Poesía Universal

Pere Gimferrer

Biografía y amplia selección de poemas de Pere Gimferrer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica....

Biografía lírica

Vida

Biografía y amplia selección de poemas de Pere Gimferrer. Antología de la poesía hispanoamericana. Poesía sensual perdurable y romántica.

Poesía del siglo de oro. Traducciones poéticas. Archivos sonoros.

Lírica y Versos

Poemas de Pere Gimferrer

18 poemas seleccionados
1.

Acto

Monstruo de oro, trazo oscuro 
sobre laca de luz nocturna: 
		
dragón de azufre que embadurna 
sábanas blancas en puro 

		fulgor secreto de bengalas. 
		
Ahora, violentamente, el grito 
de dos cuerpos en cruz: el rito 
		
del goce quemará las salas 
del sentido. Torpor de brillos: 

		la piel -hangares encendidos-, 
		
por la delicia devastada. 
Fuego en los campos amarillos: 
en 
		cuerpos mucho tiempo unidos 
		
la claridad grabó una espada.
2.

Agosto

No 
		culpéis a nadie del derrumbamiento del hombre.
La entrega estéril de 
		la palabra, don
de los antros, cuando la noche, la helada, labra 
		
un fuego venusiano, y el sol, un ser de nieblas,
desfallece. Este 
		sorbo, sorbo de nada, encendidos
labios, piedra de púrpura, la 
		semilla
más secreta del hombre, porque no se precisan armas
para 
		vencer al hombre: ya los relámpagos son un signo de ello.
                                                               
		Escuetos, afilados
dicen el vil secreto, la cobardía, 
el deseo 
		bastardo, emblemas, yugos inmemoriales
de abyección. Cabelleras, 
		vanas al viento, arrebatadas
por la corriente de la nieve núbil de un 
		cuerpo, 
		
                                                            
		fuego de hogueras
que adorna la claridad. ¿Eres inmortal tú, ahora,

		irrisión de la carne, tú, que tal vez has satisfecho
a la servil 
		pasión? Sí, mucho necesita el hombre
para abarcar la extensión de su 
		deseo, y su
deseo es la nada. El escudo oscuro de la luna,
el 
		escudo lívido del sol ¿qué astro oscultan?
¿Qué olas, qué ignición

		de espacios lejanos? Por los roquedales
se tambalea esta claridad 
		lúgubre,
rescate hostil de la carne escarnecida,
picos, remos de 
		oro sometido, despojos
de un jirón. Si el gozo, funesto,
de una 
		más lóbrega sima extrajera la luz y, 
		
                                                    
		con los ojos cerrados,
la nostalgia, la carcelera ciega del sentido, 
		
hiciese del pecho la saeta, el aciago solar! Porque el viento
no 
		necesita sentir el peso del viento cuando, vivo, tiembla
en los 
		gallardetes, los pasos del viento de primavera.
Así el hombre. No se 
		dice su nombre: primavera.
Y lo es. ¿Quién dice el nombre? ¿Qué 
		labios -¿son mortales? 
		
                                                               
		dicen la noche?
¿Qué ojos
ven la noche? ¿Qué ojos son la noche?
3.

Antagonías

I
No es 
		el sonido del agua en los opacos cristales
(la oscuridad de invierno, 
		que ahoga los sonidos)
ni la luz nebulosa de los astros de acero.

		Como si hubiera entrado en un espejo,
la violenta refracción del aire

		pone mi cuerpo en pie, galvanizado espectro de una rosa.
Tras un 
		telón de sedas amarillas
bultos de luz, figuras con disfraz. 
		
Los bajíos, la espuma, los rubíes que reflejan unos ojos,
las 
		piedras que incitan al sueño -zafiros-, la significación 
		
                                                             
		del oro y los metales,
el brillo que queda en la mirada después del 
		amor, 
		
la verde oscuridad del mar en sueños, 
la simultaneidad de 
		tiempos en el momento de correrse
		
                                                            
		unos visillos, con el
    gesto de ayer, un perfil en 
		escorzo, como en un
                                                                  
		boceto de pintor
las figuras del agua en los nublados cristales, 

		la lucha de dragones en el cielo borrascoso, 
		
el espacio y el tiempo de un poema, el tono en que se dice, 
el 
		ritmo de lectura, las pausas, los silencios, lo que alude 
		
