Poesía Universal

Rosario Castellanos

Biografía y amplia selección de poemas de Rosario Castellanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Rosario Castellanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Rosario Castellanos

15 poemas seleccionados
1.

Agonía fuera del muro

Miro las herramientas,

		el mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
sudan, paren , 
		cohabitan.

		
El cuerpo de los hombres prensado por los días,
su noche de 
		ronquido y de zarpazo
y las encrucijadas en que se reconocen.

		
Hay ceguera y el hambre los alumbra
y la necesidad, más dura que 
		metales.

		
Sin orgullo ( ¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
Que todavía la 
		especie no produce? )
los hombres roban, mienten,
como animal de 
		presa olfatean, devoran
y disputan a otro la carroña.

		
Y cuando bailan, cuando se deslizan
o cuando burlan una ley o 
		cuando
se envilecen, sonríen,
entornan levemente los párpados, 
		contemplan
el vacío que se abre en sus entrañas
y se entregan a un 
		éxtasis vegetal, inhumano.

		
Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
soy de los que no saben 
		ni arrebatar ni dar,
gente a quien compartir es imposible.

		
No te acerques a mi, hombre que haces el mundo,
déjame, no es 
		preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que 
		mueren
de algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no 
		entender.
2.

Ajedrez

Porque éramos amigos y 
		a ratos, nos
amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los 
		muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.


		Pusimos un tablero 
		enfrente
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de 
		movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó 
		la partida.


		Henos 
		aquí hace un siglo, sentados,
meditando encarnizadamente
como dar 
		el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al 
		otro.
3.

Amor

Solo la voz, la piel, la superficie
pulida de las cosas.


		Basta. No quiere más la 
		oreja, que su cuenco
rebalsaría y la mano ya no alcanza
a tocar 
		mas allá.

Distraída, resbala, acariciando
y lentamente sabe 
		del contorno.
Se retira saciada,
sin advertir el ulular inútil

		de la cautividad de las entrañas
ni el ímpetu del cuajo de la sangre

		que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
ya para siempre 
		ciego del sollozo.


		El que se va se lleva 
		su memoria,
su modo de ser río, de ser aire,
de ser adiós y nunca.


		Hasta que un día otro 
		lo para, lo detiene
y lo reduce a voz, a piel, a superficie

		ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
la oculta soledad aguarda 
		y tiembla.
4.

Apelación al solitario

Es necesario, a veces, 
		encontrar compañía.

Amigo, no es posible ni nacer ni morir

		sino con otro. Es bueno 
		
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la 
		alegría ese aire ilícito de robo.

		
¿Cómo podrías estar solo a la hora
completa, en que las cosas y 
		tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?
5.

Apuntes para una declaración de fe

El mundo gime estéril como un hongo.
Es la hoja caduca y sin 
		viento en otoño,
la uva pisoteada en el lagar del tiempo
pródiga 
		en zumos agrios y letales.
Es esta rueda isócrona fija entre cuatro 
		cirios,
esta nube exprimida y paralítica
y esta sangre blancuzca 
		en un tubo de ensayo.

		
La soledad trazó su paisaje de escombros.
La desnudez hostil es 
		su cifra ante el hombre.

		
Sin embargo, recuerdo...

En un día de amor yo bajé hasta la 
		tierra: 
		
vibraba como un pájaro crucificado en vuelo
y olía a hierba 
		húmeda, a cabellera suelta,
a cuerpo traspasado de sol al mediodía.

		Era como un durazno o como una mejilla
y encerraba la dicha
como 
		los labios encierran cada beso.

		
Ese día de amor yo fui como la tierra:
sus jugos me sitiaban 
		tumultuosos y dulces
y la raíz bebía con mis poros el aire
y un 
		rumor galopaba desde siempre
para encontrar los cauces de mi oreja.

		Al través de mi piel corrían las edades:
se hacía la luz, se 
		desgarraba el cielo
y se extasiaba -eterno- frente al mar.
El 
		mundo era la forma perpetua del asombro
renovada en el ir y venir de 
		la ola,
consubstancial al giro de la espuma
y el silencio, una 
		simple condición de las cosas.


		Pero alguien (ya no 
		acierto
con la estructura inmensa de su nombre)
dijo entonces:  
		«No es bueno
que la belleza esté desamparada»
y electrizó una 
		célula.


		En el principio -dice

		esta capa geológica que toco-
era sólo la danza:
cintura de la 
		gracia que congrega
juventudes y música en su torno.

