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Reina María Rodríguez · A veces
Biografía y amplia selección de poemas de Reina María Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Reina María Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
a veces a veces él y ella jugaban al escondite en torno los parvos de heno y los setos de ciruela podados porque él entendía mucho de caballos y simientes y olía a fruta desde el belfo a los cascos, cuando sentado frente a ella con su abundante pelo amarillo que estaba siempre tan revuelto como la melaza y el agua de canela del tronco de aquel árbol de sus ojos -de la supervivencia- eran los ojos que invadía la muerte la sazón de la muerte con su espuma rojiza (no hay palabra alguna para sacrificar la muerte la muerte nunca está del lado de quien muere, no señala su secreto en el acto de matar). y ella entonces aportaba sus ojos que invadían la muerte por encima de la sombra que entraba en el cieno. yo tenía dieciséis años y lo veía venir -lo abracé, como pude. (debes olvidar toda argumentación, toda filosofía del desamparo) me doblaba y mordía la punta de los dedos tiznada de sagradas cenizas bajo el calor de un sol meridiano mi letra, su sílaba, simboliza el silencio después de la obsesión -ella piensa en la divinidad. no hacemos trampas. el tiempo asesino le arrebata mi cuerpo y también la abundancia del campo de la imaginación donde todo fue amenazado mientras la cosecha terminó de grabarse sobre el fango.
al menos así lo veía a
contraluz
Para Fernando García
he prendido sobre la foto una tachuela roja.
-sobre la foto famosa y legendaria-
el ectoplasma de lo que ha sido,
lo que se ve en el papel es tan seguro
como lo que se toca. la fotografía
tiene algo que ver con la resurrección.
-quizás ya estaba allí
en lo real en el pasado
con aquel que veo ahora en el retrato.
los bizantinos decían que la imagen de Cristo
en el sudario de Turín no estaba hecha
por la mano del hombre.
he deportado ese real hacia el pasado;
he prendido sobre la foto una tachuela roja.
a través de esa imagen (en la pared, en la foto)
somos otra vez contemporáneos.
la reserva del cuerpo en el aire de un rostro,
esa anímula, tal como él mismo,
aquel a quien veo ahora en el retrato
algo moral, algo frío.
era finales de siglo y no había escapatoria.
la cúpula había caído, la utopía
de una bóveda inmensa sujeta mi cabeza,
había caído.
el cristo negro de la Iglesia del Cristo
-al menos, así lo veía a contra luz-
reflejando su alma en pleno mediodía.
podía aún fotografiar al Cristo aquel;
tener esa resignación casual
para recuperar la fe.
también volver los ojos para mirar las hojas amarillas,
el fantasma de árbol del Parque Central,
su fuente seca.
(y tú que me exiges todavía alguna fe).
mi amigo era el hijo supuesto o real.
traía los poemas en el bolsillo
del pantalón escolar.
siempre fue un muchacho poco común
al que no pude amar
porque tal vez, lo amé. la madre (su madre),
fue su amante (mental?)
y es a lo que más le temen.
qué importa si alguna vez se conocieron
en un plano más real.
en la casa frente al malecón, tenía aquel
viejo libro de Neruda dedicado por él.
no conozco su letra, ni tampoco la certeza.
no sé si algo pueda volver a ser real.
su hijo era mi amigo,
entre la curva azul y amarilla del mar.
lo que se ve en el papel es tan seguro
como lo que se toca. (aprieto la tachuela roja,
el clic del disparador... lo que se ve no es
la llama de la pólvora, sino el minúsculo relámpago
de una foto).
el hijo, (su hijo) vive en una casa amarilla
frente al malecón -nadie lo sabe, él tampoco lo sabe-
es poeta y carpintero.
desde niño le ponían una boina
para que nadie le robara la ilusión de ser,
algún día, como él.
algo en la cuenca del ojo, cierta irritación;
algo en el silencio y en la voluntad
se le parece, entre la curva azul
y amarilla del mar.
-dicen que aparecieron en la llanura
y que no estaba hecha por la mano del hombre-
quizás ya estaba allí, esperándonos.
la verosimilitud de la existencia es lo que importa,
pura arqueología de la foto, de la razón.
y tú que me exiges todavía alguna fe).
el Cristo negro de la Isla del Cristo sigue intocable,
a pesar de la falsificación que han hecho
de su carne en la restauración;
la amante sigue intocable
y asiste a los homenajes en los aniversarios;
(su hijo), mi amigo, el poeta, el carpintero de Malecón,
pisa con sus sandalias cuarteadas
las calles de La Habana;
los bares donde venden un ron barato a granel
y vive en una casa amarilla
entre la curva azul y oscurecida del mar.
que importancia tiene haber vivido
por más de quince años tan cerca del espíritu de aquel,
de su rasgo más puro, de su ilusión genética,
debajo de la sombra corrompida
del árbol único del verano treinta años después?
si él ha muerto, si él también va a morir?
no me atrevo a poner la foto legendaria sobre la pared.
un simple clic del disparador, una tachuela roja
y los granos de plata que germinan
(su inmortalidad)
anuncian que la foto también ha sido atacada
por la luz; que la foto también morirá
por la humedad del mar, la duración;
el contacto, la devoción, la obsesión
fatal de repetir tantas veces que seríamos como él.
en fin, por el miedo a la resurrección,
porque a la resurrección toca también la muerte.
sólo me queda saber que se fue, que se es
la amante imaginaria de un hombre imaginario
(laberíntico)
la amiga real del poeta de Malecón,
con el deseo insuficiente del ojo que captó
su muerte literal, fotografiando cosas
para ahuyentarlas del espíritu después;
al encontrarse allí, en lo real en el pasado
en lo que ha sido
por haber sido hecha para ser como él;
en la muerte real de un pasado imaginario
-en la muerte imaginaria de un pasado real-
donde no existe esta fábula, ni la importancia
o la impotencia de esta fábula,
sin el derecho a develarla
(un poema nos da el derecho a ser ilegítimos en algo más
que su trascendencia y su corruptibilidad).
un simple clic del disparador
y la historia regresa como una protesta de amor
(Michelet)
pero vacía y seca. como la fuente del Parque Central
o el fantasma de hojas caídas que fuera su árbol protector.
ha sido atrapada por la luz (la historia, la verdad)
la que fue o quiso ser como él,
la amistad del que será o no será jamás su hijo,
la mujer que lo amó desde su casa abierta,
anónima, en la página cerrada de Malecón;
debajo de la sombra del clic del disparador
abierto muchas veces
en los ojos insistentes del muchacho
cuya almendra oscurecida
aprendió a mirar
y a callar
como elegido.
(y tú me exiges todavía alguna fe?)
anochece anochece sobre las tejas de Madrid pero en las manos traigo la humedad de las aguas del Báltico. todavía húmedas, frías, me han quemado con esos verdes que no maduran. es la travesía desde los ojos de los cisnes tras una fruta opaca. anochece y estoy tan cerca de tu cuerpo en una casa extraña contra los pies que en la madera quieren frotar una textura adormecida sobre un paisaje irreal (me han devuelto a la conciencia las palabras que no están donde sueño o donde miro busco un sueño donde están las sensaciones porque ya no hay nada que mirar) y busco algo que querer antes que la noche irrite mis párpados que sobre las aguas del Báltico han bebido toda su humedad. porque también anochece sin prisa sobre las tejas de Madrid y yo miro por la abertura oblicua de mi piel la tuya.
cámara secreta dentro de un cofrecito de ébano junto a la cama mortuoria de Tutankamen yacen los fabulosos tesoros del joven rey en el Nilo. allí encontré una pieza dorada como una muñeca, o una antigua miniatura india. alguien me permitió abrir y quizás ver aquel secreto que soñaba (en cada sueño perdemos evidentemente una inocencia) soy otra vez Pigmalión siempre a la espera de cualquier milagro. si uno va todo el camino junto a las cosas, uno puede cubrir todo el camino de ficciones y ciertamente uno recibe su recompensa siempre completamente diferente a la esperada. si alguien, al menos durmiera sin estar muerto junto al cofre de un rey y recibiera un sueño como el mío, -la miniatura de cristal de Atlántida- entraríamos de una vez en la inocencia. 12 de agosto 1995
dos veces son el mínimo aquí media luz; afuera, la mañana. miro por la abertura de la media negra que hace un ángulo exacto con mi pie que está arriba. un mundo que me interesa aparece por la cicatriz: un deseo que me interesa rehusando la prudencia. los ruidos bajo el sol entrada la mañana. por la abertura en triángulo del muslo hasta el pie en tu boca hay un canal. la total ausencia de intención de este día, un día en que uno se expone y luego enferma. un día formando un gran arco entre el dedo que roza el labio y la media. dos veces son el mínimo de confianza para lograr la ilusión. yo, al amanecer, estaba junto a la ventana (era la única imagen en la que podría refugiarme) me acercaba para no llegar y estar convencida -nunca reafirmada- «como si, para mí, tú, la otra, te abrieras, o te rompieras, del modo más suave contra el alféizar». (las palabras siempre son de algún otro, se prestan para consolar a la sensación que también viene de allá afuera, incontrolable) otra cosa es lo que yo hago con ellas aquí adentro: las caliento escuchando bien un sonido que me revela la tonalidad de lo que expongo (una ilusión) de ser aquella que algo vio en el triángulo cuya cúspide es tu boca absorbiendo también de la sustancia. yo sólo me aproximaba a la ventana -escritora nómada- que mira con devoción en vez de coger a ciegas (la primera vez) sabe que dos veces son el mínimo de vida de ser. júrame que no saldremos del «territorio del poema» esta vez que si estrujo y pierdo en el cesto de los papeles este cuerpo no voy a renacer al espectáculo. estamos juntos en el diseño con tinta de un día que no es verdadero Porque osa comprimirse en la línea del encanto. -de la cintura hacia arriba está la carne, el día. de la mitad inferior del tronco (abajo) media negra hasta la noche, el fin. júrame que no saldremos de aquí una casa prestada con ventanas que miran hacia el mar de papel donde nos desnudamos, rodamos, prestamos, palabras para lavar y volver a teñir en el crepúsculo. era mi cuerpo ese promontorio que tú colocabas al derecho, al revés, sobre el piso de mármol? fue esa tumba siempre, los ojillos de los poros como gusanos olfateando mis pensamientos para nada? yo siempre quise ver lo que tú mirabas por la abertura del triángulo (ser los dos a la vez) algo doble en el mismo sitio de los cuerpos y en los pies, longitudes distintas «para aquel contacto de una suavidad maravillosa». dos veces son el mínimo de la vida de ser. yo, una vez más, ensayo la posibilidad de renacer (de la posteridad ya no me inquieta nada).
edgar, las muchachas y la lluvia ha vuelto a ser noviembre y alrededor del ojo profunda otra rayita. empieza ya el invierno y a veces no sé dónde guardarme. tu madre ha sido loca y de remate amante de cosas imposibles. no aprendió a cocinar las hormigas les roban los objetos del cuarto aún le teme a las tataguas y al amor. faltan 20 años o 20 segundos para que termine el siglo mientras hacemos amuletos con formas de palomas que cuelgo en las ventanas contra los bombardeos 20 años o 20 segundos para que termine este siglo y sólo te deseo que puedas siempre admirar las estrellas porque a veces temo que no podamos contemplar más las estrellas. tú vivirás en el 2000 y verás árboles cosmódromos mariposas esa fauna y flora diferente que estamos creando y vivirás como todos los niños dentro de un hombre. pero acuéstate siempre como ahora entre destornilladores y latas vacías aunque te asalten las muchachas y la lluvia.
el retrato de un hombre joven (Dresde) 1521 sentado sobre un bloque de madera ante un fondo caliente, rojo está ebrio o está dormido mientras yo trazo un círculo en el punto de intersección con el eje central que constituye su ombligo -igual que para el pecho o la cadera estrecha- que traza también un eje con su pelvis y mi mano. tengo un modelo señor el tono claro de sus manos y la carta a punto de caer atrae mirada la luminosa claridad de la camisa, el rostro como una cúpula sobre la pirámide del tronco que, dentro de una estructura formada por diagonales me hace sentir su frialdad, las raras líneas que le conceden una presencia inmediata pero no es verdad. la cabeza que está modelada de adentro hacia afuera donde resalta el retrato de un joven en madera siguió en la galería de los Viejos Maestros. su composición es sencillamente clásica sólo el blanco luminoso hasta el negro de las botas llena este cuadro de vida. tenemos ante nosotros a un joven -que no es Durero- él ya se ha ido. y que consciente de sí mismo, yace (pluma y pincel sobre fondo verde blanqueado y lavado) 6 de junio del 95
ella volvía ella volvía de su estéril landa, bajaba las piedras antes de que aquella intensidad se convirtiera en sangre; y todo aquel amor se convertía en sangre bajaba por sus muslos (el camino que lleva al centro es un camino difícil) es el reto del paso de lo profundo a lo sagrado de lo efímero a lo eterno, porque esa intensidad se convertía en sangre por su necesidad de ser libada en febrero justo antes de la primavera -de color apergaminado también sus muslos, lo que llamaba a olvidar cualquier cosa para ser un cuerpo también, un camino. que uno atraviesa con las flores del vestido convertidas en piedras porque nada puede durar -ella lo sabía- si no está dotado por un sacrificio. la tierra está recientemente sembrada (era la tierra de sus ancestros) es el rito que se ejecuta cuando se construye un día el deseo primordial de representarlo, como si ese fuego y esas piedras repitieran ademanes antiguos y ella pagara con su flujo sobre la tierra estéril para ser fecundada.
en pleno mediodía en pleno mediodía, las palomas reacias al sol han bajado por sombra y las parejas se abrazan tiradas en la hierba húmeda y reseca del verano. yo espero por ti que no eres nadie, que no eres alguno, bajo este mediodía cálido junto a la fuente y comprendo la necesidad del querer como los escalares uno encima debajo del otro en esta pecera sin fondo de la realidad. (el loco de ayer ha vuelto -son recurrentes los locos, los poetas-) yo, con la misma ansiedad también he vuelto a buscar mi sombra diurna todavía puedo quedarme aquí y no volver a otro sitio donde una vez arriba, otra abajo, intente derrumbarte contra la hierba húmeda y reseca del verano.
« a veces / a veces él y ella jugaban al escondite en torno »
« al menos así lo veía a / contraluz »
« anochece / anochece sobre las tejas de Madrid »
« cámara secreta / dentro de un cofrecito de ébano »
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