« Aunque ungiste el umbral y ensalivaste / no pudo penetrar, lamida y »
Severo Sarduy · Aunque ungiste el umbral y ensalivaste...
Biografía y amplia selección de poemas de Severo Sarduy. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Severo Sarduy. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Aunque ungiste el umbral y ensalivaste no pudo penetrar, lamida y suave, ni siquiera calar tan vasta nave, por su volumen como por su lastre. Burlada mi cautela y en contraste -linimentos, pudores ni cuidados- con exiguos anales olvidados de golpe y sin aviso te adentraste. Nunca más tolerancia ni acogida hallará en mí tan solapada inerte que a placeres antípodas convida y en rigores simétricos se invierte: muerte que forma parte de la vida. Vida que forma parte de la muerte.
émbolo brillante y engrasado... El émbolo brillante y engrasado embiste jubiloso la ranura y derrama su blanca quemadura más abrasante cuanto más pausado. Un testigo fugaz y disfrazado ensaliva y escruta la abertura que el volumen dilata y que sutura su propia lava. Y en el ovalado mercurio tangencial sobre la alfombra (la torre, embadurnada penetrando, chorreando de su miel, saliendo, entrando) descifra el ideograma de la sombra: el pensamiento es ilusión: templando viene despacio la que no se nombra.
en ti, cabeza con cabeza... Entrando en ti, cabeza con cabeza, pelo con pelo, boca contra boca: el aire que respiras -la fijeza del recuerdo-, respiro y en la poca luz de la tarde -rayo que no cesa entre los huesos abrasados- toca los bordes de tu cuerpo; luz que apresa la forma. Ya su cénit la convoca a otro vacío donde su blancura borra, marca de arena, tu figura. El día devorando de sonidos quema, de trecho en trecho, su espesura y vuelca de ceniza la textura en la noche voraz de los sentidos.
La transparente luz del mediodía filtraba por los bordes paralelos de la ventana, y el contorno de los frutos -o el de tu piel- resplandecía. El sopor de la siesta: lejanía de la isla. En el cambiante cielo crepuscular, o en el opaco velo ante el rojo y naranja aparecía otro fulgor, otro fulgor. Dormía en una casa litoral y pobre: en el aire las lámparas de cobre trazaban lentas espirales sobre el blanco mantel, sombra que urdía el teorema de la otra geometría.
húmedas terrazas dominaban... A Octavio Paz Las húmedas terrazas dominaban el templo, la planicie entre dos mares, superpuestas, azules, triangulares. Simétricas estatuas deslizaban sus fragmentos de mármol por la nieve -fueron torsos de Apolo, manos anchas que el musgo ha devorado con sus manchas- fresca, trazando un laberinto breve. Los cuerpos arrastrados por el río han quedado en la arena sepultados bajo las piedras nítidas del lecho. En el delta una mano, el globo frío de unos ojos han sido rescatados. y más allá una frente, un brazo, el pecho.
Ni la voz precedida por el eco ni el reflejo voraz de los desnudos cuerpos en el azogue de los mudos cristales, sino el trazo escueto, seco: las frutas en la mesa y el paisaje colonial. Cuando el tiempo de la siesta nos envolvía en lo denso de su oleaje, o en el rumor de su apagada fiesta, cuando de uno en el otro se extinguía la sed, cuando avanzaba por la huerta la luz que el flaboyant enrojecía, abríamos entonces la gran puerta al rumor insular del mediodía y a la puntual naturaleza muerta.
A Luce López-Baralt No por azar, por gusto del dislate ni por obedecer a una figura, habló de una cegante noche oscura. Que toda exaltación o disparate aparente, se indague, y no se ciña -el lenguaje no basta- a un simple juego: de granadas y lámparas de fuego bebió un vino, de antes de la viña. No percibió ni forma ni sonido, mas con la sangre lo irrigó un sentido ajeno a la palabra y a la imagen. Dejemos, de esa heráldica, que viajen los símbolos, el mudo abecedario: agua y sed, brasa y luz, cuerpo y sudario.
Omítemela más que lo omitido cuando alcanza y define su aporía, enciende en el reverso de su día un planeta en la noche del sentido. A pulso no: que no disfruta herido, por flecha berniniana o por manía de brusquedad, el templo humedecido (de Venus, el segundo). Ya algún día lubricantes o medios naturales pondrás entre los bordes con taimada prudencia, o con cautela ensalivada que atenúen la quema de tu entrada: pues de amor y de ardor en los anales de la historia la nupcia está cifrada.
Poco interés presentan estas cosas para un Concilio, que otras más urgentes -la talla de los ángeles, las fuentes del Edén-, y sin duda, más valiosas apremian sin cesar. Insisto empero para que tenga sitio en los altares este mártir de arenas insulares. Por textual, su milagro verdadero dio presa fácil a los cabecillas y a los sarcasmos que, de tanto en tanto, interrumpen las furias amarillas, las madres del exilio y del espanto. Es por eso que a Roma, y de rodillas, iré a exigir que lo proclamen santo. *Poeta, dramaturgo y narrador cubano nacido en Cárdenas en 1912 y fallecido en 1979.
Renuncia a tu cuidado, bien lo sé: tras ese dolor que tu embestida aqueja, en alivio y placer muda la queja, más sosegada cuanto más penetras. Cerveza transmutada o sidra añeja, del oro tibio la furiosa recta su apagado licor suma y proyecta sobre el cuerpo deseoso que festeja tanto derrame. A bálsamos o ardides que atenúen la quema de tu entrada nunca recurras. Mientras menos cuides, unjas, prevengas, o envaselinada disimules, mejor. Para que olvides el mudo simulacro de la nada.
Que se quede el infinito sin estrellas, que la curva del tiempo se enderece. Y pierda su fulgor, cuando se mece un planeta en su abismo y en las huellas del estallido primordial. Aquellas noticias recibidas del comienzo de las galaxias, del vacío inmenso, hoy son luz fósil. Paradojas bellas que anuncian por venir lo transcurrido y postulan pasado lo futuro. Universo del pensamiento puro: un espacio que fluye como un río y un tiempo sin presente, opaco y frío. El tiempo de la espera y del olvido.
Corta, Changó con tu espada el alcohol, y haz que ese río crecido, no bien vacío, vuelva a su cauce y, saciada tanta sed, halle morada el nadador a la orilla de tu fuente y en tu arcilla. Que la sangre que consagras dé su fuerza a las bisagras del puño y de la rodilla.
Cuerpo con cuerpo: las pieles se aproximan y se alejan entre espejos que reflejan su deseo. No develes la imagen -esos laureles fenecen-; no te aconsejo confiar en ese reflejo, porque ese doble perverso te revelará el reverso: hueso con hueso, pellejo.
El mar con destructora música invocando la helada quietud, la ciudad que la luz redescubre jubilosa. El ave gritando toscamente hacia un círculo que el agua desdibuja. Todo su amplia vigilia lo gobierna -a tientas sus señales conjuro, sus palabras invoco- menos el agua amenazando desde un duro jardín, menos el agua. El hombre está solo frente a la luz soñada por Dios. Los gritos de los ángeles, las aguas de la tierra por él han sido nombradas. He aquí que él se descubre soñado y acepta su señal: la furia de los ángeles, la nada, el olvido de Dios.
El gamo, contra el naranja del bosque, pasa mojado, veloz. El aire cuajado añade al bosque una franja de aros dispersos. En esos Cartílagos de paisaje se divide, o en el oleaje, o en el jardín de sus huesos.
Flauta. Son. La madrugada se descompone en su prisma de grises donde se abisma el gris de tu voz rajada. Blanco. La línea borrada de una guitarra. Lo sabes: corresponden con los graves las diferentes texturas del tres. El color sutura y da el compás de las claves.
letra con sangre entra...
A Arturo Carrera
La letra
con sangre entra
como el amor. Mas no dura
en el cuerpo la
escritura,
ni con esa herida encuentra
paz el amante. Se adentra
en el cuerpo deseoso
y más aumenta su gozo
con su mal. Alegoría
de nuestra postrimería:
jeroglífico morboso.
No acudas a linimento, alcanfor, miel o saliva, que atenúen el momento de más ardor. No se esquiva con ardid, ni se deriva esa quema: se convierte en su contrario. Divierte el placer así obtenido por el sendero invertido: más vida cuanto más muerte
No porfíes. No rememores que no se olvida el olvido ni su embriaguez: lo que ha sido, es y será. Sinsabores, dramas discretos y amores sin nombre, van a la quema final, como un torpe emblema de eternidad. No perdura más que el goce y la textura de un instante: ése es mi lema.
Se esforzaba. Su jadeo ante el jardín clausurado era el de un ciervo asustado. La furia -más que el deseo- de penetrar, era el reo que lo impedía... Que ejerza, según la torre se tuerza, jaque anexo, desviada, y cifre, en esa morada: "más vale maña que fuerza".
Tanto arder, tanto valor tanto ataque y retirada ante ese umbral en que nada alivia más el dolor que su incremento. O mejor: hay un punto en que el exceso -y que mediten en eso los mesurados- bascula en su contrario. Calcula: ir más allá es un regreso.
« Aunque ungiste el umbral y ensalivaste / no pudo penetrar, lamida y »
« El émbolo brillante y engrasado / embiste jubiloso la ranura »
« Entrando en ti, cabeza con cabeza, / pelo con pelo, boca contra »
« La transparente luz del mediodía / filtraba por los bordes »
Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: