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Ricardo Carballo Calero · Al lado del pozo de la vida
Biografía y poemas de Ricardo Carballo Calero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y poemas de Ricardo Carballo Calero. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Al lado del pozo de la vida escrutas las aguas oscuras: acechas tendiendo los oídos ansiosos a la piedra que tiras, dura y pesada pregunta que inquieta la verdad del fondo húmeda tierra de fango que los pies con que pisas ansían. Al lado del pozo de la vida buscas en ella la verdad. Pero la verdad y la vida son una, y están sobre la tierra. Taladran, sedientos, los ojos sólo aguas y arcillas estériles. Pasa, entre tanto: la hermosa, como una mujer en silencio. Podrías besarla sino intentaras oírla; a su talle han de ceñirse, han de besar sus labios sin preguntarle su nombre, que, púdica, niega al amante, o que, tal vez, ella ignora, la casta de la flor venturosa. De tu pregunta hoz, en el heno se oxide y more -harta de segar aires- que es lecho de amor para el prudente. No rinden labios de moza más dulces las mieles del beso porque murmullen un nombre al ruego del amante importuno. De "Entre el verde y el azul"
Nombre de suave lienzo y blanco lino, paisaje donde nevó rosas heladas, primavera cuajada en amor joven. Cuántas huidas, cuántos escalofríos entre tú y yo levantaron nuestro puente. Puente de plata o tela de araña, dulce, donde al amanecer la niebla se columpia. Mi vida es un acercarse a la tuya. Al morder la primera fruta de oro, el zumo por los labios resbalaba. Era la pasión como una novia antigua. Nombre de limpio vidrio y aire tamizado, en soledad arrodillada encendido, de campana en campana por los campos vuelas. Como un animal sagrado vagabas; alto zumbido de otoños olvidados bajo tus pies, arcángel de los pies blancos. Esparciendo luz y oliendo a flor, Planeas sobre mí, ángel en ruinas. ¿Qué brisa, qué amor, qué pena deshojada, qué fuente dorada o qué cristal de estrella sueña tus sueños cuando estoy dormido? Al latirte el corazón de viento, florezco bajo tus alas desnudas. De "Angel de tierra"
mascadora de chiclet... Belleza mascadora de chiclet, donde la feminidad alcanza el límite del vigor, y los músculos campan durísimos, inaprensibles al pellizco galante. Próxima a las puertas del sexo, te mantienes un milímetro distante de la salida, y tu amenaza de desbordar el área de juego es más una travesura que subraya la curvatura de tu trayectoria, falsamente estirada en súbito zig-zag. En esta hora de indiscriminación sexual, tus posibilidades de cotización son precarias, y tienes que disimular tu feminidad, para acercarte al varón de cabellos largos e ideas cortas. Así, tu cuerpo es hermoso, a pesar de las descuidadas prendas que lo disfrazan. Así, tu boca es dulce, a pesar de las toscas palabras que la manchan. Sabrosa arcilla del paraíso, cubierta por la seca ortiga del escombro. Eterna y pura naturaleza, avasallada por efímera y densa cultura. Hay que amar la blanda pulpa de tu cielo, por abajo y arriba de la dura corteza de tu tierra. De "Avalón"
Me podéis borrar del Libro de Oro, mis compatricios. Hace tiempo que no pienso si el Turco sube o baja, y mis buques están anclados en el muelle. No me tienta ocultar mi calva bajo la tiara de dogo. Un cuerno y un ropaje largo no me preservarían de los arañazos de tantos senadores. Que otro celebre sus nupcias con el mar. La boca de esa esposa es demasiado amarga. Me prefiero soltero, libre de tal belleza, que derriba cuando quiere y traiciona a sus hombres. Tú, Fóscari; tú, Dándolo; tú, Loredano, me mirais sin duda con el horror con que a un hermano perdido. Quizá tengo sangre de algún Otelo ignorado, y mi tono no es originario de Aquilea. No me retratarán Bellini ni Tiziano; oscuro moriré, pobre gallo olvidado. Pero veo al mar royendo las piedras de Venecia, y encuentro triste el carnaval de la vieja Serenísima. De "Avalón"
En lo alto del bosque está mi eremitorio. Llegaste cuando el cielo de otoño auguraba nieve. Un camino perdido te conducirá a mí. El invierno nevó fuera mientras dentro calentaba el gozoso verano. Quedaste prisionera. La nieve borró los caminos. No sabrías regresar. Te tendré a mi lado mientras el invierno reine. Sé que te marcharás en la primavera, cuando el deshielo abra de nuevo las veredas. Pero tengo la esperanza de que no te veré marchar Soy ya muy viejo, y moriré antes de que puedas cruzar el umbral. Me cerrarás los ojos con tus suaves manos. Y cuando el sol endurezca la tierra, te irás sobre tus pies ligeros como las horas. Pero yo no te veré marchar, durmiendo para siempre con los ojos cerrados, soñando que aún estás, que estas siempre cerca de mí, en lo alto del bosque, en mi eremitorio, mientras fuera cae, día tras día, año tras año, vida tras vida, eternamente, la nieve, que borró los caminos y te impide partir. De "Venusberg"
(Auletés) En Lokbias tañe una flauta, en Sanssouci; así consuela su nostalgia Ptolomeo; Friedrich también. Estrujadora Alejandría, severa Postdam; es melancólico ser rey, leyendo a Cátulo o a Voltaire. Cercano a la orilla de Libia o a la llanura central de Europa, el auletés, pensando en legionarios o cosacos, mariposa nostálgica, chupa la miel de la triste flor de la flauta, combándose bajo el klaft o el tricornio la nostálgica cabeza colgada del más allá. No importa estar borracho y pellizcar la grupa de los días, o disponer las compañías de plomo sobre una mesa rococó. Dura carga es ser rey, basileus o könig, capitán o sobornador contendiendo con césar o kaiser mediante fuego de oro o fuego de cañón. Bañar en el río tibio de la música el alma cansada de espiar, es natural; hila tristeza el rey así, el auletés, Lokhias o en Sanssouci, larva llorosa, para encapsular, que el dolor en seda es menos ruín. Por eso siempre al atardecer, tañe en Lokhias, en Sanssouci, la misteriosa flauta real. Bajo la luna pura y cruel, entre la zozobra del vivir, hila su lágrima el auletés. De "Oratorio"
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