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Rubén Bonifaz Nuño · A tu puerta llamé. No estabas...
Biografía y amplia selección de poemas de Rubén Bonifaz Nuño. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Rubén Bonifaz Nuño. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
A tu puerta llamé. No estabas. Aspas de viaje te arrancaron. ¿Quién volverá cuando regreses? Viento sin recuerdos, en la noche se envuelve de inútiles presagios. Dicen que la vida prosigue. Entre nieves remotas, luces que desconozco, abro los brazos -lazarillos a ciegas-; busco. Desde aquí, junto a la oreja sorda amo en secreto, y enmudezco. Dicen que la vida no perdona. A tu puerta llego, y sin mirarte, maravillado te contemplo. ¿Regresaste, vives, te escondiste? Frente a tu casa silenciosa -pienso que estás-, no llamo. Espero. Y pasa la vida, y se detiene.
Ábrese el fuego, y salta la burbuja metálica de un pez; barre los ojos una flor instantánea; doble salto mortal, ensaya el corazón. Amigos, algo mejor gocemos que un lamento. Ya, para no caerme, estoy colgado de tu clavo, alegría; de tu absorto badajo, de tu azúcar infalible de mujer conseguida. Has caminado de gusto, te has sentado de gusto, has llorado de gusto hasta reírte. Eras tuya, y bailabas, y las piernas no te dolían tanto. Y es domingo. Escaleras del aire, pan del día, turquesa el vuelo entre nosotros. Y de pronto es domingo, y hay gente, y es de fiesta y fraterna la gente, y es ahora, y hay el viaje y la carta recibida y el intercambio de la contraseña, y la risa espiral regocijada. Risa del pobre, cúpula sin suelo por sí misma orquestándose; música sin orquesta que la amarre, deslimitándome, soldándome, compacta, el dentro y el afuera. Desde la almendra glandular me encumbras, desde las cuatro alcobas cordiales, me trabajas, alegría; plural jarabe, rosa visitante, llave de toda cerradura. Amigos, ha pasado la nocturna concepción de los cantos, y la víspera de cristal doloroso, y la semilla, y está el deleite con nosotros como vino de suyo madurado. Y está en las manos el solemne fulgor; el número premiado en esta lotería de campanas.
En el vértigo del pozo angélico gira y echa flor en los desiertos de la sal, y les procura puertas y pájaros cálidos y frutos. Nueva, la carne se acrisola bajo la estéril costra; humea la ciudad corrompida: antorchas y granizo de azufre. Y sigue la derrota de mis fantasmas en su remolino de cegueras. Y en lo que no puede comprenderse ejerzo ahora las palabras. Yo, el desterrado; yo, la víctima del pacto, vuelvo, el despedido, a los brazos donde te contengo. De rodilla a rodilla, tuyas, la palma del tenaz espacio se endominga y tensa su llamado: su noble cielo de campanas, su consumación en la sapiencia, su bandera común de espigas. Y el tacto mira, y en sus ojos se inscriben hechos memorables a salvo de ayer y de mañana. Envejece inútil el castigo a lo lejos, mientras tú, de estrenos, suavizas tus misterios vírgenes, la migración de tus arroyos placenteros, tus racimos trémulos. Yo errante y vivo, te conozco. Tú, la estatua blanca, establecida en el centro que no se muda; la sal asombrosa del incendio, el horno sagrado de estar viva. La ciudad pequeña, tú, mi puerto de tierra adentro; sembradora de claros jardines, habitada. Depuesta por las llamas últimas sobre las playas de ceniza, tú, milagro de la estrella fósil, o pasmo de moldes interiores en el caracol de tibia púrpura, o perfecto mascarón de proa en el tajamar erosionado. Y con qué exigencias me reclamas; me enriqueces con qué trabajos; a qué llamados me condenas. Cuando un girar de golondrinas arteriales, se transparenta por entre estériles desiertos; rige lo incomprensible en las palabras; cobra el fruto ansiado de las puertas con los cerrojos descorridos.
