Poesía Universal

Rubén Bonifaz Nuño

Biografía y amplia selección de poemas de Rubén Bonifaz Nuño. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Rubén Bonifaz Nuño. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Rubén Bonifaz Nuño

17 poemas seleccionados
1.

A tu puerta llamé. No estabas...

A tu puerta llamé. No 
		estabas.
Aspas de viaje te arrancaron.
¿Quién volverá cuando 
		regreses?
Viento sin recuerdos, en la noche
se envuelve de 
		inútiles presagios.


	


	
		Dicen que la vida 
		prosigue.
Entre nieves remotas, luces
que desconozco, abro los 
		brazos
-lazarillos a ciegas-; busco.


	
	
		Desde aquí, junto a la 
		oreja sorda
amo en secreto, y enmudezco.
Dicen que la vida no 
		perdona.
A tu puerta llego, y sin mirarte,
maravillado te 
		contemplo.


	
	
		¿Regresaste, vives, te 
		escondiste?
Frente a tu casa silenciosa
-pienso que estás-, no 
		llamo. Espero.
Y pasa la vida, y se detiene.
2.

Ábrese el fuego, y salta la burbuja...

Ábrese el fuego, y 
		salta la burbuja 
metálica de un pez; barre los ojos 
una flor 
		instantánea; doble salto 
mortal, ensaya el corazón. Amigos, 
algo 
		mejor gocemos que un lamento.  
		


		Ya, para no caerme, 
		estoy colgado 
de tu clavo, alegría; de tu absorto 
badajo, de tu 
		azúcar infalible 
de mujer conseguida. 


		Has caminado 
de 
		gusto, te has sentado de gusto, 
has llorado de gusto hasta reírte. 

		Eras tuya, y bailabas, y las piernas 
no te dolían tanto. Y es 
		domingo. 


		Escaleras del aire, pan 
		del día, 
turquesa el vuelo entre nosotros. 


		Y de pronto es 
		domingo, 
y hay gente, y es de fiesta 
y fraterna la gente, y es 
		ahora, 
y hay el viaje y la carta recibida 
y el intercambio de la 
		contraseña, 
y la risa espiral regocijada. 


		Risa del pobre, cúpula 
		sin suelo 
por sí misma orquestándose; 
música sin orquesta que la 
		amarre, 
deslimitándome, soldándome, 
compacta, el dentro y el 
		afuera. 


		Desde la almendra 
		glandular me encumbras, 
desde las cuatro alcobas 
cordiales, me 
		trabajas, alegría; 
plural jarabe, rosa visitante, 
llave de toda 
		cerradura. 


		Amigos, ha pasado la 
		nocturna 
concepción de los cantos, y la víspera 
de cristal 
		doloroso, y la semilla, 
y está el deleite con nosotros 
como vino 
		de suyo madurado. 


		Y está en las manos el 
		solemne 
fulgor; el número premiado 
en esta lotería de campanas.
3.

Albur de amor

En el vértigo del pozo angélico
gira y echa flor en los desiertos

		de la sal, y les procura puertas
y pájaros cálidos y frutos.

		Nueva, la carne se acrisola
bajo la estéril costra; humea
la 
		ciudad corrompida: antorchas
y granizo de azufre. Y sigue
la 
		derrota de mis fantasmas
en su remolino de cegueras.

		
Y en lo que no puede comprenderse
ejerzo ahora las palabras.

		
Yo, el desterrado; yo, la víctima
del pacto, vuelvo, el 
		despedido,
a los brazos donde te contengo.

		
De rodilla a rodilla, tuyas,
la palma del tenaz espacio
se 
		endominga y tensa su llamado:
su noble cielo de campanas,
su 
		consumación en la sapiencia,
su bandera común de espigas.

		
Y el tacto mira, y en sus ojos
se inscriben hechos memorables

		a salvo de ayer y de mañana.

		
Envejece inútil el castigo
a lo lejos, mientras tú, de estrenos,

		suavizas tus misterios vírgenes,
la migración de tus arroyos

		placenteros, tus racimos trémulos.
Yo errante y vivo, te conozco.

		
Tú, la estatua blanca, establecida
en el centro que no se muda;

		la sal asombrosa del incendio,
el horno sagrado de estar viva.

		
La ciudad pequeña, tú, mi puerto
de tierra adentro; sembradora

		de claros jardines, habitada.

		
Depuesta por las llamas últimas
sobre las playas de ceniza,

		tú, milagro de la estrella fósil,
o pasmo de moldes interiores
en 
		el caracol de tibia púrpura,
o perfecto mascarón de proa
en el 
		tajamar erosionado.

		
Y con qué exigencias me reclamas;
me enriqueces con qué trabajos;

		a qué llamados me condenas.

		
Cuando un girar de golondrinas
arteriales, se transparenta
por 
		entre estériles desiertos; rige
lo incomprensible en las palabras;

		cobra el fruto ansiado de las puertas
con los cerrojos descorridos.
4.

Algo se me ha quebrado esta mañana...

Para Abril Boliver

Algo se me ha quebrado esta mañana 
		
de andar, de cara en cara, preguntando 
por el que vive dentro. 
		


		Y habla y se queja y se me tuerce 
hasta la lengua del zapato, 
		
por tener que aguantar como los hombres 
tanta pobreza, tanto 
		oscuro 
		
camino a la vejez; tantos remiendos, 
nunca invisibles, en la 
		piel del alma. 
		

Yo no entiendo; yo quiero solamente, 
y trabajo en mi oficio. 
		
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa 
y todo, nuestra vida es 
		nuestra. 
		
Pero cuánta furia melancólica 
hay en algunos días. Qué 
		cansancio. 
		

Cómo, entonces, 
pensar en platos venturosos, 
en cucharas 
		calmadas, en ratones 
		
de lujosísimos departamentos, 
si entonces recordamos que los 
		platos 
		
aúllan de nostalgia, boquiabiertos, 
y despiertan secas las 
		cucharas, 
		
y desfallecen de hambre los ratones 
en humildes cocinas. 

		

		Y conste que no hablo 
		
en símbolos; hablo llanamente 
de meras cosas del espíritu. 

		
Qué insufribles, a veces, las virtudes 
de la buena memoria; yo 
		me acuerdo 
		
hasta dormido, y aunque jure y grite 
que no quiero acordarme. 
		

De andar buscando llego. 
Nadie, que sepa yo, quedó 
		esperándome. 
		
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo 
y pienso en esta vida que 
		no es bella 
		
ni mucho menos, como dicen 
los que viven dichosos. Yo no 
		entiendo. 
		

Escribo amargo y fácil, 
y en el día resollante y monótono
		
de no tener cabeza sobre el traje, 
ni traje que no apriete, 

		ni mujer en que caerse muerto.
5.

Alguna vez te alcanzará el sonido...

Alguna vez te alcanzará 
		el sonido
de mi apagado nombre, y nuevamente
algo en tu ser me 
		sentirá presente:
más no tu corazón; sólo tu oído.


		Una pausa en la música 
		sin ruido
de tu luz ignorada, inútilmente
ha de querer salvar mi 
		afán doliente
de la amorosa cárcel de tu olvido.


		Ningún recuerdo quedará 
		en tu vida
de lo que fuera breve semejanza
de tu sueño y mi nombre 
		y la belleza.


		Porque en tu amor no 
		alentará la herida
sino la cicatriz, y tu esperanza
no querrá 
		saber más de mi tristeza.
6.

Amapola trastorno...

Amapola trastorno, 
		
exaltación morada, disparate. 
Salga lo que saliere. 
Y qué 
		estruendo de alas, y qué dulce 
		
lastre sentimental sobre la lengua, 
y amistad en las manos, 
		ofrecida 
		
sin ponderar, qué arrebatada. 

Comulgar en la música 
		aspereza, 
		
junto al estribo ya, de amanecida, 
con mujer desolada, y el 
		rasgueo, 
		
y la última vez, y el aguardiente, 
y sollozar a frutas. 


		Salto, furor de gozo, de pataleo 
		
de quien pide encontrarse, 
con la prisa amantísima del ánima 

		que al fin tocó el fraterno 
		
-ay, engañoso; ay, ay, inconvincente- 
universal llamado. 

		
Yo ya me voy. Deslúmbrame 
el metal decadente de la barca 
que 
		habrá de conducirme. Y el camino. 
		
Porque me voy mañana. Yo me parto. 
Vengo a decirte adiós para 
		olvidarte. 
		

Lucen de adentro las canciones 
que me vienen de afuera. Si 
		me dieran, 
		
al menos, no morir tan lejos. 

-Mexicano el acento desgarrado 
		
de plumas claras y de flores 
y me enriquece de arrobadas 
		turquesas-. 
		

Yo sé, yo ya me voy; yo reconozco, 
como si me doliera, la 
		indudable 
		
armazón altanera 
del halo corporal que me circunda. 


		Propenso al celo ardiente, y al hipérbaton 
		
sanguíneo y los mercados, 
y al encabalgamiento de los ojos 

		viriles en los pares argumentos 
		
de la media naranja; multiplícanse 
ternura por fervor, y el 
		resultado 
		
quema entre sangre y piel y piel desnuda. 

Tartamudo, efusivo 
		intraducible 
		
entusiasmo del habla. La recámara 
suntuaria y sin pesar de la 
		memoria. 
		
Abierta y enjoyada. 
También. Contento. Compañera. 

Aunque 
		comience y me sujete 
		
por los tobillos este centro 
fijo de rueda de molino. 

Me 
		columpio, vuelvo a subir, volteo; 
		
aspa de graves órbitas iguales 
recorridas de frente, con 
		ronquidos 
		
de ventarrón en las orejas. 

Hélice a al mitad, desmorecida, 
		
nauseosa, mecánica, 
bajando al fondo del quedar durmiendo.
7.

Amiga a la que amo: no envejezcas...

Amiga a la que amo: no 
		envejezcas.
Que se detenga el tiempo sin tocarte;
que no te quite 
		el manto
de la perfecta juventud. Inmóvil
junto a tu cuerpo de 
		muchacha dulce
quede, al hallarte, el tiempo.


		Si tu hermosura ha sido

		la llave del amor, si tu hermosura
con el amor me ha dado
la 
		certidumbre de la dicha,
la compañía sin dolor, el vuelo,
guárdate 
		hermosa, joven siempre.


		No quiero ni pensar lo 
		que tendría
de soledad mi corazón necesitado,
si la vejez dañina, 
		prejuiciosa
cargara en ti la mano,
y mordiera tu piel, 
		desvencijara
tus dientes, y la música
que mueves, al moverte, 
		deshiciera.

		
Guárdame siempre en la delicia
de tus dientes parejos, de tus 
		ojos,
de tus olores buenos,
de tus brazos que me enseñas
cuando 
		a solas conmigo te has quedado
desnuda toda, en sombras,
sin más 
		luz que la tuya,
porque tu cuerpo alumbra cuando amas,
más tierna 
		tú que las pequeñas flores
con que te adorno a veces.


		Guárdame en la alegría 
		de mirarte
ir y venir en ritmo, caminando
y, al caminar, 
		meciéndote
como si regresaras de la llave del agua
llevando un 
		cántaro en el hombro.

		
Y cuando me haga viejo,
y engorde y quede calvo, no te apiades

		de mis ojos hinchados, de mis dientes
postizos, de las canas que me 
		salgan
por la nariz. Aléjame,
no te apiades, destiérrame, te pido;

		hermosa entonces, joven como ahora,
no me ames: recuérdame
tal 
		como fui al cantarte, cuando era
yo tu voz y tu escudo,
y estabas 
		sola, y te sirvió mi mano.
8.

Área sonante

Área sonante, ovario 

		de la noche carnal; abrevadero 
insistente y monótono en la arena 

		del oído terrestre.  
		


		Y tocar, hacia dentro, 
		el oleaje 
como aquel remotísimo, asilado 
en lo vacío de las 
		conchas. Urna, 
seda contigua que despliega 
en hileras cayendo, 
		una por una, 
golpes de espuma deslazada. 
 
Concha de labios 
		húmedos, saliva 
en los labios inmensos.

		
                                    
		Y yo mismo,  


		¿qué escalofrío soy, 
		qué gobernado, 
-como presa de un águila- deleite? 
Y tú desnuda, 
		la que viene, 
la desnuda en los bordes de su boca.  
		


		Por lo demás, hay 
		cosas 
que se comprenden fácilmente: 
los relámpagos duros del 
		galope, 
los lechos consagrados, la ablandada 
mano de las 
		entrañas a rebato, 
y un sabor permanente de estar vivos. 


		Ahora y en lo próximo, 
		corales 
tras la puerta sombría; lengua súbita 
abre y señala 
		claustros al incesto 
de la boca y la oreja, complicadas 
en el 
		secreto. Paso de cantiles, 
garganta de campana en que te escucho, 

		latiendo, hacerte y deshacerte. 


		Y es el vino violeta de 
		tu sangre, 
y es tu extensión de leche, y tu sin término 
río 
		desenredándose que vuelve 
en mí sobre sí mismo, desatando, 

		regresado de sonoras honduras, 
de inconsumibles fondos admitido. 


		Hora ritual de los 
		cuerpos atentos; 
ceremonial donde salvado, 
como el hueso en la 
		fruta, me reúno; 
como el que no ha nacido, 
como en agua materna, 
		respirando 
sonido respirado, en el deleite 
de oírte sumergido. 
		Está sonando 
tu corazón. Ahora está sonando. 


		Ahora y en lo oscuro. Y 
		llovedizas 
plumas innumerables se desgarran, 
y sal y tinta, 
		construidas 
de muy adentro, en olas enrojecen. 


		Y la unión era lícita, 
		sellada 
con las arras solemnes del naufragio.
9.

Cabello al aire

Cabello al aire, del que surge un ala 
de flor; sierpe rampante, 
		
cabeza de culebra ante el espejo; 
maternales ramas de la vida 
		
que despierta, entre ruinas, el momento 
de la restauración: coro 
		de espinas 
		
y crisol para el oro de la danza. 
Entre espinas aéreas, 
flor 
		capilar; embrión de las raíces 
		
volátiles del árbol incendiado. 

Conjuro de la medianoche: 
		

Arde, hueso de pájaro, médula 
de aceite consagrado; 
		dinastía: 
		
ven a coser la piel sobre profundo 
viento en las sombras; 
		amanece, 
		
mortal bautismo de la carne. 

De aquí, la danza; torso, 
		brazos, piernas, 
		
vientre pariendo, lanzadera 
en el telar en flor de la batalla; 
		
de este cabello en vueltas, el pecado 
redentor aparezca, el 
		paraíso 
		
recobrado del fuego. 

Flor capilar, ala de flor en vuelo, 

		alimento del águila que acecha 
		
en la punta del pie. Cerco de espinas. 

Libre ya, por 
		cercada; 
		
por conducida, llevadora; 
por desnuda, enjoyada; 
por ya 
		muerta, resucitable para siempre. 
		

Collar del movimiento, sangre 
nacida, sierpe de plumajes, 
		órbitas, 
		
calavera de azúcar del ombligo. 

Y las contrarias lumbres de 
		las manos, 
		
y el grito alegre, y las divinas 
tunas afluentes de la 
		primavera. 
		

Ay ay, y los relámpagos; 
ay ay, y los fantasmas de la 
		hoguera; 
		
ay ay, y las sonajas como pechos 
sobre los pasos a compás. 

		
Aquí la danza, la ceñida 
por el coro de espinas; aquí, el 
		círculo 
		
doloroso del alma, restaurado 
sobre la fosa del sepulturero.
10.

Centímetro a centímetro

-Piel, cabello, 
		ternura, olor, palabras-
mi amor te va tocando.
Voy descubriendo a 
		diario, convenciéndome
de que estás junto a mí, de que es posible

		y cierto; que no eres,
ya, la felicidad imaginada,
sino la dicha 
		permanente,
hallada, concretísima; el abierto
aire total en que me 
		pierdo y gano.


	
	
		Y después, qué delicia

		la de ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como antes
y llamarte de 
		"usted", para que sientas
que no es verdad que te haya conseguido;

		que sigues siendo tú, la inalcanzada;
que hay muchas cosas tuyas

		que no puedo tener.


	
	
		Qué delicia delgada, 
		incomprensible,
la de verte lejos,
y soportar los golpes de 
		alegría
que de mi corazón ascienden
al acercarse a ti por vez 
		primera;
siempre por primera, a cada instante.
Y al mismo tiempo, 
		así, juego a perderte
y a descubrirte, y sé que te descubro

		siempre mejor de como te he perdido.


	
	
		Es como si dijeras:

		"Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras
yo empezara a buscarte, y 
		torpemente
te preguntara: ¿estás allí?", y salieras
riendo del 
		escondite,
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz 
		distinta, en un aroma
nuevo, con un vestido diferente.
11.

Como rumor de muchedumbre...

Como rumor de 
		muchedumbre, o ruido 
de torrentes huyendo, se construye, 
sobre 
		el silencio del durmiente, 
el silencio de afuera: el que levantan 

		los dispuestos en cerco, los que miran 
despertando sus armas en tu 
		contra.  
		


		Herencia mía, mi 
		plegaria, 
hembra fundada en extensiones 
hostiles, respirando 
		entre insidiosos 
oleajes de ahogo, desarmada. 


		Ciudad encomendada a mi 
		vigilia, 
a salvo junto a mí, con su riqueza 
de cuerpos 
		maternales, y de enfermos 
tiernamente guardados, 
y de suntuosas 
		luces coronadas 
y de manos de huérfanos en sueños. 


		Voy y vengo delante 

		de ti, sobre mis pasos, en tu orilla, 
cómplice de tu cuerpo 
		silencioso; 
soy, en tus bordes, atalaya 
que te cubre de lejos; 
		voz velando, 
llamando, transmitiendo 
su noticia nocturna 
de 
		centinela sobre el muro. 


		No para ti los perros 
		de la furia 
ni los enrojecidos 
humeantes jinetes al asalto; 

		no la puerta rajada, ni el relámpago 
de la espada en la alcoba, 

		ni el temblor de las sábanas terribles 
bajo la violación, ni los 
		gemidos. 


		Aquí velo, aquí estoy, 
		aquí me aguanto 
mi corazón. Clavado a la mirada 
mía, y a mis 
		pasos, 
y al grito de mi boca, y a mi oreja.
12.

Desde su nudo a ciegas...

Desde su nudo a ciegas, 
		desde
su ramazón violeta, suena
encogida en su hervor la sola

		fuente del conjuro que te llama.
Tú, palabra antigua, bajo el lirio

		del vientre de la noche sabes
lo que no soy; desde lejanos
nombres 
		como ciudades, vienes;
como pueblos de alas retenidas
vienes; como 
		bocas no saciadas.


	
	
		Mañana espacial entre 
		despojos
nupciales; lecho reviviente
del amor de ramas libertadas

		sobre la herrumbe de otras hojas;
juicio universal de cada instante.

		Del tiempo matinal emerges
con terrestre peso de estaciones
al 
		sol; en mi cuerpo te alimentas;
orden de vida restableces
en mi 
		corazón desengranado.
13.

Era también de fuego...

Era también de fuego: 

		sobre el tizón,  hirientes, casi diáfanas 
violetas duras a los 
		ojos, 
coronadas de oro. De esto era, 
de esto se construía bajo 
		el humo.  
		


		También como de alas en 
		asalto; 
pluviales hojas enjambradas, 
arboladuras de reloj a 
		vela. 


		Y en vela yo, sumiso y 
		vigilante 
a la corriente en que me estoy hundiendo. 


		Buscando quién me soy 
		cuando soy este 
sabor labiodental, que sobrenada 
entre las redes 
		del aroma; 
estos golpes de tacto en soñolientas 
aguas 
		desembocando; quién me nace 
-póstumo ya- si la serpiente 
de 
		música enjoyada quiebra 
el cascarón, y adelgazándose 
-sensual, 
		bicéfala y exacta- 
cruza la puerta doble del oído. 


		En venta está mi 
		cuarto, y de la mano 
saco a la calle mis rincones. 


		Me dieron el indulto 
		cuando estaba 
ya contra la pared, y ojivendado. 


		Allí donde vivimos, 

		en el lugar en que nos conocemos; 
donde la noche oscura, que 
		amanece 
de las cinco prensiles 
advocaciones ávidas del alma. 


		Y era como el silencio 
		que tú sabes; 
como de casa grande, como ramas 
de anochecido 
		pueblo solo. 


		Yo soy hombre, y me 
		callo tantas cosas 
que tendremos que hablar cuanto tú quieras; 

		la orquestada pasión y las raíces 
de aquellos ojos míos que me 
		miren 
desde el sembrado sitio de tus ojos. 


		Me sobrevivo en vela, 
		mereciendo 
que al corazón me apunten al matarme.
14.

Esta noche de trenes...

Esta noche de trenes, 
de poblaciones emigrando, 
		
de corporales sueños, de violadas 
respiraciones en la arena 

		movediza del viaje, lo recuerdo. 
		
(Fue, tal vez, necesario el incipiente 
amor; callar a solas con 
		extraños, 
		
y las cosas más tiernas, 
mientras la boca se endurece 
y una 
		crecida barba, de cadáver 
		
reciente, me prolonga.) 

Y sin embargo, cuántas veces 
te 
		habrán reconocido; por los ojos, 
		
o por la ausencia que dejaste; 
por el cabello sobre el hombro, 
		al irte, 
		
y el andar que descubre lo que eras. 

Pues sé que nos 
		pusieron, 
		
al nacer, otro nombre, y un camino 
que recorrer, y un tren para 
		el camino. 
		

Un tren sonámbulo que huye, 
en dirección opuesta, 
		irreversible, 
		
de los que cruzan ya perdidos; 
por un saludo heridos ya de 
		muerte, 
		
marcados para siempre, señalados; 
buscadores de un signo en la 
		mazorca 
		
muchedumbre de rostros. 

Y todo esto sin falta, aconteciendo; 
		
todo pasando, 
todo viniendo y alcanzando y yéndose. 


		Amiga, no me olvides; no me olvides, 
		
amigo; no te pierdas, espérame. 

Como a la máscara del baile, 
		
vengo de lejos a ocupar mi cara; 
por detrás y en silencio, a mis 
		balcones 
		
lacrimales, al sabor de mi boca, 
al olor de las cosas que 
		esperabas. 
		

Estoy sin tierra firme; estoy saliendo, 
a donde quiero, de 
		estas últimas 
		
lentas horas de viaje que termina; 

sombra larguísima, 
		pantano 
		
de silbatos, de ruedas que repiten 
su palabra distinta a cada 
		uno; 
		

estaciones mendigas, como fechas 
alumbradas apenas, donde 
		duele 
		
lo que se aprende dormitando. 
No me olvides, espérame. 


		Yo, el de las cartas sin destino; 
		
el de palabras no creídas, 
el que siembra en lo oscuro, te lo 
		pido.
15.

Están cantando adentro...

Están cantando adentro; 
hay cantares ahora en esta casa. 
		
Entonces, fue verdad. Tengo la llave, 
pero toco en la puerta 

		como cuando era el nadie que llegaba: 
		
el sin cara y en busca, 
el recién despertado, el todavía 

		dormido a medias, estirándose 
		
en rodillas torpes levantado. 

La enmascarada esconde sus 
		cabellos 
		
con diadema florida, 
su boca instrumental oculta 
con labios 
		lentos; enjaulados 
		
vuelan los pájaros de la mirada. 

Es hora, pues, de fiesta; 
		
de aceptar que son breves las raíces 
bajo la tierra del 
		encuentro, 
		
y, como en cartas familiares, 
las felices noticias, los retratos 
		
últimos, la promesa 
del no tangible abrazo al despedirse. 

		
Todo venía de camino, y viene 
y desata la almendra en que se 
		anudan 
		
el rumbo del aroma y el del trigo 
y el vino y el carbón 
		enllamarado. 
		

Y hay cantares aquí, y he merecido 
tomar mi parte en el 
		cantar.

		
                                               
		Amigos,

¿qué podemos perder con alegrarnos? 

Lengua de 
		agujas, y costumbre 
		
de espinas soportamos, y cilicios. 

Si estamos de pasada, 

		si nada más nos saludamos, 
		
si habré de irme aunque no quiero. 

Mi lámpara casual para 
		escogerme 
		
yo mismo, se me dio; con la esperanza 
fugaz, y el calentado 
		aceite 
		
del cerco de esta noche en donde invento 
mi jerarquía diurna de 
		palabras. 
		

Me aconsejo, me advierto, me amenazo; 
soy pues, aquí, yo 
		mismo. 
		

Y otro será el que salga, y no me importa, 
por el zaguán de 
		madrugada, 
		
y cogerá los cantos que sembramos.
16.

Ha llegado el olor...

Ha llegado el olor, 
			el filo 
de su dental caricia; la preciosa 
amarga flor 
			nocturna: madre nuestra, 
collar que junta nuestros cuellos.  
			


			Y voy corno 
			embriagado, como en dicha; 
como herido me llevan; como sueño 

			póstumo al despertar, como si hubiera 
bebido hasta embriagarme, 
			estoy viviendo. 
Como en vino saciado. 


			¿Dónde el agobio, 
			dónde la pobreza? 


			Era, de pronto, 
			levantarse 
descalzo y con temor, y a media noche, 
y a 
			recorrer la casa despoblada 
-yo mismo el enemigo-, con la 
			inútil 
esperanza de que fuera sólo 
un paso de ladrón el 
			escuchado. 


			Mujer salobre y 
			única, 
desnuda irresistiblemente, 
que camina, simplísima y 
			desnuda 
debajo de sus ropas, madurando 
la cosecha de aceites 
			y de humo. 
Único día de la vida. 


			Como en halo de 
			lámpara, 
como en regazo tuyo, como en tibio 
paladar, 
			sujetado, me someto; 
librado a la fortuna, reconquisto 
mis 
			brazos y mis deudas, y levanto 
mi victoria terrestre. 


			Yo te regalo ahora 

			lo que me liga a ti; yo me pregunto, 
en medio, qué seguimos; qué 
			pretende 
tu corazón.

			
                         
			Acaso yo te miro  

en verdad; acaso donde el siempre 

			y el nunca vuelven comprensibles 
la granada y el orden de las 
			uvas 
y el gregario esplendor de la mazorca, 
y la miel 
			colectiva.  
			


			No sin trabajo y 
			guerra me divido 
por dentro, y tú me asilas y reúnes 
debajo 
			de tu brazo. Y no es en vano.
17.

Haz

que yo pueda ser, 
	amor, la escala...




	
		Haz que yo pueda ser, 
		amor, la escala
en que sus pies se apoyan, el torrente
de luz para 
		su sed, o, suavemente,
el cauce en que su vida se resbala.


		Sólo soy un espejo para 
		el ala
de un ángel dividido, que así siente
que le soy necesario, 
		y dulcemente
a mi dolor su claridad iguala.

		
Y eso es todo, amor: sólo un reflejo.
No escala, luz ni cauce, en 
		que pudiera
subir, brillar, o transcurrir ligera.


		Únicamente el sueño de 
		un espejo
mudo a veces, y opaco, en donde anida
la imagen 
		solitaria de su vida.

Versos y pensamientos de Rubén Bonifaz Nuño

4 citas
« A tu puerta llamé. No / estabas. »
Rubén Bonifaz Nuño · A tu puerta llamé. No estabas...
« Ábrese el fuego, y / salta la burbuja »
Rubén Bonifaz Nuño · Ábrese el fuego, y salta la burbuja...
« En el vértigo del pozo angélico / gira y echa flor en los desiertos »
Rubén Bonifaz Nuño · Albur de amor
« Para Abril Boliver / Algo se me ha quebrado esta mañana »
Rubén Bonifaz Nuño · Algo se me ha quebrado esta mañana...
Biblioteca poética

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