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Poemas sensuales y románticos · Ahora que te quiero
Poemas sueltos de diversos poetas hispanoamericanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Poemas sueltos de diversos poetas hispanoamericanos. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Ahora que te quiero ahora que te quiero todavía, ahora que te espero, ahora, amada mía, burbuja de deseo, melodía real como soñada que bailas fantasía en el vacío, amada, amada, amada, jardín de luz sombrío, tangible como estatua de rocío, quisiera que el olvido, sicario de la muerte vaporoso, tu ser tan conocido, me hiciese nebuloso vacío, borrado, neblinoso. Quisiera así olvidarte, quisiera así poder desconocerte, quisiera así velarte, poder desvanecerte, para poder volver a conocerte. MARC SIL ( España )
Al caballero de la rosa En su abrazo yo abrazaba todas las rosas: las rosas de la piedra y las del sueño, las rosas del torrente y las del vino, las furibundas rosas cinceladas sobre el cráneo del sol, en ajetreo continuo; las de apretada nieve, rosas, con que ciño mi frente en un círculo de llamas; y las implacables que coronan la espina de la rosa; las que disgrega el éxtasis en torno a los banquetes del amor, y las que llueven ceniza y agonía sobre la faz del moribundo; las rosas del poema y las del humo, las rosas del rosario y las del tigre, las invisibles rosas de mi sangre y las azules que hará brotar mi muerte, mi terraza barrida y la brisa de las rosas entrando por los balaustres de la tarde; las rosas que treparon la escalera, y la que se prendió a la cerradura al él cerrar la puerta; las rosas de su sexo y de su pie restañadas y aún tibias sobre el lienzo alimenticio y lechal de la mañana, las rosas del que llegó y aún no se ha ido; en sus brazos yo las abrazaba: la lacerante rosa aún no podada que balancea su olvido sobre el tallo; y la incomparable que perdura en todo lo que fua, o pudo no haber sido; la rosa desnuda de la rosa. ROSARIO FERRÉ ( Puerto Rico, 1938 )
¡Ah, qué nidada de caricias salvajes descubrí! Guardadas en tu bosque desde el alba del mundo, esperaban la mano que llegara a arrancarlas, la mirada que las volcara sobre tus venas todas, el temblor que iniciara tu espasmo y tu locura. Vaivén en tus pupilas despertadas, ojos que danzan al ritmo de los hombros, larga piel en su raíz estremecida, la ansiosa estalactita del deseo, caracol que se incrusta en las orejas; tus ojos súbitos, terribles. ¡Ah tus ojos! Y locura, embeleso y más locura. ¡Pantera que se escapa, cervatilla rendida, la sierpe envolvente de tus brazos, abrazo de mil lianas zarpadoras, largo césped donde los senos nacen, ensenada candente de los muslos, playa con la blanca tersura de tu vientre. Y locura, ternura y más locura. Cadencia resonante de músicas selváticas, tambor noctambulario suena sobre tu espalda, la flauta imperceptible del suspiro, largos gemidos de destrozados labios, y el grito sempiterno tan guardado, al fin la noche rompe en agudos pedazos. Y locura, cadencia y más locura. Cavernas, grutas, lagos, musgos leves; hongos colgantes, zarzas en tu boca; frutos ignotos, zumos descubiertos; mieses en la alborada, sed que ya se apaga; venas que se rebelan, sangre libertada; yegua ululante, jinete que espolea. Y locura, locura y más locura. ¡Ah qué nidada de caricias salvajes descubrí! ¡Y qué voces intactas en tus prístinos fondos! ¡Y qué flores que se abren al tacto de mis manos! Salvaje mía; ¡ámame así, envuélveme en tu bruma! ¡Y bebamos del manantial de esta locura primitiva! LUIS ZALAMEA BORDA ( Colombia, 1921 )
Quiero ver en tus ojos el destello, la inquietud de mi fibra, el rocío en tus manos asidas a mi río, el recodo en que habita lo más bello. Quiero ser en la sangre de tu sello hoja hueva en el vaso antes vacío, ser, amor, tu sabor en el estío, la delicia en el pulso de tu cuello. Quiero andar tu sudor y tu saliva, atreverme a probar el agua viva que en tu beso refleja la dulzura del estanque aromado y su tersura; agua rauda y ardiente que cautiva brillo de agua que colma mi hendidura. ETHEL KRAUZE ( México, 1954 )
Así es ella, me dije; es la alegría remota y honda que de pronto llega a despejar el nudo que se debe desanudar en la penumbra inquieta. Noche y albor, me dije, todo llegó a mi corazón por ella; llegó el sabor oculto del deseo, el presagio de ardor que en mí resuena. Es mi cuerpo, me dije, reconociendo su esplendor en ella, el bosque entero de mi sangre, el pulso y el latido secreto de su fuerza. La imagen que conservo de las verdes raíces de mi tierra; ella es el tiempo mío, el del verano en el regazo inmóvil de la siesta. Así mismo, me dije, es su fulgor herido en la belleza, ella es el largo trecho recorrido surtiéndose de entraña y sementera. Ella es así, me dije, callado abrigo que abrigó mis huellas, el justo sueño que escogí en la lucha, la libertad por la que canto es ella! ELVIO ROMERO ( Paraguay, 1926 )
Cada mañana el mismo asombro, siempre nuevo: el ver lo natural que es para ti tu cuerpo. Consabidas minucias del rito del aseo, que imperceptiblemente elevas al misterio. Desde mis ajimeces vigilo tus linderos: revuelas como un ángel sobre tus mismos pechos. Tu humedad se disputan la juncia y el espliego. ¡Ay, frescura de aljibe y calor de sesteo!. En mis blandas murallas aprisionado, veo el hábito sencillo que tienes de tu cuerpo. Resuelves la materia en puro movimiento; cada escorzo insinúa un ritmo en el espejo. El repetido aire que modela tus gestos, es en ti cristalino pero en mí es espeso. De tu cuello desnudo nace un hondo venero; de tus brazos en alto, la mimbre de tu pelo. Al alba, cuando mido tu distancia, no entiendo la natural costumbre que es para ti tu cuerpo. RAFAEL GUILLÉN ( España, 1933 )
no le digas a nadie que he vuelto a tus jardines escóndeme bajo tu cuello de ángel en tu pelo de bruma en tus ojos de marzo vengo huyendo hasta la piel de tus murallas la soledad me sigue muy de cerca ocúltame bajo tu permanente desnudez en tu mano profunda en tu llanto perfecto en tu saliva sabia preguntan quién ha subvertido este infiel corazón sé que no me hallarán: la luz lo ciega todo GASPAR AGUILERA DÍAZ ( México, 1947 )
Su cuerpo resonaba en el espejo vertebrado en imágenes distantes: uno y múltiple, espeso, de reflejo reverso ahora de inmediato antes. Entraba de anterior huida al dejo de sí mismo, en retornos palpitantes, retenido, disperso, al entrecejo de dos voces, dos ojos, dos instantes. Toda su ausencia estaba -en su presencia- dilatada hasta el próximo asidero del comienzo inminente de otra ausencia: rumbo intacto de espacio sin sendero al inmóvil azar de su querencia ¡estatua de su cuerpo venidero! MARIANO BRULL ( Cuba, 1891 - 1956 )
Se iluminó la estancia de una venusta gracia cuando acerqué a tu boca la mía temblorosa, mientras por tierra y cielo relampagueó mi audacia cortándole a la vida su más intacta rosa. ¿Qué jugo, di, qué jugo el corazón invoca tiene como tus labios tan íntimos dulzores? Mujer, dime: ¿Qué abejas buscaron en qué flores las mieles trasegadas al panal de tu boca? ¡Oh, beso! con la gloria de tu emoción celeste -comunión de alma y boca, brasa y diafanidad- abriste en el más puro de los espasmos: Este, a nuestro barro efímero rutas de eternidad. Tu labio, jardín donde la fiebre es jardinera; botón de calentura mi labio nunca ahíto, fundiéronse en las llagas de la inmortal hoguera para beberse juntos de un beso el infinito. FLAVIO HERRERA ( Guatemala )
Lo que hallaste en la mesa, justamente, no fue sino el sabor de mi ternura; un fruto sabio, un pan sin amargura, y el agua de la vida allí presente. Junté las manos y elevé la frente para darte el amor, en la clausura del corazón recóndito; en la albura de la mesa ofrecida humanamente. Toma de este manjar y que este vino sea, en el dulce vaso diamantino, la primera señal de nuestra alianza. Yo soy la vida y tú el amor. Y el fruto del encarnado amor, en el minuto cuajó la eternidad de su esperanza. GERMÁN PARDO GARCÍA ( Colombia, 1902 - 1991 )
