Poesía Universal

Poesía sensual y romántica .

Poemas sueltos de autores hispanoamericanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Poemas sueltos de autores hispanoamericanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Poesía sensual y romántica .

40 poemas seleccionados
1.

Abismo

Es un 
	temblor reptando por mis venas 
un susurro de notas que nos trajo el 
	olvido 
	
te sueño con angustia despierta en cada calle 
y escucho tu canción 
	con el miedo de todos los relojes 
	
me desespero al fin por esta muda sombra que envuelve la 
distancia 
	
caminas por el filo de las horas como boca gigante 
como engullendo 
	el mundo que todavía me odia 
	
como odiando mis ojos que sólo ven los tuyos en el aire 
tiéndeme tu 
	mirada rescátame del fondo 
	
sálame de esta mar enfurecida de esta horrible condena 
sólo quiero 
	tu nombre doloroso 
	
guardar para tus manos este ramo de besos infinitos.


	LUIS ARRILLAGA              
	(España, 1951)
2.

Abro la boca para encontrar la lista de sueños...

Abro la boca para encontrar la lista de sueños que
hemos dejado a 
	punto de saltar del tintero. Cierro
los ojos para soñar tus manos

	desde entonces
desde que yo soñaba tus manos
esperándolas al anochecer

	entre las palmeras y los vidrios rotos
acunados a la par del corazón.

	Hace frío
tiemblan las pestañas tu invierno
saltan las madreperlas en 
	vez de los sueños
vuelven sobre el calendario que cuelga detrás de la 
	puerta
escribo yo este poema
pensando en acomodar nuevamente sobre el 
	pecho
un sitio para la esperanza.


	ROSARIO 
	MURILLO      (Nicaragua, 1951)
3.

Al filo de la mañana

En una cama en penumbras,
   hay dos cuerpos tendidos.

	Respiran y libremente fluyen
   como el agua muy pura.
Uno 
	al otro se vuelven, y vagan remotos
   por sus propias 
	llanuras.
Sin relojes ni prisas, habitantes de sueños
   que 
	no logran compartir,
y ambos sienten su lejanía, y al sentirla
   
	se palpan con la mirada.
   Luego acuden las manos buscadoras,

	dos manos que en la cama forman algo distinto,
   algo que no 
	les pertenece, y abre
un espacio sin dueño, vivo organismo
latiendo 
	desprendido en un enlace efímero.
Diez dedos como diez ojos quieren 
	trazar un puente,
   por el que nadie pasa ni pasar puede.

	La luz del mundo duda todavía en comenzar,
   y sólo es cierto, 
	y quizá real,
el calor inseguro de sus cuerpos tendidos.

	
ANTÓN ARRUFAT           
	(Cuba, 1935)
4.

Albedrío

De los escombros elige el que te guste.

	Hay azules cielo despejado,

	para aquellos que sueñan paraísos,

	donde la luz no alcanza.

	Hay verdes, como el vientre del bosque,

	colmados de hojas y de alas.

	Los hay rojos, como la sangre 

	que se vierte en cada guerra, en todo vino.

	De los escombros elige el que te guste.

	Hay variedad de grises olor a bruma.

	El negro escondido en algún rincón de la penumbra.

	El blanco páramo.

	El que inventa el calor de la canícula.

	Puedes llevar los colores del sol y de la flor,

	acaso el lila, el magenta, el rosa.

	Puedes llevar los colores de la luna y la semilla,

	los oscuros colores de la tierra.

	Puedes llevar el amarillo-dorado,

	como el alba o la tarde,

	como fruto maduro,

	como ese viento que danza en los trigales.

	De los escombros elige el que te guste.

	Sólo tú sabes el color de tu miseria.


	LUIS HERNANDO 
	GUERRA         (Colombia)
5.

Allí, rubio sofoco de la siesta...

Allí, rubio sofoco de la 
	siesta,

	allí, mujer y espiga, entre las mieses,

	allí fueron tus glorias y reveses

	y la amapola -el grito- de tu fiesta.

	Allí supiste todo lo que cuesta

	el dejarse vivir -sin que supieses

	que pagabas de más, aunque te dieses

	de menos- en el curso de una siesta.

	Una tarde de junio, como ésta...

	Si, desde allí, donde me aguardas, vieses

	de aquel sol tan en alto lo que resta...

	Ve, ve, desnuda y sola, en estos meses

	de estío, y no en la siesta, ve a la puesta

	de sol, a recordar entre las mieses.

	

	JUAN JOSÉ DOMENCHINA       (1898-1960)
6.

Amante fiel

Si fueras el pecado y su tragedia,

	quien aplica tortura

	o simplemente firma los papeles,

	si te fueras con otro

	o compartieras cama

	conmigo y otros hombres,

	si fueras de una secta,

	monjita de clausura o esclava del Diablo,

	si huyeras de mis ojos

	y arropases los tuyos

	con una causa injusta,

	si asesinases a tus padres

	o incluso a nuestros hijos,

	si mintieses en todo

	o fueses tan sincera

	que tu palabra hiriese

	como daga o venablo.

	

	Si levantases cada minuto

	un falso testimonio

	sobre mí...