		
En el principio era el movimiento.
Cada especie quería 
		constatarse, saberse
y ensayaba las notas de su esencia:
la jirafa 
		alargaba la garganta
para abrevar en nubes de limón.
Punzaba el 
		aire en las avispas múltiples 
		
y vertía chorritos de miel en cada herida
para que el equilibrio 
		permaneciera invicto.


		El ciervo competía con 
		la brisa
y el hombre daba vueltas alrededor de un árbol
trenzado 
		de manzanas y serpientes.
Nadie lo confesaba, pero todos
estaban 
		orgullosos de ser como juguetes
en las manos de un niño.

		Redondeaban su sombra los planetas
y rebotaban locos de alegría
en 
		las altas paredes del espacio
teñidas de antemano en un risueño azul.


		No me explico por qué

		fue indispensable que alguien inventara el reloj
y desde entonces 
		todo se atrasa o se adelanta,
la vida se fracciona en horas y en 
		minutos
o se quiebra o se para.
La manzana cayó; pero no sobre un 
		Newton
de fácil digestión,
sino sobre el atónito apetito de Adán.

		(Se atragantó con ella como era natural.)


		¡Qué implacable fue 
		Dios -ojo que atisba
a través de una hoja de parra ineficaz!
¡Cómo 
		bajó el arcángel relumbrando
con una decidida espada de latón!


		Tal vez no debería yo 
		hablar de la serpiente
pero desde esa vez es un escalofrío
en la 
		columna vertebral del universo.
Tal vez yo no debiera descubrirlo

		pero fue el primer círculo vicioso
mordiéndose la cola.
Porque 
		esto, en realidad, sólo tendría importancia
si ella lo supiera.

		Pero lo ignora todo reptando por el suelo,
dormitando en la siesta.


		Ah, si se levantara

		sin el auxilio de fakires indios
a contemplar su obra.
Aquí 
		estaríamos todos:
la horda devastando la pradera,
dejando siempre 
		a un lado el horizonte,
tratando de tachar la mañana remota,
de 
		arrasar con la sal de nuestras lágrimas
el campo en que se alzaba el 
		Paraíso.
Gritamos ¡adelante! por no mirar atrás.
El camino se 
		queda señalado
-estatua tras estatua- por la mujer de Lot.

		Queremos olvidar la leche que sorbimos
en las ubres de Dios.
Dios 
		nos amamantaba en figura de loba
como a Rómulo y Remo, abandonados.


		Abandonados siempre. 
		
¿De qué? ¿De quién? ¿De dónde?
No importa. Nada más abandonados.

		Cantamos porque sí, porque tenemos miedo,
un miedo atroz, bestial, 
		insobornable
y nos emborrachamos de palabras
o de risa o de 
		angustia.


		¡Qué cuidadosamente nos 
		mentimos!
¡Qué cotidianamente planchamos nuestras máscaras
para 
		hormiguear un rato bajo el sol!


		No, yo no quiero hablar 
		de nuestras noches
cuando nos retorcemos como papel al fuego.
Los 
		espejos se inundan y rebasan de espanto
mirando estupefactos nuestros 
		rostros.
Entonces queda limpio el esqueleto.
Nuestro cráneo reluce 
		igual que una moneda
y nuestros ojos se hunden interminablemente.

		Una caricia galvaniza los cadáveres:
sube y baja los dedos de sonido 
		metálico
contando y recontando las costillas.
Encuentra siempre 
		con que falta una
y vuelve a comenzar y a comenzar.


		Engaño en este ciego 
		desnudarse,
terror del ataúd escondido en el lecho,
del sudario 
		extendido
y la marmórea lápida cayendo sobre el pecho.
¡No poder 
		escapar del sueño que hace muecas
obscenas columpiándose en las 
		lámparas!
Es así como nacen nuestros hijos.
Parimos con dolor y 
		con vergüenza,
cortamos el cordón umbilical aprisa
como quien se 
		desprende de un fardo o de un castigo.


		Es así como amamos y 
		gozamos
y aún de este festín de gusanos hacemos
novelas 
		pornográficas
o películas sólo para adultos.
Y nos regocijamos de 
		estar en el secreto,
de guiñarnos los ojos a espaldas de la muerte.

		La serpiente debía tener manos
para frotarlas, una contra otra,

		como un burgués rechoncho y satisfecho.
Tal vez para lavárselas lo 
		mismo que Pilatos
o bien para aplaudir o simplemente
para tener 
		bastón y puro
y sombrero de paja como un dandy.
La serpiente debía 
		tener manos
para decirle: estamos en tus manos.