Ni el candor de tu rostro, que revela que tu sensible corazón dormita, ni tu mórbido seno que palpita, ni tu inocente gracia que consuela; ni tus brillantes ojos de gacela, ni tu boca de grana, urna bendita donde un beso parece que se agita cual mariposa que vagar anhela, inspiran más al alma enamorada, por tus encantos celestiales loca ya tu yugo hace tiempo encadenada, que ese lunar que a adoración provoca..., ¡pequeña, fugitiva pincelada que el Amor quiso dar junto a tu boca! NICOLÁS AUGUSTO GONZÁLEZ ( Ecuador )
A orillas de la fábula, secretamente mía, desde el árbol de sangre donde nace el latido que se asoma a tu pulso, tu lengua, flor mojada, era un sésamo oculto para el paisaje mórbido de tu floral desnudo, desgajado en pudores y amorosas laderas silvestres, en la sombra de tus senos en vilo, colmenas del enjambre cuyo vuelo guiaba el beso más antiguo. Sempiternas colinas con pétalos y zumos, el sí y el no acertaban, dudoso de tu aroma; áureo botín de besos, acosadas axilas, fugacísima imagen traída en tus relámpagos, abriéndome entre lirios palomas y moluscos. Y tú, ya casi un claro de luna en tus pestañas, arcángel sin edad eras sencillamente. Y acueducto sin lluvia, la luz del arco iris nos volcaba el secreto flamígero del beso, la soledad abriendo a nuestras almas juntas donde las aves urden sus alcobas de trinos. ¡Oh amada mía! Siempre tu inaccesible cumbre; y ya en ti, me despeño virgíneamente tuyo, cuando el aire y el río te huelen desde cerca el tatuaje invisible de la piel de tu aroma. Y entonces, voy bajando por la rampa del grito, del fulgor y la piedra, del viento y de la nieve; ave soy rubricando con el vuelo las cumbres; Ángel Caído soy recluido en tus ojos, mordiendo en tu cabello sus pendulares frutos, desplegando en mi torso su funeral bandera, tu ardiente cordillera midiendo con mis brazos... Con mi equinoccio envuelvo tus claros hemisferios de antípodas caricias, cuando exploran mis besos la tibia sangre nómada de tus venas azules. La luna era el ex-libris del éxtasis nocturno, tallo de flor nacido de tu propia semilla, soledad sin los árboles que sostienen el cielo, la delicia ignorando de beber en tu lengua, como la piedra ignora el lenguaje del pájaro. Si el beso no era un símbolo creado en tu homenaje, su corola en tu hálito tuvo pétalos dulces para impregnar la tierra con mieles suficientes cuyo dulzor brotaba de la raíz del mundo. Te conocí en el lecho mineral del planeta, mientras tú apaciguabas la luz en la montaña... Cósmicamente mía... Norte, Sur, Este, Oeste, nupciales, cuatro vientos te velaban el sueño. ADRIANO DEL VALLE ( España, 1895 - 1957 )
Mírala aquí delante. Es la playa donde empieza el extraño mar de la realidad. Toma su mano breve y déjate llevar sin preguntar. Esta mirada clara ya la habías soñado; este cabello rubio tiene la luz de tu ilusión más niña, y, sin embargo, nada se parece. No te sirve, ahora tienes que comenzar por la primera letra. Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos a fermentar ya hacerse de verdad. Y tú, sal de tu miedo antiguo, corazón, pasa el umbral sin agacharte, ten valor para la dicha, acepta la hermosura; ya eres hombre. Échate a las espaldas tu cariño empeñado en ser amor, tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso, única voz que de El podrás sentir. Anda, obedece y calla, porque para eso fuiste siempre niño bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo de esta nueva obediencia más profunda. Sí, ahora eres digno de la vida. Hasta ella te ha elevado tu soñar doloroso de adolescencia, como una oración que pide lo que ignora. Y no por prepararte -ya ves todo qué extraño, qué distinto-, sino por esa gota de nobleza en los ojos con que vas a aprender la realidad. JOSÉ MARÍA VALVERDE ( España, 1926 )
Elegía sin nombre
Mas ¿que importan a mi vida las
playas del mundo?
Es ésta solamente quien clava mi
memoria
Luis Cernuda
Descalza arena y mar
desnudo.