	

	te seguiría amando.


	LUIS FELIPE COMENDADOR    
	(España,  1957)
7.

Amor

...

Vuelves 
	a mí como la luna de noviembre.
Diamante en el color de naranja inmadura,

	inmerso en un azul de noche sin distancia.

	
Vuelves aleteando recuerdos, cenizas sepultadas
en la profundidad de 
	los volcanes. Poemario
sofocado entre rabias y penas y cansancio.

	
Regresas entre líricos versos sin destino,
con el aliento triste y 
	resignado
del que se sabe preso de otro aliento
imprudente, prohibido, 
	sin reclamos.

	
Yo me sé pasajera de tu barco sin rumbo.
Tú te sabes huracán de mi 
	calma y mi noche.

	
Te miraré en la luna, lima limón, inmadura naranja.
Recoge tú la 
	espuma de las olas nocturnas
que hecha espuma, me esconderé en tus manos.

	
FANNY GARBINI TÉLLEZ      ( Argentina )
8.

Amor, amo tus claras mocedades...

Amor, amo tus 
	claras mocedades,
amo, Amor, tu recinto, tu pie leve;
amo tu amor 
	amante, que conmueve
el reino de las tiernas heredades.


	Estoy amando 
	el lirio que se atreve
a juntar dos esbeltas soledades,
al que ha 
	sido, en la frente de la nieve,
esposo de las albas suavidades.


	Te estoy 
	amando, Amor, con el anhelo
de las torres que radian tus preguntas.
Te 
	estoy amando, mido tu consuelo,


	apresuro la 
	herida de tus puntas
y bajo hasta las piedras de mi cielo
para mirar, 
	Amor, tus almas juntas.


	ALFREDO 
	CARDONA PEÑA      (Costa Rica, 1917)
9.

Ave del paraíso

Sos como una perdiz empollando, todo

	el día en la cama; reina de la indolencia,

	cuidando todo el día que no se vaya el calor.

	

	Sacerdotisa mía, panadera,

	dame esa hostia para ingresar al cuerpo

	de la bondad; andariega, zapato tibio para insultar y acariciar.

	

	Perdiz que viene volando y aterriza y queda suspendida

	sobre mi corazón, como una escarapela, como una fiesta

	nacional. Sal y harina. Pereza, panadera.

	

	FRANCISCO URONDO      (Argentina,  1930 - 
	1976)
10.

Canción de la voz florecida

Yo sembraré mi voz en la carne del viento
para que nazca un árbol de 
	canciones;
después me iré soñando músicas inaudibles
por los ojos sin 
	párpados del llanto.

	
Colgada sobre el cielo dolido de la tarde
habrá una pena blanca, que 
	no será la luna.

	
Será una fruta alta, recién amanecida,
una fruta redonda de palabras

	sonoras, como un canto:

	
maravilla sonámbula de un árbol
crecido de canciones, semilla 
	estremecida
en la carne florecida del viento:
-mi voz.


	FRANKLIN 
	MIESES BURGOS         (República 
	Dominicana, 1907 - 1976)
11.

Clausura de lujuria

El deseo
procura archipiélagos vivos,
desmesura radiante, verdor,

	sangre amazona.

	
Y sólo encuentra enjaulada furia.
Muslos abandonados 
sin salario 
	de espuma.


	ANA EMILIA 
	LAHITTE         (Argentina)
12.

Como una lenta piedra

La noche y sus lamentos
El rumor sordo de su respiración
No sé qué 
	sangre fluye bajo el piso de la ciudad

	
Una imagen de mí como una lenta piedra
llega de las finales marejadas 
	del día
de las horas quemadas por el sol
Viene del horizonte
De la 
	línea dolida de la sombra
De las cenizas recientes del pasado
Del 
	fondo de esta noche sin fronteras
En estos días he visto tantas cosas de 
	mí
Me he aprendido en tu voz
En el atrevimiento de tus manos
En tu 
	cuerpo arrojado al reposo después de la tormenta
reflejándome oyéndome

	
Te recuerdo de pie frente al espejo tocada apenas por la luz
Llenos 
	de ti mis ojos Mis manos insaciables
El húmedo cabello derramado en el 
	lecho
Tus hombros salpicados por la sombra
La lengua de la luz en tus 
	caderas blancas

	
Al fino talle prendo garras dulces
Mis brazos de hacen alas y te 
	envuelven
Hundo sobre la alfombra cascos de minotauro
Embisto
Rasgo

	Aúllo
Me despeño

	
Soy agua derramada sobre ti
Soy la más tibia lengua
El río más 
	tierno
Agua.

	
* * * * * 


	Ahora quiero 
	gritar
Contárselo a mi sombra
A los geranios

	
Pero no
Hay ojos que vigilan
Cada ventana es una luz
La luz 
	construye sombras
Oh amante
Sangre mía

	
¿A quién descenderán sobre nosotros?
Pero no
Hay ojos que vigilan

	Cada ventana es una luz
La luz construye sombras
Oh amante
Sangre 
	mía
¿A quién decirlo ahora?

