Poesía Universal

Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV

Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibi...

Biografía lírica

Vida

Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.

Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.

Lírica y Versos

Poemas de Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV

17 poemas seleccionados
1.

Agora que sé de amor...

¿Agora que sé de amor
me metéis monja?
¡ay, dios, qué grave cosa!

		Agora que sé de amor
de caballero,
agora me metéis monja
en el 
		monasterio:
¡ay, dios, qué grave cosa!
2.

¡ay!,

¡Ay! 
		un galán de esta villa...


		
		¡Ay! un galán de esta villa,
¡ay!, un galán de 
		esta casa,
¡ay!, de lejos que venía,
¡ay!, de lejos que llegaba.

		¡Ay!, diga lo que él quería.
¡Ay!, diga lo que él buscaba.
¡Ay!, 
		busco a la blanca niña,
¡ay!, busco a la niña blanca,
que tiene 
		voz delgadina,
que tiene la voz de plata;
cabello de oro tejía,

		cabello de oro trenzaba.
Otra no hay en esta villa,
otra no hay en 
		esta casa,
si no era una mi prima,
si no una prima hermana;

		¡ay!, de marido pedida,
¡ay!, de marido velada.
¡Ay!, diga a la 
		blanca niña,
¡ay!, diga a la niña blanca,
¡ay!, que su amigo la 
		espera,
¡ay!, que su amigo la aguarda
al pie de una fuente fría,

		al pie de una fuente clara,
que por el oro corría,
que por el oro 
		manaba,
a orillas del mar que suena,
a orillas del mar que brama.


		
		* * * 


		
		Ya viene la blanca niña,
ya viene la niña 
		blanca,
al pie de la fuente fría
que por el oro manaba;
la tan 
		fresca mañanica,
mañanica la tan clara;
¡ay!, venga la luz del día 
		!,
¡ay!, venga la luz del alba !
3.

Bésame

Bésame y abrázame...


		
		Bésame y abrázame,
marido mío,
y daros he en la mañana
camisón 
		limpio.
Yo nunca vi hombre
vivo estar tan muerto
ni hacer el 
		dormido
estando despierto:
andad, marido, alerta
y tened brío

		y daros he en la mañana
camisón limpio.
4.

El romance del Conde de Sisebuto

A 
		cuatro leguas de Pinto

		y a treinta de Marmolejo,

		existe un castillo viejo

		que edificó Chindasvinto.

		

		Lo habitaba un gran señor,

		algo feudal y algo bruto;

		se llamaba Sisebuto

		y su esposa, Leonor,

		

		y Cunegunda, su hermana,

		y su madre, Berenguela,

		y una prima de su abuela

		que atendía por Mariana,

		

		y su cuñado, Vitelio,

		y Cleopatra, su tía,

		y su nieta, Rosalía,

		y su hijo mayor, Rogelio.

		

		Era una noche de invierno,

		noche cruda y tenebrosa,

		noche sombría, espantosa,

		noche atroz, noche de infierno,

		

		noche fría, noche helada,

		noche triste, noche oscura,

		noche llena de amargura,

		noche infausta, noche airada.

		

		En un gótico salón

		dormitaba Sisebuto,

		y un lebrel seco y enjuto

		roncaba en el portalón.

		

		Con quejido lastimero

		el viento fuera silbaba,

		e imponente se escuchaba

		el ruido del aguacero.

		

		Cabalgando en un corcel

		de color verde botella,

		raudo como una centella

		llega al castillo un doncel.

		

		Empapada trae la ropa

		por efecto de las aguas,

		¡como no lleva paraguas

		viene el pobre hecho una sopa!

		

		Salta el foso, llega al muro,

		la poterna está cerrada.

		-¡Me ha dado mico mi amada!

		-exclama-, ¡vaya un apuro!

		

		De pronto algo que resbala

		siente sobre su cabeza;

		extiende el brazo y tropieza

		con la cuerda de una escala.

		

		-¡Ah!... -dice con fiero acento.

		-¡Ah!.. -vuelve a decir gozoso.

		-¡Ah!.. -repite venturoso.

		-¡Ah!.. -otra vez, y así, hasta ciento.

		

		Trepa que trepa que trepa,

		sube que sube que sube,

		en brazos cae de un querube,

		la hija del conde... ¡la Pepa!

		

		En lujoso camarín

		introduce a su adorado,

		y al notar que está mojado

		lo seca bien con serrín.

		

		-Lisardo... mi bien, mi anhelo,

		único ser al que adoro,

		el de los cabellos de oro,

		el de la nariz de cielo,

		

		¿qué sientes, di, dueño mío?,

		¿no sientes nada a mi lado?,

		¿qué sientes, Lisardo amado?

		Y él responde: - Siento frío.

		

		-¿Frío has dicho? Eso me espanta.

		¿Frío has dicho? eso me inquieta.

		No llevarás camiseta

		¿verdad?... pues toma esta manta.

		

		-Y ahora hablemos del cariño

		que nuestras almas disloca.

		Yo te amo como una loca.

		-Yo te adoro como un niño.

		

		-Mi pasión raya en locura,

		-La mía es un arrebato.

		-Si no me quieres, me mato.

		-Si me olvidas, me hago cura.

		

		-¿Cura tú?, ¡Por Dios bendito!

		No repitas esas frases,

		¡en jamás de los jamases!

		¡Pues estaría bonito!

		

		Hija soy de Sisebuto

		desde mi más tierna infancia,

		y aunque es mucha mi arrogancia,

		y aunque es mi padre muy bruto,

		

		y aunque temo sus furores,

		y aunque sé a lo que me expongo,

		huyamos... vamos al Congo

		a ocultar nuestros amores.

		

		-Bien dicho, bien has hablado,

		huyamos aunque se enojen,

		y si algún día nos cogen,

		¡que nos quiten lo bailado!

		

		En esto, un ronco ladrido

		retumba potente y fiero.

		-¿Oyes? -dice el caballero-,

		es el perro que me ha olido.

		

		Se abre una puerta excusada

		y, cual terrible huracán,

		entra un hombre..., luego un can...,

		luego nadie..., luego nada...

		

		-¡Hija infame! -ruge el conde.

		¿Qué haces con este señor?

		¿Dónde has dejado mi honor?

		¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?

		

		Y tú, cobarde villano,

		antipático, repara

		cómo señalo tu cara

		con los dedos de mi mano.

		

		Después, sacando un puñal,

		de un solo golpe certero

		le enterró el cortante acero

		junto a la espina dorsal.

		

		El joven, naturalmente,

		se murió como un conejo.

		Ella frunció el entrecejo

		y enloqueció de repente.

		

		También quedó el conde loco

		de resultas del espanto.

		El perro... no llegó a tanto,

		pero le faltó muy poco.

		

		Desde aquel día de horror

		nada se volvió a saber

		del conde, de su mujer,

		la llamada Leonor,

		

		de Cunegunda su hermana,

		de su madre Berenguela,

		de la prima de su abuela

		que atendía por Mariana,

		

		de su cuñado Vitelio,

		de Cleopatra su tía,

		de su nieta Rosalía

		ni de su chico Rogelio.

		

		Y aquí acaba la leyenda

		verídica, interesante,

		romántica, fulminante,

		estremecedora, horrenda,

		

		que de aquel castillo viejo

		entenebrece el recinto,

		a cuatro leguas de Pinto

		y a treinta de Marmolejo.


		
		Autor: Joaquín Abatí y Díaz
5.

Endechas

Parióme mi madre
una noche escura,
cubrióme de luto,
faltome 
		ventura.


		
		Cuando yo nascí,
era hora menguada,
ni perro se oía,
ni gallo 
		cantaba.


		Ni 
		gallo cantaba,
ni perro se oía,
sino mi ventura
que me 
		maldecía.


		
		Apartaos de mí,
bien afortunados,
que de sólo verme,
seréi 
		desdichados.


		
		Dixeron mis hados,
cuando fui nascido,
si damas amase
fuese 
		aborrecido.


		
		Fui engendrado
en signo nocturno,
reinaba Saturno
en curso 
		menguado.


		Mi 
		lecho y la cuna
es la dura tierra;
crióme una perra,
mujer no, 
		ninguna.


		
		Muriendo, mi madre,
con voz de tristura,
púsome por nombre
hijo 
		sin ventura.


		
		Cupido enojado
con sus sofraganos
el arco en las manos
me tiene 
		encarado.


		
		Sobróme el amor
de vuestra hermosura,
sobróme el dolor,
faltóme 
		ventura.
6.

Fatal desenvoltura de la cava

De una torre de 
		palacio

		se salió por un postigo

		la Cava con sus doncellas

		
		con gran gusto y regocijo.

		Metiéronse en un jardín

		cerca de un espeso ombrío

		de jazmines y arrayanes,

		de pámpanos y racimos.

		Sentadas a la redonda

		la Cava a todas les dijo

		que se midiesen las piernas

		con un listón amarillo.

		Midiéronse sus doncellas,

		la Cava lo mismo hizo;

		y en blancura a las demás

		grandes ventajas les hizo.

		Pensó la Cava estar sola;

		pero la ventura quiso

		que por una celosía

		mirase el rey don Rodrigo.

		Puso la ocasión el fuego

		y sacóla cuando quiso,

		y amor, batiendo las alas,

		abrasóle de improviso.

		Fueron del jardín las damas

		con la que había rendido

		al rey con su hermosura,

		con su donaire y su brío.

		Luego la llamó al retrete,

		y estas palabras le dijo:

		-Sabrás, mi florida Cava,

		que de ayer acá no vivo;

		si me quieres dar remedio

		a pagártelo me obligo

		con mi cetro y mi corona

		que a tus aras sacrifico.

		Dicen que no respondió,

		y que se enojó al principio;

		pero al fin de aquesta plática

		lo que mandaba se hizo.

		Florinda perdió su flor,

		el rey quedó arrepentido

		y obligada toda España

		por el gusto de Rodrigo.

		Si dicen quién de los dos

		la mayor culpa ha tenido,

		digan los hombres: la Cava,

		y las mujeres: Rodrigo.
7.

La

bella mal maridada


		
		-La bella mal maridada,
de las lindas que yo vi,
véote tan triste 
		enojada;
la verdad dila tú a mí.
Si has de tomar amores
por 
		otro, no dejes a mí,
que a tu marido, señora,
con otras dueñas lo 
		vi,
besando y retozando:
mucho mal dice de ti;
juraba y 
		perjuraba
que te había de ferir. -
Allí habló la señora,
allí 
		habló, y dijo así:
-Sácame tú, el caballero,
tú sacásesme de aquí;

		por las tierras donde fueres
bien te sabría yo servir:
yo te haría 
		bien la cama
en que hayamos de dormir,
yo te guisaré la cena

		como a caballero gentil,
de gallinas y capones
y otras cosas más 
		de mil;
que a éste mi marido
ya no le puedo sufrir,
que me da 
		muy mala vida
cual vos bien podéis oir. -
Ellos en aquesto estando

		su marido hélo aquí:
-¿Qué hacéis mala traidora?
¡Hoy habedes de 
		morir!
-¿Y por qué, señor, por qué?
Que nunca os lo merecí.

		Nunca besé a hombre,
mas hombre besó a mí;
las penas que él 
		merecía,
señor, daldas vos amí;
con riendas de tu caballo,

		señor, azotes amí;
con cordones de oro y sirgo
viva ahorques a mí.

		En la huerta de los naranjos
viva entierres a mí,
en sepoltura de 
		oro
y labrada de marfil;
y pongas encima un mote,
señor, que 
		diga así:
«Aquí está la flor de las flores,
por amores murió aquí;

		cualquier que muere de amores
mándese enterrar aquí.
que así hice 
		yo, mezquina,
que por amar me perdí.-»
8.

A constancia

La 
		constancia


		Mis arreos son 
		las armas,
mi descanso es pelear,
mi cama las duras peñas,
mi 
		dormir siempre velar.
Las manidas son escuras,
los caminos por 
		usar,
el cielo con sus mudanzas
ha por bien de me dañar,

		andando de sierra en sierra
por orillas de la mar,
por probar si 
		mi ventura
hay lugar donde avadar.
Pero por vos, mi señora,

		todo se ha de comportar.
9.

La esposa infiel

Mañanita, 
		mañanita,
mañanita de San Simón,
estaba una señorita,
sentadita 
		en su balcón,
arreglada y bien compuesta
con un poco de primor.

		Al pasar el caballero,
hijo del emperador,
con la bandurria en la 
		mano,
esta canción le cantó:
«Dormiré contigo, Luna;
dormiré 
		contigo, Sol.»
La joven le contestó: 
		
«Venga usté una noche o dos;
mi marido esta cazando
en los 
		montes de León.»
Para que no vuelva más
le echaré una maldición:

		«Cuervos le saquen los ojos,
águilas el corazón,
y los perros con 
		que él caza
lo saquen en procesión».
Al decir estas palabras
el 
		caballero llegó.
«Ábreme la puerta, Luna,
ábreme la puerta, Sol,

		que traigo un león vivo,
de los montes de León.»
Va Luna a abrirle 
		la puerta,
mudadita de color.
«¡O tú tienes calentura
o tú 
		tienes nuevo amor!»
«Yo no traigo calentura,
ni tampoco nuevo 
		amor;
¡se me han perdido las llaves
de tu rico comedor!»
«Un 
		platero tengo en Francia
y otro tengo en Aragón.
Fue a abrazar a 
		su señora
y el caballo relinchó.
¿De quién es ese caballo
que 
		en mi cuadra siento yo?»
«Ese es tuyo, dueño mío,
mi padre te lo 
		mandó,
pa' que vayas a cazar
a los montes de León.»
«Mil 
		gracias dale a tu padre
que caballo tengo yo;
cuando yo no lo 
		tenía
nunca me lo regaló.
¿De quién es ese sombrero
que en mi 
		percha veo yo?»
«Ese es tuyo, esposo mío,
mi padre te lo mandó,

		pa' que vayas a la boda
de mi hermana la mayor.»
«Muy feliz sea tu 
		hermana,
que sombrero tengo yo,
cuando yo no lo tenía
nunca me 
		lo regaló.
¿De quién es esa escopeta
que en mi rincón veo yo?»

		«Esa es tuya, amado mío,
mi padre te la mandó,
pa' que fueras a 
		cazar
a los montes de León.»
-Mil gracias dale a tu padre,
que 
		escopeta tengo yo;
cuando yo no la tenía
nunca me la regaló.»

		El joven ya con sospechas, 
		
a la cama se acercó.
«¿Quién es este caballero,
que en mi cama 
		veo yo?»
«¡Mátame, marido mío,
que te he jugado traición!»
Él 
		la cogió por un brazo 
		
y al suegro se la llevó.
«Téngala usté, suegro mío,
que me ha 
		jugado traición.»
«Llévatela, yerno mío,
que la Iglesia te la 
		dio.»
Él con ira la amenaza
y al campo se la llevó.
Le ha dado 
		una puñalada
que el corazón le enfrió.
A la una murió ella,
a 
		las dos murió su amor,
y el otro como tunante 
		
en la cama se quedó.
10.

La infantina

De 
		Francia partió la niña,   
de Francia la bien guarnida: 

		íbase para París,  
		
do padre y madre tenía: 
errado lleva el camino,   

		errada lleva la vía, 
		
arrimárase a un roble   
por esperar compañía, 
vio 
		venir un caballero,   
		
que a París lleva la guía. 
La niña, desque lo vido,   

		desta suerte le decía:
		
- Si te place, caballero,   
llévesme en tu compañía. 

		- Pláceme, dijo, señora,   
		
pláceme, dijo, mi vida.- 
Apeóse del caballo   
por 
		hacelle cortesía:
		
puso la niña en las ancas   
y subiérase en la silla: 

		en el medio del camino   
		
de amores la requería. 
La niña, desque lo oyera   

		díjole con osadía:
		
- Tate, tate, caballero,  
no hagáis tal villanía: 
hija soy 
		yo de un malato  
		
y de una malatía; 
el hombre que a mi llegase   

		malato se tornaría.-
		
Con temor el caballero   
palabra no respondía, 
y a 
		la entrada de París   
		
la niña le sonreía. 
- ¿De qué os reís, mi señora?   

		¿De qué os reís, vida mía? 
		
- Ríome del caballero,   
y de su gran cobardía. 

		¡Tener la niña en el campo,   
		
y catarle cortesía! -
Con vergüenza el caballero   

		estas palabras decía: 
		
- Vuelta, vuelta, mi señora,   
que una cosa se me 
		olvida. 
		
La niña, como discreta   
dijo: - Yo no volvería, 

		ni persona, aunque volviese,   
		
en mi cuerpo tocaría 
Hija soy del rey de Francia   

		y la reina Constantina, 
		
el hombre que a mí llegase   
muy caro le costaría.
11.

A misa del amor

La 
		misa del amor


		Mañanita de San 
		Juan,
mañanita de primor,
cuando damas y galanes
van a oír misa 
		mayor.
Allá va la mi señora,
entre todas la mejor;
viste saya 
		sobre saya, 
		
mantellín de tornasol,
camisa con oro y perlas
bordada en el 
		cabezón.
En la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor;
en la 
		su cara tan blanca,
un poquito de arrebol,
y en los sus ojuelos 
		garzos
lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia

		relumbrando como el sol.
Las damas mueren de envidia,
y los 
		galanes de amor.
El que cantaba en el coro,
en el credo se perdió;

		el abad que dice misa,
ha trocado la lición;
monacillos que le 
		ayudan,
no aciertan responder, non,
por decir amén, amén,
dicen 
		amor, amor.
12.

La mora moraima

Yo me era mora Moraima
morilla de un bel catar.
Cristiano vino a 
		mi puerta
cuitada, por me engañar:
hablóme en algarabía
		
como quien la sabe hablar:
«ábrasme las puertas, mora,
sí, Alá 
		te guarde de mal.»
«Cómo te abriré, mezquina,
que no sé quién te 
		serás?» 
		
«Yo soy el moro Mazote
hermano de la tu madre,
que un 
		cristiano dejo muerto
y tras mí viene el alcalde:
si no me abres 
		tú, mi vida, 
		
aquí me verás matar.»
Cuando esto oí, cuitada,
comencéme a 
		levantar,
vistiérame un almejía
no hallando mi brial,
		
fuérame para la puerta
y abríla de par en par.
13.

Levantóse la casada...

Levantóse la casada
una mañana al jardín,
dicen que a gozar del 
		fresco:
« ¡Más le valiera dormir! »
Esperando a su galán
a 
		sueño breve y sutil,
le ha dado amor mala noche.
«¡Más le valiera 
		dormir! » 
		
Sobre la madeja bella
que al amor revuelve en sí
sale 
		arrojando una roca.
«¡Más le valiera dormir!»
Gorguera saca de 
		negro,
turquesado el faldellín,
y a medio vestir la ropa.
«¡Más 
		le valiera dormir!»
A la salida del huerto
torcido se le ha un 
		chapín,
de que quedó lastimada.
«¡Más le valiera dormir!»

		Pasando más adelante
al coger un alhelí
le picó el dedo una abeja.

		«¡Más le valiera dormir!»
Con tanto azar no descansa;
sale 
		enamorada al fin
buscando a aquel que bien ama.
«¡Más le valiera 
		dormir!»
Aquí mira, aquí se para;
nada halla aquí ni allí,

		hasta ver lo que no quiso.
«¡Más le valiera dormir!»
A su amante 
		halla muerto,
y al marido junto a sí,
que remató entrambas vidas.

		«¡Más le valiera dormir!»
14.

Perdida traigo la color...

Perdida traigo la color:
todos me dicen que lo he de amor.

		Viniendo de romería
encontré a mi buen amor:
pidiérame tres 
		besicos,
luego perdí la color.
Dicen que a mí lo he de amor.

		perdida traigo la color,
todos me dicen que lo he de amor.
15.

¿por

¿Por qué me besó Perico...


		
		¿Por qué me besó Perico,
por qué me besó el traidor?


		
		Dijo que en Francia se usaba
y por eso me besaba,
y también porque 
		sanaba
con el beso su dolor.
¿Por qué me besó Perico,
por qué 
		me besó el traidor?
16.

¡quedito!,

¡Quedito! No me toquéis...


		
		¡Quedito! No me toquéis,
entrañas mías,
que tenéis las manos 
		frías.
Yo os doy mi fe que venis
esta noche tan helado,
que, si 
		vos no lo sentis,
de sentido estáis privado.
No toquéis en lo 
		vedado,
entrañas mías,
que tenéis las manos frías.
17.

Quiero dormir y no puedo...

Quiero dormir y no puedo,
que el amor me quita el sueño.


		
		Manda pregonar el rey
por Granada y por Sevilla
que todo hombre 
		enamorado
que se case con su amiga:
que el amor me quita el sueño.


		
		Que se case con su amiga.
¿Qué haré, triste, cuitado,
que era 
		casada la mía?
Que el amor me quita el sueño.


		
		Quiero dormir y no puedo,
que el amor me quita el sueño.

Versos y pensamientos de Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV

4 citas
« ¿Agora que sé de amor / me metéis monja? »
Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV · Agora que sé de amor...
« ¡Ay! un galán de esta villa, / ¡ay!, un galán de »
Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV · ¡ay!,
« Bésame y abrázame, / marido mío, »
Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV · Bésame
« cuatro leguas de Pinto / y a treinta de Marmolejo, »
Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV · El romance del Conde de Sisebuto
Biblioteca poética

Libros de Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: