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Rafael Guillén · Alicatado para una tarde de verano
Biografía y amplia selección de poemas de Rafael Guillén. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Rafael Guillén. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Para traspasar las hojas, la luz se pone de lado. Se despereza el aroma y hay un sopor que, despacio, deshilachan las zumbonas avispas del emparrado. La paz del jardín se esparce por el brillo del acanto y la tarde se inaugura al regarse el empedrado. Hay rincones invisibles con amores encalados y persianas donde crece la penumbra del verano. El mirador se remira en los reflejos más altos. Alguna risa que llega por el silencio rampando y el agua, dueña y señora por fuentes y por regatos. El aire tiene un desgaire de mimbre desangelado. El arrayán cuadricula la dicha de estar mirando. Desde los poyetes, rastras en macetas de geráneos cuelgan hasta el arriate buscando su olor mojado. El silencio se despierta picoteado de pájaros. Las glicinias se retuercen sobre sus pomos morados y son de azulejo y frío los zócalos y los bancos. El chirrido del portón anuncia el rito diario. Las sillas, de recia anea. El vino, de mano en mano. La amistad, como beberse la tarde de un solo trago. "De Mis amados odres viejos"
Anclado en mi tristeza de profeta sé cuánto ha de valer lo que hoy recibo; cuánto valdrá después esto que vivo sujeto a este después que me sujeta. Mi plenitud en ti quedó incompleta y espera un no sé qué definitivo. Mientras, cerca de ti, escribo y escribo, poeta al fin, en tiempo de poeta. Sé cuánto ha de valer; eso es lo triste. Valdrá más de lo mucho que poseo el recordar lo mucho que me diste. Profetizado don, con que falseo esta presente gracia que me asiste y esa futura gracia que preveo.
a la esposa II Como un ángel en traje de faena descompones la casa amanecida. Las camas y las mesas se abandonan sin recato, las faldas levantadas. ¡Sacude viejos pasos de la alfombra, que tu amor no es posible sin nacer cada día! El brillo soñoliento del barniz y del vidrio despierta a la caricia puntual del plumero, el reloj te presiente y acelera el latido. La escoba te florece entre las manos. ¡Canta más alto y barre los recelos; que quede el aire justo por los cuartos! Hay una pausa siempre donde la sangre clama. Es cuando se doblega tu maternal cintura y un racimo de niños colgados de tu cuello, pone a punto de risa la claridad del día. Esposa del amor y la cocina, de la sonrisa fácil y el pelo alborotado, de las mangas subidas y la mirada casta. Aún no sé si es mi paz ese diario trajín, en el que envuelves nuestro amor, o si es acaso mi paz este mirarte atareada como libando aquí y allá en lo nuestro. O si es mi paz el vuelo de tu falda, o el aire de domingo con que pones la mesa. Dos pájaros te escoltan cuando sales al patio. Las tapias encaladas te roban la limpieza. ¡Tiende alta tu blusa y mi pañuelo para que puedan verse desde el mar! ¡Tiende al sol tu recato y tu blancura y que se sequen pronto los recuerdos! Esposa del amor y la costura, del cesto y de la plancha, que apaciguas constante mi inquietud, como serenas el mar blanco y rizado de las sábanas. Después, la mano umbrosa de la tarde vencida apaga lentamente rendijas y ventanas; mientras por una escala de palabras mimosas se te suben los hijos a la altura del beso. Pasa un silencio por la línea exacta donde termina el día, y la luz se deshace iluminando pequeños universos interiores. Es cuando tú, sentada y poderosa, redondeas el día dando forma al sosiego. Es cuando tú preparas los caminos por donde el bien resbala hasta entrar en la casa. Es cuando tú presides la alegría. La amiga noche, esposa, no se acerca hasta que tú le tienes mullida la almohada.
romano Si este ungüentario de cristal romano que veinte siglos irisaron, donde la transparencia envejecida apenas deja ya ver el soplo que le diera forma de lágrima y que aún se esconde en su interior como con miedo a verse en otro tiempo; si este vaso leve que otro soplo o milagro ha conservado indemne entre los mármoles partidos de la arrasada villa, resbalase de mis manos y en un funesto instante se estrellase en el suelo dulcemente, consternación aparte, no sabría apreciar las distintas magnitudes de tamaño suceso, ni sabría ponerle fecha; pero estoy seguro de que en el tiempo aquel, que permanece detenido entre togas y columnas, se oirían los clamores del desastre.
Se fue, no tan despacio que no hubiera un desajuste tenue en la calima del asfalto, y su falda parecía más triste en el andar y hubo como una duda, o tal vez no, y la acera se fue estrechando al alejarse y, luego, pareció, quizás fuera su delgadez, sus hombros, que no iba, que volvía a la infancia, y en la calle apenas cabía el sol y mi mirada y una música urbana que, tan joven, surgió de un bar con soledad y miedo. ¿Te veías tú, acaso, dime, como si te pudieras ver, de espaldas, sola, pegada a la pared, andando, yéndote? Me fui. Recuerdo que el vacío aquél era ya parte de mí. Porque me estuve yendo todo el tiempo que, arriba, la buhardilla, cama deshecha, sábanas con restos de calor, vasos, deja ya de fumar, me estuve dejando ir en no querer ser pasto de ciudad, y las calles y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla, ¿por qué te vas?, estaban alrededor de mí; ser pasto de ventanas cerradas, un quejido o una sirena a media noche, esquinas donde comprar la nada, el estallido de la nada, acompáñame, me estuve yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso. Se fue y era de noche en torno a su cintura y sus vaqueros gastados. La bufanda, con su historia ella también, entretejida, daba una vuelta a la tibia cadencia de su cuello y la seguía a través de la lluvia y algún perro y la insolente luz de los semáforos poniendo en orden el desierto y, lejos, la otra oscuridad, la que está hecha de violencia y portales y mugrientas escaleras. Me fui de tanta prisa por conocer, de tanto estar contigo, de tanta juventud, frío empañando los cristales, de tanto amor, la estufa, libros y discos en desorden, altas madrugadas del beso, tus preguntas, café para el cansancio, las paredes, tu pelo, el desconcierto de estar vivo. Toda esta vida me sostiene ahora. Todo este tiempo aquél que es lo que tengo, lo único que tengo. Tanto irse, tanto perder, tal desapego, tanta sinceridad, tan armoniosa desventura, tan sabio desvarío, tal desesperación, tanta belleza.
De nuevo te esperé en el desconsuelo de la esquina. Por el bullicio oscuro iban, venían rojos autobuses, acharolados taxis que, ocupados, se detenían un segundo antes del desencanto. La farola daba entintado de comic a la espera. Los taxis están hechos con materia de soledad, de presurosos besos, de palabras sin terminar, de rápidos adioses, de cabezas que se vuelven como pidiendo auxilio. Cada taxi va tejiendo y tejiendo su capullo de seda por las calles, va encerrando su mariposa entre los hilos tensos de la ciudad que gime y que lo envuelve. ¿Por qué querer es esperar?. La lluvia tenaz parpadeaba en el cambiante neón de Piccadilly y los neumáticos por el asfalto húmedo sonaban como el desuello de una piel inmensa. Todo el desecho de la prisa iba acumulado en los asientos turbios de los taxis. Su tántalo destino era llegar para volver de nuevo. Los taxis se alimentan de colillas, de tersos portafolios, de monturas de gafas, de coronas funerarias, de perfumados guantes, de pañuelos inmundos, de paraguas olvidados. El horizonte de los taxis nace a espaldas de la luz, está poblado de sanatorios y consultas, linda con discos y semáforos, discurre por negocios y apremios y legajos. ¿A dónde va el amor cuando no acude a nuestra cita?. Una lenta hilera de gotas resbalaban por el borde de la farola anochecida. Un golpe de tos quebrada restalló muy cerca de mi bufanda. El viento me azuzaba los mastines del frío. Y otros taxis pasaban sin parar, como otras noches, como todas las noches de mi vida. Cuando al amanecer se quedan solos los taxis, se acarician la gastada tapicería, que conserva algunas viejas huellas de semen o de lágrimas.
Donde sonó una risa, en el recinto del aire, en los pasillos transparentes del aire donde, un día sonó una risa azul, tal vez dorada, queda por siempre un hueco, un lienzo triste, un muro acribillado, un arco roto, algo como el desgaire de una mano cansada, como un trozo de madera podrida en una playa. Donde saltó la vida y luego nada echó a rodar, y luego nada, queda una cama deshecha, un cuarto clausurado, un portón viejo en el vacío, algo como un andén cubierto por la arena; queda por siempre el hueco que deja un estampido por el bosque. De bruces, husmeando, rastreando unas huellas, tirando del hilo de un perfume, penetra el corazón por galerías que un latido de sangre subterránea horadó alguna vez y allí quedaron. Y que allí permanecen con su húmeda oscuridad de tigres en acecho. Penetra el corazón a tientas, llama y su misma llamada lo sepulta. Donde sonó una risa, una vidriera, una delgada lámina de espacio estalló lentamente. Y no es posible poner de nuevo en orden tanta ruina. Un nuevo aliento merodea. Llegan otros sonidos hasta el borde y piden su momento para existir. Afluyen nuevas formas de vida que al final toman cuerpo y se acomodan. Pero el tiempo ya es otro y el espacio ya es otro y no es posible revivir lo que el tiempo desordena. En la cresta del agua o de la espuma donde una risa naufragó, ya nada podrá buscar, hundirse, hallar los restos, nadie podrá decir: éste es el sitio. El mar no tiene sitios y sus cimas son instantes de brillo y se disuelven. Pero quedan los huecos, queda el tiempo. El tiempo es un conjunto de irrellenables huecos sucesivos. Donde sonó una risa queda un hueco, un coágulo de nada, una lejana polvareda que fue, que ya no está, pero que sigue hablando, diciendo al alma que, en alguna parte algo cruzó al galope y se ha perdido.
El miedo, no. Tal vez, alta calina, la posibilidad del miedo, el muro que puede derrumbarse, porque es cierto que detrás está el mar. El miedo, no. El miedo tiene rostro, es exterior, concreto, como un fusil, como una cerradura, como un niño sufriendo, como lo negro que se esconde en todas las bocas de los hombres. El miedo, no, Tal vez sólo el estigma de los hijos del miedo. Es una angosta calle interminable con todas las ventanas apagadas. Es una hilera de viscosas manos amables, sí, no amigas. Es una pesadilla de espeluznantes y corteses ritos. El miedo, no. El miedo es un portazo. Estoy hablando aquí de un laberinto de puertas entornadas, con supuestas razones para ser, para no ser, para clasificar la desventura, o la ventura, el pan, o la mirada -ternura y miedo y frío- por los hijos que crecen. Y el silencio. Y las ciudades rutilantes, huecas. Y la mediocridad, como una lava caliente, derramada sobre el trigo, y la voz, y las ideas. No es el miedo. Aún no ha llegado el miedo. Pero vendrá. Es la conciencia doble de que la paz también es movimiento. Y lo digo en voz alta y receloso. Y no es el miedo, no. Es la certeza de que me estoy jugando, en una carta, lo único que pude, tallo a tallo, hacinar para los hombres.
vendrá, saladamente húmeda... Ella vendrá, saladamente húmeda, tenuemente velada por el polvo de agua que liberan las olas al romper. Uno por uno, intento ir forzando los límites. Y espero. No sé que espero, ni por qué. Es un modo de reclamar mi parte de aventura. Ella vendrá. Vendrá desde la noche. Como un débil galope que se acerca. Como el recuerdo de una risa. Como el eco de las voces que, otros tiempos, habitaron la casa abandonada. Ella vendrá. Yo creo en el misterio. La fe en lo transparente, en lo que existe alrededor de la materia; el vago presentimiento ilógico; el deseo me salvará. Yo creo en la otra mitad de lo visible. Ella vendrá, saliendo del espejo. Sonriendo desde un retrato antiguo. Será un leve crujido en la escalera, el ruido de unos pasos por el techo, una cortina que se mueve, un vaso de cristal que se rompe sin tocarlo. Ella vendrá, como una paz lejana. Vendrá como un aroma de vaguadas y montes, cabalgando a lomos de la tarde. Ella vendrá al final, no sé por dónde; tal vez por el atajo de alguna dimensión desconocida. Ser hombre es resistirse. Ser hombre es cometer, conscientemente, un pecado de lesa desmesura. Ser hombre es ser testigo de lo absurdo. Ella vendrá, engarzada en una chispa de pedernal. Abriendo paso al rayo. Deslumbrante en la proa de una infinita luz que se aproxima.
En mis manos tu barro, te moldeo con ternura. Mi soplo y mi caricia dieron ser a la curva que te inicia. Si carne te pensé, viento te veo. Vaciada ya tu forma, me recreo, te atesoro. No culpes mi codicia. Alta puse la mira: tu primicia esculpida a cincel en mi deseo. Yo, escultor, sólo pido por mi arte el contemplar mi obra: contemplarte. Pero tú ya eres tú, aunque eras mía, y si una vez te arredra mi egoísmo, puedes irte si quieres. Me es lo mismo. Te crearé, de nuevo, cualquier día.
Un hombre está tumbado bajo el cielo. Se le ha apagado el tacto. Las hormigas pueden subir el trigo por su cuello. Esto es lo más terrible de los muertos: que la vida los cubre y los absorbe. Porque un hombre está muerto, y en la plaza siguen jugando al tute los de siempre, y se espera que grane la cosecha, y hay barcos en los puertos, preparados para zarpar al despuntar el alba. Un muerto es la esperanza boca abajo. Porque un hombre está muerto y todavía es posible que tiene en los bolsillos un paquete empezado de tabaco. Y esto es lo más terrible de los muertos: que se paran de pronto entre las cosas. Ha muerto un hombre cuando se desdobla y se mira su cuerpo, desde enfrente, y se tiende la mano, y se despide. Ha muerto un hombre, irremisiblemente, cuando mueren los que lo recordaban. Los muertos se resisten a estar muertos y se defienden con su peso inerte, y es terrible su grito cuando luchan porque sólo se oye con los ojos. Hay que amar a los muertos, comprenderlos. Son como niños buenos enfadados. Les han robado el aro y la cometa y se han quedado tristes para siempre.
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