	
Piedras descenderán sobre nosotros

Pero habrá que decírselo al 
	frío y a mis manos
al perro y al silencio
Porque de otra manera

	tanta felicidad me va a estallar adentro.


	EFRAÍN 
	BARTOLOMÉ      ( México, 1950  )
13.

Confesión

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es 
	este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como 
	una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando 
	ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar 
	más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de 
	estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento 
	esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.


	DARÍO JARAMILLO A.        
	(Colombia, 1947)
14.

Dame

amor, dame olvido, 
	dame tiempo


	Dame tu pelo, 
	dame
su ramo torrencial de jaspe vivo.
dame tus ojos, dame
sus 
	ópalos en llamas que lastiman.
Dame tus dientes, dame
su brillo en el 
	clavel y su dominio
que contiene el embate de mi lengua.


	Dame tu pecho, 
	dame
la copa deleitosa de miel tibia.
Dame tu muslo de oro,
el 
	pubis de violetas y rocío.
Dame tu boca, dame
la oreja de hostia fina,

	tu garganta de pájaro celeste.

	
Dame tus hombros, dame
la cadera caudal y la cintura,
el árbol, la 
	serpiente de tu espalda,
tus piernas que se queman en el frío.
Dame 
	tus uñas, dame
su filo de navaja y media luna
en la secreta oscuridad 
	del cielo.

	
Dame tus manos largas
que saben anudar tanta delicia.
Tu axila de 
	sal dame,
tus nalgas siempre vivas.
Como el agua cantando, 
	atardeciendo,
como el aire de nieve y aleluya
me sumiré en tu mar, 
	hablará el fuego.

	
Dame el mar que te habita costa a costa
y la niña fragancia de tus 
	islas,
la campana que tiembla en el crepúsculo,
el sonido despierto, 
	el que anochece.
Dame luz y palabras y silencio.
Dame tiempo y lugar, 
	dame la nada,
dame amor, dame olvido, dame muerte.

	
FERNANDO GONZÁLEZ-URÍZAR          
	( Chile, 1922 )
15.

PILAR PALLARÉS (España, 1857)

De repente


	De repente
se me hace extrañísimo tu nombre,
tu nombre escrito en un 
	pupitre,
esas sílabas muertas
clavadas a la madera
entre rayas, 
	palomas, una mosca,
una estrella, un rostro, un martillo y una hoz.
Tu 
	nombre,
tu nombre hoy tan extraño,
alejado de ti, aquí,  perdido.

	Sólo tengo tu nombre en una mesa
en medio del silencio,
solamente esos 
	maragatos sin sentido
y todo este espacio lleno de tu ausencia.
Sólo 
	tengo mi alma destrozada
encima de esta mesa.
Toco la fría madera: 
	estás ausente.
No quedan
huellas de ti en estas letras suicidas,

	nada de la mano que las hizo bajo su corteza
nada de ti me queda en esta 
	mañana sin tiempo.
Por qué,
por qué ahora me es tu nombre tan extraño,

	por qué semeja sólo un espantajo tuerto,
una máscara vacía colgada de la 
	nada,
una llanura sin dios.
Por qué
ya no te reconozco en tu 
	nombre.
Llegarás de repente y yo ya no tendré
palabras para llamrte.

	Tú también sentirás que algo se está rompiendo.


	PILAR PALLARÉS            
	(España, 1857)
16.

Desnudo

tus ojos, 
	lentamente,
entregan bruma o pájaros
de encendido silencio.


	El mar 
	vibra en la sombra.


	tu cuerpo 
	lentamente
se entreduerme y respira
en el centro del bosque.


	La sombra 
	se hace blanca.


	en el sueño 
	perdida,
desde los sueños surge
tu más secreta forma.


	MARIO 
	HERNÁNDEZ           ( 
	España, 1945 )
17.

Desnuda en la tienda

No era coqueta
                                                                
	Era fuerte.
                                                            
	June Jordan

Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de 
	color subido. Y fuimos 
	
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.

	Te queda rico, dijo, te queda de novela. 
	
Nos metimos las dos en esa caja, 
entrábamos apenas.

Como no 
	había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.

	
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las 
	hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, 
	la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho 
	crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón 
	
como una piedra, fuerte y fatal 
como una piedra. 


	MARÍA TERESA 
	ANDRUETTO         (Argentina)
18.

Échale a él la culpa

¡Brindo por la mujer! ¡Quién pudiera caer en sus 
                                                                  
	brazos sin caer en sus manos!
                                                                                              
	Ambrose Bierce

                                                   
	A José María Alvarez y Carmen Marí

	
Hoy te has ido de fiesta con amigas,
y sin que tú lo sepas me regalas

	un tiempo de estar solo que ya empieza
a ser raro en mi vida, un tiempo 
	útil
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste 
	seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona,
en todo semejante 
	a cualquier otra,
que una noche lejana tuvo el gesto
generoso y 
	extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en 
	espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin 
	pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.
El amor nos 
	confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.

	
Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que 
	en ella se enreda:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso...
y como un 
	ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino 
	bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas 
	a una amiga algunas cosas
que te irritan de mí sin que yo lo sospeche,

	y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta

	porque eres humana, aunque no me haga gracia.

