« Me gustaría daros, / amantes en la orilla, »
Pilar Paz Pasamar · Amantes en la orilla
Biografía y amplia selección de poemas de Pilar Paz Pasamar. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Pilar Paz Pasamar. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual, perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Me gustaría daros, amantes en la orilla, el tronco de algún árbol donde pudierais todos grabar las iniciales. Un álamo o un pino, o un roble, o algún chopo, o la acacia de un parque meticuloso y frío que desdeñáis por este salobre aire del mar. Sí, un árbol para cada pareja, un árbol trise como todas las cosas que sirven al recuerdo. En el largo paseo ni una mata, ni un trino, ni una sombra. En lugar de rosa y margarita que deshojar, el alga, la podrida y rotunda, fuerte esencia marina. El faro allá a lo lejos ilumina de pronto el abrazo furtivo y hace, cómplice, guiños. Un árbol sin raíces, al aire, os traería. Si alguna vez amantes de este rincón, hubiera olvidado el mensaje de mayo, y la que os canta, mi voz, ya no sintiera su anuncio, os dejaría mi garganta, y en ella -como en un viejo tronco- grabaríais el clásico corazón, la promesa, la inicial, y tal día de tal año, en cualquiera y feliz primavera. Mi garganta aún podría servir de algo al amor.
Nadie lo sabe y lo dice: sólo tú por mi secreto, ¿Con qué llave penetraste por la cárcel de mi sueño? Teníamos la frontera: una almohada de por medio y de pronto, enredadera que va alzándose del suelo, le diste alcance a mi sombra y se iluminó el momento. Está, bien, mucho mejor. Así nos sabrán más frescos los abrazos, ya no queda vallado entre los dos huertos. Si alzábamos ese muro fue por gusto de romperlo después, que sabe mejor lo que antes tuvo misterio. Cada noche, colocaba en tus manos el llavero. mira si lo deseaba, y ya me estaba doliendo que tú supieras de mí todo, y un poquito menos. Mi secreto ya no era ni la sombra de un secreto. Con tu amor, subió hacia arriba, flotaba como algo muerto sobre mi mar porque tú alzaras después su peso: y ya ni pesa siquiera. Casi vuela, al extenderlo como una sábana limpia debajo de nuestros cuerpos. Nos hizo cómplices. Puso su sal, bajo nuestros besos y que el mundo pareciese recién estrenado, nuevo. Que yo no quiero tener -ay, amor, que no quiero tenerlo-, que no quiero conservar ni siquiera un pensamiento con las raíces antiguas clavándose en el pecho.
De tierra adentro a mar, de trecho a trecho desde el invierno hasta el feliz verano, de la estepa encendida de la mano a la región volcánica del pecho va posándose amor, y va en acecho amor de cima a sima, y sobre el llano, y va implantando en todos, soberano, su ley, su ejecución y su derecho. Rey de la geografía del semblante, encendedor de lumbres abisales toda región desconsolada anima. Cruza desde el poniente hasta el levante implantando sus órdenes reales: su agua, su luz, su voluntad, su clima...
A mí la nieve me quema siendo la nieve tan fría... ¿Que dentro? Salgo a la calle. ¿Que fuera? -No, ¿Que de día? -Yo salgo de noche. ¿Que de noche? Y mi alma se empina para darse contra el sol rotundo del mediodía. No. Si me tiendes tu mano la apartaré de las mías, si ponéis entre barandas mi regresada alegría, romperé los barandales en seguida. Ni tú, ni el otro, ni vuestra, ni de nosotros. Mi vida un «no» contra todo y siempre: «no, así no», como una fría espada de pesadumbre contra márgenes y guías, ¿Que los demás? Los demás podrán, pero yo no. Mira: es preferible quedarse seco como la ceniza. No, a mí no. Descalzo y limpio mi corazón no se agria, pájaro neutral de marzo vivo como él todavía. Mi pie, mi mano. La mía. ¡A mí la nieve me quema siendo la nieve tan fría!
Me vais a perdonar, es ya la hora de esconderme en el alma. Una jornada como ésta tiene demasiada luz. ¿Cuánta palabra hubo, cuánto vuelo agobiador formaron los petreles? El camino quedó como camino debajo de los pasos? Y tú, pobre emoción de cada día, retornarás después de esta mañana? ¡Cómo duele ir al paso de las ancas, las orejas tibias, como se cansa el dedo que acaricia las cosas cotidianas! Hasta luego. Mi pecho no os resiste. Ya vuestra mansedumbre me hace daño ¡y hay tanto que esperar en el silencio! Mañana, quiera Dios, será otro día.
Hemos llevado juntos esta pena como vaso de frágil porcelana. Nos hemos arropado con el mismo cobertor de tristeza. Hoy has cabido dentro de un puño frío y apretado, pero, a pesar de todo, te dormiste. Eres hombre cabal hasta en el sueño. Te duermes sin caer, sin derribarte, te duermes como deben de dormirse los cíclopes, los hércules, los dioses. Los centauros, las fieras, así duermen. Tienes el abandono de los grandes y si el sueño te llega, tu victoria la pregona las sombras y los mástiles. Toda la tierra vela cuando duermes: hombre, pecho de mar, párpado oscuro, pan de trabajo, río de sudores, hombre puro de cara a la fatiga acosado de dientes y veranos. Eres más hombre aún cuando se encierra tu limpia forma de mirar la vida. Hombre mío, cansado y solitario, tenaz defendedor de pan y risas, condenado al amor y al sufrimiento, hombre, amor al que arrimo mi desvelo, compañero de almohada y despertares. Si tú has dormido al fin, también yo puedo, y si tú velas, en amor yo velo. Venga ya para mí un trozo de olvido, tome mi pecho el ritmo de tu pecho. No nos pudo la pena, y de tu mano corrió la sombra y se apagó en mi río, corrió el dolor y se agostó en mi vena, me inundaste de sueño junto al tuyo y me dormí junto a tus costillares.
Intermediario ser, anfibio alado. Amor hecho de raptos y de ausencia, a otros alimentaste con tu ciencia desposeyéndome del esperado. Bien sé cómo eres, aunque disfrazado cruzaras tantas veces mi dolencia, haciéndome creer que era experiencia de ti lo que ni apenas tu recado. Ahora, burlada, llega el importuno labio de quien te sabe a repetirme tu nombre con informes y resabios. Condenada a la espera y al ayuno no te alzaré la voz ni habrás de oírme porque la soledad no tiene labios.
La casa es como un pájaro prisionero en sí mismo, que no medirá nunca la longitud del trino. Encarcelada ella que no yo, pues la habito conociéndola, y pongo mi cuidado y mi tino en algo que no sabe ni sabrá de mi cuido. ¿No me siente por dentro removerme, lo mismo que se siente en la entraña la presencia del hijo? Me ignoran los cristales no nos sienten los vidrios tras los cuales luchamos contra el mar y sus ruidos. No sabe que en sus muros crece el amor, que hay sitio para soñar, y que hay mundos y faros escondidos. Ignora de qué modo la nombro y la bendigo. Le digo muchas cosas; la pongo por testigo de todos mis secretos. De lejos, si la miro, me parece que tiene la tristeza de un niño abandonado. Subo sus peldaños, le digo mi nombre, porque note que he regresado. Giro por su caliente espuma, me afano por su brillo, la quiero clara, alegre la enciendo con mis gritos, con el sol, con el aire del salado vecino. Casa nuestra, mi casa... ¡Cómo crecen sus filos! ¡Cómo crece la sombra de Dios aquí escondido! ¡Qué inevitable y fácil la soledad, contigo!
« Me gustaría daros, / amantes en la orilla, »
« Nadie lo sabe y lo dice: / sólo tú por mi secreto, »
« De tierra / adentro a mar, de trecho a trecho »
« ¿Que dentro? Salgo a la calle. / ¿Que fuera? -No, ¿Que de día? »
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