Para Abril Boliver Algo se me ha quebrado esta mañana de andar, de cara en cara, preguntando por el que vive dentro. Y habla y se queja y se me tuerce hasta la lengua del zapato, por tener que aguantar como los hombres tanta pobreza, tanto oscuro camino a la vejez; tantos remiendos, nunca invisibles, en la piel del alma. Yo no entiendo; yo quiero solamente, y trabajo en mi oficio. Yo pienso: hay que vivir; dificultosa y todo, nuestra vida es nuestra. Pero cuánta furia melancólica hay en algunos días. Qué cansancio. Cómo, entonces, pensar en platos venturosos, en cucharas calmadas, en ratones de lujosísimos departamentos, si entonces recordamos que los platos aúllan de nostalgia, boquiabiertos, y despiertan secas las cucharas, y desfallecen de hambre los ratones en humildes cocinas. Y conste que no hablo en símbolos; hablo llanamente de meras cosas del espíritu. Qué insufribles, a veces, las virtudes de la buena memoria; yo me acuerdo hasta dormido, y aunque jure y grite que no quiero acordarme. De andar buscando llego. Nadie, que sepa yo, quedó esperándome. Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo y pienso en esta vida que no es bella ni mucho menos, como dicen los que viven dichosos. Yo no entiendo. Escribo amargo y fácil, y en el día resollante y monótono de no tener cabeza sobre el traje, ni traje que no apriete, ni mujer en que caerse muerto.
Alguna vez te alcanzará el sonido de mi apagado nombre, y nuevamente algo en tu ser me sentirá presente: más no tu corazón; sólo tu oído. Una pausa en la música sin ruido de tu luz ignorada, inútilmente ha de querer salvar mi afán doliente de la amorosa cárcel de tu olvido. Ningún recuerdo quedará en tu vida de lo que fuera breve semejanza de tu sueño y mi nombre y la belleza. Porque en tu amor no alentará la herida sino la cicatriz, y tu esperanza no querrá saber más de mi tristeza.
Amapola trastorno, exaltación morada, disparate. Salga lo que saliere. Y qué estruendo de alas, y qué dulce lastre sentimental sobre la lengua, y amistad en las manos, ofrecida sin ponderar, qué arrebatada. Comulgar en la música aspereza, junto al estribo ya, de amanecida, con mujer desolada, y el rasgueo, y la última vez, y el aguardiente, y sollozar a frutas. Salto, furor de gozo, de pataleo de quien pide encontrarse, con la prisa amantísima del ánima que al fin tocó el fraterno -ay, engañoso; ay, ay, inconvincente- universal llamado. Yo ya me voy. Deslúmbrame el metal decadente de la barca que habrá de conducirme. Y el camino. Porque me voy mañana. Yo me parto. Vengo a decirte adiós para olvidarte. Lucen de adentro las canciones que me vienen de afuera. Si me dieran, al menos, no morir tan lejos. -Mexicano el acento desgarrado de plumas claras y de flores y me enriquece de arrobadas turquesas-. Yo sé, yo ya me voy; yo reconozco, como si me doliera, la indudable armazón altanera del halo corporal que me circunda. Propenso al celo ardiente, y al hipérbaton sanguíneo y los mercados, y al encabalgamiento de los ojos viriles en los pares argumentos de la media naranja; multiplícanse ternura por fervor, y el resultado quema entre sangre y piel y piel desnuda. Tartamudo, efusivo intraducible entusiasmo del habla. La recámara suntuaria y sin pesar de la memoria. Abierta y enjoyada. También. Contento. Compañera. Aunque comience y me sujete por los tobillos este centro fijo de rueda de molino. Me columpio, vuelvo a subir, volteo; aspa de graves órbitas iguales recorridas de frente, con ronquidos de ventarrón en las orejas. Hélice a al mitad, desmorecida, nauseosa, mecánica, bajando al fondo del quedar durmiendo.
Amiga a la que amo: no envejezcas. Que se detenga el tiempo sin tocarte; que no te quite el manto de la perfecta juventud. Inmóvil junto a tu cuerpo de muchacha dulce quede, al hallarte, el tiempo. Si tu hermosura ha sido la llave del amor, si tu hermosura con el amor me ha dado la certidumbre de la dicha, la compañía sin dolor, el vuelo, guárdate hermosa, joven siempre. No quiero ni pensar lo que tendría de soledad mi corazón necesitado, si la vejez dañina, prejuiciosa cargara en ti la mano, y mordiera tu piel, desvencijara tus dientes, y la música que mueves, al moverte, deshiciera. Guárdame siempre en la delicia de tus dientes parejos, de tus ojos, de tus olores buenos, de tus brazos que me enseñas cuando a solas conmigo te has quedado desnuda toda, en sombras, sin más luz que la tuya, porque tu cuerpo alumbra cuando amas, más tierna tú que las pequeñas flores con que te adorno a veces. Guárdame en la alegría de mirarte ir y venir en ritmo, caminando y, al caminar, meciéndote como si regresaras de la llave del agua llevando un cántaro en el hombro. Y cuando me haga viejo, y engorde y quede calvo, no te apiades de mis ojos hinchados, de mis dientes postizos, de las canas que me salgan por la nariz. Aléjame, no te apiades, destiérrame, te pido; hermosa entonces, joven como ahora, no me ames: recuérdame tal como fui al cantarte, cuando era yo tu voz y tu escudo, y estabas sola, y te sirvió mi mano.