		
Porque si un día cansados de este morir a plazos
queremos 
		suicidarnos abriéndonos las venas
como cualquier romano,
nos 
		sorprende saber que no tenemos sangre
ni tinta enrojecida:
que nos 
		circula un aire tan gratis como el agua.
Nos sorprende palpar un 
		corazón en huelga
y unos sesos sin tapa saltarina
y un estómago 
		inmune a los venenos.
El suicidio también pasó de moda 
		
y no conviene dar un paso en falso 
cuando mejor podemos 
		deslizarnos.
¡Qué gracia de patines sobre el hielo!
¡Qué tobogán 
		más fino! ¡Qué pista lubricada!
¡Qué maquinaria exacta y aceitada!


		Así nos deslizamos 
		pulcramente
en los tés de las cinco -no en punto- de la tarde,
en 
		el cocktail o el pic-nic o en cualquiera
costumbre traducida del 
		inglés.
Padecemos alergia por las rosas,
por los claros de luna, 
		por los valses
y las declaraciones amorosas por carta.
A nadie se 
		le ocurre morir tuberculoso
ni escalar los balcones ni suspirar en 
		vano.
Ya no somos románticos.
Es la generación moderna y 
		problemática
que toma coca-cola y que habla por teléfono
y que 
		escribe poemas en el dorso de un cheque.

		
Somos la raza estrangulada por la inteligencia,
«La insuperable,

		mundialmente famosa trapecista
que ejecuta sin mácula
triple salto 
		mortal en el vacío.»
(La inteligencia es una prostituta 
		
que se vende por un poco de brillo
y que no sabe ya ruborizarse.)


		Puede ser que algún día

		invitemos a un habitante de Marte
para un fin de semana en nuestra 
		casa.
Visitaría en Europa lo típico:
alguna ruina humeante
o 
		algún pueblo afilando las garras y los dientes.
Alguna catedral mal 
		ventilada,
invadida de moho y oro inútil
y en el fondo un cartel: 
		«Negocio en quiebra» .
Fotografiaría como experto turista
los 
		vientres abultados de los niños enfermos,
las mujeres violadas en la 
		guerra,
los viejos arrastrando en una carretilla
un ropero sin 
		lunas y una cuna maltrecha.
Al Papa bendiciendo un cañón y un 
		soldado,
y las familias reales sordomudas e idiotas,
al hombre que 
		trabaja rebosante de odio
y al que vende el horno de sus abuelos
o 
		a la heredera del millón de dólares.


		Y luego le diríamos:

		Esto es solo la Europa de pandereta.
Detrás está la verdadera Europa:

		la rica en frigoríficos -almacenes de estatuas
donde la luz de un 
		cuadro se congela,
donde el verbo no puede hacerse carne.
Allí la 
		vida yace entre algodones
y mira tristemente tras el cristal opaco

		que la protege de corrientes de aire.
En estas vastas galerías de 
		muertos,
de fantasmas reumáticos y polvo,
nos hinchamos de orgullo 
		y de soberbia.


		Los rascacielos ya los 
		ha visto de lejos:
los colmenares rubios donde los hombres nacen,

		trabajan, se enriquecen y se pudren
sin preguntarse nunca para qué 
		todo esto,
sin indagar jamás cómo se viste el lirio
y sin 
		arrepentirse de su contento estúpido.


		Abandonemos ya tanto 
		cansancio.
Dejemos que los muertos entierren a sus muertos
y 
		busquemos la aurora
apasionadamente atentos a su signo.
Porque hay 
		aún un continente verde
que imanta nuestras brújulas.
Un ancho 
		acabamiento de pirámides
en cuyas cumbres bailan doncellas vegetales

		con ritmos milenarios y recientes
de quien lleva en los pies la sabia 
		y el misterio.
Un cielo que las flechas desconocen
custodiado de 
		mitos y piedras fulgurantes.
Hay enmarañamientos de raíces
y 
		contorsión de troncos y confusión de ramas.
Hay elásticos pasos de 
		jaguares
proyectados - silencio y terciopelo -
hacia el vuelo 
		inasible de la garra.


		Aquí parece que 
		empezara el tiempo
en solo un remolino de animales y nubes,
de 
		gigantescas hojas y relámpagos,
de bilingües entrañas desangradas.

		Corren ríos de sangres sobre la tierra ávida
corren vivificando las 
		más altas orquídeas,
las más esclarecidas amapolas.
Se evaporan 
		rugientes en los templos
ante la impenetrable pupila de obsidiana,

		brotan como una fuente repentina
al chasquido de un látigo,
crecen 
		en el abrazo enorme y doloroso
del cántaro de barro con el licor 
		latino.


