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Pierre Louys
Pierre Louys es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras com...
Vida
Pierre Louys es una voz imprescindible de la lírica en lengua española cuya obra destaca por su autenticidad y honda sensibilidad humana. Desde sus primeras composiciones, cautivó a los amantes del verso gracias a una mirada poética singular capaz de transformar las emociones cotidianas en arte universal.
Su poesía explora con elegancia el paso del tiempo, el misterio del amor y el anhelo de trascendencia ante los enigmas del destino humano. Hoy en día, su legado lírico sigue conmoviendo a nuevas generaciones de lectores por la belleza musical de sus estrofas y la sinceridad de sus palabras.
Poemas de Pierre Louys
1.
Bilitis
Bilitis
De lana viste la vecina ruda; hay mujeres que lucen sedas, oro; otras, con hojas cubren su decoro; otra, las flores con primor anuda. Yo no quiero vivir sino desnuda. T ámame, amante, como voy. Adoro de joyas y damascos el tesoro, mas, no a Bilitis una gasa escuda. Son mis labios de un rojo sin ardides; es negro mi cabello, sin tocado, flota libre en mi frente un solo rizo. Una noche de amor así me hizo mi madre. Tómame cual soy, amado: mas, si te gusto, dímelo... no olvides. De "Las canciones de Bilitis" Versión de Enrique Uribe White
2.
Canción
Canción
Cuando lo vi, al regreso, el rostro entre las manos oculté. Él me dijo: "No temas, nuestro beso ¿quién, quién lo pudo ver?" "Nos vio la noche" -díjele- "y la luna; nos vio el alba, de fijo; las estrellas, también. Se miraba en el lago la importuna y al agua bajo los sauces se lo dijo". "Lo contó el agua al remo y el remo, a la barquilla; y al pescador, la quilla. Ahí no quedó todo, bien lo temo, pues, ¡ay! el pescador lo contó a su mujer". "Si la mujer lo dijo a una comadre, ya lo sabrá mi madre, hasta mi hermana, y la Hélade entera, esta mañana. Todos, hasta mi padre, ya lo habrán de saber". De "Las canciones de Bilitis" Versión de Enrique Uribe White
3.
El
El
apogeo Psiqué, hermana mía, escucha inmóvil, y tiembla. La dicha llega, nos toca y nos habla de rodillas. Estrechémonos las manos. Sé grave. Escucha aún... Nadie es más feliz esta noche, más divino que nosotros. Una ternura inmensa atrae entre las sombras nuestros ojos semi-cerrados. ¿Qué queda todavía del beso que se calma, del suspiro que se pierde? La vida ha dado la vuelta a nuestro áureo reloj de arena. Esta es nuestra hora eterna; eternamente grande. La hora que sobrevivirá al efímero amor como un velo impregnado de rosa y lavanda conserva, cien años después, la juventud de un día. Más tarde, hermosa mía, cuando noches ajenas hayan pasado sobre ti, que ya no me esperarás, cuando otros, acaso, amiga de las suaves manos, celosos de mi nombre, rozarán tus pies desnudos. Acuérdate de que un día vivimos los dos juntos la única hora en que los dioses conceden, un instante, a la cabeza inclinada, a la espalda temblorosa, el puro espíritu vital que huye con el tiempo. Acuérdate de que una noche, en nuestro lecho, acariciándonos con deseos ansiosos de unirse, cambiamos de boca a boca la perla imperecedera en la que duerme el recuerdo. Versión de L.S.
4.
El árbol
El árbol
A
un árbol, desnuda, subí cierta vez:
la lisa corteza mis muslos asían,
en húmedo musgo fincaba los pies.
Tan alto que, apenas, las hojas
mojadas
del sol me
cubrían
con sombra
discreta,
me puse a
horcajadas
en cómoda
horqueta
y
balanceaba feliz, al desgaire,
los pies en el aire.
De lluvia temprana, besando mi piel
las gotas rodaban del fresco dosel;
de zumo de flores bermejas tenía
las plantas, y el musgo mis brazos cubría.
Y al soplo impetuoso
del viento -al empuje de fuerzas internas-
el árbol hermoso
tremaba de vida...
Lo sentí de pronto, toda estremecida,
y apreté las piernas
y posé, entreabiertos, los labios en llama
sobre la vellosa nuca de la rama.
De
"Las canciones de Bilitis"
Versión de Enrique Uribe White
5.
El deseo
El deseo
Ella entró, y apasionadamente, los ojos cerrados, unió sus labios a los míos y nuestras lenguas se conocieron... Nunca hubo en mi vida un beso como aquél. Ella estaba de pie contra mí, toda amorosa y complaciente. Una de mis rodillas, poco a poco, se colocó entre sus muslos cálidos, que cedieron como para un amante. Mi mano deslizándose sobre su túnica, buscaba adivinar el cuerpo desnudo que curva a curva ondulante se plegaba, donde se combaba, se atiesaba con los roces de la piel. Con sus ojos en delirio, designaba el lecho, pero no teníamos el derecho de amarnos antes de la ceremonia de nupcias y nos separamos bruscamente. Versión de L.S
6.
El viejo y las ninfas
El viejo y las ninfas
Un viejo solitario habita la
montaña.
Hace muchos inviernos se cerraron sus ojos
por mirar a las ninfas -peligrosos antojos-.
Desde entonces el recuerdo de tal visión lo baña.
Vive de ese recuerdo. -Sí,
las ví, me contesta.
Helopsikria y Limnantis, las de cabellos lisos.
Estaban en la orilla como para una fiesta,
junto a las aguas verdes del estanque de fisos.
Inclinaban sus frentes
eróticos instintos
bajo la cabellera. Las uñas transparentes.
Los pequeños tesoros de los senos ardientes
eran maravillosos cálices de jacintos.
Paseaban sus largos dedos
sobre las linfas,
engarzando nenúfares de tallos elegantes.
y en redor de los muslos ágiles de las ninfas
formaba el agua círculos cada vez más distantes.
Versión de Víctor Sánchez
Montenegro
7.
En la estela de Leconte de Lisle
En la estela de Leconte de Lisle
Peregrino: en la estela que entre lauros triunfales alza sobre mi fosa su funeral decoro esculpió un lapidario la cigarra de oro, la faz del astro rey y los pavos reales. Canté las epopeyas, los héroes inmortales, y la sagrada Atenas y el rutilante coro, y exalté con visiones purpúreas el tesoro del Trópico hechizante, sus golfos y corales. He aquí mi sepulcro. No la natal comarca con esplendor de sueños orientales enmarca ni entibia con sus vahos mis despojos proscritos. Pero el viviente triste ya es el muerto glorioso: alado fue mi espíritu a res'catar ansioso los nombres de los dioses y el alma de los mitos. Versión de Carlos López Narváez
8.
La amiga recién casada
La amiga recién casada
Esta tarde casó Melisa, mi mejor amiga. Era propicio el signo: nuestras madres se hallaban encintas. En la ruta del cortejo no se han marchitado aún las rosas; brilla aún en las antorchas la llama nupcial. Deshago el camino con mi madre, y sueño, sueño... Tal como ella fue hoy, pudiera serlo yo. ¿Acaso no florece mi infancia en pubertad? Ese mismo fastuoso cortejo, las flautas, los aires nupciales y el carro florido del esposo, la pompa y la fiesta -una tarde- será todo para mí, por mí, entre los gajos de olivo. Y así como a esta hora Melisa se muestra desnuda ante un hombre, yo dejaré caer mis velos, y habré de saber, en la noche perfumada y atónita, qué es el amor. Y más tarde, quizá, ansiosos pequeñines mamarán de mis pródigos senos. * * *
9.
2. Confidencias
2. Confidencias
Confidencias A la siguiente mañana fui a su casa. Tímidas amapolas, las mejillas en brasa. Y para estar a solas me hizo entrar a su alcoba, muy ufana. ¡Tenía por preguntarle tantas cosas! Pero al mirar su cíngulo ceñido a la altura de las nuevas esposas, ¡por las diosas! sufrí total olvido y no osé ni abrazar su cuello erguido. No ver cambio indiscreto en su rostro me llenaba de asombro. Todavía era mi amiga fiel, me parecía. Pero desde la víspera nupcial, ese secreto que me llenaba de susto reprimido, mi amiga habría aprendido. Súbito, me senté en su regazo; en redor de su cuello puse el brazo, y murmuré a su oído como vivaz epodo, las preguntas ansiosas. Entonces ella, con las mejillas juntas, ruborosas, -entonces ella me lo dijo todo. De "Las canciones de Bilitis" Versión de Enrique Uribe White
10.
La cabellera
La cabellera
Me dijo: "Anoche tuve un sueño... sentía alrededor de mi cuello tus cabellos como un negro collar sobre mi pecho". "Los acariciaba... eran los míos". "Y estábamos ligados para siempre así, por una misma cabellera; con las bocas unidas, tal como dos laureles, a menudo, sólo una raíz tienen". "Me parecía que, lentamente, los miembros de tal modo confundidos, yo era tú misma. que tú estabas en mí; ése fue el sueño". Cuando el relato terminó, las manos suavemente posó sobre mis hombros. Me miraba, tiernos los ojos, con amor tan hondo, que yo bajé los míos estremecida. De "Las canciones de Bilitis" Versión de Enrique Uribe White
Versos y pensamientos de Pierre Louys
4 citas« Cuando lo vi, al regreso, / el rostro entre las manos oculté. »
« Psiqué, / hermana mía, escucha inmóvil, y tiembla. »
« A / un árbol, desnuda, subí cierta vez: »
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