Poesía Universal

Rafael Guillén

Biografía y amplia selección de poemas de Rafael Guillén. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Rafael Guillén. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Rafael Guillén

11 poemas seleccionados
1.

Alicatado para una tarde de verano

Para traspasar las hojas,
la luz se pone de lado.
Se despereza 
		el aroma
y hay un sopor que, despacio,
deshilachan las zumbonas

		avispas del emparrado.
La paz del jardín se esparce
por el brillo 
		del acanto
y la tarde se inaugura
al regarse el empedrado.

		
Hay rincones invisibles
con amores encalados
y persianas donde 
		crece
la penumbra del verano.
El mirador se remira
en los 
		reflejos más altos.
Alguna risa que llega
por el silencio rampando

		y el agua, dueña y señora
por fuentes y por regatos.

		
El aire tiene un desgaire
de mimbre desangelado.
El arrayán 
		cuadricula
la dicha de estar mirando.
Desde los poyetes, rastras

		en macetas de geráneos
cuelgan hasta el arriate
buscando su olor 
		mojado.
El silencio se despierta
picoteado de pájaros.

		
Las glicinias se retuercen
sobre sus pomos morados
y son de 
		azulejo y frío
los zócalos y los bancos.
El chirrido del portón

		anuncia el rito diario.
Las sillas, de recia anea.
El vino, de 
		mano en mano.
La amistad, como beberse
la tarde de un solo trago.

		
"De Mis amados odres viejos"
2.

Anclado en mi tristeza de profeta...

Anclado en mi tristeza 
		de profeta
sé cuánto ha de valer lo que hoy recibo;
cuánto valdrá 
		después esto que vivo
sujeto a este después que me sujeta.


		Mi plenitud en ti quedó 
		incompleta
y espera un no sé qué definitivo.
Mientras, cerca de 
		ti, escribo y escribo,
poeta al fin, en tiempo de poeta.


		Sé cuánto ha de valer; 
		eso es lo triste.
Valdrá más de lo mucho que poseo
el recordar lo 
		mucho que me diste.


		Profetizado don, con 
		que falseo
esta presente gracia que me asiste
y esa futura gracia 
		que preveo.
3.

Canto

a la esposa II


		Como un ángel en traje 
		de faena
descompones la casa amanecida.
Las camas y las mesas se 
		abandonan
sin recato, las faldas levantadas.
¡Sacude viejos pasos 
		de la alfombra,
que tu amor no es posible sin nacer cada día!


		El brillo soñoliento 
		del barniz y del vidrio
despierta a la caricia puntual del plumero,

		el reloj te presiente y acelera el latido.
La escoba te florece entre 
		las manos.
¡Canta más alto y barre los recelos;
que quede el aire 
		justo por los cuartos!


		Hay una pausa siempre 
		donde la sangre clama.
Es cuando se doblega tu maternal cintura
y 
		un racimo de niños colgados de tu cuello,
pone a punto de risa la 
		claridad del día.


		Esposa del amor y la 
		cocina,
de la sonrisa fácil y el pelo alborotado,
de las mangas 
		subidas y la mirada casta.
Aún no sé si es mi paz ese diario

		trajín, en el que envuelves
nuestro amor, o si es acaso
mi paz 
		este mirarte atareada
como libando aquí y allá en lo nuestro.
O si 
		es mi paz el vuelo de tu falda,
o el aire de domingo con que pones la 
		mesa.


		Dos pájaros te escoltan 
		cuando sales al patio.
Las tapias encaladas te roban la limpieza.

		¡Tiende alta tu blusa y mi pañuelo
para que puedan verse desde el 
		mar!
¡Tiende al sol tu recato y tu blancura
y que se sequen pronto 
		los recuerdos!


		Esposa del amor y la 
		costura,
del cesto y de la plancha, que apaciguas
constante mi 
		inquietud, como serenas
el mar blanco y rizado de las sábanas.


		Después, la mano 
		umbrosa de la tarde vencida
apaga lentamente rendijas y ventanas;

		mientras por una escala de palabras mimosas
se te suben los hijos a 
		la altura del beso.
Pasa un silencio por la línea exacta
donde 
		termina el día,
y la luz se deshace iluminando
pequeños universos 
		interiores.
Es cuando tú, sentada y poderosa,
redondeas el día 
		dando forma al sosiego.
Es cuando tú preparas los caminos
por 
		donde el bien resbala hasta entrar en la casa.
Es cuando tú presides 
		la alegría.
La amiga noche, esposa, no se acerca
hasta que tú le 
		tienes mullida la almohada.
4.

Cristal

romano


		Si este ungüentario de cristal romano
que veinte siglos irisaron, 
		donde
la transparencia envejecida apenas
deja ya ver el soplo que 
		le diera
forma de lágrima y que aún se esconde
en su interior como 
		con miedo a verse
en otro tiempo; si este vaso leve
que otro soplo 
		o milagro ha conservado
indemne entre los mármoles partidos
de la 
		arrasada villa, resbalase
de mis manos y en un funesto instante
se 
		estrellase en el suelo dulcemente,
consternación aparte, no sabría

		apreciar las distintas magnitudes
de tamaño suceso, ni sabría

		ponerle fecha; pero estoy seguro
de que en el tiempo aquel, que 
		permanece
detenido entre togas y columnas,
se oirían los clamores 
		del desastre.
5.

Cristales empañados

Se fue, no tan despacio que no hubiera
un desajuste tenue en la 
		calima
del asfalto, y su falda
parecía más triste en el andar y 
		hubo
como una duda, o tal vez no, y la acera
se fue estrechando al 
		alejarse y, luego,
pareció, quizás fuera
su delgadez, sus hombros, 
		que no iba,
que volvía a la infancia, y en la calle
apenas cabía 
		el sol y mi mirada
y una música urbana que, tan joven,
surgió de 
		un bar con soledad y miedo.
¿Te veías tú, acaso, dime, como
si te 
		pudieras ver, de espaldas, sola,
pegada a la pared, andando, yéndote?

		
Me fui. Recuerdo que el vacío
aquél era ya parte
de mí. Porque 
		me estuve yendo
todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,
cama 
		deshecha, sábanas con restos
de calor, vasos, deja
ya de fumar, me 
		estuve
dejando ir en no querer ser pasto
de ciudad, y las calles

		y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,
¿por qué te vas?, estaban

		alrededor de mí; ser pasto
de ventanas cerradas, un quejido
o una 
		sirena a media noche, esquinas
donde comprar la nada, el estallido

		de la nada, acompáñame, me estuve
yendo de mí todo aquel tiempo tan 
		hermoso.

		
Se fue y era de noche
en torno a su cintura y sus vaqueros

		gastados. La bufanda, con su historia
ella también, entretejida, daba

		una vuelta a la tibia
cadencia de su cuello y la seguía
a través 
		de la lluvia y algún perro
y la insolente luz de los semáforos

		poniendo en orden el desierto y, lejos,
la otra oscuridad, la que 
		está hecha
de violencia y portales y mugrientas
escaleras.

		
Me fui de tanta prisa
por conocer, de tanto estar contigo,
de 
		tanta juventud, frío empañando
los cristales, de tanto amor, la 
		estufa,
libros y discos en desorden, altas
madrugadas del beso, 
		tus preguntas,
café para el cansancio, las paredes,
tu pelo, el 
		desconcierto de estar vivo.

		
Toda esta vida me sostiene ahora.
Todo este tiempo aquél que es 
		lo que tengo,
lo único que tengo. Tanto irse,
tanto perder, tal 
		desapego,
tanta sinceridad, tan armoniosa
desventura, tan sabio 
		desvarío,
tal desesperación, tanta belleza.
6.

De nuevo te esperé en el desconsuelo...

De nuevo te esperé en el desconsuelo
de la esquina. Por el 
		bullicio oscuro
iban, venían rojos autobuses,
acharolados taxis 
		que, ocupados,
se detenían un segundo antes
del desencanto. La 
		farola daba
entintado de comic a la espera.

		
Los taxis están hechos con materia
de soledad, de presurosos 
		besos,
de palabras sin terminar, de rápidos
adioses, de cabezas 
		que se vuelven
como pidiendo auxilio. Cada taxi
va tejiendo y 
		tejiendo su capullo
de seda por las calles, va encerrando
su 
		mariposa entre los hilos tensos
de la ciudad que gime y que lo 
		envuelve.

		
¿Por qué querer es esperar?. La lluvia
tenaz parpadeaba en el 
		cambiante
neón de Piccadilly y los neumáticos
por el asfalto 
		húmedo sonaban
como el desuello de una piel inmensa.

		
Todo el desecho de la prisa iba
acumulado en los asientos turbios

		de los taxis. Su tántalo destino
era llegar para volver de nuevo.

		
Los taxis se alimentan de colillas,
de tersos portafolios, de 
		monturas
de gafas, de coronas funerarias,
de perfumados guantes, 
		de pañuelos
inmundos, de paraguas olvidados.
El horizonte de los 
		taxis nace
a espaldas de la luz, está poblado
de sanatorios y 
		consultas, linda
con discos y semáforos, discurre
por negocios y 
		apremios y legajos.

		
¿A dónde va el amor cuando no acude
a nuestra cita?. Una lenta 
		hilera
de gotas resbalaban por el borde
de la farola anochecida. 
		Un golpe
de tos quebrada restalló muy cerca
de mi bufanda. El 
		viento me azuzaba
los mastines del frío. Y otros taxis
pasaban sin 
		parar, como otras noches,
como todas las noches de mi vida.

		
Cuando al amanecer se quedan solos
los taxis, se acarician la 
		gastada
tapicería, que conserva algunas
viejas huellas de semen o 
		de lágrimas.
7.

Donde sonó una risa, en el recinto...

Donde sonó 
		una risa, en el recinto
del aire, en los pasillos transparentes

		del aire donde, un día
sonó una risa azul, tal vez dorada,
queda 
		por siempre un hueco, un lienzo triste,
un muro acribillado, un arco 
		roto,
algo como el desgaire de una mano
cansada, como un trozo

		de madera podrida en una playa.


		Donde 
		saltó la vida y luego nada
echó a rodar, y luego nada, queda
una 
		cama deshecha,
un cuarto clausurado, un portón viejo
en el vacío, 
		algo
como un andén cubierto por la arena;
queda por siempre el 
		hueco
que deja un estampido por el bosque.


		De bruces, 
		husmeando, rastreando
unas huellas, tirando
del hilo de un 
		perfume,
penetra el corazón por galerías
que un latido de sangre 
		subterránea
horadó alguna vez y allí quedaron.
Y que allí 
		permanecen con su húmeda
oscuridad de tigres en acecho.
Penetra el 
		corazón a tientas, llama
y su misma llamada lo sepulta.


		Donde sonó una risa, 
		una vidriera,
una delgada lámina de espacio
estalló lentamente. Y 
		no es posible
poner de nuevo en orden tanta ruina.


		Un nuevo aliento 
		merodea. Llegan
otros sonidos hasta el borde y piden
su momento 
		para existir. Afluyen
nuevas formas de vida
que al final toman 
		cuerpo y se acomodan.
Pero el tiempo ya es otro y el espacio
ya es 
		otro y no es posible
revivir lo que el tiempo desordena.


		En la cresta del agua o 
		de la espuma
donde una risa naufragó, ya nada
podrá buscar, 
		hundirse, hallar los restos,
nadie podrá decir: éste es el sitio.

		El mar no tiene sitios y sus cimas
son instantes de brillo y se 
		disuelven.

		
Pero quedan los huecos, queda el tiempo.
El tiempo es un conjunto

		de irrellenables huecos sucesivos.
Donde sonó una risa queda un 
		hueco,
un coágulo de nada, una lejana
polvareda que fue,
que ya 
		no está, pero que sigue hablando,
diciendo al alma que, en alguna 
		parte
algo cruzó al galope y se ha perdido.
8.

El miedo, no. Tal vez, alta calina...

El miedo, no. Tal vez, 
		alta calina, 
		
la posibilidad del miedo, el muro 
que puede derrumbarse, porque 
		es cierto 
		
que detrás está el mar. 
El miedo, no. El miedo tiene rostro, 

		es exterior, concreto, 
		
como un fusil, como una cerradura, 
como un niño sufriendo, 

		como lo negro que se esconde en todas 
		
las bocas de los hombres. 
El miedo, no, Tal vez sólo el estigma 
		
de los hijos del miedo. 


		Es una angosta calle 
		interminable 
		
con todas las ventanas apagadas. 
Es una hilera de viscosas manos 
		
amables, sí, no amigas. 
Es una pesadilla 
de espeluznantes y 
		corteses ritos. 
		
El miedo, no. El miedo es un portazo. 
Estoy hablando aquí de un 
		laberinto 
		
de puertas entornadas, con supuestas 
razones para ser, para no 
		ser, 
		
para clasificar la desventura, 
o la ventura, el pan, o la mirada 
		
-ternura y miedo y frío- por los hijos 
que crecen. Y el 
		silencio. 
		
Y las ciudades rutilantes, huecas. 
Y la mediocridad, como una 
		lava 
		
caliente, derramada 
sobre el trigo, y la voz, y las ideas. 
		


		No es el miedo. Aún no 
		ha llegado el miedo. 
Pero vendrá. Es la conciencia doble 
de que 
		la paz también es movimiento. 
		
Y lo digo en voz alta y receloso. 
Y no es el miedo, no. Es la 
		certeza 
		
de que me estoy jugando, en una carta, 
lo único que pude, 

		tallo a tallo,  hacinar para los hombres.
9.

Ella

vendrá, saladamente 
		húmeda...


		Ella 
		vendrá, saladamente húmeda, 
tenuemente velada 
por el polvo de 
		agua que liberan 
las olas al romper. 
		

Uno por uno, intento 
ir forzando los límites. Y espero. 

		No sé que espero, ni por qué. Es un modo 
		
de reclamar mi parte de aventura. 

Ella vendrá. Vendrá desde 
		la noche. 
		
Como un débil galope que se acerca. 
Como el recuerdo de una 
		risa. Como
el eco de las voces que, otros tiempos, 
		
habitaron la casa abandonada.
Ella vendrá. Yo creo en el 
		misterio. 
		

La fe en lo transparente, en lo que existe
alrededor de la 
		materia; el vago 
		
presentimiento ilógico; el deseo 
me salvará. Yo creo 
en la 
		otra mitad de lo visible. 
		

Ella vendrá, saliendo del espejo. 
Sonriendo desde un retrato 
		antiguo. 
		
Será un leve crujido en la escalera, 
el ruido de unos pasos por 
		el techo, 
		
una cortina que se mueve, un vaso 
de cristal que se rompe sin 
		tocarlo. 
		

Ella vendrá, como una paz lejana. 
Vendrá como un aroma 

		de vaguadas y montes, cabalgando 
		
a lomos de la tarde. 
Ella vendrá al final, no sé por dónde; 

		tal vez por el atajo 
		
de alguna dimensión desconocida. 

Ser hombre es resistirse. 
		
Ser hombre es cometer, conscientemente, 
un pecado de lesa 
		desmesura. 
		
Ser hombre es ser testigo de lo absurdo. 

Ella vendrá, 
		engarzada en una chispa 
		
de pedernal. Abriendo paso al rayo. 
Deslumbrante en la proa 

		de una infinita luz que se aproxima.
10.

Escultor

En mis 
		manos tu barro, te moldeo
con ternura. Mi soplo y mi caricia

		dieron ser a la curva que te inicia.
Si carne te pensé, viento te 
		veo.


		Vaciada ya 
		tu forma, me recreo,
te atesoro. No culpes mi codicia.
Alta puse 
		la mira: tu primicia
esculpida a cincel en mi deseo.


		Yo, 
		escultor, sólo pido por mi arte
el contemplar mi obra: contemplarte.

		Pero tú ya eres tú, aunque eras mía,


		y si una 
		vez te arredra mi egoísmo,
puedes irte si quieres. Me es lo mismo.

		Te crearé, de nuevo, cualquier día.
11.

Gesto final

Un hombre está tumbado 
		bajo el cielo. 
		
Se le ha apagado el tacto. Las hormigas 
pueden subir el trigo 
		por su cuello. 
		
Esto es lo más terrible de los muertos: 
que la vida los cubre y 
		los absorbe. 
		


		Porque un hombre está 
		muerto, y en la plaza 
siguen jugando al tute los de siempre, 
y 
		se espera que grane la cosecha, 
		
y hay barcos en los puertos, preparados 
para zarpar al despuntar 
		el alba. 
		
Un muerto es la esperanza boca abajo. 


		Porque un hombre está 
		muerto y todavía 
		
es posible que tiene en los bolsillos 
un paquete empezado de 
		tabaco. 
		
Y esto es lo más terrible de los muertos: 
que se paran de pronto 
		entre las cosas. 
		


		Ha muerto un hombre 
		cuando se desdobla 
		
y se mira  su cuerpo, desde enfrente, 
y se tiende la mano, 
		y se despide. 
		
Ha muerto un hombre, irremisiblemente, 
cuando mueren los que lo 
		recordaban. 
		


		Los muertos se resisten 
		a estar muertos 
		
y se defienden con su peso inerte, 
y es terrible su grito cuando 
		luchan 
		
porque sólo se oye con los ojos. 


		Hay que amar a los 
		muertos, comprenderlos. 
Son como niños buenos enfadados. 
Les han 
		robado el aro y la cometa 
		
y se han quedado tristes para siempre.

Versos y pensamientos de Rafael Guillén

4 citas
« Para traspasar las hojas, / la luz se pone de lado. »
Rafael Guillén · Alicatado para una tarde de verano
« Anclado en mi tristeza / de profeta »
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