distinga del aire y de la oleada del mar que baña orillas de la tierra donde nacemos y algo nos destierra. Cuando llegue Átropos, supersticiosa, con su cara de negra mariposa, ¿tendremos el anillo de oro mágico que nos protegerá del hado trágico? ¿O tendremos las alas, el caballo, que traspasará el vidrio como un rayo? ¿O perderemos todo en un momento con el secreto y breve adiestramiento que nos dan ya las cosas indistintas? No escribiremos con las mismas tintas. No pasará Alejandro Nevsky sólo con música, armadura y protocolo en los cinematógrafos oscuros. No existirán los largos, largos muros en el remoto imperio de la China; ni en el Tibet los monjes, su doctrina. No existirán las sombras ni los piélagos. ni las montañas ni los archipiélagos, ni esos bustos dorados, ni esos nombres ni esa voz que venera el pueblo, de hombres. No habrá tigres ni monstruos de cemento, ni la proclamación del monumento. No habrá teatros y gentes y mercados, agapantos, lugares retirados, donde canta el calor con sus chicharras o la lluvia en los techos de pizarras. No sabremos que existe Egipto, el Nilo, ni leeremos las páginas de Esquilo. No veremos en ciertos ojos almas que besan a la nuestra en nuestras palmas. En el itinerario de los días, a veces víctimas de brujerías, no omitiremos lo que más amamos para incluir luego lo que detestamos. No existirá el lustral Mediterráneo, ni las plantas, ni el sol contemporáneo. No habrá calles con nombres previsibles, ni metales ni piedras más sensibles. No estará el mismo río sobre el barro, las quemas de basuras ni ese carro, con perros que en las noches del suburbio. se pierden junto a un niño cruel y rubio. No habrá reinas de Egipto, ni monedas que conservan sus caras, ni habrá sedas. Si hoy existimos, para no morirnos mañana lograremos no eximirnos del universo al inventar un mundo para vivir de nuevo. Vagabundo como nosotros nuestro pensamiento recordará quizás un alimento, un dolor, un estigma, una pasión, un rostro pálido, la comunión, y por ejemplo dentro de algún verso de San Juan de la Cruz un ciervo, un cierzo, para otra vez incluirnos en la historia. ¿Será como una jaula la memoria? El Sésamo Ábrete de recordar, de nuevo nos pondrá en nuestro lugar o en lugares distintos como ciegos que no se reconocen, como en juegos.
caras Las caras de los hombres que en mi vida he encontrado me persiguen y viven adentro de mi espíritu. Las caras de los hombres que he encontrado en mi vida me miran y me abruman. Podría dibujarlas pero nunca me atrevo. Algunas tienen cuerpos y llevan en las manos anillos y collares, flores de terciopelo, algunas son mansiones, son jardines, son ríos, algunas son un viaje, una playa, un desierto. Algunas son de mármol, algunas son fenicias, algunas son romanas, griegas y perniciosas con los rasgos borrados. Algunas tienen penas, muchas penas algunas, y largas cabelleras que lloran en el viento. Algunas son horribles, casi siempre me advierten que un peligro me acecha. Algunas tienen horas marcadas en los ojos y son como clepsidras, me despiertan de noche. Algunas me quisieron y movieron los labios para decir mi nombre. Algunas no entendieron nunca lo que les dije ni supieron por qué las miré largamente. Algunas son anónimas llevan frutas y fuentes, manos de terracota, como las estaciones. Algunas se arrodillan, buscan algo en la tierra. Algunas como pájaros siempre estiran el cuello. Algunas se inclinaron y escribieron sus nombres sobre mi corazón sin que yo lo advirtiera. Algunas fueron mías, algunas se alejaron y perdieron su sexo, su virtud y su candor; fueron como la imagen del infierno en el mundo que tratamos, en vano, de olvidar. Algunas fueron deidades que no olvidaré nunca.
de la metamorfosis Nube que miras en lo alto del cielo mi condición humana y modificas las formas de tu cuerpo y de tus caras: si alguna vez he visto deshacerse tu cuerpo de caballo o de sirena, tus ojos y tu pelo cruel de Erinia, tus vírgenes perdidas con un ángel entre las sombra de una playa inmensa, el velero que se hunde en la tormenta o un frágil ciervo entre las rosas de oro de un antiguo poniente indescifrable; si alguna vez he visto desmembrarse un reino donde no gobierna nadie, un templo en que quedaron misa rodillas prosternadas al pie de un muro blanco, tan blanco que hasta el sol pierde su faz, sabrás que sos mi lecho cuando duermo, que tus lecciones de metamorfosis he querido seguir hasta la muerte entregándote toda mi esperanza.
Los delfines no juegan en las olas como la gente cree. Los delfines se duermen bajando hasta el fondo del mar. ¿Qué buscan? No sé. Cuando tocan el fin del agua despiertan bruscamente y vuelen a subir porque el mar es muy profundo y cuando suben ¿qué buscan? No sé. Y ven el cielo y les vuelve a dar sueño y vuelven a bajar dormidos, y vuelven a tocar el fondo del mar y se despiertan y vuelen a subir. Así son nuestros sueños.
« A veces te contemplo en / una rama, »
« No / vengas, te conjuro, con tus piedras; »
« Cuando perdida vago / entre sombrías »
« Te hablaba del jarrón azul de loza, / de un libro que me habían »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: