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Roberto Fernández Retamar · Agradeciendo el regalo de una pluma de faisán
Biografía y amplia selección de poemas de Roberto Fernández Retamar. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Roberto Fernández Retamar. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Con esta hermosa pluma tornasolada puedo Escribir las palabras en que García Lorca Dijo Herido de amor huido. Dijo que en tus ojos Había un constante desfile de pájaros, Un temblor divino como de agua clara Sorprendida siempre sobre el arrayán. Escribir las palabras en que Góngora dijo A batallas de amor campos de pluma. Escribir las palabras en que Antonio Machado Dijo Hoy es siempre todavía.
Es de quienes escribieron los versos que cité. Es de los inventores y rehacedores de sus palabras. Es de la persona que lo guardó con tanto celo que casi no dio luego con él. Es de alguien que decide apropiárselo. Es otra forma de la casualidad. Es la renovada ilusión de desempeñar el papel de las flores. Es una avanzadilla de la esperanza. Es de unos ojos. Es probablemente irreal.
Y entonces regresaron Las Cartas leídas por el atormentado joven poeta que fui, El anhelante Corneta adolescente en la noche de la guerra, Las páginas sobre quien dio alas a la piedra, temblor al bronce, Los Cuadernos que me producían angustia Como la América de otro extraño hijo de Praga, Las Elegías con el ángel terrible pero necesario de la belleza, Los Sonetos y en ellos una flor cuyo nombre tampoco él sabía, El Diario hecho a orillas del río en la mansión de Florencia Donde más tarde yo iba a estar con una marquesa y unos amigos. Tantas horas, tantas imágenes, tanto viento de infancia, Tanta penumbra iluminada, tantos lugares que antaño fueron míos En La Víbora lejana, mi total cercanía. Registro viejos papeles amados y escojo estas rosas Escritas por la mano absoluta del poeta. Luego sería la rosa final, la de la espina. La Habana, enero de 1996
la forastera Pues no tendrán en común ni un idioma (No digamos una ciudad, un hogar, un hijo), Ni siquiera esas canciones, esos sitios, Esos olores que acaso sólo nos parecen hermosos porque nos recuerdan un recuerdo, Porque nos recuerdan a nosotros mismos, y quizá lo que llamamos belleza No sea sino la terca persistencia del ser más allá de sí mismo, Más allá de su lugar y su tiempo, como la luz de un astro hace siglos apagado. Pero astros sí tendrán en común. Al levantar los ojos No habrá en el cielo país extranjero. Aquellas estrellas son estas mismas estrellas, No distan más de esa ciudad lejana que de ésta. Aquellas montañas y este mar les son igualmente familiares O igualmente extraños. Y también unas desperdigadas horas de febrero pertenecientes para siempre Al insaciable pasado. De "Siempre por primera vez"
Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela. Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo, Pero los hombres y los muchachos que, en sus harapos esperaban Todavía me dijeron señor. Están en un caserón a medio derruir, Con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches Ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales. Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando supieron que yo tenía biblioteca. (Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato.) Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas. Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales. Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores, Y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez Que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba Como ahora a mí, ¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas, Amor, qué lejos -como uno de otro! La conversación y el almuerzo Fueron merecidos, y la amistad del pastor Hasta hubo una pareja de enamorados Que se ruborizaban cuando los señalábamos, riendo, Fumando, después del café. No hay momento En que no piense en ti. Hoy quizás más, Y mientras ayude a construir esta escuela Con las mismas manos de acariciarte.
«Duerme bajo los Angeles, sueña bajo los Santos»
Rubén Darío
Echan abajo muros que nunca debieron existir
Y
levantan o refuerzan otros que no deben existir tampoco
Y un día
serán a su vez abajados con estruendo.
Avanzan tanques en la sombra.
Derriban estatuas de gallardos combatientes
Cuyas imágenes verdaderas
fueron erigidas para siempre en
el alma.
Desaparecen o aparecen o se desgarran países
Y otros
son invadidos, mutilados,
Y hay lugares donde se celebra con fiestas
de colores el
crimen
Que denuncia una vocecita de niña sola entre altos
cristales.
Cambian de rumbo armas que ahora sólo apuntan al Sur.
Y tú,
Príncipe, campe6n, pirata, capitán, copo de plumas,
Robin por ahora de bosques de lino,
Tigre rojo
En quien tras
muchas décadas han reaparecido
Los nombres de los hijos mayores
De
quienes se alegrarían tanto de saberlo
Si no fueran ya polvo en la
sombra, sombra en el polvo;
Tú,
Deseado en largas noches de
Africa,
Concebido en Cuba por amor, para el amor,
Sin saber que en
tus hombros hoy de rosa
Debes sostener las constelaciones de fuego y
la historia,
Más rigurosa, más implacable que las constelaciones,
Estás cumpliendo tus primeros dos meses de haber venido
A este
extraño planeta, a esta increíble casa en llamas.
Y como naciste
águila y no serpiente de cascabel,
Potro libre en la llanura y no
borrego,
Te toca rehacerla y engrandecerla
Palmo a palmo,
Trino
a trino,
Flor a flor.
Perdónalos,
Perdónanos,
Perdóname,
Phocás.
Playa
de Jibacoa, 28 de agosto de 1991
Nosotros, los sobrevivientes, ¿A quiénes debemos la sobrevida? ¿Quién se murió por mí en la ergástula, Quién recibió la bala mía, La para mí, en su corazón? ¿Sobre qué muerto estoy yo vivo, Sus huesos quedando en los míos, Los ojos que le arrancaron, viendo Por la mirada de mi cara, Y la mano que no es su mano, Que no es ya tampoco la mía, Escribiendo palabras rotas Donde él no está, en la sobrevida? 1 de Enero de 1959
primer otoño de sus ojos Hojas color de hierro, color de sangre, color de oro, Pedazos del castillo del día Sobre los muertos pensativos. Mientras la luz se filtra entre las ramas, El aire frío esparce las memorias. Es el primer otoño de sus ojos. Cuánto camino andado hasta la huesa Donde se han ido ahilando Los amigos nocturnos del vino Y los lejanos maestros. Quedar como ellos profiriendo flores, Quedar como ellos perfumando umbrosos, Quedar juntos y dialogar En plantas renacientes, Para que nuevos ojos escuchen mañana En el cristal de otoño Los murmullos de corazones desvanecidos.
Ella
está echada en la penumbra humedeciendo la
madrugada inicial.
Hay un jardín en ella y él está deslumbrado en ese
jardín.
Florece entera para él, se estremecen, callan con el mismo
rumor.
La noche va a ser cortada por un viaje como por una
espada.
Intercambian libros, papeles, promesas.
Ninguno de los dos
sabe aún lo que se han prometido.
Se visten, se besan, se separan.
Ella sale a la oscuridad, acaso al olvido.
Cuando él regresa al
cuarto, la encuentra echada en la
penumbra húmeda.
Nunca ha partido, nunca partirá.
Felices los normales, esos seres extraños, Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente, Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida, Los que no han sido calcinados por un amor devorante, Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más, Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros, Los satisfechos, los gordos, los lindos, Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí, Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura, Los flautistas acompañados por ratones, Los vendedores y sus compradores, Los caballeros ligeramente sobrehumanos, Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos, Los delicados, los sensatos, los finos, Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles. Felices las aves, el estiércol, las piedras. Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos Que sus padres y más delincuentes que sus hijos Y más devorados por amores calcinantes. Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
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