Mar desnudo, impaciente, mirándose en el cielo.
El cielo
continuándose a sí mismo,
persiguiendo su azul sin encontrarlo
nunca definitivo, destilado.
Yo andaba por la arena
demasiado ligero,
demasiado dios trémulo para mis soledades,
hijo
del esperanto de todas las gargantas,
pródigo de miradas blancas, sin
vuelo fijo.
Se hacían las gaviotas,
se deshacían las nubes
y tornaban las olas a embestir a la orilla.
(Tanta batalla blanca
de espumas desatadas
era para cuajar en una sola concha,
sin
imagen de nieve ni sal pulida y dura.)
El viento henchía sus
velas de un vigor invisible,
danzaba olvidadizo, despedido,
encontrado
y tú eras tú.
yo aún no te había visto.
Hijo de mi presente
-fresco niño de olvido-
la sangre me traía noticias de las manos.
Sabía dividir la vida de mi cuerpo
como el canto en estrofas:
Cabeza libre, hombros,
pecho,
muslos y piernas estrenadas,
por dentro me iba una tristeza
de lejanas
de extraviadas palomas,
de perdidas palabras más allá
del silencio,
hechas de alas en polvo de mariposas
y de rosas
cenizas ausentes de la noche...
Girasol en los sueños: aún no te
había visto.
Imán. Clavel vivido en detenido gesto.
Tú no eras tú.
Yo andaba, andaba,
andaba
en un andar en andas más frágil que yo mismo,
con una
ingravidez transparente y dormida
suelto de mis recuerdos con el
ombligo al viento...
Mi sombra iba a mi lado sin pies para seguirme
mi sombra se caía, rota, inútil y magra;
como un pez sin espinas mi
sombra iba a mi lado,
como un perro de sombras
tan pobre que ni un
perro de sombras le ladraba.
¡Ya es mucho siempre,
siempre, ya es demasiado
siempre
mi lámpara de arcilla!
¡Ya es
mucho parecerme a mis pálidas manos
y a mi frente clavada por un amor
inmenso,
frutecido de nombres, sin identificarse
con la luz que
recorta las cosas agriamente!
¡Ya es mucho unir los labios para que
no se escape
Y huya y se desvanezca
mi secreto de carne, mi
secreto de lágrimas,
mi beso entrecortado!
Iba yo. Tú venías,
aunque tu cuerpo bello reposara tendido.
Tú avanzabas, amor, te
empujaba el destino,
como empuja a las velas el titánico viento
de
hombros estremecidos.
Te empujaban la vida, y
la tierra, y la muerte
y unas manos que pueden más que nosotros
mismos:
unas manos que pueden unirnos y arrancarnos
y frotar
nuestros ojos con el zumo de anémonas...
La sal y el yodo eran;
eran la sal y el alga;
eran, y nada más, yo te digo que eran
en el
preciso instante de ser.
Porque antes de que el sol terminara su
escena
y la noche moviera su tramoya de sombras,
te vi al fin
frente a frente,
seda y acero cables nos tendió la mirada.
(Mis
dedos sin moverse repasaban en sueños
tus cabellos endrinos.)
Así anduvimos luego uno
al lado del otro,
y pude descubrir que era tu cuerpo alegre
una
cosa que crece como una llamarada
que desafía al viento,
mástil,
columna, torre, en ritmo de estatura
y era la primavera inquieta de
tu sangre
una música presa en tus quemadas carnes.
Luz de soles remotos,
perdidos en la noche morada de los siglos,
venía a acrisolarse en tus
ojos oblicuos,
rasgados levemente,
con esa indiferencia que
levanta las cejas.
Nadabas,
yo quería
amarte con un pecho
parecido al del agua; que atravesaras ágil,
fugaz, sin fatigarte. Tenías y aún las tienes
las uñas ovaladas,
metal casi cristal en la garganta
que da su timbre fresco sin
quebrarse.
Sé que ya la paz no es mía:
te trajeron las olas
que
venían ¿de dónde? que son inquietas siempre;
que te vas ya por ellas
o sobre las arenas,
que el viento te conduce
como a un árbol que
crece con musicales hojas.
Sé que vives y alientas
con un alma distinta cada vez que respiras.
Y yo con mi alma única,
invariable y segura,
con mi barbilla triste en la flor de las manos,
con un libro entreabierto sobre las piernas quietas,
te estoy
queriendo más,
te estoy amando en sombras,
en una gran tristeza
caída de las nubes,
en una gran tristeza de remos mutilados,
de
carbón y cenizas sobre alas derrotadas...
Te he alimentado tanto
de mi luz sin estrías
que ya no puedo más con tu belleza dentro,
que hiere mis entrañas y me rasga la carne
como anzuelo que hiere la
mejilla por dentro.
Yo te doy a la vida entera del poema:
no me
avergüenzo de mi gran fracaso,
que de este limo oscuro de lágrimas
sin preces
naces -dalia del aire- más desnuda que el mar,
más
abierta que el cielo;
más eterna que ese destino que empujaba
tu
presencia a la mía,
mi dolor a tu gozo.
¿Sabes?
Me iré mañana, me perderé bogando
en un barco de sombras,
entre moradas olas y cantos marineros,
bajo un silencio cósmico,
grave y fosforescente...
Y entre mis labios
tristes se mecerá tu nombre,
que no me servirá para llamarte
Y lo
pronuncio siempre para endulzar mi sangre,
canción inútil siempre,
inútil, siempre inútil,
inútilmente siempre.
Los pechos de la muerte
me alimentan la vida.
EMILIO BALLAGAS
( Cuba, 1908 - 1954 )
En medio de la noche te desvelas y adivinas mi rostro dormido. Apoyas tu boca sobre mi frente, dejas, como al descuido, tu mano sobre mi pecho, hasta que nuestros latidos se acompasan. En medio de la noche, hostil y oscura, me guardas, estremeciéndote a cada movimiento que hago, hasta que, femenina y desvalida, te quedas soñando como un ángel cansado. Por la mañana tengo una alegría que me vive todo el día, que me asiste todo el día, sin saber a qué se debe, por qué nace. JOSÉ BATLLO ( España, 1939 )
En silencio Así, calladamente sin grandes estridencias dejaré de quererte casi sin darte cuenta. Dejaré de sentirme muñeca, entre tus brazos, dejaré de temblar por tus caricias nuevas. Y así... pausadamente como llega la noche aún estando a tu lado comenzaré a estar muerta. CARMEN SÁNCHEZ IBÁÑEZ ( España, 1936 )
La tienes en tus brazos. Duermes, y la sueñas, y sabes que es un sueño todo lo que de ella ves. Y el corazón se te acelera, tiembla de fe. Sólo una cosa que le propones te da la prueba de que te querrá despierto. Admite que es un sueño lo que dices de ella, pero que por debajo del sueño, es ella la que tienes en tus brazos. GABRIEL FERRATER, ( España, 1922 - 1972 )
Una noche después soñé que eras mi padre, reclinabas tu cabeza en mi pecho, y eras también mi hermano. Como en un ábaco pasabas las cuentas de mi gargantilla colmando las arcas del deseo ¡Mea culpa! EVA MACÍAS ( México, 1944 )
Hay hombres hombres que parecen manchas sin contorno,
sacados de sus conchas dicen sí, sí; pero Ella es poderosa
y sus
extremidades abarcan hasta el lenguaje de las flores.
A medida que fui creciendo desnudé la cama de
insectos y plantas.
Hubiese bastado un pestañeo para abandonarlo
todo y entregarme
al sumiso roce de su cuerpo. La menor alteración del espejo
hace
que tu imagen me trasporte hasta el sueño del vaso.
La muerte empieza por
el sexo, la naturaleza es un continuo
drama original. Todos los
mortales lo son por el sexo.
Nos hemos conformado con el coro de un montón
de carne muerta,
siempre enfermos de las cosas. Cada uno de los
comensales
dispone de un cuchillo bien afilado, ¿por qué no utilizarlo?
La belleza descarga todas sus armas en medio del alma.
Lo
desconocido es un obispo nervioso que no sabe dormir.
He escuchado tantas cosas sobre el infierno, pero ninguna
me la
tomé en serio, la palabra poética no necesita
ser purificada.
AUGUSTO HERNÁNDEZ
( España )
Estabas junto a mí. Tu aliento blando me embriagaba aromoso, sonreía la fresa de tus labios, amor vagaba en torno. Casi mi mano se posó en tu mano, mi cabeza en tu hombro se aquietó como un niño consentido sobre un encaje blondo. Rocé la nieve de tu frente, cálido nido sedeño y hondo. Pensé que estabas lejos, tan distante como un país remoto, que tus manos jamás se posarían sobre mi sien de peregrino loco, que eras a mí una gota de imposible de un dulce mar ignoto. Entonces recogido y solitario, de la noche en el fondo, como un licor amargo que desborda, me embriagué de sollozos. FERNANDO PRIETO ARANGO ( Colombia )
Amante silenciosa de una noche, fina muñeca de marfil antiguo, cuando mi cuerpo duerma el sueño largo recuerda al extranjero que te quiso. Mi alma estará en la sombra, solitaria, y en la neblina viviré perdido. Entreabre las ventanas, y tu lámpara será como una estrella en el camino. Entonces en las alas de los pájaros y en el rayo de luz vendrá mi espíritu a reír en el agua de la fuente y a encender la mañana de mis hijos. JUAN GUZMÁN CRUCHAGA ( Chile, 1896 - 1979 )
dejado mis palabras He dejado mis palabras entre la flor del almendro y he dormido mis caricias azules en tu recuerdo. Se ha recogido en mi mano la desnudez de tus besos: Abril, tu alegría es dulce como trino de oro y verso. Cuando tú me veas anclada en el anillo de un puerto, Abril, Abril, vestirás de castidad nuestro encuentro. STELLA SIERRA ( Panamá, 1917 - 1997 )
Para A. García Solano Mi corazón se muere de ternura: es buen mozo y te ama: sus veinte años han presentido ya los desengaños y han probado la hiel de la Amargura. Tú tienes que quererle, si eres pura, si no te alegran los ajenos daños; si a los enfermos tímidos o huraños les das la comunión de tu hermosura. Como una casa de salud es tu alma, donde van a beber la ansiada calma -cabe la fuente de tu amor cristiano- los enfermos de amor... Ya que eres buena, deja que duerma el ave de mi pena en la rosada palma de tu mano. RAFAEL CARDONA ( Costa Rica, 1892 - 1973 )
Tiemblas, y tus cabellos locos se desparraman como garfios de sombra en tu carne jugosa. Mis manos, hogueras de cinco llamas, laman el mármol de tu cuerpo hasta ponerlo al rosa. Extendida a mis pies como una blanca alfombra tiemblas; con tus temblores versos de angustia plasmo. Tu labio es un sendero de sangre hacia el espasmo; eres un surtidor de fiebre entre la sombra. Mi boca como un sello en tu boca se graba y en las morbideces de tu seno caldeado mi pupila, ampolleta de vértigos, se clava. Hincado en ti, como una garra de escalofrío, me extinguiré, mis nervios como un humo rosado irán en espirales de besos al vacío. MIGUEL ÁNGEL LEÃN ( Ecuador, 1900 - 1942 )
Yo soñé con tu beso, como sueñan los niños con los caballos grandes y los ferrocarriles que ven en las vidrieras. Yo soñé con tu beso y fue un sueño imposible. Yo soñé con un viaje de alegres desposados -más allá de los mares, por lejanos países-, y aquel viaje de goces, maravilloso y único, era un viaje imposible. Yo soñé el hondo sueño de la risa de un hijo -un hijo que tuviera tus negros ojos tristes- Pero aquel sueño ardiente del hijo de nosotros fue también imposible. Soñé así con tu beso, con un viaje y un hijo y mi amor por tus aguas navegó como un cisne. Fueron tres esperanzas las esperanzas mías y las tres imposibles. Del bosque de mis sueños queda apenas un árbol. Junto a él, cada noche, mi corazón repite, cuando intento cerrarte la puerta del recuerdo, una sola palabra: imposible, imposible.
Hospes comesque corporis
Adriano
Te amé tanto que, un día, abandonó mi alma
la
cárcel de su cuerpo. Errátil, y no hallándote,
regresó a la morada
que yo daba por mía.
Mas no estaba mi cuerpo donde allí lo dejara,
sino el tuyo, vastísimo, como un templo de oro.
y no le diste asilo.
Y ya no tendré muerte.
