« Antiguo invierno / Deseo de tus manos claras »
Salvatore Quasimodo
Salvatore Quasimodo es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus prime...
Vida
Salvatore Quasimodo es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Salvatore Quasimodo
1.
* * * * *
* * * * *
Antiguo invierno Deseo de tus manos claras en la penumbra de la llama: sabían a roble ya rosas, a muerte. Antiguo invierno. Buscaban el mijo los pájaros y enseguida eran de nieve; e igual las palabras. Un poco de sol, un estrellón de ángel, y luego la niebla; y los árboles, y nosotros hechos de aire en la mañana. * * * * *
2.
También se aleja mi compañía
También se aleja mi compañía
También se aleja mi compañía, mujeres de ghetto, juglares de taberna, entre los que pasé tanto tiempo, y está muerta la joven de ardiente rostro perenne untado de aceite de la masa ácima y oscura carne de hebrea. Tal vez haya cambiado también mi tristeza, como si yo fuese no mío, por mí mismo olvidado. * * * * *
3.
Tú llamas una vida
Tú llamas una vida
Fatiga de amor, tristeza, tú llamas una vida que dentro, profunda, tiene nombres de cielos y jardines. Y fuese mi carne lo que el don del mal transforma.
4.
Convalecencia
Convalecencia
Siento amor convertirse en otra muerte ignota para mí, pero más lenta, que a menudo me empuja hacia sus formas. Abandono de alga: me busco en los oscuros acordes de profundos despertares en orillas densas de cielo. El viento se injerta dócil en mi sangre, y es ya voz y naufragio, manos que renacen: manos entrelazadas o palma con palma unidas en distendida renuncia. Tiene miedo de ti el corazón seco y doliente, infancia imposeída. * * * * *
5.
De tierna mujer echada entre las flores
De tierna mujer echada entre las flores
Se adivinaba la estación oculta por el ansia de las lluvias nocturnas, por los cambios de las nubes en el cielo, undosas leves cunas; y yo estaba muerto. Una ciudad suspendida en el aire era mi último exilio, y en torno me llamaban las suaves mujeres de otros tiempos, y la madre, renovada por los años, con su dulce mano escogía entre las rosas y con las más blancas ceñía mi cabeza. Afuera era de noche y los astros precisos seguían ignotos caminos en curvas de oro y las cosas vueltas fugitivas me llevaban a rincones secretos para hablarme de jardines abiertos de par en par y del sentido de la vida; pero a mí me dolía la última sonrisa de tierna mujer echada entre las flores. * * * * *
6.
Otoño
Otoño
Otoño manso, yo me poseo y me inclino ante tus aguas para beber el cielo, suave fuga de árboles y abismos. Áspera pena del nacer me encuentra unido a ti; yen ti me quebranto y repongo: pobre cosa caída que la tierra recoge.
7.
Canto de Apolo
Canto de Apolo
Noche terrenal, en tu exiguo fuego me complací alguna vez y descendí entre los mortales. Y vi al hombre inclinado sobre el regazo de la amada escuchándose nacer, y transformarse entregado a la tierra, las manos juntas, abrasados los ojos y la mente. Yo amaba. Frías eran las manos de la criatura nocturna: otros terrores acogía en el vasto lecho donde al alba me despertó un aleteo de palomas. Luego el viento depositó hojas sobre su cuerpo inmóvil; se alzaron sombrías las aguas en los mares. Amor mío, yo aquí me aflijo sin muerte, solo. * * * * *
8.
Sílabas a Erato
Sílabas a Erato
A ti se pliega el corazón en soledad, exilio de oscuros sentidos en el que transmuta y ama lo que ayer parecía nuestro y ahora está sepultado en la noche. Semicírculos de aire resplandecen en tu rostro; te me apareces en el tiempo que la primera ansiedad aflige y me vuelves blanco, lenta la boca a la luz de la sonrisa. Por tenerte te pierdo y no me aflijo: todavía eres bella, quieta en dulce posición de sueño: serenidad de muerte extremo gozo.
9.
El alto velero
El alto velero
Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas de los árboles amargos junto a mi casa (eran ciegos volátiles nocturnos que horadaban sus nidos en las cortezas), alcé la frente hacia la luna y vi un alto velero. Al borde de la isla el mar era sal; y se había tendido la tierra y antiguas conchas relucían pegadas a las rocas en la rada de enanos limoneros. Y le dije a mi amada, que en sí llevaba un hijo mío y por él tenía siempre el mar en el alma: «Estoy cansado de estas olas que baten con ritmo de remos, y de las lechuzas que imitan el lamento de los perros cuando hay viento de luna en los cañaverales. Quiero partir, quiero dejar esta isla.» Y ella: «Querido, ya es tarde: quedémonos.» Entonces me puse a contar lentamente los vivos reflejos de agua marina que el aire me traía a los ojos desde la mole del alto velero. * * * * *
10.
Imitación
Imitación
Imitación de la alegría Donde los árboles aún más desolada hacen la tarde, al tiempo que indolente se ha desvanecido tu último paso, aparece la flor en los tilos y persiste en su suerte. Buscas una explicación a los afectos, pruebas el silencio en tu vida. Otra ventura me revela el tiempo reflejado. Aflige como la muerte, la belleza ya en otros rostros fulmínea. He perdido toda cosa inocente, incluso en esta voz, que sobrevive para imitar la alegría. * * * * *
11.
Ya
Ya
vuela la flor seca No sabré nada de mi vida, oscura monótona sangre. No sabré a quién amaba, a quién amo, ahora que aquí restringido, reducido a mis miembros, en el corrompido viento de marzo enumero los males de los días descifrados. Ya vuela la flor seca de las ramas. Y espero la paciencia de su cuelo irrevocable.
12.
A mí, peregrino
A mí, peregrino
He aquí que vuelvo a la tranquila plaza: en tu balcón oscila solitaria la bandera de fiesta ya pasada. -Regresa -digo. Mas sólo a la edad que anhela sortilegios burló el eco de las cuevas de piedra abandonadas. ¡Cuánto ha que no responde lo invisible si llamo como antaño en el silencio! Tú ya no estás aquí ni tu saludo llega a mí, peregrino. Nunca dos veces el gozo se revela. Extrema luz sobre el pino que recuerda el mar. Vana también la imagen de las aguas. Nuestra tierra está lejos, en el sur, de luto y lágrimas caliente. allí, hablan, con negros chales mujeres de la muerte
13.
Carta
Carta
Este silencio quieto en las calles, este viento indolente, que se desliza bajo entre las hojas muertas o asciende hacia los colores de las insignias extranjeras... tal vez el ansia de decirte una palabra antes de que se cierre de nuevo el cielo sobre otro día, tal vez la inercia, nuestro mal más vil... La vida no está en este tremendo, oscuro, latir del corazón, no es piedad, no es más que un juego de la sangre donde la muerte está en flor. Oh mi dulce gacela, te recuerdo aquel geranio encendido sobre un muro acribillado de metralla. ¿O ahora ni siquiera la muerte consuela ya a los vivos, la muerte por amor? * * * * *
14.
Elegía
Elegía
Gélida mensajera de la noche, has regresado limpia a los balcones de las casas destruidas e iluminas tumbas ignotas, desolados restos de la tierra humeante, aquí reposa nuestro sueño. Y te vuelves solitaria hacia el norte, donde todo corre sin luz hacia la muerte, y tú resistes. * * * * *
Versos y pensamientos de Salvatore Quasimodo
4 citas« También se aleja mi compañía, / mujeres de »
« amor, tristeza, / tú llamas una vida »
« Siento amor convertirse en / otra muerte »
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