	
Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que 
	también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como 
	una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.
Para calmarme un 
	poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde 
	cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme 
	razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las 
	fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.

	
Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas 
	ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando 
	llegues a casa; y que es el amor
-ese tipo grotesco y marrullero-
el 
	que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,

	porque ya estás tardando, mala puta.

	
VICENTE GALLEGO         (España, 
	1963)
19.

LÁZARO SANTANA, ( España, 1940 )

El acorde


	Estás conmigo, amor, en 
	esta cama
que ya no estás: la asimetría,
como un diamante multiplica

	la realidad: tu espacio trama
ese vacío -mas entre las sábanas

	despojadas, la mente identifica
signos, la cicatriz antigua
de gestos, 
	el olor de una gran playa
de agosto. Aquí vibra conmigo
la arena, el 
	sol que no desciende
a las lágrimas: ¿cuerpo al que la muerte
aísla 
	tras un muro sin sentido?
estás conmigo, amor, no busco nada
-el 
	acorde de dos es una página.


	LÁZARO SANTANA,      
	( España, 1940 )
20.

El regalo

Quisiera regalarte un pedazo de mi falda,
hoy florecida como la 
	primavera.

	
Un relámpago de color que detuviera tus ojos en mi talle
-brazo de 
	mar de olas inasibles-

	
la ebriedad de mis pies frutales
con sus pasos sin tiempo.

La 
	raíz de mi tobillo con su
eterno verdor,

	
el testimonio de una mirada que te dejara en el espejo
como arquetipo 
	de lo eterno.

	
La voluble belleza de mi rostro, tan cerca de morir a cada instante
a 
	fuerza de vivir apresurada.

	
La sombra de mi errante cuerpo
detenida en la propia esquina de tu 
	casa.

	
Un abejeante sueño de mis pupilas
cuando resbalan hasta tu frente.

	
La hermosura de mi cara
en una doncellez de celajes.

La ribera 
	de mi aniñada voz con tu sombra de increíble tamaño,
y el ileso lenguaje 
	que no maltrata la palabra.

	
Mi alborozo de niña que vive el desabrigo
para que tú la cubras con 
	la armadura de tu pecho.

	
O con la mano aérea del que va de viaje
porque su sangre submarina 
	jamás se detiene.

	
La fiebre de mis noches con duendes y fantasmas
y la virginal lluvia 
	del río más oculto.

	
Que a nivel del aire, de la tierra y el fuego,
el vientre como 
	abanico despliega.

	
La espalda donde bordas tus manos
hinchadas de oleaje, de nubes y de 
	dicha.

	
La pasión con que te desgarras
en el lecho del mismo torrente 
	inabarcable

	
como si el mismo corazón se te hiciera líquido
y escapara de tu boca 
	como un mar sediento.

	
El manojo de mis pies
despiertos andando sobre el césped.

Como 
	si trémulos esperaran la inexpresada cita
donde sólo por el silencio 
	quedaron las cadenas rotas.

	
Y en tus dedos apresado el apremio de la vida
que en libertad dejó tu 
	sangre,

	
aunque con su cascada, con su racha,
los árboles del deshielo, algo 
	de ti mismo destrozaran.

	
La cabellera que brota del aire
en líquidas miniaturas irrompibles

	
para que tus manos indemnes hagan nido
como en el sexo mismo de una 
	rosa estremecida.

	
La entraña donde te sumerges como buscando estrellas
o el sabor a 
	polvo que hará fértiles nuestros huesos.

	
La boca que te muerde
como si paladeara ríos de aromas;

o 
	hincándote los dientes
matizara la vida con la muerte.

	
El tálamo en que mides mi cintura
en suave supervivencia 
	intransitiva,

	
en viaje por la espuma difundido
o por la sangre encendida humanizado

	
el mundo en que vivo
estremecida de gestaciones inagotables.


	El minuto que me unge de auroras 
	
o de iridiscencias indescriptibles.

Como si el ritmo de tu 
	efluvio soberano
salvaras el instante de miel inadvertida;

	
o dejaras en el mágico horizonte de luces apagadas
el tiempo 
	desmedido y remedido.

	
en que apresados quedaran los sentidos
y al fin ya sin idioma, 
	desnudos totalmente.

	
Como si ensayando el vuelo se quemaran las alas
o por tener 
	cicatrices se extenuaran los brazos.

	
La piel que me viste, me contiene y resuma,
la que ata y desata mis 
	ramajes.

	
La que te abre la blanca residencia de mi cuerpo
y te entrega su más 
	íntimo secreto.

	
Mi vena, llaga viva, casi quemadura,
huella del fuego que me devora.


	El nombre con 
	que te llamo
para que seas el bienvenido.

	
El rostro que nace con la aurora
y se custodia de ángeles en la 
	noche.

	
El pecho con que suspiro, el latido,
el tic-tac entrañable que 
	ilumina tu llegada.

	
La sábana que te envuelve en tus horas de vigilia
y te deja cautivo 
	en él duerme, sueño del amor.

	
Árbol de mi esqueleto
hasta con sus mínimas bisagras.

El 
	recinto sombrío
de mis fémures extendidos.

	
La morada de mi cráneo, desgarrado lamento,
pequeña molécula de carne 
	jamás humillada.

	
El orgullo sostenido de mis huesos
al que hasta con las uñas me 
	aferro.

	
Mi canto perenne y obstinado
que en morada de lucha y esperanza 
	defiendo.

	
La intemporal casa
que mi polvo amoroso te va ofreciendo.

El 
	nivel del quebranto
o la herida que conmigo pudo haber terminado.

	
El llanto que me ha lavado
y que este pequeño cuerpo ha trascendido.

	
Mi sombra tendida
a merced de tu recuerdo.

CLEMENTINA SUÁREZ        
	(Honduras, 1906-1992)
21.

Elegía por «La Luisa»

¿QUIÉN devoró tus manos para el polvo? 
	
¿De qué balcón colgaste
Las sábanas blanquísimas
Estampadas en tu 
	cuerpo de verónica?
Lloran las ventanas, 
	
Las paredes lloran.
Los hijos que no has parido nunca
Invocan tus 
	senos de verdades
Rendidas en la tierra
Ante jacas infértiles,

	Eternamente locas.
Ya no hay mañana para ti. Se fueron
Las últimas 
	estrellas de tus noches de agosto.
¿Cómo te has muerto ahora
En estas 
	alcobas tan de barro,
Tan de misterio, sin sangrar los besos?
Ya no 
	vendrán los pinos
A llorar con sus larvas plañideras,
Ni tu boca dirá 
	las palabras de siempre.
Te has ido
Y parece que aún no habías llegado

	A anunciar por las calles
Tu muerte vespertina.
Ya no te morirás. Tu 
	cuerpo aguarda
La llegada de todos los veranos,
Del otoño, del hielo. 
	Tu semilla
La tienes ya sembrada:
Recogerás abrojos,
                                 
	cardos,
                                              
	olvido.


	JOSÉ LUIS 
	PUERTO           (España, 
	1953)
22.

Ella

Viene despacio

	entra

	tropieza con mi tos

	con mi costumbre de dejar la nuca

	en cualquier parte

	viene despacio

	ordena mis silencios

	desata las palabras necesarias

	recibe la correspondencia de mis ojos

	viene despacio

	a tender sus manteles de ternura

	viene despacio

	apenas hecha humo para no despertarme

	se abre paso entre vasos arrojados al día

	retratos de mujeres

	noches de bronca y noches de ginebra

	viene despacio

	con su enchape celeste subiéndose a mis mástiles

	viene despacio

	entra

	se arrodilla al borde de mi alma

	y junta los fragmentos de mi risa

	después... se vuela azul como la tarde.


	JORGE 
	BOCCANERA        (Argentina 1952)
23.

Eres

fría


	Eres fría. A tus labios no se asoma
ni la risa, ni el grito, ni la queja.

	Estatua fueres en la Atenas vieja,
mujer no fueres en la vieja Roma.

	
Como estatua de sal, si a veces toma
gesto vibrante el arco de tu 
	ceja,
es porque en tu pupila se refleja
el rojo incendio de infernal 
	Sodoma.

	
Tú desdeñaste a jóvenes de brío.
Y en matrimonio trágico y sombrío

	a un anciano te uniste sin conciencia;

	
y la justicia del amor burlado,
como que eres de sal te ha condenado

	a que te lama el buey de la Impotencia.


	JOSÉ SANTOS 
	CHOCANO         (Perú, 1875 - 1934)
24.

Espalda

Te vas.
algo me dejas

	cuando me das
la espalda.
Llueven 
	
colmenas desiertas
y abejas 
sin alas.


	DANIELA MAZZEO       
	(Argentina )
25.

Esta vieja herida que me duele tanto...

Esta vieja herida que me duele tanto,
me fatiga el alma de un largo 
	ensoñar; 
	
florece en el vicio, solloza en mi canto, 
grita en las ciudades, 
	aúlla en el mar. 
	

Siempre va conmigo, poniendo un quebranto
de noble desdicha sobre 
	mi vagar. 
	
Cuanto mas antigua tiene mas encanto... 
¡Dios quiera que nunca deje 
	de sangrar!... 
	

Y como presiento que puede algún día
secarse esta fuente de 
	melancolía
y que mi pasado recuerde sin llanto, 
	

por no ser lo mismo que toda la gente, 
yo voy defendiendo 
	románticamente
¡esta vieja herida... que me duele tanto!... 
	

PEDRO SIENNA      (CHILE, 1893 - 1972)
26.

Estoy en ti

Estoy en ti

	buscando vegetales en tu origen.

	De tu vientre los musgos si levanto

	el árbol humedeces

	y transformas,

	si canción o río desbordado

	te yergues del ritmo

	a las orillas.

	Estoy en ti

	-desnudo-

	como niño que juega

	a las auroras.

	Reverbera la casa con tu nombre

	compañera que fuerzas

	a erigirme.

	Materna niña

	nuestra

	vuestra,

	heme aquí contigo

	rescatando la hierba a los umbrales.


	OSCAR WONG           
	(México, 1948)
27.

Flor de ayer

Roto el jarrón.
La flor durmió 
todo un invierno.
Sé cómo termina 
	un amor,
cómo se ha ido.


	ALFONSO CALDERÓN       
	(  Chile, 1930 )
28.

Gravitacion

Gravitación del retrato

                              
	¿Acaso no he tocado tus palmas y tus yemas,
                                  
	no he fluido a través de ti, y en torno de tus
                                                                                                          
	talones?
                                         
	¿Cómo entré? ¿No era yo acaso tú y Tú?
                                                                                                   
	Ezra Pound

Entre el agua y la sombra, a orillas
de una sedosa 
	mirada nocturna
y en la mitad ardiente del abrazo
la lámpara nos une 
	como una caricia,
como una flor espejeante a un hombro perfecto.

	
(No sé si he respirado los rayos de su luz
y si al mirarte una 
	impalpable lágrima aproximo,
una abrigada pluma, una burbuja irisada,

	un titubeante círculo de amor y de sueños).

	
Ajena al paso de mi voz, al incesante
fuego que va contra el olvido, 
	retirada
a música inmóvil había de escucharte,

	
Detenido en silencio todo cuanto tocas,
rostro, vaso de fugaz 
	derredor, madura espalda.


	JAVIER 
	SOLOGUREN             
	( Perú, 1921 )
29.

Gritan allá lejos, escuchad

Para poder 
	siquiera los dos acercarnos
necesitaríamos
siglos de instantes como 
	este instante.
Para que pudieran morir las aguas más sucias,
para que 
	pudieran brotar las aguas más claras.


	Aquella sed, 
	los gritos, el pájaro amarillo
que cantaba ayer tarde y te ponía triste.

	Aquel candor feroz de tus ojos de esponja
en el momento cumbre, al 
	desplegar  los párpados.


	El viento, el 
	mar, las más bellas palabras
que pronuncia un hombre a la hora de morir.

	El verte y el no verte. El deslizar los dedos
por las venas muertas de 
	tus manos vivas.


	Todo es vana 
	poesía. Todo se ha convertido
en inútil deseo de un deseo de amor.


	Para poder 
	siquiera los dos acercarnos
necesitaríamos
siglos de ternura como esta 
	ternura.


	AGUSTÍN 
	DELGADO           ( 
	España, 1941 )
30.

Guerra sucia

Amaños, arterias, trucos del corazón

	                
	que aplacan la conciencia cuando les damos vuelta.

                                                                        
	Francisco Díaz de Castro

	

	Sospecho que jamás volveré a verte.

	Sospecho que será mi amor tan corto

	como el viaje en un tren de cercanías,

	que no apartarás, durante el trayecto,

	la mirada del libro que sostienes

	con firmeza entre las manos, ajena

	a la lluvia, al paisaje, a mi presencia.

	

	Mientras, el silencio pasa rozándote,

	rozándonos los labios

	hablándome de ti,

	de la noche que se acerca insegura,

	humilde y vacía como la próxima

	estación, como el próximo fracaso.

	

	Indiferente y sola, te marchaste.

	En el aire viciado del vagón

	quedó flotando el poso

	de la nostalgia. Perseguí a través

	del cristal el fantasma de un recuerdo,

	si hermoso o terrible, lo desconozco.

	Pero no renunciaré -porque me pertenece-

	a la lectura de ese joven cuerpo

	ala deriva, a inventar un pasado,

	a defender la bondad de los sueños.

	

	Tal vez, años después, ya casi viejo,

	me arrepienta de las horas perdidas

	observando cómo el deseo mancha

	las paredes insomnes de la casa,

	cómo cubren de escombros y hojas muertas

	el jardín. Tal vez piense que, en el fondo,

	todo tiene un precio, que fabriqué

	una historia, una vida fantástica,

	irreal que -como advertía Rilke-

	debo olvidar para hacerla únicamente

	mía y que desdibujo sin pudor

	como argumento para emborronar

	unas cuartillas y engañar así

	al inocente lector que me cree

	sincero y siente, quizá, en su propia

	carne la herida informe, no cerrada

	del amor traicionado.

	

	Depende de mí, de si continúo

	o no este juego que vivas o mueras.

	Con un golpe de suerte, con los dados

	trucados puedo desenmascararte.

	

	"De Corriente subterránea"

	

	CARLOS ALCORTA       (España 1959)
31.

Hiperestesia

Tiemblas, y tus cabellos locos se desparraman

	como garfios de sombra en tu carne jugosa.

	Mis manos, hogueras de cinco llamas, lamen

	el mármol de tu cuerpo hasta ponerlo al rosa.

	

	Extendida a mis pies como una blanca alfombra

	tiemblas; con tus temblores versos de angustia plasmo.

	Tu labio es un sendero de sangre hacia el espasmo:

	eres un surtidor de fiebre entre la sombra.

	

	Mi boca como un sello en tu boca se graba

	y en las morbideces de tu seno caldeado

	tiempo. mi pupila, ampolleta de vértigos, se clava.

	

	Hincado en ti, como una garra de escalofrío,

	me extinguiré, mis nervios como un humo rosado

	irán en espirales de besos al vacío.

