Poesía Universal

Rafael de León

Biografía y amplia selección de poemas de Rafael de León. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

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Biografía y amplia selección de poemas de Rafael de León. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

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Lírica y Versos

Poemas de Rafael de León

11 poemas seleccionados
1.

Así te quiero

A Conchita Piquer
		

El día trece de julio 
yo me tropecé contigo. 


		Las campanas de mi frente, 
		
amargas de bronce antiguo, 
dieron al viento tu nombre 
en 
		repique de delirio. 
		
Mi corazón de madera 
muerto de flor y de nidos, 
floreció en 
		un verde nuevo 
		
de naranjos y de gritos, 
y por mi sangre corrió 
un toro de 
		escalofrío, 
		
que me dejó traspasado 
en la plaza del suspiro. 

¡Ay 
		trece, trece de julio, 
		
cuando me encontré contigo! 

¡Ay, tus ojos de manzana 
y 
		tus labios de cuchillo 
		
y las nueve, nueve letras 
de tu nombre sobre el mío 
que 
		borraron diferencias 
		
de linaje y apellido! 

¡Bendita sea la madre, 
la madre 
		que te ha parido, 
		
porque sólo te parió 
para darme a mí un jacinto, 
y se quedó 
		sin jardines 
		
porque yo tuviera el mío! 

¿Quieres que me abra las venas 

		para ver si doy contigo? 
		
¡Pídemelo y al momento 
seré un clavel amarillo! 
¿Quieres que 
		vaya descalzo 
		
llamando por los postigos? 

¡Dímelo y no habrá aldabón 

		que no responda a mi brío! 
		
¿Quieres que cuente la arena 
de los arroyos más finos? 
Haré 
		lo que se te antoje, 
		
lo que mande tu capricho, 
que es mi corazón cometa 
y está en 
		tu mano el ovillo; 
		
que es mi sinrazón campana 
y tu voluntad sonido. 

Nunca 
		quise a nadie así; 
		
voy borracho de cariño, 
desnudo de conveniencias 
y 
		abroquelado de ritmos 
		
como un Quijote de luna 
con armadura de lirios. 

Te 
		quiero de madrugada, 
		
cuando la noche y el trigo 
hablan de amor a la sombra 
morena 
		de los olivos; 
		
cuando se callan los niños 
y las mocitas esperan 
en los 
		balcones dormidos; 
		
te quiero siempre: mañana, 
tarde, noche... ¡por los siglos, 

		de los siglos! ¡Amén! Te 
		
querré constante y sumiso, 
y cuando ya me haya muerto 
antes 
		que llegue tu olvido, 
		
por la savia de un ciprés 
subiré delgado y lírico, 
hecho 
		solamente voz 
		
para decirte en un grito: 
¡Te quiero! ¡Te quiero muerto 

		igual que te quise vivo!
2.

Auto de fe

Esta noche de agosto

		he quemado tus cartas...
¡Ocho años de vida apasionada!


		Mi corazón ardía
en 
		medio de las llamas,
rodeado de fechas,
¡cenizas de mi alma!


		Los abrazos crujían,

		los besos se quejaban,
y los dulces "¡te quiero!"
de tinta y de 
		esperanza,
en una pirueta
de fuego, se rizaban.


		Como una serpentina,

		tu nombre se alargaba,
y era un puente la firma
sobre un río de 
		brasas
que, silenciosamente,
sin voz, se desplomaba.


		Esta noche de agosto

		he quemado tus cartas...


		¡Ocho años de vida 
		apasionada!
3.

Centinela de amor

Te puse 
		tras la tapia de mi frente
para tenerte así mejor guardado,
y te 
		velé, ay, amor diariamente
con bayoneta y casco de soldado.


		Te quise 
		tanto, tanto, que la gente
me señalaba igual que a un apestado;

		pero qué feliz era sobre el puente
de tu amor, oh mi río desbordado.


		Un día, me 
		dijiste: - No te quiero...-;
y mi tapia de vidrios y de acero
a tu 
		voz vino al suelo en un escombro.


		La saliva 
		en mi boca se hizo nieve,
y me morí como un jacinto breve
apoyado 
		en la rosa de tu hombro.
4.

Cuatro sonetos de amor

I

Decir "te 
		quiero" con la voz velada
y besar otros labios dulcemente,
no es 
		tener ser, es encontrar la fuente
que nos brinda la boca enamorada.

		
Un beso así no quiere decir nada,
es ceniza de amor, no lava 
		hirviente,
que en amor hay que estar siempre presente,
mañana, 
		tarde, noche y madrugada.

		
Que cariño es más potro que cordero,
más espina que flor, sol, no 
		lucero,
perro en el corazón, candela viva...

		
Lo nuestro no es así, a qué engañarnos,
lo nuestro es navegar sin 
		encontrarnos,
a la deriva, amor, a la deriva.

		

II

Me avisaron a tiempo: ten cuidado,
mira que miente 
		más que parpadea,
que no le va a tu modo su ralea,
que es de lo 
		peorcito del mercado.

		
Que son muchas las bocas que ha besado
y a lo mejor te arrastra 
		en su marea
y después no te arriendo la tarea
de borrar el 
		presente y el pasado.

		
Pero yo me perdí por tus jardines
dejando que ladraran los 
		mastines,
y ya bajo la zarpa de tus besos

		
me colgué de tu boca con locura
sin miedo de morir en la 
		aventura,
y me caló tu amor hasta los huesos.

		
III

Otro domingo más sin tu mirada,
dejándome morir junto 
		a la gente
que pasa y que traspasa indiferente
a mi canción de 
		amor desesperada.

		
Una yegua de celos colorada
corre llena de furia por mi frente

		y galopa de oriente hasta occidente
en busca de tu falsa coartada...

		
Porque yo sé de más que en esta hora
hay alguien que los labios 
		te devora
y comparte la cepas de tu vino.

		
Mas, como de perderte tengo miedo,
no ahondo en la maraña de tu 
		enredo
y comulgo con ruedas de molino.

		
IV

Peso poco en tu vida, casi nada,
como un leve rumor, 
		como una brisa,
como un sorbo de fresca limonada
bebido sin calor 
		y a toda prisa.

		
No adelanto el compás de tu pisada,
ni distraigo la salve de tu 
		misa,
y en tu frente de nardo desvelado
no llego ni a recuerdo ni 
		a sonrisa.

		
Y en cambio tú eres todo, mi locura,
mi monte, mi canción, mi mar 
		templado,
el pulso de mi sangre, la llanura


		donde duermo sin sueño 
		ni pecado,
y el andamio en que apoyo con ternura
este amor que 
		nació ya fracasado.
5.

Despedida

Se iba el 
		tren, y quedaba,
en el aire una mancha
no sé si negra o blanca

		de tu brazo...


		¡Ay 
		distancia
floridamente amarga!
que tajaba y borraba
aquella 
		línea larga
Y corta y hielo y ascua
que era tu brazo...


		Estaba 

		yo en el andén, sin alma,
y una saliva áspera,
fiera, me 
		apretujaba
la tímida garganta
¡y la brisa borraba
tu brazo!


		¡Ay 
		fragancia
a brazo que se escapa
en la noche pintada!
Y qué 
		hondo panorama
en esta vida ácida
de tu brazo...


		¡Almohada

		de mis noches infaustas,
y nivel de mi agua,
y escaparate para

		mi pobre vida lacia,
y soporte de plata
de mi cansancio, y vara

		de azucenas nevadas
en mi mortaja árida!...
¡Ay, tu brazo!


		¡La 
		traílla
del potro de mis ansias
y el estribo que alza
mi vida 
		de la charca!
Pero se fue...


		Clamaba

		un resuello de máquina
y un arrastrarse, áspera-
mente, 
		desigualmente
de madera compacta
y de muebles sin alma...
Y se 
		perdió tu brazo...
¿Hasta cuándo? ¿Di?


		¿Hasta 
		cuándo?
Que caiga 
		
de esta gran noche alta
toda una lluvia blanca
de estrellas de 
		esperanza,
-¡estación negra y mala
reverso de estas ansias!
Sí: 
		que caiga y que caiga
un estrellón de plata
para que mi esperanza

		espere brava y ancha,
tu vuelta. ¡Tú! Mi almohada
y mi espuela y 
		mi daga,
que hoy te vas, en la marcha
de un jardín que se acaba!
6.

Duda

¿Por qué tienes ojeras 
		esta tarde?
¿Dónde estabas, amor, de madrugada,
cuando busqué tu 
		palidez cobarde
en la nieve sin sol de la almohada?


		Tienes la línea de los 
		labios fría,
fría por algún beso mal pagado;
beso que yo no sé 
		quién te daría,
pero que estoy seguro que te han dado.


		¿Qué terciopelo negro 
		te amorena
el perfil de tus ojos de buen trigo?
¿Qué azul de vena 
		o mapa te condena


		al látigo de miel de mi 
		castigo?
¿Y por qué me causaste esta pena
si sabes, ¡ay amor! que 
		soy tu amigo?
7.

En el estanque del día...

En el estanque del día 
		
se han mojado tus palabras. 


		El «no» sin eco posible 
		
de tu voz embalsamada, 
se está muriendo de frío 
en los 
		cristales del agua. 
		


		Mis «te quiero», 
		salvavidas 
		
inútiles de mis ansias, 
son ceros siempre a la izquierda 
de 
		este amor sin esperanza, 
		
de este amor, río dormido, 
entre sombras y entre ramas; 
de 
		este amor, lirio sin nombre 
		
deshojado en la mañana... 


		En la rosa de los 
		vientos 
		
clavé, mi amor, tus palabras. 


		Tu «no», payaso de 
		circo, 
		
dando la vuelta de campana, 
al hacer una pirueta 
cayó de la 
		rosa al agua. 
		
De nada sirvió el «te quiero» 
último de mi garganta; 
de nada 
		sirvió la luna 
		
que te mandé iluminada 
con jazmines de mi llanto 
y óleo de 
		almendras amargas. 
		


		Tu «no», de arroz 
		empolvado, 
		
se deshojó sobre el agua...
8.

Encuentro

Me tropecé contigo en 
		primavera,
una tarde de sol, delgada y fina,
y fuiste en mi 
		espalda enredadera,
y en mi cintura, lazo y serpentina.


		Me diste la blandura de 
		tu cera,
y yo te di la sal de mi salina.
Y navegamos juntos, sin 
		bandera,
por el mar de la rosa y de la espina.


		Y después, a morir, a 
		ser dos ríos
sin adelfas, oscuros y vacíos,
para la boca torpe de 
		la gente....


		Y por detrás, dos 
		lunas, dos espadas,
dos cinturas, dos bocas enlazadas
y dos arcos 
		de amor de un mismo puente.
9.

Glosa a la soleá

¿Te acuerdas de aquella copla
que escuchamos aquel día
sin saber 
		quién la cantaba
ni de qué rincón salía?
Pero qué estilo, qué 
		duende,
qué sentimiento y qué voz;
creo que se nos saltaron
las 
		lágrimas a los dos. 
		
"Toíto te lo consiento
menos faltare a mi mare
que a una mare 
		no se encuentra
y a ti te encontré en la calle".

		
No vayas a figurarte
que esto va con intensión.
Tú sabes que 
		por ti tengo
clavao en mi corazón
el queré más puro y firme
que 
		ningún hombre sintiera
por la que Dios uno y trino
le entregó por 
		compañera.
Pero es bonita la copla
y entra bien por soleares:

		"Toíto te lo consiento
menos faltare a mi mare..."
Y me enterao 
		casualmente
de que le fartaste ayé
y nadie me lo ha contao,

		nadie, pero yo lo sé.
Yo tengo entre dos amores
mi corazón 
		repartío
si le encuentro a uno llorando
es que el otro le ha 
		ofendío;
y mira, nunca me quejo
de tus caprichos constantes.

		¿Quiere un vestío? ¡catorse!
¿quiere un reló? ¡de brillantes!
Ni 
		me importa que la gente
vaya de mí murmurando
que si soy pa ti un 
		muñeco,
que si me has quitao er mando
que en la diestra y la 
		siniestra
tienes un par de agujeros
por donde se va a los baños

		el río de mis dineros...
¡Y a mí qué...?

		
Con tal de que de mi lao
tú nunca te desepares
toíto te lo 
		consiento
menos faltarle a mi mare.
Porque esa mimbre de luto

		que no levanta la voz
que no ha tenío siquiera
contigo ni un sí ni 
		un no;
que anda como una pavesa,
que no gime ni suspira,
que se 
		le llenan los ojos
de gloria cuando nos mira;
que me crió con su 
		sangre;
que me llevaba la mano
para que me santiguara
como todo 
		fiel cristiano
y en las candelas del hijo
consumió su juventú

		cuando era cuarenta veses
mucho más guapa que tú.
Tienes que 
		hacerte a la cuenta
que la has visto en los artare
y jincarte de 
		rodillas
antes de hablarle a mi mare;
porque el amó que te tengo

		se lo debes a su amó,
que yo me casé contigo
porque ella me lo 
		mandó.
Conque a ver si tu consiensia
se aprende esta copla mía

		mu semejante a aquer cante
que escuchamos aquer día
sin sabé quién 
		lo cantaba
ni de qué rincón salía.

		
"A la mare de mi arma
la quiero desde la cuna;
por Dios, no me 
		la avasalles
que mare no hay más que una
y a ti te encontré en la 
		calle".
10.

Hora

Me 
		acordaré de ti
todas las noches a las once!...


		En la 
		plaza sin luna de tu ausencia
pronunciaré tu nombre
con el mismo 
		temblor del primer día
todas las noches, a las once!...


		Y aunque 
		esté en un café, o en un teatro
o en un duelo, sin que nadie me 
		importe,
te llamaré -subasta de mi pena-
todas las noches a las 
		once...


		Y si la 
		gente   -¡qué importa la gente!-
no sabe, no comprende, no 
		conoce
lo que es el amor, que aprenda de mis labios
todas las 
		noches a las once...


		Que cariño 
		que no es nube, ni melindre,
sino sangre, canción, olvido y monte...

		Se quiere así, gritándolo a los vientos,
todas las noches a las 
		once...


		Y un día 
		llegará -que Dios me oiga!-
que cuando vaya a pronunciar tu nombre,

		tú estés bajo la lluvia de mis besos
a las diez, a las once y a las 
		doce.
11.

Las

muertes de Sevilla


		                                                              
		A mis padres


		De laurel, 
		no de acero,

		con falda de campanas y cristales,

		la torre es un arquero

		cuyos leves puñales

		aun mojados de rosas son mortales.

		

		El primero fue el río,

		lo mató una magnolia en primavera

		y se quedó vacío

		color de nieve y cera

		bendiciendo la mano que lo hiriera.

		

		Más tarde fue la fuente

		del Alcázar Real la fenecida

		y cayó blandamente

		en su taza dormida

		igual que una paloma en vuelo herida.

		

		Después fue la muralla,

		con su manto morisco y almenado,

		quien cayó en la batalla

		sangrando en el costado

		por un lirio galán y enamorado.

		Y las rejas floridas

		y la cruz de la plaza y la cancela,

		recibieron heridas

		del arquero que en vela

		en la Giralda es novio y centinela.

		

		En Sevilla se muere

		con una muerte blanda y deseada,

		y el dardo que te hiere

		no es cuchillo ni espada,

		que es de flor y de sol la puñalada.

		

		Yo mismo estoy herido

		por una rosa nueva y amarilla

		que del cielo ha caído

		dejando mi mejilla

		salpicada con sangre de Sevilla.

		

		Sé que no tengo cura

		y no me quejo a nadie de mi suerte;

		mi herida es mi ventura

		y cuando caiga inerte

		bendeciré al amor que me da muerte.

Versos y pensamientos de Rafael de León

4 citas
« A Conchita Piquer / El día trece de julio »
Rafael de León · Así te quiero
« ¡Ocho años de vida apasionada! / Mi corazón ardía »
Rafael de León · Auto de fe
« Te puse / tras la tapia de mi frente »
Rafael de León · Centinela de amor
« Decir "te / quiero" con la voz velada »
Rafael de León · Cuatro sonetos de amor
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