Poesía Universal

Poemas sensuales y románticos

Poemas sueltos de diversos poetas hispanoamericanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Poemas sueltos de diversos poetas hispanoamericanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Poemas sensuales y románticos

34 poemas seleccionados
1.

Ahora que te quiero

Ahora que te 
	quiero
ahora que te quiero todavía,
ahora que te espero,
ahora, 
	amada mía,
burbuja de deseo, melodía

	
real como soñada
que bailas fantasía en el vacío,
amada, amada, 
	amada,
jardín de luz sombrío,
tangible como estatua de rocío,

	
quisiera que el olvido,
sicario de la muerte vaporoso,
tu ser tan 
	conocido,
me hiciese nebuloso
vacío, borrado, neblinoso.

	
Quisiera así olvidarte,
quisiera así poder desconocerte,
quisiera 
	así velarte,
poder desvanecerte,
para poder volver a conocerte.


	MARC SIL      
	( España )
2.

ROSARIO FERRÉ ( Puerto Rico, 1938 )

Al caballero de la rosa


	En su abrazo yo abrazaba todas las rosas:
las rosas de la piedra y las 
	del sueño,
las rosas del torrente y las del vino,
las furibundas rosas 
	cinceladas
sobre el cráneo del sol, en ajetreo continuo;
las de 
	apretada nieve, rosas, con que ciño
mi frente en un círculo de llamas;

	y las implacables que coronan
la espina de la rosa;
las que disgrega 
	el éxtasis en torno
a los banquetes del amor, y las que llueven
ceniza 
	y agonía
sobre la faz del moribundo;
las rosas del poema y las del 
	humo,
las rosas del rosario y las del tigre,
las invisibles rosas de 
	mi sangre y las azules
que hará brotar mi muerte,
mi terraza barrida y 
	la brisa de las rosas
entrando por los balaustres de la tarde;
las 
	rosas que treparon la escalera,
y la que se prendió a la cerradura
al 
	él cerrar la puerta;
las rosas de su sexo y de su pie
restañadas y aún 
	tibias sobre el lienzo
alimenticio y lechal de la mañana,
las rosas 
	del que llegó y aún no se ha ido;
en sus brazos yo las abrazaba:
la 
	lacerante rosa aún no podada
que balancea su olvido sobre el tallo;
y 
	la incomparable que perdura
en todo lo que fua, o pudo no haber sido;

	la rosa desnuda de la rosa.


	ROSARIO FERRÉ       
	( Puerto Rico, 1938 )
3.

Amor salvaje

¡Ah, qué 
	nidada de caricias salvajes descubrí!
Guardadas en tu bosque desde el 
	alba del mundo,
esperaban la mano que llegara a arrancarlas,
la mirada 
	que las volcara sobre tus venas todas,
el temblor que iniciara tu espasmo 
	y tu locura.

	
Vaivén en tus pupilas despertadas,
ojos que danzan al ritmo de los 
	hombros,
larga piel en su raíz estremecida,
la ansiosa estalactita del 
	deseo,
caracol que se incrusta en las orejas;
tus ojos súbitos, 
	terribles. ¡Ah tus ojos!
Y locura, embeleso y más locura.

	
¡Pantera que se escapa, cervatilla rendida,
la sierpe envolvente de 
	tus brazos,
abrazo de mil lianas zarpadoras,
largo césped donde los 
	senos nacen,
ensenada candente de los muslos,
playa con la blanca 
	tersura de tu vientre.
Y locura, ternura y más locura.

	
Cadencia resonante de músicas selváticas,
tambor noctambulario suena 
	sobre tu espalda,
la flauta imperceptible del suspiro,
largos gemidos 
	de destrozados labios,
y el grito sempiterno tan guardado,
al fin la 
	noche rompe en agudos pedazos.
Y locura, cadencia y más locura.

	
Cavernas, grutas, lagos, musgos leves;
hongos colgantes, zarzas en tu 
	boca;
frutos ignotos, zumos descubiertos;
mieses en la alborada, sed 
	que ya se apaga;
venas que se rebelan, sangre libertada;
yegua 
	ululante, jinete que espolea.
Y locura, locura y más locura.

	
¡Ah qué nidada de caricias salvajes descubrí!
¡Y qué voces intactas 
	en tus prístinos fondos!
¡Y qué flores que se abren al tacto de mis 
	manos!
Salvaje mía; ¡ámame así, envuélveme en tu bruma!
¡Y bebamos del 
	manantial de esta locura primitiva!


	LUIS ZALAMEA 
	BORDA       ( Colombia, 1921 )
4.

Amoreto V

Quiero ver en 
	tus ojos el destello,
la inquietud de mi fibra, el rocío
en tus manos 
	asidas a mi río,
el recodo en que habita lo más bello.

	
Quiero ser en la sangre de tu sello
hoja hueva en el vaso antes 
	vacío,
ser, amor, tu sabor en el estío,
la delicia en el pulso de tu 
	cuello.

	
Quiero andar tu sudor y tu saliva,
atreverme a probar el agua viva

	que en tu beso refleja la dulzura

	
del estanque aromado y su tersura;
agua rauda y ardiente que cautiva

	brillo de agua que colma mi hendidura.