	

	MIGUEL ÁNGEL LEÓN          
	(Ecuador, 1900-1942)
32.

Historia de tu ausencia

Si ahora digo amor tal vez no diga
que la ausencia me mira del fondo de 
	tus ojos,
que aquí estuvimos juntos, que fue hermoso
y que el sol 
	conocía tu perfil de memoria.
Tal vez sea imposible que alguien sepa lo 
	claro,
la luz que fue llevarte de la mano pequeña
como a un tallo 
	mecido por un viento de música
hacia los territorios donde aguarda el 
	silencio.

	
Y ya que estás distante,
qué pensarán los árboles
qué dirán las 
	canciones,
cómo verá la noche mi soledad de río;
dónde pondrán su 
	ronda los niños de la tarde,
adónde irán los pájaros sin tu risa y mi 
	silbo
y la calle tan sola con sus puertas inútiles
y las sombras sin 
	besos
y los perros perdidos;
ahora que la ausencia me interrumpe la 
	boca,
ahora que me esperas tan allá de los niños.

	
Se nos ha muerto el año.
Yo le veo el invierno
hecho de un sólo 
	frío,
de un solo tajo solo
a la mitad de agosto,
de una dura 
	distancia...
larga, definitiva.
Porque de pronto sobran los barcos,

	los andenes
y de pronto este rumbo ya no tiene sentido
como si nadie 
	fuera hacia ninguna parte
o alguien hubiera muerto a mitad de camino.

	
Alguien.
Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije.
La flor de tu 
	vestido.
Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre
para que 
	recobrara su condición de estío.

	
Ya no sé,
nunca entiendo estas precarias sílabas,
cosas que no 
	recuerdo de pronto me dominan:
¿te dije que tenías la piel como de humo?

	¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen?
¿te he enseñado el 
	misterio de los árboles solos?
¿sabes ya que tus manos son dos siestas 
	dormidas?

	
No sé,
nunca recuerdo tanta distancia,
tanta canción que no he 
	cantado cuando anduvimos juntos.
Me dolería mucho no haberte dicho todo

	lo que llevo en la boca casi como otra risa.

	
ARMANDO TEJADA        ( Argentina, 1929-1992 )
33.

Hoy me estoy abandonando de ti amor...

Hoy me estoy abandonando de ti amor
estoy fuera en las higueras cargadas 
	y las aguas de las nubes
pero no fui yo quien eligió partir
una nave 
	extraña que me robó tu mano
me succionó la decisión

	
¡cómo parten mi amor las ramas en el río bajaban
escaleras de 
	preguntas
como tu boca y mi boca se abrasan
atontando esta distancia 
	que buscamos
aún no aún no podemos -arder
como frágil leña en los 
	incendios
de las selvas las casas del mar como somos
dos caballos 
	cuatro peces y un larguísimo aliso
tejiendo dibujos por el viento movido

	esas hojas
el jugo de estas venas
es sangre de animal asesinado!

	
¡cómo parten mi amor los pájaros hacia el más allá!
tal vez 
	golondrinas en los tejados posen hoy
la palabra que no digo pero cómo 
	clavaron
los veleros arrastrados huyendo de la tormenta
cómo clavaron 
	nuestros movimientos
secos -de un golpe- contra las paredes!

	
¿deserción móvil? mi amor porque te amo

XELA ARIAS               
	(España, 1962)
34.

Jardín del cementerio

Una hoja resbala desde el árbol
y es tu mirada la que, vuelta mano,

	detiene su caída unos instantes;
luego toca la tierra humedecida
por 
	la blanca llovizna del verano
y se confunde
con un montón de hojas 
	arrugadas.
Huele a calas, jazmines, crisantemos.

	
Das media vuelta y piensas
en cuándo serás tú, si caerá nieve.

	Escribe un nombre propio el tiempo 
	
en cada lápida
y sin embargo, hermosas,
cuelgan pequeñas flores 
	del almendro.


	ANDRÉS NEUMAN           
	(Argentina, 1977)
35.

La rosa

Esta rosa en el cielo, inmóvil, pura;
y este aire, que la cerca, y la 
	convida:
y ella, en su propio sueño suspendida,
serena, en su voluble 
	arquitectura.

	
Es casi de cristal, en la segura
presencia de su línea estremecida:

	tan perfecta, en el tono, y la medida,
exactos, de su tedio y su 
	hermosura.

	
El aire pasa, y ella, sola, queda,
embriagada en su tácito perfume,

	oculta entre su tálamo de seda.
Y en la alta noche su virtud resume

	trémula gota que, en la sombra rueda,
y en estéril silencio se consume!


	JOSÉ UMAÑA B.       
	(Colombia, 1899-1982)
36.

Inmóvil y desnuda es sagrada como los bosques.

Las doncellas


	Una doncella 
	tendida es un continente virgen
o un inviolado bosque rodeado de 
	misterio.


	Hay en la 
	cabellera pájaros encendidos
como a la orilla de los ríos sagrados,
la 
	cabellera de árbol-de-la-noche-triste.


	Un enjambre de 
	besos tiembla sobre su rostro
igual que las abejas sobre el rostro del 
	nardo.