Área sonante, ovario
de la noche carnal; abrevadero
insistente y monótono en la arena
del oído terrestre.
Y tocar, hacia dentro,
el oleaje
como aquel remotísimo, asilado
en lo vacío de las
conchas. Urna,
seda contigua que despliega
en hileras cayendo,
una por una,
golpes de espuma deslazada.
Concha de labios
húmedos, saliva
en los labios inmensos.
Y yo mismo,
¿qué escalofrío soy,
qué gobernado,
-como presa de un águila- deleite?
Y tú desnuda,
la que viene,
la desnuda en los bordes de su boca.
Por lo demás, hay
cosas
que se comprenden fácilmente:
los relámpagos duros del
galope,
los lechos consagrados, la ablandada
mano de las
entrañas a rebato,
y un sabor permanente de estar vivos.
Ahora y en lo próximo,
corales
tras la puerta sombría; lengua súbita
abre y señala
claustros al incesto
de la boca y la oreja, complicadas
en el
secreto. Paso de cantiles,
garganta de campana en que te escucho,
latiendo, hacerte y deshacerte.
Y es el vino violeta de
tu sangre,
y es tu extensión de leche, y tu sin término
río
desenredándose que vuelve
en mí sobre sí mismo, desatando,
regresado de sonoras honduras,
de inconsumibles fondos admitido.
Hora ritual de los
cuerpos atentos;
ceremonial donde salvado,
como el hueso en la
fruta, me reúno;
como el que no ha nacido,
como en agua materna,
respirando
sonido respirado, en el deleite
de oírte sumergido.
Está sonando
tu corazón. Ahora está sonando.
Ahora y en lo oscuro. Y
llovedizas
plumas innumerables se desgarran,
y sal y tinta,
construidas
de muy adentro, en olas enrojecen.
Y la unión era lícita,
sellada
con las arras solemnes del naufragio.
Cabello al aire, del que surge un ala de flor; sierpe rampante, cabeza de culebra ante el espejo; maternales ramas de la vida que despierta, entre ruinas, el momento de la restauración: coro de espinas y crisol para el oro de la danza. Entre espinas aéreas, flor capilar; embrión de las raíces volátiles del árbol incendiado. Conjuro de la medianoche: Arde, hueso de pájaro, médula de aceite consagrado; dinastía: ven a coser la piel sobre profundo viento en las sombras; amanece, mortal bautismo de la carne. De aquí, la danza; torso, brazos, piernas, vientre pariendo, lanzadera en el telar en flor de la batalla; de este cabello en vueltas, el pecado redentor aparezca, el paraíso recobrado del fuego. Flor capilar, ala de flor en vuelo, alimento del águila que acecha en la punta del pie. Cerco de espinas. Libre ya, por cercada; por conducida, llevadora; por desnuda, enjoyada; por ya muerta, resucitable para siempre. Collar del movimiento, sangre nacida, sierpe de plumajes, órbitas, calavera de azúcar del ombligo. Y las contrarias lumbres de las manos, y el grito alegre, y las divinas tunas afluentes de la primavera. Ay ay, y los relámpagos; ay ay, y los fantasmas de la hoguera; ay ay, y las sonajas como pechos sobre los pasos a compás. Aquí la danza, la ceñida por el coro de espinas; aquí, el círculo doloroso del alma, restaurado sobre la fosa del sepulturero.
-Piel, cabello, ternura, olor, palabras- mi amor te va tocando. Voy descubriendo a diario, convenciéndome de que estás junto a mí, de que es posible y cierto; que no eres, ya, la felicidad imaginada, sino la dicha permanente, hallada, concretísima; el abierto aire total en que me pierdo y gano. Y después, qué delicia la de ponerme lejos nuevamente. Mirarte como antes y llamarte de "usted", para que sientas que no es verdad que te haya conseguido; que sigues siendo tú, la inalcanzada; que hay muchas cosas tuyas que no puedo tener. Qué delicia delgada, incomprensible, la de verte lejos, y soportar los golpes de alegría que de mi corazón ascienden al acercarse a ti por vez primera; siempre por primera, a cada instante. Y al mismo tiempo, así, juego a perderte y a descubrirte, y sé que te descubro siempre mejor de como te he perdido. Es como si dijeras: "Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras yo empezara a buscarte, y torpemente te preguntara: ¿estás allí?", y salieras riendo del escondite, tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta en una luz distinta, en un aroma nuevo, con un vestido diferente.
Como rumor de muchedumbre, o ruido de torrentes huyendo, se construye, sobre el silencio del durmiente, el silencio de afuera: el que levantan los dispuestos en cerco, los que miran despertando sus armas en tu contra. Herencia mía, mi plegaria, hembra fundada en extensiones hostiles, respirando entre insidiosos oleajes de ahogo, desarmada. Ciudad encomendada a mi vigilia, a salvo junto a mí, con su riqueza de cuerpos maternales, y de enfermos tiernamente guardados, y de suntuosas luces coronadas y de manos de huérfanos en sueños. Voy y vengo delante de ti, sobre mis pasos, en tu orilla, cómplice de tu cuerpo silencioso; soy, en tus bordes, atalaya que te cubre de lejos; voz velando, llamando, transmitiendo su noticia nocturna de centinela sobre el muro. No para ti los perros de la furia ni los enrojecidos humeantes jinetes al asalto; no la puerta rajada, ni el relámpago de la espada en la alcoba, ni el temblor de las sábanas terribles bajo la violación, ni los gemidos. Aquí velo, aquí estoy, aquí me aguanto mi corazón. Clavado a la mirada mía, y a mis pasos, y al grito de mi boca, y a mi oreja.
Desde su nudo a ciegas, desde su ramazón violeta, suena encogida en su hervor la sola fuente del conjuro que te llama. Tú, palabra antigua, bajo el lirio del vientre de la noche sabes lo que no soy; desde lejanos nombres como ciudades, vienes; como pueblos de alas retenidas vienes; como bocas no saciadas. Mañana espacial entre despojos nupciales; lecho reviviente del amor de ramas libertadas sobre la herrumbe de otras hojas; juicio universal de cada instante. Del tiempo matinal emerges con terrestre peso de estaciones al sol; en mi cuerpo te alimentas; orden de vida restableces en mi corazón desengranado.
Era también de fuego: sobre el tizón, hirientes, casi diáfanas violetas duras a los ojos, coronadas de oro. De esto era, de esto se construía bajo el humo. También como de alas en asalto; pluviales hojas enjambradas, arboladuras de reloj a vela. Y en vela yo, sumiso y vigilante a la corriente en que me estoy hundiendo. Buscando quién me soy cuando soy este sabor labiodental, que sobrenada entre las redes del aroma; estos golpes de tacto en soñolientas aguas desembocando; quién me nace -póstumo ya- si la serpiente de música enjoyada quiebra el cascarón, y adelgazándose -sensual, bicéfala y exacta- cruza la puerta doble del oído. En venta está mi cuarto, y de la mano saco a la calle mis rincones. Me dieron el indulto cuando estaba ya contra la pared, y ojivendado. Allí donde vivimos, en el lugar en que nos conocemos; donde la noche oscura, que amanece de las cinco prensiles advocaciones ávidas del alma. Y era como el silencio que tú sabes; como de casa grande, como ramas de anochecido pueblo solo. Yo soy hombre, y me callo tantas cosas que tendremos que hablar cuanto tú quieras; la orquestada pasión y las raíces de aquellos ojos míos que me miren desde el sembrado sitio de tus ojos. Me sobrevivo en vela, mereciendo que al corazón me apunten al matarme.
Esta noche de trenes, de poblaciones emigrando, de corporales sueños, de violadas respiraciones en la arena movediza del viaje, lo recuerdo. (Fue, tal vez, necesario el incipiente amor; callar a solas con extraños, y las cosas más tiernas, mientras la boca se endurece y una crecida barba, de cadáver reciente, me prolonga.) Y sin embargo, cuántas veces te habrán reconocido; por los ojos, o por la ausencia que dejaste; por el cabello sobre el hombro, al irte, y el andar que descubre lo que eras. Pues sé que nos pusieron, al nacer, otro nombre, y un camino que recorrer, y un tren para el camino. Un tren sonámbulo que huye, en dirección opuesta, irreversible, de los que cruzan ya perdidos; por un saludo heridos ya de muerte, marcados para siempre, señalados; buscadores de un signo en la mazorca muchedumbre de rostros. Y todo esto sin falta, aconteciendo; todo pasando, todo viniendo y alcanzando y yéndose. Amiga, no me olvides; no me olvides, amigo; no te pierdas, espérame. Como a la máscara del baile, vengo de lejos a ocupar mi cara; por detrás y en silencio, a mis balcones lacrimales, al sabor de mi boca, al olor de las cosas que esperabas. Estoy sin tierra firme; estoy saliendo, a donde quiero, de estas últimas lentas horas de viaje que termina; sombra larguísima, pantano de silbatos, de ruedas que repiten su palabra distinta a cada uno; estaciones mendigas, como fechas alumbradas apenas, donde duele lo que se aprende dormitando. No me olvides, espérame. Yo, el de las cartas sin destino; el de palabras no creídas, el que siembra en lo oscuro, te lo pido.
Están cantando adentro;
hay cantares ahora en esta casa.
Entonces, fue verdad. Tengo la llave,
pero toco en la puerta
como cuando era el nadie que llegaba:
el sin cara y en busca,
el recién despertado, el todavía
dormido a medias, estirándose
en rodillas torpes levantado.
La enmascarada esconde sus
cabellos
con diadema florida,
su boca instrumental oculta
con labios
lentos; enjaulados
vuelan los pájaros de la mirada.
Es hora, pues, de fiesta;
de aceptar que son breves las raíces
bajo la tierra del
encuentro,
y, como en cartas familiares,
las felices noticias, los retratos
últimos, la promesa
del no tangible abrazo al despedirse.
Todo venía de camino, y viene
y desata la almendra en que se
anudan
el rumbo del aroma y el del trigo
y el vino y el carbón
enllamarado.
Y hay cantares aquí, y he merecido
tomar mi parte en el
cantar.
Amigos,
¿qué podemos perder con alegrarnos?
Lengua de
agujas, y costumbre
de espinas soportamos, y cilicios.
Si estamos de pasada,
si nada más nos saludamos,
si habré de irme aunque no quiero.
Mi lámpara casual para
escogerme
yo mismo, se me dio; con la esperanza
fugaz, y el calentado
aceite
del cerco de esta noche en donde invento
mi jerarquía diurna de
palabras.
Me aconsejo, me advierto, me amenazo;
soy pues, aquí, yo
mismo.
Y otro será el que salga, y no me importa,
por el zaguán de
madrugada,
y cogerá los cantos que sembramos.
Ha llegado el olor,
el filo
de su dental caricia; la preciosa
amarga flor
nocturna: madre nuestra,
collar que junta nuestros cuellos.
Y voy corno
embriagado, como en dicha;
como herido me llevan; como sueño
póstumo al despertar, como si hubiera
bebido hasta embriagarme,
estoy viviendo.
Como en vino saciado.
¿Dónde el agobio,
dónde la pobreza?
Era, de pronto,
levantarse
descalzo y con temor, y a media noche,
y a
recorrer la casa despoblada
-yo mismo el enemigo-, con la
inútil
esperanza de que fuera sólo
un paso de ladrón el
escuchado.
Mujer salobre y
única,
desnuda irresistiblemente,
que camina, simplísima y
desnuda
debajo de sus ropas, madurando
la cosecha de aceites
y de humo.
Ãnico día de la vida.
Como en halo de
lámpara,
como en regazo tuyo, como en tibio
paladar,
sujetado, me someto;
librado a la fortuna, reconquisto
mis
brazos y mis deudas, y levanto
mi victoria terrestre.
Yo te regalo ahora
lo que me liga a ti; yo me pregunto,
en medio, qué seguimos; qué
pretende
tu corazón.
Acaso yo te miro
en verdad; acaso donde el siempre
y el nunca vuelven comprensibles
la granada y el orden de las
uvas
y el gregario esplendor de la mazorca,
y la miel
colectiva.
No sin trabajo y
guerra me divido
por dentro, y tú me asilas y reúnes
debajo
de tu brazo. Y no es en vano.
que yo pueda ser, amor, la escala... Haz que yo pueda ser, amor, la escala en que sus pies se apoyan, el torrente de luz para su sed, o, suavemente, el cauce en que su vida se resbala. Sólo soy un espejo para el ala de un ángel dividido, que así siente que le soy necesario, y dulcemente a mi dolor su claridad iguala. Y eso es todo, amor: sólo un reflejo. No escala, luz ni cauce, en que pudiera subir, brillar, o transcurrir ligera. Ãnicamente el sueño de un espejo mudo a veces, y opaco, en donde anida la imagen solitaria de su vida.
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