VICENTE NÃÑEZ
( España )
Invocación Ven, intacta y coqueta epifanía, confortando mi amor que hoy está yerto a calentar mi tálamo desierto, mi tálamo bohemio que se enfría. Abrígame en tu cuerpo, amada mía. Arrópame en halagos, si despierto de la mañana al resplandor incierto, que sorprende velando mi agonía. Empalaga mis labios con las mieles, olorosas a mirtos y a claveles, que en tu boca chorrea el entusiasmo; y fundiendo pesares y dolores en una libre conjunción de amores gocemos del placer en el espasmo. JOSÉ MARÍA FACHA (México, 1879-1957)
La exquisita amiga A una dama extranjera, cuya fragancia aún flota en mis recuerdos como el aroma del té que se evapora de mi taza. ¡Oh Maestro, tengo una amiga exquisita! Su boca es dulce como los cerezos de Nao Kao; son sus pestañas suaves como el plumón, de seda; tiene su cuello el ritmo y la gracia del cisne; y al andar, fina y grácil, con ondulante talle, no sé si un ritual danza, si es una rama en flor que mece el aire, o si es una mariposa que vuela. Cuando la ven mis ojos es como si alcanzara la irrealidad de un sueño. Y cuando ríe, y su voz armoniosa, como divino pájaro vuela de su garganta, quisiera que esa diosa de frágil porcelana, no fuera una extranjera nacida bajo el cielo de Occidente aunque de ilustre alcurnia se cuentan de ella historias... ¡Ah, Maestro, qué cultura la de esos mundos de Occidente! En la terraza de las Mil Caricias ayer, con labios húmedos, el fénix del amor nos sorprendió en su vuelo. por único ropaje su divina figura envuelta sólo estaba con la túnica de oro con que la prestigiaba el pincel del crepúsculo. Toda la tarde el Kiosco de los Besos resonó la armonía. Los pájaros callaron para escuchar la música. Y yo esperé la noche, ¡que descendió sin luna! para abrir el más íntimo Cofre de los Secretos. Pues no hubiera querido, bajo luz indiscreta, que el astro nacarado hubiese sorprendido cuán pequeñita era ante tanta cultura mi desnuda ignorancia. ¡Ah, Maestro, tengo una amiga exquisita! REGINO PEDROSO ( Cuba, 1896 - 1983 )
Vengo cansado y triste, buscando los divinos remansos de tus ojos para lavar mi herida: ¡traigo en el pecho el sello sangriento de la vida; y en la sandalia el polvo de todos los caminos! Pongo en tus manos castas el alma dolorida, que ha menester de ingenuos ensueños cristalinos... ¡Y sean tus afectos los astros vespertinos, ungiendo de dulzura la tarde de mi vida! Y así como sentiste, en horas invernales, errantes golondrinas llamar a tus cristales, en busca del amparo piadoso de tu seno; ¡hoy llegan mis amores, como aves extraviadas, para anidar el dulce calor de tus miradas, ansiosas de un refugio: tu espíritu sereno...! ENRIQUE BIANCHI ( Uruguay )
Llegué en silencio; su cristal vertía en clara voz el surtidor doliente, ya un dulce beso de melancolía temblar mi rostro contemplé en la fuente. Nadie pasaba. En el confín espeso su voz de sombra susurró la brisa; salió de un árbol suspirante beso cual una pena sobre una sonrisa. Mi pecho tiene una nostalgia vieja y halla un amor en su pesar suave. -Todo en un sueño, como el sol, se aleja; dice en la fronda su cantar un ave. Dolor paciente que dolor no deja... -¡La mayor pena es la que no se sabe! RAFAEL LASSO DE LA VEGA ( España, 1890 - 1959 )
besos que yo te di Aunque entres en una alberca de agua fría y arrayanes que tenga disuelta dentro columnas, estrellas y aires; aunque con buriles nuevos acuñen nueva tu imagen, y un sayón bartolomeo piel a tú digas te arranque; aunque nacieras de nuevo en el vientre de tu madre y el Padre Santo de Roma de nuevo te acristianase, los besos que yo te di no te los quitará nadie, que vas reluciendo besos pregonando su linaje, brillando y oscureciendo como una luna en dos fases que nunca mata el creciente porque no quiere el menguante. La saliva de mis besos no se te pegó a la carne. Si se te hubiera pegado arrancarla, fuera fácil y pisotearla luego, cosas de buenos amantes; pero no fue pegadiza, no fue postura de traje que en una feria, se compra y en otra feria, se añade, y cuando pesa, se cambia conforme cambia el paisaje, como un catorce de mayo que no quiere sofocarse. La saliva de mis besos te cimentó, la raigambre, la respiraron tus huesos, la comieron tus ijares te clareó las entrañas, te hizo crecer y esponjarte como crecen y se esponjan los chopos al agua fácil; lo canijo de tu vida tuvo un apoyo de jaspe: mis besos; el hambre tuyo dejó de ser malas hambres con mis besos; el horizonte sin causa, tuvo su lumbre, mis besos. Tu palabra sin engarce tuvo gramática, besos, besos, porque no son más que frases de un evangelio de lumbre con nuestras dos iniciales. Qué tienes que no tuvieras metido en mis besos antes; eras cañamazo doble, hilaza que se deshace y en los labios tuve agujas divinas para bordarte, de la camisa al pañuelo, desde el tuétano a la carne. Si alguien te advirtió algún día, no fue por ti, tú lo sabes, que tú eras limo dormido que no acierta ni a cuajarse; fue porque yo te mostré en un joyel delirante en este panal de besos alto, denso, claro y grave y dentro de él relucías tú, que eras tristeza mate, como reluce una Hostia que acaba de consagrarse, que es pan y no es pan, porque se amasó de eternidades. Ahora, quítate mis besos, dáte alquitrán y vinagre, entra en un río de greda o en una selva de sables, busca otros besos que pongan a los míos antifaces. Qué habrías de conseguir? Di, si habrían de machacarte y en el polvo de tus huesos estarían mis señales. El agua se irá burlada, la lumbre quemará en balde, se mellarán las navajas, caerán las caretas fáciles, te señalarán cien dedos, dianas de los cobardes, te gastarás, en mentidos esfuerzos de escaparte a aun allí, estarán mis besos, fundidos en tu raigambre. Y hasta el día que la tierra con otra tierra te tape, por debajo del montón mis besos han de notarse, vivos, aunque te hayas muerto, nuevos, aunque tú los gastes, calientes, aunque te enfríes, verdad, aunque los negaste, para que Dios te conozca por lo bizarro del traje y sean los besos míos al cabo, los que te salven. JOSÉ ANTONIO OCHAÍTA ( España, 1905 - 1973 )
Mayo de los amantes, madurador de labios, nuevo fruto, cómo rebosa el agua de mis ojos en sombra por donde las estrellas calan en lo profundo. Mi voz está volcando su cesto de manzanas en júbilo. Tacto de la caricia, mira cómo renace la yerba de mis dedos. y este ritmo en desorden que el corazón orde pone en fuga las aves del desnudo en que beb agua ciega del beso: verbo mudo. Mayo de los amantes, enamoradamente te descubro. TRINA MERCADER ( España, 1919 )
Me llevas hasta donde tu piel se hace jardín en la sombra. Tus párpados son suaves como lo es la albahaca que crece sobre el pecho. Van a parar a ti las tardes que son luna impacientada, los labios que en el pacharán se escancian decididos a ahogarse o a que tú les arrojes el salvavidas de tu boca sin el que he comenzado la travesía de reconocerte. FERMÍN GÃMEZ España, 1966
Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las hojas... Vaga la melodía de una pena que ignoro. El viento, que estremece marchitadas congojas, pasa como un recuerdo por el bosque sonoro. Es otoño. Parece que un ensueño renuncia, que un desencanto esparce las efímeras galas... Una dorada pompa que a la muerte renuncia, con el paisaje mustio forma una lluvia de alas. Estoy solo. Se siente que el otoño es un viaje... Hay un alma que llora porque alguien se despide. Este ocaso de plantas que enrojece el paisaje, con mi desalentada serenidad coincide. Pienso en ti, oyendo un canto perdido en lontananza. Cantan las cosas muertas, la música del vuelo. Como mi amor caído conserva su esperanza, la floresta marchita quiere subir al cielo. Caen las hojas. La selva trágica se derrumba. Desparrámase un sauce cual generosa fuente. Las hojas más diversas tienen la misma tumba, y entremezcladas ruedan en un mismo torrente. Tú eres como una brisa por mi huerto sonoro. Mi vida es una rama que, a tu paso, deshojas; y que tendrá a los vientos un destino que ignoro. Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las hojas... PEDRO MIGUEL OBLIGADO ( Argentina, 1898 - 1967 )
« quiero / ahora que te quiero todavía, »
« Al caballero de la rosa / En su abrazo yo abrazaba todas las rosas: »
« ¡Ah, qué / nidada de caricias salvajes descubrí! »
« Quiero ver en / tus ojos el destello, »
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