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Pere Gimferrer · Acto
Biografía y amplia selección de poemas de Pere Gimferrer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....
Biografía y amplia selección de poemas de Pere Gimferrer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.
Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.
Monstruo de oro, trazo oscuro sobre laca de luz nocturna: dragón de azufre que embadurna sábanas blancas en puro fulgor secreto de bengalas. Ahora, violentamente, el grito de dos cuerpos en cruz: el rito del goce quemará las salas del sentido. Torpor de brillos: la piel -hangares encendidos-, por la delicia devastada. Fuego en los campos amarillos: en cuerpos mucho tiempo unidos la claridad grabó una espada.
No
culpéis a nadie del derrumbamiento del hombre.
La entrega estéril de
la palabra, don
de los antros, cuando la noche, la helada, labra
un fuego venusiano, y el sol, un ser de nieblas,
desfallece. Este
sorbo, sorbo de nada, encendidos
labios, piedra de púrpura, la
semilla
más secreta del hombre, porque no se precisan armas
para
vencer al hombre: ya los relámpagos son un signo de ello.
Escuetos, afilados
dicen el vil secreto, la cobardía,
el deseo
bastardo, emblemas, yugos inmemoriales
de abyección. Cabelleras,
vanas al viento, arrebatadas
por la corriente de la nieve núbil de un
cuerpo,
fuego de hogueras
que adorna la claridad. ¿Eres inmortal tú, ahora,
irrisión de la carne, tú, que tal vez has satisfecho
a la servil
pasión? Sí, mucho necesita el hombre
para abarcar la extensión de su
deseo, y su
deseo es la nada. El escudo oscuro de la luna,
el
escudo lívido del sol ¿qué astro oscultan?
¿Qué olas, qué ignición
de espacios lejanos? Por los roquedales
se tambalea esta claridad
lúgubre,
rescate hostil de la carne escarnecida,
picos, remos de
oro sometido, despojos
de un jirón. Si el gozo, funesto,
de una
más lóbrega sima extrajera la luz y,
con los ojos cerrados,
la nostalgia, la carcelera ciega del sentido,
hiciese del pecho la saeta, el aciago solar! Porque el viento
no
necesita sentir el peso del viento cuando, vivo, tiembla
en los
gallardetes, los pasos del viento de primavera.
Así el hombre. No se
dice su nombre: primavera.
Y lo es. ¿Quién dice el nombre? ¿Qué
labios -¿son mortales?
dicen la noche?
¿Qué ojos
ven la noche? ¿Qué ojos son la noche?
I
No es
el sonido del agua en los opacos cristales
(la oscuridad de invierno,
que ahoga los sonidos)
ni la luz nebulosa de los astros de acero.
Como si hubiera entrado en un espejo,
la violenta refracción del aire
pone mi cuerpo en pie, galvanizado espectro de una rosa.
Tras un
telón de sedas amarillas
bultos de luz, figuras con disfraz.
Los bajíos, la espuma, los rubíes que reflejan unos ojos,
las
piedras que incitan al sueño -zafiros-, la significación
del oro y los metales,
el brillo que queda en la mirada después del
amor,
la verde oscuridad del mar en sueños,
la simultaneidad de
tiempos en el momento de correrse
unos visillos, con el
gesto de ayer, un perfil en
escorzo, como en un
boceto de pintor
las figuras del agua en los nublados cristales,
la lucha de dragones en el cielo borrascoso,
el espacio y el tiempo de un poema, el tono en que se dice,
el
ritmo de lectura, las pausas, los silencios, lo que alude
entre paréntesis,
(lo que un poema alude entre paréntesis)
la
superposición de imágenes que aluden a la muerte, al amor,
al transcurso del tiempo
(la superposición de imágenes que aluden al
poema)
cuando en la noche una voz se detiene, se hace una pausa
en la lectura, se alza la mirada
para contemplar el fuego reflejado
en el espejo,
y todo queda entre paréntesis, como un lugar santo
en levitación o un lugar maligno tras la silenciosa explosión
de humo de un fakir.
II
Las primeras tentativas daban sólo figuras inciertas,
velado el
cliché, todo envuelto en la blancura diabólica
de una placa en negativo,
los ácidos, las sales, mostraban sólo
sombras plateadas,
en la pantalla aparecían reflejos crepusculares,
el crepúsculo invadía la habitación con su llamear de vencejos,
y
quizá era éste el sentido de la fotografía.