	ETHEL KRAUZE        
	( México, 1954 )
5.

Así es ella, me dije; es la alegría...

Así es ella, me dije; es la alegría 
remota y honda que de pronto llega 
	
a despejar el nudo que se debe 
desanudar en la penumbra inquieta. 
	


	Noche y albor, me dije, 

	todo llegó a mi corazón por ella; 
	
llegó el sabor oculto del deseo, 
el presagio de ardor que en mí 
	resuena. 
	


	Es mi cuerpo, me dije, 

	reconociendo su esplendor en ella, 
	
el bosque entero de mi sangre, el pulso 
y el latido secreto de su 
	fuerza. 
	


	La imagen que conservo 

	de las verdes raíces de mi tierra; 
	
ella es el tiempo mío, el del verano 
en el regazo inmóvil de la 
	siesta. 
	


	Así mismo, me dije, 
es 
	su fulgor herido en la belleza, 
	
ella es el largo trecho recorrido 
surtiéndose de entraña y 
	sementera. 
	


	Ella es así, me dije, 

	callado abrigo que abrigó mis huellas, 
	
el justo sueño que escogí en la lucha, 
la libertad por la que canto 
	es ella! 
	


	ELVIO ROMERO        
	( Paraguay, 1926 )
6.

Cada mañana

Cada mañana el mismo
asombro, siempre nuevo:
el ver lo natural
que 
	es para ti tu cuerpo.

	
Consabidas minucias
del rito del aseo,
que imperceptiblemente

	elevas al misterio.

	
Desde mis ajimeces
vigilo tus linderos:
revuelas como un ángel

	sobre tus mismos pechos.

	
Tu humedad se disputan
la juncia y el espliego.
¡Ay, frescura de 
	aljibe
y calor de sesteo!.

	
En mis blandas murallas
aprisionado, veo
el hábito sencillo
que 
	tienes de tu cuerpo.

	
Resuelves la materia
en puro movimiento;
cada escorzo insinúa

	un ritmo en el espejo.

	
El repetido aire
que modela tus gestos,
es en ti cristalino

	pero en mí es espeso.

	
De tu cuello desnudo
nace un hondo venero;
de tus brazos en alto,

	la mimbre de tu pelo.

	
Al alba, cuando mido
tu distancia, no entiendo
la natural 
	costumbre
que es para ti tu cuerpo.


	RAFAEL GUILLÉN         
	( España, 1933 )
7.

Contraespionaje I

no le digas a nadie que he vuelto a tus jardines
escóndeme bajo tu cuello 
	de ángel
en tu pelo de bruma
en tus ojos de marzo

	
vengo huyendo hasta la piel de tus murallas
la soledad me sigue muy 
	de cerca

	
ocúltame bajo tu permanente desnudez
en tu mano profunda
en tu 
	llanto perfecto
en tu saliva sabia

	
preguntan quién ha subvertido este infiel corazón
sé que no me 
	hallarán:
la luz lo ciega todo

	
GASPAR AGUILERA DÍAZ ( México, 1947 )
8.

Desnudo

Su cuerpo resonaba en el 
	espejo
vertebrado en imágenes distantes:
uno y múltiple, espeso, de 
	reflejo
reverso ahora de inmediato antes.


	Entraba de anterior huida 
	al dejo
de sí mismo, en retornos palpitantes,
retenido, disperso, al 
	entrecejo
de dos voces, dos ojos, dos instantes.


	Toda su ausencia estaba -en 
	su presencia-
dilatada hasta el próximo asidero
del comienzo inminente 
	de otra ausencia:


	rumbo intacto de espacio 
	sin sendero
al inmóvil azar de su querencia
¡estatua de su cuerpo 
	venidero!


	
MARIANO BRULL    
	( Cuba, 1891 - 1956 )
9.

El beso

Se iluminó la estancia 
		de una venusta gracia
cuando acerqué a tu boca la mía temblorosa,

		mientras por tierra y cielo relampagueó mi audacia
cortándole a la 
		vida su más intacta rosa.


		¿Qué jugo, di, qué jugo 
		el corazón invoca
tiene como tus labios tan íntimos dulzores?

		Mujer, dime: ¿Qué abejas buscaron en qué flores
las mieles trasegadas 
		al panal de tu boca?


		¡Oh, beso! con la 
		gloria de tu emoción celeste
-comunión de alma y boca, brasa y 
		diafanidad-
abriste en el más puro de los espasmos: Este,
a 
		nuestro barro efímero rutas de eternidad.


		Tu labio, jardín donde 
		la fiebre es jardinera;
botón de calentura mi labio nunca ahíto,

		fundiéronse en las llagas de la inmortal hoguera
para beberse juntos 
		de un beso el infinito.


		FLAVIO HERRERA  ( 
		Guatemala )
10.

El convite

Lo 
		que hallaste en la mesa, justamente,
no fue sino el sabor de mi 
		ternura;
un fruto sabio, un pan sin amargura,
y el agua de la vida 
		allí presente.

		
Junté las manos y elevé la frente
para darte el amor, en la 
		clausura
del corazón recóndito; en la albura
de la mesa ofrecida 
		humanamente.

		
Toma de este manjar y que este vino
sea, en el dulce vaso 
		diamantino,
la primera señal de nuestra alianza.

		
Yo soy la vida y tú el amor. Y el fruto
del encarnado amor, en el 
		minuto
cuajó la eternidad de su esperanza.


		GERMÁN PARDO GARCÍA     
		( Colombia, 1902 - 1991 )
11.

El lunar

Ni el candor de tu 
		rostro, que revela
que tu sensible corazón dormita,
ni tu mórbido 
		seno que palpita,
ni tu inocente gracia que consuela;


		ni tus brillantes ojos 
		de gacela,
ni tu boca de grana, urna bendita
donde un beso parece 
		que se agita
cual mariposa que vagar anhela,


		inspiran más al alma 
		enamorada,
por tus encantos celestiales loca
ya tu yugo hace 
		tiempo encadenada,


		que ese lunar que a 
		adoración provoca...,
¡pequeña, fugitiva pincelada
que el Amor 
		quiso dar junto a tu boca!


		NICOLÁS AUGUSTO 
		GONZÁLEZ       ( Ecuador )
12.

El secreto

A orillas de la fábula, 
		secretamente mía,
desde el árbol de sangre donde nace el latido

		que se asoma a tu pulso, tu lengua, flor mojada,
era un sésamo oculto 
		para el paisaje mórbido
de tu floral desnudo, desgajado en pudores

		y amorosas laderas silvestres, en la sombra
de tus senos en vilo, 
		colmenas del enjambre
cuyo vuelo guiaba el beso más antiguo.


		Sempiternas colinas con 
		pétalos y zumos,
el sí y el no acertaban, dudoso de tu aroma;

		áureo botín de besos, acosadas axilas,
fugacísima imagen traída en 
		tus relámpagos,
abriéndome entre lirios palomas y moluscos.


		Y tú, ya casi un claro 
		de luna en tus pestañas,
arcángel sin edad eras sencillamente.
Y 
		acueducto sin lluvia, la luz del arco iris
nos volcaba el secreto 
		flamígero del beso,
la soledad abriendo a nuestras almas juntas

		donde las aves urden sus alcobas de trinos.


		¡Oh amada mía! Siempre 
		tu inaccesible cumbre;
y ya en ti, me despeño virgíneamente tuyo,

		cuando el aire y el río te huelen desde cerca
el tatuaje invisible de 
		la piel de tu aroma.


		Y entonces, voy bajando 
		por la rampa del grito,
del fulgor y la piedra, del viento y de la 
		nieve;
ave soy rubricando con el vuelo las cumbres;
Ángel Caído 
		soy recluido en tus ojos,
mordiendo en tu cabello sus pendulares 
		frutos,
desplegando en mi torso su funeral bandera,
tu ardiente 
		cordillera midiendo con mis brazos...
Con mi equinoccio envuelvo tus 
		claros hemisferios
de antípodas caricias, cuando exploran mis besos

		la tibia sangre nómada de tus venas azules.


		La luna era el 
		ex-libris del éxtasis nocturno,
tallo de flor nacido de tu propia 
		semilla,
soledad sin los árboles que sostienen el cielo,
la 
		delicia ignorando de beber en tu lengua,
como la piedra ignora el 
		lenguaje del pájaro.


		Si el beso no era un 
		símbolo creado en tu homenaje,
su corola en tu hálito tuvo pétalos 
		dulces
para impregnar la tierra con mieles suficientes
cuyo dulzor 
		brotaba de la raíz del mundo.


		Te conocí en el lecho 
		mineral del planeta,
mientras tú apaciguabas la luz en la montaña...

		Cósmicamente mía... Norte, Sur, Este, Oeste,
nupciales, cuatro 
		vientos te velaban el sueño.


		ADRIANO DEL VALLE     
		( España, 1895 - 1957 )
13.

El umbral

Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de 
		la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.

		
Esta mirada clara
ya la habías soñado; este cabello
rubio 
		tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.

		
No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.

		Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar ya 
		hacerse de verdad.

		
Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin 
		agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres 
		hombre.

		
Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu 
		ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de El 
		podrás sentir.

		
Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño

		bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva 
		obediencia más profunda.

		
Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu 
		soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que 
		ignora.

		
Y no por prepararte
-ya ves todo qué extraño, qué distinto-,

		sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la 
		realidad.


		JOSÉ MARÍA VALVERDE       
		( España, 1926 )
14.

Los pechos de la muerte me alimentan la vida.

Elegía sin nombre


		                                         
		Mas ¿que importan a mi vida las 
		
                                                                      
		playas del mundo?
                                        
		Es ésta solamente quien clava mi
                                                                                          
		memoria 
                                                                                  
		Luis Cernuda
              
		


		Descalza arena y mar 
		desnudo.
Mar desnudo, impaciente, mirándose en el cielo.
El cielo 
		continuándose a sí mismo,
persiguiendo su azul sin encontrarlo

		nunca definitivo, destilado.


		Yo andaba por la arena 
		demasiado ligero,
demasiado dios trémulo para mis soledades,
hijo 
		del esperanto de todas las gargantas,
pródigo de miradas blancas, sin 
		vuelo fijo.