                                                                   
		entre paréntesis,
(lo que un poema alude entre paréntesis) 
la 
		superposición de imágenes que aluden a la muerte, al amor, 
		
                                                          
		al transcurso del tiempo
(la superposición de imágenes que aluden al 
		poema)
cuando en la noche una voz se detiene, se hace una pausa 
		
                                                 
		en la lectura, se alza la mirada
para contemplar el fuego reflejado 
		en el espejo,
y todo queda entre paréntesis, como un lugar santo 
		
en levitación o un lugar maligno tras la silenciosa explosión 
                                                             
		de humo de un fakir. 


		II

		Las primeras tentativas daban sólo figuras inciertas,
velado el 
		cliché, todo envuelto en la blancura diabólica 
		
                                                      
		de una placa en negativo,
los ácidos, las sales, mostraban sólo 
		sombras plateadas,
en la pantalla aparecían reflejos crepusculares,

		el crepúsculo invadía la habitación con su llamear de vencejos,
y 
		quizá era éste el sentido de la fotografía.
Una experiencia de la 
		ambigüedad
o una experiencia del silencio:
el jardín puebla el 
		triunfo de los pavos reales
en una silenciosa llamarada creciendo 
		ante los ojos, 
		
luz de colores cálidos, otoño.

		
III

		Tambores, oh tambores oscuros del otoño, cobre, lentas cañadas,
estas 
		calles donde a veces los vidrios de los balcones reverberan
-mucho 
		más que mi imagen y sin embargo menos que una 
		
                                                                                    
		aparición-
creced en mi corazón y sus lúgubres jardines,
en la 
		vegetación de verdes resplandores que oscurecen latiendo
(en este 
		tiempo estamos obligados a escribir sólo esbozos 
		
                                                                             
		de poemas)
cuando entre bastidores la oscuridad impide ver los 
		rostros,
pero aún no es de noche: las palabras,
estos bultos de 
		sombra que pronuncian el nombre 
		
                                                                
		de jardines secretos,
la ráfaga de un viento helado en primavera,

		los bosques de la helada primavera que oprime los sentidos.
4.

Arde el mar

Oh ser un 
		capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las 
		sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las 
		pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los 
		cargadores las grúas paradas ante el
               
		cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un 
		cuerpo
               
		en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick 
		Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos 
		serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un 
		mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y 
		agita el abanico de nácar
                
		bajo los cocoteros
5.

Band of angels

Un jazmín 
		invertido me contiene,
una campana de agua, un rubí líquido

		disuelto en sombras, una aguja de aire
y gas dormido, una piel de 
		carnero
tendida sobre el mundo, una hoja de álamo
inmensamente 
		dulce, cuanto puede
vegetal y callado remansarse
sobre nuestras 
		cabezas, y la sien
y los labios y el dorso de la mano
ungir de 
		luz:
                     
		Tú llegas.
                                      
		Mía, mía
como el árbol del cielo de noviembre,
la lluvia del que 
		en sus cristales óyela
y piensa en ella, el mar de su eco lóbrego,

		el viento de la cueva donde expira
y se sume, pasado el planisferio,

		la luz de su reflejo en un estanque,
el astro de su luz, del tiempo 
		el hombre
que lo vivió y luchó para ganarlo,
ganando aquél, del 
		silencio la música
que un instante ha cesado y se retiene
para 
		volcarse luego, un solo río,
una sola corriente de oro en pie,

		inmóvil y cambiante, tal el signo
de la centella en el recuerdo, 
		cuando
la pensamos y fue, sobre la tapia
en cal de nuestra 
		infancia, un aro roto,
y aquel fulgor estremeciendo el aire,

		caliente en las mejillas, glacial luego,
cuando la lluvia en 
		chaparrón nos vence
y vence a nuestra infancia:
                                               
		toda mía
como esa infancia que no tuve, el ruido
de una máquina al 
		coser, tarde perlada
de cansancio, cortinas fantasmales,
unánime 
		el pasillo hacia el balcón
y la calle entre rejas, un perfil

		desconocido, el mío, y en sus ojos
otra luz de leyenda, un mundo, 
		salas,
caminos, rosas, montes, arboledas,
tapices, cuadros, 
		parques de granito,
abanicos abiertos, tumba abierta
como un ángel 
		de mármol, tumba abierta
con coronas y versos, tumba abierta
de un 
		niño, tumba oscura, aún mi pelo
rizado estaba, tumba abierta al 
		cierzo
y la lluvia de otoño, verdes eran
ya mis ojos, en mi boca 
		había un lirio,
tumba abierta de barro removido,
paletadas de 
		estiércol en los ojos
de un niño, tumba abierta, venid todos,

		murió en noviembre y llueve en su piel blanca
llueve con la dulzura 
		del otoño
y el dolor de la infancia que no tuve
y hoy sueño para 
		ti,
                                   
		pues era mía,
mía como lo más mío de mí mismo.
Yo te he esperado 
		años, y no importa
(no debiera importar) que sin tu luz
permanezca 
		unas horas, escribiendo
poemas al azar, mientras te sé
con otras 
		gentes -¿tú la que me sueño,
o la que eres?- ida, ajena, en este

		país tan tuyo de metal y sombra
donde no puedo entrar, en este tiempo

		vivido sólo por y para ti,
el tiempo de sala de concierto
donde 
		entraste aquel día, y bruscamente
te vi partir, sabiéndome a tu lado

		y queriéndome aún, más desde lejos,
donde imposible no sonó mi paso

		ni mi respiración de amor llegaba
a tus cabellos, desde el centro 
		mismo,
de la otra vida, el corazón magnético
que envolvía en un 
		círculo, hacia arriba,
sala y rostros y música ya ti .
No debiera 
		importarme que no tenga
de este modo en las horas que tú vives

		lejos de mí, fiel a tu vida propia,
para luego en la luz de amor 
		transida
de mis ojos reconocerte en mí
y latir al unísono los 
		pulsos,
astros, flores y frutos del amor;
no debiera importarme, 
		mas no sé
dar al olvido tantos años muertos,
tanta belleza inútil, 
		pues no vista
ni gozada contigo, tanto instante
que no sentí, pues 
		no sentí a tu lado,
toda mi vida antes de abrirme a ti:
este 
		jardín, esta terraza misma,
el vientre tibio de la noche fuera,

		las ubres ciegas del pasado, el agua
latiendo al fondo de un poema, 
		el fuego
crepitando en la cumbre de un poema,
la cruz donde 
		confluye el elemento,
el círculo o conjuro cabalístico,
la pezuña 
		del diablo, los ardides
que con mi amor fabrican poesía
como metal 
		innoble.
                                    
		Veo el claustro
ya en silencio a esta hora de la tarde,
mágico en 
		la distancia y la memoria,
arropado de sombras indecisas,
y tú 
		saliendo, tu cabello suave
que ahuyenta las brujas, tu mirada

		vertida en algo más allá de ti,
la astral fosforescencia de tus 
		dientes,
el hielo dulce y terso de tus labios,
todas las dalias 
		que en tu piel expiran
y en cada pliegue de tu cuerpo, y toda
la 
		piedad que tus manos me conceden.
Irreductiblemente, ¿cómo ves
al 
		que te espera, con tus ojos puros?
Supiera esto, y tú serías mía,

		y al esperarte ahora, en esta tarde
que existe sólo porque existes 
		tú,
la luz que confabula este poema
incendiaría nuestra soledad.

		Ven hasta mí, belleza silenciosa,
talismán de un planeta no vivido,

		imagen del ayer y del mañana
que influye en las mareas y los versos;

		ven hasta mí y tus labios y tus ojos
y tus manos me salven de morir.

		
"Arde el mar" 1966
6.

By love possessed

Me dio un 
		beso y era suave como la bruma
dulce como una descarga eléctrica

		como un beso en los ojos cerrados
como los veleros al atardecer

		pálida señorita del paraguas
por dos veces he creído verla su vestido
                     
		(estampado el bolso el pelo corto y
                           
		(aquella forma de andar muy en el
                                                     
		borde de la acera.
En los crepúsculos exangües la ciudad es un torneo
                                     
		de paladines en cámara lenta
                                      
		sobre una pantalla plateada
como una pantalla de televisión son las 
		imágenes
                                            
		de mi vida los anuncios
y dan el mismo miedo que los objetos volantes
                                            
		venidos de no se sabe
                                      
		dónde fúlgidos en le espacio.
Como las banderolas caídas en los yates 
		de lujo
las ampollas de morfina en los cuartos cerrados de los 
		hoteles
estar enamorado es una música una droga es como
                                                       
		escribir un poema
por ti los dulces dogos del amor y su herida 
		carmesí.
Los uniformes grises de los policías los cascos
                                   
		las cargas los camiones los jeeps
                                                    
		los gases lacrimógenos
aquel año te amé como nunca llevabas un
                      
		vestido verde y por las mañanas sonreías
Violines oscuros violines de 
		agua
todo el mundo que cabe en el zumbido de una línea telefónica

		los silfos en el aire la seda y sus relámpagos
las alucinaciones en 
		pleno día como viendo fantasma luminosos
como palpando un cuerpo 
		astral
desde las ventanas de mi cuarto de estudiante
y muy 
		despacio los visillos
con antifaz un rostro me miraba
el jardín un 
		rubí bajo la lluvia
7.

Canciã“n

Canción para Billie Holiday
                  
      	
                      
		Y la muerte
                                          
		nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono

Con careta 
		antigás daba un beso a los niños

		
Lady Day las gaviotas heridas vuelven a la luz del puerto
Extraña 
		fruta en el aire el crepúsculo se ausenta
Con una espada con un 
		guante con una bola de cristal
la pecera magnética la cueva del 
		pasado el submarino bajo las
                    
		mareas que fulgen
Lady Day cuánto amor en una juventud cuántos 
		errores
                    
		cuántas tardes hablando qué deseo qué eléctricos
                    
		jazmines
cuántos cow-boys muertos como trovadores la sonrisa en los
                    
		labios que se tiñen de sangre
los gritos en las calles las 
		manifestaciones disueltas bajo el
                    
		arco voltaico del poniente y los lóbregos edificios
                    
		irreales
Lady Day el amor como una libélula
cazador de libélulas

		Lady Day qué despacio nos viene la experiencia todo cobra un
                    
		sentido se ordena como el paisaje en los ojos cuando
                    
		recién despiertos corremos las persianas
o intentamos ordenar las 
		palabras de un
                                               
		poema
                                                           
		Lady Day
Animales heridos en el bosque nuestros ojos qué piden qué
                    
		desean
qué desea esta voz en el viento de otoño un lebrel o su presa
                    
		disueltos en la fría oscuridad del tiempo
escamoteados como naipes de 
		una baraja los años de nuestra
                    
		juventud
Con dos vueltas de llave cerraron la cocina
No nos dan 
		mermelada ni pastel de cereza
ni el amor ni la muerte extraña fruta 
		que deja un sabor ácido.

		
"Extraña fruta y otros poemas" 1968 - 1969
8.

Cascabeles

Aquí, en 
		Montreux,
rosetón de los ópalos lacustres,
hace cincuenta años 
		pergeñaba Hoyos y Vinent
la alucinante historia de lady Rebeca 
		Wintergay.
Eran sin duda tiempos
-belle époque- más festivos, con 
		la vivacidad burbujeante
de quien se sabe efímero -atronaban
los 
		cañones del káiser la milenaria Europa, nunca el azul
      
		de Prusia
fue tan siniestro en caballete alguno-.
Rubicunda y 
		nostálgica,
núbil walkiria de casino y pérgola,
la Gran Guerra 
		ascendía, flameantes al viento
las barbas dionisíacas de Federico 
		Nietzsche.
Tiempos de confusión, Dios nos asista, un hálito

		estrangulaba los quinqués, ajaba
premonitoriamente las magnolias.

		Algo nacía, bronco, incivil, díscolo,
más allá de los espejos 
		nacarados,
del tango, las anémonas,
los hombros, el champán, la 
		carne nívea,
la cabellera áurea, el armiño,
los senos de 
		alabastro, la azulada
raicilla de las manos marfileñas,
el 
		repique, la esquila -¡tan bucólica!-
en el prado del beso y la 
		sombrilla.
Merecían vivir, quién lo duda, los tilos
donde el amor 
		izaba sus corceles,
los salones del láudano y porcelana chinesca

		aromados por el kif de Montenegro.
Una canción de ensortijados 
		bucles,
una sedeña súplica llegaba
de las postales vagamente 
		mitológicas,
nebulosamente impúdicas, de los rosados angelotes

		-púrpura y escayola, rolliza nalga al aire-
que presidían los 
		epitalamios.
Maceración de lirios, el antiguo gran mundo
paseaba 
		sus últimas carrozas
por los estanques que invadía el légamo.
Y en 
		el aire flotaba ya un olor a velones, a cilicios,
a penitenciales 
		ceras, a mea culpa,
a reivindicaciones
de inalienable condición 
		humana.
Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo,
paladín de los últimos 
		torneos,
rompería, rompió la última lanza,
rosa inmolada al parque 
		de los ciervos,
quemaría, quemó las palabras postreras

		restituyendo el mundo antiguo, imagen
consagrada a la noria del 
		futuro,
pirueta final de aquella mascarada
precipitada ya sobre el 
		vacío.
Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo,
tanto daríaInos, 
		creedme,
para que nada se alterase, para
que el antiguo gran mundo 
		prosiguiese su baile de 
		
                                                                  
		galante armonía,
para siempre girando, llama y canción, girando

		cada vez más, creedme, tanto diéramos,
hasta el vértigo girando, 
		Hoyos y Vinent, yo,
aún más rápido, siempre, tanto porque aquel mundo

		no pereciese nunca, porque el gran carnaval
permaneciese, polisón, 
		botines,
para siempre girando, cascabel suspendido
en la nupcial 
		farándula del sueño.
9.

Conjuro

Los guerreros más augustos ya son sombras
bajo la sombra del viejo 
		encinar.
Cárdena crepita la noche.
Latigazos, ladridos, remotos 
		rayos.
Chirrían las cornejas en el pozo ciego.
Guiarán al manso 
		corcel de hielo.
La tormenta. El sol verde de aguas negras.
No me 
		conozco. Es un lago el pecho muerto.
Bajel de oro, cadalso prieto del 
		día.
Mi cuerpo, como la cuerda de un arco.
Ya labora el invierno, 
		cuando rasga
las cortinas, teatro del mar.
Se enmascara tras las 
		nieblas densas.
Arquero negro, detén tu paso.
Petrifícase el 
		arquero de azabache.
La saeta conoce el derrotero.
Palmo a palmo 
		mensuramos la fosa.
Fango y hojas nos daban la yacija.
Arde y arde 
		el guante de oro del barquero.
La laguna, de nieve y azafrán.
No 
		pensabas que fuera así de blanca.
Ahora vienen las huestes. Cielo 
		allá,
las huestes vienen. Verdor de la encina
en los ojos vacíos, 
		de cal llenos.
10.

Cosecha

En la vibración del aire, la capilla
del viento, en el reverso de la 
		claridad del día:
la copa de la cúspide de luz,
la cumbre de la 
		noche boca abajo,
el fardo destripado de la niebla en los álamos,

		el pendiente del cielo deshilachado: chopos,
chopos en la túnica de 
		la noche vendimiada,
¡tiempo del trigo y el mosto, tiempo de 
		langostas!
Al borde del cielo zumban, en la línea
del horizonte 
		rojo saqueado por el sol,
la osamenta de la noche en llamas.
Al 
		vértice del aire, vivirá el aire,
en el cerco de cúpulas del viento.
11.

Cuchillos en abril

Odio a los adolescentes.
Es fácil tenerles piedad.
Hay un clavel 
		que se hiela en sus dientes
y cómo nos miran al llorar.

		
Pero yo voy mucho más lejos.
En su mirada un jardín distingo.

		La luz escupe en los azulejos
el arpa rota del instinto.

		
Violentamente me acorrala
esta pasión de soledad
que los 
		cuerpos jóvenes tala
y quema luego en un solo haz.

		
¿Habré de ser, pues, como éstos?
(La vida se detiene aquí)

		Llamea un sauce en el silencio.
Valía la pena ser feliz.

		
De Arde el mar
12.

Dido y Eneas

I
Esta bien y es una norma: fuera del paraíso,
recordando, no a 
		Eliot, sino una traducción de Eliot,
(nuestra vida como los pocos 
		versos que quedan de T. E. Hulme)
		
las naves que conducen a los guerreros difuntos,
(qué dios, qué 
		héroe bajo los cielos recibirá esta carga),
la madera clafateada, el 
		chapaleo las oscuras olas,
avanzando, no hacia un reino ignorado, no 
		hacia el recuerdo o la infancia,
sino más bien hacia lo conocido. Así 
		vuelve de pronto Milán,
una noche, a los dieciséis años: luz en la 
		luz, relámpago, 
		
rosa y cruz de la aurora (los tranvías, disueltos en el crepúsculo, 
		
de oro, de oro y en mi pecho qué frágiles)
Dido y Eneas, sólo una 
		máscara de nieve,
un vaciado en yeso tras el maquillaje escarlata,

		como danzarina etrusca,
cálido fox,
oscuro petirrojo,
la 
		imperial de los ómnibus de Nueva Orleans está pintada de amarillo
y 
		hay que bailar con un alfiler de oro en la mejilla
(como cuando se 
		rezan oraciones para conjurar al Ruiseñor 
		
                            
		y la Rosa o al milano en la tarde)


Amor mío, amor mío, dulce 
		espada, 
		
las llamas invadieron las torres de Cartago y sus jardines,
qué 
		concierto en la nieve para piano
qué concierto en la nieve.

II

		Y aún nos es posible cierta aspiración al equilibrio,
la pureza de 
		líneas, el trazado de un diseño,
el olvido de la retórica de lo 
		explícito por la retórica de las alusiones,
los recursos del arte (la 
		piedra presiente la forma),
el recuerdo de una tarde de amor o un 
		rezo en la capilla del colegio,
la vidriera teñía los rostros de un 
		esplendor violeta,
naufragaban en la claridad submarina las hebillas 
		de oro de los caballeros,
todo en escorzo, la luz amarilla chorreando 
		en las botas y los cintos,
las cabezas extáticas, vueltas al cielo 
		raso, porcelana de la tarde,
la quilla, los velámenes,
(qué costas 
		y escolleras),
las islas, timonel,
en el viento nos llegan los 
		cabellos de una sirena, las arenas doradas,
historias de hombres 
		ahogados en el mar.

¿Qué costas? ¿Qué legiones?
13.

El arpa en la cueva

Ardía el 
		bosque silenciosamente.
Las nubes del otoño proseguían
su cacería 
		al fondo de los cielos.
posesión. Ya no oís la voz del cuco.
¿Qué 
		ojo de dragón, qué fuego esférico,
qué tela roja, tafetán de brujas,

		vela mis ojos? Llovió, y en la hierba
queda una huella. Mas he aquí 
		que arde
nítido y muy lejano el bosque en torno,
un edificio, una 
		pavesa sola,
una lanza hasta el último horizonte,
cual tirada a 
		cordel. Nubes. El viento
no murmura palabras al oído
ni repite 
		otra historia que ésta: ved
el castillo y los muros de la noche,

		el zaguán, el reloj, péndulo insomne,
los cayados, las hachas, las 
		segures;
ofertas a la sombra, todo cuanto
abandonan los muertos, 
		el tapiz 
		
dormido de hojas secas que pisamos
entrando a guarecemos. Pues 
		llovía
-se quejaban las hojas- y el cristal
empañado mostró luego 
		el incendio
como impostura. ¿Llegarán las lenguas
y la ira del 
		fuego, quemarán
desde la base el muerto maderamen,
abrirán campo 
		raso donde hubo
cerco de aire y silencio? No es inútil
hablar 
		ahora del piano, los visillos,
las jarras de melaza, el bodegón,

		los soldados de plomo entre serrín,
las llaves de la cómoda, tan 
		grandes,
como en el tiempo antiguo. No es inútil.
Pero qué cielo 
		éste del otoño.
La abubilla que habla a los espíritus,
la urraca, 
		el búho, la corneja augur,
el gavilán, huyeron" Ni una sombra
se 
		interpone entre el lento crepitar
y el cielo en agonía. Abrid un 
		templo
para este misterio. Sangre cálida
dejó tu pecho suave entre 
		mis manos,
amada mía: un goterón de púrpura
muy tembloroso y 
		dulce. Como yesca
llameó la paloma sin quejarse.
La muerte va 
		vestida de dorado,
dos serpientes por ojos. Qué silencio.
Tarda el 
		fuego en llegar al pabellón
y hay que ir retirándose. Ni un beso

		de despedida. Quedó sólo un guante
o un antifaz vacío. Cruces, cruces

		para ahuyentar los lobos!
                                   
		Un guerrero
trae la armadura agujereada a tiros.
En sus cuencas 
		vacías hay abejas.
Lagartos en sus ingles. Las hormigas,
ah, las 
		hormigas besan por su boca.
Espadas de la luz, rayos de luna
sobre 
		mi frente pálida! Un instante
velando sorprendí a vuestro reflejo

		la danza de Silvano. Ágiles pies,
muslos de plata piafante. El agua

		lavó esta huella de metal fundido.
Y un resplandor se acerca. Así ha 
		callado
el naranjo en la huerta, y el murmullo
de su brisa no 
		envía el hondo mar.
Vivir es fácil. Qué invasión, de pronto,
qué 
		caballos y aves. Tras las nubes
otras nubes acechan. Descargad

		este fardo de lluvia. ¡Un solo golpe,
como talando un árbol de raíz!

		Se agradece la lluvia desde el porche
cuando anochece y ya los fuegos 
		fatuos
gimen y corretean tras las tapias,
como buscándonos. 
		Recuerdo que encendías
un cigarrillo antes de irte. Luego
el rumor 
		de tus pasos en la grava, 
		
sobre las hojas secas. Nieve, nieve,
quema mi rostro, si es que 
		has de venir!
Se agradece la lluvia en esta noche
del otoño 
		tardío. Canta el cuco
entre las ramas verdes. Un incendio,
un 
		resplandor el bosque nos reserva
a los que aún dormimos bajo alero

		y tejas, guarecidos de la vida
por uralita o barro, como si
no 
		estuvieran entrando ya los duendes
con un chirrido frágil
por esta 
		chimenea enmohecida.
14.

El cuerno de caza

Para quién pide el viento de esta tarde clemencia 
		
En los arcos de otoño qué susurra el zorzal 
Con sirenas de 
		buques a lo lejos de la ausencia 
		
Oh capillas nevadas de la noche y el mal 
cetrería de oros y de 
		bruma imperial 
		
bella presa halconeros un amante desnudo 
presa de luz de viento 
		de espacio de bahías 
		
todo su cuerpo en llamas un puñal un escudo 
Lebrel en los 
		pantanos qué luz de cacerías 
		
para mí sólo amor por mí sólo vivías. 

No es hablarnos de 
		oídas de cuchillos y sedas 
		
ni proyectar historias en los cuartos oscuros 
Cuando todo se ha 
		ido sólo tú amor me quedas 
		
no quiero hablar entonces de estanques ni arboledas 
sólo el amor 
		nos hace más solemnes más puros 
		
En la noche de otoño no me valen conjuros 

En la glaciar 
		tiniebla de las calles de luna 
		
lleva guantes de plata muerta y fosforescente 
Al acecho en la 
		esquina ninguna voz ninguna 
		
me llamará mi amor dulce cuerpo presente 
Como si hubiera vuelto 
		la niñez de repente 
		
oh borrosas imágenes cristal esmerilado 
densa penumbra densa 
		silencio en los pasillos 
		
de puntillas andamos el viento en los visillos 
las ventanas el 
		agua aquel cuarto cerrado 
		
A oscuras muy despacio no sé quién me ha besado 

Qué me han 
		dado que todo resplandece y se esfuma 
		
Qué diluye los rostros en su luz misteriosa 
Los armarios se 
		abren cae del libro una rosa 
		
Rueda en la playa un aro al jardín de la espuma 
Sí recuerdo mi 
		vida Que el amor le consuma 
		

Estos focos que ciegos en la noche no cesan 
de recorrer 
		palacios y ciegas galerías 
		
del país del amor encendidos regresan 
cuando unos labios a otros 
		labios temblando besan 
		
cuando tú amor a mi lado palidecías. 

Y la muerte de blanco 
		soltará sus jaurías
15.

Elegía

Morir serenamente como nunca he vivido
y ver pasar los coches 
		como en una pantalla
y las canciones lentas de Nat King Cole
un 
		saxofón un piano los atardeceres en las terrazas bajo los
                     
		parasoles
esta vida que nunca llegué a interpretar
el viento en 
		los pasillos las ventanas abiertas todo es blanco
                     
		como en una clínica
todo disuelto como una cápsula de cianuro en la 
		oscuridad
Se proyectan diapositivas con mi historia
entre el 
		pesado olor del cloroformo
Bajo la niebla del quirófano extrañas aves 
		de colores anidan

		
"Extraña fruta y otros poemas" 1968 - 1969
16.

En invierno, la lluvia dulce en los parabrisas...

En invierno, la lluvia dulce en los parabrisas, las carreteras 
		
          brillando 
		hacia el océano,
la viajera de los guantes rosa, oh mi desfallecido 
		corazón, clavel
		
          en la solapa 
		del smoking,
muerto bajo el aullido de la noche insaciable, los lotos 
		en la niebla, 
		
          el erizo de 
		mar al fondo del armario,
el viento que recorre los pasillos y no se 
		cansa de pronunciar 
		
          tu nombre.

		
Ella venía por la acera, desde el destello azul de Central Park.

		¡Cómo me dolía el pecho sólo con verla pasar!
Sonrisa de azucena, o 
		jos de garza, mi amor,
entre el humo del snack te veía pasar yo.

		¡Oh música, oh juventud, oh bullicioso champán!
(Y tu cuerpo como un 
		blanco ramillete de azahar...)

		
Los jardines del barrio residencial, rodeados de verjas,
           
		silenciosos, dorados, esperan.
Con el viento que agita los visillos 
		viene un suspiro de
           
		sirenas nevadas.

		
Todas las noches, en el snack,
mis ojos febrües la vieron 
		pasar.
Todo el inviemo que pasé en New York
mis ojos la buscaban 
		entre nieve y neón.

		
Las oficinas de los aeropuertos, con sus luces de clínica.
El 
		paraíso, los labios pintados, las uñas pintadas, la sonrisa, 
		
           las 
		rubias platino, los escotes, el mar verde y oscuro.
Una espada en la 
		helada tiniebla, un jazmín detenido
           
		en el tiempo.
Así llega, como un áncora descendiendo entre luminosos
           
		arrecifes,
la muerte.

		
Se empañaban los cristales con el frío de New York.

		¡Patinando en Central Park sería un cisne mi amor!

		
Los asesinos llevan zapatos de charol. Fuman rubio, sonríen. 
             
		Disparan.
La orquesta tiene un saxo, un batería, un pianista. Los 
		cantantes. 
		
             
		Hay un número de strip-tease y un prestidigitador.
Aquella noche 
		llovía al salir. El cielo era de cobre y luz
             
		magnética.
17.

Un colibrí no muere. La tarde. Las carrozas.

Homenaje a Vicente Aleixandre


		palpitando 
		entre dos senos una llama carmesí.
Un dragón azul de fuego viene en 
		el viento de abril.
En las cortinas, mi rostro, como ave herida 
		escondí.
Olor a brea en los muelles. Llueve. Es hora de partir.


		
		Sorprendidos en el sol los paisajes de la noche,
los armarios y las 
		lacas y los dorados tritones,
la nieve en sus armaduras, las músicas 
		del azogue,
el mundo que, como sangre, relampaguea y se esconde.

		
Para esta helada pupila la cometa del amor.
Mirad la sobre el 
		jardín. Un halcón muere en el sol.
Hace frío. Un abanico negro sobre; 
		el tocador.
Una guirnalda de lirios para el poney de cartón.


		La niebla 
		hiere con guantes de raso nuestra memoria.
¿Es sólo un rayo de luna 
		quien a lo lejos solloza?
Tras la campana del viento, tras el túnel 
		de las rosas,
en el murmullo del agua y la hierba, alguien nos 
		nombra.


		Un colibrí 
		no muere. La tarde. Las carrozas.


		
		Publicado en ABC, 19 de abril de 1983
18.

Invierno

Precisa cual la escarcha, noche estricta,
Árboles: alegorías del 
		camino.
La luz, cuajada, este silencio dicta.
Mi ser todo renuncia 
		a su destino.

Versos y pensamientos de Pere Gimferrer

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