Una experiencia de la
ambigüedad
o una experiencia del silencio:
el jardín puebla el
triunfo de los pavos reales
en una silenciosa llamarada creciendo
ante los ojos,
luz de colores cálidos, otoño.
III
Tambores, oh tambores oscuros del otoño, cobre, lentas cañadas,
estas
calles donde a veces los vidrios de los balcones reverberan
-mucho
más que mi imagen y sin embargo menos que una
aparición-
creced en mi corazón y sus lúgubres jardines,
en la
vegetación de verdes resplandores que oscurecen latiendo
(en este
tiempo estamos obligados a escribir sólo esbozos
de poemas)
cuando entre bastidores la oscuridad impide ver los
rostros,
pero aún no es de noche: las palabras,
estos bultos de
sombra que pronuncian el nombre
de jardines secretos,
la ráfaga de un viento helado en primavera,
los bosques de la helada primavera que oprime los sentidos.
Oh ser un
capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las
sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las
pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los
cargadores las grúas paradas ante el
cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un
cuerpo
en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick
Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos
serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un
mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y
agita el abanico de nácar
bajo los cocoteros
Un jazmín
invertido me contiene,
una campana de agua, un rubí líquido
disuelto en sombras, una aguja de aire
y gas dormido, una piel de
carnero
tendida sobre el mundo, una hoja de álamo
inmensamente
dulce, cuanto puede
vegetal y callado remansarse
sobre nuestras
cabezas, y la sien
y los labios y el dorso de la mano
ungir de
luz:
Tú llegas.
Mía, mía
como el árbol del cielo de noviembre,
la lluvia del que
en sus cristales óyela
y piensa en ella, el mar de su eco lóbrego,
el viento de la cueva donde expira
y se sume, pasado el planisferio,
la luz de su reflejo en un estanque,
el astro de su luz, del tiempo
el hombre
que lo vivió y luchó para ganarlo,
ganando aquél, del
silencio la música
que un instante ha cesado y se retiene
para
volcarse luego, un solo río,
una sola corriente de oro en pie,
inmóvil y cambiante, tal el signo
de la centella en el recuerdo,
cuando
la pensamos y fue, sobre la tapia
en cal de nuestra
infancia, un aro roto,
y aquel fulgor estremeciendo el aire,
caliente en las mejillas, glacial luego,
cuando la lluvia en
chaparrón nos vence
y vence a nuestra infancia:
toda mía
como esa infancia que no tuve, el ruido
de una máquina al
coser, tarde perlada
de cansancio, cortinas fantasmales,
unánime
el pasillo hacia el balcón
y la calle entre rejas, un perfil
desconocido, el mío, y en sus ojos
otra luz de leyenda, un mundo,
salas,
caminos, rosas, montes, arboledas,
tapices, cuadros,
parques de granito,
abanicos abiertos, tumba abierta
como un ángel
de mármol, tumba abierta
con coronas y versos, tumba abierta
de un
niño, tumba oscura, aún mi pelo
rizado estaba, tumba abierta al
cierzo
y la lluvia de otoño, verdes eran
ya mis ojos, en mi boca
había un lirio,
tumba abierta de barro removido,
paletadas de
estiércol en los ojos
de un niño, tumba abierta, venid todos,
murió en noviembre y llueve en su piel blanca
llueve con la dulzura
del otoño
y el dolor de la infancia que no tuve
y hoy sueño para
ti,
pues era mía,
mía como lo más mío de mí mismo.
Yo te he esperado
años, y no importa
(no debiera importar) que sin tu luz
permanezca
unas horas, escribiendo
poemas al azar, mientras te sé
con otras
gentes -¿tú la que me sueño,
o la que eres?- ida, ajena, en este
país tan tuyo de metal y sombra
donde no puedo entrar, en este tiempo
vivido sólo por y para ti,
el tiempo de sala de concierto
donde
entraste aquel día, y bruscamente
te vi partir, sabiéndome a tu lado
y queriéndome aún, más desde lejos,
donde imposible no sonó mi paso
ni mi respiración de amor llegaba
a tus cabellos, desde el centro
mismo,
de la otra vida, el corazón magnético
que envolvía en un
círculo, hacia arriba,
sala y rostros y música ya ti .
No debiera
importarme que no tenga
de este modo en las horas que tú vives
lejos de mí, fiel a tu vida propia,
para luego en la luz de amor
transida
de mis ojos reconocerte en mí
y latir al unísono los
pulsos,
astros, flores y frutos del amor;
no debiera importarme,
mas no sé
dar al olvido tantos años muertos,
tanta belleza inútil,
pues no vista
ni gozada contigo, tanto instante
que no sentí, pues
no sentí a tu lado,
toda mi vida antes de abrirme a ti:
este
jardín, esta terraza misma,
el vientre tibio de la noche fuera,
las ubres ciegas del pasado, el agua
latiendo al fondo de un poema,
el fuego
crepitando en la cumbre de un poema,
la cruz donde
confluye el elemento,
el círculo o conjuro cabalístico,
la pezuña
del diablo, los ardides
que con mi amor fabrican poesía
como metal
innoble.
Veo el claustro
ya en silencio a esta hora de la tarde,
mágico en
la distancia y la memoria,
arropado de sombras indecisas,
y tú
saliendo, tu cabello suave
que ahuyenta las brujas, tu mirada
vertida en algo más allá de ti,
la astral fosforescencia de tus
dientes,
el hielo dulce y terso de tus labios,
todas las dalias
que en tu piel expiran
y en cada pliegue de tu cuerpo, y toda
la
piedad que tus manos me conceden.
Irreductiblemente, ¿cómo ves
al
que te espera, con tus ojos puros?
Supiera esto, y tú serías mía,
y al esperarte ahora, en esta tarde
que existe sólo porque existes
tú,
la luz que confabula este poema
incendiaría nuestra soledad.
Ven hasta mí, belleza silenciosa,
talismán de un planeta no vivido,
imagen del ayer y del mañana
que influye en las mareas y los versos;
ven hasta mí y tus labios y tus ojos
y tus manos me salven de morir.
"Arde el mar" 1966
Me dio un
beso y era suave como la bruma
dulce como una descarga eléctrica
como un beso en los ojos cerrados
como los veleros al atardecer
pálida señorita del paraguas
por dos veces he creído verla su vestido
(estampado el bolso el pelo corto y
(aquella forma de andar muy en el
borde de la acera.
En los crepúsculos exangües la ciudad es un torneo
de paladines en cámara lenta
sobre una pantalla plateada
como una pantalla de televisión son las
imágenes
de mi vida los anuncios
y dan el mismo miedo que los objetos volantes
venidos de no se sabe
dónde fúlgidos en le espacio.
Como las banderolas caídas en los yates
de lujo
las ampollas de morfina en los cuartos cerrados de los
hoteles
estar enamorado es una música una droga es como
escribir un poema
por ti los dulces dogos del amor y su herida
carmesí.
Los uniformes grises de los policías los cascos
las cargas los camiones los jeeps
los gases lacrimógenos
aquel año te amé como nunca llevabas un
vestido verde y por las mañanas sonreías
Violines oscuros violines de
agua
todo el mundo que cabe en el zumbido de una línea telefónica
los silfos en el aire la seda y sus relámpagos
las alucinaciones en
pleno día como viendo fantasma luminosos
como palpando un cuerpo
astral
desde las ventanas de mi cuarto de estudiante
y muy
despacio los visillos
con antifaz un rostro me miraba
el jardín un
rubí bajo la lluvia
Canción para Billie Holiday
Y la muerte
nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono
Con careta
antigás daba un beso a los niños
Lady Day las gaviotas heridas vuelven a la luz del puerto
Extraña
fruta en el aire el crepúsculo se ausenta
Con una espada con un
guante con una bola de cristal
la pecera magnética la cueva del
pasado el submarino bajo las
mareas que fulgen
Lady Day cuánto amor en una juventud cuántos
errores
cuántas tardes hablando qué deseo qué eléctricos
jazmines
cuántos cow-boys muertos como trovadores la sonrisa en los
labios que se tiñen de sangre
los gritos en las calles las
manifestaciones disueltas bajo el
arco voltaico del poniente y los lóbregos edificios
irreales
Lady Day el amor como una libélula
cazador de libélulas
Lady Day qué despacio nos viene la experiencia todo cobra un
sentido se ordena como el paisaje en los ojos cuando
recién despiertos corremos las persianas
o intentamos ordenar las
palabras de un
poema
Lady Day
Animales heridos en el bosque nuestros ojos qué piden qué
desean
qué desea esta voz en el viento de otoño un lebrel o su presa
disueltos en la fría oscuridad del tiempo
escamoteados como naipes de
una baraja los años de nuestra
juventud
Con dos vueltas de llave cerraron la cocina
No nos dan
mermelada ni pastel de cereza
ni el amor ni la muerte extraña fruta
que deja un sabor ácido.
"Extraña fruta y otros poemas" 1968 - 1969
Aquí, en
Montreux,
rosetón de los ópalos lacustres,
hace cincuenta años
pergeñaba Hoyos y Vinent
la alucinante historia de lady Rebeca
Wintergay.
Eran sin duda tiempos
-belle époque- más festivos, con
la vivacidad burbujeante
de quien se sabe efímero -atronaban
los
cañones del káiser la milenaria Europa, nunca el azul
de Prusia
fue tan siniestro en caballete alguno-.
Rubicunda y
nostálgica,
núbil walkiria de casino y pérgola,
la Gran Guerra
ascendía, flameantes al viento
las barbas dionisíacas de Federico
Nietzsche.
Tiempos de confusión, Dios nos asista, un hálito
estrangulaba los quinqués, ajaba
premonitoriamente las magnolias.
Algo nacía, bronco, incivil, díscolo,
más allá de los espejos
nacarados,
del tango, las anémonas,
los hombros, el champán, la
carne nívea,
la cabellera áurea, el armiño,
los senos de
alabastro, la azulada
raicilla de las manos marfileñas,
el
repique, la esquila -¡tan bucólica!-
en el prado del beso y la
sombrilla.
Merecían vivir, quién lo duda, los tilos
donde el amor
izaba sus corceles,
los salones del láudano y porcelana chinesca
aromados por el kif de Montenegro.
Una canción de ensortijados
bucles,
una sedeña súplica llegaba
de las postales vagamente
mitológicas,
nebulosamente impúdicas, de los rosados angelotes
-púrpura y escayola, rolliza nalga al aire-
que presidían los
epitalamios.
Maceración de lirios, el antiguo gran mundo
paseaba
sus últimas carrozas
por los estanques que invadía el légamo.
Y en
el aire flotaba ya un olor a velones, a cilicios,
a penitenciales
ceras, a mea culpa,
a reivindicaciones
de inalienable condición
humana.
Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo,
paladín de los últimos
torneos,
rompería, rompió la última lanza,
rosa inmolada al parque
de los ciervos,
quemaría, quemó las palabras postreras
restituyendo el mundo antiguo, imagen
consagrada a la noria del
futuro,
pirueta final de aquella mascarada
precipitada ya sobre el
vacío.
Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo,
tanto daríaInos,
creedme,
para que nada se alterase, para
que el antiguo gran mundo
prosiguiese su baile de
galante armonía,
para siempre girando, llama y canción, girando
cada vez más, creedme, tanto diéramos,
hasta el vértigo girando,
Hoyos y Vinent, yo,
aún más rápido, siempre, tanto porque aquel mundo
no pereciese nunca, porque el gran carnaval
permaneciese, polisón,
botines,
para siempre girando, cascabel suspendido
en la nupcial
farándula del sueño.
Los guerreros más augustos ya son sombras bajo la sombra del viejo encinar. Cárdena crepita la noche. Latigazos, ladridos, remotos rayos. Chirrían las cornejas en el pozo ciego. Guiarán al manso corcel de hielo. La tormenta. El sol verde de aguas negras. No me conozco. Es un lago el pecho muerto. Bajel de oro, cadalso prieto del día. Mi cuerpo, como la cuerda de un arco. Ya labora el invierno, cuando rasga las cortinas, teatro del mar. Se enmascara tras las nieblas densas. Arquero negro, detén tu paso. Petrifícase el arquero de azabache. La saeta conoce el derrotero. Palmo a palmo mensuramos la fosa. Fango y hojas nos daban la yacija. Arde y arde el guante de oro del barquero. La laguna, de nieve y azafrán. No pensabas que fuera así de blanca. Ahora vienen las huestes. Cielo allá, las huestes vienen. Verdor de la encina en los ojos vacíos, de cal llenos.
En la vibración del aire, la capilla del viento, en el reverso de la claridad del día: la copa de la cúspide de luz, la cumbre de la noche boca abajo, el fardo destripado de la niebla en los álamos, el pendiente del cielo deshilachado: chopos, chopos en la túnica de la noche vendimiada, ¡tiempo del trigo y el mosto, tiempo de langostas! Al borde del cielo zumban, en la línea del horizonte rojo saqueado por el sol, la osamenta de la noche en llamas. Al vértice del aire, vivirá el aire, en el cerco de cúpulas del viento.
Odio a los adolescentes. Es fácil tenerles piedad. Hay un clavel que se hiela en sus dientes y cómo nos miran al llorar. Pero yo voy mucho más lejos. En su mirada un jardín distingo. La luz escupe en los azulejos el arpa rota del instinto. Violentamente me acorrala esta pasión de soledad que los cuerpos jóvenes tala y quema luego en un solo haz. ¿Habré de ser, pues, como éstos? (La vida se detiene aquí) Llamea un sauce en el silencio. Valía la pena ser feliz. De Arde el mar
I
Esta bien y es una norma: fuera del paraíso,
recordando, no a
Eliot, sino una traducción de Eliot,
(nuestra vida como los pocos
versos que quedan de T. E. Hulme)
las naves que conducen a los guerreros difuntos,
(qué dios, qué
héroe bajo los cielos recibirá esta carga),
la madera clafateada, el
chapaleo las oscuras olas,
avanzando, no hacia un reino ignorado, no
hacia el recuerdo o la infancia,
sino más bien hacia lo conocido. Así
vuelve de pronto Milán,
una noche, a los dieciséis años: luz en la
luz, relámpago,
rosa y cruz de la aurora (los tranvías, disueltos en el crepúsculo,
de oro, de oro y en mi pecho qué frágiles)
Dido y Eneas, sólo una
máscara de nieve,
un vaciado en yeso tras el maquillaje escarlata,
como danzarina etrusca,
cálido fox,
oscuro petirrojo,
la
imperial de los ómnibus de Nueva Orleans está pintada de amarillo
y
hay que bailar con un alfiler de oro en la mejilla
(como cuando se
rezan oraciones para conjurar al Ruiseñor
y la Rosa o al milano en la tarde)
Amor mío, amor mío, dulce
espada,
las llamas invadieron las torres de Cartago y sus jardines,
qué
concierto en la nieve para piano
qué concierto en la nieve.
II
Y aún nos es posible cierta aspiración al equilibrio,
la pureza de
líneas, el trazado de un diseño,
el olvido de la retórica de lo
explícito por la retórica de las alusiones,
los recursos del arte (la
piedra presiente la forma),
el recuerdo de una tarde de amor o un
rezo en la capilla del colegio,
la vidriera teñía los rostros de un
esplendor violeta,
naufragaban en la claridad submarina las hebillas
de oro de los caballeros,
todo en escorzo, la luz amarilla chorreando
en las botas y los cintos,
las cabezas extáticas, vueltas al cielo
raso, porcelana de la tarde,
la quilla, los velámenes,
(qué costas
y escolleras),
las islas, timonel,
en el viento nos llegan los
cabellos de una sirena, las arenas doradas,
historias de hombres
ahogados en el mar.
¿Qué costas? ¿Qué legiones?
Ardía el
bosque silenciosamente.
Las nubes del otoño proseguían
su cacería
al fondo de los cielos.
posesión. Ya no oís la voz del cuco.
¿Qué
ojo de dragón, qué fuego esférico,
qué tela roja, tafetán de brujas,
vela mis ojos? Llovió, y en la hierba
queda una huella. Mas he aquí
que arde
nítido y muy lejano el bosque en torno,
un edificio, una
pavesa sola,
una lanza hasta el último horizonte,
cual tirada a
cordel. Nubes. El viento
no murmura palabras al oído
ni repite
otra historia que ésta: ved
el castillo y los muros de la noche,
el zaguán, el reloj, péndulo insomne,
los cayados, las hachas, las
segures;
ofertas a la sombra, todo cuanto
abandonan los muertos,
el tapiz
dormido de hojas secas que pisamos
entrando a guarecemos. Pues
llovía
-se quejaban las hojas- y el cristal
empañado mostró luego
el incendio
como impostura. ¿Llegarán las lenguas
y la ira del
fuego, quemarán
desde la base el muerto maderamen,
abrirán campo
raso donde hubo
cerco de aire y silencio? No es inútil
hablar
ahora del piano, los visillos,
las jarras de melaza, el bodegón,
los soldados de plomo entre serrín,
las llaves de la cómoda, tan
grandes,
como en el tiempo antiguo. No es inútil.
Pero qué cielo
éste del otoño.
La abubilla que habla a los espíritus,
la urraca,
el búho, la corneja augur,
el gavilán, huyeron" Ni una sombra
se
interpone entre el lento crepitar
y el cielo en agonía. Abrid un
templo
para este misterio. Sangre cálida
dejó tu pecho suave entre
mis manos,
amada mía: un goterón de púrpura
muy tembloroso y
dulce. Como yesca
llameó la paloma sin quejarse.
La muerte va
vestida de dorado,
dos serpientes por ojos. Qué silencio.
Tarda el
fuego en llegar al pabellón
y hay que ir retirándose. Ni un beso
de despedida. Quedó sólo un guante
o un antifaz vacío. Cruces, cruces
para ahuyentar los lobos!
Un guerrero
trae la armadura agujereada a tiros.
En sus cuencas
vacías hay abejas.
Lagartos en sus ingles. Las hormigas,
ah, las
hormigas besan por su boca.
Espadas de la luz, rayos de luna
sobre
mi frente pálida! Un instante
velando sorprendí a vuestro reflejo
la danza de Silvano. Ágiles pies,
muslos de plata piafante. El agua
lavó esta huella de metal fundido.
Y un resplandor se acerca. Así ha
callado
el naranjo en la huerta, y el murmullo
de su brisa no
envía el hondo mar.
Vivir es fácil. Qué invasión, de pronto,
qué
caballos y aves. Tras las nubes
otras nubes acechan. Descargad
este fardo de lluvia. ¡Un solo golpe,
como talando un árbol de raíz!
Se agradece la lluvia desde el porche
cuando anochece y ya los fuegos
fatuos
gimen y corretean tras las tapias,
como buscándonos.
Recuerdo que encendías
un cigarrillo antes de irte. Luego
el rumor
de tus pasos en la grava,
sobre las hojas secas. Nieve, nieve,
quema mi rostro, si es que
has de venir!
Se agradece la lluvia en esta noche
del otoño
tardío. Canta el cuco
entre las ramas verdes. Un incendio,
un
resplandor el bosque nos reserva
a los que aún dormimos bajo alero
y tejas, guarecidos de la vida
por uralita o barro, como si
no
estuvieran entrando ya los duendes
con un chirrido frágil
por esta
chimenea enmohecida.
Para quién pide el viento de esta tarde clemencia En los arcos de otoño qué susurra el zorzal Con sirenas de buques a lo lejos de la ausencia Oh capillas nevadas de la noche y el mal cetrería de oros y de bruma imperial bella presa halconeros un amante desnudo presa de luz de viento de espacio de bahías todo su cuerpo en llamas un puñal un escudo Lebrel en los pantanos qué luz de cacerías para mí sólo amor por mí sólo vivías. No es hablarnos de oídas de cuchillos y sedas ni proyectar historias en los cuartos oscuros Cuando todo se ha ido sólo tú amor me quedas no quiero hablar entonces de estanques ni arboledas sólo el amor nos hace más solemnes más puros En la noche de otoño no me valen conjuros En la glaciar tiniebla de las calles de luna lleva guantes de plata muerta y fosforescente Al acecho en la esquina ninguna voz ninguna me llamará mi amor dulce cuerpo presente Como si hubiera vuelto la niñez de repente oh borrosas imágenes cristal esmerilado densa penumbra densa silencio en los pasillos de puntillas andamos el viento en los visillos las ventanas el agua aquel cuarto cerrado A oscuras muy despacio no sé quién me ha besado Qué me han dado que todo resplandece y se esfuma Qué diluye los rostros en su luz misteriosa Los armarios se abren cae del libro una rosa Rueda en la playa un aro al jardín de la espuma Sí recuerdo mi vida Que el amor le consuma Estos focos que ciegos en la noche no cesan de recorrer palacios y ciegas galerías del país del amor encendidos regresan cuando unos labios a otros labios temblando besan cuando tú amor a mi lado palidecías. Y la muerte de blanco soltará sus jaurías
Morir serenamente como nunca he vivido
y ver pasar los coches
como en una pantalla
y las canciones lentas de Nat King Cole
un
saxofón un piano los atardeceres en las terrazas bajo los
parasoles
esta vida que nunca llegué a interpretar
el viento en
los pasillos las ventanas abiertas todo es blanco
como en una clínica
todo disuelto como una cápsula de cianuro en la
oscuridad
Se proyectan diapositivas con mi historia
entre el
pesado olor del cloroformo
Bajo la niebla del quirófano extrañas aves
de colores anidan
"Extraña fruta y otros poemas" 1968 - 1969
En invierno, la lluvia dulce en los parabrisas, las carreteras
brillando
hacia el océano,
la viajera de los guantes rosa, oh mi desfallecido
corazón, clavel
en la solapa
del smoking,
muerto bajo el aullido de la noche insaciable, los lotos
en la niebla,
el erizo de
mar al fondo del armario,
el viento que recorre los pasillos y no se
cansa de pronunciar
tu nombre.
Ella venía por la acera, desde el destello azul de Central Park.
¡Cómo me dolía el pecho sólo con verla pasar!
Sonrisa de azucena, o
jos de garza, mi amor,
entre el humo del snack te veía pasar yo.
¡Oh música, oh juventud, oh bullicioso champán!
(Y tu cuerpo como un
blanco ramillete de azahar...)
Los jardines del barrio residencial, rodeados de verjas,
silenciosos, dorados, esperan.
Con el viento que agita los visillos
viene un suspiro de
sirenas nevadas.
Todas las noches, en el snack,
mis ojos febrües la vieron
pasar.
Todo el inviemo que pasé en New York
mis ojos la buscaban
entre nieve y neón.
Las oficinas de los aeropuertos, con sus luces de clínica.
El
paraíso, los labios pintados, las uñas pintadas, la sonrisa,
las
rubias platino, los escotes, el mar verde y oscuro.
Una espada en la
helada tiniebla, un jazmín detenido
en el tiempo.
Así llega, como un áncora descendiendo entre luminosos
arrecifes,
la muerte.
Se empañaban los cristales con el frío de New York.
¡Patinando en Central Park sería un cisne mi amor!
Los asesinos llevan zapatos de charol. Fuman rubio, sonríen.
Disparan.
La orquesta tiene un saxo, un batería, un pianista. Los
cantantes.
Hay un número de strip-tease y un prestidigitador.
Aquella noche
llovía al salir. El cielo era de cobre y luz
magnética.
Homenaje a Vicente Aleixandre palpitando entre dos senos una llama carmesí. Un dragón azul de fuego viene en el viento de abril. En las cortinas, mi rostro, como ave herida escondí. Olor a brea en los muelles. Llueve. Es hora de partir. Sorprendidos en el sol los paisajes de la noche, los armarios y las lacas y los dorados tritones, la nieve en sus armaduras, las músicas del azogue, el mundo que, como sangre, relampaguea y se esconde. Para esta helada pupila la cometa del amor. Mirad la sobre el jardín. Un halcón muere en el sol. Hace frío. Un abanico negro sobre; el tocador. Una guirnalda de lirios para el poney de cartón. La niebla hiere con guantes de raso nuestra memoria. ¿Es sólo un rayo de luna quien a lo lejos solloza? Tras la campana del viento, tras el túnel de las rosas, en el murmullo del agua y la hierba, alguien nos nombra. Un colibrí no muere. La tarde. Las carrozas. Publicado en ABC, 19 de abril de 1983
Precisa cual la escarcha, noche estricta, Árboles: alegorías del camino. La luz, cuajada, este silencio dicta. Mi ser todo renuncia a su destino.
« Monstruo de oro, trazo oscuro / sobre laca de luz nocturna: »
« No / culpéis a nadie del derrumbamiento del hombre. »
« No es / el sonido del agua en los opacos cristales »
« Oh ser un / capitán de quince años »
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