« Tu nariz pensativa sostiene la balanza de tus hombros, / tan breve el balanceo quedaron en el fiel diestra y siniestra. »
Rosa Chacel · Antinoo
Biografía y amplia selección de poemas de Rosa Chacel. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Rosa Chacel. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Tu nariz pensativa sostiene la balanza de tus hombros, tan breve el balanceo quedaron en el fiel diestra y siniestra. Dentro está el péndulo dispuesto a señalar con su parada el perfecto equilibrio, dispuesto a detenerse en el instante en que comienza lo que no termina. Tu nariz pensativa, meditativa y contempladora de ti mismo, de su último aliento se despide. ¡En él tu juventud, épico aroma!
Habitante de los anchos portales donde el laurel de la sombra oculta el arpa de la araña, donde las losas académicas, donde las arcas y las llaves mudas, donde el papel caído recubre el polvo de frágil terciopelo. ¡El silencio dictado por tu mano, la línea entre tus labios sostenida, tu suprema nariz exhalando un aliento como brisa en las praderas, por gemelas vertientes recorriendo los valles de tu pecho, y en torno a tus tobillos un espacio pálido como el alba! ¡Eterna, eternamente un universo a imagen tuya! Con la frente a la altura de tu plinto, viniendo de aritméticas vacías como claustros, de cielos oprimidos como flor entre páginas, ¡eternamente! dije, y desde entonces, ¡eternamente! digo. Beso a mi voz, que expresa tu mandato, la suelto y voy hacia ti, como paloma obediente en su vuelo, libre en la jaula de tu ley. El trazo de tu norma, en el basalto de mi inocencia oscura, el paso de tu flecha ¡para siempre! Y hasta el fin tu soberbia. Sobre mí, solo eterno tu mandato de luz, Verdad y Forma.
el infierno había un violoncello... A Musia Sackhaina En el infierno había un violoncello entre el café y el humo de pitillos y cien aulas con libros amarillos y nieve y sangre y barro por el suelo. P ero tú, resguardada por el velo de tus cristales de lucientes brillos, pasabas, seria y pura, en los sencillos compases de tu fe y de tu consuelo. Algunas veces fuimos, de la mano, por las venas del bosque y la corneja cantó melancolía en nuestras almas, si nos separa el Abrego inhumano, no llores mi amistad hoy que se aleja, entrega al viento el talle de tus palmas.
culpa La culpa se levanta al caer de la tarde, la oscuridad la alumbra, el ocaso es su aurora… Se empieza a oír la sombra desde lejos cuando el cielo está limpio aún sobre los árboles como una pampa verdeazul, intacta, y el silencio recorre los quietos laberintos de arrayanes. Llegará el sueño: alerta está el insomnio. Antes que caiga la cortina oscura, gritad al menos, hombres, como el pavón metálico que grazna su lamento desgarrado en la rama de la araucaria. Gritad con voces múltiples, piad entre la enredadera, entre las hiedras y rosales trepadores. Buscad refugio en las glicinas con los gorriones y zorzales porque avanza la onda de la noche y su ausencia de luz, y su implacable huésped de suaves pasos, el peligro…
marineros
Para Luis y Stanley
Ellos son los que viven sin nacer a la tierra:
no les sigáis con vuestros ojos,
vuestra mirada dura, nutrida de firmezas,
cae a sus pies como impotente llanto.
Ellos son los que viven en el líquido olvido,
oyendo sólo el corazón materno que les mece,
el pulso de la calma o la borrasca
como el misterio o canto de un ámbito entrañable.
París, 1938
nocturna ¿Quién podría abrazarte, diosa oscura, quién osaría acariciar tu cuerpo o respirar el aire de la noche por entre el pelo pardo de tu cara?... ¡Ah!, ¿quién te enlazaría cuando pasas sobre la frente como un soplo y zumba la estancia sacudida por tu vuelo y quién podría ¡sin morir! sentirte temblar sobre los labios detenida o reír en la sombra, descubierto, cuando tu manto azota las paredes?... ¿Por qué venir a la mansión del hombre si no se es de su carne ni se tiene voz ni se puede comprender los muros? ¿Por qué traer la ciega noche extensa que no cabe en el cáliz de los límites... Desde el tácito aliento de la sombra que la floresta tiende en las vertientes -quebrada roca, imprevisible musgo-, desde troncos o lazos de lianas, desde la voz lasciva del silencio vienen los ojos de tus alas lentas. Da la datura su canción nocturna que trasciende al compás que va la hiedra ascendiendo hacia el talle de los árboles cuando el crótalo arrastra sus anillos y leves voces laten en gargantas entre el cieno que nutre al lirio blanco mirado por la noche intensamente... Sobre montes velludos, sobre playas donde las olas blancas se deshojan la soledad tendida está a tu vuelo... ¿Por qué traes a la alcoba, a la ventana abierta, confiada, el terror?...
« Tu nariz pensativa sostiene la balanza de tus hombros, / tan breve el balanceo quedaron en el fiel diestra y siniestra. »
« Habitante de los anchos portales / donde el laurel de la sombra oculta el arpa de la araña, »
« A Musia Sackhaina / En el infierno había un violoncello »
« culpa / La culpa se levanta al caer de la tarde, »
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