Poesía Universal

Reina María Rodríguez

Biografía y amplia selección de poemas de Reina María Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Reina María Rodríguez. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Reina María Rodríguez

9 poemas seleccionados
1.

A veces

a veces


		
		a veces él y ella jugaban al escondite en torno

		los parvos de heno y los setos de ciruela podados

		porque él entendía mucho de caballos y simientes

		y olía a fruta desde el belfo a los cascos,

		cuando sentado frente a ella con su abundante pelo amarillo

		que estaba siempre tan revuelto como la melaza

		y el agua de canela del tronco de aquel árbol de sus ojos 

		-de la supervivencia- eran los ojos que invadía la muerte

		la sazón de la muerte con su espuma rojiza

		(no hay palabra alguna para sacrificar la muerte 

		la muerte nunca está del lado de quien muere,

		no señala su secreto en el acto de matar). 

		y ella entonces aportaba sus ojos que invadían la muerte 

		por encima de la sombra que entraba en el cieno. 

		yo tenía dieciséis años y lo veía venir 

		-lo abracé, como pude.

		(debes olvidar toda argumentación, toda filosofía del desamparo)

		me doblaba y mordía la punta de los dedos

		tiznada de sagradas cenizas

		bajo el calor de un sol meridiano

		mi letra, su sílaba, simboliza el silencio después de la obsesión

		-ella piensa en la divinidad.

		no hacemos trampas.

		el tiempo asesino le arrebata mi cuerpo y también

		la abundancia del campo de la imaginación

		donde todo fue amenazado

		mientras la cosecha terminó de grabarse sobre el fango.
2.

Al

al menos así lo veía a 
		contraluz

		

		                                              
		Para Fernando García

		

		he prendido sobre la foto una tachuela roja.

		-sobre la foto famosa y legendaria-

		el ectoplasma de lo que ha sido,

		lo que se ve en el papel es tan seguro

		como lo que se toca. la fotografía

		tiene algo que ver con la resurrección.

		-quizás ya estaba allí

		en lo real en el pasado

		con aquel que veo ahora en el retrato.

		los bizantinos decían que la imagen de Cristo

		en el sudario de Turín no estaba hecha

		por la mano del hombre.

		he deportado ese real hacia el pasado;

		he prendido sobre la foto una tachuela roja.

		a través de esa imagen (en la pared, en la foto)

		somos otra vez contemporáneos.

		la reserva del cuerpo en el aire de un rostro,

		esa anímula, tal como él mismo,

		aquel a quien veo ahora en el retrato

		algo moral, algo frío.

		

		era finales de siglo y no había escapatoria.

		la cúpula había caído, la utopía

		de una bóveda inmensa sujeta mi cabeza,

		había caído.

		el cristo negro de la Iglesia del Cristo

		-al menos, así lo veía a contra luz-

		reflejando su alma en pleno mediodía.

		podía aún fotografiar al Cristo aquel; 

		tener esa resignación casual 

		para recuperar la fe. 

		también volver los ojos para mirar las hojas amarillas, 

		el fantasma de árbol del Parque Central, 

		su fuente seca.

		(y tú que me exiges todavía alguna fe).

		

		mi amigo era el hijo supuesto o real.

		traía los poemas en el bolsillo

		del pantalón escolar.

		siempre fue un muchacho poco común

		al que no pude amar

		porque tal vez, lo amé. la madre (su madre),

		fue su amante (mental?)

		y es a lo que más le temen.

		qué importa si alguna vez se conocieron

		en un plano más real.

		en la casa frente al malecón, tenía aquel

		viejo libro de Neruda dedicado por él.

		no conozco su letra, ni tampoco la certeza.

		no sé si algo pueda volver a ser real.

		su hijo era mi amigo,

		entre la curva azul y amarilla del mar.

		lo que se ve en el papel es tan seguro

		como lo que se toca. (aprieto la tachuela roja,

		el clic del disparador... lo que se ve no es

		la llama de la pólvora, sino el minúsculo relámpago

		de una foto).

		el hijo, (su hijo) vive en una casa amarilla

		frente al malecón -nadie lo sabe, él tampoco lo sabe- 

		es poeta y carpintero.

		desde niño le ponían una boina

		para que nadie le robara la ilusión de ser,

		algún día, como él.

		algo en la cuenca del ojo, cierta irritación;

		algo en el silencio y en la voluntad

		se le parece, entre la curva azul

		y amarilla del mar.

		-dicen que aparecieron en la llanura

		y que no estaba hecha por la mano del hombre-

		quizás ya estaba allí, esperándonos.

		la verosimilitud de la existencia es lo que importa,

		pura arqueología de la foto, de la razón.

		y tú que me exiges todavía alguna fe).

		

		el Cristo negro de la Isla del Cristo sigue intocable,

		a pesar de la falsificación que han hecho

		de su carne en la restauración;

		la amante sigue intocable

		y asiste a los homenajes en los aniversarios;

		(su hijo), mi amigo, el poeta, el carpintero de Malecón,

		pisa con sus sandalias cuarteadas

		las calles de La Habana;

		los bares donde venden un ron barato a granel

		y vive en una casa amarilla

		entre la curva azul y oscurecida del mar.

		que importancia tiene haber vivido

		por más de quince años tan cerca del espíritu de aquel,

		de su rasgo más puro, de su ilusión genética,

		debajo de la sombra corrompida

		del árbol único del verano treinta años después?

		si él ha muerto, si él también va a morir?

		no me atrevo a poner la foto legendaria sobre la pared.

		un simple clic del disparador, una tachuela roja

		y los granos de plata que germinan

                                 
		(su inmortalidad)

		anuncian que la foto también ha sido atacada

		por la luz; que la foto también morirá

		por la humedad del mar, la duración;

		el contacto, la devoción, la obsesión

		fatal de repetir tantas veces que seríamos como él.

		en fin, por el miedo a la resurrección,

		porque a la resurrección toca también la muerte.

		

		sólo me queda saber que se fue, que se es

		la amante imaginaria de un hombre imaginario

                                                   
		(laberíntico)

		la amiga real del poeta de Malecón,

		con el deseo insuficiente del ojo que captó

		su muerte literal, fotografiando cosas

		para ahuyentarlas del espíritu después;

		al encontrarse allí, en lo real en el pasado

		en lo que ha sido

		por haber sido hecha para ser como él;

		en la muerte real de un pasado imaginario

		-en la muerte imaginaria de un pasado real-

		donde no existe esta fábula, ni la importancia

		o la impotencia de esta fábula,

		sin el derecho a develarla

		(un poema nos da el derecho a ser ilegítimos en algo más

		que su trascendencia y su corruptibilidad).

		un simple clic del disparador

		y la historia regresa como una protesta de amor

                                                       
		(Michelet)

		pero vacía y seca. como la fuente del Parque Central

		

		o el fantasma de hojas caídas que fuera su árbol protector.

		ha sido atrapada por la luz (la historia, la verdad)

		la que fue o quiso ser como él,

		la amistad del que será o no será jamás su hijo,

		la mujer que lo amó desde su casa abierta,

		anónima, en la página cerrada de Malecón;

		debajo de la sombra del clic del disparador

		abierto muchas veces

		en los ojos insistentes del muchacho

		cuya almendra oscurecida

		aprendió a mirar

		y a callar

		como elegido.

		(y tú me exiges todavía alguna fe?)
3.

Anochece

anochece

		

		anochece sobre las tejas de Madrid

		pero en las manos traigo la humedad

		de las aguas del Báltico.

		todavía húmedas,

		frías, 

		me han quemado con esos verdes que no maduran.

		es la travesía desde los ojos de los cisnes

		tras una fruta opaca. anochece

		y estoy tan cerca de tu cuerpo en una casa extraña

		contra los pies que en la madera quieren frotar

		una textura adormecida sobre un paisaje irreal

		(me han devuelto a la conciencia las palabras

		que no están donde sueño o donde miro

		busco un sueño donde están las sensaciones

		porque ya no hay nada que mirar)

		y busco algo que querer antes que la noche

		irrite mis párpados que sobre las aguas del Báltico

		han bebido toda su humedad. porque también anochece

		sin prisa sobre las tejas de Madrid y yo miro

		por la abertura oblicua de mi piel

		la tuya.
4.

Cámara

cámara secreta

		

		dentro de un cofrecito de ébano

		junto a la cama mortuoria de Tutankamen yacen

		los fabulosos tesoros del joven rey en el Nilo.

		allí encontré una pieza dorada

		como una muñeca, o una antigua miniatura india.

		alguien me permitió abrir y quizás ver

		aquel secreto que soñaba

		(en cada sueño perdemos evidentemente

		una inocencia) soy otra vez Pigmalión

		siempre a la espera de cualquier milagro.

		si uno va todo el camino junto a las cosas,

		uno puede cubrir todo el camino de ficciones

		y ciertamente uno recibe su recompensa

		siempre completamente diferente

		a la esperada. si alguien,

		al menos durmiera sin estar muerto

		junto al cofre de un rey

		y recibiera un sueño como el mío,

		-la miniatura de cristal de Atlántida-

		entraríamos de una vez en la inocencia.

		

		12 de agosto 1995
5.

Dos

dos veces son el mínimo

		

		aquí media luz; afuera, la mañana.

		miro por la abertura de la media negra

		que hace un ángulo exacto con mi pie que está

		arriba. un mundo que me interesa

		aparece por la cicatriz: un deseo que me interesa

		rehusando la prudencia.

		los ruidos bajo el sol entrada la mañana.

		por la abertura en triángulo del muslo hasta el pie en tu boca

		hay un canal.

		la total ausencia de intención de este día,

		un día en que uno se expone y luego enferma.

		un día formando un gran arco entre el dedo que roza

		el labio y la media.

		dos veces son el mínimo de confianza

		para lograr la ilusión. yo, al amanecer,

		estaba junto a la ventana (era la única imagen

		en la que podría refugiarme) me acercaba para no llegar

		y estar convencida -nunca reafirmada-

		«como si, para mí, tú, la otra, te abrieras, o te rompieras,

		del modo más suave contra el alféizar».

		(las palabras siempre son de algún otro, se prestan

		para consolar a la sensación que también

		viene de allá afuera, incontrolable) otra cosa

		es lo que yo hago con ellas aquí adentro:

		las caliento escuchando bien un sonido que me revela la tonalidad 

		de lo que expongo (una ilusión) de ser aquella

		que algo vio en el triángulo cuya cúspide es tu boca

		absorbiendo también de la sustancia.

		yo sólo me aproximaba a la ventana

		-escritora nómada- que mira con devoción

		en vez de coger a ciegas (la primera vez) sabe que

		dos veces son el mínimo de vida de ser.

		júrame que no saldremos del «territorio del poema» esta vez

		que si estrujo y pierdo en el cesto de los papeles

		este cuerpo

		no voy a renacer al espectáculo. estamos juntos

		en el diseño con tinta de un día que no es verdadero

		Porque osa comprimirse en la línea del encanto.

		-de la cintura hacia arriba está la carne, el día.

		de la mitad inferior del tronco (abajo) media negra hasta la noche, el 
		fin.

		júrame que no saldremos de aquí

		una casa prestada con ventanas que miran hacia el mar de papel

		donde nos desnudamos, rodamos, prestamos, palabras para lavar

		y volver a teñir en el crepúsculo. era mi cuerpo ese

		promontorio que tú colocabas al derecho, al revés, 

		sobre el piso de mármol?

		fue esa tumba siempre, los ojillos de los poros

		como gusanos olfateando mis pensamientos

		para nada?

		yo siempre quise ver lo que tú mirabas

		por la abertura del triángulo

		(ser los dos a la vez) algo doble en el mismo sitio

		de los cuerpos y en los pies, longitudes distintas

		«para aquel contacto de una suavidad maravillosa».


		dos veces 
		son el mínimo de la vida de ser.

		yo, una vez más, ensayo la posibilidad de renacer

		(de la posteridad ya no me inquieta nada).
6.

Edgar,

edgar, las muchachas y la 
		lluvia

		

		ha vuelto a ser noviembre

		y alrededor del ojo profunda otra rayita.

		empieza ya el invierno y a veces

		no sé dónde guardarme.

		tu madre ha sido loca

		y de remate amante de cosas imposibles.

		no aprendió a cocinar las hormigas

		les roban los objetos del cuarto

		aún le teme a las tataguas

		y al amor.

		

		faltan 20 años o 20 segundos

		para que termine el siglo mientras

		hacemos amuletos con formas de palomas

		que cuelgo en las ventanas contra los bombardeos

		20 años o 20 segundos

		para que termine este siglo y

		sólo te deseo que puedas siempre

		admirar las estrellas porque a veces

		temo que no podamos contemplar más las estrellas.

		

		tú vivirás en el 2000

		y verás árboles cosmódromos mariposas

		esa fauna y flora diferente que estamos creando

		y vivirás como todos los niños

		dentro de un hombre.

		

		pero acuéstate siempre como ahora

		entre destornilladores y latas vacías

		aunque te asalten las muchachas

		y la lluvia.
7.

El

el retrato de 
		un hombre joven (Dresde) 1521

		

		sentado sobre un bloque de madera

		ante un fondo caliente, rojo

		está ebrio o está dormido

		mientras yo trazo un círculo en el punto 

		de intersección con el eje central que constituye su ombligo

		-igual que para el pecho o la cadera estrecha-

		que traza también un eje con su pelvis y mi mano.

		tengo un modelo señor

		el tono claro de sus manos y la carta a punto de caer atrae mirada

		la luminosa claridad de la camisa, el rostro

		como una cúpula sobre la pirámide del tronco

		que, dentro de una estructura formada por diagonales 

		me hace sentir su frialdad, las raras líneas 

		que le conceden una presencia inmediata 

		pero no es verdad. la cabeza que está modelada de adentro 

		hacia afuera donde resalta el retrato de un joven en madera 

		siguió en la galería de los Viejos Maestros.

		su composición es sencillamente clásica 

		sólo el blanco luminoso hasta el negro de las botas 

		llena este cuadro de vida. tenemos ante nosotros a un joven 

		-que no es Durero- él ya se ha ido. y que consciente de sí mismo, yace

		(pluma y pincel sobre fondo verde blanqueado y lavado) 

		

		6 de junio del 95
8.

Ella

ella volvía

		

		ella volvía de su estéril landa,

		bajaba las piedras antes de que aquella intensidad

		se convirtiera en sangre;

		y todo aquel amor se convertía en sangre

		bajaba por sus muslos (el camino que lleva al centro

		es un camino difícil) es el reto del paso

		de lo profundo a lo sagrado

		de lo efímero a lo eterno,

		porque esa intensidad se convertía en sangre

		por su necesidad de ser libada en febrero

		justo antes de la primavera

		-de color apergaminado también sus muslos,

		lo que llamaba a olvidar cualquier cosa

		para ser un cuerpo también, un camino.

		que uno atraviesa con las flores del vestido

		convertidas en piedras

		porque nada puede durar -ella lo sabía-

		si no está dotado por un sacrificio.

		la tierra está recientemente sembrada

		(era la tierra de sus ancestros)

		es el rito que se ejecuta cuando se construye un día

		el deseo primordial de representarlo,

		como si ese fuego y esas piedras

		repitieran ademanes antiguos

		y ella pagara con su flujo sobre la tierra estéril

		para ser fecundada.
9.

En

en pleno mediodía

		

		en pleno mediodía, las palomas

		reacias al sol han bajado por sombra

		y las parejas se abrazan tiradas en la hierba

		húmeda y reseca del verano.

		yo espero por ti que no eres nadie,

		que no eres alguno,

		bajo este mediodía cálido junto a la fuente

		y comprendo la necesidad del querer

		como los escalares

		uno encima debajo del otro

		en esta pecera sin fondo de la realidad.

		(el loco de ayer ha vuelto -son recurrentes

		los locos, los poetas-)

		yo, con la misma ansiedad

		también he vuelto a buscar mi sombra diurna

		todavía puedo quedarme aquí

		y no volver a otro sitio donde

		una vez arriba, otra abajo,

		intente derrumbarte contra la hierba

		húmeda y reseca del verano.

Versos y pensamientos de Reina María Rodríguez

4 citas
« a veces / a veces él y ella jugaban al escondite en torno »
Reina María Rodríguez · A veces
« al menos así lo veía a / contraluz »
Reina María Rodríguez · Al
« anochece / anochece sobre las tejas de Madrid »
Reina María Rodríguez · Anochece
« cámara secreta / dentro de un cofrecito de ébano »
Reina María Rodríguez · Cámara
Biblioteca poética

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