		Se hacían las gaviotas, 
		se deshacían las nubes
y tornaban las olas a embestir a la orilla.


		(Tanta batalla blanca 
		de espumas desatadas
era para cuajar en una sola concha, 
sin 
		imagen de nieve ni sal pulida y dura.)


		El viento henchía sus 
		velas de un vigor invisible,
danzaba olvidadizo, despedido, 
		encontrado
y tú eras tú.
yo aún no te había visto.


		Hijo de mi presente 
		-fresco niño de olvido-
la sangre me traía noticias de las manos.

		Sabía dividir la vida de mi cuerpo 
		
como el canto en estrofas:


		Cabeza libre, hombros,

		pecho,
muslos y piernas estrenadas,
por dentro me iba una tristeza 
		de lejanas
de extraviadas palomas,
de perdidas palabras más allá 
		del silencio,
hechas de alas en polvo de mariposas
y de rosas 
		cenizas ausentes de la noche...
Girasol en los sueños: aún no te 
		había visto.
Imán. Clavel vivido en detenido gesto.
Tú no eras tú.


		Yo andaba, andaba, 
		andaba
en un andar en andas más frágil que yo mismo,
con una 
		ingravidez transparente y dormida
suelto de mis recuerdos con el 
		ombligo al viento...
Mi sombra iba a mi lado sin pies para seguirme

		mi sombra se caía, rota, inútil y magra;
como un pez sin espinas mi 
		sombra iba a mi lado,
como un perro de sombras
tan pobre que ni un 
		perro de sombras le ladraba.


		¡Ya es mucho siempre, 
		siempre, ya es demasiado
siempre
mi lámpara de arcilla!
¡Ya es 
		mucho parecerme a mis pálidas manos
y a mi frente clavada por un amor 
		inmenso,
frutecido de nombres, sin identificarse
con la luz que 
		recorta las cosas agriamente!
¡Ya es mucho unir los labios para que 
		no se escape
Y huya y se desvanezca
mi secreto de carne, mi 
		secreto de lágrimas,
mi beso entrecortado!


		Iba yo. Tú venías,

		aunque tu cuerpo bello reposara tendido.
Tú avanzabas, amor, te 
		empujaba el destino,
como empuja a las velas el titánico viento
de 
		hombros estremecidos.


		Te empujaban la vida, y 
		la tierra, y la muerte
y unas manos que pueden más que nosotros 
		mismos:
unas manos que pueden unirnos y arrancarnos
y frotar 
		nuestros ojos con el zumo de anémonas...


		La sal y el yodo eran; 
		eran la sal y el alga;
eran, y nada más, yo te digo que eran
en el 
		preciso instante de ser.
Porque antes de que el sol terminara su 
		escena
y la noche moviera su tramoya de sombras,
te vi al fin 
		frente a frente,
seda y acero cables nos tendió la mirada.
(Mis 
		dedos sin moverse repasaban en sueños
tus cabellos endrinos.)


		Así anduvimos luego uno 
		al lado del otro,
y pude descubrir que era tu cuerpo alegre
una 
		cosa que crece como una llamarada
que desafía al viento,
mástil, 
		columna, torre, en ritmo de estatura
y era la primavera inquieta de 
		tu sangre
una música presa en tus quemadas carnes.


		Luz de soles remotos,

		perdidos en la noche morada de los siglos,
venía a acrisolarse en tus 
		ojos oblicuos,
rasgados levemente,
con esa indiferencia que 
		levanta las cejas.


		Nadabas,
yo quería 
		amarte con un pecho
parecido al del agua; que atravesaras ágil,

		fugaz, sin fatigarte. Tenías y aún las tienes
las uñas ovaladas,

		metal casi cristal en la garganta
que da su timbre fresco sin 
		quebrarse.
Sé que ya la paz no es mía:
te trajeron las olas
que 
		venían ¿de dónde? que son inquietas siempre;
que te vas ya por ellas 
		o sobre las arenas,
que el viento te conduce
como a un árbol que 
		crece con musicales hojas.


		Sé que vives y alientas

		con un alma distinta cada vez que respiras.
Y yo con mi alma única, 
		invariable y segura,
con mi barbilla triste en la flor de las manos,

		con un libro entreabierto sobre las piernas quietas,
te estoy 
		queriendo más,
te estoy amando en sombras,
en una gran tristeza 
		caída de las nubes,
en una gran tristeza de remos mutilados,
de 
		carbón y cenizas sobre alas derrotadas...


		Te he alimentado tanto 
		de mi luz sin estrías
que ya no puedo más con tu belleza dentro,

		que hiere mis entrañas y me rasga la carne
como anzuelo que hiere la 
		mejilla por dentro.
Yo te doy a la vida entera del poema:
no me 
		avergüenzo de mi gran fracaso,
que de este limo oscuro de lágrimas 
		sin preces
naces -dalia del aire- más desnuda que el mar,
más 
		abierta que el cielo;
más eterna que ese destino que empujaba
tu 
		presencia a la mía,
mi dolor a tu gozo.
                                 
		¿Sabes?
Me iré mañana, me perderé bogando
en un barco de sombras,

		entre moradas olas y cantos marineros,
bajo un silencio cósmico, 
		grave y fosforescente...


		Y entre mis labios 
		tristes se mecerá tu nombre,
que no me servirá para llamarte
Y lo 
		pronuncio siempre para endulzar mi sangre,
canción inútil siempre, 
		inútil, siempre inútil,
inútilmente siempre.


		Los pechos de la muerte 
		me alimentan la vida.


		EMILIO BALLAGAS      
		( Cuba, 1908 - 1954 )
15.

En medio de a noche

En medio de la noche 
		
te desvelas
y adivinas mi rostro dormido.
Apoyas tu boca sobre 
		mi frente,
dejas, como al descuido,
tu mano sobre mi pecho,

		hasta que nuestros latidos se acompasan.


		En medio de la noche,

		hostil y oscura,
me guardas,
estremeciéndote a cada
movimiento 
		que hago,
hasta que, femenina y desvalida,
te quedas soñando

		como un ángel cansado.


		Por la mañana
tengo 
		una alegría que me vive
todo el día, que me asiste
todo el día, 
		sin saber
a qué se debe,
por qué nace.


		JOSÉ BATLLO        
		( España, 1939 )
16.

CARMEN SÁNCHEZ IBÁÑEZ ( España, 1936 )

En silencio


		Así, calladamente
sin grandes estridencias
dejaré de quererte

		casi sin darte cuenta.


		Dejaré de sentirme

		muñeca, entre tus brazos,
dejaré de temblar
por tus caricias 
		nuevas.


		Y así... pausadamente

		como llega la noche
aún estando a tu lado
comenzaré a estar 
		muerta.


		CARMEN SÁNCHEZ IBÁÑEZ     
		( España, 1936 )
17.

Fe

La tienes en tus brazos.
Duermes, y la sueñas,
y sabes que es 
		un sueño
todo lo que de ella ves.
Y el corazón se te acelera,

		tiembla de fe.
Sólo una cosa
que le propones
te da la prueba

		de que te querrá despierto.
Admite que es un sueño
lo que dices de 
		ella, 
		
pero que por debajo
del sueño, es ella
la que tienes en tus 
		brazos.

		
GABRIEL FERRATER,       ( España, 1922 
		- 1972 )
18.

Freudiano

Una noche después
soñé que eras mi padre,
reclinabas tu cabeza en 
		mi pecho,
y eras también mi hermano.
Como en un ábaco
pasabas 
		las cuentas de mi gargantilla
colmando las arcas del deseo
¡Mea 
		culpa!


		EVA MACÍAS     
		( México, 1944 )
19.

Genital

Hay hombres hombres que parecen manchas sin contorno, 
		
sacados de sus conchas dicen sí, sí; pero Ella es poderosa 
y sus 
		extremidades abarcan hasta el lenguaje de las flores. 
		
A medida que fui creciendo desnudé la cama de 
                                                            
		insectos y plantas. 

Hubiese bastado un pestañeo para abandonarlo 
		todo y entregarme 
		
al sumiso roce de su cuerpo. La menor alteración del espejo
hace 
		que tu imagen me trasporte hasta el sueño del vaso. 
		


		La muerte empieza por 
		el sexo, la naturaleza es un continuo 
drama original. Todos los 
		mortales lo son por el sexo. 
		
Nos hemos conformado con el coro de un montón 
                                                               
		de carne muerta, 
siempre enfermos de las cosas. Cada uno de los 
		comensales 
		
dispone de un cuchillo bien afilado, ¿por qué no utilizarlo? 

		
La belleza descarga todas sus armas en medio del alma. 
Lo 
		desconocido es un obispo nervioso que no sabe dormir. 
		
He escuchado tantas cosas sobre el infierno, pero ninguna 
me la 
		tomé en serio, la palabra poética no necesita 
		
                                                               
		ser purificada.


		AUGUSTO HERNÁNDEZ     
		( España )
20.

Gotas de imposible

Estabas junto a mí. Tu 
		aliento blando
me embriagaba aromoso,
sonreía la fresa de tus 
		labios,
amor vagaba en torno.


		Casi mi mano se posó en 
		tu mano,
mi cabeza en tu hombro
se aquietó como un niño consentido

		sobre un encaje blondo.


		Rocé la nieve de tu 
		frente,
cálido nido sedeño y hondo.
Pensé que estabas lejos, tan 
		distante
como un país remoto,
que tus manos jamás se posarían

		sobre mi sien de peregrino loco,
que eras a mí una gota de imposible

		de un dulce mar ignoto.


		Entonces recogido y 
		solitario,
de la noche en el fondo,
como un licor amargo que 
		desborda,
me embriagué de sollozos.


		FERNANDO PRIETO ARANGO  
		( Colombia )
21.

Haruko Sam

Amante silenciosa de 
		una noche,
fina muñeca de marfil antiguo,
cuando mi cuerpo duerma 
		el sueño largo
recuerda al extranjero que te quiso.


		Mi alma estará en la 
		sombra, solitaria,
y en la neblina viviré perdido.
Entreabre las 
		ventanas, y tu lámpara
será como una estrella en el camino.


		Entonces en las alas de 
		los pájaros
y en el rayo de luz vendrá mi espíritu
a reír en el 
		agua de la fuente
y a encender la mañana de mis hijos.


		JUAN GUZMÁN CRUCHAGA    
		( Chile, 1896 - 1979 )
22.

He

dejado mis palabras


		He dejado mis palabras
entre la flor del almendro
y he dormido mis 
		caricias
azules en tu recuerdo.

		
Se ha recogido en mi mano
la desnudez de tus besos:
Abril, tu 
		alegría es dulce
como trino de oro y verso.

		
Cuando tú me veas anclada
en el anillo de un puerto,
Abril, 
		Abril, vestirás
de castidad nuestro encuentro.


		STELLA SIERRA     
		( Panamá, 1917 - 1997 )
23.

Hermano corazón

Para A. García Solano   
		


		Mi corazón se muere de 
		ternura: 
		
es buen mozo y te ama: sus veinte años 
han presentido ya los 
		desengaños 
		
y han probado la hiel de la Amargura. 


		Tú tienes que quererle, 
		si eres pura, 
		
si no te alegran los ajenos daños; 
si a los enfermos tímidos o 
		huraños 
		
les das la comunión de tu hermosura. 


		Como una casa de salud 
		es tu alma, 
		
donde van a beber la ansiada calma 
-cabe la fuente de tu amor 
		cristiano- 
		

los enfermos de amor... Ya que eres buena, 
deja que duerma 
		el ave de mi pena 
		
en la rosada palma de tu mano. 


		RAFAEL CARDONA     
		( Costa Rica, 1892 - 1973 )
24.

Hiperestesia

Tiemblas, y tus 
		cabellos locos se desparraman
como garfios de sombra en tu carne 
		jugosa.
Mis manos, hogueras de cinco llamas, laman
el mármol de tu 
		cuerpo hasta ponerlo al rosa.


		Extendida a mis pies 
		como una blanca alfombra
tiemblas; con tus temblores versos de 
		angustia plasmo.
Tu labio es un sendero de sangre hacia el espasmo;

		eres un surtidor de fiebre entre la sombra.


		Mi boca como un sello 
		en tu boca se graba
y en las morbideces de tu seno caldeado
mi 
		pupila, ampolleta de vértigos, se clava.


		Hincado en ti, como una 
		garra de escalofrío,
me extinguiré, mis nervios como un humo rosado

		irán en espirales de besos al vacío.


		MIGUEL ÁNGEL LEÓN  
		( Ecuador, 1900 - 1942 )
25.

Imposible

Yo soñé con tu beso, como sueñan los niños 
		
con los caballos grandes y los ferrocarriles 
que ven en las 
		vidrieras. Yo soñé con tu beso 
		
y fue un sueño imposible. 

Yo soñé con un viaje de alegres 
		desposados 
		
-más allá de los mares, por lejanos países-, 
y aquel viaje de 
		goces, maravilloso y único, 
		
era un viaje imposible. 

Yo soñé el hondo sueño de la risa de 
		un hijo 
		
-un hijo que tuviera tus negros ojos tristes- 
Pero aquel sueño 
		ardiente del hijo de nosotros 
		
fue también imposible. 

Soñé así con tu beso, con un viaje y 
		un hijo 
		
y mi amor por tus aguas navegó como un cisne. 
Fueron tres 
		esperanzas las esperanzas mías 
		
y las tres imposibles. 

Del bosque de mis sueños queda apenas 
		un árbol. 
		
Junto a él, cada noche, mi corazón repite, 
cuando intento 
		cerrarte la puerta del recuerdo, 
		
una sola palabra: imposible, imposible.
26.

Inmortalidad

Hospes comesque corporis
                                                                                  
		Adriano

Te amé tanto que, un día, abandonó mi alma
la 
		cárcel de su cuerpo. Errátil, y no hallándote,
regresó a la morada 
		que yo daba por mía.
Mas no estaba mi cuerpo donde allí lo dejara,

		sino el tuyo, vastísimo, como un templo de oro.
y no le diste asilo. 
		Y ya no tendré muerte.


		VICENTE NÚÑEZ      
		( España )
27.

Invocaciã“n

Invocación


		Ven, intacta y coqueta epifanía,
confortando mi amor que hoy está 
		yerto
a calentar mi tálamo desierto,
mi tálamo bohemio que se 
		enfría.

		
Abrígame en tu cuerpo, amada mía.
Arrópame en halagos, si 
		despierto
de la mañana al resplandor incierto,
que sorprende 
		velando mi agonía.

		
Empalaga mis labios con las mieles,
olorosas a mirtos y a 
		claveles,
que en tu boca chorrea el entusiasmo;

		
y fundiendo pesares y dolores
en una libre conjunción de amores

		gocemos del placer en el espasmo.

		
JOSÉ MARÍA FACHA    (México, 1879-1957)
28.

¡Ah, Maestro, tengo una amiga exquisita!

La exquisita amiga


		A una dama extranjera, 
		cuya fragancia aún
flota en mis recuerdos como el aroma del té
que 
		se evapora de mi taza.


		¡Oh Maestro, tengo una 
		amiga exquisita!
Su boca es dulce como los cerezos de Nao Kao;
son 
		sus pestañas suaves como el plumón, de seda;
tiene su cuello el ritmo 
		y la gracia del cisne;
y al andar, fina y grácil, con ondulante 
		talle,
no sé si un ritual danza,
si es una rama en flor que mece 
		el aire,
o si es una mariposa que vuela.


		Cuando la ven mis ojos

		es como si alcanzara la irrealidad de un sueño.
Y cuando ríe, y su 
		voz armoniosa,
como divino pájaro vuela de su garganta,
quisiera 
		que esa diosa de frágil porcelana,
no fuera una extranjera
nacida 
		bajo el cielo de Occidente
aunque de ilustre alcurnia se cuentan de 
		ella historias...


		¡Ah, Maestro, qué 
		cultura
la de esos mundos de Occidente!
En la terraza de las Mil 
		Caricias
ayer, con labios húmedos,
el fénix del amor nos 
		sorprendió en su vuelo.
por único ropaje su divina figura
envuelta 
		sólo estaba con la túnica de oro
con que la prestigiaba el pincel del 
		crepúsculo.


		Toda la tarde el Kiosco 
		de los Besos
resonó la armonía.
Los pájaros callaron para escuchar 
		la música.


		Y yo esperé la noche, 
		¡que descendió sin luna!
para abrir el más íntimo Cofre de los 
		Secretos.
Pues no hubiera querido, bajo luz indiscreta,
que el 
		astro nacarado hubiese sorprendido
cuán pequeñita era ante tanta 
		cultura
mi desnuda ignorancia.


		¡Ah, Maestro, tengo una 
		amiga exquisita!


		REGINO PEDROSO    
		( Cuba, 1896 - 1983 )
29.

La hora unciosa

Vengo cansado y triste, 
		buscando los divinos
remansos de tus ojos para lavar mi herida:

		¡traigo en el pecho el sello sangriento de la vida;
y en la sandalia 
		el polvo de todos los caminos!


		Pongo en tus manos 
		castas el alma dolorida,
que ha menester de ingenuos ensueños 
		cristalinos...
¡Y sean tus afectos los astros vespertinos,

		ungiendo de dulzura la tarde de mi vida!


		Y así como sentiste, en 
		horas invernales,
errantes golondrinas llamar a tus cristales,
en 
		busca del amparo piadoso de tu seno;


		¡hoy llegan mis amores, 
		como aves extraviadas,
para anidar el dulce calor de tus miradas,

		ansiosas de un refugio: tu espíritu sereno...!


		ENRIQUE BIANCHI    
		( Uruguay )
30.

Llegué en mi silencio

Llegué en silencio; su cristal vertía
en clara voz el surtidor 
		doliente,
ya un dulce beso de melancolía
temblar mi rostro 
		contemplé en la fuente.

		
Nadie pasaba. En el confín espeso
su voz de sombra susurró la 
		brisa;
salió de un árbol suspirante beso
cual una pena sobre una 
		sonrisa.

		
Mi pecho tiene una nostalgia vieja
y halla un amor en su pesar 
		suave.
-Todo en un sueño, como el sol, se aleja;

		
dice en la fronda su cantar un ave.
Dolor paciente que dolor no 
		deja...
-¡La mayor pena es la que no se sabe!


		RAFAEL LASSO DE LA VEGA     
		( España, 1890 - 1959 )
31.

Los

besos que yo te di


		Aunque entres en una alberca
de agua fría y arrayanes
que tenga 
		disuelta dentro
columnas, estrellas y aires;
aunque con buriles 
		nuevos
acuñen nueva tu imagen,
y un sayón bartolomeo
piel a tú 
		digas te arranque;
aunque nacieras de nuevo
en el vientre de tu 
		madre
y el Padre Santo de Roma
de nuevo te acristianase,
los 
		besos que yo te di
no te los quitará nadie,
que vas reluciendo 
		besos
pregonando su linaje,
brillando y oscureciendo
como una 
		luna en dos fases
que nunca mata el creciente
porque no quiere el 
		menguante.

		
La saliva de mis besos
no se te pegó a la carne.

Si se te 
		hubiera pegado
arrancarla, fuera fácil
y pisotearla luego,

		cosas de buenos amantes;
pero no fue pegadiza,
no fue postura de 
		traje
que en una feria, se compra
y en otra feria, se añade,
y 
		cuando pesa, se cambia
conforme cambia el paisaje,
como un catorce 
		de mayo
que no quiere sofocarse.
La saliva de mis besos
te 
		cimentó, la raigambre,
la respiraron tus huesos,
la comieron tus 
		ijares
te clareó las entrañas,
te hizo crecer y esponjarte
como 
		crecen y se esponjan
los chopos al agua fácil;
lo canijo de tu 
		vida
tuvo un apoyo de jaspe:
mis besos; el hambre tuyo
dejó de 
		ser malas hambres
con mis besos; el horizonte
sin causa, tuvo su 
		lumbre,
mis besos. Tu palabra sin engarce
tuvo gramática, besos, 
		besos,
porque no son más que frases
de un evangelio de lumbre

		con nuestras dos iniciales.
Qué tienes que no tuvieras
metido en 
		mis besos antes;
eras cañamazo doble,
hilaza que se deshace
y 
		en los labios tuve agujas
divinas para bordarte,
de la camisa al 
		pañuelo,
desde el tuétano a la carne.
Si alguien te advirtió algún 
		día,
no fue por ti, tú lo sabes,
que tú eras limo dormido
que 
		no acierta ni a cuajarse;
fue porque yo te mostré
en un joyel 
		delirante
en este panal de besos
alto, denso, claro y grave
y 
		dentro de él relucías
tú, que eras tristeza mate,
como reluce una 
		Hostia
que acaba de consagrarse,
que es pan y no es pan, porque

		se amasó de eternidades.
Ahora, quítate mis besos,
dáte alquitrán 
		y vinagre,
entra en un río de greda
o en una selva de sables,

		busca otros besos que pongan
a los míos antifaces.
Qué habrías de 
		conseguir? Di,
si habrían de machacarte
y en el polvo de tus 
		huesos
estarían mis señales.

		
El agua se irá burlada,
la lumbre quemará en balde,
se 
		mellarán las navajas,
caerán las caretas fáciles,
te señalarán 
		cien dedos,
dianas de los cobardes,
te gastarás, en mentidos

		esfuerzos de escaparte
a aun allí, estarán mis besos,
fundidos en 
		tu raigambre.
Y hasta el día que la tierra
con otra tierra te 
		tape,
por debajo del montón
mis besos han de notarse,
vivos, 
		aunque te hayas muerto,
nuevos, aunque tú los gastes,
calientes, 
		aunque te enfríes,
verdad, aunque los negaste,
para que Dios te 
		conozca
por lo bizarro del traje
y sean los besos míos
al cabo, 
		los que te salven.

		
JOSÉ ANTONIO OCHAÍTA      ( España,  
		1905 - 1973 )
32.

Mayo de los amantes...

Mayo de los amantes,

		madurador de labios, nuevo fruto,
cómo rebosa el agua de mis ojos en 
		sombra
por donde las estrellas calan en lo profundo.
Mi voz está 
		volcando
su cesto de manzanas en júbilo.
Tacto de la caricia,

		mira cómo renace la yerba de mis dedos.
y este ritmo en desorden que 
		el corazón orde
pone en fuga las aves del desnudo en que beb
agua 
		ciega del beso: verbo mudo.
Mayo de los amantes,
enamoradamente te 
		descubro.


		TRINA MERCADER       
		( España, 1919 )
33.

Me llevas hasta donde...

Me llevas hasta donde 
tu piel se hace jardín en la sombra.

		Tus párpados son suaves 
		
como lo es la albahaca que crece sobre el pecho.

Van a parar 
		a ti 
		
las tardes que son luna impacientada,
los labios que en el 
		pacharán se escancian 
		
decididos a ahogarse
o a que tú les arrojes
el salvavidas de 
		tu boca
sin el que he comenzado
la travesía 
		
de reconocerte.

FERMÍN GÓMEZ   España, 1966
34.

Melancolía

Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las hojas...
Vaga la melodía 
		de una pena que ignoro. 
		
El viento, que estremece marchitadas congojas,
pasa como un 
		recuerdo por el bosque sonoro.

		
Es otoño. Parece que un ensueño renuncia,
que un desencanto 
		esparce las efímeras galas...
Una dorada pompa que a la muerte 
		renuncia,
con el paisaje mustio forma una lluvia de alas.

		
Estoy solo. Se siente que el otoño es un viaje...
Hay un alma que 
		llora porque alguien se despide.
Este ocaso de plantas que enrojece 
		el paisaje,
con mi desalentada serenidad coincide.

		
Pienso en ti, oyendo un canto perdido en lontananza.
Cantan las 
		cosas muertas, la música del vuelo.
Como mi amor caído conserva su 
		esperanza,
la floresta marchita quiere subir al cielo.

		
Caen las hojas. La selva trágica se derrumba.
Desparrámase un 
		sauce cual generosa fuente.
Las hojas más diversas tienen la misma 
		tumba,
y entremezcladas ruedan en un mismo torrente.

		
Tú eres como una brisa por mi huerto sonoro.
Mi vida es una rama 
		que, a tu paso, deshojas;
y que tendrá a los vientos un destino que 
		ignoro.
Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las hojas...


		PEDRO MIGUEL OBLIGADO     
		( Argentina, 1898 - 1967 )

Versos y pensamientos de Poemas sensuales y románticos

4 citas
« quiero / ahora que te quiero todavía, »
Poemas sensuales y románticos · Ahora que te quiero
« Al caballero de la rosa / En su abrazo yo abrazaba todas las rosas: »
Poemas sensuales y románticos · ROSARIO FERRÉ ( Puerto Rico, 1938 )
« ¡Ah, qué / nidada de caricias salvajes descubrí! »
Poemas sensuales y románticos · Amor salvaje
« Quiero ver en / tus ojos el destello, »
Poemas sensuales y románticos · Amoreto V
Biblioteca poética

Libros de Poemas sensuales y románticos recomendados

Ediciones recomendadas para disfrutar de su obra poética completa y estudio crítico: