Poesía Universal

Ricardo Molina

Biografía y amplia selección de poemas de Ricardo Molina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Ricardo Molina. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Ricardo Molina

16 poemas seleccionados
1.

Ámame sólo como amarías al viento...

Ámame sólo como amarías 
		al viento
cuando pasa en un largo suspiro hacia las nubes;
Ámame 
		sólo como amarías al viento
que nada sabe del alma de las rosas,

		ni de los seres inmóviles del mundo,
como al viento que pasa entre el 
		cielo y la tierra
hablando de su vida con rumor fugitivo;
ámame 
		como al viento ajeno a la existencia
quieta que se abre en flores,

		ajeno a la terrestre
fidelidad de las cosas inmóviles,
como al 
		viento cuya esencia es, ir sin rumbo,
como al viento en quien pena y 
		goce se confunden,
ámame como al viento tembloroso y errante.
2.

Amor a orilla del río

Qué buscas por el río entre los blancos álamos,
oh, amor, oh, amor de 
		manos de jacinto?
¿Qué buscas esta tarde de setiembre?
¿Qué 
		agradable misterio halaga tus sentidos inefables?
En los cañaverales 
		juega el viento
desnudo como un niño en la orilla del río.
Las 
		espinosas zarzas
forman sombrías grutas goteantes de rocío.
Yo 
		persigo tu sombra invisible;

		
vivo preso en tu aire; consumido
en los salvajes arenales que el 
		sol quema implacable.
Di, ¿qué buscas en las grutas espinosas
a la 
		orilla de los ríos?
Mientras sigo tus pasos,
la tierra es para mí 
		como un vapor de plata;
los guijarros del cauce del arroyo
me 
		abrasan sin piedad los pies desnudos.
¿Cómo pasaste por aquí, cómo 
		pasaste
sin lastimar tus pies, oh, amor desnudo?
3.

Astro

Muerta la flor, la flor que ama el amante,
muerto el amante, 
		amado de la luna,
la luna queda -soledad colmada-,
            
		flor, amante, recuerdo...
4.

Cántico del cuerpo sin alma

Oh cuerpo mío,
oh tempestad de ansia,
oh cuerpo abierto como el 
		mar a todos los influjos del mundo,
lánguido, triste, azotado por los 
		otoños,
solitario bajo la luna de junio,
bajo la luna dormido...

		
¡Duerme! Oh cuerpo mío, duerme,
oh cuerpo oscuro, semejante al 
		negro cauce de un arroyo en estío,
cuando el aire es un inmenso 
		jazmín diluido
sobre los valles y los prados de la noche.

		
Oh cuerpo mío,
amorosamente abandonado a la arena de las playas,

		allá en la sierra, donde el río con sus olas verdes de pino,
sin 
		cántico ni espuma, ríe y pasa,
duérmete allí; ¿no sientes escurrirse 
		a tu lado con las aguas,
el alma?

		
¿No sientes -al fin libre-
la gracia poderosa de la encina
y 
		el amor siempre verde de los pinos
infundirse a ti? Di, ¿no sientes

		salir de ti el alma tenebrosa que oculta como un velo 
		
                                                                       
		ardiente y opaco
cuanto amas, oh cuerpo, cuerpo mío?
5.

Cántico del río

Oh qué dulzura.
qué extraña y admirable dulzura,
descender 
		abrazados, desnudos, al fondo oscuro del río,
desnudos y abrazados 
		para siempre,
y así, gozosos, líquidos, disolvernos en ondas,
en 
		claras ondas plateadas, verdes...

		
Oh reflejar los almesos, los álamos,
copiar la desierta belleza 
		de los molinos en ruinas,
sentir temblar sobre nuestras miradas 
		transparentes
cuanto se desmaya en el aire;
la mañana, la luna, 
		los pájaros, las nubes,
las barcas silenciosas, las torres 
		amarillas...

		
Oh qué dulzura,
qué extraña y admirable dulzura,
sentirse 
		acariciado largamente
por las inquietas imágenes temblorosas
de 
		los seres que viven en la orilla del río...
6.

Contemplación

De onda en onda, grácil se mecía;
de cielo en cielo, el sol; de soto 
		en soto,
errante amor, la frente coronada
de vid silvestre y 
		líquidos reflejos.

		
De brisa en brisa, la canción; de rama
en rama, el verde pájaro 
		canoro;
de corazón en corazón risueño,
el clamoroso ciervo del 
		deseo.

		
Entre las piedras, rota adolescencia
su bella soledad gozando 
		amante,
piedra amorosa entre amorosas piedras.

		
Para vivir su amor, cantar su gloria,
yo estoy en onda, cielo, 
		soto, brisa,
rama, deseo, corazón y muero.
7.

Desnudo

Estoy desnudo, el sol con fuego dice
cuanto diría el hombre 
		enamorado.
Basta el silencio a confesarlo todo,
si tendido en la 
		orilla de algún río
el hombre calla y en su pecho, mudo,
un sol 
		como el del cielo resplandece.

		
Ya lo sabemos todo. Que son rojos
los labios que se besan en la 
		orilla,
que la vida es un breve y dulce abrazo
y que con la mañana 
		una alegría
sin nombre nos invade silenciosa.

		
Ya no necesitamos las palabras.
Ya basta el sol que besa, basta 
		el río
que nos lleva en sus ondas lentamente,
el viento que los 
		ojos acaricia,
la verde sombra que en la boca tiembla.
8.

Elegía

Elegía I

Mi 
		alma es casi dichosa y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo 
		de nuestra dicha
y el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de 
		aquellos días.

Y por eso mi alma, triste y dichosa a un tiempo,

		es igual que una virgen embriagada
o una antigua bacante
que ríe y 
		llora ebria en las colinas,
y está loca de vientos y de lunas,
de 
		soles y de pinos y de altura,
y llora y ríe sin saber qué hace
y 
		sus pies en las flores despiertan leve música
y el torrente acompaña 
		sus éxtasis salvajes
y el crepúsculo besa sus mejillas
y la 
		creación resuena a su voz amorosa
y le responde con ardientes ecos,

		y a través de la sombra
con sus astros lejanos le contestan los 
		cielos.

Así, mi alma no sabe qué dice ni qué calla
y está casi 
		dichosa y casi triste
y sin saber por qué llora y sonríe
y canta y 
		se lamenta,
y va como una virgen destrenzada y desnuda
por valles 
		y montañas,
y los pastores huyen a su paso
y las mozas se ocultan 
		para verla,
y su fervor por todo es tan divino,
y su amor tan 
		ardiente
que nadie lo comparte,
y por eso va sola
por las 
		verdes colinas y las montañas grises,

		sola, casi dichosa y casi triste.
9.

Elegía II

¿A qué he venido entre 
		los verdes árboles
del bosque traspasado de armonía?
¿Por qué 
		canta la vida con sus labios ardientes
de roja miel una canción 
		lasciva?
     
		
¿Qué insinúan las aguas
al desgarrar sus muslos de espumas en las 
		rocas?
¿Por qué al pasar las frescas alamedas
me invita una voz 
		leve y tenue en su sombra?

		
¿Qué amor bello y desnudo lo mismo que el verano
me llama por mi 
		nombre e invisible suspira?
¿Qué amor, qué loco amor va siguiendo mis 
		pasos,
inflamando la tierra erizada de espigas?

		
¿A qué he venido en este mediodía
al bosque solitario?
¿Por 
		qué me pierdo entre los verdes árboles
alargando a su sombra 
		turbadora mis brazos?
10.

Elegía III

Árboles de la sierra 
		que nos visteis pasar,
vosotros que aspiráis por todo vuestro cuerpo

		el azul perfumado, la púrpura del día.
Vosotros, sin palabras, cuyo 
		tierno murmullo
no alarmaría ni a una paloma adormecida,
decidme, 
		verdes árboles, por qué mi alma suspira.


		Colinas y laderas 
		salpicadas de lirios,
vosotros que nos visteis pasar por Piedrahita

		soñando bajo el sol y a la vuelta perdidos,
pálidos y perdidos en la 
		luna de mayo,
decidme, esta dulzura tan triste que resbala
por mi 
		alma desnuda, ¿es el amor acaso?


		¿Es acaso el amor esta 
		melancolía
y esta inquietud más bella que todos los deseos?
¿Es el 
		amor acaso este ardor y este frío
que al besarme la luna besa todo mi 
		cuerpo?

		
Largo fue el día de mayo y fragante la noche.
Como sombras 
		pasamos entre los juncos húmedos.
El viento se enredaba en los 
		avellanares.
El arroyo expiraba en un verde gemido
y el viento se 
		extendía sobre nosotros mudo.
11.

Elegía VII

En Sandua aúlla el viento por los viejos tejados
por los muros 
		ruinosos y la negra veleta.
El avellano esfuma su contorno en la 
		niebla
y el torrente ensordece los valles desolados.

		
Los nogales sacuden sus mil hojas de agua
anunciando el otoño en 
		los campos aún verdes.
Las nubes se derrumban como un trono solemne

		sobre la silenciosa calma de las montañas.

		
Los violentos despojos de la oscura tormenta
en las aguas 
		salvajes se destiñen y flotan.
En los rosales queda todavía una rosa

		y al aspirarla mi alma se inunda de tristeza.

		
Y no sé si esa rosa solitaria y tardía
es acaso la pena que quedó 
		aquí una tarde
y que luego en silencio dio un aroma suave
y ahora 
		me pone triste después de tantos días.

		
No lo sé... Sin embargo, me detengo en la puerta
de la casa en 
		ruinas perdida entre los montes
y la sombra angustiosa de los 
		próximos bosques
cae sobre mi vida cada vez más espesa.

		
He cruzado el umbral... La soledad recorre
el patio oscurecido 
		con sus plantas de musgo:
El suelo está mojado. Los muros están 
		húmedos.
En las ventanas fulge un instante la tarde.

		
Oh abrir esa ventana al viento y a la lluvia,
a los fuegos del 
		cielo y a las hojas marchitas
y sentir al pasar las largas galerías

		seguirme mis pisadas pavorosas y oscuras.

		
Oh llegar al lejano dormitorio que abre
al campo dos balcones con 
		cortinas de nubes
y besar en la sombra los recuerdos más dulces,

		los recuerdos aquellos que no sospecha nadie.

		
Oh Sandua en ruinas al borde del torrente
que en los avellanares 
		se despeña estruendoso
¿qué busca en tus tejados y en tu veleta el 
		viento?
¿por qué la lluvia azota tus rotas cristaleras
y se sienta 
		en tus bancos, fatigado, el otoño?

		
Oh Sandua de muros negros y amarillentos
que un solo rosal tienes 
		y una rosa tan solo
¿por qué mi corazón lo mismo que un arroyo

		quiere besar tus pobres paredes derruidas
como cuando la Sierra se 
		desborda en otoño?

		
Oh Sandua a la sombra del nogal milenario
que da calma y frescura 
		por las tardes al pozo
¿por qué está siempre el cielo nublado sobre 
		ti?
¿por qué la soledad pasea por tu patio
y en tu torre suspira 
		desolado el otoño?

		
¿Qué frases de otro tiempo se extinguen en tus salas,
qué 
		recuerdos pesados y dulces como lágrimas,
qué dicha temblorosa, qué 
		apagados sollozos,
qué risas como flores en los labios cansados,

		qué esperanza amarilla como un cielo de otoño?

		
Oh Sandua que mueres un poco cada día,
conserva tus fantasmas: yo 
		no he de despertarlos.
Conserva ese misterio que alienta en tus 
		ruinas
que no he de profanar tampoco tu misterio
ni turbar tu 
		silencio con mi melancolía.

		
No he de abrir a la vida tus ventanas cerradas,
no he de evocar 
		tu historia junto a la chimenea
y no he de recorrer tus largas 
		galerías,
pues algo que se siente y que nunca se explica
me 
		detiene en el patio igual que en una tumba.

		
Y cuando vuelvo a Córdoba, que brilla en la llanura
entre los 
		encinares, al fin de la cañada,
me digo que la vida es tan 
		indiferente
como el valle desierto donde mueres, oh Sandua,
y me 
		digo también que en un valle tan dulce
y sombrío, mi vida sería 
		semejante
a tus grises ruinas ahogadas por las nubes.

		
Y al volver la cabeza para ver por vez última
tu torreón lejano 
		bañado por la luna
me parece que mi alma es ese triste arcángel

		que gira en la veleta al impulso del viento,
y mi vida una casa que 
		ya no habita nadie
que invaden las malezas y las brumas de otoño,

		una casa en ruinas perdida entre los montes,
olvidada en un valle 
		salvaje y melancólico...
12.

Elegía XI

Cuando derrite el cielo 
		el sol de julio
buscan los bueyes las espesas sombras;
los 
		segadores de color cobrizo,
las frescas jarras y los pozos húmedos,

		las cabras, los retoños del olivo,
y yo -lento y errante por el día-

		la terrestre dulzura de tu cuerpo.
           
		
Pues la verbena en flor, la verde prímula
y las vidas silvestres 
		cuyos pámpanos
sombrean la roja frente de los sátiros,
y el soto 
		umbrío que un arroyo baña
y que al pasar el viento vibra todo
como 
		lira de hojas plateadas,
y las colgantes dríadas que enroscan
sus 
		guirnaldas de azules campanillas
en el tronco del álamo sonante,
y 
		la zarza espinosa donde tiembla 
		
-sombra y rocío- un dios enamorado,
no tienen para mi alma la 
		dulzura
de la dorada gracia de tu cuerpo.
           
		
Como la rosa móvil y redonda
del girasol sigue el curso del 
		astro,
como el agua en la fuente campesina
se arquea y luego cae 
		en claro chorro,
como el fruto maduro comba grávido
la rama que 
		sustenta su opulencia,
como el águila gira por el cielo
y se 
		cierne, voraz, sobre el rebaño,
así mi alma gravita, gira y cae

		fruto, flor, agua y águila, en tu cuerpo.
13.

Elegía XII

Dicen que el mes de mayo es el mes del amor,
pero yo me pregunto si 
		hay alguna estación
que no lo sea, pues octubre te trajo al lado mío

		y noviembre con sus grandes nubes y sus tormentas
fue el mes en que 
		mi corazón dio sus rosas primeras.

		
Y en enero paseando por los campos, miramos
la luna entre los 
		árboles como un fruto de plata
y luego te besé por el carril sombrío

		que baja de la Huerta de los Arcos.

		
Y en marzo, cuando son tibias las lluvias,
unos celos furiosos, 
		me asaltaron
porque me hablaste apasionadamente
de Juan Ramón 
		-como si ya lo amaras-
y yo, intentando en vano ahogar mi tristeza

		me fui, vencido y hosco, por las húmedas sendas.

		
Y en abril, cuando Córdoba huele a Semana Santa,
los altares 
		cubiertos de flores redoblaron
nuestro amor y en la sombra violeta de 
		los templos
juramos sernos fieles para toda la vida,
igual que 
		aquellas aves que vimos una tarde
volar solas las dos por el aire 
		suave.

		
Y en junio nuestro amor buscaba en los arroyos
las espesas 
		moreras cuya sombra
nos trasportaba al tiempo de las dulces 
		bucólicas.
Venías a tenderte a mi lado en la arena
y nunca como 
		entonces fueron bellos tus ojos
ni dorado tu pecho, ni encendidos tus 
		labios.

		
Y en agosto te fuiste con tu familia a Málaga
de veraneo, y yo 
		quedé en Córdoba solo,
y tu recuerdo, diariamente, al caer la tarde,

		se alzaba por el Sur lo mismo que la luna,
y las aguas heladas de la 
		alberca nocturna
y la cerveza amarga y fría, y los refrescos,
y 
		los vinos que me ofrecían los amigos
no consiguieron desvanecer tu 
		imagen
ni apagar en mi alma el deseo -de tu cuerpo.

		
Y, sin embargo, hay quien dice que la primavera
es el tiempo de 
		los enamorados,
pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo 
		sea.
14.

Encuentro nocturno

Al final del verano,
en las murallas rotas
donde viejos molinos 
		dispersan por las islas sus ruedas
[mutiladas,
a la hora en que la 
		tierra
suspira por la luna
te encontré...
Yo ignoraba
a qué 
		cimas de amor y de hermosura
se alzaría mi vida.
Las palmeras
y 
		adelfas aromaban el lugar fresco.
El cielo
dominaba a la tierra. 
		Todo era
aroma, amor y ansia...
Los hombres, a esta paz y esta 
		tortura
la llaman noche.
Agótase
humillada la luz ante tal 
		honda
oscuridad que funde cielo, tierra,
amante, amor, amado.

		Para este beso no encontraron nombre.


		Mi alma es casi dichosa 
		y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo de nuestra dicha
y 
		el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de aquellos días.


		Y por eso mi alma, 
		triste y dichosa a un tiempo,
es igual que una virgen embriagada
o 
		una antigua bacante
que ríe y llora ebria en las colinas,
y está 
		loca de vientos y de lunas,
de soles y de pinos y de altura,
y 
		llora y ríe sin saber qué hace
y sus pies en las flores despiertan 
		leve música
y el torrente acompaña sus éxtasis salvajes
y el 
		crepúsculo besa sus mejillas
y la creación resuena a su voz amorosa

		y le responde con ardientes ecos,
y a través de la sombra
con sus 
		astros lejanos le contestan los cielos.>


		Así, mi alma no sabe 
		qué dice ni qué calla
y está casi dichosa y casi triste
y sin 
		saber por qué llora y sonríe
y canta y se lamenta,
y va como una 
		virgen destrenzada y desnuda
por valles y montañas,
y los pastores 
		huyen a su paso
y las mozas se ocultan para verla,
y su fervor por 
		todo es tan divino,
y su amor tan ardiente
que nadie lo comparte,

		y por eso va sola
por las verdes colinas y las montañas grises,

		sola, casi dichosa y casi triste.
15.

Hora de amor

Hora de amor. Qué dios 
		envenena mi alma
con labios que sonríen y ojos verdes
mientras la 
		tarde en su jardín me encierra
y me incendia y abrasa con sus 
		pájaros.

		
Pasos míos, ¿adónde me lleváis?
¿Por qué verdes veredas?
¿A 
		qué rincones plácidos o lugares de duelo?

		
Hora de fuego lánguido
cuando el día es un cisne que canta en su 
		agonía
con bella luz que nunca se repite,
hora de amor 
		sombríamente dulce,
arráncame de mí, quiero huir de mí mismo,
ser 
		aire, tierra, planta,
sin alma, sin conciencia,
beso, caricia, 
		soplo,
rama en el viento, verde hoja al aire.

		
No hay tierra en mí. Soy fuego
desesperado, inútil como astro en 
		la noche
pero bello en mi luz solitaria que sufre.
Soy fantasía 
		del agua que nadie ve en la noche,
sueño que al despertar no se 
		recuerda
mas que pone en los labios y el rostro su hermosura,

		amor, amor oculto que florece
en el cáliz de junio.

		
La llama que así misma se devora,
la lluvia sobre el agua,
las 
		gotas de perfume que ruedan por su pétalo,
el rayo que en el seno de 
		la nube se esconde,
oh, amor, son formas tuyas
que en mí suspiran, 
		presas, por su amante.
16.

Invierno

El árbol chorreando ante la iglesia
bajo la lluvia espesa y fina 
		era
una esperanza muerta en el invierno.
Sobre la húmeda torre, 
		los celajes
deshechos y blanquísimos mostraban
el cuerpo azul 
		diáfano del cielo
recién poseído por el sol.
                                          
		Abajo,
la vida oscura, ciega, sin futuros,
calles acuosas, árboles 
		sin hojas,
empañados cristales...
                                        
		En la altura
una vida de luz, de amor, de gracia,
ajena a todo 
		sentimiento y bella
en su impasible gloria...
                                           
		Yo, enlutado,
desterrado, desde un portal oscuro
contemplando 
		imposibles paraísos.

Versos y pensamientos de Ricardo Molina

4 citas
« Ámame sólo como amarías / al viento »
Ricardo Molina · Ámame sólo como amarías al viento...
« Qué buscas por el río entre los blancos álamos, / oh, amor, oh, amor de »
Ricardo Molina · Amor a orilla del río
« Muerta la flor, la flor que ama el amante, / muerto el amante, »
Ricardo Molina · Astro
« Oh cuerpo mío, / oh tempestad de ansia, »
Ricardo Molina · Cántico del cuerpo sin alma
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