		Río de sangre eterno y 
		derramado
que deposita limos fecundos en la tierra.
Su caudal se 
		nos pierde a veces en el mapa
y luego lo encontramos
-ocre y azul-  
		rigiendo nuestro pulso.
Río de sangre, cinturón de fuego.
En las 
		tierras que tiñe, en la selva multípara,
en el litoral bravo de 
		mestiza
mellado de ciclones y tormentas,
en este continente que 
		agoniza
bien podemos plantar una esperanza.
6.

Desamor

Me vio como se mira al 
		través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: 
		yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca 
		ni estaría.

		
Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es 
		arrojado
a la fosa común.
7.

Destierro

Hablábamos la lengua
de los dioses, pero era también nuestro 
		silencio
igual al de las piedras.
Éramos el abrazo de amor en que 
		se unían
el cielo con la tierra.

		
No, no estábamos solos.
Sabíamos el linaje de cada uno
y los 
		nombres de todos.
Ay, y nos encontrábamos como las muchas ramas
de 
		la ceiba se encuentran en el tronco.

		
No era como ahora
que parecemos aventadas nubes
o dispersadas 
		hojas.
Estábamos entonces cerca, apretados, juntos.
No era como 
		ahora.
8.

Destino

Matamos lo que amamos. 
		Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún 
		otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que 
		amamos. ¡Que cese ya esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!

		El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los 
		cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no 
		se puede compartir.


		El hombre es animal de 
		soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se 
		desangra.


		¡Ah! pero el odio, su 
		fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez 
		reposo y amenaza.


		El ciervo va a beber y 
		en el agua aparece
el reflejo de un tigre.
El ciervo bebe el agua 
		y la imagen. Se vuelve
- antes que lo devoren -  ( cómplice, 
		fascinado )
igual a su enemigo.


		Damos la vida sólo a lo 
		que odiamos.
9.

Dos

meditaciones


		I

		Considera, alma mía, esta textura
Áspera al tacto, a la que llaman 
		vida.
Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos
y en el color, 
		sombrío pero noble,
firme, y donde ha esparcido su resplandor el 
		rojo.
Piensa en la tejedora; en su paciencia
para recomenzar

		una tarea siempre inacabada.

		
Y odia después, si puedes.

II
Hombrecito, ¿qué quieres 
		hacer con tu cabeza?
¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo?

		¿Castrar al potro Dios?
Pero Dios rompe el freno y continua 
		engendrando
magníficas criaturas,
seres salvajes cuyos alaridos

		rompen esta campana de cristal.
10.

El otro

¿Por qué decir nombres 
		de dioses, astros
espumas de un océano invisible,
polen de los 
		jardines más remotos?
Si nos duele la vida, si cada día llega

		desgarrando la entraña, si cada noche cae
convulsa, asesinada.
Si 
		nos duele el dolor en alguien, en un hombre
al que no conocemos, pero 
		está
presente a todas horas y es la víctima
y el enemigo y el amor 
		y todo
lo que nos falta para ser enteros.
Nunca digas que es tuya 
		la tiniebla,
no te bebas de un sorbo la alegría.
Mira a tu 
		alrededor: hay otro, siempre hay otro.
Lo que él respira es lo que a 
		ti te asfixia,
lo que come es tu hambre.
Muere con la mitad más 
		pura de tu muerte.
11.

Elegía

Nunca, como a tu lado, 
		fui de piedra.


		Y yo que me soñaba 
		nube, agua,
aire sobre la hoja,
fuego de mil cambiantes 
		llamaradas,
sólo supe yacer,
pesar, que es lo que sabe hacer la 
		piedra
alrededor del cuello del ahogado.
12.

Elegías breves

I

		Al pie de un sauce, triste Narciso de las aguas,
o cerca de una roca 
		inexorable
quiero dejar mi cuerpo
como el que deja ropas en la 
		playa.
Ay, mis brazos, guirnaldas desceñidas,
ay, mi cintura 
		quieta entre las danzas.

		
No soy de los que exprimen
su corazón en un lugar violento.

		Soy de los que atestiguan
la belleza y la muerte de la rosa.

		
II
Si pudiera mirarte, bella tan sólo, rosa,
y detener mis 
		ojos largamente en tus pétalos
como una sed que duerme a la orilla de 
		un río.

		
Si te mirara sólo, sin amarte,
con este amor convulso y 
		desgarrado
de quien siente tu fuga irrevocable.

		
Ah, si yo no quisiera disecarte,
amarilla, en las páginas 
		herméticas de un libro
con el afán inútil del que conoce el tiempo.
13.

En el filo del gozo

I 

		Entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo:
que estrelle en ti sus 
		olas funestas sin tocarme
y resbale en espuma deshecha y humillada.


		Cuerpo de 
		amor, de plenitud, de fiesta,
palabras que los vientos dispensan como 
		pétalos,
campanas delirantes al crepúsculo . 
		


		Todo lo 
		que la tierra echa a volar en pájaros,
todo lo que los lagos atesoran 
		de cielo
más el bosque y la piedra y las colmenas. 
		


		Cuajada de 
		cosechas bailo sobre las eras
mientras el tiempo llora por sus 
		guadañas rotas. 
		


		Venturosa 
		ciudad amurallada,
ceñida de milagros, descanso en el recinto
de 
		este cuerpo que empieza donde termina el mío. 
		


		  
		


		II 

		Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas,
rompiéndome en el 
		filo del gozo o mansamente
lamiendo las arenas asoleadas. 
		
		


		Bajo tu 
		tacto tiemblo
como un arco en tensión palpitante de flechas
y de 
		agudos silbidos inminentes. 
		


		Mi sangre 
		se enardece igual que una jauría
olfateando la presa y el estrago

		pero bajo tu voz mi corazón se rinde
en palomas devotas y sumidas. 
		


		  
		


		III 

		Tu sabor se anticipa entre las uvas
que lentamente ceden a la lengua

		comunicando azúcares íntimos y selectos. 
		
		


		Tu 
		presencia es el júbilo.
Cuando partes, arrasas jardines y transformas

		la feliz somnolencia de la tórtola
en una fiera expectación de 
		galgos. 
		


		Y, amor, 
		cuando regresas
el ánimo turbado te presiente
como los siervos 
		jóvenes la vecindad del agua.
14.

Estoy

aquí, sentada, con todas mis 
		palabras...


		Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras
como con una cesta de 
		fruta verde, intactas.

		
Los fragmentos
de mil dioses antiguos derribados
se buscan por 
		mi sangre, se aprisionan, queriendo
recomponer su estatua.
De las 
		bocas destruidas
quiere subir hasta mi boca un canto,
un olor de 
		resinas quemadas, algún gesto
de misteriosa roca trabajada.
Pero 
		soy el olvido, la traición,
el caracol que no guardó del mar
ni el 
		eco de la más pequeña ola.
Y no miro los templos sumergidos;
sólo 
		miro los árboles que encima de las ruinas
mueven su vasta sombra, 
		muerden con dientes ácidos
el viento cuando pasa.
Y los signos se 
		cierran bajo mis ojos como
la flor bajo los dedos torpísimos de un 
		ciego.
Pero yo sé: detrás
de mi cuerpo otro cuerpo se agazapa,

		y alrededor de mí muchas respiraciones
cruzan furtivamente
como 
		los animales nocturnos en la selva.
Yo sé, en algún lugar,
lo 
		mismo
que en el desierto cactus,
un constelado corazón de espinas

		está aguardando un hombre como el cactus la lluvia.
Pero yo no 
		conozco más que ciertas palabras
en el idioma o lápida
bajo el que 
		sepultaron vivo a mi antepasado.
15.

Falsa elegía

Compartimos sólo un desastre lento
Me veo morir en ti, en otro, en 
		todo
Y todavía bostezo o me distraigo
Como ante el espectáculo 
		aburrido.

		
Se destejen los días,
Las noches se consumen antes de darnos 
		cuenta;

		
Así nos acabamos.

Nada es. Nada está.
Entre el alzarse y 
		el caer del párpado.

		
Pero si alguno va a nacer (su anuncio,
La posibilidad de su 
		inminencia
Y su peso de sílaba en el aire),
Trastorna lo 
		existente,
Puede más que lo real
Y desaloja el cuerpo de los 
		vivos.

Versos y pensamientos de Rosario Castellanos

4 citas
« Miro las herramientas, / el mundo que los hombres hacen, donde se afanan, »
Rosario Castellanos · Agonía fuera del muro
« Porque éramos amigos y / a ratos, nos »
Rosario Castellanos · Ajedrez
« Solo la voz, la piel, la superficie / pulida de las cosas. »
Rosario Castellanos · Amor
« Es necesario, a veces, / encontrar compañía. »
Rosario Castellanos · Apelación al solitario
Biblioteca poética

Libros de Rosario Castellanos recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: