« Cante mi mundo de amor, / tan dulcemente, que el viento »
Ricardo Molinari · Cante mi mundo de amor...
Biografía y amplia selección de poemas de Ricardo Molinari. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Ricardo Molinari. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Cante mi mundo de amor, tan dulcemente, que el viento frío sienta su dolor de nieve dura en mi aliento. Corona de aire ofrecido, río de calor cedido al olvido; a un amante sueño, exacto. ¡Mundo! Mundo mío -tuyo-, ya profundo en ¡ay! de cierzo distante. Palma sedienta, jacinto asido. Cantar a un día turbado -solo aún-, distinto, con su muerte todavía. Rama de espacio celoso, rumbo huído, riguroso. Muro, flor, herida: ¡suelo deshallado! Ãnico. Sola. Mi fe con su tiempo, aureola de mundo solo, en tu cielo. Brizna alta. Universo. Río. Tu cielo, tu cielo, fuente unida, ya sin vacío. Eterno, eterna, luciente. Que nadie toque tu rosa de sonido, angustiosa ayer, sin vida. Aire amado, crecido: escúchame hoy -alma viva- cantar en la calma, en desierto enamorado.
de la bailarina
A Federico García Lorca
1
Quiero acordarme de una ciudad deshecha
junto a sus dos
ríos sedientos;
quiero acordarme de la muerte de los jardines, del
agua verde que beben las palomas,
ahora que tú bailas, y cantas con
una voz áspera de
campamento;
quiero
acordarme de la nieve que vuelve con la lluvia
para humedecer su boca
de viento dormido, su luna
abierta entre la
yedra.
Quiero acordarme de mis amigos, ay, de cómo
dormirá una mujer
que he querido.
Baila, aliento triste, alarido oscuro. Lleva tus pies
de acero
sobre los alacranes
que tiemblan por las hojas de la madera,
golpeando sus tenazas de polvo
cerca de tu piel.
Baila, amanecida;
empuja el aire con el calor del
cuello, con
la serpiente que conduces rota
en la mano enamorada y dura.
Yo estoy pendiente de ti, ensombrecido: tu canto
me enfría la cara, me envenena el vello.
Qué haría para poder estar
quieto,
abierto en tu garganta llena de barro,
hasta resbalarme
por tu pecho, como una llama de rocío.
Baila sobre el desierto caliente,
Nilo de voz, delta de aire
perecible.
2
Quisiera oír su
voz que duerme inmensa con su narciso
de sangre en el cuello,
con su noche
abandonada en la tierra.
Quisiera ver su cara caída, impaciente sobre el amanecer,
junto a
su viola de luz insuperable, a su ángel tibio;
su labio con su
muerte, con su flor deliciosa sumergida.
Así, ofrecido; luna de jardín, perfume de fuente,
de amor sin amor;
ah, su alto río encerrado, vagando por la aurora.
3
Rosa de cielo, de espacio melancólico;
Orfeo de aire,
numeroso solo. Quien verá
su sombra cubriendo los árboles
o
volviendo del agua, desnuda. Quién verá
la tarde que contuvo su cara
de hombre muerto.
su soledad esparcida entre los ríos.
4
Baila, que él
tiene el cuerpo cubierto de verguenza
y la lengua seca saliéndole por
la boca dulce,
como una vena perdida.
Yo pienso en él, y ya
no me duele el silencio,
porque nunca estará más cerca de la luz
que en su muerte. Su pobre muerte
encadenada.
¡Ya ve su sueño en
el desierto!
Las altas tardes que van naciendo del mar, los pájaros
con los árboles de las colinas; las gentes aún pegadas
a las sombras,
a los ríos oscuros de la
carne-
Su muerte, sí, su muerte, un poco de la nuestra;
de nuestra
muerte sin premura. Ya estás ahí, solo
como alguno de nosotros en la
vida.
Duerme, triste mío, perdido, que yo estoy oyendo
el canto del
adufe que viene del desierto.
Enero 18 de 1937
me hablan de ti, es como
si me perfumaran la cara...
Cuando me hablan de ti, es como si me perfumaran la cara
con una hoja
de mirto. Ya estoy tan seguro de que te quiero,
que a veces quito
mis ojos de la luz
para que atraviesen la noche por el cielo.
el cielo.
Los jardines saben el nombre de tu río
y el de los antílopes que
lo cruzan jugando entre el agua;
ninguno habrá que no lo haya sentido
fluir, humedeciéndome la boca,
en la mañana, o al caer la tarde,
sobre el aliento perezoso
de las flores.
Día de espacio enamorado. Espada y nubes. Oh, mar mío presuroso: celeste entre paredes, nemoroso mar entreabierto. ¡Rama desvelada! Luna y labio. ¡Ay, amor hundido -nada-, ya en tu horizonte helado, codicioso de muerte, de deseo fatigoso! Eterno mío, flor desesperada. Borde distante; mi otra vida sola, perdida sin morir: huída quieta; no, pluma y tierra; mar, espuma, ola. Sombra suelta, sirena adiós, oído. ¡El mar, el mar! Sí, el mar, mar meseta: solo con el amor, con el olvido.
No sé, pero quizás me esté yendo de algo, de todo, de la mañana, del olor frío de los árboles o del íntimo sabor de mi mano. Pero estas llamas y la lluvia bajan por la tarde del día elevadas, con su trabajo cruel y afanoso, con el terror de la primavera y el tiempo y la noche vanamente disueltos en su impaciencia. Yo sé que estoy mirando, extendido, sin atender lo que el polvo y el abandono ocultan de mi cuerpo y de mi lengua. Una palabra, aquella sonriente y terrible de ternura, oscurecida por la razón y el mágico envenenamiento de la nostalgia; sedentaria huye por un campamento, llamada y perseguida permanente, sin alguna vez, devuelta entera y desentendida al seno ardiente de la noche, al ser mayor e indestructible de la atmósfera. Nada queda después de la muerte definido y elevado, ni la imagen voluntariosa sobre los pastos crecidos y ondulantes, ni el pie atropellado que dispara de su quemada historia intacta. Sin clamor el rostro siente el húmedo temporal, el albergue perecedero y la flor abierta en el vacío, sin volver los ojos, va en su rapidez disuelto y extrañísimo. Soy el ido, el variante del cielo, de la calle muerta en las nubes, su entretenimiento como un pájaro. ¡Amor, amor! una brizna del sentido, tal vez un día donde mis labios bebieron la sangre y todas estas nieblas azotadas e irremediables, perdidas. Decidido, toma, ¡oh noche!, mis secos ramos y llénalos de rocío brillante y pesado, igual al de las hojas del orgulloso y reclinado invierno.
Helada en su corona de deseo quién la verá, perfume de otro día, ramo de aire perdido, todavía. Espacio, luz de amor, lengua de aseo. Terrible, incomparable, alta la veo quebrar la espuma insomne -alma mía-, en su sabor hallando la alegría, el sonido, su flor; la voz de Orfeo. Dura en su nieve, en su adiós de la tierra, qué ámbito iluminado o noche ciega la espera. Dónde irá el viento, su día. Qué mar, qué luna; qué espejo la cierra desdichado. jQué río alto la riega sin amargura y bebe su agonía!
A Luis J. Morganti
Mi pasión tiene la forma de un río apresado por
el desierto,
como por una noche penetrante,
inmóvil.
Amor es abrir la arena con narcisos.
(Dejen mi rostro apoyado en
el agua
hasta que se me enfríe la voz,
solitariamente.)
Deseo
una corona abandonada por su cuello,
besar el aire de su cabello
hasta llenarme de vacío
De otra vida.
Nadie sabe hasta dónde llega el destierro;
que hace la tarde con
un clavel, con un día caído
de mi mejilla.
el cielo es cielo, y yo estoy tan lejos,
como una lanza junto a
una cota empañada
por los arroyos de la noche. Ay, en un
costado de la tierra,
con un nombre sordo,
mojándome el cuerpo distraído.
Gualeguaychú, abril de
1937
A Alfonso Reyes
Ya estoy harto de mar,
de gente, de cielo;
de muerte, si Dios quiere.
Nadie podrá arrancarte
de mí, sombra de sueño,
porque tengo pegada en el pecho toda tu noche
de pasión horrible.
Dentro de días estaré
en la llanura
para cubrir mi corazón de polvo,
el aire de arena.
Nuestra sola muerte
olvidada en un paraíso seco.
(Si pudiera encontrarte. Si pudiera bajar a Río, esta noche;
andar por las calles oliendo las hojas gruesas de los árboles;
abandonarme en la tierra hasta llenarme de piojos. Distraído.)
No quiero mi idioma, mi otra vida; no quisiera
llegar nunca. Volver si fuera posible
Magoas.
Esta noche ¡así! desprendido totalmente;
vuelto, devuelto, perseguido: ajeno mío
sin quererme. Caído en otra
voz,
resbalado.
Mi corazón negándose al polvo,
ya detrás de tu cuerpo, del aire
desterrado.
Bahía de Río de Janeiro, 25 de abril de 1933
No; no me he cansado aún de pensar en ti;
de noche cuando se me
queda el cuerpo sobre la tierra,
llego a tu país, allá, donde el
viento sale a ventilar la arena,
a recostar en las paredes las aletas
de pescado amanecidas
en la calle;
a buscarme embebecido al
pie de las escaleras.
Ya no sé de ti, tal vez de nadie; sólo recuerdo que me peino
el
cabello dormido, con una mano que estuvo junto a tu cuerpo.
Qué sé yo de nada. De lo que puedo ser la voz;
una hoja
envenenada que se pudre en el pecho,
en otro espacio penetrante,
consumido.
4 de abril de 1933,
ya estoy deshecho de
vivir un solo día, de moverme
con tu sola alma. Dios se compadezca de mí, que entro apasionado
por las venas secas de la tarde.
« Cante mi mundo de amor, / tan dulcemente, que el viento »
« de la bailarina / A Federico García Lorca »
« Cuando me hablan de ti, es como si me perfumaran la cara / con una hoja »
« Día de espacio / enamorado. Espada »
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