	Las manos, 
	donde aprende caminos la fragancia,
acuerdan los antiguos incensarios de 
	barro.


	Los hombros 
	tienen la suavidad de los helechos
y el brillo de los astros anónimos y 
	puros.


	Resbala en las 
	cadenas de opulentos contornos
el peligro de seda de las panteras negras.

	El mármol desvaría columnas en los muslos
y el ónix se enloquece de 
	límpidas arcadas.


	en los 
	pequeños lagos detrás de las rodillas
las libélulas soplan las flautas de 
	los lirios.


	Y en los 
	tobillos de oro la música reviven
el espectro remoto de danzas 
	primitivas.


	Inmóvil y 
	desnuda es sagrada como los bosques.


	OTTO RAÚL 
	GONZÁLEZ       (Guatemala, 1921)
37.

Las

medias blancas


	Tengo unas 
	medias blancas de encaje que me pongo
cuando me visto el traje negro de 
	los recuerdos.
Son unas medias finas, hambrientas de fantasmas
que 
	hacen juego con los pájaros interiores, oscuros.

	
Las piernas, penetradas por estas bocas blancas,
levemente se abren 
	con signos vegetales.

	
Los hilos amanecen mi piel,
brotan, perdiéndose, entre los elevados 
	pensamientos más íntimos.

	
En derredor: imágenes de ocupación pelviana,
soberbias latitudes 
	desde el puente atestiguan
la entraña y las enaguas levantadas al vuelo.

	
¡Qué holgada está la tela de la falda de flores,
la rodilla suavísima 
	con olor a naranjas!

	
Por los muslos se agrandan los dibujos henchidos,
son copos 
	invisibles calcinando altas cumbres.
Me infunden sobresaltos, me clavan 
	dulces flechas,
tan finas son las mallas que saltan los engarces
y 
	hasta el ocre desierto los poros me rezuman
feroces desatinos, presagios 
	entreabiertos.

	
Siento flores y manos crecer entre las piernas
y más arriba el musgo

	tapando el azulón vellón de la albufera.

	
No podría ponerme estas medias sabiendo
la gracia que se esconde, 
	generosa, en tu boca.
Espumosas persisten, sin causa me rodean,

	temibles de tu roce, sin fatiga,
explorando.

	
ISLA CORREYERO              ( España, 1957 )
38.

Laetitia

in umbra

	

	Odalisca de harén que me enamora,

	la hora de su cita es la que aguardo

	para aspirar la esencia embriagadora

	de su carne, olorosa como nardo.

	

	De sus ojos la llama abrasadora

	me enardece, punzante como un dardo,

	ya su cuerpo de diosa triunfadora

	le rinde parias mi laúd de bardo.

	

	De la noche en la sombra misteriosa,

	en el muelle diván color de rosa

	le brindo mis caricias, mis excesos;

	

	y turbando el silencio de la alcoba

	en nuestras bocas, que el placer arroba,

	estallan, resonantes, nuestros besos.


	ADRIANO M. 
	AGUIAR       (Paraguay, 1864-1912)
39.

Ligero

como el canto que no 
	acaba...

	
Ligero como el canto que no acaba
Se ondula tu recuerdo en el 
	verbero.
Regresa y es el mismo.
Despierto y no es un sueño,
A tu 
	vuelta inocente encadenado.
La voz no sabe lo que canta.
Tallas mi 
	vida y no lo advierto.
Hablo,
Y siempre ignoro de quién hablo.

	
JOSÉ CARLOS CATAÑO (España, 1954)
40.

ALFREDO ARVELO LARRIVA (Venezuela, 1883 - 1934)

Los pájaros divinos

	

	Júpiter -que en el cielo del Paganismo asoma

	con el supremo brillo de la más noble estrella-

	de un cisne se depara la forma blanca y bella

	por que Leda le embriague de su carnal aroma.

	

	El Espíritu Santo -que la Iglesia de Roma

	consagra en la trimurti donde su Dios destella-

	por gozar el aroma de la núbil doncella

	viste la forma bella de nítida paloma.

	

	¡La paloma y el cisne! ¡Siempre el blancor alado,

	siempre el albor con alas, en inefables curvas,

	propicio a los misterios del divino pecado!

	

	¡Oh cisnes y palomas! ¡Oh pájaros propicios

	al Dios en celo! Adoro lo que ignoran las turbas

	en vosotros: el alma de los sumos fornicios...


	ALFREDO ARVELO 
	LARRIVA       (Venezuela, 1883 - 1934)

Versos y pensamientos de Poesía sensual y romántica .

4 citas
« Es un / temblor reptando por mis venas »
Poesía sensual y romántica . · Abismo
« Abro la boca para encontrar la lista de sueños que / hemos dejado a »
Poesía sensual y romántica . · Abro la boca para encontrar la lista de sueños...
« En una cama en penumbras, / hay dos cuerpos tendidos. »
Poesía sensual y romántica . · Al filo de la mañana
« De los escombros elige el que te guste. / Hay azules cielo despejado, »
Poesía sensual y romántica . · Albedrío
Biblioteca poética

Libros de Poesía sensual y romántica . recomendados

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